Va pues á cerrarse el primer milenario del cristianismo. La cristiandad,

semejante á Israel al pié del Horeb y del Sinaí, espera la voz de Dios

prosternándose con vagos terrores y estremecimientos. El mahometismo

gárrulo y triunfante se arma de nuevo contra la cruz: al sabio y

pacífico y sensual Al-hakem sucede el intrépido, osado y duro Almanzor;

y con él nuevas desolaciones para los cristianos de España, nuevas

derrotas, nuevas cadenas; y nuevas conquistas, nuevos trofeos para los

sectarios del Islam. La monarquía asturiana y leonesa, tan llena de

gloria antes, cubierta de oprobio ahora por el forzado reconocimiento de

Castilla como condado independiente, y por haber trabado alianza con los

infieles para domar á sus vasallos sediciosos, cree llegada su hora

postrera: el victorioso Almanzor pasea por ella sus banderas

triunfadoras y nunca humilladas, invade las marcas españolas, apodérase

de Barcelona, conquista á Leon forzando sus montañas y obligando al

enfermizo Bermudo á refugiarse en Oviedo con sus tesoros y reliquias,

entra en Galicia asistido de caudillos cristianos traidores que reciben

del pródigo hagib pingües remuneraciones[278], alarga la pujante mano á

Santiago de Compostela, á la famosa Caaba de los bautizados de

Occidente, y vuélvese á Córdoba á ocupar con magestad el usurpado trono,

haciendo que los míseros vencidos acompañen á sus veloces ejércitos

llevando en hombros las campanas bendecidas del gran templo profanado.

Cataluña, Leon y Galicia, sufren alternativamente el tremendo azote: no

hay año en que el Atila del décimo siglo no alcance contra los reyes de

la trabajada España una ruidosa victoria. Todos los años al abrirse en

los campos los rojos botones de las primaverales amapolas, tiene tambien

que abrirse á impulso de las lanzas y saetas bereberes la ancha vena de

la fecunda sangre cristiana; y hay años en que sobre la misma nieve dura

el rojo matiz en el campo desde una á otra primavera, si por acaso al

recogerse sus huestes á cuarteles de invierno, se encuentran con bandas

enemigas asaz temerarias para cerrarles el paso de los montes[279].

¿Quién creerá, sin embargo, que no es la monarquía cristiana la que

sucumbe, sino el Califato cordobés? ¿Quién podrá imaginarse que no va á

ser el Catolicismo sino el Islam el que salga herido de muerte en los

campos de Calatañazor? Este resultado, no obstante, podia preverse: la

molicie de la vida oriental iba enervando insensiblemente á los árabes

andaluces. No es ese terrible Almanzor, no, la verdadera personificacion

del Estado cordobés: advertid que no es él el Califa, sino un mero

hagib; el Califa es el afeminado é impotente Hixem II. Vedle ahí, y no

confundais al uno con el otro, que son hombres de temple muy diverso.

Ese que por única vez en muchos años quizá se presenta hoy á vuestros

ojos saliendo de Córdoba á una hora insólita, cabalgando en compañía de

algunas mugeres, entre una numerosa escolta de guardianes mas que

guardias de honor, que so pretesto de dejarle espedito el camino

ahuyentan á todos los viandantes y gente curiosa para que no se acerquen

á su persona, ese es el Califa reinante, último vástago de los

degenerados Umeyas. Observad como él y sus mugeres van para no ser

conocidos encubiertos con ámplios albornoces, con los capuchones calados

sobre los ojos. La escolta entre la cual va como preso, aunque

satisfecho el menguado, no obedece mas voluntad que la del déspota

Almanzor, y cuando le haya dejado solazarse unas cuantas horas entre los

arrayanes y cipreses de la quinta regia, adonde ahora le conduce,

volverá á depositarlo en su alcázar, como se deposita en su joyero una

rica insignia de que se ha hecho el uso oportuno en una pública

ceremonia. De todos los atributos de la soberanía no conserva ya ese

desdichado mas que el de estampar su nombre en la moneda y en la franja

de su vestidura. Desentendiéndose del belicoso tráfago que repugna á sus

instintos, y desconociendo la índole de la agitacion que causan en su

Estado los numerosos ejércitos de berberiscos, egipcios, mamelucos,

esclavos y renegados, que dirige el usurpador de su autoridad, pasa la

indolente é inútil vida en los brazos de sus sultanas y concubinas,

encerrado en sus palacios y jardines. ¡Cuán diverso su omnipotente

ministro! Ceñido siempre el arnés de batalla, no dá punto de reposo á

los enemigos del Islam, y mientras el Califa se hunde con la gloria de

los Umeyas en su lecho de flores, hace él que sus soldados recojan

cuidadosamente despues de cada refriega el polvo de sus arreos militares

para que á su muerte no le sepulten en otra tierra que la recogida en

sus innumerables victorias. Mas, ay, que la sangre africana, aunque

enciende la pupila y ennegrece las manos[280], es impotente para

regenerar lo que los vicios asiáticos han corrompido. Las victorias de

Almanzor solo significan que el poder pertenece momentáneamente á las

razas bereberes, pero que el astro del Islam, antes deslumbrador, se

aproxima á un ocaso preñado de tempestades. Sus terribles invasiones y

conquistas son los sacudimientos convulsivos de un moribundo que se cree

lleno de juventud y vida porque rompió unas miserables ligaduras.

Sujétenle como es debido, unan sus esfuerzos renunciando á mezquinos

odios esos príncipes cristianos que separados son nada, y cuyos brazos

juntos pueden encadenar á ese rabioso gigante, y se verá repetida en la

última batalla que este les presente la lucha de Hércules con Anteo.

Tambien el arte musulman tiene que espirar sofocado por el arte

cristiano, como muere, cuando el grano de mostaza se convierte en árbol

robusto, la débil planta que al brotar le daba sombra. Pero antes de que

esto se verifique hará nuevos esfuerzos para asegurarse la vida: se

trasformará, intentará seducir como fantástica decoracion, y para

perpetuarse al amparo del engaño, fingirá que renuncia á la condicion de

_monumental_ y que solo aspira, fiel compañero de los refugiados en

Granada, á permanecer con ellos sirviéndoles de leve y lujosa tienda

real el tiempo que tarden en verse repelidos allende el estrecho.

Esfuerzos de un arte que declina, sacudimientos de un Estado moribundo,

todo lo personifica Ben Abi Aamir Almanzor, cuyo anhelo es sellar una

gloriosa protesta contra la inevitable decadencia del Califato, entre

los cristianos con sus triunfos, entre los muslimes con sus grandes

construcciones. Sus magníficos palacios y dorados pabellones igualan, si

no sobrepujan en riqueza, á los construidos por los sultanes Umeyas.

Azzahira se levanta en pocos años en la frondosa ribera del Guadalquivir

emulando las portentosas construcciones de Azzahra; agrúpansele en torno

las deliciosas quintas de los wazires, katibes, generales y cortesanos;

puéblanse de torres, granjas y jardines, todos los terrenos hasta ahora

no cultivados de la sierra y de la campiña, y la Aljama de la capital,

notablemente engrandecida, va á ostentar como trofeos del mahometismo

triunfante los despojos de la mas rica catedral cristiana clavados en su

techumbre. En efecto, las campanas de la arruinada basílica de Santiago

penden ya de sus poderosos trabes, mutiladas y mudas, sirviendo de

lámparas al culto del Koran despues de haber proclamado con sus

clamorosas lenguas el culto del santo apóstol: las chapadas puertas del

mismo profanado templo yacen tendidas sobre las pintadas vigas de

alerce[281]; la gran catedral de Compostela, abierta, saqueada, llena de

escombros, solo habla de ruina y desolacion á los devotos peregrinos de

lejanas tierras; y la mezquita de la orgullosa corte musulmana se

ostenta ensanchada, enriquecida, pintada, embellecida con mármoles y

mosáicos, y esmaltes, y doradas cúpulas, y maksuras, y alfombras y un

cuento de luces, y embalsamada con el azahar, el ambar-gris y el aloe, y

ceñida con su cinto de torres, y festonada con sus dentadas almenas, y

guardada con sus ricas puertas de piedra, estucos, mosáicos y bronces, y

finalmente, hecha oasis, no de un desierto, sino de un paraiso, con las

murmuradoras fuentes y los olorosos naranjos y las esbeltas palmeras de

su atrio pensil. ¿Quién no habia de temer, si no el fin del mundo, por

lo menos el fin del cristianismo?

Mientras el rey Bermudo, resuelto á no ver repetida en mengua propia la

pérdida que afrenta la memoria de Rodrigo, vence el desaliento, olvida

sus achaques, triunfa de vanos terrores, hace el noble sacrificio de sus

enojos y resentimientos, y procura reducir los inquietos ánimos del

castellano y del navarro á una poderosa liga contra el formidable

enemigo de la cristiandad, Almanzor pone en Córdoba el complemento á su

gloria terminando las obras de la mezquita. Hacia ya algunos años que la

Aljama habia recibido el ensanche con que hoy se conserva, y por ser

esta la última modificacion hecha por los califas en el gran templo

sarraceno, referiremos su causa y modo segun de los historiadores árabes

se colige.

Habiéndose aumentado el vecindario de Córdoba con las cabilas enteras

que á ella acudian de la costa de Berbería y otros puntos de Africa, y

creciendo cada vez más en importancia y esplendor la corte de los

califas, no bastaban ya los arrabales y las afueras de la capital para

contener esta superabundancia de poblacion, ni tampoco la mezquita

Aljama era suficientemente espaciosa para que cupiesen en ella los

fieles que se agolpaban á la oracion los dias de juma. Ideó pues

Almanzor ensancharla por la parte de oriente, no pudiendo verificarlo

por la de poniente por la demasiada proximidad del alcázar, que convenia

conservar separado de la mezquita, y lo primero que hizo fué ganarse las

voluntades de los dueños de las casas y almacenes que habia que derribar

por aquel lado, ofreciendo indemnizarles con toda liberalidad. Todos

accedian, y todos eran ámplia y generosamente indemnizados, pues ademas

de pagárseles sus casas en dinero contante, se les construían nuevas

viviendas en otros puntos de la capital. Pero entre las personas

expropiadas debia entrar tambien una anciana, que siendo dueña de una

casita en que habia una hermosa palmera, se negaba rotundamente á

cederla por ninguna suma mientras no se le diese otra casa que tuviera

asímismo su palma. Mandó Almanzor que se buscase á toda costa, aunque

hubiese que pagarla un millon de dinares; así se hizo, púsose á la

exigente vieja en posesion de su nueva casa y de su nueva palmera, y

vencidas todas las dificultades, empezaron los arquitectos del califa

Hixem la obra. Los exigentes suelen ser afortunados: todos los edificios

del terreno incorporado á la mezquita vinieron al suelo, y es probable

que solo se conservase en pié la palma de la vieja, porque dice

Al-Makkarí que este árbol venia á caer en el proyecto dentro del

ensanche del patio, donde el afortunado vegetal tenia ya otros

compañeros[282].

¡En la nueva edificacion trabajaban arrastrando cadenas los infelices

cristianos que Almanzor habia llevado á Córdoba cautivos, de vuelta de

sus periódicas espediciones!

[Illustration: PLANTA DE LA MEZQUITA DE CORDOBA SEGUN ESTABA EN TIEMPO

DE LOS ARABES.

1 _Vestíbulo del Mihrab._

2 _Mihrab ó santuario._

3 _Maksurah, recinto privilegiado y cercado, solo accesible al Ymám y á

los ulemas, alkhatibes, almocries y demas ministros del templo._

4 _Habitaciones de los ministros del culto y sirvientes de la Mezquita;

sobre las de la derecha estaba el pasadizo que por medio de un puente

comunicaba con el Alcazar._

5 _Recinto donde se armopor orden de Al-hakem la Maksurah antigua._

6 _Tribuna desde donde se hacia la alicama ó pregon interior convocando

á la azala. Debajo de ella estaba el tesoro ó joyero._

7 _Puesto del Califa._

8 _Puesto del cadi de la Aljama._

9 _Dar-as-sadaca ó cámara de la limosna._

a _Atrio ó patio-jardin de la Mezquita._

b _Pórticos._

c _Entrada principal y Alminar._

A _Mezquita primitiva de Abde-r-rahman é Hixem._

B _Parte añadida por Al-hakem, luego cuarto noble; reservado á la

nobleza y personajes de la corte._

C _Ensanche dado por Almanzor._

]

Derribóse el muro de oriente[283], y se abrieron los cimientos para el

nuevo muro á distancia de ciento ochenta piés del antiguo en toda la

línea de norte á mediodia. Añadiéronse á la mezquita propiamente dicha,

esto es, al cuerpo cubierto del edificio, ocho naves grandes, todas

iguales y del mismo número de arcos que las ya existentes, prolongándose

de resultas ciento ochenta piés las treinta y tres naves menores que se

cruzan en ángulo recto con las principales corriendo de oriente á ocaso.

Formábanse sin embargo en el nuevo departamento treinta y cinco naves

trasversales en vez de las treinta y tres del antiguo, porque no se

prolongó el ala de habitaciones que caía á oriente del Mihrab y que

ocupaba el espacio de dos naves. La prolongacion de las naves menores no

se hizo con la servil y monótona uniformidad á que solemos esclavizarnos

los modernos: los arquitectos árabes no entendian las reglas de la

simetría como se profesan hoy, huían de lo que llamamos _euritmia_ y se

satisfacian produciendo la unidad por medio de la variedad sin buscar

correspondencia forzosa de partes semejantes[284]. En la parte añadida

por Almanzor se creyó inútil dar á los machones de carga del muro del

norte las mismas dimensiones, un tanto exageradas, que tenian los del

muro primitivo reforzado por An-nasír[285], y se ganaba por consiguiente

un espacio de seis piés en la longitud de las naves mayores por el lado

del norte. Mas no pudiendo dar á la primera de las menores seis piés más

de anchura de la que tenian, por no consentirlo la altura de las

columnas, imaginaron sin duda los arquitectos, que en vez de repartir

ese pequeño esceso por igual entre los treinta y tres arcos de la

tirantez de norte á sur, era preferible para el buen efecto conservar en

línea y perfecta correspondencia las tres ó cuatro primeras naves,

añadiendo una nave más en el espacio ganado por la dimininucion del

grueso de los machones, y ensanchando las naves sucesivas donde

pareciese mas conveniente. De resultas de esto, la nave primera

trasversal de la parte prolongada no pudo por la estrechez suma de sus

intercolumnios conservar la plena cimbra de sus arcos; fué preciso

aproximar los arranques de estos, y romper su elegante curva para que no

bajase de la altura apetecida, y entonces por la primera vez quizá se

vió en los edificios de la España árabe el arco apuntado, ú arco

_ojivo_, llamado despues á cambiar totalmente la fisonomía del arte

monumental en la edad media[286]. El arco de este modo roto en el punto

culminante de su curva, adoptó desde luego en aquella pequeña nave

todas las decoraciones de que es susceptible: adaptó á su intrados los

lóbulos, prodigados como ligeros festones en las arquerías del _Mihrab_,

lo adornó graciosamente con el sencillo trébol, y prolongó por la parte

inferior sus dos arranques formando la ojiva túmida, tan repetida

despues durante el segundo período del arte hispano-musulman. Allí en

efecto, en aquel breve espacio de siete piés escasos de anchura y ciento

ochenta y cinco de longitud, apuró la arquitectura de una sola vez, y al

primer ensayo, aun no terminado el crítico y terrible milenario primero,

todas las formas de arco que habian de emplearse en los cuatro siglos

consecutivos: circunstancia puramente casual, y de la cual sin embargo

no dejarán de sacar partido para sostener la primacía de España en el

sistema ojival los que equivocadamente miran estos meros accidentes como

generadores de las grandes innovaciones arquitectónicas, y no como su

resultado. No se intentó disimular el ensanche de que vamos hablando; al

contrario, parece que se trató deliberadamente de señalarlo de una

manera inequívoca, para lo cual, donde estaba el antiguo muro de

oriente, ahora línea divisoria entre la undécima y duodécima de las

naves mayores, se levantó una fila de robustos machones,

convenientemente espaciados, y entre sí unidos por grandes arcos

angrelados, arrancando de esbeltas columnas pareadas, unidas al grueso

de los referidos machos. Nunca el arte clásico antiguo hubiera fiado tan

espaciosos vanos á tan sutiles apoyos, como son esas columnas que de dos

en dos envían á las parejas opuestas los gallardos arcos festonados que

sirven como de embocadura al edificio de Almanzor. Pero los arquitectos

de Abde-r-rahman I y de Al-hakem II habian hecho ya con felicidad igual

alarde en la grande arquería de la fachada interior que mira al patio, y

en la de refuerzo que divide la mezquita primitiva de su prolongacion

hácia el mediodia, y no habia por qué temer ahora su repeticion. Pasa

hoy uno con cierto sobrecogimiento por debajo de esos atrevidos arcos de

ocho metros de elevacion, y seis, siete, y aun ocho de vuelo, al

considerar que descansan en columnas de unos tres metros de altura

incluso su capitel, y solo la robustez de los machos á los cuales se

arriman las gráciles parejas, puede inspirarle la confianza de que no

vendrán al suelo cansadas de tan sobrenatural esfuerzo.

Para mayor solidez del largo edificio agregado por Almanzor, se prolongó

hasta su muro oriental, cruzando en ángulo recto con la mencionada

arquería de refuerzo tendida de norte á sur, la línea de pilares y

grandes arcos que señalaba el límite meridional de la mezquita

primitiva: con lo cual quedó la actual Aljama dividida en cuatro partes

desiguales, á que se dió el destino que diremos, completando tal vez la

separacion entre una y otra, aunque esto no consta de una manera

positiva, por medio de canceles ó tabiques de madera. La parte añadida

por Al-hakem, en cuyas estremidades se alzaban las dos maksuras nueva y

antigua, se denominó _cuarto noble_: estaba reservada, como queda dicho,

á la nobleza y personages de la corte, ocupando los ulemas, alkhatibes,

almocries y demas ministros del templo, con el Imam, el recinto

inmediato al Mihrab. Los tres cuartos restantes eran para el pueblo, y

probablemente estaban en ellos divididos los sexos, si es cierto, como

asegura un historiador citado por Al-Makkarí, que dentro de las naves

habia dos puertas que conducian al recinto de las mugeres.

Con la parte añadida por Almanzor formaba la mezquita Aljama un gran

cuadrilátero rectángulo de seiscientos cuarenta y dos piés de longitud

de norte á sur, y cuatrocientos setenta y dos de anchura de oriente á

poniente[287], encerrado en cuatro gruesos muros almenados,

fortalecidos con torres albarranas cuadrangulares, en considerable

número, y de distintos cuerpos, disminuyendo segun su elevacion. El muro

del sur, que por el declive del terreno alcanzaba una altura formidable

y prodigiosa, internándose sus cimientos hasta una profundidad

descomedida, estaba guarnecido con diez y nueve torres, contando las que

le flanqueaban en ambos esquinazos, que eran mas voluminosas, y comunes

á los dos muros de oriente y occidente. El muro de occidente tenia

catorce; el del norte tenia cinco, ademas del magestuoso alminar erigido

sobre la puerta principal; por último, el de oriente estaba robustecido

con diez torres, todas correspondientes á la parte que sufria el empuje

de las naves, pues en el muro del patio no habia por aquel lado ninguna.

La mayor parte de estas torres se conservan: subsisten tambien aquellos

venerables y anchos muros: y si la casualidad, ó el deseo, te llevan, oh

paciente lector, á esa antigua ciudad que fué un tiempo el emporio de la

civilizacion musulmana de occidente, no dejes de subir á lo alto de la

gran mezquita: cuando te halles entre aquellas denegridas y fuertes

almenas, que forman un dilatado feston de puntas, ó mas bien dientes de

sierra, hollando con tus piés aquellas altivas torres, te imaginarás

hallarte recorriendo las terrazas solitarias de los magníficos palacios

de los Persas Sassanidas; creerás oir los gritos de guerra del ejército

de Khaled y el zumbido de sus voladoras flechas, y ver á la fugitiva

dinastía de Cosroes abandonándote el silencioso recinto de sus

endentadas construcciones. Entonces comprenderás á la primera impresion,

de quiénes aprendieron los árabes vencedores á erigir sus monumentos.

Verás tambien magestuosamente tendidas ocupando el inmenso cuadrilátero

que bordan las sagradas almenas, y en perfecto paralelismo, las diez y

nueve quillas de las naves con que parecia cubierto el gran templo antes

de abrumarle con sus actuales bóvedas, y te figurarás que al despedirse

los árabes de su amada Córdoba cuando surcaban su rio veloces carabelas,

dejaron en carena esas diez y nueve naves para volver algun dia por

ellas.

Las puertas esteriores de la mezquita eran diez y seis: seis al patio ó

atrio de las abluciones, dos á oriente, dos á poniente, dos al

septentrion; diez al edificio cubierto, de esta manera, tres por

occidente al cuarto noble, con otra puerta que daba ingreso á las

dependencias de la mezquita, dos, tambien por occidente, y cuatro por

oriente, al gran buque destinado al pueblo. Las puertas interiores eran

veintiuna, sin contar las de las dependencias del templo y la del

pasadizo secreto del Califa: diez y nueve en la estensa y magestuosa

fachada del patio, y las dos arriba mencionadas que dentro del buque de

la mezquita conducian al recinto ó departamento reservado á las mugeres.

Todas las puertas esteriores eran por lo general rectangulares, formadas

por arcos-dinteles inscritos en otros arcos ornamentales de herradura:

sus dovelas blancas y de color alternadas: las blancas ricamente

exornadas de follages relevados, de estuco; las de color de precioso

mosáico de ladrillo rojo y amarillento cortado en menudas piececitas

rectilíneas. Ceñía al arco de herradura un ancho y precioso arrabá de

cenefas cuajadas de labores, y ostentaban igual riqueza de ornato los

tímpanos entre el arco y el dintel, las enjutas, las fajas, y las

ventanillas de tablas de alabastro perforado que, ya encerradas en

arquitos sobre marmóreas columnillas, ya partidas en graciosos agimeces,

flanqueaban en uno ó en dos órdenes las referidas puertas[288]. En

algunas de estas veíanse cornisas voladizas sostenidas en ménsulas

formando antepecho con sus almenillas dentadas y sus matacanes, dando al

sagrado edificio aspecto de fortaleza y recordando los belicosos

orígenes de la propaganda islamita.

[Illustration: ORNAMENTACION DE UNA DE LAS PUERTAS DE LA CATEDRAL

(_Córdoba._)]

[Illustration: CAPILLA DE VILLAVICIOSA.

(_Catedral de Córdoba._)]

[Illustration: ESTERIOR DE LA MEZQUITA DE CÓRDOBA.]

Córdoba · 第 15 / 53 段