comenzaban á disgustarse de la desnudez de los miembros arquitectónicos:
revestían de follages, festones, lazos y entallos los frisos y
entrepaños, los frontones, los dados, si bien conservaban puras las
líneas y los perfiles. Las relaciones de nuestra Península con Roma eran
demasiado estrechas para que no se nos hiciese familiar el estravío que
allí padecia el buen gusto; además, el estilo introducido por la escuela
de Herrera habia en cierto modo agotado sus recursos, y se deseaba la
novedad. Poco á poco aquella especie de manía de ornamentacion, que al
principio respetó los distintivos característicos de cada órden
arquitectónico, se fué comunicando á la esencia misma de los cuerpos, á
la estructura y combinacion del conjunto. Hacer desaparecer los perfiles
de un monumento bajo la balumba de los follages, como lo ejecutó en el
Panteon del Escorial el italiano D. Juan Bautista Crescencio, era una
verdadera profanacion segun las reglas de los Vignolas, Albertis y
Sagredos; pero hasta los de juicio mas severo se fueron paulatinamente
acostumbrando á la nueva manera, y ya en 1626 no tuvo escrúpulo el
hermano Francisco Bautista en adornar con hojas de acanto los capiteles
dóricos de la fachada de S. Isidro el Real de Madrid. Autorizada la
peligrosa innovacion con tan insigne ejemplo, pronto se rompió el dique
del respeto á la antigüedad, y Donoso, Barnuevo, Churriguera, Thomé,
Ribera y sus prosélitos, inundaron en pocos años el pais con sus
licenciosas y amaneradas invenciones. Era esta la época en que los
ingenios españoles contagiados del culteranismo literario y artístico,
construían gongorismos lo mismo con piedras y estuco que con palabras.
Es tal la paridad entre los arquitectos y los poetas de aquel tiempo,
que al leer uno la crítica que hacia el Milizia de Borromino, podria
creer que estaba aquel severo escritor juzgando á nuestro célebre Luis
de Góngora: «fué, dice, uno de los primeros hombres de su siglo por la
elevacion de su ingenio, y uno de los últimos por el uso ridículo que de
él hizo.» Juan Martinez, Crescencio, y el hermano Francisco Bautista,
eran ya puristas comparados con estos últimos, cuya incontinencia de
estilo rayaba en enagenacion mental y delirio.
Conviene marcar las épocas. El estilo severo de los Herreras y de los
Moras persevera sin contagio hasta la segunda década del siglo XVII, en
que el Bernino y el Maderno hallan imitadores entre los españoles,
estimulados quizá de la proteccion concedida á Crescencio por el
poderoso duque de Olivares. Empieza pues á insinuarse el amaneramiento
desde antes de florecer como arquitecto de S. Pedro de Roma el
Borromino. Declárase más el divorcio con el clasicismo pasado cuando el
Borromino logra secuaces entre nosotros, cuando Alonso Cano traza en
1649 su arco para la entrada de la reina D.ª María Ana de Austria en
Madrid, es decir en la segunda mitad del reinado de Felipe IV. Entonces
el Rizi contribuía quizá mas que otro alguno á precipitar esta
revolucion artística, con las decoraciones que como perspectivo
ejecutaba para el teatro del Buen Retiro, y que la corte entusiasmada
aplaudia. Secundábale Herrera Barnuevo con la pesadísima decoracion de
la capilla de S. Isidro de Madrid. Todavía sin embargo se conservaban
enteras las cornisas y se miraban con cierto respeto las líneas rectas;
pero vino Donoso en el reinado infeliz de Cárlos II, con su claustro de
Sto. Tomás, con su iglesia de la Victoria, con sus fachadas de la
Panadería y de la iglesia de Sta. Cruz, con su portada é iglesia de S.
Luis, obras todas ejecutadas en la corte; siguiéronle en Madrid, y aun
extremaron su detestable escuela, D. José Churriguera con el túmulo que
levantó para las exequias de la reina D.ª María Luisa de Orleans, D.
Pedro Ribera con sus portadas del Hospicio y del Cuartel de Guardias de
Corps; y en las provincias Herrera el mozo, autor del templo del Pilar
de Zaragoza; Thomé, que trazó el intrincado y célebre Trasparente de la
catedral de Toledo; Arroyo, que hizo la casa de moneda de Cuenca;
Rodriguez, que ideó la portada del colegio de Santelmo de Sevilla;
Moncalan y Portelo, que dirigieron la fábrica del hospital de S. Agustin
de Osma; y rivalizando estos entre sí en el deseo de producir cosas
nunca vistas y de separarse en todo de las reglas de la antigüedad,
rompieron las líneas, hicieron cortes y resaltos revesados, retorcieron
los entablamentos y los interrumpieron, alteraron todos los miembros
arquitectónicos, y abandonándose al frenesí de su imaginacion
desarreglada, llegaron á una completa dislocacion de las formas y de los
miembros. El carácter de esta deplorable arquitectura consiste
esencialmente en habérselo quitado á todos los órdenes antiguos. Un
entendido y juicioso escritor de bellas artes hace la siguiente
felicísima enumeracion de partes del monstruoso estilo arquitectónico
practicado en tiempo de Cárlos II[395]. «Las columnas, ora espirales y
cubiertas de emparrados, ora surcadas de singulares estrías y agallones,
ora panzudas y rechonchas, ó larguiruchas y chupadas, alternaban con
estípites y cariátides, balaustres y pilastras, aquí y allí esparcidas y
estrañamente apolazadas con recortes, escocias, gargantillas, y hasta
nuevos capiteles, encaramados unos sobre otros. Ni cupo mejor suerte á
las cornisas. Cortadas y retorcidas de mil maneras, habrian parecido
harto desabridas y monótonas á los innovadores si se hubiesen conservado
en ellas la direccion recta y una sola moldura por picar. Diéronles
tormento, é hicieron de sus diversas partes ondulaciones y resaltos:
menudos frontones, arquillos, retozos y almenados, y hasta una especie
de capacetes para cubrir las cornisas de las columnas, como si fuesen
los remates truncados de un frontispicio, y sin otro objeto que servir
de cabalgadura á un angelote rollizo, ó de arranque á un enlace
fantástico de garambainas y chucherías. Convirtieron además en repisas ó
enormes mascarones los pedestales, para sostener encima una fábrica
pesada é informe; y cuando bien les pareció, no dudaron en colocar dos
ó mas, unos sobre otros, hacer nichos de sus dados, y hacinar así los
miembros arquitectónicos, sembrando el todo de hornacinas caprichosas,
de figuras grandes y pequeñas, como si jugaran al escondite entre las
columnas; mientras que la máquina entera aparecia cubierta de
tarjetones, pellejos, lazos, manojos de flores, conchas, querubines,
sartas de corales, y otros diges y baratijas revesadamente
combinados[396].» Este pésimo estilo, tan arraigado en España mientras
la Francia, por el benéfico influjo de Luis XIV, veía erigir en su suelo
monumentos de carácter tan varonil, grandioso y severo como la columnata
del Louvre, el palacio de Versalles, el Observatorio y el Hospital de
Inválidos de París, se conservó hasta muy entrado el reinado de Felipe
V; y solo en la tercera década del siglo décimoctavo consiguió el
ilustrado vástago de la casa de Borbon empezar á introducir un nuevo
órden de ideas en el arte, reduciendo á su cauce natural el desbordado y
desperdiciado genio de los arquitectos españoles. Trájonos este príncipe
distinguidos profesores formados en las grandiosas máximas de Perrault y
de Fontana: Juvara, Sachetti, Raveglio, Bonavía, trasportándolas de las
orillas del Tiber á las del Manzanares, desterrando de todo punto las
licenciosas prácticas churriguerescas, inauguraron la segunda
restauracion. No faltaron arquitectos españoles que rivalizasen con
ellos; pero cuando empezaron á florecer nuestros Ascondos ya el siglo
XVIII tocaba á la mitad de su carrera.
Cuatro son pues los estilos que caracterizan á la arquitectura del siglo
XVII y primera mitad del XVIII: primero, el _greco-romano_ de Herrera y
Mora, mas ó menos puro hasta la época de Crescencio; segundo, el
greco-romano desfigurado con follages, que podriamos denominar
_crescentino_, y que dura hasta la mitad del reinado de Felipe IV, en
que empiezan los ejemplos de la innovacion borrominesca; tercero, el
_borrominesco_ propiamente dicho, que se desarrolla por obra de Cano,
Rizi y otros, en la segunda mitad de aquel mismo reinado; cuarto y
último, el _churrigueresco_ puro de la infelicísima época de Cárlos II,
parto de los delirantes cerebros de Donoso, Ribera, Churriguerra, Thomé,
etc., que se perpetúa hasta espirar el período que hemos abarcado,
despues del cual comienza la restauracion promovida por Felipe V. Esta
clasificacion no debe sin embargo entenderse de una manera empírica:
sabido es que en todos tiempos hay hombres apegados á las ideas antiguas
y en quienes no ejerce influjo la moda. Así no debemos estrañar, que del
mismo modo que se decoraba á la manera plateresca el coro de la catedral
de Córdoba cuando mas acreditados estaban los discípulos de Juan de
Herrera, se decorase tambien con forzada sencillez escurialense el
retablo de su capilla mayor cuando ya el famoso marqués de la Torre
cautivaba el pervertido gusto del público con sus pesados follages. Las
protestas contra la moda reinante son muy frecuentes, si bien siempre
mancas y defectuosas por lo que tienen de violento[397]. Con escasas
escepciones por lo tanto, resultará la indicada clasificacion en exacta
correspondencia con los años en que respectivamente han sido ejecutadas
las obras cuya enumeracion vamos á continuar[398].
Capilla de _S. Pablo apóstol_. Segun queda dicho atrás, D. Gonzalo Yañez
de Godoy, caballero de Santiago y comendador de Beas, fundó en el siglo
XIV esta capilla á espaldas de la Capilla Real (hoy sacristía de
Villaviciosa) para enterrar en ella á su padre el maestre D. Pedro
Godoy. Por el abandono en que habia estado se hallaba ya sumamente
deteriorada por los años de 1512: en esta época obligó el cabildo á la
familia de Godoy á reedificarla; pero es probable que á los cien años
escasos estuviese segunda vez arruinada, cuando un descendiente del
maestre llamado D. Fernando Carrillo, presidente del Consejo de
Hacienda, y despues de Indias, tuvo la idea de restaurarla. Comenzóse
esta obra el año 1610, siguiendo en todo el gusto clásico de la escuela
de Herrera, y se acabó en 1614. Adornan esta reedificacion varias
esculturas de tamaño considerable y de mérito escaso, y grandes escudos
de la familia de Godoy.
Capilla de _S. Eulogio_. Es la sexta á la derecha en la banda del norte
entrando por la puerta del Sagrario. La fundaron Gabriel y Francisco
Chirino de Morales en 1612. Se la nombra vulgarmente de S. Miguel por
tener en su retablo un cuadro que representa al santo arcángel.
Capilla de los _Stos. Varones_. Es la segunda á la derecha entrando por
la misma puerta del Sagrario, en la misma banda del norte. Fué fundada
por el jurado Gonzalo Muñoz de Velasco en 1614.
Capilla de las _Animas_. Se halla contigua á la anterior por el
poniente: la fundó antes del año 1616 el Inca Garcilaso de la Vega,
natural del Cuzco, hijo de D. Pedro Suarez de Figueroa, y se halla
sepultado en ella: á los lados de su altar, en dos lápidas de jaspe
negro, tiene la siguiente inscripcion con letras doradas: «_El Inca
Garcilaso de la Vega, varon insigne digno de perpétua memoria, ilustre
en sangre, perito en letras, valiente en armas, hijo de Garcilaso de la
Vega, de las casas de los duques de Feria é Infantado y de Elisabet
Pella, hermano de Huayna Capac, último emperador de las Indias, comentó
la Florida, tradujo á Leon Hebreo y compuso los Comentarios reales.
Vivió en Córdoba con mucha religion. Murió ejemplar. Dotó esta capilla:
enterróse en ella. Vinculó sus bienes al sufragio de las Animas del
Purgatorio. Son patronos perpétuos los señores dean y cabildo de esta
santa iglesia. Falleció á 22 de abril de 1616. Rueguen á Dios por su
ánima._»
Capilla de la _Epifanía_. La erigió por los años de 1622, al levante de
la de S. Eulogio, el licenciado Baltasar Nájera de la Rosa, racionero
entero de la santa iglesia. Es su patrono el cabildo, y como tal cumple
la memoria que instituyó el fundador de una misa rezada todas las veces
que ajustician á algun reo de la ciudad de Córdoba, sea hombre ó mujer,
en sufragio de su alma. Cumplia tambien la de dotar con cincuenta
ducados á las mujeres de mal vivir que quisiesen tomar estado, y la de
socorrer con cierta porcion ánua á todo el que, siendo pariente del
fundador dentro del cuarto grado, viniese á pobreza, haciéndolo
presente.
Capilla de _S. Andrés_. Es la primera á la izquierda entrando por el
arco de las Bendiciones, y fundacion del Dr. D. Andrés de Rueda Rico,
provisor que fué de Córdoba y canónigo doctoral de su santa iglesia, del
Consejo de la Inquisicion, quien la labró en el año 1628. La llaman
comunmente de S. Eulogio por un buen cuadro de este santo que se ve en
su altar, pintado por Vicente Carducho.
Capilla de _S. Esteban_. Cae al levante de la de S. Andrés. La fundó en
1648 un D. Fernando de Soto, de quien no queda mas memoria. El cuadro de
su altar representa el martirio del Santo titular; es obra de Juan Luis
Zambrano, y no carece de mérito.
Capilla de _Nuestra Señora del Rosario_. Está situada entre la de la
_Epifanía_ y la de las _Ánimas_; segun unos fué fundada por D. Juan
Jimenez de Bonilla, familiar del Santo Oficio, en 1614; segun otros, y
esto parece lo mas probable atendido el mal gusto arquitectónico de su
retablo, la hizo labrar en 1669 D. Pedro Bojeda y Bonilla dejando por
patronos á los racioneros y medio racioneros. Es lo cierto que á estos
pertenece hoy en propiedad, y que en ella tienen su entierro.
Entre esta capilla y la de la Epifanía hay una columna, de las de la
antigua mezquita, en cuyo fuste está groseramente grabada una imágen de
Jesus crucificado. En el muro donde está recibida esta columna, pusieron
en el siglo XVII dentro de un recuadro, un bajo-relieve pintado que
representa á un cautivo de rodillas. Cuenta la piadosa tradicion que
fué un cautivo cristiano el que trazó en la columna aquella santa
imágen, cuando la catedral era mezquita de los sarracenos, y que lo hizo
solo con la uña, cediendo milagrosamente la dureza del mármol al poder
de su fé. A este prodigio aluden los siguientes versos latinos
esculpidos sobre el mencionado bajo-relieve:
«Hoc sua dum celebrat mahometicus orgia templo
Captivus Christianus numina vera vocat.
Et quem corde tenet rigido saxo ungue figurat
Aureolam pro quo fune peremptus habet.»
cuya traduccion, mas que libre, puesta al lado, dice así:
«El cautivo con gran fé
en aqueste duro mármol,
con la uña señaló
á Cristo crucificado,
siendo esta iglesia mezquita
donde lo martirizaron.»
Hay quien ve en esta tradicion un recuerdo desfigurado de la historia de
los santos mártires Rogelio y Serviodeo, que atrás dejamos referida, y
no se nos alcanza en verdad por qué no ha de ser la memoria fiel de
algun hecho auténtico no registrado por la historia; porque mas
dificultad hay en acomodar á la tradicion el suceso de aquellos
mártires, que ni estuvieron como cautivos dentro de la mezquita, ni en
ella fueron martirizados, como no podia nadie serlo sin una violenta
infraccion de las leyes alcoránicas, que en suponer desde luego que
aquella columna hubiese pertenecido á otro lugar, que el cautivo hubiese
sido atado junto á ella en alguna cárcel ó mazmorra, y que al tiempo de
la reconquista, despues de purificada la mezquita y convertida en templo
cristiano, hubiese sido trasportada al puesto que hoy tiene para dar
culto á la imágen milagrosamente esculpida en su fuste.
Capilla de la _Natividad de Nuestra Señora_. Se halla situada en la
banda de levante, al norte de la de la Asuncion: fué fundada en 1675 por
el arcediano de Pedroche D. Andrés Perez de Bonrostro.
Capilla de _Nuestra Señora de la Concepcion_. Ocupa el sitio donde se
colocó la primitiva pila bautismal recien purificada la mezquita, y
donde permaneció hasta que fué trasladada á la desierta capilla de S.
Matías.
El piadoso obispo D. Fr. Alonso de Salizanes, movido de la gran devocion
que tenia al misterio de la Purísima Concepcion de María, deseaba
ardientemente que en su tiempo se celebrasen en la catedral el dia y
octava de este sagrado misterio, con el mismo aparato y grandeza con que
se celebraban el dia y octava del Corpus. La abundancia con que
favoreció Dios á Córdoba el año 1679 le determinó á escribir al cabildo
manifestándole su ánimo resuelto de dotar la referida octava y de hacer
nueva capilla á la Concepcion de Nuestra Señora. Habia ya con este mismo
título otras dos capillas fundadas en el décimosexto siglo; pero sin
duda no llenaban por su estructura el objeto del buen prelado, quien
debió creer de buena fé que para glorificar á Nuestra Señora y darle
pomposo culto, era arquitectura mas acomodada el pomposo y exuberante
_churriguerismo_. En la nave del Sagrario estaba desierta de muchos años
atrás y casi arruinada la capilla de S. Matías, llamada del Sol, y se
habia adjudicado á la Fábrica con el intento de mudar á ella la pila
bautismal por estar en sitio mas proporcionado para que los curas
administrasen el Sacramento del bautismo; y valiéndose de este intento
el obispo Salizanes mudó la pila, y empezó desde luego á labrar la nueva
capilla de la Concepcion. Empleó en ella mucho jaspe rojo, mucha pintura
al fresco, mucho bronce, mucho embutido de mármol blanco, muchos
relicarios de plata y oro de entortijadas formas, lámparas, vasos, y
otras alhajas del mismo estilo, y algunas estátuas en actitudes
sumamente movidas; y logró un conjunto tan poco feliz, tan inarmónico y
desarreglado, que no hay ojos familiarizados con las buenas obras del
arte que lo puedan resistir.
Capilla de _Sta. Teresa_ ó del _cardenal Salazar_: _sacristía mayor_. La
sacristía de la catedral era muy estrecha para la cómoda custodia de los
ornamentos y vasos sagrados, y así no correspondia á la grandeza y
necesidad que tenia la Fábrica. El cardenal Salazar, sucesor de D. Fr.
Alonso de Salizanes en el obispado de Córdoba, deseaba darle sacristía
capaz; pero no hallaba sitio á propósito para hacerla. Habia una capilla
de S. Martin, que estaba casi desierta, cuyo patronato pertenecia por el
apellido de Cabrera al mayorazgo de las Escalonías. Esta capilla, y
otras dos á ella contiguas dedicadas á S. Andrés y Sta. Bárbara, que
habian servido de sacristía y antesacristía de la catedral antigua,
ocupaban un espacio bastante considerable: llenaban entre las tres los
últimos tramos de las dos naves principales octava y novena, con todo el
fondo de la construccion árabe que servia de ala derecha al mihrab. La
fundacion de S. Martin se trasladó al Sagrario; la de S. Andrés fué á
parar á uno de los pilares de la iglesia; la de Sta. Bárbara se mudó á
otro pilar. Admiraba por este tiempo con sus resaltos, retruécanos y
enorme hojarasca, un arquitecto, maestro mayor de Madrid, llamado D.
Francisco Hurtado Izquierdo, que habia construido la capilla del
Sagrario de la Cartuja del Paular: profesor contemporáneo del famoso
Churriguera, con quien rivalizaba en el desarreglo de la fantasía. De
este, á quien el juicioso Llaguno cuenta entre el número de los
principales _gerigoncistas_, se valió el escelente cardenal, poco
versado por lo visto en las reglas del buen gusto, para que dirigiese la
obra. Debió hacerlo muy á su satisfaccion, porque bajo el influjo de la
prostitucion artística la ornamentacion mas licenciosa es la que mas
agrada. El pródigo D. Francisco Hurtado llenó de bollos de estuco y
escayola todo el cornisamento y toda la cúpula de la cámara principal,
que es de planta ochavada, así como los arcos de cada uno de sus siete
frentes, los medallones de los altares, las repisas de los entrepaños,
todo en suma cuanto perfiló su lápiz en el papel al hacer la reparticion
de miembros de su proyecto. Al lado derecho hay una puerta, que para el
arte mas valiera estuviese tapiada, la cual conduce á otra capilla baja
por una costosísima escalera de treinta y una gradas de jaspe rojo. Esta
cámara tiene la misma forma ochavada que la superior, y es de piedra
caliza dura, y su pavimento de losas blancas y azules. Al lado izquierdo
hay otra puerta por donde se entra á la pieza en que se custodian las
alhajas de la iglesia, las reliquias y otras preciosidades. Lo mejor de
este tesoro para los que aman el arte de los buenos tiempos, es la
custodia de Enrique de Arfe, que dejamos descrita mencionando las cosas
notables del siglo XVI. Del mismo gusto, y tal vez de las mismas
primorosas manos, es una cruz que llaman la _cruz antigua_, y que en las
grandes festividades suele quedar encerrada y oscurecida, postergada á
otra de insignificante estilo que regaló el año 1620 el obispo Mardones.
Podríamos decir de aquella que está toda cuajada de primorosa crestería
del gótico-florido, con preciosos arquitos conopiales de gran pureza y
garbo (hoy por desgracia imperfectamente restaurados); pero de la nueva
¿qué diremos? Lo que dicen los _cicerones_ á los ingleses que visitan
estas alhajas, y que por lo general es todo cuanto necesitan saber: que
es toda de plata sobredorada con esmaltes, engastes de oro y pedrería,
que pesa ciento nueve marcos, y que es _obra de esquisito trabajo_.
La capilla del cardenal Salazar, llamada tambien de Sta. Teresa por el
altar dedicado en ella á esta santa famosa, fué acabada de construir el
año 1705. Al año siguiente murió el prelado, y sus albaceas le erigieron
en su capilla un gran mausoleo, suntuoso á la manera que esto se hacia
en aquella época, es decir, con urna de forma estraordinaria sostenida
de leones de raza imposible, con profusion de molduras y embutidos, y su
estátua barroca encima cobijada por un abultado pabellon de jaspe. En la
urna grabaron este epitáfio, en que oportunamente se recuerda uno de sus
mas gloriosos hechos de caridad, el hospital general que fundó: H. S. E.
_Emmus. D. D. frater Petrus de Salazar, Ordinis Beatæ Mariæ de Mercede
Generalis, Episcopus Salmantinus, et Cordubensis; ab Innoc. XI Caroli II
Hispaniar. regis nominatione tituli Sanctæ Crucis in Hierusalem,
Presbyter S. R. E. Cardinalis creatus. Omnibus virtutum et litterarum
ornamentis clarissimus, ecclesiasticæ disciplinæ vindex, pauperum
parcus, quos, ut etiam mortuus sublevaret, insigne xenodochium erexit et
dotavit. Obiit 14 augusti 1706. Vixit annos 76, menses 4, dies 3.
Communi Parenti bene precare._
Capilla de _Sta. María Magdalena_. Está situada contra el muro del
norte, y es la tercera á la izquierda entrando por la _puerta de las
Palmas_. Se ignora en qué época fué fundada[399].
A esta humilde capilla se refugiaron en 1842, mediante la buena obra de
un prebendado piadoso, las devotas imágenes que habian estado en las
calles siglos enteros atestiguando como pública profesion de fé el
antiguo catolicismo de Córdoba. Entonces fueron proscritos esos
venerandos objetos, que otras naciones, verdaderamente tolerantes y
liberales, creen muy compatibles con lo que se llama regeneracion social
en nuestro siglo de gongorismos políticos.
Capilla de _Nuestra Señora de Villaviciosa_. Era la capilla mayor de la
catedral antigua, labrada como en su lugar oportuno se dijo á espensas
del rey D. Alonso el Sabio[400]. Restaurada segun algunos creen por el
obispo D. Íñigo Manrique en 1489[401], y renovada por tercera vez en
1710 con arreglo al antipático gusto dominante en los primeros años del
reinado de Felipe V, ni rastro queda en ella de la arquitectura del
siglo XIII. Todo es hoy allí churrigueresco á escepcion del elegante
arco árabe angrelado que tiene al lado derecho mirando al Santuario de
la antigua mezquita, el cual subsiste, no sabemos por qué milagro, como
náufrago libertado de una furiosa tempestad. No hay en la decoracion de
esta capilla una línea recta en que pueda reposar la vista: todas
aparecen ondulosas, disfrazadas, interrumpidas, como si las mirase uno
por un vidrio lleno de visos. Su bóveda, sus paredes, su gran retablo,
sus altares de Sto. Tomás y de S. Fernando, cuajados de cogollos y
follages dorados, podrian en pequeña escala pasar por verdaderos
primores si fueran obra de monjas.