gente que poblaba estas santas casas, de su modo de vivir, de sus usos y
sus trages, ciñéndonos, como la índole de nuestro trabajo lo requiere, á
la parte gráfica y pintoresca de la veneranda regla, y dejando sérias
investigaciones sobre la disciplina religiosa para los escritores de
historia eclesiástica: que por cierto, y sea dicho de paso, tienen mas
ámplios y abundantes fundamentos que nosotros los amantes de las
antigüedades artísticas, para desenvolver sus elucubraciones. No vamos
por lo tanto á sacar á luz una nueva edicion de la regla de S. Benito y
de los capítulos del concilio de Aquisgran; vamos solamente á trazar con
rasgos caracteriscos una breve filiacion de los valientes soldados de la
hueste benedictina, y solo por lo que interesa el saber qué especie de
vida interior hacian bajo su santa bandera, aquella animosa monja que
burlando la vigilancia del convento fué por entre las nocturnas
tinieblas atravesando montañas, bosques, peligrosos barrancos, hasta
llegar con el alba á la corte sarracena; aquella otra venerable abadesa,
que salia á la ventana del muro divisorio entre las dos clausuras del
monasterio Tabanense, para ver de agasajar á Jesucristo en la persona de
sus pobres despues de haber gastado su gran patrimonio en fundar aquella
casa; toda aquella legion de mártires en suma, arriba mencionada, que en
los períodos de persecucion, y como por secciones, iba bajando de la
Sierra á la orgullosa corte de los Amires á fortificar con su sangre los
retoños de la cruz que presumian estirpar los infieles. Aquellos santos
varones, pues, aquellas respetables matronas, devotas vírgenes y niños
ofrecidos, descendientes la mayor parte de nobles familias godas, como
de sus meros nombres se colige, vivian todos, sin distincion de sexos ni
de cuna, entregados á la oracion y meditacion, á las obras de caridad,
al cultivo de la inteligencia, á los trabajos manuales que la regla
prescribe, en los cuales no habia para los profesos de mas ciencia,
virtud y nobleza, exencion de trabajos serviles[439] dentro de la
clausura. Habitaban en celdas desnudas de todo aparato, vestian los
monges de negro[440], con túnica, escapulario y cogulla[441], las monjas
con túnica tambien negra, y velo del mismo color, ó encarnado,
simbolizando, bien la tristeza del destierro en que el alma consagrada á
Dios vive en este mundo, bien su continua disposicion á dar la sangre
por Jesucristo. Los monges profesos llevaban coronas de cerquillo lo
mismo que los presbíteros, y la barba crecida como los demas cenobitas y
ermitaños; pero los novicios ó confesos no llevaban corona hasta que
pasaban á profesos[442], ni tampoco capilla; así como no usaban velo
las vírgenes hasta que en alguno de los dias solemnes marcados al efecto
se lo daba el obispo pronunciando ellas sus votos. Levantábanse á las
dos de la noche á rezar maitines y laudes, y despues no se volvian á
acostar, sino que se empleaban en la oracion, la meditacion y el
estudio; dormian vestidos, y solo se les permitia al acostarse mudar de
calzado: en el refectorio se les servian únicamente dos viandas, que
eran frutas ó verduras, y pescado, para que el que no pudiese comer de
la una comiese de la otra; prohibíaseles absolutamente el uso de las
carnes[443], y en cuanto á la bebida, que era el agua pura, regia una
costumbre muy digna de ser observada: solo cuando habia obras ó ayunos
estraordinarios, se les consentía beber entre comidas, y entonces,
reunida toda la comunidad antes de entrar al rezo de las _completas_,
daba el abad su bendicion, y el que tenia sed, bebia. Ayunaban todos los
miércoles y viernes del año, además de hacerlo en las épocas señaladas
por la Iglesia á todos los fieles, y el ayuno no les eximia del trabajo
corporal y obras de manos, ni de la lectura acostumbrada. No era el abad
preferido á ninguno de sus súbditos ni en la comida, ni en la bebida, ni
en la cama, ni en el vestido. Solo cuando sobrevenian huéspedes de mucho
respeto y calidad, le era permitido comer con ellos fuera del
refectorio; pero las pequeñas distinciones de esta especie estaban mas
que compensadas en beneficio de la humildad cristiana, porque ese mismo
abad que gobernaba la comunidad y podia castigar á los monges rebeldes é
viciosos, y ante el cual se prosternaba el castigado hasta tocar con su
frente el suelo, cubriéndose con la cogulla en señal de confusion, ese
superior respetado y temido lavaba y besaba imitando á Jesucristo los
piés á sus subordinados en el dia solemne que consagra la Iglesia á esta
conmemoracion conmovedora. Tampoco para envanecerlos y exaltarlos, sino
para que se les denotase amor y reverencia, queria S. Benito que los
monges al llamarse unos á otros hiciesen preceder sus nombres de
apelativos afectuosos y respetuosos: los mayores debian llamar á los
menores _hermanos_ (_fratres_), los menores á los mayores _padres_
(_nonnos_); todos ellos al abad _señor y maestro_ (_dominus et
magister_). Los pobres tenian como declarado en la regla de S. Benito un
derecho que por su singularidad merece mencionarse: para que no les
faltase alimento, estaba terminantemente prohibido que ningun monge
cediese á otro parte de su comida ó cena; de esta suerte, las sobras que
dejaban los desganados ó de estómago pequeño llegaban intactas á los
mendigos que socorria el monasterio. La regla del silencio se observaba
con toda escrupulosidad: cada religioso se ocupaba en su celda en la
oracion y meditacion, ó en el estudio; los no profesos se dedicaban á
las faenas de la labranza y del cultivo; la comunidad solo se reunia en
el coro, en el refectorio, en el capítulo y en las aulas. Durante las
refacciones de comida y cena se leía; en ninguna parte del monasterio y
á ninguna hora habia bullicio, y para desterrarlo completamente, las
escuelas en que enseñaban los monges doctos estaban fuera de los
edificios claustrales, y las aulas que habia dentro de ellos eran solo
para los educandos del convento.
Exaltada nuestra imaginacion con estos recuerdos, cuando recorriamos
aquella fragosa y pintoresca Sierra de Córdoba, que hoy siguen
santificando con su vida ejemplar los humildes _hijos del Yermo_; al
señalarnos con el dedo nuestro complaciente guia alguno de los lugares
matizados de ruinas donde la piadosa tradicion ve los devastados solares
de los antiguos monasterios benedictinos, creimos muchas veces percibir
el ténue tañido de una modesta campanita entre el blando susurro de las
auras y de los arroyuelos, con que lloran hoy su soledad aquellas
montañas que casi nos atreveríamos á llamar _sagradas_. Figurábasenos
que aun hallaríamos en pié alguna de aquellas santas casas: que en ella
íbamos á sorprender, usando del derecho de hospitalidad, á fuer de
fatigados peregrinos, á la pequeña comunidad rezando sus horas; ó á ser
agasajados como lo habian sido allí muchos en otros tiempos, viniéndonos
á la memoria de contínuo aquella preciosa pintura que hace S. Eulogio de
la vida de los monges de S. Zacarías de Navarra[445]: «_resplandecen
como estrellas del cielo con méritos de diferentes virtudes, unos de una
manera, otros de otra. Florece en unos la caridad perfecta que desecha
todo temor; á otros engrandece la humildad; otros con cuidado se
ejercitan en recibir á los peregrinos y huéspedes, y condescienden con
la voluntad de los que llegan de nuevo, como si Cristo se inclinára á
ser recibido en su hospedería._» ¡Oh vida dulce y tranquila!
esclamábamos: ¡oh deliciosa soledad silvestre, morada única en que
descansa con placer el ocupado pensamiento del viajero de lejanas
tierras, mientras encomienda á tus vagarosas auras, embalsamadas al
contacto del azahar y de la madreselva, los suspiros que le arranca su
amada familia ausente! Y ahora que restituidos al hogar doméstico
escribimos aquellas impresiones, trayendo á la memoria aquellas punzadas
de melancolía por la ausencia de la esposa y de los hijos, que tenemos
ya á nuestro lado, volvemos á esperimentar una suave tristeza de no ver
más lo que entonces vimos. ¡Oh mezquina condicion de la humana criatura,
nunca del todo satisfecha! Como si aquellos monasterios durasen todavía;
como si pudiéramos aun ver por allí la figura de aquel santo sacerdote
que los visitaba y edificaba á todos; espiarla trepando hácia ellos por
las mismas trochas y senderos que nosotros recorrimos, y perderse como
una mota negra[446] entre aquellos carrascales y encinares, enseñándonos
el camino á todas las santas casas de la Sierra; duélenos no haber
fijado nuestro albergue entre aquellas montañas de tan magníficos
horizontes; é internándonos con la mente hasta la horrible soledad y
montuosa aspereza donde estuvo edificado el famoso monasterio
Armilatense, cuyas ruinas retrata todavía en su impetuoso nacimiento el
Guadamellato, dirigimos á los gloriosos santos formados en sus claustros
aquella misma salutacion afectuosa de Carlomagno á Paulo Diácono, monge
de Monte Casino.
Hic celer egrediens, facili mea charta volatu,
Per sylvas, colles, valles quoque proepete cursu:
Alma Deo cari Benedicti tecta require.
Est nam certa quies fessis venientibus illuc.
Hic solus hospitibus, piscis, hic panis abundat.
Lætus amor, et cultus Christi, simul omnibus horis.
Pax pia, mens humilis, pulchra, et concordia fratrum.
Dic patri el sociis cunctis, salvete: valete: etc.[447]
Mas, ¡ay! que esta grata vision retrospectiva va á concluir con un
espectáculo terrible y sangriento; porque la vida del monge del siglo IX
no era, como vulgarmente nos figuramos, una série bonancible de gozos
espirituales y prosperidades terrenas. Muy halagüeño es sin duda,
despues de domado el ímpetu de las pasiones, vivir lejos del bullicio de
la capital, conversar con Dios en medio de esa agreste soledad,
solazarse inocentemente á la orilla de ese rio, sorprendiendo entre las
espumosas ondas que se quiebran en los peñascales á los incautos
pececillos... Pero ¿y si llega un dia en que un rey poderoso decrete la
persecucion y el esterminio de todos los cenobitas?... Pues ese temido
instante llega en efecto. Porque la cristiandad está en dias de prueba,
y como férrea tenaza la estrechan por el norte y mediodia los bárbaros
normandos y los sarracenos. La Europa entera está humeando con
monasterios incendiados y sangre de mártires: ¡Gante, Amiens, Arras,
Corveya, Cambray, Tarvana, y cuanta tierra riega el Escalda, forman ya
una inmensa hoguera! Los mismos estragos manchan con sangre y calcinados
escombros la corriente del Rhin: los soberbios claustros erigidos por el
emperador Lotario quedan en el espacio de tres dias convertidos en
inútiles ruinas. La Francia ve aterrada cundir la devastacion por toda
la Neustria: Suesion, Noviomago, Lauduno, Reims, son envueltas en la
sentencia de esterminio que provocan los templos y monasterios. Caen
desplomados los fuertes muros de S. Salvador de Prumia, de S. Martin de
Turs, de las mas insignes abadías francesas... Si esto hacen los
bárbaros inciviles del norte, ¿cómo esperar mas clemencia de los
bárbaros cultos de oriente y mediodia, que asuelan ya el reino de
Nápoles y Sicilia, que incendian á Monte Casino, á S. Plácido de Mesina,
á S. Vicente de Vulturno, pasando á cuchillo á sus indefensos moradores?
¡Ah! Tambien en la trabajada España suena de un confín á otro la
tremenda voz esterminadora: ¡las tropas del altivo Muhammed entran con
espada en mano en el suntuoso monasterio de Cardeña, y al salir de él
dejan en sus pavimentos doscientos cadáveres de mártires!... ¿Qué
repentino rumor sube á la montaña desde la llanura, turbando la paz de
los santos claustros confusos gritos de destruccion y muerte? Son
tambien soldados y verdugos de Mohammed los que trepan hácia ellos
armados de fuego y hierro. La Sierra de Córdoba, un momento há
silencioso teatro de santos y ordenados ejercicios, se estremece toda
con los clamores de los monges que huyen despavoridos, de las vírgenes y
matronas que se apiñan desaladas en los coros, de las turbas de
mozárabes que, precediendo á los implacables muzlimes, buscan asilo en
lo enmarañado de los bosques y en las cavernosas breñas. Vuelvo la vista
á la ciudad, magestuosamente asentada en medio de la campiña, y cuyos
edificios claramente distingo; y no veo ya descollar en ella las
modestas torres de las parroquias nuevamente erigidas. Veo por el
contrario alzarse nubes de denso polvo en algunos parages de la
Ajarquía. ¡La satánica obra de destruccion ha comenzado; publícase ya en
la montaña con furibundas amenazas el feroz decreto llevado á cabo en
las parroquias; y dentro de pocos dias los mas afamados cenobios, el
Armilatense, el Tabanense y otros, no ofrecerán á nuestra vista mas que
humeantes ruinas, y sangrientos despojos de mártires inmolados en ellos!
Segun el edicto del tirano debieron derribarse todas las iglesias
edificadas en tiempo de los árabes, y en las basílicas de la ciudad
erigidas mas de trescientos años atrás, demolerse todas las adiciones
modernas[448]; pero Dios no consintió que esto se cumpliese á la letra.
El monasterio de la Peñamelaria subsistió á pesar de la furiosa
destruccion de que fué teatro la Sierra[449], y con él permanecerian
tambien en pié otros de menos importancia. Sin embargo, la grande
afliccion y tubracion de los mozárabes empezaba realmente por este
tiempo. Porque á la ruina de los templos y monasterios acompañaron ahora
aquellas enconadas persecuciones de los mismos cristianos apóstatas de
que dejamos hecho mérito; aquellos conciliábulos prohibiendo declarar la
fé; los padecimientos de Sanson y de Eulogio, de todos los mártires
mencionados por ellos en estos años, y de otros infinitos de quienes no
hicieron memoria: puesto que el mismo santo doctor dice que eran tantos
los que se ofrecian al martirio, que los infieles pedian á los
cristianos los contuviesen, y que era tan universal el fervor de padecer
por Cristo, que hasta los párvulos se ofrecian al cuchillo de los
verdugos.
Muchos que escaparon de Córdoba con vida fueron á darla por Jesucristo
algunos años despues en los dominios de los reyes cristianos, á manos de
los mismos muzlimes cordobeses. Este fin alcanzaron en 883 en el
monasterio de Sahagun todos los religiosos prófugos que allí vivian
refugiados bajo el abad Walabonso, de resultas de una entrada á sangre y
fuego que hizo Almundhyr en los dominios cristianos[450]. Hasta diez
años despues[451], en que padece martirio Sta. Eugenia[452], no volvemos
á ver sangre de mozárabes derramada en Córdoba. De allí á poco (en 925)
murió por no mancillar la flor de su pureza el santo niño Pelayo, que el
obispo Hermoigio, con mas amor de sí mismo que buen consejo, habia
dejado á Abde-r-rahman III en rehenes para rescatarse del cautiverio
despues de la rota de la Junquera. Por las actas referentes á este
inocente mártir sabemos que las basílicas de S. Ginés y S. Cipriano
subsistian en su tiempo, puesto que en el cementerio de la una fué
sepultado su cuerpo, y en el de la otra su cabeza.
Como por un vergel encantado que se representa en sueños, donde se hunde
el pié de trecho en trecho, así discurre la imaginacion por la
maravillosa y singular historia de estos tiempos. An-nasir, Al-hakem,
Almanzor, poseen para los míseros mozárabes la magia de Circe:
alucínanlos con el esplendor de su cultura, y cuando mas desprevenidos
estan los aterran con sentencias de muerte. Bajo sus reinados acontecen
la solemne embajada del Gorziense, aquellas legacías y comisiones de
prelados, como las de los obispos Ermenhardo, Juan, Recemundo, Dudo,
etc., entre los califas y los emperadores de Alemania y Constantinopla,
en que el arte y sus bellezas figuran tanto; aquellos agasajos contínuos
entre infieles y cristianos, en que se comercia por una parte con las
santas reliquias de los mártires, haciendo alarde de civilidad y
tolerancia; aquel incesante acudir de los cristianos á la corte de los
califas, á la nueva Atenas, buscando la salud[453], buscando alianzas y
proteccion[454], buscando la luz de las ciencias y de las artes[455];
aquel interminable despuntar de genios en todos los ramos del humano
saber, á quienes aun hoy el mundo venera: hechos todos de que hemos dado
ligera noticia al lector en el discurso del capítulo precedente. Pero á
vueltas de tan sorprendentes espectáculos, los dejan helados de espanto
haciéndoles ver que el odio al nombre de Cristo es en ellos
inextinguible. A los seis años de la decolacion del niño Pelayo, padecen
martirio Vulfura y Argentea[456]; luego Almanzor, que como violento
torbellino penetra cincuenta y dos veces por los dominios de la España
católica, llena las mazmorras de cautivos cargándolos de pesadas
cadenas[457]; por último, á impulso de su desprecio altanero y cruel
perecen en tenebrosas cárceles el ejemplar Domingo Sarracino y sus
compañeros.
A la historia de Córdoba mozárabe pertenece aquella famosa prision de D.
Gonzalo Gustios, padre de los malhadados Infantes de Lara, que, aunque
omitida por los principales historiadores, se confirma por la Crónica
General, los romances populares y la tradicion. En uno de los mas
suntuosos edificios de la Almedina, no lejos de los reales alcázares,
gime encarcelado el buen señor de Salas, víctima de una infame traicion
urdida por su cuñado Rodrigo ó Ruy Velazquez, el cual con una falsa
carta de albricias le mandó á la corte de Hixem para que fuese
degollado, mientras sus siete hijos perecian en la celada que tambien
les tenia dispuesta. Los Infantes de Lara, generosos y confiados como su
padre, se dejan conducir á la frontera enemiga por el traidor que los
entrega, y allí abandonados por él á un numeroso ejército de infieles,
pelean varonilmente en el campo de Albacar[458], vendiendo caras sus
vidas. El desdichado D. Gonzalo Gustios recibe en tanto lisonjeros
agasajos de Almanzor y de sus allegados: la hermana del prepotente
hagib, vencida de sus atractivos, le visita en su prision con frecuencia
haciéndose recatadamente acompañar de sus esclavas; y de este amoroso
comercio, cuyas dulzuras ilícitas va á castigar inexorable el cielo,
nacerá un famoso bastardo[459], cuya historia no entra en nuestro
cuadro. Está el ilustre prisionero sentado á un banquete á que le
convida el magnate sarraceno... Dígalo mejor el romance.
«Y despues de haber servido
mil manjares á su usanza,
dice el rey:[460]--Gonzalo amigo,
un costoso plato falta.
* * * * *
En esto vino una fuente
que cubria una toalla,
y en ella siete cabezas,
de aquel tronco muertas ramas.
Mira la fuente Gonzalo,
y dice:--¡Ay, fruta temprana!
* * * * *
Mas, ay mis hijos, que son
mis preguntas escusadas,
que con sangre viene escrito
que es Rodrigo y Doña Lambra.»
Aun existen en Córdoba la calle y casa donde pasó este tremendo drama;
llámanlas _de las Cabezas_, y dicen tomaron este nombre por dos
arquillos que allí se ven todavía, en los cuales pusieron las cabezas de
los desgraciados Infantes, _mal trofeo de tan infame victoria_[461].
Muerto Almanzor palidece para los muzlimes el astro de la fortuna, y la
suerte de los mozárabes pasa alternativamente de la cumbre de la
esperanza al abismo del desconsuelo. El conde de Castilla D. Sancho, D.
Ramon, conde de Barcelona, el rey cristiano que conquistó á Toledo,
plantan sucesivamente sus reales sobre Córdoba: lo mismo hacen los
régulos sarracenos rebeldes al legítimo califa; con lo cual los
estenuados cristianos cobran aliento. Ya el conde D. Fernando Gomez saca
de la ciudad, que todo el orbe católico mira como el mas glorioso
panteon de mártires despues de Roma, las preciadas reliquias de dos
insignes santos[462], sin que osen estorbarlo los islamitas; ya D.
Alfonso VI en 1108, por vengar la muerte de su hijo D. Sancho en Uclés,
hace quemar á las puertas mismas de la orgullosa corte á su gobernador
Abdalla con otros veintidos capitanes, á quienes logra envolver en una
batalla, y obliga á los pobladores á que le entreguen mil y setecientos
cautivos cristianos, con todo lo que pertenecia á los almoravides sus
auxiliares. Ya entra D. Alonso de Aragon en Andalucía (año 1125), con
tan poderoso ejército, que la mayor parte de las familias mozárabes de
Córdoba se pasan á su campo juzgándose en él seguras. ¡Ahora sí que es
lamentable la condicion de los cristianos que no abandonan sus hogares!
Despojados de sus bienes, perseguidos, azotados, encarcelados,
martirizados de mil modos, desterrados al Africa, ven consumarse la
dolorosa estincion de la ley evangélica en Andalucía si el soplo
vivificador de Dios no la reanima. Ocultan presurosos sus sagradas
reliquias, las santas imágenes que veneran[463]. ¡Cuántos en esta
sangrienta tragedia alcanzaron la palma del martirio! Sus sañudos
enemigos empiezan á destruirles los templos que las anteriores
persecuciones habian respetado: algunos convierten en mezquitas ó en
sinagogas. Un mahometano poderoso y sus parciales llaman á D. Alfonso el
emperador contra Ben-Ganyah, ofreciéndole vasallaje; así queda en
suspenso (año 1146) la ruina de la iglesia mozárabe cordobesa.
Ben-Ganyah es vencido: el emperador castellano entra triunfante en la
ciudad de tantos amires: dá un gobernador ó alcalde á los cristianos
para que sean regidos con justicia segun sus propias leyes[464]. ¡Mas
ay, que los jactanciosos nazarenos han violado el gran templo del Islam
atando á sus columnas sus fatigados caballos y poniendo sus atrevidas
manos en el sagrado _Mushaf_! ¡Así que el castellano vuelva la espalda
pagarán aquella insolente profanacion los cristianos cautivos[465]; y
los caballeros de ese altivo emperador que puedan ser atraidos bajo un
falso seguro, serán cargados de cadenas! Pero el castellano irritado se
apresta brioso á castigar el infame perjurio de Ben-Ganyah; muchos
príncipes de la cristiandad, muchos condes y señores se le agrupan en
torno: sus huestes cubren la campiña; el fragor de sus armas atruena la
vecina sierra. El musulman por su parte llama en su auxilio á los
fanáticos y furibundos Almohades.
Antes que los formidables ejércitos de africanos se lancen al Estrecho,
habrá el perjuro reconocido segunda vez por su rey y señor al de
Castilla (año 1150); mas al retirarse este nuevamente cargado de botin
ante la siniestra nube que cierra por el mediodia, los infelices
cristianos de Córdoba, abandonados á la barbarie de sus últimos
opresores, se irán paulatinamente dispersando como leves yerbecillas que
marchita y arrebata la asoladora tempestad.
[Illustration]
Capítulo cuarto.
_Panorama de Córdoba en su estado actual._
Voy ahora, lector amigo, á desarrollar á tu vista los varios cuadros del
panorama que hoy la ilustre Córdoba presenta.