Nuevas ideas, nuevos instintos, nuevos deseos atormentaban á la Europa

moderna. La razon humana devorada por su sed de ciencia, llena de

actividad y ansiosa de libertad, habia roto el vínculo de la autoridad

religiosa, única que por entonces le era molesta. Reformar la Iglesia,

reformar la religion y lanzarse en pós de un progreso indefinido y

quimérico, repudiando como insuficiente la enseñanza católica y buscando

nuevas vias de desahogo á la fermentacion del espíritu de innovacion,

eran las aspiraciones de los hombres grandes de la época. Intenta la

reforma eclesiástica el concilio de Constanza; aborta esta reforma en

Basilea, y Cárlos VII de Francia se atreve á ponerla en planta por medio

de una pragmática sancion; pero de nuevo la deja frustrada el concordato

de Francisco I con Leon X. Intenta la reforma religiosa Juan de Hus en

Bohemia, y en la misma ciudad de Constanza es quemado como herege. En

ambas tentativas salió la autoridad triunfante; pero la del Papa no pudo

impedir que las nuevas doctrinas del concilio de Basilea y de los

príncipes acerca del gobierno de la Iglesia y de las reformas que en

ella habian de hacerse, echáran hondas raices en Francia, se

perpetuáran, pasáran á los parlamentos y se convirtieran en opinion

poderosa; ni pudo estorbar el imperio que la reforma religiosa popular,

sofocada con fuego en la hoguera de Juan de Hus y Gerónimo de Praga, y

luego con sangre en los campos de Boehmischbrod, volviese á levantar

la cabeza con mayor pujanza en Wittemberg. Finalmente, en medio de este

movimiento religioso empieza en Europa una escuela política, filosófica

y literaria, cuya influencia, no combatida por el poder espiritual ni

por el temporal, antes al contrario favorecida por ambos, fué el orígen

principal de la gran revolucion que en instituciones, opiniones,

filosofía, literatura y artes esperimentó el mundo moderno. Lo que

Cárlos VII y los Husitas no habian logrado, aquel con su pragmática y

estos con sus largas y terribles campañas, se hubiera de seguro

conseguido en el siglo XVI aun sin el auxilio de otros príncipes y de

otros reformadores, solo por efecto del movimiento intelectual que con

su idolatría hácia la clásica antigüedad habian inaugurado el Dante,

Petrarca y Bocaccio. ¿Qué mayor golpe podia sufrir el antiguo y

venerando edificio de la severa civilizacion cristiana en todas sus

faces, que la admiracion tributada por los genios mas eminentes á todas

las creaciones de la antigüedad pagana? ¿Y sabian por ventura qué brecha

abrian en la fortaleza de la autoridad espiritual desechando las

costumbres groseras, las ideas humildes, las formas semi-bárbaras de su

tiempo, aquellos libres pensadores del siglo de Leon X, eclesiásticos,

prelados, jurisconsultos y literatos, que como el licencioso Berni, el

sibarita Bembo, el escéptico Sadoleto, y tantos otros, se entregaban con

orgullo á los placeres de una vida materialista, elegante y licenciosa?

Cuando Lorenzo de Médicis _el Magnífico_ se afanaba tanto por resucitar

en la bella Italia la cultura y costumbres del siglo de Augusto con las

artes del tiempo de Pericles y el _neoplatonicismo_ del Bajo Imperio,

educando á su prole en el desprecio de todo lo que no era antigüedades

griegas y romanas, y en la amistad íntima de un Marsilio Ficino y de un

Pico de la Mirándola, estaba por cierto muy lejos de imaginarse que la

autoridad pontifical de su hijo Juan habia de sufrir mayor descalabro

por el influjo destructor de aquel renacimiento pagano que por los

envenenados tiros del mismo Lutero. Tampoco se imaginaba Francisco I al

anular la pragmática reformista de Cárlos VII, que él iba á ser el

principal continuador de la obra intentada por el padre y por el hijo de

Luis Onceno. Cárlos VII en efecto habia sido innovador secundando las

ideas proclamadas por un concilio; Cárlos VIII lo habia sido tambien

introduciendo en Francia el arte renacido de la Italia; pero ninguno mas

apasionado por las nuevas ideas italianas que el galante y caballeresco

émulo de Cárlos V, por cuya mediacion se consumaron en la monarquía de

S. Luis el ostracismo definitivo de la civilizacion _gótica_

espiritualista, y la exaltacion perpétua del principio materialista en

todas sus formas. Los enemigos mas formidables del principio católico y

de cuanto él habia creado no eran, no, Lutero y Calvino; estaban en el

corazon de la misma Iglesia romana, eran los cardenales eruditos y

sensuales, los filósofos epicúreos platónicos, los jurisconsultos

regalistas, los poetas licenciosos que á su sombra florecian. Si el

acalorado monge de Eisleben pretendia reducir el cristianismo á su

primitiva pureza, los sabios, literatos y artistas que florecian en

torno de los Médicis, conspiraban, sin propósito deliberado tal vez,

nada menos que á anular el cristianismo y sus consecuencias. Eran pues

sin pensarlo los genios de la Italia en el décimosexto siglo los mas

poderosos auxiliares de la funesta emancipacion religiosa.

Atraía la corte pontificia las miradas de la Europa entera por la

espléndida aureola con que habian rodeado el solio de Leon X los poetas

y los artistas; al propio tiempo la _reforma_ se habia granjeado

poderosos valedores entre la nobleza católica, seducida con la esperanza

de sustraerse á la preponderancia intelectual del clero, y de apoderarse

de los bienes temporales del feudalismo monástico. Margarita de Navarra

ofrecia un asilo á Calvino en su pequeña corte de Nérac, la duquesa de

Etampes se declaraba mediadora entre el rey Francisco y los reformistas,

las damas principales de la corte ridiculizaban la misa católica y se

rebelaban contra el _incómodo_ sacramento de la penitencia; los antiguos

estudios teológicos, las sérias y profundas meditaciones de los doctores

de los siglos XII y XIII se miraban como rancias sutilezas del

escolasticismo. Todo está ligado en el órden intelectual, y el arte es

un ejercicio del pensamiento demasiado noble para que no participe de

todas sus vicisitudes. Condenadas al descrédito y al olvido las

ciencias, la filosofía y las letras de la edad media, es claro que el

arte de los siglos XII y XIII tampoco podia sobrevivir á la condena

general implícita en el grito de triunfo de _reforma_ y de

_renacimiento_. Siguió en Francia la aristocracia el impulso dado por su

rey, desplegando un lujo hasta entonces desconocido en la construccion

de sus palacios y casas de placer. Daba la corona el ejemplo demoliendo

el antiguo Louvre de Felipe Augusto y Cárlos V, cuya imponente torre

feudal fué desde luego arrasada para dar lugar á las elegantes y

risueñas construcciones de Pierre Lescot. La nobleza desmanteló sus

antiguos torreones para erigir en su lugar viviendas accesibles,

placenteras, decoradas con pórticos y columnatas, fuentes y estátuas de

mármol. Cayeron las murallas almenadas, las torres de homenage y vela,

los parapetos y matacanes, los puentes levadizos y toda clase de

defensas: cegáronse los fosos, abriéronse las puertas, rasgáronse y

ensancháronse las angostas lumbreras. El feudalismo derribaba sus

fortalezas por sus propias manos prodigando sus tesoros á los artistas

para que se las trasformasen en risueños y elegantes palacios.

Así fué abandonado el antiguo estilo francés llamado _gótico_, que tan

gloriosos monumentos habia producido en toda la Europa occidental.

Los maestros del nuevo modo de construir no podian ser mas que los

italianos, porque para los arquitectos formados en el antiguo sistema,

la arquitectura del renacimiento era un lenguaje del cual ni siquiera el

abecedario comprendian. Apegados al vetusto arte ojival, ya convertido

en rutina, acostumbrados á renunciar á toda direccion ante la petulante

práctica de las corporaciones de oficios, cada una de las cuales se

apropiaba el derecho de decidir por sí del carácter é importancia de su

obra particular sin consideracion al conjunto; despojados en cierto modo

de la responsabilidad de sus trazas por la costumbre ya generalmente

establecida por los prelados, cabildos y señores, de entenderse por

separado con los gremios de oficios y ajustar con ellos la obra que

apetecian; ni sentían los arquitectos la dignidad de su profesion, ni

eran ya propiamente hablando tales arquitectos. Habia sí grandes

escuelas ó gremios de francos-mazoneros, que conservando todos los

secretos y tradiciones del arte gótico, erigian con admirable presteza,

solidez y elegancia de proporciones, aquellos arcos ojivos y aquellas

elevadas bóvedas de piedras ligerísimas y sabiamente cortadas, que

tendian sobre los robustos nervios de las aristas como una lona sobre

una armadura de hierro; habia canteros y carpinteros familiarizados con

todas las dificultades del trazado geométrico, perfectamente entendidos

en las mas complicadas secciones de planos; escultores que con gran

primor recortaban la piedra y cubrian de hojas, enramadas, pájaros y

figuras caprichosas las cenefas, las franjas, los doseletes y

marquesinas, las repisas, los capiteles, las gárgolas; imagineros que

esculpian bellamente figuras de santos para las andanas de las portadas,

los frontoncillos y las hornacinas; plomeros y pizarreros expertos en el

modo de cubrir las armaduras; pintores en vidrio que habian mejorado

este precioso procedimiento; pero cada oficio obraba segun sus

aspiraciones y su amor propio, y faltaba en las construcciones el agente

principal de la idea artística en globo, el que habia de dar unidad y

armonía al pensamiento arquitectónico. Sucedia en los últimos tiempos

del arte ojival en las provincias mismas donde se habia formado, lo que

no sucedió jamás en su buena época: los francos-constructores hacian v.

gr. el buque de la iglesia, sus naves, sus pilares, sus bóvedas, segun

un modelo y traza ya conocidos y uniformemente repetidos: luego venian

todos los artífices encargados de los demas objetos accesorios y de

decoracion. El que habia pintado las vidrieras no se curaba de lo que

habia trabajado el escultor, ni este de lo que labraba el imaginero; ni

el plomero se cuidaba de si el desagüe segun su proyecto corresponderia

ó no con las vertientes que el carpintero habia dado á la armadura del

comblo. Los monstruosos resultados de esta falta de conjunto y de

armonía, mejor dicho aun de esta falta de subordinacion á la suprema

idea del arquitecto, se advierten en las reedificaciones de las mas

célebres catedrales de la cristiandad[376].

El feudalismo espiraba, el protestantismo dejaba ociosos á muchos

constructores y les hacia ir insensiblemente olvidando las prácticas

tradicionales de su profesion; por otra parte el celo religioso

ferviente y espansivo de los siglos XIII y XIV habia poblado la tierra

de suntuosos y muy duraderos templos, y habian de transcurrir muchas

generaciones antes de que fuese necesario construir más. Con tales

condiciones, forzosamente tenia que decaer el arte ojival en el siglo

XV; y si á esta decadencia se agregaba en el siglo XVI el abandono que

de él hacian los pontífices y el fomento que daban al nuevo sistema

arquitectónico los príncipes y magnates, y la misma Iglesia un tanto

secularizada, claro es que del antiguo modo de edificar no podian quedar

en breve mas que los mudos ejemplos en los monumentos y el indiferente

recuerdo en los hombres.

De consiguiente, si los mismos edificios de carácter gótico se hacian en

Francia al finalizar el siglo XV casi sin intervencion de los

arquitectos, ¿cómo era posible que hubiese allí artistas aptos para

llevar á cabo sin tomar lecciones de los italianos la regeneracion de la

arquitectura clásica antigua? Es evidente que ni siquiera estaban á su

alcance sus reglas mas elementales. La revolucion verificada en las

ideas y en las costumbres era demasiado exigente: querian palacios

abiertos con elegantes y ligeras columnatas jónicas, con espaciosas

escalinatas y anchos pórticos los que habian hasta entonces vivido en

alcázares, castillos y calahorras, cercados de fosos y fuertes muros,

entre macizas paredes con angostísimas lumbreras; apetecian elevadas

cornisas y bruñidos subasamentos, y cimbras romanas en los vanos, y

pilastras estriadas en los muros, y frisos ornados de bajo-relieves

mitológicos, y galerías con estátuas, y _logias_ pintadas al fresco, y

terrazas con balaustradas, y zócalos con grecas y molduras, y toda la

riqueza en suma de los cinco órdenes del antiguo, los que en las torres

y borges de sus mayores solo habian paseado parapetos y adarves, y

asomado la vista por merlones, troneras y matacanes, y entretenido la

curiosidad en las largas horas del ocio feudal con las alfardas y

almizates de los artesonados de madera, ó con los alizares de las

paredes. Así pues, la Francia que en tiempo de Cárlos VIII habia

rechazado á los arquitectos ultramontanos que en su comitiva llevaba

aquel rey de vuelta de sus descabelladas empresas bélicas, sin tomar de

ellos mas que tal cual mascaron ó tal cual capitel antiguo, recibió con

los brazos abiertos á los artistas que le dieron Luis XII y Francisco I,

y bajo los reinados de los últimos Valois y de los primeros príncipes de

la línea Robertina hasta Luis XIV, en que se inauguró una nueva era para

la arquitectura francesa, no cesó de enviar á Italia sus mas

privilegiados genios para que se educasen en los principios que con

tanto éxito habian establecido en Nápoles, Florencia y Roma, los

Masuccios, los Brunelleschis y los Bramantes.

Así se verificó la revolucion arquitectónica en Francia. En España puede

decirse que la hizo por sí sola la moda con su incontrastable poder.

Porque el genio cristiano no habia entre nosotros abandonado de tal

manera el campo al genio pagano del renacimiento, que se pudiese decir

estinguida su influencia. El arte gótico, tal vez por haber comenzado en

nuestro suelo mas tarde, no habia degenerado aun como en Francia, no se

hallaba reducido á la rutina de los oficios, ni le faltaban profesores

que le ejerciesen con dignidad é independencia. Cabalmente estaba en su

mayor auge en los fines del siglo décimoquinto y principios del

décimosexto en toda la Península, principalmente en Castilla, la célebre

escuela de los Colonias, rama de fecunda sávia desgajada del poderoso

tronco del norte por el ilustre prelado D. Alonso de Cartagena, y

convertida en árbol lozano y pomposo cuando en las guerras por la

posesion de Italia, por el dominio del Imperio de Alemania y por la

preponderancia en Europa, se contagiaba del nuevo gusto estrangero el

católico Cárlos V.

No teníamos el luteranismo que dejaba desiertos en Francia los templos

católicos y los talleres de los artífices criados á su sombra; tampoco

abundancia escesiva de catedrales y otros edificios religiosos; al

contrario, los cabildos, los prelados, los príncipes, rivalizaban en la

ereccion de templos suntuosos. Del siglo XV y principios del XVI son las

catedrales de Astorga, de Calahorra, de Coria, de Gerona, de Huesca, de

Plasencia, de Sevilla, lo mejor y principal de las de Burgos, Toledo,

Valencia y Salamanca, muchos notabilísimos conventos, iglesias,

colegiatas, colegios y seminarios, y tambien gran número de lonjas,

casas de diputacion y de ayuntamiento, audiencias y otros edificios de

arquitectura civil. Los cabildos catedrales se disputaban la posesion de

los Egas, de los Hontañones, de los Badajoz, de los Alavas, de los

Comptes: cuando no podian lograr los servicios esclusivos de estos

hombres privilegiados, se contentaban con que revisasen y reconociesen

sus fábricas, diesen trazas para mejorarlas, y dejasen en ellas cuál una

torre, cuál un retablo, cuál una portada. Y sin embargo fué preciso

ceder al nuevo torrente y adoptar la arquitectura exótica.

Verificóse esta trasmutacion casi sin intervencion de artistas

estrangeros, modificando gradualmente los naturales primero la parte

decorativa, luego la reparticion de sus construcciones; y á esta

circunstancia, sea dicho de paso, debemos atribuir tal vez la fusion que

en nuestros edificios civiles de la primera mitad del siglo XVI se

advierte de los dos estilos italiano y gótico, á diferencia de lo que se

observa en el renacimiento francés, obra esclusiva de italianos ó de

franceses educados con ellos. Enrique Egas, el hijo del famoso Anequin

Egas, maestro flamenco de la catedral de Toledo, y Pedro de Ibarra,

arquitecto de un obispo de Salamanca, daban muestras evidentes de

conocer la arquitectura greco-romana en insignes obras anteriores á la

primer construccion francesa del nuevo estilo[377], en las cuales se

advertia ya el principio de la escuela que estaban llamados á

desarrollar con tanta gloria Pedro de Machuca, Alonso de Covarrubias,

Diego Siloe y otros igualmente españoles: «un no sé qué, dice

oportunamente Llaguno, parecido á las pequeñas nubes que en dia claro

suelen anunciar la mutacion del tiempo.»

Eran los principales caractéres de este nuevo estilo el arco de medio

punto ó de plena cimbra, que acababa de reconquistar su absoluta

preeminencia; los cinco órdenes antiguos, mas ó menos modificados en

algunas molduras y en sus proporciones; los follages, los vástagos

espirales, los grotescos con animales reales ó fantásticos, dispuestos á

la manera de los arabescos antiguos, y aplicados á los entablamentos, á

las pilastras, á los frisos, á los tableros; la mezcla de órdenes,

sobrepuestos unos á otros, los revestidos de mármoles, los medallones,

las columnas balaustradas, etc.[378] Y para que fuese mas evidente que

el antiguo estilo gótico no habia sido completamente derrotado, sino

que habia de grado cedido el campo al italiano, los arquitectos

españoles del siglo XVI conservaron muchas veces en las portadas

formadas con los órdenes antiguos las andanas de estatuitas con sus

afiligranadas repisas y marquesinas, y en los macizos y entrepaños

aquellos filetes perpendiculares y enlazados con circulitos trebolados y

losanges, que cubrian en la decadencia del arte ojival los miembros de

mayor resistencia imitando ajimeces ornamentales y caprichosos

enrejados.

Volviendo ahora á nuestra catedral de Córdoba, que vimos salir de

cimientos en el año 1523, es decir, cuando ya Enrique Egas, Pedro de

Ibarra y otros maestros habian iniciado en las construcciones civiles la

manera ultramontana, y proseguir lenta y trabajosamente hasta los

primeros años del siglo XVII, esto es, hasta la época de la decadencia

de nuestra arquitectura, ya facilmente sospechará el lector que vamos á

encontrar dentro de ella todos los caractéres buenos y malos, todas las

huellas de las diferentes trasformaciones de nuestro gusto artístico,

desde las elegantes proporciones dadas al estilo plateresco por

Cristóbal de Andino, Juan de Badajoz, Machuca, Covarrubias, Siloe y

Borgoña, hasta las frias, secas y pesadas invenciones de los imitadores

de Juan de Toledo, Herrera, Vega, Becerra, Bustamante y Villalpando.

Porque son dos los estilos que se dividen el siglo XVI en España: el

primero es el _plateresco_, formado y cultivado casi esclusivamente por

artistas españoles bajo el reinado de Cárlos V, el cual se perpetúa

hasta dentro del reinado de Felipe II, y al que se deben, entre muchos

edificios justamente célebres, el bellísimo claustro del monasterio de

Sta. Engracia de Zaragoza, trazado por Tudelilla; el monasterio y templo

de S. Miguel de los Reyes de Valencia, obra de Covarrubias y Vidaña; la

preciosa fachada principal del alcázar de Toledo, del mismo Covarrubias

y de Enrique Egas; la capilla del Salvador de Úbeda, y el palacio del

comendador mayor Cobes, secretario de Cárlos V, obra de los Valdeviras

de Sevilla; la casa de ayuntamiento de esta ciudad, de autor

desconocido; el famoso claustro de S. Zoil de Carrion y la fachada del

convento real de S. Marcos de Leon de la órden de Santiago, ideados por

Juan de Badajoz, etc. Muchos de estos edificios compiten por la gracia,

la originalidad y el esquisito gusto y conclusion de sus decoraciones,

con los mas afamados que en sus respectivas naciones construyeron

Serlio, Alberti, Bramante, el Rosso, el Primaticio, Filiberto Delorme,

Pedro Lescot y Juan Bullant. El segundo estilo, de tal manera

identificado con el espíritu de gravedad y de misticismo austero que

caracteriza á la política y gobierno de Felipe II, que no parece sino

que el arte quiso simbolizarlo, es el llamado _greco-romano_, debido á

la revolucion que acababa de hacer en la arquitectura el genio altivo,

osado y un tanto sombrío de Miguel Angel, sustituyendo á los órdenes

acumulados y sobrepuestos del estilo del renacimiento un órden único y

colosal en cada edificio, y proscribiendo como futilidades pueriles los

follages, grotescos, estípites, candelabros y demas adornos prodigados

por los adeptos de aquel. Comienza este severo y desnudo estilo á dar

indicios de su existencia en España con las construcciones de Gaspar de

Vega en Uclés y en Madrid, y las del P. Bustamante en Toledo, notables

por su gran sencillez y pureza de líneas, mas no se desarrolla

plenamente hasta la época en que para la construccion del Escorial, cuna

y escuela futura de esclarecidos artistas, trae Felipe II de Italia á

Juan de Toledo y suscita al renombrado Juan de Herrera, elevándole en su

munífica proteccion á tanta altura, que se le miró como el grande astro

del arte destinado á iluminar todos los ángulos de la Península,

creyéndose de buena fé que antes de recibir su claridad habia dormido

España en las tinieblas de la ignorancia. La ocasion que tuvieron

nuestros vireyes y gobernadores en Nápoles y Milan de conocer á

arquitectos italianos de mérito, contribuyó tambien poderosamente á que

algunos de estos, como Benvenuto, Juan Bautista Castello, Francisco

Sissoni, Felipe Trezzo y los Antonellis, viniesen á nuestras ciudades á

reforzar, digámoslo así, la invasion de las ideas de Vignola y Miguel

Angel. De ambos estilos, plateresco y greco-romano, participa pues en su

construccion y decoracion la catedral que vamos describiendo, si bien su

primer arquitecto, Hernan Ruiz el Viejo, ideó sin duda alguna erigirla

con arreglo al sistema gótico, que en su tiempo se consideraba todavía

como el mas adecuado para los templos del cristianismo. Reconócese desde

luego esta intencion en la forma ojival de sus arcos torales, y si no

presentan este mismo carácter su presbiterio, su cúpula elíptica y su

coro, es porque, como dejamos indicado, estas partes y su ornamentacion

no se obraron hasta mucho despues de haber muerto aquel eminente

artista. La decoracion de la catedral en rigor pertenece casi

esclusivamente á los tiempos del rey D. Felipe III, que, como nadie

ignora, fueron de visible decadencia en todo respecto de los tiempos

anteriores.

El presbiterio está formado por cuatro grandes arcos de medio punto, dos

á cada lado, decorados con follagería de estuco y otros adornos con

filetes dorados, entre los cuales se ven dos grandes escudos de España

con las insignias y timbres imperiales. Sobre estos arcos corre una

pequeña columnata con su arquitrabe y con arquitos ornamentales en los

intercolumnios formando una hilera de hornacinas, y luego un

entablamento de gran trabajo, en cuya faja inferior hay una inscripcion

que dice el tiempo en que se acabó la obra de la capilla mayor. A cierta

distancia de la cornisa se levanta á cada lado un cuerpo compuesto de

tres arcos, el del medio remontado, que sirve de ventana, y los otros

dos adintelados, en los cuales se ven cuadros que al parecer representan

hechos de la vida de S. Fernando. Todos tienen su correspondiente

cornisamento sostenido de columnas jónicas estriadas, con los pedestales

al aire cargando en sendas repisas. Encima de cada arco hay una

lumbrera, con que se llena el lienzo del testero, y á cada lado un

nicho. Esta misma decoracion ocupa la parte que media desde el

cornisamento hasta la bóveda de los frentes de la nave del crucero. La

bóveda de la capilla es cuadrangular rebajada. De sus cuatro ángulos

parten manojos de baquetones interrumpidos á trechos por círculos ó

medallones con bustos de varios santos: mezcla de estilos que produce

una decoracion pesada y de mal efecto. Las bóvedas de la nave del

crucero son semejantes á esta, y estan igualmente decoradas con

baquetones góticos. Los dos testeros del crucero que cortan las naves

principales de la mezquita ofrecen una ornamentacion mixta de plateresco

y sarraceno: redúcese á dos robustos arcos cubiertos de follagería en

las molduras de sus archivoltas, descansando en cornisas sostenidas por

columnas, con otros dos encima ornamentales, sobre los cuales corre una

ancha faja de arquitos entrelazados. Del medio de esta faja baja otra

perpendicularmente hasta el suelo, dejando un arco á cada lado con su

arco ciego encima, y encerrándolos á manera de arrabá. En la faja

perpendicular se ve una imágen sostenida en una peana cuya base es una

columna de jaspe, y debajo de una marquesina gótica muy labrada que

descansa en dos columnitas espirales. Sobre la marquesina hay un

recuadro con un escudo, y en los tímpanos de los arcos ciegos que hemos

mencionado, adornos de arquitos angrelados entrelazados al gusto

sarraceno. Los lados que abren paso á las naves trasversales de la

mezquita presentan una combinacion muy feliz y graciosa de los estilos

árabe y plateresco, pues subsisten en ellos tres antiguos arcos de

herradura con sus arcos remontados encima, arrancando de las lindas

pilastras que entre uno y otro estan como suspendidas en el aire; y

sobre los tres arcos abiertos voltea un grande arco ornamental de medio

punto, cuyo tímpano llena una greca de filetes perpendiculares con

lacería angrelada en el centro[379].

[Illustration: _Dibº del natl y litª por F. J. Parcerisa._

_Lit de J Donon._

INTERIOR DE LA CATEDRAL DE CÓRDOBA.]

Dijimos que los arcos torales estaban labrados á la manera gótica; pero

aun en su misma ornamentacion se advierte la mano bastarda del arte

moderno, porque si bien sus baquetones lisos y de aristas, sus funículos

y sus relevadas cenefas de hojas y animales, forman como un haz vistoso

de cañas, cuerdas, y tallos cuajados de flores, las claves de los del

presbiterio y coro estan enmascaradas con feas cartelas de forma

elíptica recargadas de adornos de mal gusto. Sostienen estos arcos

torales una cúpula oval con su cornisa de mútulos y friso adornado de

festones pendientes. Tanto la cúpula como las pechinas estan cuajadas de

recuadros, medallones, festones, cartelas, y hasta estátuas de todo

bulto. Dan luz á aquella ocho espaciosas lumbreras.

El coro está decorado en su parte superior de una manera muy poco

adecuada para un templo. Su bóveda es de cañon, atravesada por cuatro

grandes lunetos, entre los que se ven cariátides pareadas que la

sostienen. Adornan su parte central en toda su longitud estátuas de

santos colocadas en recuadros de estuco, con florones y otros adornos en

los intermedios. Entre los ángulos que forman los lunetos hay estátuas,

colocadas tambien en recuadros sostenidos de niños ó genios, de músculos

hercúleos y carnes superabundantemente nutridas, con escudos del obispo

Reinoso. Bajo cada luneto hay una gran ventana con jambaje y dintel

correspondiente á lo demas de la fábrica, y sobre los dinteles campean

escudos del prelado D. Leopoldo de Austria, tio del emperador. Por la

parte inferior de las ventanas corre á alguna distancia un cornisamento

cuyo friso está adornado de follagería con medallones de muy alto

relieve á trechos; debajo hay en cada lado tres arcos ojivales

figurados, y en su vano estan abiertos otros algo menores de medio

punto, que dan salida á las tribunas. El tímpano entre ambos arcos está

lleno de adornos formando cenefa. Entre los arcos hay en cada machon dos

estátuas, una sobre otra al modo gótico, la superior bajo su

afiligranada marquesina y descansando en su peana, que sirve á la

inferior de doselete. La luz escesiva de aquellas anchas ventanas, la

abundancia de los estucos y dorados, la presencia inoportuna de aquellas

cariátides y genios, dan á esta parte del templo un aspecto profano, mas

propio de una galería ó aula régia que de un coro de canónigos. Y aun

prescindiendo de su destinacion, como obra artística es á nuestros ojos

lo menos feliz de la gran catedral cordubense.

[Illustration: INTERIOR DE LA CATEDRAL DE CÓRDOBA.]

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