de un personage estrangero en el palacio de Azzahra. En ambos actos se
retrata fielmente la tradicion oriental derivada desde los prepotentes
reyes asirios y babilonios, y considerada por todas las gentes que
sucesivamente dominaron en el Asia menor como el tipo y la norma de la
humana grandeza. En ambas ceremonias el objeto principal es imponer,
ofuscar, amedrentar con el espectáculo de un poder formidable y de una
riqueza superior á toda fantasía. Por eso estas solemnidades no se
celebraban nunca de improviso. Llégale á un califa la noticia de que un
emperador griego, por ejemplo, le manda una embajada[501], y ya empieza
á disponer su recibimiento. Al tomar tierra el legado en los dominios de
Andalucía, ya los comisionados del califa se apoderan de su persona só
pretesto de cuidarle para que nada le falte en su viaje; y le conducen,
con poderosa escolta de ginetes armados, á un palacio designado de
antemano en las cercanías de la capital, donde dos eunucos cubicularios
del rey (funcionarios de elevada categoría en Córdoba lo mismo que en la
antigua corte de Assur) encargados del servicio inmediato del sultan y
de su harem, se emplean en agasajar al enviado y á su comitiva,
vigilando al propio tiempo que nadie, sea noble ó plebeyo, tenga con
ellos roce alguno. Para este fin se agregan á los eunucos otros
oficiales palatinos y _maulís_ del califa, que con mucha habilidad hacen
despejar el campo á los intrusos. Entre tanto el califa se ocupa en el
ceremonial de la recepcion, va y viene del palacio antiguo al palacio
nuevo, dicta órdenes, y señala por último el dia de la admision del
estrangero á su presencia. Ya es el pabellon central[502], ya el
pabellon de oriente ó el de occidente, el destinado á la augusta
ceremonia. Aparece el salon nueva y lujosamente decorado, y en él un
trono, joya resplandeciente de oro y pedrería, que ocupa el sultan. A su
derecha é izquierda sus hijos: luego los wazires; luego los
gentiles-hombres, los hijos de los wazires, los libertos del califa, y
los wakiles ú oficiales de su servidumbre. El patio del alcázar está
cubierto de ricas alfombras y vistosos guadamecíes; velas, doseles y
cortinages de lustrosa seda sombrean las puertas y arcadas reflejando en
ellas los vivos colores de sus pájaros y ramajes. Figuráos la recepcion
del enviado de Constantino al califa An-nasír. Al verse introducido el
griego en el magnífico salon, no acierta á disimular su asombro: los de
su comitiva le siguen deslumbrados y confusos al acercarse al poderoso
sultan que llena con su noble magestad el trono. Pone en manos de este
el enviado sus credenciales[503], y en seguida el faquíh Mohammed ben
Abdi-l-barr, elegido por Al-hakem al efecto como orador eminente por su
ingenio y elocuencia, empieza una pomposa arenga que tiene preparada
sobre el poderío y esplendor del imperio de An-nasír y la consolidacion
del califado cordobés bajo su reinado. Pero la imponente ceremonia, el
silencio de la ilustre asamblea, la deslumbradora luz que rodea al
sultan, le turban en medio de su discurso; desfallece su voz, anúdase su
lengua, y cae en tierra sin sentido. Un forastero consumado en la
retórica y reputado en Iraca como príncipe de la oratoria, Abú Alí
Alkalí, huésped á la sazon del califa, se encarga de sustituir á
Mohammed: dirige á los circustantes varias frases elocuentes; pero
faltándole luego las palabras, enmudece, y se retira. Mundhir Ibn Saíd
que advierte la inoportuna y brusca conclusion, toma el discurso donde
lo ha dejado Abú Alí, é improvisa una peroracion brillante en prosa y
verso con que deja á todos atónitos y complacidos, y el califa con
agradable gesto le demuestra su satisfaccion, reservándose premiarle
despues... Esta ceremonia, cuyo final dejan indeterminado los escritores
árabes, quedará tambien para nosotros entre nubes; y ahora haremos
presenciar al lector en este mismo pabellon, trasformado para la
ceremonia de la jura de Al-hakem, otra escena que podria figurar
dignamente entre los mágicos cuadros de las _mil y una noches_. Los ocho
hermanos del nuevo califa, conducidos á Azzahra entre destacamentos de
tropa armada, medio de grado y medio por fuerza, ocupan los dos
pabellones de oriente y occidente; otros salones del palacio estan
llenos de nobles, empleados, y cortesanos que esperan con impaciencia el
momento de dar el parabien al digno soberano. Al-hakem está sentado en
el trono del pabellon dorado: empieza la ceremonia, y entran los
primeros sus hermanos, los cuales se acercan á él, leen la fórmula de la
inauguracion, y prestan el juramento de costumbre con todas sus
sanciones y restricciones. Siguen por su turno los wazires, sus hijos y
hermanos, los guardias del rey y la servidumbre de palacio. Hecho esto,
los hermanos del califa, los wazires y los nobles, toman asiento á ambos
lados del trono, escepto Isa ben Foteys que queda en pié á un lado para
juramentar á todos los que van entrando. En el salón dorado estan además
los eunucos del sultan en filas á derecha é izquierda de su señor, todos
vestidos de túnicas blancas y armados con espadas; inmediatos á ellos, y
formando dos filas sobre el terrado, los eunucos sirvientes, cubiertos
de malla y empuñando lucientes espadas. Los eunucos de guardia, con
espadas también, y los eunucos esclavones, vestidos de blanco é
igualmente armados, se estienden á lo largo del parapeto. A estos siguen
otros esclavones de inferior categoría, y vienen luego los arqueros de
la guardia con sus arcos y aljabas. Próximos á los eunucos esclavones
estan los esclavos negros, lujosamente uniformados y cubiertos de armas
resplandecientes: llevan túnicas blancas, yelmos sicilianos, y al brazo
escudos de varios colores, y armas cuajadas de oro. En la puerta de
_As-suddah_ estan los alcaides del alcázar, y junto á ella la guardia de
á caballo de eslavos negros, que se estiende hasta la puerta _de las
cúpulas_ (_babu-l-akabá_). Continúa la formacion la guardia de _maulís_
ó libertos del califa, tambien de caballería, y el resto del ejército y
de los eslavos y arqueros la prolongan sin interrupcion hasta la puerta
de la ciudad que sale al campo. Terminada la ceremonia, el pueblo se
retira, y los hermanos del califa, los wazires y los otros dignatarios
permanecen en el palacio, para conducir á Córdoba el cadáver de An-nasír
y darle sepultura en el cementerio de los califas[504].
Pues ya que insensiblemente nos hemos convertido en narradores de las
ostentosas ceremonias de la corte de los Umeyas en Azzahra, justo será
antes de pasar á describir las demas bellezas artísticas de este
palacio, evocar aquella magestuosa escena de la recepcion del rey D.
Ordoño IV de Galicia, cuando fué á solicitar del mismo califa Al-hakem
auxilio y proteccion para recuperar el trono de que le habia despojado
su primo D. Sancho con la poderosa intervencion de Abde-r-rahman
An-nasír. Despues de alojado espléndidamente el augusto huésped en el
palacio llamado _de la Noria_ (_An-ná'urah_) en Córdoba, y fijado el dia
del recibimiento, previas las órdenes competentes para que todas las
tropas estuviesen armadas, la guardia real de esclavones lujosamente
uniformada, y los Ulemas, teólogos, katibes y poetas, invitados para
asistir á la regia audiencia y amenizar la solemnidad con sus arengas é
improvisaciones, apareció Al-hakem sentado en su trono en el pabellon
oriental del terrado, con sus hermanos y parientes á uno y otro lado, y
con los wazires, cadíes, magistrados, teólogos y principales
funcionarios, todos sentados por su órden segun su respectiva gerarquía.
Ordoño, á quien acompañaban los principales personages cristianos de
Córdoba, entre ellos el juez de los mozárabes Walid Ben Khayrun y
Obeydullah, hijo de Kasím _Al-matrán_ (obispo) de Toledo[505], iba
vestido con túnica de brocado blanco y albornoz de la misma estofa, y
cubria su cabeza un birrete á la usanza cristiana ornado de costosos
joyeles. Llegó á caballo con su comitiva hasta la puerta esterior del
palacio de Azzahra, llamada _de las cúpulas_, donde se apearon los que
habian salido á recibirle; luego en otra puerta interior
(_babu-s-suddah_) y su introductor Ibn Talmis recibieron órden de echar
pié á tierra. Desmontó á la puerta del pabellon meridional en el
edificio llamado _daru-l-jandal_, sobre una plataforma, donde tomó
asiento con su séquito esperando se le mandase entrar. Salió un
palaciego con el deseado aviso, y Ordoño subió al terrado de los
pabellones, y al llegar al de oriente donde el califa le aguardaba, dejó
su albornoz, se descubrió la cabeza, y en actitud de admiracion y
respeto permaneció un rato como absorto contemplando la magestad y
grandeza que tenia delante. Acercóse á la entrada con paso mesurado por
entre las hileras de soldados formados en el terrado, y al cruzar el
umbral se postró en el pavimento con humildad profunda; luego dió
algunos pasos más, volvió á postrarse, y llegando por último al trono
alargó su mano con timidez, y Al-hakem le dió la suya. Retrocediendo
despues sin volver al califa la espalda, ocupó un asiento cubierto con
paño de oro que le estaba preparado, y en seguida fueron admitidos á
besar la mano al soberano islamita los condes y demas caballeros de su
cortejo, los cuales se acercaron al trono repitiendo sus mismas
postraciones, y luego se sentaron en fila dejando en el centro á su rey.
El juez de los mozárabes que servia de intérprete á Ordoño, cuando
Al-hakem rompió el silencio dando al destronado la bien venida, espuso
en términos comedidos y con reiteradas protestas de sumision y
obediencia, el objeto de la venida del príncipe cristiano: solicitó para
él y su pueblo la poderosa proteccion del califa, obligándose á
reconocerle siempre como su señor feudal si le ayudaba á recuperar el
trono, y finalmente para encarecer lo mucho que confiaba en su poder y
justicia, rogóle que constituido en árbitro de las diferencias de
entrambos primos, decidiese á cuál de los dos correspondia en buena ley
la corona. Oyó el califa la peticion con agrado, ya porque conviniese á
su política favorecer á Ordoño, ya porque hubiese este acertado á
defender su causa con habilidad, y accedió á ella esponiendo como máxima
incontrovertible de derecho internacional, que el haber sido bien
recibido D. Sancho por su padre An-nasír no era una razon para que él
desairase á D. Ordoño. El desposeido príncipe reiteró lleno de
agradecimiento sus humildes postraciones, ensalzando con esclamaciones
de entusiasmo la generosidad y gloria de su protector. Retiróse en
seguida, y los eunucos le condujeron al pabellon occidental, ante cuyo
trono desierto volvió á prosternarse con gran respeto, no acertando á
espresar su lengua el deleite que en su semblante atónito se pintaba
cada vez que fijaba los ojos en aquella riqueza sin igual, en aquellas
incomparables obras del arte y de la naturaleza. Del pabellon occidental
le llevaron á otra pieza que caía al norte del mismo, donde le hicieron
sentar en un almohadon de brocado de oro. Presentósele allí el
hagib[506] _Ja'far Al-mus'-hafí_, y despues de conversar con él algunos
instantes confirmándole en la gracia y buena amistad de su señor, hizo
le trajesen una vestidura de honor que el califa le regalaba. Consistia
en una túnica de tisú de oro y un albornoz de lo mismo, con un cinturon
de oro purísimo sembrado de perlas y rubíes, tan gruesos y bellos que no
sabia el rústico cristiano quitar de él los ojos mientras el oficioso
hagib le endosaba la rica vestidura. Los condes y caballeros de su
comitiva recibieron tambien trages proporcionados á su calidad, y todos
juntos salieron despues del alcázar con grande humildad y
reconocimiento. Al pié del pabellon central donde se habia apeado le
esperaba una nueva sorpresa: habia mandado el sultan que le dispusieran
un caballo de regalo lujosamente enjaezado con silla y brida cuajadas de
oro bruñido. Montó en él bendiciendo su buena estrella, y se alejó con
los suyos del encantado recinto de Azzahra para ir á descansar de
aquellas fuertes emociones en el palacio donde estaba hospedado.
Hemos dicho que las fuentes eran uno de los principales ornatos de
aquellos alcázares. Ben Hayyán asegura que nada habia comparable á las
dos que trajo de Asia para An-nasír Ahmed el griego, tanto por su
esquisito trabajo como por el valor intrínseco de su materia. Eran
desiguales en forma y tamaño: la mayor, de bronce dorado, con
bajo-relieves de figuras humanas bellamente esculpidas, y la condujeron
desde Constantinopla á Córdoba el referido Ahmed y el obispo Rabí. La
menor era de mármol verde, y fué adquirida en Siria, y se consideró por
todos los inteligentes como un verdadero prodigio del arte. En cuanto
llegó á poder del califa, dispuso éste que fuese colocada en la alcoba ó
dormitorio del pabellon oriental, conocido por _el salon de la
familiaridad y del solaz_, y mandó agregar á su ornato doce figuras de
oro bermejo incrustadas de perlas y esquisita pedrería, labradas en los
talleres reales de Córdoba, representando diversos animales. Pusieron en
ella un leon entre un antélope y un cocodrilo; al lado opuesto un águila
y un dragon, y entre ambos grupos una paloma, un halcon, un pavo real,
una gallina, un gallo, un milano y un buitre. Todos estos animales eran
huecos y vertian en el tazon de la fuente chorros de agua cristalina.
La mezquita de Azzahra, templo de estupenda estructura, preciosamente
labrado en todas sus partes, de noventa y siete codos de largo de la
_algufia_ á la _quiblah_ sin contar el Mihrab, y de sesenta y uno de
ancho, fué obra de cuarenta y ocho dias, habiendo An-nasír empleado en
ella diariamente mil obreros entendidos, de los cuales trescientos eran
albañiles, doscientos carpinteros, y los demas canteros, escultores,
doradores, esmaltadores, mosaicistas, pintores, estucadores, tallistas,
herreros, broncistas, etc. Contenia cinco naves, la central de trece
codos de anchura, las demas de doce, y un patio de cuarenta y tres codos
de la algufia á la quiblah, enlosado de mármol rojo, en cuyo centro
habia una fuente que vertia sin cesar un agua purísima. Tenia esta
mezquita una zoma ó alminar cuadrado de cincuenta codos de altura. En la
Maksurah, de construccion y ornamentacion maravillosas, habia un púlpito
ó mimbar de sorprendente riqueza.
Poco duraron los palacios de Azzahra. Desde el año 961 de J. C., en que
murió su glorioso fundador dejándolos terminados[507], hasta la triste
época en que comenzó con la estincion de los Amiritas la guerra civil en
el Califado cordobés entre los bereberes y andaluces, entre Suleyman y
Almuhdi, no trascurrió medio siglo. Los dos rivales, alternativamente
favorecidos por el conde de Castilla Sancho Garcés, talaron uno tras
otro el campo y la sierra cuando se vieron vencidos y precisados á dejar
la ciudad; pero los bereberes de Suleyman fueron mas feroces que sus
contrarios, redujeron á cenizas la mágica poblacion de Azzahira, pocos
años antes delicia del hagib Almanzor, y entrando en Azzahra (año 1010)
la saquearon despues de haber pasado á cuchillo á sus moradores.
Permanecieron en ella algunos meses, y luego la evacuaron para estender
sus terribles correrías por toda la tierra circunvecina, donde talaron
las mieses, incendiaron las granjas, y no quedó un solo caserío en que
no estampasen su destructora huella. En aquella gran devastacion los
habitantes de la campiña se refugiaron en Córdoba con lo que pudieron
salvar de sus haciendas, huyendo la furia de aquel animado torbellino, y
hubo de resultas hambre en la ciudad. Y cuentan las historias árabes que
habiendo cundido la asoladora plaga por todo el norte del Andalús, solo
Toledo y Medinaceli se libraron de la ruina, quedando tan despoblada la
provincia, que podia un viajero andar por ella á caballo dos meses
seguidos sin encontrar alma viviente. Aunque maltratada por tan deshecha
tormenta, debió quedar en pié al abrigo de la Sierra la preciosa
flor[508] plantada por An-nasír para otra flor la mas querida de su
harem.
Un rey cristiano[509] prendado de ella, confiado en el prestigio de sus
victorias y en el abatimiento del Islam, la pidió para su esposa á su
nuevo dueño el régulo de Sevilla. Dos cosas demandó el conquistador
castellano á Almu'tamed: que le diese á Medina-Azzahra para residencia
de D.ª Constanza que iba en su compañía, y que le dejase libre una parte
de la mezquita mayor para trasladarse á ella la reina diariamente y dar
allí á luz el fruto que llevaba en sus entrañas[510]. Indignado el
sarraceno dió la muerte por su propia mano al judío portador de tan
insolente mensaje, y no contribuyó poco este atentado á que D. Alfonso,
ardiendo en sed de venganza, estrechase á Almu'tamed con tan poderosos
medios, que le hiciese preferir el entregarse con el ruinoso Estado
andaluz en brazos de los almoravides.
¿Quién cuidaba entre tanto de aquella perla del arte arábigo?
Probablemente estarian desiertos y abandonados aquellos hermosos
palacios, y sus antes deliciosos jardines yermos y convertidos en
madriguera de alimañas. ¡Los bereberes habrian despojado sus lujosos
pabellones, robado todas sus riquezas, destrozado aquel artificioso
estanque de líquido mineral, aquellos tronos de oro y pedrería, aquellas
fuentes de bronces y mármoles, aquellos baños voluptuosos, aquellos
artesonados de oro, mármoles trasparentes y maderas incorruptibles,
aquellas arcadas de ébano y marfil, aquellas costosas alfombras,
aquellos doseles de brocado!... Muchos cercos sufrió la antigua sede del
Califado andaluz desde D. Alfonso VI hasta S. Fernando en poco mas de
cien años, y en este tiempo no hallamos que hicieran aprecio alguno de
la desolada y desierta Medina-Azzahra ni los almoravides, ni los
almohades sus impetuosos sucesores. Cuando el santo rey tomó á Córdoba
no quedaban ya en pié mas que los muros de un alcázar que tantos tesoros
habia contenido, teatro de los mas gloriosos acontecimientos del
Califado de Occidente y testigo de una prosperidad que habia de parecer
fabulosa narrada por la historia. El tiempo habia hecho su oficio: todas
las construcciones poco sólidas se habian reducido á polvo: la tierra,
tan afanosa por tragar los monumentos de los hombres que le arrancan los
tesoros de sus entrañas, habia recobrado lo suyo, y con su incesante é
imperceptible crecimiento cubierto ya las marmóreas escalinatas rotas,
los pavimentos de piedra desnivelados, los acueductos, algibes,
estanques, fuentes, baños: todo lo somero y profundo, sobre lo cual
tendió largos años su capa de nieves y barrizales el aterido invierno,
su verde manto de grama la alegre primavera, sus tejidos de cardos,
espinos y punzante maleza el abrasado verano, y el otoño su seca y
amarilla vestidura de despojos. Lo alto y fuerte perdió paulatinamente
su delicado y deleznable revestido de estucos pintados y dorados, sus
armaduras de alerce: y quedó desnudo. Los reyes moros de Sevilla se
llevarian á la nueva corte algunas hermosas columnas y otros objetos
útiles para sus construcciones; pero muchos materiales preciosos
quedaban todavía en aquello que solo parecia un castillo arruinado en
los dias de la reconquista.
Ya en este tiempo habia perdido el vulgo la memoria del orígen de
Azzahra, y sus diseminados vestigios habian hecho nacer entre los
cristianos vencedores una falsa tradicion respecto del antiguo asiento
de Córdoba, de que luego participaron los historiadores de mejor
criterio. Y al hacer el santo rey el repartimiento de Córdoba y su
tierra entre los ricos-hombres, caballeros y órdenes religiosas que
habian asistido á la conquista, ya la ciudad de la esclava querida de
An-nasír habia perdido su nombre por el impropio de _Córdoba la
vieja_[511].
Con este perseveró desde entonces, y el nuevo nombre contribuyó á que se
desvaneciese del todo en los siglos sucesivos el recuerdo de una
poblacion tan novelesca por su orígen, tan interesante por las escenas
en ella ocurridas, tan maravillosa en todo: que habia rivalizado con las
mas famosas ciudades orientales y sostenido dignamente el paralelo con
los soberbios palacios de los reyes Ninivitas, Achemenios, Sassanidas y
Abassidas.
De _Córdoba la vieja_ se hace mencion en algunos documentos de la edad
media: ¡de Medina-Azzahra nunca! Aquel asolado campo con su ruinoso
castillo pasa, no sabemos cuándo, del patrimonio real al patrimonio
municipal: llega el año 1405, viene á Córdoba un venerable religioso
gerónimo[512] á solicitar la fundacion de un convento de ermitaños en la
sierra, y la noble viuda de D. Diego Fernandez de Córdoba, alcaide de
los donceles, le cede para este piadoso objeto una huerta que poseía
contigua á _Córdoba la vieja_: la ciudad le dá para el mismo fin en 1408
las _ruinas del castillo de Córdoba la vieja_, ya propiedad suya. El
arruinado castillo viene entonces al suelo: los sillares de sus muros
son acarreados al cerro inmediato donde los padres gerónimos edifican su
convento; los tableros esculpidos de barro y piedra que los revestían
caen despezados entre la yerba, donde permanecerán acompañando al sueño
secular de las otras ruinas anteriores ya sepultadas en aquel _campo de
soledad_, hasta que un anticuario los remueva y los desdeñe
desconociendo su procedencia[513], y venga luego otro[514] y los admire
como lo que realmente son, aunque sin saber tampoco el nombre que
llevaron. De los despojos aparentes apenas queda alguno útil que los
buenos frailes no se lleven á su monasterio: cargan con cuantos
capiteles y fustes de mármol yacen sobre aquella vasta sepultura de
grandezas; llévanse cuanta piedra les parece acomodada á la construccion
de su templo, de su claustro, de su capítulo, trazados segun el florido
sistema ojival terciario; llévanse por fin hasta un cervatillo y una
cierva de bronce[515] hueco hallados entre los escombros, que quizás en
otro tiempo habian deleitado en alguna fuente del palacio de Azzahra los
ojos de su mimosa dueña, y acomodan uno de ellos á un pilon del claustro
del santo cenobio. A todo esto, nadie sabia ya que hubiese existido
Medina-Azzahra. Las ruinas de _Córdoba la vieja_ pasaban por reliquias
anteriores á la dominacion agarena, y deshecho el castillo, no quedó al
parecer piedra sobre piedra en aquella vasta, ondulosa y verde planicie,
ya convertida en dehesa.
El erudito cronista de Felipe II que vivió algunos años en el monasterio
de S. Gerónimo de la Sierra, obcecado con el error vulgar no vió lo que
saltaba á la vista, esto es, que los fragmentos de arquitectura
decorativa de mármol, piedra y barro, que se hallaban diseminados por la
dehesa de _Córdoba la vieja_, eran de la misma casta que la
ornamentacion del Mihrab de la mezquita mayor[516]. Otro anticuario mas
perspicaz en estas materias trató de corregir la falsa opinion, y este
convenció á otros de que aquellos despojos pertenecian á alguna suntuosa
fábrica de sarracenos[517]. Nada se adelantó sin embargo; las
antigüedades árabes tenian poco que esperar de la tendencia que tomaban
á la sazon los estudios arqueológicos.
Fué preciso que pasaran otros dos siglos y que un orientalista dotado
de ingenio y gracia para cautivar contando las cosas de la España
árabe[518] en una época en que la ilustracion se ceñia casi
esclusivamente á lo latino y griego, volviese á pronunciar el nombre de
_Medina-Azzahra_ para que se despertase entre los literatos y
anticuarios, con la aficion perdida á las historias de nuestros antiguos
dominadores, el deseo vehemente de investigar el asiento de aquella
célebre poblacion. Pero como aquel mismo arabista daba acerca de su
situacion noticias equivocadas[519], se buscó en vano por muchos años lo
que tanto se deseaba hallar.
¿Quién habia de imaginarse que las reliquias de los palacios mas
sorprendentes que vió la España musulmana estaban sepultadas en una
dehesa de un mayorazgo[520], de la cual ya nadie se acordaba ni aun para
esclarecer la duda que habian dejado en pié los anticuarios de los
siglos XVI y XVII? Y sin embargo, la compilacion de historias de la
España árabe hecha por Ahmed Al-Makkarí, vulgarizada en Europa desde el
año 1840 por la laboriosidad de otro arabista distinguido[521], nos
estaba revelando lo que en aquel abandonado campo debiamos prometernos.
[Illustration: Dib. del nat.l y lit.ª por F. Parcerisa
Lit. de J.J. Martinez, Madrid.
FRAGMENTOS DE LOS PALACIOS DE MEDINA-AZZAHRA.]