La gran dificultad del arte moderno en las construcciones religiosas,

admirablemente resuelta por la arquitectura ojival, vulgarmente llamada

_gótica_, fué cubrir de bóveda de piedra las naves mayores de los

templos, dando á estas luces altas y directas, y sosteniéndolas, no en

gruesos pilares que ocupasen una grande area como en las construcciones

romanas, sino en delgados y esbeltos apoyos, que obstruyesen lo menos

posible el espacio destinado á los fieles. Espacio grande y

desembarazado, luz abundante en todas partes, techado sólido y de buen

aspecto, esto es, de dificil destruccion por el agua ó por el fuego, y

de esa forma augusta tan magestuosamente adaptada por el antiguo

pueblo-rey al cerramiento de los vanos en sus termas, en sus cloacas, en

sus arcos de triunfo, en sus anfiteatros, en sus templos, en todos sus

edificios públicos al parecer imperecederos; por último, puntos de apoyo

de poco diámetro y grande altura: hé aquí los datos al primer aspecto

contradictorios é inconciliables que tenia que reunir la arquitectura

religiosa para satisfacer las necesidades del culto cristiano. Fueron

menester nada menos que dos siglos de tentativas y de ensayos, con

frecuencia infructuosos, para que el arte moderno llegara á resolver

satisfactoriamente este problema. Era preciso que no fuese ya el macizo

y voluminoso pilar romano el que contrarestase el empuje de la bóveda,

sino que el contraresto viniese de otro empuje diametralmente opuesto y

esterior, para que el pilar sobre que arrancaba el arco toral quedase

simplemente reducido al oficio de apoyo y sosten de un peso obrando

verticalmente. Las bóvedas hacen su empuje en sentido oblicuo, y se

sostienen oponiendo resistencias oblicuas: este fué el luminoso

principio en que fundó el arte ojival todo su sistema de equilibrio.

Reconocióse al propio tiempo que el arco romano de medio punto hacia un

empuje demasiado considerable para poderlo levantar á grande altura

sobre muros delgados ó pilares aislados, especialmente en naves muy

espaciosas, y se sustituyó al arco de plena cimbra el arco ojival ó

apuntado: renuncióse por completo á la bóveda cilíndrica, cuyo empuje

contínuo exigia un contraresto tambien contínuo, y colocando en los

pilares todos los puntos de resistencia, se procuró que recayesen en

ellos todo el peso y todo el empuje de las bóvedas: el peso en los

pilares interiores, y los empujes al esterior del edificio en otros

pilares mas sólidos, ligados con los puntos de arranque de la bóveda por

medio de arbotantes. Para dar mas asiento y aplomo á estos pilares

esteriores, propiamente hablando _botareles_, se les agregó un

suplemento de peso que se convirtió en breve en motivo de elegante y

rica decoracion. Descubierta la nueva ley de los empujes y resistencias

oblicuos, y ensayado con facilidad el medio de llevar al esterior del

edificio los empujes de las bóvedas y sus contrarestos, y de reducirlos

á puntos determinados, estaba hecho todo: entre los puntos de arranque

de cada bóveda podian abrirse grandes ventanas, las bóvedas ojivales

podian elevarse á considerable altura, los pilares maestros del interior

del templo podian adelgazarse cuanto se quisiera, no habia en rigor

necesidad de muros, toda la construccion se reducia á una especie de

armazon elástica sostenida por la ley del equilibrio, y los arquitectos

de la edad media, en suma, habian descubierto el modo de trasformar los

templos en bosques de piedra y sus pilares en árboles; pues no de otra

manera que las poderosas ramas que sostienen una leve cortina, se juntan

y entretejen los robustos nervios que sostienen los ligeros cascos de

bóveda, ni parecen otra cosa las pintadas vidrieras que ocupan casi todo

el vano entre pilar y pilar, que recamados y vistosos tapices colgados

de árboles para una fiesta. Nada hay falso sin embargo en semejante

sistema de construccion, porque el edificio manifiesta desde luego en su

aspecto esterior toda su osificacion interna: el templo gótico es la

basílica latina engrandecida, embovedada, y fortalecida con botareles y

arbotantes.

Pero sin arbotantes, la bóveda gótica espaciosa no es posible, porque

los pilares sobre que arranca no tienen fortaleza bastante para

contrarestar los empujes oblicuos; y sin embargo, el arquitecto que

habia trazado la obra de la catedral nueva de Córdoba se habia propuesto

en un temerario alarde de su ciencia, levantar sin arbotantes á mas de

ochenta y ocho piés de altura bóvedas por arista de cincuenta piés de

vuelo. La gran mole levantada sobre la techumbre de la mezquita con su

inmensa cúpula en la interseccion de la nave mayor con el crucero, debia

estribar toda en los diez y ocho pilares que dibujan la cruz latina de

su planta: no habia medio de dirigir los empujes de las bóvedas sobre

otros pilares esteriores mas sólidos que sirviesen de contrafuertes,

porque en el sistema gótico la mayor fortaleza está en los cuerpos de

fábrica de donde arrancan los arbotantes, como otros tantos brazos de

piedra que sostienen la balumba de la bóveda que tiende á descuajar y

separar los pilares en que apoya; y en el templo de Córdoba por el

contrario, los postes de donde podian arrancar los arbotantes eran de

menos volúmen y resistencia que los pilares de apoyo de las bóvedas.

Aumentaba la dificultad la circunstancia de ser notablemente rebajados

los cuatro arcos torales sobre que habia de erigirse el cimborio, porque

estos arcos marcaban muy baja la clave de las bóvedas del crucero y de

la capilla mayor, y es sabido que cuanto mas rebajadas son las bóvedas

mayor es su empuje. Esta es sin duda la dificultad artística con que se

habia tropezado al querer terminar el edificio en otras épocas

anteriores, porque leemos que la construccion no habia pasado de las

cornisas desde el tiempo del obispo D. Juan de Toledo, y esto nos induce

á creer que el peligro de continuarla se veía única y esclusivamente en

el embovedado. Triunfó de todos los obstáculos el genio del maestro

llamado por el obispo Reinoso, el cual dió la traza para la terminacion

de la obra: enfervorizóse el animoso prelado, y el cabildo obsequioso

con su deseo tomó la determinacion que dejamos referida. Con esto

volvieron á activarse los trabajos.

Por fin, el sábado 29 de abril del año 1600 se acabó de cerrar el

crucero que tanto deseaban todos ver finalizado. «Fué el obispo á la

iglesia, dice Bravo, y con el fervor que tenia no pudo contenerse, hasta

subir á ver sentar la última piedra y registrar toda la obra.» Acto de

entusiasmo que nos trae á la memoria aquel otro de que habia sido objeto

la Aljama mahometana seis siglos y medio antes, cuando el califa

An-nasír, sabedor de la terminacion de la soberbia zoma que habia

mandado construir, acudió presuroso en alas de su deseo, y no contento

con admirar la arquitectura del gallardo edificio, lo registró todo

subiendo y bajando por dentro de él como para gozar mas palpablemente de

su obra. Repicaron las campanas y sonaron los instrumentos músicos en

demostracion del general regocijo, y se tributaron á Dios las debidas

gracias. Murió el celoso obispo con el consuelo de ver asegurada la

conclusion de la grande obra, si bien no alcanzó á verla decorada y en

disposicion de poderse celebrar en ella el culto. Dió su alma al Criador

el 12 de agosto de 1601 dejando por heredera á la Fábrica de la catedral

en la parte que quedase despues de pagadas las deudas: el cabildo

dispuso darle sepultura en el nuevo crucero junto al obispo D. Leopoldo

de Austria, al lado del Evangelio, pero estando este sitio ocupado con

los materiales de la obra, se depositó su cuerpo en el hueco ó bóveda

que ahora es capilla debajo del altar mayor. Fué trasladado al sepulcro

que se le tenia destinado en julio del año 1607, y aunque debajo de las

vestiduras se le habia puesto cal para que se resolviese pronto, por si

le habia tocado algo del terrible contagio que habia padecido la ciudad

en los dias de su enfermedad, se halló incorrupto sin habérsele

consumido mas que la punta de la nariz, tratable, hermoso y fresco como

estaba cuando fué enterrado. Duró pues hasta el año 1607 la obra de

decoracion del crucero y coro: el obispo D. Pablo Laguna habia legado á

la Fábrica hacia poco tiempo cinco mil ducados; antes habia remitido

otros tres mil el venerable arzobispo de Santiago D. Juan de San

Clemente Torquemada con destino espreso á la obra de la iglesia, por lo

cual acordó el cabildo cumplirle perpetuamente un aniversario y poner

sus armas en el arco del trascoro. A 27 de setiembre del año 1606

estaban tan adelantados los trabajos, que determinó el cabildo se

mudasen las sillas y órganos al coro nuevo, y se hiciese el altar mayor.

Mientras se verificaba dicha mudanza continuó el coro en el sitio

correspondiente al altar de S. Sebastian en verano, y en invierno en la

capilla del Sagrario; y á 9 de setiembre de 1607 con la mayor solemnidad

se llevó el Santísimo al altar nuevo, y se celebraron en él la Misa y

Divinos Oficios.

Quedaba vacante y sin uso la capilla mayor antigua, y pareciendo que

convenia conservarla, se determinó á 27 de noviembre que en dicha

capilla se pusiesen otros dos altares para que en ellos dijesen Misa los

prebendados, dando la Fábrica los ornamentos necesarios. Verificóse esto

siendo obispo de Córdoba D. Fr. Diego Mardones, anciano piadoso,

caritativo y austero, infatigable en el trabajo á pesar de sus muchos

años, y cuya avanzada edad significó el rey D. Felipe III en la carta

que escribió al cabildo diciéndole: _ahí os envío los huesos del obispo

Mardones_, muy ageno de pensar que aquel costal de huesos habia de

sobrevivirle mas de tres años á él jóven y robusto. La memoria de este

venerable y religiosísimo obispo, cuyo gobierno duró diez y siete años,

permanecerá siempre en la iglesia de Córdoba llena de bendiciones, no

solo por las donaciones y dotaciones grandes que hizo, sino tambien por

sus incomparables virtudes. Vivió noventa y seis años, los ochenta y

ocho con gran vigor para cumplir admirablemente los árduos deberes de su

ministerio; despues fué todo trabajos y dolores, pues padeció mucho y

estuvo baldado de piés y manos, y así le llama el autor del _Catálogo de

los obispos cordubenses_ varon de dolores, añadiendo con justicia que

deberian agregarse al epitáfio de su sepulcro aquellas palabras del

paciente Job: _Expecto donec veniat immutatio mea: vocabis me, et ego

respondebo tibi: operi manum tuarum porriges dexteram._ Siendo de

ochenta y tres años, y á pesar de haber quedado tan débil con una

enfermedad que padeció, que por órden de los médicos se alimentaba al

pecho de dos amas y dormian con él dos niños robustos para calentarle,

vivió lo suficiente para hacer su nombre digno de eterna memoria: bajo

su episcopado se verificó la famosa expulsion de los moriscos, y á su

ilustrada tolerancia debió el no ser echado de Córdoba un morisco

insigne por su sabiduría en las ciencias físicas, llamado Felipe de

Mendoza, hombre útil á la república. Empezó la obra del nuevo palacio

episcopal, y gastó en ella mas de sesenta mil ducados: en cuya ocasion

se demolió el pasadizo que habian fabricado los califas para ir desde su

alcázar á la mezquita, y que dejamos descrito en su lugar

correspondiente[373]. En su tiempo promovió el cabildo singularmente el

culto de la Purísima Concepcion, dando su piadoso celo ocasion á que la

iglesia de Córdoba fuese la primera en celebrar este misterio, aun no

declarado de fé, como una de las mayores festividades del año, imitando

su ejemplo las demas iglesias, ciudades y universidades de España[374].

El obispo Mardones fué quien costeó la obra del retablo y ornato que

faltaba á la capilla mayor, ofreciendo al cabildo para este objeto _una

gruesa cantidad de dineros cada año_ al tiempo de enviarle las buenas

Pascuas. Los felicitados nombraron cuatro diputados que le diesen las

gracias y tratasen con su ilustrísima todo lo conducente á poner en

ejecucion obra tan plausible. Hiciéronse diversos diseños por artífices

afamados: el Hermano Alonso Matías, reputado insigne arquitecto, se

hallaba en Córdoba en su colegio de la Compañía de Jesus, é hizo uno,

que pareciendo bien á todos se escogió por universal aplauso; y para que

su idea se ejecutase perfectamente, le nombró el cabildo á 16 de

febrero de 1618 superintendente de la obra con facultad plena de

escoger los jaspes y materiales necesarios y de traer maestros y

operarios de su satisfaccion[375]. La Fábrica de la catedral recibió

repetidas muestras de la gran liberalidad de este prelado. En 1616 le

hizo una donacion pura de veinte mil ducados en que estaba gravada, para

que redimiese sus censos. Por el mismo tiempo dotó la octava del

Santísimo Sacramento con diez mil ducados. Asistió á la fiesta de

Santiago, y en lugar del doblon que se daba de ofrenda, dió una cruz y

dos candeleros de plata dorados con óvalos de oro y esmalte rojo: tres

urnas y aguamaniles de plata dorados, y una casulla de raso bordada,

_todo muy precioso y de mucho valor_, dice Bravo, mas tolerante que

nosotros con el gusto artístico de aquel tiempo. Al año siguiente (1617)

ofreció en la misma fiesta una fuente de plata dorada, estimada en mas

de doscientos ducados. En 29 de mayo de 1620 donó al cabildo una cruz

grande de plata sobredorada con muchos engastes de oro y piedras

preciosas, de ciento nueve marcos de peso. En el mismo año, habiéndose

acabado el nicho del lado del Evangelio en la capilla mayor, colocó en

él una imágen del apóstol Santiago á caballo, y en una lápida de jaspe

negro puso la siguiente inscripcion: _B. Jacobo Hispaniarum Dei dono

singulari, unico certiss. antiquiss. que Patrono, triumph. hostium

invictiss. D. Fr. Dieg. Mardones. Epis. Cord. D. D. anno MDCXX._ En 1623

á 24 de julio, en agradecimiento al cabildo por las rogativas y fiesta

de accion de gracias que habia celebrado durante su enfermedad y en su

convalecencia, le envió por medio de su provisor una lámpara de plata

para la capilla mayor, y un terno de raso blanco bordado. Finalmente,

antes de morir dió muchas limosnas y dotes á pobres y huérfanas, y fundó

una obra pia de sesenta mil ducados de principal y treinta mil de renta

para casar doncellas pobres y socorrer necesidades en la ciudad y

lugares del obispado. Noventa y tres años de edad contaba este

virtuosísimo y respetabilísimo patriarca cuando murió el rey D. Felipe

III, y aun parecia que el cielo le queria conservar muchos más al amor y

agradecimiento de su clero y pueblo, que como verdadero padre dirigia y

santificaba. El bendijo el pendon real en la capilla mayor cuando con

las ceremonias y solemnidades acostumbradas fué aclamado en Córdoba el

rey D. Felipe IV. El dió la bendicion solemne á la ciudad, y despues

llevó á su palacio á todo el cabildo para que viese la aclamacion hecha

en la Torre del Homenage y Campo Santo desde un tablado que para este

fin tenia prevenido, contemplando toda la ceremonia sin fatiga hasta el

acto de enarbolar el pendon real por el nuevo rey. ¡Con cuánta solicitud

y cariño correspondia el cabildo á sus contínuas mercedes, fomentándose

en la por tantos títulos ejemplar iglesia de Córdoba esa envidiable

armonía entre los prebendados y el prelado, que tan noblemente la

distingue, y en que la reverencia, el obsequio y el amor que se tributan

por un lado, son correspondidos con igual estimacion y fineza por el

otro! No de otra manera que un padre octogenario entre sus hijos, todos

atentos á prolongar y dulcificar con esquisitos cuidados sus últimos

dias, se nos representa en la imaginacion el digno anciano que regía la

iglesia de Córdoba por los años de 1621, cuando para no privarle de

asistir á las grandes solemnidades de la catedral, y no privarse ellos

de su amada presencia, modificaban los prebendados en su obsequio las

inflexibles prescripciones de ritual y de costumbre, y para que pudiese

oir con mas facilidad la palabra divina le aderezaban en desusado

lugar, en medio de las barandillas, un cómodo asiento junto al altar

mayor provisional, y allí le asistian los dos presidentes del cabildo

esmerándose en hacer fáciles y agradables los postreros actos pastorales

de aquella vida próxima á estinguirse. ¡Con cuánto anhelo esperaba la

terminacion de aquel suntuoso retablo junto al cual habia de ser

sepultado! Parecia que se resistia á morir mientras no pudiera elegir

por sí mismo el parage donde habia de descansar su cuerpo; y sin

embargo, el nicho de jaspe reservado para su sepulcro y para su estátua

estaba ya bruñido. Murió cuatro años antes de que se acabase la obra del

retablo (en 1624), y en el referido nicho, al lado de la Epístola, se

lée hoy este epitáfio:

DOM. FR. DIDACUS MARDONES, EPISCOP.

CORD. OB. L. AUREORUM. M. IN ARÆ

MAXIMÆ

CULTUM DONATA SENATUS ECCLES. CORDUB.

SEPULT.

HIC ET STATUAM CUM BASI GRATI ANIMI

ERGO

B. M. P. ANNO MDCXXIIII

VIXIT ANNOS XCVI.

Y en el crucero, en uno de los arcos de medio punto del mismo lado de la

Epístola, se grabó esta inscripcion: «_Acabóse esta capilla mayor con su

crucero en 7 de setiembre de 1607 años, siendo obispo de Córdoba y

confesor del rey nuestro señor Felipe III el Illmo. Sr. D. Fr. Diego de

Mardones, á quien los señores dean y cabildo se la dieron para su

entierro por haber dejado el suntuoso que en su vida tenia en S. Pablo

de Burgos, cuyo convento, siendo prior dél, lo dispuso y dotó en mas de

setenta mil ducados, y en agradecimiento de haberle dado la capilla

mayor dió á esta santa iglesia cincuenta mil ducados para hacer

retablo._»

Ochenta y cuatro años duró por consiguiente la obra de la catedral

nueva, puesto que se habia dado principio á ella en 1523 siendo obispo

de Córdoba D. Alonso Manrique. Comenzó cuando la arquitectura gótica era

todavía considerada como característica de los edificios religiosos, y

para las demas construcciones estaba ya admitido en toda la Europa culta

el nuevo estilo italiano conocido con el nombre de _Renacimiento_.

Introducido este estilo en España con motivo de las guerras que la

dinastía austriaca sostuvo en Italia y en Francia, contagiado el gusto

de todos los personages de cuenta de los dos estados militar y

eclesiástico con el ejemplo de la admiracion que en las citadas naciones

alcanzaban las obras de Leonardo de Vinci, del Primaticio, de Benvenuto

Cellini, de Serlio, y las de sus discípulos los franceses Jean Bullant,

Philibert Delorme y Pierre Lescot, facilmente se esplica que la catedral

nueva de Córdoba, trazada y costeada por hombres formados en la moda

italiana y francesa, aparezca como una creacion bastarda del gusto

ultramontano en transaccion con el antiguo estilo practicado por todo el

Occidente.

Indicaremos ligeramente las causas de donde procedió este nuevo estilo

_renacido_, para bosquejar en seguida los caractéres principales que le

determinan. La arquitectura ojival, que era á fines del siglo XII y

principios del XIII la espresion mas acabada del nuevo estado social en

el momento de emanciparse el estado llano en las naciones que

antiguamente habia agrupado el brazo de hierro de Carlomagno, habia

quedado exhausta. Prohijada por el feudalismo, aceptada por la Iglesia,

admitida por la potestad real cuando acababa apenas de salir de los

modestos focos de la plebe emancipada, sirvió admirablemente á los

intereses y designios de cada una de estas clases en su desarrollo

sucesivo: dió á los altivos señores feudales y á los reyes castillos y

palacios, espaciosos por dentro para contener un numeroso séquito,

sombríos y de dificil acceso por de fuera para imponer respeto y

resistir los asedios; dió á las nacientes corporaciones municipales y á

la clase popular, casi toda á la sazon de traficantes y mercaderes,

casas de ayuntamiento, mercados, lonjas, bolsas, tribunales, y fuertes

murallas para defender sus conquistados derechos; dió á la Iglesia un

brillante simbolismo, templos desahogados y capaces, mas acomodados al

grande incremento de las poblaciones que las pequeñas y sombrías

iglesias erigidas en los siglos XI y XII segun las inflexibles reglas

del arte monástico. Pero cuando llegó á inaugurarse en el siglo XV la

época de la fusion y centralizacion de los poderes, de la supremacía

real, y de la desaparicion del feudalismo, y cuando las antiguas

libertades locales de los pueblos dejaron de ser una necesidad, entonces

tambien fué insensiblemente decayendo el arte que habia sido la mas

genuina espresion de sus nobles y osados pensamientos. Acabaron las

libertades feudales y comunales como incompatibles con la nueva

organizacion de la sociedad; tambien debia lógicamente acabar un sistema

de arquitectura inadecuado ya para la vida pública y privada atendida la

nueva direccion que habia tomado el entendimiento humano en todas las

cosas. Y habia acabado en efecto por la impotencia de producir formas

nuevas. No era ya posible dar un paso más en la arquitectura de la edad

media: la materia, domada y sometida durante un penoso trabajo de tres

siglos, nada inspiraba ya; la estraordinaria habilidad de los artífices

habia llegado á su término racional; el ingenio y la razon, el arte y la

ciencia de consuno, habian hecho de la piedra, de la madera, del hierro,

del plomo, cuanto era dable hacer, traspasando no pocas veces los

límites del buen gusto. Si se hubiera continuado apurando la docilidad

de la naturaleza física en el mismo sentido, esta al fin se habria

declarado rebelde, y las concepciones artísticas no habrian podido salir

del cerebro ó de los planos de sus autores.

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