Fernando de Mesa, no hallamos en el período de quince años ninguna otra
capilla anterior á la _segunda de S. Bartolomé_, costeada en 1280 por
Martin Muñoz, sobrino del famoso adalid Domingo Muñoz, y contigua á la
de su tio por la parte de poniente. No es esto decir que no se hiciese
antes en la catedral cosa alguna notable. Sobre el enhiesto alminar del
califa An-nasír[355] se colocó por los años de 1278 la primera imágen
del Arcángel S. Rafael que la gigantesca torre de la catedral levanta
hoy á la region de las nubes, y que el devoto pueblo cordobés empezó
desde entonces á venerar en cien monumentos como su Paladion tutelar
contra las públicas calamidades. La causa segun la piadosa tradicion fué
esta. Padecia Córdoba una gran peste, de la cual moria innumerable
gente: el obispo D. Pascual, fiel á su ministerio de pastor, previniendo
con su vigilancia y celo todos los remedios corporales y espirituales
para librar á su grey del tremendo contagio, habia mandado que se
implorase la clemencia divina con contínuas rogativas, y no cesaba de
clamar á María Santísima para que su pueblo esperimentase el saludable
efecto de su maternal intercesion. Hallábase en esta ocasion de
comendador del convento de nuestra Señora de la Merced Fr. Simon de
Sousa, varon de singular virtud; y pidiendo á Dios el mismo remedio, se
le apareció el Arcángel S. Rafael, y le habló así: «Dirás al obispo D.
Pascual que está Dios muy satisfecho de su vigilancia y cuidado, y que
por sus oraciones y las de otros fieles, y por la intercesion de su
santa Madre, se ha compadecido de este pueblo. Que ponga mi imágen en lo
alto de la torre de la iglesia catedral, y exhorte á todos sus
feligreses á que me sean devotos y celebren mi fiesta todos los años:
que si así se hace, este contagio cesará de todo punto.» Ejecutólo el
venerable obispo, cesó la plaga, y de entonces mira la poblacion de
Córdoba campear triunfante en lo mas alto de su catedral, á modo de
gloriosa enseña, ó de eficaz para-rayo para los dias críticos en que
fulmina sus formidables castigos el Eterno, la imágen de su santo
patrono y abogado. La contempló primero sobre el elegante alminar árabe
donde tremoló el pendon real de S. Fernando, y luego en la torre
reedificada, desde fines del siglo XVI. Seguiria á la nueva capilla de
S. Bartolomé la célebre de S. Pablo, propia de la familia de los Godois,
si fuese cierta la aseveracion de un cronista que entre los caballeros y
ricos-hombres que salieron de Córdoba con el infante D. Juan á recibir á
D. Sancho en 1284 reconociéndole por su rey y señor, muerto D. Alfonso
el sabio, nombra al maestre de Santiago D. Pedro Muñiz de Godoy,
añadiendo que _poco despues murió y fué sepultado en su capilla del
apóstol S. Pablo en la santa iglesia catedral_[356]. Con las capillas
de S. Nicolás[357], de S. Benito[358], de S. Vicente[359], de nuestra
Señora de las Nieves[360] y de S. Gil[361], fundacion la primera de un
devoto arcediano de Córdoba que la situó á levante, en el décimoquinto
tramo de la última nave principal, y erigida la de nuestra Señora de las
Nieves por un chantre y dos particulares de quienes no hallamos mencion
particular, los cuales eligieron el octavo tramo de la primera nave
principal al poniente, termina el siglo XIII su casi insignificante
tarea en la mezquita de Córdoba, donde por no innovar demasiado, ó por
no considerarse seguro el arte occidental en una ciudad espuesta todavía
á volver á caer bajo el yugo de los infieles, no realiza la arquitectura
ojival ninguna de aquellas portentosas creaciones que lega en Francia S.
Luis á la admiracion de las edades futuras, y que el mismo S. Fernando
emprende en Burgos y Toledo.
No se muestra realmente en la catedral de Córdoba con su verdadero
carácter la arquitectura de ese gran siglo que de su sola fé sacó tantos
tesoros de gracia, de sublimidad y de fuerza. Pero si su arte no dejó en
ella una fiel estampa, dura al menos en sus tradiciones el sello de
aquel espíritu ardiente y celoso en las cosas divinas, que tan
noblemente supo triunfar de las costumbres é ideas semi-bárbaras y
semi-gentílicas de la edad media. Y es por cierto admirable cómo la
Providencia favorecia las piadosas estratagemas de los hombres de buena
intencion y viva fé. Porque no siempre ocurria implorar proteccion de la
autoridad y de la fuerza contra los escesos y desmanes: esto era á veces
lo mas sencillo: padecian, por ejemplo, la Iglesia y el estado
eclesiástico vejaciones y gravámenes de los ministros reales y hombres
poderosos, porque tomaban violentamente las rentas de los obispados
vacantes y quitaban á los cabildos la libertad en las elecciones de
obispos y beneficiados, imponian tal vez pechos y nuevas cargas á los
prelados, cabildos, abades y clero, contra la inmunidad que debian gozar
por reales privilegios: y todo se remediaba quejándose al rey y
pidiéndole la correccion de los escesos cometidos[362]. Pero ¿cómo
corregir la aspereza de las costumbres? ¿cómo refrenar los fogosos
arranques del puntilloso honor ofendido, en los mismos individuos del
estado eclesiástico, que, avezados á esgrimir el acero en el campo de
batalla, hacian como el Cid _campaña la Iglesia_ al mas ligero viso de
desprecio ó de insulto? Un celoso obispo sin embargo[363] halló un medio
ingenioso para corregir el desacato de las ofensas personales entre
eclesiásticos. Conociendo la ineficacia de las penas puramente
canónicas, imaginó celebrar con el cabildo un Estatuto en virtud del
cual, todo individuo del clero catedral, fuese dignidad, canónigo,
racionero ó medio-racionero, que injuriase á otro en la iglesia, ciudad
ú obispado, tenia que pagar al obispo y al cabildo _un buen y cumplido
yantar_. Este Estatuto, acordado en 5 de marzo de 1298, perseveró hasta
el año de 1366, y aunque nada nos dicen los cronistas cordobeses de los
efectos que produjo, debemos sospechar que no sería ineficaz considerada
la cuantía de la pena pecuniaria que se echaba encima el que se
deslizaba en la via de las ofensas personales, pues ademas de ser en
todos tiempos el bolsillo el mejor fiador de la probidad legal de los
hombres vulgares, era tal el lujo introducido en las mesas en aquella
época, que para que un _yantar_ se reputase _bueno_ y _cumplido_, habia
de costarle al prebendado incurso en semejante pena por lo menos la
renta de medio año. Cuéntase un hecho que pinta muy bien la maravillosa
asistencia que prestaba la divinidad al poder eclesiástico en aquella
época en que la autoridad espiritual era la primera necesidad de las
sociedades: y no queremos pasarlo en silencio. Corria el año 1286, y era
obispo en Córdoba el mismo D. Pascual antes nombrado. «En este tiempo,
refiere un timorato cronista, sucedió en la iglesia catedral el prodigio
siguiente: Acudian muchedumbre de golondrinas á hacer sus nidos en la
santa iglesia, y con sus molestos cantos perturbaban á los ministros de
Jesucristo, al tiempo que se celebraban los oficios divinos. Con sus
escrementos y cosas que traian para fabricar sus nidos, ensuciaban la
iglesia y los altares. Ponian cuidado en quitárselos y derribárselos, y
nada bastaba, porque como la iglesia es tan grande, cuantos remedios se
hacian nada importaban. Para quitar este grande estorbo, no hallaron
otro mas conveniente remedio que acudir á las armas espirituales. Hízose
cabeza de proceso contra ellas, formóse pleito en forma, nombrando parte
para que las defendiese; llegó el tiempo de sentenciarse, y la sentencia
fué: que con censuras fuesen echadas de la iglesia. ¡Cosa rara! Desde el
punto que se les leyó la sentencia, jamás han sido vistas en esta santa
iglesia, siendo sus techos tan á propósito para sus nidos. ¡Oh dichosos
tiempos en que se celaba el ruido que se hacia, porque no perturbase á
los ministros de Dios en los divinos oficios[364]!» Este hecho en sí
parecerá ridículo á los que solo miran la superficie de las cosas:
¡emplear las armas espirituales contra las golondrinas! ¡qué disparate!
Nosotros avanzaremos mas: negaremos el hecho. Pero, aun suponiendo que
esta anécdota sea invencion de algun apasionado de esas inocentes
avecillas, que el vulgo cristiano mira y casi reverencia como piadosos
auxiliares de la compasion del hombre hácia su Redentor clavado en la
cruz y coronado de espinas, de todos modos podrá entenderse como fórmula
de una gran verdad, á saber, que nunca las armas espirituales fueron
desairadas por Dios en la creyente edad media cuando se emplearon en su
honra y acatamiento, y que él mismo inspiró á sus vicegerentes en la
tierra una confianza ciega en la asistencia divina para llevar á cabo
obras que parecian humanamente imposibles, dándoles imperio no ya sobre
los seres racionales, sino tambien sobre los irracionales y sobre la
misma naturaleza inerte. Las colosales obras que llevó á cabo el
décimotercio siglo sin mas elementos que la fé y el amor, su portentosa
cruzada contra los albigenses, su cruzada épica en la Tierra Santa, las
universidades que fundó, los institutos religiosos que vió florecer, las
gigantescas catedrales que vió erigir, los hombres eminentes que vió
descollar, testigos son de esta verdad insigne: el amor divino hace
fecunda la edad media, y un acto de fé de la humanidad concorde basta
para que salga de ella completamente armada la nueva Minerva, asistida
de genios adecuados para todas las artes y ciencias. Son _santos_ todos
estos genios, y no hay mas que decir, porque cada uno de ellos es un
prodigio de abnegacion, de pureza y de amor. Este sentimiento enérgico
es el que los hace grandes; ¡cosa admirable! ¡El siglo en que viven es
un siglo de guerras y de sangre, de licencia y desenfreno, y el culto
puro y delicado de la casta Madre del Verbo se propaga con la doctrina y
el ejemplo del tierno y afectuoso Sto. Domingo, del sublime Sto. Tomás,
del profundo S. Alberto, del seráfico S. Buenaventura, y en pós de ellos
los pueblos, los reyes, los magnates y los siervos caen prosternados
tendiendo los brazos hácia la hermosa Reina del cielo, clara y pura
estrella de la mañana, consuelo de los afligidos! ¡El siglo en que viven
es pobre é ignorante en las cosas materiales, sin recuerdo de las reglas
y teorías de la antigüedad, y el mismo esfuerzo que hace por emanciparse
completamente de la tradicion pagana le conduce á un arte nuevo,
imponente y gigantesco, en que bajo la direccion de genios tan
privilegiados como humildes, tan amantes de la gloria del catolicismo
como de su propia oscuridad, la escultura se convierte toda en espíritu,
sentimiento, espresion, plegaria y dolor, y la arquitectura se eleva
como un himno incesante, como una oracion perpetua, desapareciendo la
piedra bajo la idea, la forma bajo el concepto, la materia ante el
espíritu!
Acercábase á la mitad de su curso el turbulento siglo décimocuarto, y
casi nada se habia labrado de nuevo en la catedral[365]. Las disensiones
civiles ocasionadas por las competencias sobre el gobierno del reino
durante la menor edad de D. Alonso XI, las correrías de Ozmin por el
reino de Córdoba, las talas hechas en el mismo por el rey de Granada,
las pérdidas de varios pueblos y castillos, los crueles escarmientos
ejecutados por el monarca adolescente en los parciales de D. Juan
Manuel, eran causas harto poderosas para que muriesen de inanicion las
artes en la antigua corte de los califas. La inmensa catedral recibia de
vez en cuando en sus escasas capillas los inanimados despojos de los mas
nobles y valerosos caballeros, muertos en deplorables lides intestinas ó
en gloriosas algaradas y defensas contra la morisma; pero no
interrumpian su solemne silencio las tareas de los bulliciosos y alegres
artesanos. Ni resonaban bajo sus espaciosos artesonados los golpes del
cantero, ni se oía ruido alguno de albañiles y carpinteros, á escepcion
de la franca algarabía de los mudéjares rara vez ocupados en los
reparos de la gran fábrica. Desde el año de la terrible muerte del rey
emplazado (1312), seis capellanes venian cada noche á decir su vigilia á
la capilla mayor cabe la regia huesa: como espíritus del otro mundo allí
misteriosamente congregados, deslizábanse silenciosos por las largas y
tenebrosas columnatas, murmuraban su rezo, y volvian á dispersarse.
Todos los años cumplia el cabildo por el mes de setiembre el aniversario
fundado por la aterrada D.ª Constanza; y por espacio de trescientos
sesenta y cinco dias con sus noches, hasta cumplirse el año de la muerte
de D. Fernando, habian constantemente ardido cuatro cirios sobre la
misma sepultura, yendo diariamente el obispo y el cabildo á decir su
responso por el alma del malhadado rey. Memorias fúnebres, ceremonias
lúgubres, ocasiones repetidas de lágrimas y lamentos para los amigos y
deudos, de exaltacion y mayor encono para los enemigos, son casi las
únicas dedicaciones que ocurren en la iglesia mayor hasta el reinado de
D. Enrique el Bastardo. Solo cuatro capillas se edifican en este
desgraciado período, la de _S. Ildefonso_, al poniente, en 1347; la de
_nuestra Señora de la Encarnacion_, al sur, en 1365; la de _S. Pedro_,
tambien al sur, en 1368; y la de _Sancti Spiritus_, al poniente, en
1369. Fundó la de S. Ildefonso el obispo D. Fernando Nuñez de Cabrera,
que tres años despues falleció y fué enterrado en ella, cubriendo su
humilde sepultura una pequeña lápida de mármol blanco que dice así:
_Aquí yace el muy reverendo Sr. D. Fernando de Cabrera, obispo de
Córdoba, que Dios haya_. D. Martin de Argote su sobrino, tambien obispo
de Córdoba, fué enterrado en la misma capilla por los años de 1362, y
yacen sus despojos bajo otra lápida no menos humilde, con inscripcion
igualmente sencilla. Ultimamente, yace asímismo en ella el infeliz Pedro
de Cabrera, á quien mandó degollar el rey D. Pedro el Cruel juntamente
con D. Fernando Alonso Gahete, por haberse pronunciado partidario de la
desgraciada reina D.ª Blanca[366]. La de nuestra Señora de la
Encarnacion fué cedida por el cabildo á Vasco Alfonso de Sousa[367],
caballero portugués de gran cuenta, segun se colige de la curiosa
inscripcion que se conserva en dos arcos al lado de su altar, y que dice
así: _Esta capilla dotó el muy honrado caballero Vasco Alfonso, el cual
vino de Portugal mozo e trújolo D. Juan Alfonso, señor de Alburquerque,
que era su tio, el cual trujo á los reyes, e fué alcalde mayor de
Córdoba, e casó con D.ª María, fija de Gomez Fernandez, señor de
Santofimia: e este Vasco Alfonso fué padre de D.ª Juana, madre del duque
D. Enrique, fijo del rey D. Enrique el primero_ (entiéndase D. Enrique
II el Bastardo), _y este duque está sepultado en una tumba dorada debajo
del arco dorado que está en la capilla del altar mayor, e padre de Diego
Alonso de Sosa, que está sepultado en esta capilla con sus padres, padre
de Juan de Sosa, veinticuatro de Córdoba, el cual es patron y
administrador desta capilla para él e para los que dél descendiesen, el
cual mandó facer esta bóveda de enterramiento, el cual mandó escrebir
aquí esta memoria año del Señor de mil e quatrocientos y ochenta y dos
años, jueves 3 de enero_. La capilla de S. Pedro fué fundada por el
valeroso caballero D. Alonso Fernandez de Montemayor, adelantado mayor
de la frontera, en el magnífico vestíbulo del mihrab que le dió al
efecto el cabildo en reconocimiento de la heróica defensa que hizo de
Córdoba contra los ejércitos combinados de los reyes D. Pedro el Cruel y
Mohamad de Granada. Felizmente al erigir esta capilla para nada se tocó
á su decoracion peregrina: lo único que se hizo fué arrimar el altar á
la fachada del mihrab ó santuario, y destinar sin duda este á sacristía,
adornando los entrepaños de sus paredes con imágenes pintadas, que en
cierto modo es doloroso no se conserven hoy siendo tan escasas en España
las reliquias de la antigua pintura mural cristiana.
El magnánimo fundador yace enterrado en medio de esta capilla, en una
sencilla urna de mármol, en cuyo tablero superior se ve solamente la
banda de Castilla atravesada, entre dos dragantes: armas que tomó su
padre D. Martin Alonso de Córdoba venciendo al rey de Granada en el
memorable sitio de Castro el Rio, en 1333. Cerca de su tumba en una
pequeña lápida se lée un epitáfio que dice: _Aquí yace la noble señora
D.ª Leonor Bocanegra, nieta del adelantado D. Alonso Fernandez, señor de
la casa de Montemayor_.[368] Habia en esta capilla fundadas doce
capellanías, y era su patrono el conde de Alcaudete, de cuyo estado fué
tambien fundador el famoso adelantado. El cabildo concedió á las casas
de los señores de Alcaudete, de Aguilar, de Lucena y de Guadalcázar, del
apellido de Córdoba, y á los descendientes de este glorioso tronco, la
honrosa distincion del _doble de la cepa_,[369] que consiste en hacer
por ellos el doble ó toque de campanas con la principal de la torre, á
la cual acompañan otras tres. Fuéles este privilegio concedido en
conmemoracion de la famosa defensa de Córdoba: cúmpleseles
religiosamente hoy dia; y el viajero advertido que recorre nuestras
antiguas ciudades en busca de recuerdos consoladores, que la moderna
civilizacion no le ofrece en las bulliciosas córtes, al oir el
melancólico y grave tañido que por la desierta ciudad se difunde como
voz que se dirige á las actuales generaciones desde la augusta mansion
del eterno reposo, cree escuchar sentidos y varoniles acentos de
reconvencion de los antiguos héroes de la monarquía castellana, y
bendice la piadosa constancia que nos los conserva y perpetúa, en medio
de un siglo incrédulo y disipado, solo atento á los goces materiales, y
consagrado á pulverizar y entregar al olvido sus venerandos despojos,
sus preciosas memorias, y los saludables documentos de su honor y de su
fé. La capilla de Sancti Spiritus se fundó contigua al vestíbulo de la
antigua catedral por el mediodia, por Diego Fernandez de Córdoba, á
quien cedió ese sitio el cabildo. Luego el primer marqués de Comares,
tercer nieto del Diego Fernandez, la dió á Luis de Angulo, su tio,
veinticuatro de la ciudad, de quien la hubieron los marqueses de
Guadalcázar, sus descendientes. A esta capilla de Sancti Spiritus se
trasladó por los años de 1523 la que con el título de S. Lorenzo habia
fundado en 1298 el arcediano de Castro D. Sebastian Ruiz para su
entierro y el de los señores deanes, y entonces perdió su título
primitivo por el de S. Lorenzo[370].
El año mismo que se fundó esta capilla subió al trono de Castilla el
fratricida D. Enrique, con cuyo advenimiento sosegados los partidos,
recobraron algun aliento las artes. Deseoso este rey de cumplir la
última voluntad de su padre el vencedor de Benamarin, que yacia
depositado en la capilla real de Sevilla, y de darle un enterramiento
digno de su esclarecido renombre, mandó fabricar á espalda de la capilla
mayor, en la misma tribuna árabe que le servia de sacristía, una capilla
real, y resolvió colocar en ella no solamente el cuerpo de su padre D.
Alonso XI, sino tambien el de su abuelo D. Fernando el Emplazado, que
yacía en la capilla mayor, donde lo habia hecho enterrar la reina D.ª
Constanza. No debió ser de larga duracion esta obra, porque lo único que
se hizo fué reformar el cuerpo inferior de la referida cámara,
demoliendo su antigua decoracion de estuco y poniendo en su lugar la que
ahora se observa, que, á pesar del cuidado con que se llevó á cabo esta
restauracion siguiendo el estilo sarraceno, se distingue perfectamente
de la obra morisca por las armas de Castilla y Leon esculpidas entre los
florones de su tracería, y por la misma ejecucion de la labor, menos
concluida y menos brillante que la de los artífices de Almanzor. Serían
probablemente moros mudéjares los que la hicieron, y acaso de los mismos
que tenia la catedral á su disposicion por el privilegio atrás
mencionado. Obra de mero ornato, no tiene importancia sino para el
estudio del gusto de la época, en que, como luego veremos, reinan dos
estilos enteramente opuestos, el del sarraceno conquistado y el del
cristiano conquistador, pero adoptado aquel con preferencia por los que
rigen y gobiernan á la escandalizada gente castellana. Su distribucion
es la siguiente. Hay hácia el medio del lado de levante un arco formado
de bovedillas estalacticias, ligeramente apuntado, de bastante
profundidad, encerrado en una especie de arrabá de estuco dorado
formando ramos bellamente entretejidos. Termina el arrabá ó recuadro por
la parte inferior en una ancha faja, que corre á ambos lados sobre un
alto zócalo de menudo y vistoso alicatado, y entre sus complicados
adornos de relieve se forman círculos que ocupan las armas de Castilla y
Leon. Al lado derecho campea sobre esta misma faja un arco ornamental de
once lóbulos, encerrado en otro arrabá cuajado todo de tracería
relevada, sostenido por dos muy ligeras columnillas entregadas en el
muro. Junto á este hay otro arquito, mucho mas bajo, de siete lóbulos,
tambien ornamental, y sostenido en columnillas del mismo estilo que las
anteriores, llevando encima un escudo con las armas referidas. El lado
izquierdo ofrece igual decoracion, con la sola diferencia de ser dos los
arquitos de siete lóbulos, por tener el lienzo de pared mayor estension
á este lado, y de llevar el mas inmediato al ángulo N-O en vez de escudo
un adorno de menudísimo calado. En la pared de enfrente hay una
distribucion análoga, con un arco central profundo y arquitos figurados
y angrelados á los lados, con columnillas á la manera gótica, en las
cuales se deja ver desde luego que esta decoracion no es de estilo
morisco franco y decidido, sino de un gusto bastardo en que se asocian
elementos heterogéneos, propios de los dos artes oriental y occidental.
En esto quizás, mas bien que la falta de pureza en el arte que
tradicionalmente practicaban los artífices mudéjares, debemos considerar
una concesion hecha por el estilo favorito de la corte al celo
sacerdotal, resentido tal vez, y con razon sobrada, de que se erigiese
una Capilla Real sin contar para nada con el magestuoso estilo del
occidente.
Ejecutada la obra que ligeramente hemos descrito, mandó D. Enrique el
Bastardo trasladar á esta capilla con regia y solemne pompa los cuerpos
de su padre D. Alfonso XI y de su abuelo D. Fernando el Emplazado, que
descansaban, el primero en la capilla real de Sevilla, y el segundo en
la capilla mayor de la misma catedral de Córdoba, donde lo habia hecho
enterrar, segun queda dicho, la reina D.ª Constanza. No sabemos qué
lugar ocuparon los dos regios cadáveres; posible parece que se
destináran á cobijarlos los dos arcos rehundidos que vienen á ocupar el
centro de los dos lienzos de oriente y poniente, donde vemos hoy dos
altares. Ni hemos podido rastrear tampoco qué paradero tuvieron las
arcas de madera en que yacían, y que algun autor supone de talla
preciosa atendido el estado de la escultura en la época en que se
labraron. Las que hoy se conservan dentro de los sepulcros de jaspe que
pocos años há se les dieron en la Colegiata de S. Hipólito, no pueden
ser las primitivas, porque son enteramente lisas y no corresponden ni á
aquellos ilustres personages ni á la costumbre de aquellos tiempos.
Volvamos al carácter de la obra de D. Enrique.
Sorprende en verdad que teniendo España en el siglo XIV una arquitectura
tan bella, tan gallarda, tan cristiana en su fisonomía como la gótica
del segundo período, fuese ese rey á servirse de la sarracena para
labrar la capilla real de Córdoba; pero si bien lo consideramos, este
hecho nada tiene de estraño. La aficion á las ideas y costumbres
islamitas no es como vulgarmente se cree carácter distintivo y peculiar
de aquel otro rey tirano á quien motejó de renegado su pueblo porque le
vió dado á la poligamia, inclinado á sangrientas venganzas, acompañado
siempre de una escolta de moros granadinos, y viviendo en un alcázar de
voluptuosa y oriental decoracion como la Alhambra. No es solo D. Pedro
el que prefiere la cultura morisca á la cristiana. En la fisonomía
particular del siglo XIV es una faccion muy principal la divergencia
entre las ideas nacionales ó populares ó las ideas de la corte, y este
antagonismo se observa mas marcado en España que en ningun otro pais. En
el siglo que inaugura la era moderna es biforme entre nosotros la
espresion de todas las grandes ideas sociales: la religion, la política,
la literatura, el arte, se formulan de dos maneras enteramente opuestas
en la corte y entre el pueblo: fórmula nacional y popular, católica,
esclusista y celosa por un lado; fórmula de corte y gabinete,
filosófica, reformista, incrédula, tolerante y sin celo, por el otro. La
corte y el pueblo piensa en todo de distinto modo: la corte es escéptica
y el pueblo es creyente; la corte transige con los dos implacables y
constantes enemigos del cristianismo, los pueblos mahometano y judáico,
y la nacion anhela su completo esterminio; la política de la corte
ajusta paces con el rey de Granada para mover guerra al de Aragon, y la
política nacional abandona al renegado á su descabellado empeño
protestando de todas las maneras posibles contra la violencia que
padece; la corte ama una literatura impregnada de sensualismo y un arte
seductor y pagano, y la nacion prefiere la nervuda y varonil literatura
de sus romances y el arte austero, místico y sombrío, florecido á la
sombra de los claustros.