No tardó mucho el rey de Castilla y emperador D. Alfonso VIII en lavar

esta afrenta. Las guerras contínuas entre los almoravides y los

almohades en Africa ponian frecuentemente á los muslimes de Andalucía á

merced de los cristianos. Alí habia muerto desastradamente: era rey de

Africa y Andalucía su hijo Taxfin, el cual, no pudiendo guarnecer con

tropas africanas sus dominios de España, los tenia entregados á la buena

fé y lealtad de su virey y gobernador Ben Ganiyah. Pero este, que vivia

mas como soberano que como gobernador, habia hecho numerosos

descontentos. Al mismo tiempo un ambicioso vecino de Córdoba, muy rico y

poderoso, llamado Ben Handí, que gozaba entre los mahometanos la opinion

de santo, habia ido poco á poco insurreccionando la plebe, hasta ser por

ella aclamado rey. Noticioso Ben Ganiyah del levantamiento, se presentó

á las puertas de la ciudad con escogidas tropas y fué admitido sin

resistencia, teniendo el usurpador que desampararla para salvar la vida.

De Córdoba pasó Ben Ganiyah á sitiar á Andújar, persiguiendo á Ben Handí

que se habia refugiado en ella con sus parciales; y estos para conjurar

la venganza del ofendido virey y distraer su atencion, llamaron en su

auxilio al emperador D. Alonso, que con gran celeridad asentó sus reales

sobre la capital. Abandonó Ben Ganiyah la venganza y acudió al peligro;

pero reconociendo la superioridad del castellano, le entregó la ciudad

el dia 18 de mayo de 1146. Dia de grande abominacion fué este para los

sectarios del Islam: los historiadores árabes lo recuerdan con dolorosa

execracion, y refieren con escándalo que los cristianos penetraron en la

mezquita Aljama, ataron sus corceles á las columnas del _Maksurah_ y

profanaron con sus manos impías el sagrado Koran que se custodiaba en

su _Mihrab_[302]. Purificó este suntuoso templo el arzobispo de Toledo

D. Raimundo, y dedicándolo á Dios, celebró en él de pontifical.

Desgraciadamente no podia el emperador conservar á Córdoba ni dejar

gente para guarnecerla, y así habiéndole Ben Ganiyah prestado juramento

sobre el Koran de ser su fiel vasallo, y de mantener la ciudad en su

nombre, se la dejó confiada. No bien se alejaron de sus muros las

huestes cristianas, quebrantó su juramento el infiel musulman, y no se

contentó con esto, sino que ademas atrayendo á Andalucía con falaces

promesas á varios caballeros castellanos que mandó el emperador á

posesionarse de Jaen, los aprisionó luego que entraron en la

ciudad[303]. Irritado Alfonso con tan infame traicion, dispuso ir sobre

Córdoba con ejército muy poderoso. Cabalmente acababa de apoderarse de

Almería, habiendo reunido para esta empresa tan numerosas huestes, suyas

y de otros príncipes aliados, que la muchedumbre de los ginetes y peones

cubria las montañas y la campiña, el agua de los rios y fuentes no era

bastante á apagar la sed de todos sus caballos, ni las yerbas de aquella

comarca suficientes para darles pasto[304]. El rey Rogerio de Sicilia,

que era uno de los aliados, se habia en verdad despedido de él, despues

de espugnada Almería, para ir á campear por su propia cuenta en Africa;

tambien el conde de Barcelona y el duque de Montpellier, y los genoveses

y pisanos, que le habian auxiliado por mar con sus numerosas y bien

armadas naves, se habian ya dispersado. Nada por otra parte habrian

podido favorecerle ahora estas fuerzas de mar por el Guadalquivir,

siendo ya Sevilla conquista de los almohades. Pero sin contar los

ejércitos del rey D. García de Navarra y del conde de Urgél, podia

disponer D. Alfonso de las mesnadas de sus condes y ricos-hombres: allí

tenia á D. Fernando Joanes con las tropas de Galicia, á D. Ramiro Florez

Frolaz con las de Leon, á D. Pedro Alfonsez con las de Asturias, al

conde Ponce y á D. Fernando Ibañez con las de Estremadura alta y baja, á

D. Martin Fernandez con las de Ita y Guadalajara, á D. Gutier Fernandez

de Castro y D. Manrique de Lara con las de Castilla la Vieja, y á D.

Alvar Rodriguez con las de la Nueva y Toledo. No se descuidó Ben Ganyah

en prevenirse: reconociendo que le faltaban fuerzas para contrarestar la

acometida de Alfonso, trató solo de aumentarlas, é imitando el ejemplo

del rey Al-Mu'tamed, que por esquivar el yugo de D. Alfonso el

Conquistador de Toledo se habia entregado al de los almoravides,

prefiriendo _apacentar camellos en el Desierto á guardar puercos en

Castilla_[305], para librarse de las manos del emperador llamó en su

socorro á los almohades. Atento solo á la necesidad de rechazar á los

altivos cristianos que se disponian á sitiarle, envió un mensage á

Berraz Ibn Mohammed, general de Abde-l-mumen, emperador de los

almohades, que el año anterior habia vencido á Taxfin y estinguido el

poder de los almoravides en Africa; y en este mensage solicitó de él una

entrevista. Abocáronse los dos generales en Écija, y allí estipularon

que Berraz asistiria a Ben Ganyah con tropas, con la condicion de que el

almoravide le pondria en posesion de Córdoba y Carmona, reservándose el

dominio de Jaen. Sin esperar á que este tratado fuese ratificado en

Africa por Abde-l-mumen, tomó Berraz posesion de Córdoba y de Carmona, y

Ben Ganyah se retiró á Jaen. Arrepentido sin duda de haberse entregado á

los enemigos de su raza sin haber probado fortuna contra los enemigos de

su fé, rompió pronto Ben Ganyah su alianza con los almohades: resuelto á

contrastar en lo posible sus rápidos triunfos, quiso arriesgar contra

ellos una batalla campal en la vega de Granada, que ya recorrian

impetuosos llevándolo todo á sangre y fuego, y en el calor de la

refriega, herido de muchas lanzadas, de que no bastó á defenderle su

armadura, murió el día 21 de la luna de Xaban del año 543 (A. D. 1149).

Los almohades se apoderaron de Jaen. Aprovechando esta oportunidad el

emperador Alfonso, marchó con su ejército sobre Córdoba y la sitió. Así

que esto se supo en Sevilla, trataron los almohades de enviar á los

sitiados poderosos refuerzos. Dispusieron saliese de Sevilla con tropas

escogidas Abu-l-ghamr Ibn Gharun, y que el gobernador de Niebla Yusuf

Al-betruhí saliese con las suyas: incorporáronse estos dos ejércitos, y

á marchas forzadas avanzaron á Córdoba. Envió ademas Abde-l-mumen un

tercer ejército bajo el mando de Yahya Ibn Yaghmur; pero antes de que

este llegase, ya habia el rey cristiano tomado parte de la ciudad

haciendo una sangrienta incursion en ella, profanando de nuevo la

mezquita mayor y llevándose un rico botin[306]. Al llegar á Córdoba el

refuerzo de Ibn Yaghmur, el prudente emperador levantó el campo:

arrolláronse las tiendas, emprendióse la retirada, y no entró el

ejército auxiliar en la capital de Andalucía sino para ver desde sus

almenas relumbrar á lo lejos en la sierra las lanzas y escudos de las

mesnadas cristianas. En esta segunda entrada de las tropas de Alfonso en

la mezquita Aljama no hubo al menos desacato contra el sagrado _Mushaf_:

Berraz Ibn Mohammad se lo habia ya enviado á Africa á su rey

Abde-l-mumen con otras preciosidades recogidas en la ciudad cuando la

ocupó de resultas de su convenio con Ben Ganyah, y el Amir de los

muslimes lo tenia cuidadosamente guardado en su tesoro. Cuéntase que

este Mushaf acompañó luego á Abde-l-mumen en todas sus espediciones

militares, llevado delante de él dentro de su preciosa caja sobre un

camello, bajo un dosel, entre cuatro banderas, en las cuales se leían en

caractéres de oro versículos adecuados del Koran[307].

Grande era ya en esta época el poder de Castilla, creciendo

considerablemente al par el de los demas reinos de la España cristiana.

Grande tambien habia sido desde principios del undécimo siglo el

desarrollo del arte occidental. Pero ¿se hallará este ya por ventura en

estado de sustituir dignamente á su émulo el arte del Oriente? La

tentativa del emperador Alfonso ha sido prematura: espláyese y domine en

buen hora la forma románica en todas las grandes ciudades arrebatadas á

los califas allende los montes, en Toledo conquistada por D. Alonso el

VI, en Zaragoza y Tarragona rescatadas por D. Alfonso el Batallador. El

imperio musulman que parecia exánime despues de la muerte de Almanzor ha

recobrado nueva vida: una raza nueva le ha inoculado su sangre activa y

poderosa, los almohades aspiran á regenerarlo en Andalucía, y todavía es

la corte de los Abde-r-rahmanes reconocida por capital y centro del

mahometismo en España. No ha llegado pues la época del vencimiento

definitivo para Córdoba y su arte. Dejad que esa nueva sangre anime

nuevas formas; dejad que los almohades terminen en Sevilla el gigantesco

ensayo del arte que se proponen sustituir al arte de los Umeyas[308];

dejad que entre tanto las dos grandes monarquías enemigas que ya no

caben juntas en España desahoguen su plétora en las sangrientas batallas

de Alarcos y Muradal; y entonces será tiempo de decidir cuál de estas

dos nacionalidades tan llenas de vida, tan pródigas de su sabia, tan

épicas en sus hechos, ha de quedar dueña esclusiva de las hermosas

ciudades del Guadalquivir, con sus usos, sus artes, su lengua y su fé.

Pronto llegará el dia de la decision. Ved cuán rápidamente se pulveriza

el coloso hecho pedazos en los hondos valles de las Navas de

Tolosa[309]. La anarquía ha vuelto á apoderarse de la España musulmana

despues de la gran derrota, y los cristianos van cada dia ensanchando

sus fronteras. El arte de Occidente avanza con ellos, y tanto sube de

punto su jactancia, que ya en el primer tercio del siglo XIII (A. D.

1229) presume implantarse en Africa á la sombra de un tratado de

alianza, levantando en medio de la fastosa corte de los almohades una

iglesia cristiana. Deseoso el amir El Mamun de escarmentar á los

rebeldes almohades, solicitó del rey de Castilla tropas que pasasen con

él á Mauritania, y el rey cristiano le respondió: «No te daré ejército

si tú no me das diez plazas fronterizas que yo señale, y si Dios te

concede entrar en Marruecos, habrás de construir para los cristianos que

te acompañen una iglesia en el centro de la ciudad, en que puedan ellos

celebrar públicamente su culto tocando las campanas todo el tiempo que

duren las ceremonias. Si algun cristiano quisiese hacerse mahometano, no

se lo consentirás, sino que le entregarás á los de su ley para que sea

juzgado, y por el contrario, si algun musulman quisiese hacerse

cristiano, no permitirás que nadie se lo estorbe[310].» Cuando la

nacionalidad y la fé española podian imponer semejantes condiciones, y

cuando la nacionalidad y la fé islamita las admitian, era prueba de que

se estaba ya robusteciendo el brazo del predestinado que habia de

desquiciar las puertas de bronce de la Caaba del Occidente.

Muy urgente era por cierto la victoria, porque los terribles almohades,

en su fervoroso celo por el triunfo del Islam, á nada menos habian

aspirado que á la completa estincion de la fé de Cristo en Andalucía, y

así en Córdoba, Sevilla, Jaen y Murcia, no habia ya cristianos mas que

entre los cautivos[311].

Pero ¿qué jubiloso clamor es ese que sale de las mazmorras donde há poco

solo resonaban dolorosos alaridos y prolongados ayes de agonía? ¿Por qué

sacuden sus vibradoras lenguas con tanto brío las antes sujetas y mudas

campanas de las basílicas, ayer desiertas, abandonadas y amenazando

ruina? ¿Qué significa ese imponente rumor con que despierta sobresaltada

la poblacion entera? ¡Ah! ¡Es que ha amanecido el dia del gran desastre

para el Islam! Nadie se lo esperaba: hace unas cuantas horas solamente,

los cordobeses descansaban descuidados. Velaban solo los corazones

rencorosos ó atormentados por la ambicion, enconados en las rivalidades

de partidos; pero nadie pensaba que todo reino dividido tiene muy

próxima su ruina. Caía la lluvia á torrentes, la ciudad parecia

suficientemente defendida contra cualquiera tentativa: no habia sobre

Córdoba ejército enemigo: decíase solo que los puertos de los Montes

Marianos estaban ocupados por un puñado de almogávares[312]... ¿Cómo

pues ha podido fraguarse tan grande calamidad en tan cortos instantes en

el silencio de la noche?

Los cristianos, favorecidos por los cordobeses descontentos, se han

apoderado de la Aljarquía[313] escalando la muralla y matando á las

centinelas dormidas. La puerta de Martos está abierta á los terribles

almogávares y á la caballería de Tafor; Colodro[314] y Baños con sus

compañeros dominan las torres de aquella parte; los cautivos levantan

hácia ellos los brazos aun agoviados por las esposas; los moros muestran

en sus semblantes el pavor que hiela sus corazones, refúgianse

tumultuando en la Almedina, y obligando á tomar las armas á todos,

ancianos, mozos y niños, se aprestan á la defensa. Los valerosos

cristianos se fortalecen en el barrio de oriente mientras D. Ordoño

Alvarez y D. Alvar Perez de Castro envían corredores á Fernando con la

noticia de tan inopinado suceso, y pidiendo refuerzos. Los moros por su

parte, trocado el primer espanto en rabioso corage, piden tambien

auxilio á su Amir ausente para esterminar á los invasores. ¿Qué hace

Aben Hud al recibir la triste nueva? Emprende su marcha para libertar á

Córdoba; pero en el camino vacila, duda, reune sus alcaides, oye su

consejo, y abandonando á sus propios vasallos, se dirige á socorrer á

los agenos[315]. ¿Qué hace Fernando? Monta al punto á caballo[316],

acompañado solo de unos cien caballeros, despachando órdenes á las

ciudades, villas y concejos, para que le sigan los ricos-hombres é

hijosdalgo con sus milicias, y recomendando á los maestres de las

órdenes militares que le envíen la flor de su caballería. Así, mientras

los musulmanes se defienden desesperadamente en la ciudad alta

molestando á los cristianos con hondas, flechas, dardos y catapultas,

mientras la corte de los califas lanza su postrer grito de agonía entre

el clamoroso estruendo de los lelilís, tambores, bocinas y clarines, el

amir Aben Hud, último vástago de una gloriosa dinastía[317], va á

encontrar la muerte en manos de un correligionario traidor, y el hijo

santo de Berenguela va á sentar sus reales en el campo de Alcolea como

águila que se cierne sobre la presa. Júntansele aquí los obispos, los

ricos-hombres, los caballeros, y las mesnadas de los concejos con los

carros de guerra, las municiones y las interminables filas de reses que

van acudiendo destinadas á la vitualla. Estréchase el asedio, y los

sitiados exánimes, hambrientos, desesperanzados de todo socorro,

agoviados por el calor y la fatiga, capitulan para salvar tan solo la

vida; y el dia de los gloriosos apóstoles S. Pedro y S. Pablo (A. D.

1236) entregan la ciudad. Entra en Córdoba triunfante S. Fernando, no

coronado de laurel ni en carro tirado de tigres, leones y panteras, como

acostumbraban los orgullosos emperadores romanos, sino en humilde y

devota procesion, acompañado de los obispos D. Juan, de Osma; D.

Gonzalo, de Cuenca; D. Fr. Domingo, de Baeza; D. Adan, de Plasencia; D.

Sancho, de Coria; de los eclesiásticos y religiosos que han concurrido á

la espugnacion, y de los principales de su ejército. De este modo llegan

á la mezquita mayor, y al mismo tiempo que los tristes musulmanes

abandonan sus hogares para refugiarse en otras ciudades de Andalucía,

los cristianos enarbolan la enseña vivificadora de la redencion

juntamente con el estandarte real sobre el enhiesto alminar de

Abde-r-rahman An-nasír, donde se invocaba y encomendaba á los cuatro

vientos el nombre del falso profeta; y el ejército vencedor entona

espontáneamente en su fervoroso entusiasmo el solemne _Deus adjuva_ que

acompañan electrizados, con lágrimas de júbilo en las megillas, los

cautivos mozárabes redimidos.

¡La grande Aljama de Abde-r-rahman el _Proscrito_; la Aljama suntuosa y

deslumbradora de Al-hakem el _Sabio_ y de Almanzor el _Victorioso_; la

Caaba del Occidente, dejó ya para siempre de ser templo del Islam! El

obispo de Osma, D. Juan, que representa al arzobispo D. Rodrigo, primado

de Toledo, ausente por hallarse cerca de la Santa Sede en tan fausto

dia, la bendice con las ceremonias y preces acostumbradas, la purifica

con agua y sal, cantando los asistentes el _Te Deum laudamus_, la dedica

á la inmaculada Madre del Verbo en su glorioso misterio de la Asuncion,

hace provisionalmente erigir un altar en honor de la excelsa Señora,

celebra en él de pontifical, y dirige por último una breve y sentida

plática á los circunstantes exhortándolos á tributar gracias sin fin al

Dios de los ejércitos.

* * * * *

Es ya tiempo, benigno lector, de que vayamos reponiendo por su órden

histórico, los objetos heterogéneos que por arte de abstraccion

eliminamos de golpe en un principio, para hacerte ver con toda claridad

en la catedral cristiana de Córdoba la mas grande y bella mezquita

musulmana. Has contemplado en su estado primitivo y en su genuina

destinacion el mas precioso monumento que refleja en su largo curso el

tranquilo y magestuoso Guadalquivir; vas á verlo ahora en las

transformaciones que sucesivamente ha ido sufriendo desde la reconquista

hasta venir al estado en que hoy se encuentra.

No se dice con fijeza en qué dia empezó la mezquita purificada á tener

destino de catedral. Sábese solamente que la Sede episcopal y cabildo de

canónigos, que durante la ocupacion de la ciudad por los árabes habia

estado en la basílica de los tres mártires[318], no se restituyó á ella

sino cuando volvió de Roma el arzobispo D. Rodrigo, primado de España,

que era quien por decreto del pontífice Inocencio III tenia desde el 4

de marzo de 1210 el encargo de restituir las iglesias catedrales en

todas las ciudades que se reconquistasen, y por otro de S. S. Gregorio

IX de 26 de junio de 1234 estaba autorizado para poner y consagrar

obispos en las ciudades que antes los habian tenido. Pero consta que en

el año 1238 estaba ya electo obispo de Córdoba D. Lope de Fitero,

consejero del rey, y constituido el cabildo de canónigos de la iglesia

catedral de Sta. María[319]. La basílica de los tres mártires Fausto,

Januario y Marcial, que habia servido de catedral á los mozárabes,

recibió el título y advocacion de S. Pedro, en conmemoracion del dia en

que habia sido recuperada la ciudad.

Desde esta época ¡cuántos dias de júbilo para la nueva poblacion

cristiana, señalados en su grandiosa catedral en páginas indelebles y

sucesivas del arte nacional!

No se crea que el arte cristiano prevalido del triunfo invadió la

mezquita haciendo gala de un celo intolerante y mutilando sin necesidad

el grandioso edificio. Al contrario, tributando una sincera admiracion á

la belleza que en ella descubria, se propuso conservar cuanto fuese

compatible con las necesidades mas absolutas del templo en que habia de

darse culto á Dios crucificado. Era indispensable desde luego establecer

una capilla mayor, orientándola como era costumbre desde los primeros

siglos de la iglesia. No se conserva memoria del sitio en que fué

colocada, pero lo cierto es que por no derribar nada de la fábrica

arábiga subsistió la capilla mayor provisional por espacio de veintidos

años, y que no se celebrarian en ella muy cómodamente los divinos

oficios no teniendo presbiterio, ni sacristía, ni Sagrario adecuado. Si

fué dispuesta en lugar exento y principal, en el centro de la mezquita,

hoy al menos no se descubre rastro de ella; es posible que con la obra

de la catedral hecha en tiempo de Cárlos V haya desaparecido; pero lo

mas probable es que se arrimase al muro de oriente, ó bien que se

situase en la cámara árabe, donde pocos años despues, como veremos, se

erigió la cabecera de la primitiva catedral. Lo que sí se sabe es dónde

estuvieron la pila bautismal y el Sagrario: aquella se situó arrimada al

muro de poniente ocupando las dos naves trasversales undécima y

duodécima[320]; el Sagrario se colocó en la rica cámara de la izquierda

de las tres que forman el vestíbulo del Mihrab[321]. Decimos que

subsistió la capilla mayor provisional veintidos años, suponiendo que

permaneciese allí donde se habia colocado el altar en honor de la

Asuncion de nuestra Señora el dia solemne de la purificacion del templo;

pero en rigor no consta haya habido formal ereccion de catedral hasta

fines del año 1238. En noviembre de este año concedió S. Fernando á la

iglesia catedral de Sta. María de Córdoba y á su obispo electo D. Lope,

para sí y sus sucesores, con todas las fórmulas y solemnidades de

cancillería, las décimas de los almojarifazgos, salinas y rentas, que

tenia en Córdoba, con quinientas aranzadas de viña, y la tercera parte

de sus olivares, y cien aranzadas de huertas[322]. Ya D. Lope, antes de

ser electo obispo, habia recibido pruebas de la munificencia y

predileccion de su soberano[323]. En el año 1240 y siguientes hizo el

santo rey nuevas donaciones al obispo y cabildo, y á 15 de febrero de

1245 le hizo la última. A 13 de agosto de 1246, muerto ya el obispo D.

Lope de Fitero, y habiéndole sucedido D. Gutierre Ruiz de Olea, hicieron

el obispo y el cabildo un Estatuto, en que se estableció que todos los

bienes muebles é inmuebles, rentas, villas ó fortalezas adquiridas, ó

que se adquiriesen por uno ú otro, ó _intuítu_ de ambos, se dividiesen

en dos partes iguales, la una para el obispo y la otra para el cabildo.

La ciudad de Córdoba finalmente dió á este mismo obispo D. Gutierre por

juro de heredad, en 8 de setiembre de 1246, quince yugadas de tierra por

año y vez en el término de Carchena. Las prebendas á la sazon eran:

decanato, arcedianato de la villa, maestrescolía, chantría, arcedianato

de Castro, arcedianato de Belmez ó Pedroche, tesorería y priorato,

canonicatos y raciones. Representó el cabildo á S. S. Inocencio IV que

no eran bastantes las rentas para mantener el número de dignidades y

canónigos que habia, pidiéndole los redujese al que resultase

correspondiente á sus facultades, y habiendo el pontífice dado comision

para que con asenso del cabildo determinase dicho número, se resolvió

que el de dignidades quedase como estaba, que los canonicatos se

redujesen á veinte, y á veinte tambien las raciones; lo que confirmó S.

S. por rescripto de 26 de junio de 1247. Ocurrió la conquista de

Sevilla, y el santo rey en reconocimiento al mismo obispo D. Gutierre,

que le ayudó mucho con su cabildo para llevar á cabo aquella memorable

empresa, les dió el castillo y villa de Bella con todos los términos que

tenian bajo la dominacion sarracena. Al volver de la toma de Sevilla

hizo D. Gutierre con su cabildo un nuevo Estatuto, á 1.º de abril de

1249, dividiendo en dos partes iguales todos los derechos, tierras,

castillos y heredamientos de dentro y fuera de Córdoba y su obispado. Al

obispo tocaron Lucena y Bella con otras posesiones, y al cabildo otras

con el castillo de Tiñosa, que volvió despues á la corona. Este

instrumento es curioso, porque nos dá noticia cabal de las diversas

rentas y bienes que á la sazon poseían el obispo y cabildo de Córdoba,

entre las cuales vemos ya establecidos el tributo de treinta dineros que

habian de pagar los judíos, el arrendamiento de las tiendas hechas y por

hacer, el diezmo de la tienda de los alcaldes y el de la alhóndiga[324].

Determináronse tambien en su virtud los préstamos ó beneficios que

habian de gozar el decanato en S. Salvador, en S. Miguel la

maestrescolía, en S. Andrés la chantría, y en Santiago la tesorería; que

los arcedianatos tuviesen el _rediezmo totius pontificalis_ en sus

territorios; en cuanto á los canónigos, que cada uno tuviese cincuenta

maravedís, y veinticinco el racionero en las parroquias del obispado que

el obispo señalase, y que el derecho del cabildo en las demas parroquias

de la ciudad con las de Montoro, Castro, Ovejo y Belmez, quedase en la

mesa comun para las distribuciones cotidianas. Ultimamente, existiendo

desde el año 1246 alguna discordia entre el obispo y cabildo de una

parte, y la ciudad con el clero de las parroquias de otra, sobre algunos

artículos de concurrencias, diezmos y modo de dividirlos, inmunidad

eclesiástica y otros puntos, el Papa Inocencio IV comisionó para

ajustarlos al cardenal D. Egidio de Torres, y este por medio de un

subdelegado consiguió la concordia, que aprobó S. S. á 11 de junio de

1250. Este documento precioso nos instruye de quiénes fueron las

personas, órdenes y casas pias heredadas en Córdoba por el repartimiento

del santo rey, y de muchas de las posesiones que les fueron dadas, todas

las cuales debian contribuir con el diezmo de sus productos á la

iglesia[325].

Con estas donaciones empezaban ya á ser pingües las prebendas al morir

el rey D. Fernando y sucederle su hijo D. Alfonso X. El nuevo rey,

animado del mismo espíritu religioso que su padre, dispensó mercedes al

obispo y cabildo de Córdoba desde los primeros años de su advenimiento

al trono, y no contento con haberles concedido en el año 1258 una renta

anual de mil maravideses chicos en el almojarifazgo de Écija, en

recompensa del agravio que la iglesia de Córdoba dijo habérsele inferido

en el arreglo de términos entre su obispado y el arzobispado de Sevilla,

les auxilió aquel mismo año en la ereccion de la capilla mayor de la

catedral, concediendo muchos privilegios á la obra y fábrica.

Ya por este tiempo se habia introducido entre los piadosos ganadores de

Córdoba la práctica de fundar capillas junto á los desnudos muros de la

gran mezquita. Desde el año siguiente al de la espugnacion de la ciudad

habia dado el ejemplo el santo rey labrando para sí una, dedicada á S.

Clemente[326], contra el muro de mediodia, en un espacio que abrazaba

de oriente á poniente tres naves principales y de norte á sur cuatro

trasversales. Habíase cerrado este ámbito con paredes, dejando dentro

intactas dos arcadas árabes y arrimando á la pared de oriente el altar

del Santo á quien estaba consagrada la capilla[327]. En la décima nave

mayor contando desde el muro de poniente, pegada tambien al muro

interior de mediodia, y ocupando solo dos naves trasversales, habia

labrado Pedro Diaz de Haro en 1250 otra capilla á Sta. Inés[328]. Muy

modestas eran en verdad estas construcciones, y vergonzoso en cierto

modo para los nuevos pobladores, que los judíos que habian quedado en la

ciudad, no contentos con tener una sinagoga, estuviesen fabricando por

este mismo tiempo otra muy soberbia y elevada[329] con grande escándalo

para la cristiandad. No sabemos hasta qué punto pudo esto contribuir á

que se avivase el celo de los caballeros cristianos y del clero; pero lo

cierto es que en el año 1258 se estaban simultáneamente construyendo la

capilla de S. Bartolomé, por un famoso adalid llamado Domingo Muñoz, y

por el cabildo y el monarca juntos una catedral cristiana, en que la

gallarda arquitectura occidental, rompiendo el artesonado sarraceno para

desarrollar su elegante bóveda ojival, mostraba ya por defuera en su

gigantesca grupa[330] la emancipacion de un arte victorioso, al cual

estaba reservado trocar la faz monumental de Europa. El adalid hacia su

capilla en el ángulo que formaba con el muro interior de mediodia el

costado occidental del vestíbulo ó maksurah de Al-hakem II, tomando de

area dos naves principales y otras dos trasversales. No pudiendo esta

capilla recibir luz directa del esterior por tener detrás el ala

occidental del Mihrab, que ocupaban las habitaciones de los Ulemas y

otros ministros del culto islamita, y el pasadizo secreto del Califa, se

le dió por la pared del norte luz del templo, abriendo en ella, ademas

de su puerta ojival, dos lindos ajimeces y dos pequeñas claraboyas. El

cabildo labraba su catedral con mayor esplendidez. Eligió á este fin las

tres primeras naves trasversales del cuarto noble, empezando desde el

muro de refuerzo que marca la prolongacion de Al-hakem, y dando al buque

de la nave única que abrió, cortadas las armaduras de cuatro naves

mayores de la mezquita, una longitud de cien piés desde la puerta

interior de la cámara de la limosna hasta la cámara del centro de las

tres que cerraba la antigua maksurah. Hizo de la cámara de la limosna,

respetando su rica ornamentacion berberisca, el vestíbulo ó narthex para

entrar en la catedral: dejó el muro de refuerzo de Al-hakem tal como

estaba, sin tocar á sus atrevidos arcos ultra-semicirculares de columnas

emparejadas; pero derribó la cámara del Cadí de la Aljama[331] para

dejar espedito el crucero, y ademas las arcadas de las tres naves

trasversales que habia ocupado; derribó asímismo tres columnas fronteras

á los tres robustos machones árabes que quedaban exentos en la longitud

del buque de oriente á poniente; construyó en su lugar tres machos mas

esbeltos fortalecidos en ángulo recto con muros á modo de estribos, que

interceptaban en toda su anchura una nave trasversal; de macho á macho

volteó grandes arcos ojivales, correspondientes á los tres de herradura

de enfrente; tendió de un lado á otro una ligera y sencilla bóveda sin

nervios enlazados, dividida en cuatro compartimentos por tres grandes

arcos de baquetones, de los cuales el mas inmediato al presbiterio

descansaba en delgadas y altas columnillas, y los otros dos en bien

esculpidas repisas de cenefas caladas suspendidas á regular altura en

los entrepaños; y finalmente, tomando de costado la cámara central de la

antigua maksurah, donde presumimos tenia su asiento el Califa[332],

colocó en ella la Capilla mayor. Costeó esta capilla el rey _sabio_, y

aun contribuyó como hemos dicho á los gastos de la obra del templo, por

la cual agradecido el cabildo resolvió celebrarle un aniversario que

hasta hoy se ha venido religiosamente cumpliendo.

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