Supónese que no contento el altivo hagib de Hixem II, ó mas bien su

tirano, con haber hecho lo que dejamos referido, fué él tambien el que

reformó la capilla de la tribuna desde donde se pregonaba la alicama,

bajo la cual estaba el tesoro[289]. Quiso sin duda rivalizar en

magnificencia con Al-hakem y dejar al amparo del edificio religioso

algun recuerdo duradero de la galana imaginacion de sus _amines_[290],

presintiendo quizá la triste suerte que amagaba á su predilecta

fundacion de Azzahira, muestra suntuosa de la cultura de su tiempo

ilustrada con lágrimas de sus ojos[291]. Tal vez existian ya á manera de

ventanas en los dos costados de norte y mediodia de la referida tribuna,

los dos atrevidos arcos dobles de diez y siete piés de vano que hoy

tiene, iguales en sus columnas y en su medida á los de la gran línea de

pilares de Al-hakem que corre de oriente á ocaso; pero si realmente

estaban ya construidos, si no era la decoracion esterior de esta capilla

análoga á la de la central frontera al Mihrab, indudablemente su

intrados era liso y los adornos de su archivolta, si los tenia, eran de

un gusto que pasaba ya por anticuado. El plano de este recinto era un

rectángulo de lados desiguales. Hizo el que dirigió la obra por Almanzor

que en los costados de oriente y occidente, que eran los de mayor

longitud, se abriesen otras ventanas menores, de distinta forma de las

que habia, de arcos exornados tambien segun el nuevo estilo, y que en

los paramentos de los cuatro muros y en la cúpula que los corona,

estampase el arte sarraceno emancipado de la tradicion bizantina el

sello indeleble de sus aspiraciones, ya mas voluptuosas si bien menos

monumentales. Fueron sin duda africanos los _amines_ de Almanzor. Dieron

á estos arcos, y á los de la pieza baja ó tesoro, los festones de

lóbulos que tan gallarda y viciosamente disfrazan el verdadero objeto de

estas curvas, convirtiéndolos en orlas de cintas y nexos de encaje, y

solo respetaron las antiguas columnas y sus capiteles románicos.

Adornaron las archivoltas con menudos pometados, inscribieron los arcos

en vistosos y ámplios recuadros formados de muchas cenefas

primorosamente labradas á cincel y punzon: pusieron en las enjutas

grandes florones de nueva forma, en que campean y se enroscan sutiles

vástagos prendidos á sus bayas, formando postas y ondulosas lazadas

sobre fondo de espeso ataurique picado, á modo de culebras que se

desnudan de sus escurridizas y pintadas pieles revolviéndose en un tapiz

de flores. Coronaron los arrabás con lindas cornisillas de arquitos

entrelazados y calados, y sobre ellos hicieron correr por todos los

cuatro frentes una ancha faja de bovedillas apiñadas que fingiesen

estalactitas de oro cristalizado, en la naturaleza imposibles, pero

tambien de efecto sorprendente y hasta entonces desconocido. En las

paredes de oriente y ocaso, que eran los lados mayores del rectángulo,

figuraron de relieve los arcos de lóbulos que no podian estar abiertos,

y descansando en la ligera cornisa de su arrabá, esculpieron, á plomo

sobre las enjutas del grande arco figurado, dos ricas ménsulas con

leones asomando por ellas la cabeza y el pecho. Eran cuatro los leones,

dos en cada una de las fajas de levante y poniente, todos equidistantes,

y desde cada leon al que tenia enfrente volteaba un grande arco, cuyo

paramento avanzaba algunos piés sobre la zona inferior, y desde cada

leon al que tenia á su lado volteaba otro grande arco figurado y que no

avanzaba sobre el paramento del muro inferior. Estos cuatro grandes

arcos superiores, cada uno de ellos de veintiun lóbulos de crestería

trebolada y primorosamente adornados en las enjutas y en el fondo como

los de la zona inferior, formaban un cuadrado perfecto por haber quedado

á igual distancia sus cuatro apoyos, merced al ingenioso modo de acortar

los lados mayores poniendo los leones á plomo sobre las enjutas de los

grandes arcos de abajo. Vencida esta dificultad, y regularizado el

espacio superior encerrado en cuatro arcos torales, era ya muy sencillo

levantar sobre ellos la cúpula que habia de coronarlo. Sobre los arcos

se tendió una cornisa general, y en esta se apoyaron, cruzándose en el

espacio y deslumbrando con sus colores y dorados, como fuegos de

artificio cuyas curvas se cruzan en el domo sombrío del estrellado

firmamento, los arcos de segmentos que forman la elegante y estraña

cúpula morisca. El primoroso alizar de alicatado que cubria el zócalo de

este mágico aposento, su piso de ladrillo barnizado á la manera

persiana, sus paredes cuajadas de estucos pintados de verde y rojo

opaco, y á trechos dorados, haciendo un fondo de espeso y menudo

ataurique cubierto con un enrejado de flores, sus arcos de lóbulos

detenidamente calados y contornados con otros adornos, dan á esta

capilla, perdida en el bosque de columnas de la inmensa mezquita, el

aspecto de un cenador de apretado lúpulo y graciosas enredaderas,

recortado por la mano de las péris en medio de una selva

encantada[292].

No terminaremos la restauracion ideal de la gran mezquita de Córdoba sin

hacer mérito de otra obra preciosa, en la cual hoy nadie repara, que á

nuestro entender se ejecutó tambien en tiempo de Almanzor. Hablamos de

la decoracion de la _Cámara de la limosna_, toda de estuco, con arcos

ornamentales afiligranados, por el estilo de la capilla ó tribuna que

acabamos de describir. Habia hecho construir Al-hakem II á la parte

occidental del templo un departamento para la distribucion de las

limosnas, en el cual cualquier pobre viandante estraviado, que se

encontrase en la ciudad sin amparo y sin medios de subsistir en ella,

hallaba caritativa hospitalidad y recibia cuanto podia necesitar para

continuar su viaje. Para este objeto habia el Califa dotado el

establecimiento de una manera espléndida. El departamento que ahora nos

ocupa no era propiamente hablando una hospedería, y aun nos inclinamos á

creer que ni una noche siquiera podia pasar en él el caminante perdido;

primero, porque su limitado recinto, de una sola cámara, igual en

proporciones á la tribuna restaurada por Almanzor, no lo permitia; y

ademas, porque para hospederías, donde pudiesen los pobres permanecer,

tenia el mismo Al-hakem dispuestos otros edificios fuera de la mezquita,

y tambien á la parte occidental, frente por frente á la cámara de la

limosna (_Dar-as-sadaca_)[293]. Y no se crea que en estas hospederías

se albergaba solo la gentecilla menuda y de poco valer: Ibnu Bashkuwal

nos cuenta que el célebre poeta Ahmed Ibn Khaled estuvo largo tiempo

alli mantenido, y segun él acudian á este establecimiento los teólogos

pobres y los estudiantes necesitados que iban á Córdoba á cursar leyes,

los cuales, mientras buscaban, ó fingian buscar, en la capital

alojamiento acomodado á sus escasos recursos, vivian en el ameno trato

de muchos hombres graves, literatos, historiadores, oradores y poetas,

que eran en él agasajados. Los estudiantes, de mejor condicion que los

modernos _sopistas_, recibian comida diaria, provisiones de todo género,

y ademas una pequeña cantidad en metálico; los sabios formados tenian

asignadas pensiones anuales sobre el tesoro, cada cual segun su mérito y

circunstancias personales. La cámara _Dar-as-sadaca_ no estaba en rigor

destinada mas que á repartir la limosna entre los pobres. Su riquísima

puerta, hoy tapiada, se dibuja todavía en ambos lados interior y

esterior del muro de la mezquita, y segun Al-Makkarí era la principal

del costado de Occidente. Ya no es posible formarse una idea exacta del

aspecto que presentaria esta cámara cuando acabó de decorarla al estilo

africano el hagib Almanzor: una espesa capa de cal cubre y desfigura las

labores de estuco pintado y dorado que convertian sus paredes en

primorosa filigrana; su belleza, mejor apreciada en la edad de hierro de

la reconquista, se oculta hoy olvidada y oscurecida despues de haber

servido con brillantez á la primera catedral cristiana de Córdoba, que

hizo de dicha cámara su rico vestíbulo; y la hermosa convertida, que

halló gracia á los ojos del austero S. Fernando, no ha alcanzado piedad

en nuestros dias de tolerancia y de indiferentismo, y ahí permanece

arrinconada, vergonzante, cubierta de polvo, esperando el dia de su

rehabilitacion, y dando gracias sin embargo á su nuevo dueño porque,

aunque la tiene envuelta en una fria mortaja de yeso y cal, al menos no

la ha mutilado y reducido á polvo para poner en su lugar una capilla

churrigueresca ó greco-romana[294].

Así se conserva la interesante estancia que en la mezquita árabe servia

para repartir la limosna, y nadie se imagina que esa pieza desnuda y

pobre, que pasado el postigo de S. Miguel se ve hoy separada del cuerpo

del templo por un miserable tabique y una puerta de pino, y donde tiene

el cabildo el archivo de la estinguida capilla de música y sus libros de

coro, sea aquella suntuosa _Dar-as-sadaca_ donde la religion musulmana

se mostró menos opuesta á la religion evangélica de caridad y amor,

donde mas honrada fué la humanidad por el paganismo sarraceno, donde

menos agravio recibió la divinidad de los profanadores de la antigua

basílica cristiana, y por último, donde mas interesantes y patéticas

escenas presenció quizás la corte de las califas.

La tribuna de la _alicama_ y la _cámara de la limosna_ debieran ser

fecundas en recuerdos; pero no nos los han trasmitido los historiadores

árabes, tan minuciosos en otras cosas; y los únicos hechos gloriosos que

á estas construcciones podemos hoy referir, estan tan identificados con

la triste época del decaimiento del poderío árabe en España, como la

misma mudanza de estilo que en ellas se advierte comparándolas con las

obras arábigo-bizantinas de la época anterior. A la verdad el estilo de

su ornamentacion se diferencia notablemente del empleado en el Mihrab y

en todo el resto de la mezquita: pero ¿quién es capaz de calcular el

tiempo que necesita el arte para variar de fisonomía, cuando concurren

en una nacion trastornos tan radicales como los que acaecieron en el

Estado cordobés bajo la administracion de Almanzor? Ya lo hemos

indicado: el solo predominio de las razas africanas pudo bastar para

trocar completamente las tendencias del arte musulman. Y es muy de

advertir que el arte, menos significativo en sus formas para los mismos

que lo practican, que para nosotros que de lejos estudiamos sus

sucesivas trasformaciones, como el que desde una eminencia observa

perfectamente las varias revueltas de un magestuoso rio, ha eludido

siempre las prohibiciones que tienden á separar é incomunicar las ideas;

por lo cual, del mismo modo que las prácticas de la arquitectura arábiga

habian logrado carta de naturaleza en los pueblos cristianos de España,

así las prácticas de los africanos habrian hallado acceso entre los

arquitectos del Califato á despecho de la guerra sangrienta que se

hicieron Almagreb y Andalucía, si ya antes la amistad y fusion de estos

dos Estados no les hubiesen dado fácil y halagüeña acogida. Con solo

saber que al espirar el décimo siglo andaban andaluces y africanos en

comunicaciones tan frecuentes y amistosas como las que bajo los

Abde-r-rahmanes habian tenido andaluces y bizantinos; con solo observar

que el famoso caudillo de los Zenetes Zeyrí Ibn Atiyah envía á Almanzor

embajadas y ricos presentes en que lucen á la par las grandes

pretensiones del donador, las de la naturaleza y las del arte, y luego

le visita personalmente en Córdoba admirándole con sus nuevos presentes

y su brillante comitiva, podiamos desde luego haber adivinado una

trasformacion esencial en la fisonomía del arte andaluz. Lo que era

antes Bizancio para la sede de los califas, es ahora el Africa

occidental: es posible que el gérmen africano ingerto en el robusto

vástago hispano-oriental haya producido un arte mas bello que el

africano-berberisco, acre por su naturaleza como la índole de las tribus

auxiliares de Almanzor; pero de todos modos es africano el genio que

preside á la trasmutacion del arte cordobés y á su emancipacion de la

tutela bizantina; y es indudable que con solo atender á las fechas, y

con saber que la intimidad entre Almanzor y Zeyrí fué anterior á su

enemistad sangrienta, podiamos ya sospechar qué escena tendrian

dispuesta los arquitectos del poderoso hagib para los dos actos

capitales en que por última vez figura la gran mezquita, de anunciar á

los creyentes congregados la conquista del Africa occidental, y de

distribuir entre los pobres inmensas sumas en celebridad de la ruidosa

victoria.

Podia el Andalús celebrar con locas demostraciones de júbilo su triunfo;

pero el Africa estaba ya vengada, porque todo era en Córdoba africano:

el hagib, el ejército, las autoridades, la vida pública y privada, la

arquitectura que es su fórmula material, todo en suma. La misma tribuna

en que se leyó al pueblo de Córdoba la carta del hijo de Almanzor

refiriendo la gran batalla y victoria de Wadamena, estaba decorada al

estilo berberisco; la misma cámara ó estancia en que se dieron aquellas

cuantiosas limosnas en accion de gracias al Todopoderoso que se habia

dignado humillar y confundir al Africa rebelde, parecia en su ornato un

lujoso aposento del harem de un Edrisita.

Dejemos ya al gran monumento de la civilizacion arábigo-hispana, tal

como acabamos de describirlo, dormir un sueño secular, mientras ruedan

por encima de su espaciosa techumbre las tormentosas nubes de las

revoluciones, que, preñadas de calamidades, descargan sobre la hermosa y

desventurada reina del Guadalquivir. Las razas que alternativamente se

apoderan del trono cordobés, no dejan en la mezquita la menor huella:

pasan todas por delante de la gran fábrica silenciosa, como las

espumantes olas de un rio desbordado que con imponente murmullo se

empujan sin batir la dura peña de la orilla; y el incomparable edificio

de los Abde-r-rahmanes y Al-hakemes se mantiene intacto, sin que al

parecer introduzcan modificacion alguna en él los almoravides ni los

almohades, esperando el término del castigo que sufre la grey de Cristo

y el momento de volverse á enarbolar la triunfante enseña de la

redencion sobre las columnas que habian sustentado el templo de

Jano[295].

Acabó el renacimiento griego[296] de mas de dos siglos fomentado por los

Umeyas; desfalleció el genio árabe del Asia, y el astro de la cultura

cordobesa llegó á su ocaso. ¡Cuán cierto era que el altivo Cástor

musulman no estaba dotado del aliento divino que ahora mas que nunca

empezaba á revelar el Pólux cristiano! En vano pugnaron las huestes del

hagib por la integridad del Califato en los campos de Calatañazor; el

Estado y el arte siempre mueren juntos. El Estado cordobés muere con

Almanzor, y despues de la consternacion que con tan siniestra noticia se

apodera de sus soldados, despues del llanto que todos derraman por el

ilustre general que siempre los habia conducido á la victoria, y á quien

miraban como su padre y defensor, no es ya posible que el genio del

Oriente vuelva á sonreir en mucho tiempo sobre la tierra del

Guadalquivir.

Hemos recorrido, lector amigo, un período de doscientos diez y seis años

desde el dia en que vimos al ilustre Umeya proscrito comenzar en Córdoba

la edificacion de la mezquita Aljama, hasta la hora, para el Califato

aciaga, en que cesan con la muerte de Almanzor los embellecimientos de

este suntuoso templo, Caaba del Occidente. Durante este período hemos

presenciado grandes cosas estudiando el soberbio monumento reflejado en

el espejo mágico de la historia. Vimos primero los esfuerzos de un

hombre lleno de genio, que, entronizándose en Córdoba con su gloriosa

dinastía, y con una cultura llena de seducciones, sucesivamente rival y

amigo de Carlomagno, disputa al gran organizador de la cristiandad el

lauro de civilizador, saca de la rica mina de Bizancio los materiales

para su grande obra, y envía la luz sobrante del faro que levantó sobre

el Guadalquivir á iluminar la corte del nuevo César. Despues hemos visto

al hijo de Abde-r-rahman I secundar admirablemente la obra de

fascinacion comenzada por el famoso _intruso_; despues, dividirse su

tarea sus descendientes, encargándose unos de todo lo relativo á la

política y á la guerra, á fin de proporcionar á los otros el sosiego y

los medios necesarios para hacer florecer las artes de la paz.

Paralelamente á la cultura hispano-musulmana, se ha ido desarrollando la

civilizacion hispano-cristiana, y despues que ambas han adquirido todo

su natural crecimiento, ha sido preciso que la una fuese gradualmente

cediendo el campo á la otra, como sucede con dos árboles corpulentos que

no caben en el mismo terreno. Primero el genio del Occidente estuvo como

adormecido desde que se eclipsó la estrella de Carlomagno: la Europa se

creyó condenada á perpétua barbarie, á pesar de las escitativas promesas

de la Iglesia; los encargados del regimiento de las naciones católicas

perdieron de vista su divino norte, y en momentánea y triste oscuridad

unos contra otros blandieron truculentos las fratricidas lanzas: período

funesto de desórden y confusion que estimuló los brios y alentó las

esperanzas de los sectarios del falso profeta. Pero la reconciliacion de

los hijos de la Iglesia trajo al cabo el iris de paz á la cristiandad

sobre un mar de sangre musulmana en Calatañazor; y mientras la _peña de

las águilas_[297] estaba bañada de roja espuma, el sol del Califato

doraba apenas las torres de la mezquita con sus crepusculares fulgores.

¡Grande fué para la verdadera civilizacion del Occidente el triunfo de

aquella jornada! El orgulloso tronco de los Umeyas fué tronchado por el

rayo; el árbol cristiano, ya lozano y pujante, puede ahora dilatar

libremente sus ramas hasta sombrear la misma tierra de donde procede su

gérmen; y el arte occidental, en un principio menesteroso y mendicante

cuando el Epulon musulman derramaba á manos llenas sobre la reina del

Bétis las galas de Bizancio, se está disponiendo para ir á llamar con

arrogancia á las puertas de Córdoba musulmana con la civilizacion de la

cruz exaltada por los ejércitos del hijo de Berenguela.

Descanse pues el gran templo por tantos califas reformado y

engrandecido, y manténgase como mudo testigo de las rápidas invasiones,

insurrecciones sangrientas, guerras civiles y traiciones que hormiguean

y zumban á su pié[298], hasta que le llegue el dia de mostrarse como una

aparicion fantástica á los ojos atónitos de los guerreros de S.

Fernando. No se crea sin embargo que todo este tiempo han de contemplar

pasivos los reyes de Castilla la integridad del símbolo islamita. Tres

veces se pusieron sobre Córdoba las huestes cristianas. Dos veces

penetraron en ella conducidos por el valiente emperador D. Alfonso

VIII, y otras dos fué la mezquita ocupada, purificada luego y consagrada

al verdadero culto. Estos hechos de armas merecen referirse.

Vivian los mozárabes de Córdoba bajo los almoravides pacífica y

cómodamente, aunque cautivos. Adormecidos bajo el suave yugo de sus

dominadores, iban ya casi olvidando su religion y su lengua

materna[299]: Alí, hijo de Juceph, que era á un mismo tiempo monarca en

Africa y en Andalucía, los colmó de distinciones: les concedió armas, y

les dió por capitan á otro cautivo, caballero catalan, que le habia

fielmente servido en Africa ganándole muchas victorias contra los

almohades. Pero esta paz era funesta á los desdichados mozárabes, y la

Providencia habia decretado volverlos á purificar en el fuego de las

tribulaciones. Entra el famoso D. Alfonso _el Batallador_ con grande

ejército en Andalucía, pónese á vista de Córdoba, causando tanto terror

en los mahometanos, que abandonan sus haciendas y se encierran en sus

fortalezas; y entonces los cristianos cautivos, como súbitamente

libertados de un lánguido y peligroso desmayo, armados de sobrenatural

energía, corren en tropel en busca del rey D. Alfonso, y con súplicas y

lágrimas le piden se les lleve á su reino, pues mas quieren perder sus

casas y bienes que la religion de sus mayores. Condesciende el rey á su

peticion, y al levantar el campo, aléjanse con él de Córdoba diez mil

familias mozárabes, á las cuales dió luego _el Batallador_ en sus

dominios tierras y privilegios[300]. Fué tal la exasperacion de los

mahometanos de Córdoba por esta fuga de los cristianos, que de comun

consejo determinaron estinguirlos. ¡Ay de los infelices que quedaban

dentro de la ciudad! A muchos quitaron cruelmente la vida, á otros

castigaron atrozmente poniéndolos en estrechas prisiones. A todos

despojaron de sus bienes, y á los que quedaron con vida, despues de

muchas injurias, los deportaron al Africa. Algunos tal vez podrian

librarse huyendo al reino de Toledo, y estos dejarian despues las

noticias de los parages donde habian quedado ocultas las reliquias y

santas imágenes que veneraban. Tambien entonces destruirian los

mahometanos muchas basílicas y profanarian otras convirtiéndolas en

mezquitas[301].

Córdoba · 第 16 / 53 段