Y sin embargo el fervoroso entusiasmo de Al-hakem encuentra todavía

nuevos medios de embellecimiento: resuelve prolongar las once naves

ciento cincuenta piés más hácia el mediodia, construyendo un santuario

que no tenga igual en el orbe. Dejemos á un historiador árabe[255], cuya

autorizada voz suena hoy por primera vez en nuestro idioma vulgar,

referir la meritoria reforma de este Sultan. «Lo primero que hizo

Al-hakem, luego que sucedió en el Califato, fué ocuparse en aumentar y

hermosear la mezquita Aljama de Córdoba. Fué este el primer acto de su

gobierno, encargando la inspeccion de las obras á su hagib y espada de

su estado Chaâfar ben Abde-r-rahman, el Eslavo, por decreto espedido á

cuatro dias por andar de la luna de Ramadhan del año 350 (961 de J. C.)

al dia siguiente de haber sido jurado Califa. En el decreto se prevenia

al mencionado Chaâfar que comenzase por hacer los acopios de piedra

necesarios para los cimientos; y así fué que el acarreo comenzó en la

misma luna de Ramadhan. Habíase el alcázar de Córdoba llenado de

gente[256], de manera que á las horas de la azala la mezquita no podia

contenerla, y los asistentes se apretaban y atropellaban por falta de

espacio. Al-mustanser[257], pues, se dió prisa á la construccion del

nuevo edificio que se habia de añadir, y salió en persona de su alcázar

para hacer las mediciones y trazar la construccion, llamando para que le

asistiesen en dicha operacion á los maestros y geómetras, los cuales

trazaron el nuevo edificio desde la quibla de la mezquita hasta lo

último del atrio, cogiendo esta añadidura en su longitud las once naves.

Tenia de largo lo añadido noventa y cinco codos de norte á mediodia, y

de ancho de oriente á occidente otro tanto, como el ancho de toda la

mezquita. De esto cortó el pasadizo del alcázar, destinado para la

salida del Califa á la azala, al costado del mimbar, dentro de la

Maksuráh, con lo cual el nuevo edificio llegó á ser la mas hermosa

añadidura jamás hecha á mezquita alguna.»

«En el año 354 se terminó la obra de la _cubba_[258] que coronaba el

mihrab en la parte de la mezquita que añadió Al-hakem. Fué esto en la

luna de chumada postrera.»

«En el mismo año se comenzó á colocar el _sofeysafá_[259] en la mezquita

Aljama de Córdoba. Habia el emperador de los griegos regalado á Al-hakem

una porcion de aquella manufactura, y este le habia escrito rogándole le

enviase tambien operarios, tomando ejemplo de lo hecho en una ocasion

semejante por Al-walid ben Abde-l-malek, cuando estaba construyendo la

mezquita de Damasco. Volvieron, pues, los embajadores que Al-hakem envió

al emperador griego, trayendo consigo un artífice y ademas trescientos

veinticinco quintales de _sofeysafá_ que aquel príncipe le mandaba de

regalo. Al-hakem mandó luego hospedar convenientemente al artífice

griego, y proveerle de todo lo necesario con la mayor abundancia; lo

cual hecho, dispuso que varios de sus esclavos trabajasen con él á fin

de instruirse en su arte. Hiciéronlo así, ayudándole en la colocacion

del _sofeysafá_ traido del Oriente, y aprendiendo con aquel maestro

hasta lograr perfeccionarse en dicha industria y trabajar por sí solos,

como lo verificaron luego que el maestro se volvió á su tierra, pues

Al-hakem le despidió por no necesitar mas de él, con muchos regalos de

vestidos y otros objetos. Por lo demas, en la añadidura de Al-hakem

compitieron y rivalizaron los maestros mas afamados de toda la tierra.»

«Del 10 al 20 de Xagüel del citado año cabalgó Al-hakem de Azzahra á la

mezquita de Córdoba, y entró en ella, y examinó detenidamente las obras,

y lo que ya estaba concluido. Luego mandó recoger las cuatro columnas

que estaban antes sirviendo de jambas á la puerta del antiguo _mihrab_,

y que se custodiasen en lugar seguro para colocarlas en el nuevo, que

por su mandato se construía á la sazon con la mayor perfeccion y

solidez. Eran las cuatro columnas de incomparable hermosura en su

género.»

La historia de lo construido por órden de Al-hakem es en todo notable.

Mientras se estaba haciendo la obra, se suscitó una acalorada disputa

entre los arquitectos respecto del punto hácia el cual debia mirar la

quibla, con objeto de colocar el nuevo mihrab ó santuario donde debiese

estar realmente. Unos pretendian que debia estar al sur como habia

estado siempre, y como la habia situado An-nasír en su mezquita de

Azzahra; al paso que los mas entendidos en matemáticas y astronomía

sustentaban que debia fijarse un tanto inclinada hácia el oriente[260].

Divididos así los pareceres, el faquíh Abú Ibrahim se presentó á

Al-hakem, y le dijo: ¡Oh príncipe de los creyentes! Todas las gentes de

esta nacion han vuelto constantemente sus rostros al sur al hacer sus

oraciones: los Imames que te precedieron, los doctores, los cadíes y

todos los muslimes en general, dirigieron siempre sus miradas al sur

desde los tiempos de la conquista hasta hoy: al sur inclinaron siempre

todos los _tabíes_ como Musa Ibn Nosseyr y Haush As-san'aní (¡Dios los

perdone!) las quiblas de cuantas mezquitas erigieron en esta region.

Recuerda, oh príncipe, aquel proverbio que dice: mejor es seguir el

ejemplo de los otros y salvarse, que perderse por no seguir la senda

trillada. Oido lo cual, esclamó el Califa: ¡Por Allah, dices bien!

Seguiré el ejemplo de los _tabíes_, cuya opinion en esta materia es de

gran peso. Y mandó que la quibla se pusiese donde el faquíh proponia.

Erigióse entonces el santuario al estremo de la prolongacion de las

naves, en la central como habia estado siempre, mirando exactamente á

mediodia. Entre el muro interior del sur y el muro esterior reforzado

con torreones, se dejó un espacio de unos quince piés, que se dividió en

once compartimientos correspondientes á las once naves de la mezquita;

el del centro se destinó al santuario, y los de los lados se reservaron

para habitaciones de los ministros del culto y otros usos. Quedaba de

este modo el Mihrab en la mitad justa del lado del sur, con dos alas

iguales una á cada lado. En el ala de occidente habia un pasadizo

secreto, que conducia desde la mezquita al alcázar por medio de un arco

que unia ambos edificios, pues el palacio que habitaban en Córdoba los

califas se dilataba hasta muy cerca del templo por el lado de poniente.

Este pasadizo, cuyas puertas estaban artificiosamente dispuestas[261],

sin duda para la mas completa seguridad del alcázar y de la mezquita,

abria paso á lo interior de la Maksurah, recinto suntuoso y reservado,

que por los tres lados de oriente, norte y poniente, comunicaba con las

naves cortando tres de estas en su longitud, y por el mediodia formaba

cuerpo con el muro interior de la mezquita. Era la Maksurah un lugar

privilegiado, cerrado en contorno por una especie de cerca ó verja de

madera, primorosamente labrada por ambas haces interior y esterior[262]:

estaba coronada esta preciosa cerradura de almenas, para que por su

destino de cortar toda comunicacion entre el Califa y el pueblo imitase

mas propiamente la forma de una muralla. Esta magnífica armazon, de

veinte y dos codos de altura hasta su remate, daba su nombre á la parte

de fábrica que ocupaba, mas magnífica aun que su contenido y que el

nuevo trozo de la nave central que iba desde la antigua hasta la moderna

quibla, que era rico en sumo grado por las labores y dorados de sus

capiteles y pilastras[263]. La fábrica en que se armaba la Maksurah

propiamente dicha formaba en su planta un gran rectángulo partido en

tres, casi cuadrados, sobre los cuales se levantaban tres domos

bizantinos de peregrina esbeltez. El domo de enmedio servia como de

vestíbulo al santuario, y era de los tres el mas sorprendente por sus

proporciones, perfiles y decoracion. ¿A qué deciros lo que era? Esta

parte de la mezquita se conserva en lo principal; mejor pues os referiré

lo que todavía es para asombro y mengua del arte moderno. Figuraos un

recinto donde la solidez de la construccion, las dificultades mas

grandes del arte y los cálculos de la ciencia, se hallan tan

admirablemente disfrazados, que el conjunto que se ofrece á la vista

aparece como una concepcion fantástica que no puede subsistir. Nueve

siglos de existencia tiene ya, sin embargo, esta especie de creacion

poética, que mas que una construccion de piedras, mármoles y mosáicos,

columnas, arcos, impostas, zócalo y cúpula, se creeria una morada

encantada, aérea é impalpable, labrada por las fadas del Oriente; y no

hay el menor indicio de que tan maravillosa fábrica no pueda durar aun

otros nueve siglos en igual estado. Estriba toda la mole en una especie

de cámara claustreada con una tan sutil arquería, que las columnas

parecen las varas del pabellon de una princesa tártara, y los arcos

inferiores que de unas á otras voltean, festones de recamadas cintas,

primero apretadamente arrolladas, y dispuestas luego en forma de aspa,

entregadas á sus naturales ondulaciones, solo prendidas por las

estremidades. Digna hubiera sido esta peregrina decoracion del vestíbulo

del palacio de Malek Johanna en Susa aun para el dia de boda de una de

sus hijas[264]. Sobre los arcos de festones, ó propiamente hablando

_angrelados_, que se cortan como queda dicho formando un aspa dentro de

cada intercolumnio, se elevan siete graciosos y leves arcos de

herradura, que muriendo en el muro de mediodia, cierran el cuadro y

terminan el cuerpo bajo del suntuoso vestíbulo que describo. Encima de

esta doble arquería, en que las esbeltas columnillas superiores se

representan como lindos y ágiles mancebos circasianos encaramados en

hombros de esclavos indios con las ballestas levantadas, corre una

imposta, labrada y ligera, que abraza y corona los cuatro frentes y

divide la fábrica del domo en dos zonas, alta y baja, esta cuadrangular,

aquella de distinta forma, segun vas á ver. Sobre esta imposta que acabo

de mostrarte descansan gráciles columnillas emparejadas, volteando

grandes y atrevidos arcos semicirculares, con tal arte dispuestos, que

parecen imitar sus curvas guirnaldas entrelazadas de un corro de

hermosas odaliscas, porque los arcos voltean, no desde cada columna á la

correspondiente de la pareja inmediata, sino dejando la pareja inmediata

en claro: de este modo, siendo dos las parejas de columnillas que

estriban en la imposta en cada frente, se forman en el espacio ocho

arcos torales, en dos grandes cuadriláteros contrapuestos, sus arranques

se cruzan formando ocho puntas de estrellas (prosáicamente diriamos

_pechinas_), y en el centro resulta un anillo octógono con ocho

graciosas caidas como prendidas á los capiteles de las ocho parejas de

columnas. Entre punta y punta, un elegante arco ultra-semicircular, al

cual se adapta una tabla de alabastro calada, deja á la vista paso

dudoso al azul del cielo; con esto, ostentando la cúpula que sobre el

octógono y sus pechinas se levanta un verdadero prodigio del arte

mosáica por los dibujos y vivos esmaltes con que en ella se fingen las

mas preciadas estofas del Asia, el domo bizantino reproduce á la

imaginacion del que absorto lo mira una ligera tienda de campaña de

sedas, lino y oro, fija en tierra con ocho varas dobles colocadas en

círculo, henchida por un recio viento, y como tirando para desprenderse

y alzarse rápida á la region de las nubes. Parecida á esta concibe la

mente enardecida con las maravillosas descripciones de las leyendas

orientales, las tiendas de Baharam Gur y de los ostentosos reyes del

Catay.

[Illustration: CAPILLA DEL MIHRAB, desde un angulo (Catedral de

Cordoba)]

[Illustration: CAPILLA DEL MIHRAB.

(Catedral de Cordoba.)]

Por entre la elegante arquería que mas que sostener el domo parece

pender de él, como penden de un chal de Persia sus entretejidos

caireles, y que á los ojos esperimentados de un famoso viajero del siglo

XII era superior por la delicadeza de su ornato á las mas esquisitas

producciones del arte griego y musulman[265], aparece al fondo la

sorprendente fachada del _Mihrab_[266], que cuando recibe los

reflejos del sol poniente brilla como un paño de brocado cuajado

de pedrería, y que debia deslumbrar como la vision de un palacio

encantado de lapislázuli, oro, carbunclos, rubíes y diamantes, cuando en

el mes de Ramadhan ardian bajo aquella esmaltada cúpula las mil

cuatrocientas cincuenta y cuatro luces de la lámpara mayor y el gran

cirio de sesenta libras que lucía al lado del Imám[267]. Esta fachada, á

pesar de su imponderable riqueza, no presenta la menor confusion: todas

sus líneas estan trazadas para servir de ornato y realce al arco que dá

entrada al santuario, pues no tiene mas partes que estas: el arco con su

espaciosa archivolta, sus jambas lisas con columnillas entregadas en su

grueso, su arrabá[268] contornado de grecas, y una ligera arquería sin

vanos en la parte superior, sobre cuyo macizo descansa la imposta que

divide los dos cuerpos alto y bajo del domo[269]. Pero es tal la

profusion y galanura del ornato de cada una de estas partes, que es

preciso renunciar á pintarla con la pluma. ¡Qué dovelas, qué archivolta,

qué enjutas, qué tableros, qué recuadros, qué arquería trebolada, qué

tímpanos, qué entrepaños! Y despues, ¡qué deliciosa combinacion de las

grecas con los follages persas y bizantinos, y con las figuras

geométricas! No son estas últimas, sin embargo, las que mas campean,

como sucede luego en la degenerada ornamentacion propiamente musulmana;

lo principal ahora son las grecas, mas ó menos sencillas, unas de

garbosos vástagos con sus hojas formando postas, otras de caprichosas

ajaracas en que los troncos y las folias, la palmeta griega y el loto

asirio, el lirio y el tulipan, las piñas, las flores de ojos y los

contarios, se combinan de mil diversos modos, trazando siempre los

tallos y las hojas las mas graciosas curvas, y el todo reunido las mas

elegantes cenefas, la mas caprichosa tracería. Añádase que esta

ornamentacion está toda ejecutada sobre mármol delicadamente esculpido,

ya desnudo y blanco, ya revestido de menudísimo mosáico de diversos

colores cuajado con vidrio y oro; que las inscripciones cúficas que se

leen en ella alternando con el luciente _sofeysafá_ son tambien de oro

sobre fondo encarnado ó azul ultramarino; finalmente, que las

columnillas de los dos cuerpos alto y bajo son de mármol con los

capiteles dorados; y si ademas teneis á la vista el dibujo de este

bellísimo vestíbulo, os podreis formar una leve idea de la creacion mas

maravillosa que existe del arte árabe-bizantino, y del arrobo que

produce en el alma del que en su original la contempla. En el grueso de

cada jamba del arco de entrada al santuario hay dos columnillas, una de

mármol negro y otra de jaspe, con capiteles de mármol blanco

prolijamente esculpidos. Si no le engañó á Al-Makkarí su ciego

entusiasmo, estas cuatro columnillas fueron antiguamente dos de jaspe

verde y dos de lapislázuli. Sobre ellas asienta á modo de cimacio una

imposta de donde arranca el arco, y en ella se lée en caractéres cúficos

de oro sobre fondo encarnado una inscripcion partida en tres cenefas ó

listones. Unidos ambos lados, dice así: «En el nombre de Dios clemente y

misericordioso: dése alabanza á Dios que nos dirigió á esto, á que no

podríamos por nosotros ser dirigidos si no nos hubiera dirigido Dios, á

cuyo fin vinieron á nosotros los legados de nuestro Señor con la verdad.

Mandó el pontífice Al-mostanser Billah Abdallah Al-hakem, príncipe de

los creyentes (favorézcale Dios), á su presidente y prefecto de su

cámara Giafar ben Abde-r-rahman (complázcase Dios en él) añadir estas

dos columnas, despues que lo fundamentó en el santo temor de Dios y su

beneplácito. Concluyóse esta obra en el mes de Dhilhagia, año 354 (965

de J. C.).» Esta inscripcion parece dar á entender que de las cuatro

columnillas que hoy se ven entregadas en el grueso de las jambas que

sostienen el arco de _sofeysafá_, dos fueron mandadas poner por

Al-hakem, y las otras dos pertenecian al antiguo Mihrab que se habia

demolido para prolongar la mezquita; pero ¿quién es capaz de decir hoy

si fueron las de mármol negro ó las de jaspe las que se añadieron por

órden de tan magnífico Califa, ó si realmente podrian ser de

lapislázuli, juzgándose este inestimable congiario digno de

perpetuarse en caractéres de oro? Solo Dios lo sabe.

[Illustration: (_Córdoba._)

ÁNGULO DE UNO DE LOS TABLEROS DEL ZÓCALO DEL MIRHAB.

_Piezas de marmol de siete pies._]

El santuario es un pequeño recinto heptágono con pavimento de mármol

blanco, zócalo formado por siete grandes tableros de lo mismo, arquería

ornamental, y bóveda tambien de mármol, labrada de una sola pieza en

figura de concha, orillada de una elegante moldura. Los seis lados de

fábrica del heptágono, pues el sétimo lo ocupa el vacío que sirve de

ingreso, estan decorados con preciosos arcos trebolados sostenidos en

columnillas de mármol con capiteles dorados de esquisito trabajo; y

estas columnillas descansan en una cornisa bajo cuyos módulos corre una

faja de caractéres dorados esculpidos en el mismo mármol de las tablas

que componen el zócalo ó subasamento. Dentro de este santuario se

custodiaba el famoso mimbar de Al-hakem II, que era una especie de

púlpito ó reclinatorio, al cual aseguran los historiadores árabes que no

habia otro en el mundo que se igualase, por la materia de que estaba

construido y por su trabajo. Era de marfil y de las maderas mas

preciosas, como ébano, zándalo rojo y amarillo, bakam, aloe de la India,

limonero y otras; costó 35,705 dineros y 3 adirhames[270]. Tenia nueve

escalones ó gradas. Asegúrase tambien que estaba compuesto de treinta y

seis mil piececitas de madera, unidas entre sí y realzadas con clavos de

plata y oro, y con incrustaciones de piedras preciosas. Su construccion

duró siete años, empleándose en él diariamente ocho artífices. Este

púlpito, que por lo visto era de mosáico de madera, pedrería y metales,

de gran prez, estaba reservado al Califa, y en él se depositaba tambien

el objeto principal de la veneracion de todos los muslimes de Andalucía

y Almagreb[271], que era una copia del Koran que se suponia escrita por

Othman, y aun manchada con su preciosa sangre. Guardábase este ejemplar

en una caja de tisú de oro sembrada de perlas y rubíes, cubierta con una

funda de riquísima seda encarnada, y se ponia en un atril ó facistol de

aloe con clavos de oro. Su peso era estraordinario, tanto que apenas

podian entre dos hombres sostenerlo; colocábase en el mencionado púlpito

para que el Imám leyese en él el Koran á la hora de la azala, y

concluida la ceremonia se sacaba de allí y se llevaba á otro parage,

donde permanecia cuidadosamente guardado con los vasos de oro y plata

destinados á la iluminacion del mes de Ramadhan[272]. El parage que

segun las ligeras indicaciones de Edrisí servia de tesoro era una

especie de capilla que hoy se levanta en sitio inmediato al antiguo

Mihrab al norte de la actual Maksurah, parte de otro espacioso y

magnífico recinto que interceptaba la nave central y las dos laterales

adyacentes, y donde se armó sin duda la Maksurah antigua por disposicion

de Al-hakem. De este modo puede suponerse que quedando el cuarto mas

noble de la mezquita completamente cerrado al pueblo por ambos lados de

norte y sur con las dos Maksuras, y ocupada esta seccion por los

principales personages de la corte y oficiales palatinos, no sería fácil

que se cometiese ninguna irreverencia en la persona del Imám ni en el

venerado Mushaf[273] cuando este era sacado ó restituido al tesoro por

dos ministros y un tercero delante llevando un cirio encendido[274].

Quedaban las dos Maksuras una enfrente de otra, y ambas á dos

comprendian el mismo espacio, al menos en su longitud de oriente á

poniente, puesto que interceptaban las tres naves del medio de las once

que la mezquita tenia. Ambas Maksuras ó canceles se han perdido: hoy ni

siquiera podemos formarnos una idea cabal de su dibujo; lo que se

conserva casi intacto de aquel tiempo es ese suntuoso recinto de tres

capillas que ocupaba la Maksurah de Al-hakem; y del recinto que ocupaba

la Maksurah antigua, que el propio Califa mandó armar, solo existen dos

capillas desfiguradas, la de la nave mayor y la de la contigua á

oriente[275]. Esta última se hallaba dividida en dos partes, alta y

baja, por un piso de unos cuantos piés de elevacion sobre el suelo de la

mezquita: en lo alto se hacia la alicama ó pregon interior para la

oracion, y en la parte baja, que hoy aun se conserva en forma de covacha

ó capilla subterránea, estaba el tesoro. En la capilla del centro, hoy

capilla de Villaviciosa, tenia su sitio reservado el Califa cuando no

hacia de Imám, y en la de Occidente, que ya no existe[276], se veía el

puesto del Cadí de la Aljama. De la decoracion interior de estas tres

capillas cerradas por la antigua Maksurah, nada puedo, benigno lector,

referirte, porque ni la soberbia sacristía de Villaviciosa, ni mucho

menos la capilla de nuestra Señora de este nombre, eran en tiempo de

Al-hakem lo que son ahora: por la decoracion del Mihrab que ligeramente

te he bosquejado, podrás forjarte á tu gusto ó dejar en tinieblas las

bellezas que yo suprimo. De la decoracion esterior tan solo se conserva

de aquella época la arquería que hace frente al Mihrab, semejante en un

todo á la de la fachada de su vestíbulo, donde si te place volverás á

representarte una atrevida suerte gimnástica de esclavos indios y

saeteros circasianos, ó lo que mas te cuadre segun los recuerdos que se

despierten en tu mente.

Obras de este género en ninguna parte se construían mas que en Córdoba:

nunca, cristianos ni muslimes, habian visto creaciones artísticas

semejantes; así que, unos y otros contemplaban absortos el Mihrab y sus

mosáicos cuajados de cinabrio, lapislázuli y oro, el vestíbulo y sus

tres elegantes cúpulas lanzadas gallardamente al espacio, el domo

principal reverberante y deslumbrador suspendido en el aire sobre un

sutil anillo de puntas, la nueva Maksurah y su soberbia talla, las

encintadas arquerías de los dos recintos coronados de cimborios, las

puertas de oro, el pavimento de plata[277], la nave de tracería dorada,

el mimbar de maderas aromáticas. Todos confesaban que ni en

Constantinopla, ni en Damasco, ni en Aquisgran habia maravillas

semejantes... Y sin embargo el poderoso Titan mahometano no se dá por

satisfecho. Parécele á Al-hakem que las fuentes del patio de las

abluciones no corresponden á la grandiosidad de la mezquita, y manda

colocar en él cuatro magníficas pilas de una sola pieza, dos para las

mugeres á la parte de oriente, y dos mayores para los hombres á

occidente; pero quiere que estas pilas mayores asombren por su tamaño y

vengan labradas de la misma cantera de la sierra. Empleáronse en esta

obra digna de romanos mucho tiempo, mucha gente, muchísimo dinero; mas

se ejecutó con felicidad, y la muchedumbre atónita vió llegar lentamente

por un plano inclinado, espresamente construido, hasta el lugar

destinado en el atrio de la mezquita, las dos enormes pilas, una tras

otra, en fuertes carras de roble hechas al intento, y tiradas cada una

por setenta robustos bueyes. Tomóse para los cuatro pilones el agua del

acueducto erigido por Abde-r-rahman II, depositándola en un gran

recipiente revestido de mármol: corria dia y noche, y lo que sobraba,

despues de empleada en los menesteres de la mezquita, se distribuía por

tres cañerías que iban á surtir otras tantas fuentes públicas en los

tres muros de norte, oriente y poniente del edificio.

Con estas grandiosas empresas se entretenia el arte musulman en España

cuando espiraba el décimo siglo para la cristiandad y con él el

entusiasmo artístico en los reyes y pueblos del Occidente. ¿Y qué mucho?

La Europa cristiana se hallaba ceñida como por un anillo de hierro y

fuego: por el norte los normandos, por mediodia y oriente los

mahometanos, la estrechaban con nueva furia. Los monasterios se trocaban

en fortalezas, y al divisar de lejos en el horizonte la polvareda de

los escuadrones ó los dragones de los bárbaros, los pobladores se

guarecian entre sus muros; cerrábanse las puertas, acudíase á las armas,

y todos se aprestaban á la defensa ó á las salidas. Para elegir un abad

se echaba mano del personage mas temido de la comarca; por otra parte

los magnates ambicionaban los bienes de la iglesia, la mitra y el

báculo, y los conseguian en cambio de su protectorado. De aquí

desórdenes irremediables, violacion de reglas, desprecio de los cánones,

olvido de los estudios, depravacion del clero, ignorancia universal.

Abandono de las ciencias, de las letras, de las artes, de la oracion y

del recogimiento, que son sus fuentes fecundas, todo se esplica

perfectamente en el décimo siglo, y bien se comprende que en vista de la

desorganizacion presente concibiese la humanidad temores de ruina

general y muerte. Lo único que humanamente no se esplica es que el

espíritu cristiano, el espíritu de regeneracion y vida, resistiese á

tantos embates, y que en el momento de hacer lugar aquel caos al primer

crepúsculo de luz, aun hubiese santos en la tierra.

Córdoba · 第 14 / 53 段