Esta era la forma general de las basílicas latinas, godas y mozárabes:

esta la que próximamente debian presentar aquellas antiguas iglesias de

S. Acisclo, de S. Zoil, de S. Ciprian, etc., que tanto ilustraron con su

virtud y su ciencia, ya mártires hoy gloriosos, como el presbítero S.

Perfecto, el levita S. Sisenando, el diácono S. Pablo, los Stos. Emila y

Jeremías y otros; ya doctores insignes en todas las disciplinas

eclesiásticas, y hasta en las artes liberales. Entre estos últimos

¿quién no recuerda al famoso abad _Esperaindeo, doctor ilustrísimo, de

feliz recordacion, luz brillante de la iglesia_ en aquellos tiempos

borrascosos, varon elocuente, maestro de los mas grandes genios que

florecieron en la España mozárabe, y de quien se escribió que entre las

amarguras que por entonces inundaban toda la Bética, prevalecian los

raudales de su prudencia con los cuales endulzaba lo mas salobre? ¿Quién

no descubre al punto á Eulogio, cuya figura colosal nos sale siempre al

paso en nuestras indagaciones sobre aquellos oscuros tiempos, como nos

atrae la mirada un hermoso planeta cuando nuestra vista se sumerge en

los insondables piélagos del firmamento: luminar de la iglesia española

durante su persecucion, restaurador de las ciencias eclesiásticas y de

las humanidades, maestro de mártires y mártir gloriosísimo? ¿Quién

finalmente se olvidará del caballero cordobés Alvaro Paulo, tambien

discípulo sobresaliente de Esperaindeo; del doctor Vicente, á quien este

mismo caballero nombra, y en cuyo elogio basta decir que el título de

_doctor_ era á la sazon de mucha dignidad en la Iglesia, y que por lo

mismo se daba muy raras veces; de aquel eximio abad Sanson, rector de la

iglesia de S. Zoil, de quien poco há hemos hablado; del sabio

Leovigildo, presbítero de la iglesia de S. Ciprian, que tan elocuentes

páginas escribió sobre la observancia del trage clerical? Ved, lectores,

á cualquiera de esos santos sacerdotes ¡qué bien le cuadra la

descripcion que del buen eclesiástico hacia S. Isidoro! «Vive enagenado

del mundo y de sus placeres; abomina de espectáculos, banquetes y

diversiones; no comercia, ni trata negocios seculares; habla con

moderacion, camina con sosiego, mira con modestia, no frecuenta casas de

mujeres, ocúpase en la leccion y en los divinos oficios, cultiva su

espíritu en el estudio, instruye al pueblo en la doctrina, y le dá

ejemplo con las buenas obras[421].» ¿Quereis asomar ahora rápidamente la

vista dentro de la basílica é informaros de sus ocupaciones

relativamente al culto? Pues desde el amanecer estad alertos. Apenas

quiebra sus rayos el sol en las alabastrinas ventanas del ábside, ya

estan ocupando el coro en torno del altar los presbíteros en una hilera,

y los diáconos detrás en otra. Los cantores y demas clérigos ocupan su

lugar, y comienzan el grave canto de los maitines. Siguen las misas y

las horas canónicas: eran estas _tercia, sexta y nona_, y se decian

tambien en coro á media mañana, á medio dia, y á media tarde, cantando

siempre al fin de los salmos y responsorios el _Gloria et honor_ que era

costumbre de la Iglesia española. La misa se dividia en dos partes, la

_de los catecúmenos_ y la _del Sacrificio_: leíase primero una profecía

del Antiguo Testamento, una Epístola de S. Pablo y una parte de los

Evangelios; añadíanse algunos responsorios y unos versículos con

_Alleluya_, que era lo que entonces llamaban _Laudes_; seguia el

_Ofertorio_, y luego un diácono en voz alta mandaba á los catecúmenos

retirarse. Queda desembarazado el tramo inferior de la nave central: la

segunda parte va á empezar. El celebrante, vuelto al occidente, dirige

una amonestacion al pueblo para que se recoja y disponga á orar: cada

cual ocupa el sitio que le corresponde, los nobles y patronos el

_senatorium_, sus mujeres y las otras damas de gerarquía et _matroneum_,

la gente comun se divide por sexos en las dos naves colaterales de

derecha é izquierda: las vírgenes, veladas á la usanza oriental, con las

viudas en su tribuna ó galería alta; los hombres y mujeres casados con

sus trages de diferentes colores y estofas, en que se advierte una fácil

promiscuidad con las modas sarracenas, y el temor de algunas matronas

poco fuertes, que por no parecer en público cristianas cubren su rostro

con el velo de las mahometanas[422]. En el pintoresco y variado conjunto

contrastan las galas de los magnates con el humilde estambre de los

religiosos;[423] la cabeza del intonso y barbudo seglar, con la del

clérigo que ostenta su corona en forma de cerquillo y su barba

raida[424], (y con la del infeliz _decalvado_, que por sus pasadas

culpas mereció una corona de ignominia hecha á repelones). Pide á Dios

el celebrante que oiga las oraciones de los fieles: hace la

conmemoracion de los muertos, nombrando particularmente á los fundadores

y bienhechores de la iglesia; siguen los abrazos de paz en señal de

union y caridad; luego la _Ilacion_, que ahora llamamos el _Prefacio_;

luego la _Consagracion_; rézase despues el _Padre nuestro_, distribúyese

la comunion, y últimamente se dá la bendicion al pueblo, como se

acostumbra al fin de los maitines y vísperas. Sábese que tanto las

catedrales como las parroquias en la misa mayor debian rogar cada dia

por la salud del rey, segun el consejo de S. Pablo, y mientras hubiese

guerra, ofrecer á Dios el Sacrificio por la prosperidad de las armas

cristianas. Concebimos que este último precepto se cumpliese; ¿pero no

nos será lícito dudar que rogasen las iglesias de la afligida Córdoba

mozárabe por la salud de los califas? La consagracion se hacia en pan

entero (azimo) blanco y pequeño, hecho de propósito para el Sacrificio,

y sobre corporales de lino, á diferencia de la Iglesia griega que

consagraba en pan fermentado sobre corporales de seda. En los dias de

Domingo no doblaba el pueblo las rodillas para orar: se oraba asímismo

en pié todos los cincuenta dias pascuales, desde Resurreccion hasta

Pentecostés, en cuyo tiempo tampoco habia ayunos públicos ó de precepto.

Despues de la caida del sol volvia á reunirse en coro el clero

parroquial para cantar vísperas; y durante la noche se decian los

_nocturnos_, en tres tiempos, lo mismo que las _horas_. Cada dia el

rector con su clero celebraba en la parroquia los divinos oficios con

esta distribucion de horas y nocturnos, y con diferencia de himnos y

oraciones segun se rezaba de santo mártir, ó confesor, ó vírgen. A este

asíduo culto, lo mismo que al Santo Sacrificio, era convocado el pueblo

cristiano con toque de campanas; cuyo débil tañido, que por cierto no

sería muy atronador atendidas las dimensiones y forma del

instrumento[425] en aquellos tiempos, se nos refiere escitaba de tal

modo el enojo de los mahometanos en los dias de intolerancia y

persecucion, que por no oirlo se tapaban los oidos prorumpiendo en

maldiciones[426]. Con tanto rigor observaban los sacerdotes mozárabes en

general su liturgia, que en las referidas épocas de persecucion, sin

aparato alguno celebraban cada dia su misa, y cantaban los salmos dentro

de las mismas cárceles en que estaban presos[427]. En los tiempos

normales siempre era grande el aseo en el servicio de las basílicas. Sus

aras, pues solia en cada una haber varios altares desde que se introdujo

la costumbre de abrir nuevos ábsides en el muro de levante del crucero,

eran de piedra, y estaban cubiertas con telas blancas de lienzo, y por

delante con frontales de variedad de colores y tejidos. Ardía en ellas

la cera no solo durante los divinos oficios, sino tambien de noche y á

puertas cerradas. El sacerdote para el Sacrificio vestía amito, alba,

cíngulo, manípulo, estola y casulla, y el diácono en lugar de esta se

cubría con dalmática. Las casullas, capas, frontales y otras ropas

semejantes eran de lana ó seda, y muchas veces con guarniciones de plata

y oro. Es dificil formarse idea de la bella forma de aquellas vestiduras

sacerdotales, tan ámplias y magestuosas, no habiéndolas visto

reproducidas segun los antiguos monumentos del arte.

No menos que estas iglesias florecian por entonces los monasterios de

toda la provincia, en especial los de la Sierra de Córdoba, que así como

rinde en tributo á la campiña las aguas de sus veneros y los aromas de

sus plantas, le tributaba á la sazon con estos y aquellas sangre copiosa

y fecunda de mártires, y purísima fragancia de virtudes evangélicas.

Cerca de la ciudad, y á su vista por la parte del mediodia, reflejaba

sus muros en la corriente del Bétis la iglesia y monasterio de _S.

Cristóbal_, donde se educó S. Habencio, y donde fueron sepultados varios

otros mártires. En Froniano, lugar de la montaña por la parte de

occidente, á tres leguas ó doce millas de la ciudad, tenia iglesia y

monasterio _S. Félix_ mártir. Presidia este monasterio un piadoso

sacerdote llamado Salvador, y debia ser de los dúplices ó mixtos, tan

comunes entonces, por cuanto leemos en S. Eulogio que se fué á vivir á

él con su mujer y sus hijos el padre del santo mártir Walabonso. En el

lugar llamado _Rojana_, tambien de la montaña, sin que nos sea dado

señalar hácia qué parte de ella, habia otro monasterio dedicado á _S.

Martin_. Distaba unas dos millas de la ciudad, segun se colige de la

vida de S. Juan Gorziense[428], y á su iglesia acudia el santo mientras

permaneció con el carácter de legado del rey Oton, en los domingos y

grandes festividades, únicos dias que le permitia el gobierno de

Abde-r-rahman III salir del palacio donde le retenia mas como preso que

como huésped. En este santuario floreció el mártir S. Cristóbal,

discípulo del grande Eulogio. En lo interior de la Sierra, en un sitio

llamado Fraga, entre agrios montes y enmarañadas selvas, junto al

lugarcillo _Leiulense_, distante de Córdoba poco mas de seis leguas,

habia un monasterio consagrado á los mártires _S. Justo y Pastor_, del

cual bajó el jóven Leovigildo, natural de Granada, á padecer martirio.

El famoso monasterio dúplice de la _Peñamelaria_, titulado de _S.

Salvador_[429], fundado por los padres de Sta. Pomposa, y memorable por

haber vivido en él esta santa mártir y el monge S. Fandila, estaba

edificado en la sierra que sirve de anfiteatro á la campiña al norte de

Córdoba, á unas cuatro millas largas de la ciudad, á la falda de una

peña donde desde los tiempos mas antiguos formaban las abejas sus

panales: circunstancia á que debieron su nombre vulgar la peña y el

monasterio. Aun se ven de él escasos vestigios en alguno de los claros

de la selvosa y sombría montaña que se levanta al norte del castillo de

la Albayda. Los cuerpos de los mártires S. Jorge y S. Aurelio fueron

sepultados en este santuario.

Mas internado en la Sierra, pero en la misma direccion norte de la

ciudad, y á dos leguas escasas de esta, alzábase antes de la cruel

persecucion de Mohammed, entre quebrados montes y bosques seculares,

otro monasterio, tambien _mixto_, celebérrimo en toda la cristiandad

como glorioso gimnasio de mártires, del cual se escribe que era tal su

fama, que de fuera de España acudian gentes á visitarlo. Era este el

monasterio _Tabanense_, fundado con toda magnificencia en tiempo de S.

Eulogio por los piadosos cónyuges seglares Jeremías é Isabel, personages

de gran cuenta y de bienes de fortuna considerables, los cuales

emplearon en él todo su ingente patrimonio y se retiraron con su familia

á vivir en aquella aspereza huyendo el contagio de la fascinadora

cultura musulmana. Allí florecieron, y de aquellas paredes salieron para

recibir el martirio, los dos citados esposos; el venerable abad Martin,

hermano de Isabel, abadesa del monasterio de mujeres; la vírgen Columba,

hermana de ambos, que con su dote habia contribuido á la fábrica del

convento, y que luego recibió tambien la corona del martirio; allí fué

monge el mártir Isaac, sobrino del fundador Jeremías; allí vivió Fandila

bajo la disciplina del abad mencionado; allí vivió retirada y

alentándose para el martirio la matrona Sabigoto, que hizo por

Jesucristo dos sacrificios heróicos: separarse de dos hijas,

entregándolas al cuidado de Isabel y demas santas religiosas, y volar

despues al martirio[430]; de allí finalmente salió á confesar su fé en

Cristo la fervorosa Digna, discípula de Isabel, y allí Aurelio, el

esposo de la varonil Sabigoto, fué á estampar el beso de despedida en

las puras y sonrosadas megillas de sus inocentes hijas antes de entregar

su cuello á los verdugos del _Mexuar_[431]. Corta fué la duracion de

este monasterio tan fecundo en prodigios de virtud, puesto que la misma

Columba que habia contribuido á su edificacion, lo vió destruido, con

otras iglesias y lugares sagrados en que se cebó la furia de los

sarracenos durante la persecucion decretada por el califa Mohammed, de

que hemos hecho mencion en otras ocasiones. Sin duda por ser tan famoso

se encarnizaron mas contra él los enemigos de la fé cristiana, los

cuales completamente lo arrasaron. Las religiosas que en él moraban

huyeron á la ciudad, y allí se recogieron en una casa que tenian, pared

por medio con la iglesia de S. Cipriano.

Otro célebre monasterio de aquellos tiempos, y del cual aun existen

algunos vestigios, era el _Armilatense_, intitulado de S. Zoil, que

tenia su situacion á unas siete leguas ó mas al norte de Córdoba, en

una espantable soledad y aspereza de montes[432], sin mas comodidad

temporal que la del rio Armilata (hoy _Guadamellato_), del que tomaba el

nombre. Iba la corriente por la márgen de la montaña en cuya falda se

habia fundado el monasterio, y siendo muy abundante en pesca, contribuía

á los monges con su producto. En esta clausura se educó el mártir

Wistremundo.

Cerca de Córdoba por la parte occidental habia un lugarcillo denominado

Cuteclara, donde desde tiempos muy remotos existia un monasterio de

monjas con advocacion de la Santísima Vírgen María. Hízose este

monasterio cuteclarense muy famoso por la santa matrona Artemia, madre

de los mártires Adulfo, Juan y Aurea, y maestra de la mártir María. En

él florecieron Pedro Astigitano y Walabonso Eleplense, el primero en

grado de presbítero, y como diácono el segundo, dando ambos á dos su

sangre por Jesucristo[433].

Estos son los monasterios de que se conservan mas circunstanciadas

noticias. De algunos otros que se supone existian tambien en la Sierra y

en la parte occidental de la campiña, no hay para qué hacer mencion

espresa, puesto que ni sus nombres son claramente conocidos. Todos

estaban sujetos á la regla de S. Benito, introducida en España desde el

sexto ó séptimo siglo de la Iglesia (que de cierto no se sabe), y

advertíase en ellos, comparados entre sí, la variedad de construcciones

en la uniformidad del vivir, que era resultado natural de la mayor ó

menor holgura con que habian sido erigidos; sin que á esto se opusieran

las constituciones del santo fundador de la órden, el cual permitia una

racional libertad para acomodarse en todo lo esterno á las condiciones

de los diversos paises en que se establecia su piadosa hueste. Los mas

afamados eran _dúplices_ ó _mixtos_; cada uno de ellos formaba como dos

monasterios contiguos, uno de hombres, otro de mujeres, sin mas

dependencia entre sí que la que los antiguos cánones habian establecido

mandando que todo monasterio de religiosas estuviese sujeto en lo

económico y administrativo á un abad nombrado por el obispo, á fin de

que las monjas y su abadesa pudiesen libremente consagrarse á la vida

ascética lejos de toda relacion y trato con la gente mundana. Monges y

monjas vivian en sus respectivos edificios en celdas separadas: entre el

monasterio de los hombres y el de las mujeres habia altas y fuertes

paredes que los mantenian en completa incomunicacion, de manera que no

podian verse unos á otros. Solo cuando la concurrencia de hermanos ó

huéspedes les obligaba á prestarse mútuo auxilio, era lícito entablar

correspondencia entre la clausura de religiosas y el edificio de los

monges; pero aun entonces se limitaba la plática á lo puramente preciso,

saliendo la abadesa á la ventana. El Concilio Hispalense II en su cánon

onceno habia mandado que en toda la Bética los monasterios de monjas

fuesen gobernados por monges; pero cercenando de tal manera las pláticas

de los religiosos de ambos sexos entre sí, que solo á los abades y

vicarios permitia hablar con las abadesas, y esto estando presentes

otras dos ó tres monjas y versando la conversacion sobre cosas

espirituales y doctrina. Los demas monges, ni siquiera al vestíbulo del

monasterio de mujeres podian acercarse. Para cuidar de la administracion

é incremento de las fincas rústicas y urbanas del convento de

religiosas, atender á la conservacion y reparacion de sus edificios, y

ocurrir á todas las demas cosas precisas, nombraba el abad un monge de

capacidad y virtud esperimentada, y este nombramiento habia de ser

confirmado por el obispo. En España, lo mismo que en Francia y en

Inglaterra[434], siempre que se fundaba una clausura de religiosas, se

construía con arreglo á las necesidades de un monasterio mixto, por la

indicada condicion de que habian de ser precisamente monges los que la

gobernasen. No es esto decir que fuesen dúplices todos los monasterios

de la provincia de Córdoba que dejamos mencionados; éranlo los mas

principales, pero podia haber, y habia en efecto, otros que eran solo de

hombres. El aspecto general de unos y otros debia ser próximamente el de

los demas monasterios benedictinos de la cristiandad, sobre todo despues

de la famosa congregacion de Aquisgran, celebrada el año 817 por

disposicion de Ludovico Pio, cuyos capítulos ó cánones se hicieron

obligatorios á cuantos vivian bajo aquella regla en el Occidente. La

lucha contínua que los mozárabes consagrados á la vida religiosa tenian

que sostener contra los infieles y los hereges, el peligro que sin cesar

les amagaba de ser perseguidos y martirizados, hacia que no perdiesen

nunca de vista los santos y eternos objetos de su mision y vocacion, y

las duras pruebas á que diariamente se les sometia los afirmaban en la

fiel observancia de la doctrina y profesion que habian abrazado. Por

esto la vida monástica en general, y en particular la regla de S.

Benito, produjeron en Andalucía, y en toda España, tantos y tan insignes

santos; por esto se conservó entre los mozárabes intacto el oficio

divino de la primitiva Iglesia goda, que era el mismo que habian

introducido en España los siete Apostólicos[435]; y por esto finalmente

la disciplina monástica española brillaba con incontaminada gloria,

mantenida en toda su pureza por los concilios nacionales y los grandes

genios, como S. Leandro, S. Isidoro, y otros muchos que llenaron con sus

obras las bibliotecas y con sus imágenes los altares en todos los siglos

hasta el undécimo, antes que el prurito de imitar á los franceses, hecho

moda en la corte de D. Alfonso VI, viniese á reformar lo que no

necesitaba ser reformado, dándole la disciplina cluniacense por modelo.

Por esta misma escrupulosa observancia de las constituciones escritas,

observamos que la referida congregacion de Aquisgran inculca en muchos

de sus cánones ó capítulos preceptos que desde los tiempos mas remotos

vienen puestos en práctica en los monasterios españoles[436], y que los

monges de otros paises de todo punto abandonaron. Así pues, no te

parecerá temeridad, mi buen lector, el suponer que los monasterios de

que vamos tratando, los principales al menos, como el Tabanense, tan

encomiado por la esplendidez con que habia sido fundado, fuesen en su

fisonomía arquitectónica general semejantes á los que fuera de España

alcanzaban por aquellos tiempos mas fama de observantes, edificados

tambien en la aspereza de las montañas. Puede decirse de los monasterios

benedictinos de Europa en los siglos medios lo que de sus monges: todos

eran iguales, sin mas diferencias que las dimanadas de los respectivos

usos y necesidades de los paises en que se establecian. Lo mismo que

podia variar en cada nacion el color del hábito, porque S. Benito no

habia determinado color ninguno, podia tambien y debia forzosamente

variar la arquitectura de los edificios, ya por su mayor ó menor número

de oficinas, ya por los materiales con que fueran construidos, ya

finalmente por el estilo artístico peculiar de cada pais. Pero en lo

sustancial habia completa uniformidad: todos los monges benedictinos

llevaban escapulario y cogulla: que en esto consiste lo esencial del

hábito; del mismo modo todos los monasterios, fuesen grandes ó pequeños,

tenian su distribucion interior, sus oficinas y departamentos, adecuados

á las prescripciones inviolables de la regla[437]. A falta de

intérpretes de esta regla que nos hayan legado un recuerdo gráfico de

los monasterios de la Bética en el noveno siglo, citaremos las palabras

con que el capítulo general del Cister, que redactó la constitucion

definitiva de la órden en 1119, formuló lo relativo á la disposicion

material de los monasterios restituidos á la fiel observancia de la

regla primitiva. «El monasterio se construirá (dice esta obra maestra de

organizacion monástica) de modo que reuna si es posible en su recinto

todas las cosas necesarias: agua, molino, huerta, talleres para los

diferentes oficios, á fin de que los profesos no tengan que salir

fuera... Habrá alquerías y cortijos en las tierras de la abadía, y el

cultivo de estas estará á cargo de los hermanos _conversos_ (ó

novicios)...» Esta constitucion se observa escrupulosamente cumplida en

la edificacion del convento de Claraval, cuyo entendido arquitecto supo

reunir, á una comunicacion fácil con el esterior del monasterio, para el

buen servicio de sus oficinas, una clausura completa para los religiosos

profesos. Al mismo tiempo destinó un lugar muy principal al pasto

espiritual y literario de la comunidad, rodeando uno de sus claustros

con la biblioteca, las celdas de los copistas, el salon donde se

discutian las tésis teológicas, etc.; y para recordar á los monges que

no debian vanagloriarse por tener dotes y talentos que les hicieran

sobresalir entre sus hermanos, situó la enfermería y el departamento de

los ancianos, en quienes la edad y los trabajos enervan todas las

facultades del alma y del cuerpo, inmediatos al centro intelectual de la

comunidad. Las necesidades materiales de la vida estaban representadas

en los graneros, cillerezía, molinos, cocinas, etc.; estas oficinas se

hallaban próximas al claustro, pero fuera de clausura. Junto á la

iglesia estaba el claustro, con todas las dependencias necesarias para

los profesos. Las máquinas, hornos, alquerías, establos, talleres para

los artesanos, y demas objetos de la industria y de la agricultura,

ocupaban un primer recinto fuera de la clausura monacal, sin simetría, y

segun la disposicion particular de la localidad. Este vendria á ser sin

duda alguna el repartimiento interior de los monasterios de religiosos

en la tierra de Córdoba, sin mas diferencia en los dúplices, ó de ambos

sexos, que la que se colige de la necesidad de mantener á las religiosas

en una incomunicacion completa respecto de los monges, sin estorbar sin

embargo el acceso del templo á estas, y el del monasterio de mujeres á

los que estaban autorizados para acercarse á ellas. Y que era así en

efecto lo persuade la perfecta similitud que se advierte entre los

monasterios de todos tiempos mas afamados por la escrupulosa observancia

de la regla del santo fundador. Tómese el plano de cualquier abadía

reformada, cluniacense ó cisterciense, trácense en su iglesia dos coros,

uno á un lado y otro á otro, y en comunicacion con los mismos dos

claustros, uno para hombres y otro para mujeres, con sus

correspondientes dormitorios, refectorios, capítulos, enfermerías,

hospederías, cocinas y lo demas necesario para el servicio corporal y

espiritual de cada clausura; establézcase una division de altas y

gruesas paredes entre ambas casas, poniendo los puntos de comunicacion

entre una y otra bajo la vigilancia y custodia del abad y de sus

delegados; agréguense al recinto general aquellas oficinas en que se

emplean monges solos, sin acceso para las religiosas, que son todas las

que requiere la administracion y gobierno económico de ambas

comunidades, los graneros, los depósitos de las prestaciones decimales,

las huertas, molinos, establos, habitaciones de criados, etc.; y se

tendrá aproximadamente la planta de uno de los principales monasterios

de Córdoba del tiempo de S. Eulogio, como el Tabanense ó el de

Peñamelaria. Diferirán uno de otro en la arquitectura de su alzado, en

su aspecto esterior y parte decorativa: y esta diferencia dependerá del

estilo dominante en cada region, en cada siglo. El monasterio

cluniacense ostentará la riqueza del gusto occidental generalmente

denominado _bizantino_; el cisterciense ofrecerá una gran sobriedad de

ornato, «_una iglesia sumamente sencilla, con esclusion de todo género

de pintura ó escultura, sin vidrieras de color, sin cruces ni adornos en

ellas, sin torres de grande elevacion ni cosa alguna que forme contraste

con la simplicidad y humildad de la regla_»;[438] el monasterio

cordubense, como fundado por descendientes de visigodos apegados á las

prácticas y tradiciones de la arquitectura latina que usaron sus

mayores, y dóciles sin embargo al contagio del modo neo-griego y

arábigo-bizantino, y poblado por monges cuya fidelidad á la santa regla

primitiva se citaba como modelo y provechoso ejemplo en los dominios de

los reyes cristianos, presentará ese mismo estilo mixto cuyos caractéres

generales hemos señalado tratando de las basílicas mozárabes de la

ciudad. Veránse en él arcadas sin arquitrabes, puertas cuadrangulares y

ventanas de plena cimbra, portaditas sencillas y galanas con su dintel

recto, su arco de medio punto encima y su tímpano ligeramente decorado;

alguna que otra imitacion del arte oriental; como el arco de herradura,

la pequeña cúpula sobre pechinas, los ajimeces, los ladrillos

barnizados, las molduras y cenefitas de pometados, puntas de diamantes y

flores de loto, los capiteles de forma cúbica, etc. Aquella puerta que

nos dice S. Eulogio se dejó abierta por descuido despues de los

maitines el monge que cuidaba de la clausura de las religiosas en el

monasterio de Peñamelaria, y por la cual se evadió Sta. Pomposa para

volar al martirio, sería sencillamente una puerta con arco de ladrillo,

y si era, como parece regular, la que conducia del convento de mujeres

al coro de la iglesia, tendria á lo sumo algun adorno sencillo esculpido

en su dintel, realzado tal vez con vivos colores. Aquella ventana donde

se asomaba segun nos refiere el mismo santo la venerable abadesa Isabel

en el monasterio Tabanense para avisar la llegada de nuevos huéspedes ó

peregrinos, podria ser quizás un ajimez con su esbelta columnilla de

jaspe y sus dos arcos á la manera sarracena, puesto que consta por las

muchas reminiscencias arábigas con que los religiosos prófugos de

Córdoba matizaron y embellecieron la severa arquitectura de Asturias y

Leon, que no repugnaban los ejemplares monges mozárabes, racionales en

todo, las novedades que con ventaja para el arte y sin significacion

alguna moral habian introducido sus dominadores.

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