Nada mas imponente y magestuoso que la jura de un califa ó la recepcion

de un personage estrangero en el palacio de Azzahra. En ambos actos se

retrata fielmente la tradicion oriental derivada desde los prepotentes

reyes asirios y babilonios, y considerada por todas las gentes que

sucesivamente dominaron en el Asia menor como el tipo y la norma de la

humana grandeza. En ambas ceremonias el objeto principal es imponer,

ofuscar, amedrentar con el espectáculo de un poder formidable y de una

riqueza superior á toda fantasía. Por eso estas solemnidades no se

celebraban nunca de improviso. Llégale á un califa la noticia de que un

emperador griego, por ejemplo, le manda una embajada[501], y ya empieza

á disponer su recibimiento. Al tomar tierra el legado en los dominios de

Andalucía, ya los comisionados del califa se apoderan de su persona só

pretesto de cuidarle para que nada le falte en su viaje; y le conducen,

con poderosa escolta de ginetes armados, á un palacio designado de

antemano en las cercanías de la capital, donde dos eunucos cubicularios

del rey (funcionarios de elevada categoría en Córdoba lo mismo que en la

antigua corte de Assur) encargados del servicio inmediato del sultan y

de su harem, se emplean en agasajar al enviado y á su comitiva,

vigilando al propio tiempo que nadie, sea noble ó plebeyo, tenga con

ellos roce alguno. Para este fin se agregan á los eunucos otros

oficiales palatinos y _maulís_ del califa, que con mucha habilidad hacen

despejar el campo á los intrusos. Entre tanto el califa se ocupa en el

ceremonial de la recepcion, va y viene del palacio antiguo al palacio

nuevo, dicta órdenes, y señala por último el dia de la admision del

estrangero á su presencia. Ya es el pabellon central[502], ya el

pabellon de oriente ó el de occidente, el destinado á la augusta

ceremonia. Aparece el salon nueva y lujosamente decorado, y en él un

trono, joya resplandeciente de oro y pedrería, que ocupa el sultan. A su

derecha é izquierda sus hijos: luego los wazires; luego los

gentiles-hombres, los hijos de los wazires, los libertos del califa, y

los wakiles ú oficiales de su servidumbre. El patio del alcázar está

cubierto de ricas alfombras y vistosos guadamecíes; velas, doseles y

cortinages de lustrosa seda sombrean las puertas y arcadas reflejando en

ellas los vivos colores de sus pájaros y ramajes. Figuráos la recepcion

del enviado de Constantino al califa An-nasír. Al verse introducido el

griego en el magnífico salon, no acierta á disimular su asombro: los de

su comitiva le siguen deslumbrados y confusos al acercarse al poderoso

sultan que llena con su noble magestad el trono. Pone en manos de este

el enviado sus credenciales[503], y en seguida el faquíh Mohammed ben

Abdi-l-barr, elegido por Al-hakem al efecto como orador eminente por su

ingenio y elocuencia, empieza una pomposa arenga que tiene preparada

sobre el poderío y esplendor del imperio de An-nasír y la consolidacion

del califado cordobés bajo su reinado. Pero la imponente ceremonia, el

silencio de la ilustre asamblea, la deslumbradora luz que rodea al

sultan, le turban en medio de su discurso; desfallece su voz, anúdase su

lengua, y cae en tierra sin sentido. Un forastero consumado en la

retórica y reputado en Iraca como príncipe de la oratoria, Abú Alí

Alkalí, huésped á la sazon del califa, se encarga de sustituir á

Mohammed: dirige á los circustantes varias frases elocuentes; pero

faltándole luego las palabras, enmudece, y se retira. Mundhir Ibn Saíd

que advierte la inoportuna y brusca conclusion, toma el discurso donde

lo ha dejado Abú Alí, é improvisa una peroracion brillante en prosa y

verso con que deja á todos atónitos y complacidos, y el califa con

agradable gesto le demuestra su satisfaccion, reservándose premiarle

despues... Esta ceremonia, cuyo final dejan indeterminado los escritores

árabes, quedará tambien para nosotros entre nubes; y ahora haremos

presenciar al lector en este mismo pabellon, trasformado para la

ceremonia de la jura de Al-hakem, otra escena que podria figurar

dignamente entre los mágicos cuadros de las _mil y una noches_. Los ocho

hermanos del nuevo califa, conducidos á Azzahra entre destacamentos de

tropa armada, medio de grado y medio por fuerza, ocupan los dos

pabellones de oriente y occidente; otros salones del palacio estan

llenos de nobles, empleados, y cortesanos que esperan con impaciencia el

momento de dar el parabien al digno soberano. Al-hakem está sentado en

el trono del pabellon dorado: empieza la ceremonia, y entran los

primeros sus hermanos, los cuales se acercan á él, leen la fórmula de la

inauguracion, y prestan el juramento de costumbre con todas sus

sanciones y restricciones. Siguen por su turno los wazires, sus hijos y

hermanos, los guardias del rey y la servidumbre de palacio. Hecho esto,

los hermanos del califa, los wazires y los nobles, toman asiento á ambos

lados del trono, escepto Isa ben Foteys que queda en pié á un lado para

juramentar á todos los que van entrando. En el salón dorado estan además

los eunucos del sultan en filas á derecha é izquierda de su señor, todos

vestidos de túnicas blancas y armados con espadas; inmediatos á ellos, y

formando dos filas sobre el terrado, los eunucos sirvientes, cubiertos

de malla y empuñando lucientes espadas. Los eunucos de guardia, con

espadas también, y los eunucos esclavones, vestidos de blanco é

igualmente armados, se estienden á lo largo del parapeto. A estos siguen

otros esclavones de inferior categoría, y vienen luego los arqueros de

la guardia con sus arcos y aljabas. Próximos á los eunucos esclavones

estan los esclavos negros, lujosamente uniformados y cubiertos de armas

resplandecientes: llevan túnicas blancas, yelmos sicilianos, y al brazo

escudos de varios colores, y armas cuajadas de oro. En la puerta de

_As-suddah_ estan los alcaides del alcázar, y junto á ella la guardia de

á caballo de eslavos negros, que se estiende hasta la puerta _de las

cúpulas_ (_babu-l-akabá_). Continúa la formacion la guardia de _maulís_

ó libertos del califa, tambien de caballería, y el resto del ejército y

de los eslavos y arqueros la prolongan sin interrupcion hasta la puerta

de la ciudad que sale al campo. Terminada la ceremonia, el pueblo se

retira, y los hermanos del califa, los wazires y los otros dignatarios

permanecen en el palacio, para conducir á Córdoba el cadáver de An-nasír

y darle sepultura en el cementerio de los califas[504].

Pues ya que insensiblemente nos hemos convertido en narradores de las

ostentosas ceremonias de la corte de los Umeyas en Azzahra, justo será

antes de pasar á describir las demas bellezas artísticas de este

palacio, evocar aquella magestuosa escena de la recepcion del rey D.

Ordoño IV de Galicia, cuando fué á solicitar del mismo califa Al-hakem

auxilio y proteccion para recuperar el trono de que le habia despojado

su primo D. Sancho con la poderosa intervencion de Abde-r-rahman

An-nasír. Despues de alojado espléndidamente el augusto huésped en el

palacio llamado _de la Noria_ (_An-ná'urah_) en Córdoba, y fijado el dia

del recibimiento, previas las órdenes competentes para que todas las

tropas estuviesen armadas, la guardia real de esclavones lujosamente

uniformada, y los Ulemas, teólogos, katibes y poetas, invitados para

asistir á la regia audiencia y amenizar la solemnidad con sus arengas é

improvisaciones, apareció Al-hakem sentado en su trono en el pabellon

oriental del terrado, con sus hermanos y parientes á uno y otro lado, y

con los wazires, cadíes, magistrados, teólogos y principales

funcionarios, todos sentados por su órden segun su respectiva gerarquía.

Ordoño, á quien acompañaban los principales personages cristianos de

Córdoba, entre ellos el juez de los mozárabes Walid Ben Khayrun y

Obeydullah, hijo de Kasím _Al-matrán_ (obispo) de Toledo[505], iba

vestido con túnica de brocado blanco y albornoz de la misma estofa, y

cubria su cabeza un birrete á la usanza cristiana ornado de costosos

joyeles. Llegó á caballo con su comitiva hasta la puerta esterior del

palacio de Azzahra, llamada _de las cúpulas_, donde se apearon los que

habian salido á recibirle; luego en otra puerta interior

(_babu-s-suddah_) y su introductor Ibn Talmis recibieron órden de echar

pié á tierra. Desmontó á la puerta del pabellon meridional en el

edificio llamado _daru-l-jandal_, sobre una plataforma, donde tomó

asiento con su séquito esperando se le mandase entrar. Salió un

palaciego con el deseado aviso, y Ordoño subió al terrado de los

pabellones, y al llegar al de oriente donde el califa le aguardaba, dejó

su albornoz, se descubrió la cabeza, y en actitud de admiracion y

respeto permaneció un rato como absorto contemplando la magestad y

grandeza que tenia delante. Acercóse á la entrada con paso mesurado por

entre las hileras de soldados formados en el terrado, y al cruzar el

umbral se postró en el pavimento con humildad profunda; luego dió

algunos pasos más, volvió á postrarse, y llegando por último al trono

alargó su mano con timidez, y Al-hakem le dió la suya. Retrocediendo

despues sin volver al califa la espalda, ocupó un asiento cubierto con

paño de oro que le estaba preparado, y en seguida fueron admitidos á

besar la mano al soberano islamita los condes y demas caballeros de su

cortejo, los cuales se acercaron al trono repitiendo sus mismas

postraciones, y luego se sentaron en fila dejando en el centro á su rey.

El juez de los mozárabes que servia de intérprete á Ordoño, cuando

Al-hakem rompió el silencio dando al destronado la bien venida, espuso

en términos comedidos y con reiteradas protestas de sumision y

obediencia, el objeto de la venida del príncipe cristiano: solicitó para

él y su pueblo la poderosa proteccion del califa, obligándose á

reconocerle siempre como su señor feudal si le ayudaba á recuperar el

trono, y finalmente para encarecer lo mucho que confiaba en su poder y

justicia, rogóle que constituido en árbitro de las diferencias de

entrambos primos, decidiese á cuál de los dos correspondia en buena ley

la corona. Oyó el califa la peticion con agrado, ya porque conviniese á

su política favorecer á Ordoño, ya porque hubiese este acertado á

defender su causa con habilidad, y accedió á ella esponiendo como máxima

incontrovertible de derecho internacional, que el haber sido bien

recibido D. Sancho por su padre An-nasír no era una razon para que él

desairase á D. Ordoño. El desposeido príncipe reiteró lleno de

agradecimiento sus humildes postraciones, ensalzando con esclamaciones

de entusiasmo la generosidad y gloria de su protector. Retiróse en

seguida, y los eunucos le condujeron al pabellon occidental, ante cuyo

trono desierto volvió á prosternarse con gran respeto, no acertando á

espresar su lengua el deleite que en su semblante atónito se pintaba

cada vez que fijaba los ojos en aquella riqueza sin igual, en aquellas

incomparables obras del arte y de la naturaleza. Del pabellon occidental

le llevaron á otra pieza que caía al norte del mismo, donde le hicieron

sentar en un almohadon de brocado de oro. Presentósele allí el

hagib[506] _Ja'far Al-mus'-hafí_, y despues de conversar con él algunos

instantes confirmándole en la gracia y buena amistad de su señor, hizo

le trajesen una vestidura de honor que el califa le regalaba. Consistia

en una túnica de tisú de oro y un albornoz de lo mismo, con un cinturon

de oro purísimo sembrado de perlas y rubíes, tan gruesos y bellos que no

sabia el rústico cristiano quitar de él los ojos mientras el oficioso

hagib le endosaba la rica vestidura. Los condes y caballeros de su

comitiva recibieron tambien trages proporcionados á su calidad, y todos

juntos salieron despues del alcázar con grande humildad y

reconocimiento. Al pié del pabellon central donde se habia apeado le

esperaba una nueva sorpresa: habia mandado el sultan que le dispusieran

un caballo de regalo lujosamente enjaezado con silla y brida cuajadas de

oro bruñido. Montó en él bendiciendo su buena estrella, y se alejó con

los suyos del encantado recinto de Azzahra para ir á descansar de

aquellas fuertes emociones en el palacio donde estaba hospedado.

Hemos dicho que las fuentes eran uno de los principales ornatos de

aquellos alcázares. Ben Hayyán asegura que nada habia comparable á las

dos que trajo de Asia para An-nasír Ahmed el griego, tanto por su

esquisito trabajo como por el valor intrínseco de su materia. Eran

desiguales en forma y tamaño: la mayor, de bronce dorado, con

bajo-relieves de figuras humanas bellamente esculpidas, y la condujeron

desde Constantinopla á Córdoba el referido Ahmed y el obispo Rabí. La

menor era de mármol verde, y fué adquirida en Siria, y se consideró por

todos los inteligentes como un verdadero prodigio del arte. En cuanto

llegó á poder del califa, dispuso éste que fuese colocada en la alcoba ó

dormitorio del pabellon oriental, conocido por _el salon de la

familiaridad y del solaz_, y mandó agregar á su ornato doce figuras de

oro bermejo incrustadas de perlas y esquisita pedrería, labradas en los

talleres reales de Córdoba, representando diversos animales. Pusieron en

ella un leon entre un antélope y un cocodrilo; al lado opuesto un águila

y un dragon, y entre ambos grupos una paloma, un halcon, un pavo real,

una gallina, un gallo, un milano y un buitre. Todos estos animales eran

huecos y vertian en el tazon de la fuente chorros de agua cristalina.

La mezquita de Azzahra, templo de estupenda estructura, preciosamente

labrado en todas sus partes, de noventa y siete codos de largo de la

_algufia_ á la _quiblah_ sin contar el Mihrab, y de sesenta y uno de

ancho, fué obra de cuarenta y ocho dias, habiendo An-nasír empleado en

ella diariamente mil obreros entendidos, de los cuales trescientos eran

albañiles, doscientos carpinteros, y los demas canteros, escultores,

doradores, esmaltadores, mosaicistas, pintores, estucadores, tallistas,

herreros, broncistas, etc. Contenia cinco naves, la central de trece

codos de anchura, las demas de doce, y un patio de cuarenta y tres codos

de la algufia á la quiblah, enlosado de mármol rojo, en cuyo centro

habia una fuente que vertia sin cesar un agua purísima. Tenia esta

mezquita una zoma ó alminar cuadrado de cincuenta codos de altura. En la

Maksurah, de construccion y ornamentacion maravillosas, habia un púlpito

ó mimbar de sorprendente riqueza.

Poco duraron los palacios de Azzahra. Desde el año 961 de J. C., en que

murió su glorioso fundador dejándolos terminados[507], hasta la triste

época en que comenzó con la estincion de los Amiritas la guerra civil en

el Califado cordobés entre los bereberes y andaluces, entre Suleyman y

Almuhdi, no trascurrió medio siglo. Los dos rivales, alternativamente

favorecidos por el conde de Castilla Sancho Garcés, talaron uno tras

otro el campo y la sierra cuando se vieron vencidos y precisados á dejar

la ciudad; pero los bereberes de Suleyman fueron mas feroces que sus

contrarios, redujeron á cenizas la mágica poblacion de Azzahira, pocos

años antes delicia del hagib Almanzor, y entrando en Azzahra (año 1010)

la saquearon despues de haber pasado á cuchillo á sus moradores.

Permanecieron en ella algunos meses, y luego la evacuaron para estender

sus terribles correrías por toda la tierra circunvecina, donde talaron

las mieses, incendiaron las granjas, y no quedó un solo caserío en que

no estampasen su destructora huella. En aquella gran devastacion los

habitantes de la campiña se refugiaron en Córdoba con lo que pudieron

salvar de sus haciendas, huyendo la furia de aquel animado torbellino, y

hubo de resultas hambre en la ciudad. Y cuentan las historias árabes que

habiendo cundido la asoladora plaga por todo el norte del Andalús, solo

Toledo y Medinaceli se libraron de la ruina, quedando tan despoblada la

provincia, que podia un viajero andar por ella á caballo dos meses

seguidos sin encontrar alma viviente. Aunque maltratada por tan deshecha

tormenta, debió quedar en pié al abrigo de la Sierra la preciosa

flor[508] plantada por An-nasír para otra flor la mas querida de su

harem.

Un rey cristiano[509] prendado de ella, confiado en el prestigio de sus

victorias y en el abatimiento del Islam, la pidió para su esposa á su

nuevo dueño el régulo de Sevilla. Dos cosas demandó el conquistador

castellano á Almu'tamed: que le diese á Medina-Azzahra para residencia

de D.ª Constanza que iba en su compañía, y que le dejase libre una parte

de la mezquita mayor para trasladarse á ella la reina diariamente y dar

allí á luz el fruto que llevaba en sus entrañas[510]. Indignado el

sarraceno dió la muerte por su propia mano al judío portador de tan

insolente mensaje, y no contribuyó poco este atentado á que D. Alfonso,

ardiendo en sed de venganza, estrechase á Almu'tamed con tan poderosos

medios, que le hiciese preferir el entregarse con el ruinoso Estado

andaluz en brazos de los almoravides.

¿Quién cuidaba entre tanto de aquella perla del arte arábigo?

Probablemente estarian desiertos y abandonados aquellos hermosos

palacios, y sus antes deliciosos jardines yermos y convertidos en

madriguera de alimañas. ¡Los bereberes habrian despojado sus lujosos

pabellones, robado todas sus riquezas, destrozado aquel artificioso

estanque de líquido mineral, aquellos tronos de oro y pedrería, aquellas

fuentes de bronces y mármoles, aquellos baños voluptuosos, aquellos

artesonados de oro, mármoles trasparentes y maderas incorruptibles,

aquellas arcadas de ébano y marfil, aquellas costosas alfombras,

aquellos doseles de brocado!... Muchos cercos sufrió la antigua sede del

Califado andaluz desde D. Alfonso VI hasta S. Fernando en poco mas de

cien años, y en este tiempo no hallamos que hicieran aprecio alguno de

la desolada y desierta Medina-Azzahra ni los almoravides, ni los

almohades sus impetuosos sucesores. Cuando el santo rey tomó á Córdoba

no quedaban ya en pié mas que los muros de un alcázar que tantos tesoros

habia contenido, teatro de los mas gloriosos acontecimientos del

Califado de Occidente y testigo de una prosperidad que habia de parecer

fabulosa narrada por la historia. El tiempo habia hecho su oficio: todas

las construcciones poco sólidas se habian reducido á polvo: la tierra,

tan afanosa por tragar los monumentos de los hombres que le arrancan los

tesoros de sus entrañas, habia recobrado lo suyo, y con su incesante é

imperceptible crecimiento cubierto ya las marmóreas escalinatas rotas,

los pavimentos de piedra desnivelados, los acueductos, algibes,

estanques, fuentes, baños: todo lo somero y profundo, sobre lo cual

tendió largos años su capa de nieves y barrizales el aterido invierno,

su verde manto de grama la alegre primavera, sus tejidos de cardos,

espinos y punzante maleza el abrasado verano, y el otoño su seca y

amarilla vestidura de despojos. Lo alto y fuerte perdió paulatinamente

su delicado y deleznable revestido de estucos pintados y dorados, sus

armaduras de alerce: y quedó desnudo. Los reyes moros de Sevilla se

llevarian á la nueva corte algunas hermosas columnas y otros objetos

útiles para sus construcciones; pero muchos materiales preciosos

quedaban todavía en aquello que solo parecia un castillo arruinado en

los dias de la reconquista.

Ya en este tiempo habia perdido el vulgo la memoria del orígen de

Azzahra, y sus diseminados vestigios habian hecho nacer entre los

cristianos vencedores una falsa tradicion respecto del antiguo asiento

de Córdoba, de que luego participaron los historiadores de mejor

criterio. Y al hacer el santo rey el repartimiento de Córdoba y su

tierra entre los ricos-hombres, caballeros y órdenes religiosas que

habian asistido á la conquista, ya la ciudad de la esclava querida de

An-nasír habia perdido su nombre por el impropio de _Córdoba la

vieja_[511].

Con este perseveró desde entonces, y el nuevo nombre contribuyó á que se

desvaneciese del todo en los siglos sucesivos el recuerdo de una

poblacion tan novelesca por su orígen, tan interesante por las escenas

en ella ocurridas, tan maravillosa en todo: que habia rivalizado con las

mas famosas ciudades orientales y sostenido dignamente el paralelo con

los soberbios palacios de los reyes Ninivitas, Achemenios, Sassanidas y

Abassidas.

De _Córdoba la vieja_ se hace mencion en algunos documentos de la edad

media: ¡de Medina-Azzahra nunca! Aquel asolado campo con su ruinoso

castillo pasa, no sabemos cuándo, del patrimonio real al patrimonio

municipal: llega el año 1405, viene á Córdoba un venerable religioso

gerónimo[512] á solicitar la fundacion de un convento de ermitaños en la

sierra, y la noble viuda de D. Diego Fernandez de Córdoba, alcaide de

los donceles, le cede para este piadoso objeto una huerta que poseía

contigua á _Córdoba la vieja_: la ciudad le dá para el mismo fin en 1408

las _ruinas del castillo de Córdoba la vieja_, ya propiedad suya. El

arruinado castillo viene entonces al suelo: los sillares de sus muros

son acarreados al cerro inmediato donde los padres gerónimos edifican su

convento; los tableros esculpidos de barro y piedra que los revestían

caen despezados entre la yerba, donde permanecerán acompañando al sueño

secular de las otras ruinas anteriores ya sepultadas en aquel _campo de

soledad_, hasta que un anticuario los remueva y los desdeñe

desconociendo su procedencia[513], y venga luego otro[514] y los admire

como lo que realmente son, aunque sin saber tampoco el nombre que

llevaron. De los despojos aparentes apenas queda alguno útil que los

buenos frailes no se lleven á su monasterio: cargan con cuantos

capiteles y fustes de mármol yacen sobre aquella vasta sepultura de

grandezas; llévanse cuanta piedra les parece acomodada á la construccion

de su templo, de su claustro, de su capítulo, trazados segun el florido

sistema ojival terciario; llévanse por fin hasta un cervatillo y una

cierva de bronce[515] hueco hallados entre los escombros, que quizás en

otro tiempo habian deleitado en alguna fuente del palacio de Azzahra los

ojos de su mimosa dueña, y acomodan uno de ellos á un pilon del claustro

del santo cenobio. A todo esto, nadie sabia ya que hubiese existido

Medina-Azzahra. Las ruinas de _Córdoba la vieja_ pasaban por reliquias

anteriores á la dominacion agarena, y deshecho el castillo, no quedó al

parecer piedra sobre piedra en aquella vasta, ondulosa y verde planicie,

ya convertida en dehesa.

El erudito cronista de Felipe II que vivió algunos años en el monasterio

de S. Gerónimo de la Sierra, obcecado con el error vulgar no vió lo que

saltaba á la vista, esto es, que los fragmentos de arquitectura

decorativa de mármol, piedra y barro, que se hallaban diseminados por la

dehesa de _Córdoba la vieja_, eran de la misma casta que la

ornamentacion del Mihrab de la mezquita mayor[516]. Otro anticuario mas

perspicaz en estas materias trató de corregir la falsa opinion, y este

convenció á otros de que aquellos despojos pertenecian á alguna suntuosa

fábrica de sarracenos[517]. Nada se adelantó sin embargo; las

antigüedades árabes tenian poco que esperar de la tendencia que tomaban

á la sazon los estudios arqueológicos.

Fué preciso que pasaran otros dos siglos y que un orientalista dotado

de ingenio y gracia para cautivar contando las cosas de la España

árabe[518] en una época en que la ilustracion se ceñia casi

esclusivamente á lo latino y griego, volviese á pronunciar el nombre de

_Medina-Azzahra_ para que se despertase entre los literatos y

anticuarios, con la aficion perdida á las historias de nuestros antiguos

dominadores, el deseo vehemente de investigar el asiento de aquella

célebre poblacion. Pero como aquel mismo arabista daba acerca de su

situacion noticias equivocadas[519], se buscó en vano por muchos años lo

que tanto se deseaba hallar.

¿Quién habia de imaginarse que las reliquias de los palacios mas

sorprendentes que vió la España musulmana estaban sepultadas en una

dehesa de un mayorazgo[520], de la cual ya nadie se acordaba ni aun para

esclarecer la duda que habian dejado en pié los anticuarios de los

siglos XVI y XVII? Y sin embargo, la compilacion de historias de la

España árabe hecha por Ahmed Al-Makkarí, vulgarizada en Europa desde el

año 1840 por la laboriosidad de otro arabista distinguido[521], nos

estaba revelando lo que en aquel abandonado campo debiamos prometernos.

[Illustration: Dib. del nat.l y lit.ª por F. Parcerisa

Lit. de J.J. Martinez, Madrid.

FRAGMENTOS DE LOS PALACIOS DE MEDINA-AZZAHRA.]

Córdoba · 第 32 / 53 段