Guarda celosa Córdoba en esta capilla una santa imágen que es su númen

tutelar, como lo era para la antigua Troya la famosa estátua de Palas.

Es una imágen de Nuestra Señora, que tomó el nombre de una villa del

reino de Portugal, de donde se supone que la trajo á la Sierra á

principios del décimosexto siglo un pastor de vacas llamado Hernando.

Manifiestas desde luego en su humilde ermita de la montaña las grandes

maravillas obradas por su intercesion, cundió rápidamente su fama por

toda la provincia: el obispo D. Fr. Juan de Toledo, que acababa de

confirmar las constituciones de su cofradía, fué en 1529 el primero que

dispuso se acudiese á la sagrada imágen para implorar la clemencia

divina en las públicas calamidades, y desde entonces comparte la Vírgen

de Villaviciosa la proteccion y defensa de Córdoba con el arcángel S.

Rafael, con los santos patronos Acisclo y Victoria, y con los demas

célebres mártires del arzobispado. A su benéfico influjo, ya se agolpan

las nubes sobre los estensos campos descendiendo de su seno en copiosa

lluvia la fecundidad á los sedientos surcos, ya huyen como derrotados

escuadrones recogiendo las rotas cataratas del cielo cuando la tierra

saturada parece anegarse. Por su influjo las olas devastadoras de los

rios desbordados vuelven mansamente á su cáuce, como dispersas reses al

rebaño, y cesan las inundaciones; por su influjo las legiones invisibles

de ángeles esterminadores que ejecutan las iras divinas llevando á los

pueblos las pestes, se replegan respetuosas sin descargar la tremenda

plaga. En las sequías, en las anegaciones é inundaciones, en los

contagios, en todas las grandes calamidades, recurre Córdoba á su

milagrosa abogada con fiestas, novenarios, rogativas y procesiones. Pero

es en las sequías principalmente, tan frecuentes en toda la Andalucía,

cuando se implora su maravilloso poder. Antes del referido año 1529 se

hacian en casos semejantes procesiones á los santuarios de la Fuen-Santa

y de Nuestra Señora de las Huertas; desde entonces se introdujo la

costumbre de traer la imágen de Villaviciosa á la iglesia de S. Salvador

de Córdoba, y de aquí á la catedral, en cuya capilla mayor antigua

permanecia depositada el tiempo que duraban las solemnes deprecaciones.

Sin embargo desde un principio manifestó el cabildo su deseo de no

desprenderse de ella: las limosnas que producia á la Fábrica fueron

primero escelente pretesto para retenerla desde la primavera del año

1529 hasta fines del año 31; la mala vigilancia que con ella se habia

tenido en su santuario, dando lugar á que un rústico de Antequera, nuevo

Diomedes, osase robar el paladion de la moderna Córdoba, fué despues

motivo suficiente para que en 1536 se declarasen el cabildo y la ciudad

con derecho de patronazgo á su custodia en su santa casa; en el año 1576

el obispo D. Bernardo de Fresneda, con la gran devocion que cobró á esta

santa imágen, la detuvo en Córdoba casi tres años, en cuyo tiempo mandó

hacerle un vestido de plata y un precioso trono con peana de lo mismo,

con la estátua de S. Bernardo y la suya de rodillas, y en los cuatro

lados del trono grabada en grandes láminas, tambien de plata, la

historia del pastor que trajo la milagrosa imágen de Portugal; el obispo

Pazos intentó formalmente en 1586 que no volviera á salir de la

catedral, donde quiso erigirle nueva capilla; el cabildo en 1596 probó

con hechos que á fuer de patrono podia en caso necesario llevársela

adonde mejor le pareciese, porque ofendido de la ilegal donacion que el

obispo Portocarrero habia hecho de su santuario, la tuvo depositada en

la capilla de S. Pedro hasta que aquel prelado fué trasladado á Cuenca;

y finalmente la sequía del año 1699 fué la que dió ocasion á fijar

definitivamente la permanencia perpétua de la milagrosa imágen en la

catedral, para consuelo del pueblo cordobés y remedio en sus aflicciones

y necesidades[402].

Protectora de esperanzas casi nunca frustradas, objeto de súplicas

fervorosas de los corazones atribulados, causa de inefables é inocentes

alegrías, permanece desde entonces la santa Vírgen de Villaviciosa en la

capilla que lleva su nombre, sin habérsela bajado de su altar mas que

para las procesiones que en torno de la catedral se celebran cuando se

implora su poderosa mediacion, y en el año 1710 para la costosa y poco

acertada obra de renovacion que hizo el medio racionero D. Antonio Monge

Maldonado. Describa otra pluma, esclusivamente consagrada á la nunca

escesiva alabanza de esta santa patrona, las escenas patéticas y

afectuosas de que ha sido constantemente teatro su capilla,

particularmente aquella del año de hambre de 1750, en que mil párvulos

de ambos sexos, abandonados por sus infelices padres á la pública

caridad, vestidos y alimentados por los piadosos capitulares, acudieron

á ponerse bajo el patrocinio de Nuestra Señora cantando sus letanías.

Es hoy su sacristía la que para capilla real habia destinado D. Enrique

II. Habiéndose unido esta en virtud de bula del papa Benedicto XIII á la

real iglesia colegial de S. Hipólito, fundada por el rey D. Alonso XI y

restaurada en 1727, los reales cadáveres que estaban en ella depositados

fueron trasladados á su nuevo panteon el dia 8 de agosto de 1736, entre

dos y tres de la madrugada, pobremente, sin luces ni acompañamiento.

Lleváronse en las mismas arcas antiguas de madera en que estaban en la

catedral, y en ellas se conservaron bajo sendos arcos á los lados del

coro de la nueva colegiata hasta el año de 1846, en que se les hicieron

sepulcros de jaspe rojo, de forma nada bella.

Hemos estudiado juntos, lector pacientísimo, la interesante historia de

mil años del monumento mas grande y memorable que descuella en el suelo

andaluz. Faro glorioso del arte bizantino desde su ereccion hasta el

siglo de Almanzor, difundió su luz hasta las gélidas márgenes del Rhin

ayudando á alumbrar con ella el dilatado imperio de Carlomagno y de sus

sucesores. Modelo despues del arte africano en la peregrina decoracion

de algunas de sus cámaras[403], fué la escuela matriz donde aprendieron

aquella elegante y voluptuosa ornamentacion morisca que finge arcos de

cintas rizadas, paredes de encajes y flores, frisos de estalactitas y

armaduras de caprichosos lazos, los discípulos de los mudéjares

cordobeses, que mas tarde construyeron sobre columnas sutiles como el

pensamiento alcázares para los reyes moros de Sevilla y Granada y para

los reyes y magnates semi-renegados de Castilla. Convertido de mezquita

en catedral, nada bastó á despojarle de su primitivo carácter, y cuantos

elementos arquitectónicos le prestó el arte occidental cristiano en los

tres siglos de su gran desarrollo, XIII, XIV y XV, todos se los

subordinó, empleándolos en obras secundarias para que campease siempre

como principal la hermosa creacion de los Umeyas. El siglo del

_renacimiento_ no hizo mas que descuajar dentro de su gran bosque de

columnas el espacio en que habia de implantarse una catedral nueva.

Sufrió la arrogante sultana del Bétis que se derribase en torno del

espacioso rectángulo su rico artesonado de alerce para poner en su lugar

bóveda gótica; pero favorecida en cambio por multitud de circunstancias

contrarias á la nueva edificacion, vió pasar los sistemas artísticos que

representaban algo de bello ó de grande, el plateresco de Cárlos V y el

greco-romano de Felipe II, sin que dejasen en su recinto concepciones

que pudieran amenguar su prestigio. Cuando la nueva favorita que la

obligaron á abrazar, y aun á sostener con sus columnatas, llegó á punto

de exornarse, la vió impasible recurrir á un sistema mixto de todos los

estilos anteriores, formándose una ostentosa vestidura llena de gala y

riqueza, pero desprovista de verdadera belleza artística. Por último al

comenzar la décimoctava centuria, todos los estilos buenos y malos, los

buenos en obras de poca importancia, los malos en construcciones muy

capitales y de gran coste, habian dejado en él su huella, ya en las

cuatro bandas de capillas que ceñian por dentro su perímetro, ya en las

edificaciones que interceptaban sus largas naves, ya en el misérrimo

embovedado de estas, ya en su atrio y pórticos adyacentes, ya finalmente

en sus fachadas esteriores, torre, puertas y postigos; y á pesar de

tantas y tan radicales mutilaciones y transformaciones, todavía

conservaba indeleble la gran fábrica sarracena el sello del arte

religioso islamita. Y hoy mismo, para nosotros, viajeros del siglo XIX,

todavía le conserva á pesar de las plagas que le han caido encima, á

pesar de las innumerables manos de cal y ocre que le han envuelto por

defuera, y de los cuajarones churriguerescos que le han brotado por

dentro. Hoy, sí, mal que le pese á nuestra fervorosa fé, la catedral de

Córdoba es todavía la mas elocuente defensa del genio que avasalló á la

España visigoda; y como el poderoso arte cristiano del siglo XIII que

tenia títulos respetables para haber trocado toda su fisonomía, quiso

hacer alarde de tolerancia, y el ridículo arte _gerigoncista_ se limitó

satisfecho á provocar competencia, poniendo dos muestras de su habilidad

una en jaspes y escayola, otra en dorada talla, cerca de aquella

preciosísima perla del arte arábigo-bizantino (el _Mihrab_) que formaron

de consuno para maravilla del Occidente los genios del Bósforo y del

Guadalquivir reunidos: de aquí resulta, que, una vez visitado este

singular monumento, en cuanto descubrimos al fin de una tortuosa calleja

de las que á él guian las almenas dentadas de sus muros y torres, aun

sin entrar en su embalsamado _patio de los Naranjos_, aun sin asomar la

vista á aquellas rectas y soberbias alamedas de columnas en cuyo fondo

resplandece como un brocado de oro la fachada del _Mihrab_, al punto

creemos oir el clamoroso pregon de los almuedanes que nos grita: «¡Venid

á orar, venid á adorarle: Dios es grande, Dios es único!» olvidándonos

completamente de que el esbelto alminar de donde partia á los cuatro

vientos el aliden es hoy una pesada torre del siglo XVII.

Al estudiar la historia de este monumento has visto desarrollarse la

historia del arte en los siglos medios y en la edad moderna: te has

hecho cargo de sus vicisitudes y transformaciones, de las causas que las

han producido, de los agentes que las han consumado. Larga ha sido

nuestra primera jornada, porque no era posible en ella hacer alto: ahora

discurriremos á placer por un campo mas variado y ameno.

Capítulo tercero.

_Córdoba mozárabe._

Producto singular de dos opuestas civilizaciones, donde si bien la una

prepondera, la otra no se extingue, osténtase la antigua _Colonia

patricia_ en la época mas floreciente que alcanzó la dinastía de Merwán,

exaltada de consuno por el genio del placer y por la religion del

sufrimiento. Engrandécenla, por una parte, la paz esterior que corona

las bien aseguradas conquistas, la prosperidad de la industria y del

comercio, las riquezas que á ella afluyen, las ciencias y letras que en

ella se cultivan, las maravillas con que la engalana el arte

arquitectónico, sus palacios, sus mezquitas, sus baños, sus mercados,

sus jardines y casas de recreacion; por otra parte la engrandecen la

vida ejemplar y evangélica de casi todos los desgraciados cristianos que

viven en ella por el pacto de la conquista, las iglesias y monasterios

en que se congregan para cultivar la ciencia divina, ejercitarse en la

práctica de las virtudes y estimularse al adelantamiento en el camino de

la perfeccion, las persecuciones sufridas, las celestes maravillas en su

favor obradas, la sangre de los mártires fecunda en santos. Entre la

muchedumbre de gentes que la pueblan, sobresalen dos aventajadas razas:

la una procedente de las nobles tribus de Ma'd y del Yemen, mixta de

sangre siria y árabe, brava, gárrula, valiente, conquistadora, sensual,

fanática, cruel con los fuertes, generosa con los rendidos; la otra

hispano-goda, de ánimo noble, pero abatida ahora, acobardada por causa

de sus prolongados infortunios, dispuesta sin embargo á imitar el

ejemplo de los que sacuden decorosamente el yugo de la tiranía. Encierra

la magestuosa reina del Guadalquivir dos poblaciones en una: Córdoba

musulmana, y Córdoba cristiana; aquella hace alarde de la deslumbradora

cultura que alcanza manteniendo su fé en el Islam; esta solo anhela la

exaltacion de la fé en Jesucristo, y resignada con la pobreza de sus

basílicas y monasterios, acostumbrada ya á que los violentos dominadores

no la permitan siquiera levantar en lo alto de sus torres una humilde

cruz, tan solo aspira á que la sagrada señal de la redencion se perpetúe

hondamente grabada en los corazones y en el entendimiento de la raza

vencida hasta que llegue el dia de su vindicacion gloriosa. Diez millas

de longitud mide la populosa ciudad unida con las dos mágicas

poblaciones de Az-zahra y Az-zahirah, estension inaudita de la mas

variada y deliciosa perspectiva, tan risueña de dia como animada de

noche, durante la cual puede recorrerse toda entera á la claridad de

miles de linternas; y dentro del vasto recinto solo ocupan los fieles

mozárabes la porcion menos estimada, reducidos al barrio de la Ajarquía

ó parte baja de la antigua ciudad, separados de la parte principal

(_Al-Medina_) por una muralla, cuyo límite no traspasan sin esponerse á

graves insultos y atropellos.

El que solo consulte á los historiadores árabes, se imaginará que los

cristianos que vivian en Córdoba bajo la dominacion sarracena, podian

disfrutar de toda tranquilidad mientras cumpliesen religiosamente la

obligacion de pagar su respectiva capitacion (_jiz'yah_) y la

contribucion territorial (_kharaj_), que satisfacian todos, así

cristianos como muslimes; pero podrá convencerse de que solo gozaba una

proteccion de mero nombre ese pobre _pueblo patrocinado_[404], con solo

echar una ojeada sobre las páginas veridicas de S. Eulogio, de Alvaro

Cordobés y del abad Sanson, que con tanta elocuencia y energía retratan

los desafueros y desmanes de que era víctima la poblacion cristiana. Es

preciso tener presente que en los tiempos de persecucion no regian las

leyes ordinarias, y los ministros de los califas rompian caprichosamente

la valla de las estipulaciones. Los tributos eran entonces arbitrarios,

la jurisdiccion del _Kitábatu-dh-dhimám_ ó magistrado instituido para

decidir los negocios contenciosos de los cristianos y judíos, quedaba en

suspenso; y aun hubo ocasiones en que los mozárabes no pudieron

presentarse en público sin riesgo de ser asesinados, puesto que todos

los musulmanes fueron autorizados para proceder con mano violenta contra

cualquier cristiano por el mero hecho de serlo.

A la persecucion que estos sufrian bajo los mas ilustres y poderosos

califas, agregábanse para aumento de sus tribulaciones las escisiones

funestas que á cada paso se declaraban dentro de su Iglesia y Estado,

donde algunos personages ambiciosos y ciertos prelados sin fé, lobos en

su propio rebaño, por granjearse el favor y las mercedes del rey y de la

corte, promovian la celebracion de conciliábulos, mas bien que

concilios, contra los mártires, la deposicion de los buenos obispos, la

imposicion de gabelas y tributos estraordinarios que empobrecian las

iglesias y las haciendas de los particulares mas acomodados, la

destitucion de los mozárabes que el califa tenia á su servicio, la

afliccion en suma, la miseria y la ruina, la diseminacion y destruccion

de esa pobre grey que estaban llamados á regir y defender. Entre estos

sobresalia Recafredo, metropolitano de la Bética, de triste celebridad

por la violencia con que impugnó la santa causa de los martirios

voluntarios, suscitando uno de los mas deplorables cismas que afligieron

jamás á la iglesia de Córdoba; y por haber oprimido y encarcelado al

venerable obispo Saulo y al santo y sabio maestro de mártires Eulogio.

Tenia por auxiliar Recafredo á un publicano ó esceptor de tributos, cuyo

nombre no se ha conservado. Era el único cristiano que habia consentido

el rey Mohammed en este cargo, por la oficiosa diligencia con que habia

cooperado á la publicacion de un célebre decreto del impío metropolitano

anatematizando el martirio voluntario, y obligando á jurar á todos los

mozárabes que no se presentarian á declarar su fé. Este esceptor fué sin

embargo destituido á los pocos meses de haber prestado aquel servicio, y

por recobrar su posicion, apostató de la religion de sus padres, primero

en secreto, luego paladinamente, consolándole del desprecio y vilipendio

con que se veía espulsado del gremio mozárabe y de las iglesias todas,

que profanaba sacrílego, la privanza que halló en el indigno prelado y

en el palacio.

Además de este fautor, tenia otros muchos del estado secular la satánica

empresa del falso metropolitano. Ni faltaba por desgracia quien hubiese

allanado el camino para la maligna obra, acostumbrando á los califas á

menospreciar los fueros de la gente dominada; porque un jóven francés

renegado, diácono que habia sido del palacio de Ludovico Pio, y que

usurpando el nombre de _Eleázaro_ profesaba ahora la religion judáica,

casado con una hebrea, habia venido á Córdoba pocos años antes, tomando

con astucia el cíngulo militar para introducirse mejor en la corte de

los sarracenos, y habia logrado concitar de tal manera contra los

cristianos el ánimo del califa y de sus wazires ó ministros, que á no

acudir pronto al remedio los afligidos mozárabes, suplicando con

lágrimas al rey Cárlos de Francia que reclamase la persona del

apóstata[405], todos hubieran sido compelidos á hacerse judíos ó

mahometanos bajo pena de la vida.

Otro obispo, por nombre Samuel, depuesto por justas causas de la silla

Eliberitana, se vino igualmente á Córdoba, y renegó, uniéndose á los

muzlemitas. Autorizado con el poder que el favor de la corte daba al

malvado gobernador de los cristianos Servando, su pariente, fué uno de

los que mas atribularon á los fieles. Usurpó el obispado de Córdoba

prevalido sin duda de la timidez y ausencia del legítimo prelado, que

era Saulo, el cual por temor de la persecucion, aun no favorecido

entonces por el cielo con la imperturbable fortaleza de ánimo que luego

mostró, andaba escondido y separado del cuerpo del rebaño. Servando por

su parte, no obstante la bajeza de su orígen, pues descendia de esclavos

de la iglesia de Córdoba, habia escalado con sus maldades la dignidad de

_conde de los cristianos_; honra que solo correspondia á los de linage

ilustre; y baste saber que era avariento, soberbio, cruel, malvado

finalmente en todo, para imaginarse hasta dónde llegaria lo opresivo de

su conducta.

Pero todavía, como si no bastasen estos dos para afligir á las iglesias

de la España sojuzgada, permitió el Señor que se agravase la lamentable

condicion de los mozárabes por el concurso y obra de otros prelados que

favorecieron los errores ya introducidos en el dogma, y de otros

auxiliares de las mas repugnantes heregías. El conde Servando habia

emparentado con un obispo perjuro y de pésima condicion, cuyo nombre de

Hostigesio ú _Hostigesis_ se divisa como un negro borron en la historia

de la Iglesia mozárabe; y este era el mas ardiente promovedor de

aquellas divisiones y cismas. El conde imponia tiránicamente á los

cristianos que estaban debajo de su patrocinio las mas exorbitantes

contribuciones, vendía los sacerdocios, causando con esto el escándalo

de que el seglar metiese la hoz en lo sagrado, y de que la Iglesia

recibiese ministros poco dignos. Hostigesio exigia con rigor las

_tercias_ eclesiásticas, y las invertia, no en restaurar los templos, ni

en socorrer á los pobres, segun estaba prescrito por los cánones

conciliares, sino en regalarse y hacer agasajos á los ministros del

palacio; reprendia severamente á los que predicaban la verdad contra

los errores de ciertos hereges á quienes protegia; hacia que el rey moro

convocase conciliábulos, en que los obispos, compelidos del terror,

anatematizasen á los que se proponia perder. Otros dos hombres

perversos, Romano y Sebastian, padre é hijo, cada uno de ellos peor que

el otro, se declararon hereges _antropomorphitas_, de los que daban á

Dios cuerpo negando la universalidad de su presencia; salió á la defensa

de la verdad el intrépido y santo abad Sanson, y fué por Hostegesio

perseguido. El legítimo obispo de Córdoba, Valencio, y el asidonense,

Miro, pronunciaron en nombre de todos los prelados fieles la inocencia

del abad: Servando y Hostegesio resentidos, maquinaron la deposicion de

Valencio; sugirieron al rey que no podia haber paz mientras aquel no

fuese depuesto, protestando que era la causa de todas las inquietudes y

trastornos; decretóse lo que pedian, que era la celebracion de uno de

aquellos conciliábulos[406] no raros en tan infelices tiempos, y

juntando precipitadamente unos cuantos obispos y clérigos de la faccion

de la corte, lograron que pronunciasen sentencia de deposicion contra

Valencio, poniendo en su lugar, con infraccion de todos los requisitos

canónicos, á Esteban Flacco, persona de su confianza, cuya residencia

establecieron en la iglesia de S. Acisclo por no atreverse á consumar su

obra echando á Valencio de la catedral.

Iban los cristianos cordobeses que permanecian fieles á su fé corriendo

el deshecho temporal de estas persecuciones, cuyos horrorosos truenos

los hacian estrecharse mas y mas y tributarse mútuos consejos y

consuelos: bogaban por aquel revuelto piélago como bajeles que el comun

peligro agrupa y que el furioso vendabal dispersa. Mientras unos se

aprestaban valerosos en las casas, en los monasterios, en las cárceles,

á dar la vida por su creencia, otros huían del estado cordobés, y entre

ellos retiráronse muchos monges y eclesiásticos á varias ciudades del

norte de España, donde se vivia con menor peligro, ó se refugiaron en

los nacientes dominios de los reyes cristianos. Pasó á Barcelona el

presbítero Tyrso, que alcanzó gran favor entre el pueblo predicando y

administrando los Sacramentos, aunque como intruso, en una iglesia de la

ciudad. El rey Cárlos de Francia, cuyo vasallo era ahora, por queja del

obispo Frodoino de que el Tyrso se llevaba las dos partes de los diezmos

de la ciudad, y por otros escesos de indisciplina, tuvo que mandar al

conde de la Marca que le refrenase é hiciese que en la percepcion de los

diezmos se observaran estrictamente los Capitulares. A los dominios de

D. Alfonso III, el Magno, acudieron un abad y varios monges, y dióles el

rey una iglesia de S. Miguel, donde fundaron el monasterio de S. Miguel

de Escalada, despues tan famoso. Tambien se fué allí el abad Alonso con

sus monges, y el mismo rey les donó el monasterio de Sahagun con sus

antiguas posesiones para que le reedificasen y viviesen en él, como lo

hicieron hasta el horrible dia en que fueron martirizados aquellos

infelices monges, y destruido el monasterio[407]. Mas adelante, bajo la

persecucion suscitada por Abde-r-rahman III, el mas grande de los

califas, se pasaron tambien al reino de Leon el abad Juan y sus monges,

donde hallaron una ermita dedicada á S. Martin junto á Sanabria, y

edificaron en ella un monasterio que tomó el título de S. Martin de

Castañeda. De este modo se iban lentamente consumando la dispersion de

los cristianos de Córdoba, y la despoblacion y ruina de muchos insignes

cenobios que florecian con gran opinion en tiempo de S. Eulogio.

Es evidente que en tiempos tan poco afortunados, no podian emplear los

mozárabes cordobeses mucha magnificencia en la construccion y

reparaciones de sus parroquias y monasterios. Habia basílicas de remota

antigüedad, cuyos deterioros se reparaban con las tercias y las

oblaciones de los fieles en los tiempos normales y tranquilos; pero

algunas de las cuales habian de arruinarse forzosamente cuando aquellos

recursos se distraían de su legítimo objeto y los cristianos acaudalados

venian á empobrecerse. Sin embargo era tal la piedad de estos, que no

tan solo se atendia en muchas á las restauraciones necesarias, como

atestigua S. Eulogio, si bien añadiendo que esto se hacia económicamente

y con cierta rudeza, sino que tambien se erigian de nueva planta

basílicas en la ciudad y monasterios para ambos sexos fuera de ella.

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