Bueno es estar con niños--cuando retumba el trueno,

de copas y convite --el estrépito oyendo:

que gira á la redonda --el escanciano bello

mientras nubes coronan --los árboles del huerto.

¿Ves las ramas engadas --del dulce y grato peso,

que el viento las menea,--que brillan en el suelo?

Tanto agradó al rey esta improvisacion, destello genuino del

materialismo horaciano, que mandó traer dulces y colacion, copas y licor

Sahbá, y que viniesen los músicos y cantores. Durante el convite hacia

el rey que el esclavillo provocase la verbosidad de su katib: díjole al

oido que le tirase una copa á la cabeza, y el niño lo ejecutó al punto:

felizmente Abdallah acertó á evitar el golpe, y esclamó: Oh linda cara,

no seas cruel, que no está bien la crueldad con la hermosura: el cielo

hermoso cuando sereno es muy apacible, y ahora su saña nos horroriza y

espanta[233]. Sus palabras parecian un agüero. Aquel mismo dia fué

Mohammed á la mezquita á la hora de la azala, y hallándose en ella

arreció la tormenta: ya el trueno y el relámpago se percibian juntos, y

á poco con horrísono estruendo cayó un rayo en el soberbio edificio de

Abde-r-rahman I, sobre la alfombra misma en que oraba el sultan, dejando

instantáneamente sin vida á dos personas de su comitiva[234].--¡Justo

castigo del cielo! pensarian espantados algunos de los cristianos

ocultos, que por temor de la persecucion fingian seguir de grado la vida

y costumbres de sus opresores[235].--¡Allah está por el sultan!

prorumpirian los muslimes mas fervorosos al ver que el rayo habia

dejado ileso á Mohammed matando á su mismo lado á dos hombres. ¿Dirán

estos lo mismo cuando lleguen á la envanecida corte las tristes nuevas

de calamidades mayores?

El año 873 toca á su término: en Córdoba no se reciben mas que noticias

de infortunios y desastres. Ha sido tan grande la sequía en todas las

tierras dominadas por los islamitas, en Arabia, Siria, Egipto, África y

España, que han fallado los manantiales y las fuentes, los campos no han

producido frutos, y la esterilidad y carestía han sido como fabulosas.

Ha muerto de hambre la gente pobre, el hambre y las aglomeraciones de

cadáveres han producido una horrible pestilencia, causa á su vez de una

gran despoblacion. En Arabia va quedando la madre de las ciudades

desierta de sus vecinos; apenas se ve en ella mas que gente pasagera, y

la Caaba está cerrada á naturales y peregrinos[236]. Viene el año 874, y

con él nuevos escarmientos. El dia veintidos de la luna de Xawal,

habiendo amanecido el sol claro como de costumbre, empieza hácia la hora

de _almagréb_ á moverse la tierra, con espantoso ruido y

estremecimiento. Acompañan al terremoto ráfagas violentas que desploman

muchos edificios, torres y alminares; envuelven la ciudad rápidas y

densas nubes oscureciéndola de repente; los estampidos del trueno suenan

tan terríficos y repetidos, que el pueblo congregado en la mezquita

mayor se siente sobrecogido de invencible espanto. Seis musulmanes caen

en pocos instantes muertos; los demas, cediendo al terror, huyen en

encontradas direcciones dejando la azala interrumpida. Solo el Imam y

unos pocos devotos permanecen en sus puestos. Entre tanto el huracan

arranca de cuajo las arboledas seculares, la tierra se abre,

desmorónanse los peñascos, muchas fortalezas y palacios quedan nivelados

con el polvo: las aves abandonan sus nidos, las fieras salen de sus

madrigueras, y los habitantes, temiendo ser sepultados vivos entre sus

desquiciados muros, buscan en el campo abierto un refugio donde implorar

la clemencia del Eterno[237].

Nunca los hombres han visto ni oido cosa semejante. Para colmo de

infortunio, este mismo año sufre Mohammed una gran derrota en sus

huestes toledanas y cordobesas que le obliga á solicitar la paz del rey

leonés. Las armas cristianas empiezan á adquirir nuevo brillo: Alfonso

III fortifica á Zamora y á Toro, funda á Porto y restaura á Chaves y

Viseo; y Mohammad muere disertando como filósofo[238], mientras sus

vasallos rebeldes desafian su poder como guerrero. A no ser por las

enojosas disensiones ocurridas entre los cristianos, quizás el imperio

islamita occidental se hubiera disuelto bajo los dos inmediatos

sucesores de este Sultan.

Es muy de observar cómo se refleja en la famosa mezquita cordobesa la

suerte de cada reinado. Abde-r-rahman II y Mohammad, menos afortunados

con los cristianos y con los muslimes sediciosos que sus antecesores,

solo dejan en ella un leve recuerdo de su pasagera grandeza. No son

monarcas que conquistan y fundan: esta gloria solo pertenece á

Abde-r-rahman I é Hixem; pero son monarcas conservadores, obsequiosos

con la razon de estado, celosos de su autoridad, amantes del fausto y de

la magnificencia; y es sabido que los reyes llamados á conservar son mas

espléndidos que creadores, mas propensos al lujo y á los placeres que á

los goces de las grandes innovaciones. Todo el tributo que un personage

rico de medios y sin mision innovadora puede ofrecer al genio de su

siglo, se reduce á derramar sus tesoros sobre las obras de los artistas.

Así literalmente lo ejecutan Abde-r-rahman II y Mohammad, á cuya

oriental prodigalidad debe la gran mezquita el oro que aun hoy ostenta

en muchos de sus capiteles. Sus sucesores Al-Mundhir y Abdullah alcanzan

el mismo destino: enérgicos y resueltos cuando se trata de hacer la

guerra y de administrar justicia, nada hacen por el progreso del arte.

¿Ni cómo es posible que consagren al mundo de la belleza sus

meditaciones un príncipe como Al-Mundhir, que apenas brilla cual fugaz

metéoro pasando en dos años escasos de su proclamacion en Córdoba á su

muerte en el campo de batalla, y un príncipe como Abdullah, su hermano,

que aunque llamado á encanecer bajo el solio, vive siempre envuelto en

una atmósfera de sangre y de esterminio? Ambos fueron justos, ambos

valientes y generosos, piadosos y clementes, en ambos lucieron las dotes

que distinguen á los grandes reyes, y sin embargo ni el uno ni el otro

lograron hacer época en los anales de la civilizacion árabe-hispana. Tal

vez por lo mismo que fueron mas humanos con los vencidos, mas tolerantes

con los infelices cristianos mozárabes que sus jactanciosos

predecesores; por lo mismo que mantuvieron con religiosidad las paces

que con los reyes de Asturias y Leon ajustaron, y porque fué menos

visible bajo su imperio el antagonismo de las dos civilizaciones; por

eso mismo quizá palidece en cierto modo la arábiga cultura á su sombra,

y á pesar del incremento que durante su administracion alcanza la

riqueza pública, ningun monumento grande marca la huella de las bellas

artes en sus dominios. Porque no es precisamente el oro el fomento de la

noble arquitectura; no son las épocas de mayor riqueza ni los estados

mas prósperos los que escogen las varoniles doncellas hijas predilectas

del genio para hacer sus apariciones en la tierra: muchas veces por el

contrario se complacen en visitar á las generaciones mas trabajadas por

las públicas calamidades, mas menesterosas y mas faltas de sosiego, como

para hacer ver á los mortales que los goces de la inteligencia no se

compran, sino que solo se obtienen cuando á Dios place dispensarlos.

No busquemos, pues, en la suntuosa Aljama recuerdos de la grandeza de

los sultanes despues de los tiempos de persecucion y de escándalo, de

lucha y de encono, que personifican Abde-r-rahman y Mohammad, hasta que

llegue el dia en que el primer Califa cordobés ponga el complemento al

proyecto gigantesco del primer Amir. Diríase que al desaparecer de la

escena de horrores y protestas las colosales figuras de S. Eulogio,

Alvaro, Saulo, Samson y Valencio, gloriosos maestros de mártires,

desaparecen con ellos los esfuerzos del islamismo fascinador. Cristianos

y muslimes parecen olvidados de sus respectivos destinos: malgastan

aquellos en sus discordias intestinas el fecundo calor que solo debian

emplear en la santa empresa de la reconquista, y embotan en luchas

fratricidas el noble sentimiento de religion y patriotismo que inspiró

á sus mayores la generosa protesta de Covadonga; los mahometanos por su

parte desperdician tambien en interminables guerras de partidos la

energía que comunicaba antes á sus corazones el precepto de la guerra

santa, y ocupados en sofocar sediciones, celebran paces cuando á sus

reyes conviene con los enemigos del Islam. Cristianos y musulmanes viven

por espacio de medio siglo como vecinos tranquilos, con mas paz aun de

la que entre sí se conceden los hijos de una misma religion y de una

misma sangre. Pero el hombre no es dueño de alterar los decretos de la

Providencia, y muslimes y cristianos tienen que terminar forzosamente la

obra para que fueron conducidos á acampar frente á frente en las

fértiles llanuras de España. Llegará la época en que recobrando los dos

antagonistas sus instintos primitivos, y ambos interiormente impelidos á

ventilar la secular contienda iniciada en el Oriente, se determinen á

declararse implacable guerra, aspirando cada cual á quedar dueño

esclusivo del campo; y entonces volverán nuevamente á pronunciarse las

facciones genuinas de los dos opuestos principios. Y entonces tomarán de

cada parte el templo y el palacio, en que se reflejan la vida civil y

religiosa del magnate y del pueblo, su fisonomía especial y privativa,

para no volverse á confundir[239] hasta que en uno ú otro campo la

soberbia mole de la civilizacion se desplome y quede reducida á

escombros.

El arte musulman ha iniciado su carrera admirablemente al abrigo de las

asiduas meditaciones de los dos primeros amires. ¿Cómo no habia de salir

una cosa grande de un nido calentado por águilas caudales? Pero hé aquí

reproducida la fábula de Leda[240], porque tambien el arte cristiano

comienza á desplegar vistosas alas, cobijado por los Alfonsos y Ordoños,

no menos respetables que los Abde-r-rahmanes y los Hixemes, y este, lo

mismo que su émulo, aspira á la inmortalidad. Los dos fueron engendrados

en la hermosa reina griega, porque en realidad es la misma musa que

inspiró á los arquitectos de Pericles y de Alejandro la que revela ahora

sus graciosos y nobles contornos bajo el tosco paludamento visigodo y

bajo la abigarrada vestidura siria; los dos se jactan de haber sido

producidos por un aliento divino, los dos se llaman hijos de Júpiter, y

efectivamente tan egregias dotes ostentan á porfia cada cual por su

lado, que muchos dudan cuál sea la verdadera obra inspirada por la

Divinidad. Pero cuenta que el uno es Cástor, y el otro Pólux, es decir,

que el uno es mortal y el otro no. El arte arábigo, formado por el

consorcio de la belleza griega con la fantasía oriental, como Cástor

engendrado en la union de Leda con Tíndaro, perecerá lo mismo que

pereció el héroe griego, al paso que el arte cristiano, producto de la

belleza antigua desarrollada en Atica y Corinto y del espíritu fecundo

que la gracia de Dios comunicó á la humana mente por mediacion del

Verbo, durará cuanto dure el mundo, así como es inmortal tambien el

hermoso Pólux, hijo de Júpiter y Leda. Los dos artes gemelos, pues, son

aventajados en belleza: los dos crecen y se desenvuelven paralelamente

ricos de medios y de seduccion; y ha de llegar el dia en que á fuerza de

trato y de comunicacion, se identifiquen tanto en sus gustos, que llore

el uno con inestinguible llanto la prematura muerte del otro, así como

Pólux lloró la muerte de su hermano y le amó hasta el estremo de cederle

la mitad de su inmortalidad para que los dioses le restituyesen por

intervalos á la vida.

Es muy curioso ver cómo se dispone el Cástor musulman á disputar la

palma de la inmortalidad, mientras el Pólux cristiano crece bajo su

sombra. ¿A quién mejor que á los tres califas cuyas imágenes van ahora á

deslizarse por ante nuestros ojos, pudiera estar encomendado el

desarrollo de ese poderoso vástago oriental? Ved á Abde-r-rahman el

Grande, á ese esclarecido príncipe que encadena con una mano el Africa á

España y con la otra sofoca las añejas rebeliones, dando al cabo de dos

siglos unidad é independencia al imperio mahometano de Occidente. Es el

primer Califa andaluz, el primero que toma el nombre de Miramamolin

(_Amiru-l-mumenin_) ó gefe de los cristianos, y de defensor de la

religion (_An-nasir lidin-illah_), y que consigue dar á su corte una

magnificencia y un esplendor que igualan, si no esceden, á la pompa y

gala desplegadas por los soberanos de la estirpe de Abbás. Nada faltó á

su educacion para hacer de él un príncipe modelo segun las ideas de su

secta. A la edad de ocho años ya sabia las máximas del Koran y las

tradiciones de la _Sunnah_, la gramática, la poética, los proverbios

árabes, las biografías de los príncipes, la política y el arte de regir

los imperios. Monta á caballo con gallardía, maneja con destreza el arco

y el dardo, sabe hacer uso de toda clase de armas. La fama de su

grandeza se dilata por el mundo, y solicitan su amistad los soberanos de

Constantinopla, de Alemania, Francia, Esclavonia, Italia, Navarra y

Barcelona; los embajadores estrangeros regresan á sus córtes admirados

de la cortesía y suntuosidad con que fueron recibidos: un rey cristiano

destronado[241] refiere como obtuvo de él agasajadora hospitalidad, y

confiesa que por su mediacion recobró la perdida salud y el trono. Con

razon esclama un inspirado poeta al contemplar su grandeza: _Empieza una

nueva luna; ¡oh tú que por la gracia de Dios imperas, dime quién es

capaz de sobrepujar tu gloria[242]!_ Verdaderamente se inaugura tambien

para el arte una nueva era de progreso y esplendor bajo la proteccion de

este Augusto de los califas: la arquitectura arábigo-bizantina llega por

su impulso al cenit en su atrevida carrera: la elegante y rica

ornamentacion neo-griega acaba de cubrir los garbosos lineamientos

latino-pérsicos, á la razonada distribucion del ornato se agrega la

magnificencia y gala de los colores y esmaltes, de los estucos y

mosáicos, de los nuevos procedimientos introducidos en Córdoba por los

artistas de Constantinopla, que con habilidad mágica convierten la dura

pasta del vidrio y de los metales en deslumbrador brocado de oro y

terciopelo[243]. Llegó ya la época de cultura y grandeza que habian

soñado Abde-r-rahman II y Al-hakem I, y que ellos á pesar de su ardiente

anhelo no habian podido disfrutar por no consentírselo las indómitas

razas cristianas. Acabó la superioridad de Bagdad: la corte de

Abde-r-rahman III brilla como brilló la corte de Al-Raschid, y la misma

capital del imperio griego ha de envidiar á Córdoba sus maravillas

despues de haberla ayudado á crearlas. ¡Oh siglo afortunado para los

hijos del Islam! En pós de la colosal figura del Augusto cordobés vienen

igualmente benéficos para su pueblo y formidables á los cristianos otros

dos gigantes: Al-hakem III y Almanzor. Despues de ellos, rápida será la

decadencia del Califato, porque á ningun Estado pagano le fué dado jamás

clavar la estrella de su fortuna en el punto culminante de su órbita;

pero en tanto que trascurren para los muslimes las bonancibles lunas de

estos tres reinados, y para la España cristiana los dias de llanto y

luto á que la condenan enconosas rivalidades y sangrientas escisiones;

en tanto que el décimo siglo consuma su temida evolucion entre ruinas y

siniestros presagios en que la cristiandad acobardada lée la sentencia

de muerte de la humanidad y del mundo[244], ¡qué de prodigios, qué de

fantásticas escenas va á realizar el arte sarraceno! Como un misterioso

nigromante que por arte satánica evoca de la region de las sombras,

contrastando con el general espanto, deliciosos cuadros que mienten los

placeres del Paraiso, así la arquitectura sarracena, ese Cástor valiente

é impostor de la España árabe, hace surgir antes de entonar el Califato

su himno de muerte, creaciones incomparables, tales que despues de

volverse á hundir en la sima de la nada, las han de tener por fabulosas

las generaciones venideras.

Al pié de la quebrada sierra, al abrigo de los helados vientos del

norte, y sobre una alfombra de esmeralda, lecho regalado para una

sultana viciosa y mimada, nace consagrada al amor y á los placeres del

mas ostentoso Califa, la peregrina Medina Azzahra: poblacion mágica en

que el caprichoso arte oriental parece agotar sus tesoros, como para

demostrar que la arquitectura puede con sus fábricas igualar las mas

fantásticas descripciones de la poesía. A su lado, y formando con ella

como un broche de dos perlas gemelas con que adorna su cinto de torres

la reina de Andalucía, descuella la encantada Medina Azzahírah,

magestuosamente asentada en la ribera del Guadalquivir, rodeada de

deleitosas quintas y vergeles, que gozan los wazires, katibes, generales

y favoritos de Almanzor, como prenda y testimonio de su liberalidad.

Azzahra y Azzahírah ocupan con la galana y soberbia Córdoba, cúpula del

Islam, tienda de sus guerreros, trono de los sultanes, una extension de

diez millas de tierra florida, en que brotan sin cultivo el azahar y la

rosa, y esas diez millas de paraiso terrenal estan de noche iluminadas

por una sola hilera de fanales, tan unidos entre sí, que forman una zona

de deslumbradora luz. En estas dos poblaciones y en todos los veintiun

suburbios de la gran ciudad, erígense como por encanto mezquitas,

mercados, baños y bazares, en que acumula el arte sus bellezas.

Prodíganse sus primores, y máquinas ingeniosas de juegos hidráulicos y

otros entretenimientos, en las casas de campo propias del Sultan y de

los ciudadanos poderosos, notables todas por la magnificencia de su

estructura ó por su deliciosa situacion[245]. Para aumentar sus

seducciones el arte islamita, prohija con infraccion de la ley religiosa

los recursos de la escultura como medio de reproduccion de la naturaleza

animada, y aunque este poderoso auxiliar no entra declaradamente con

todas sus facultades sino como un mero accesorio de la ornamentacion

monumental, sin embargo los muslimes timoratos ven con escándalo campear

sobre la fachada del palacio de Azzahra una estátua de muger, figuras de

animales en las fuentes de sus jardines[246], en la puerta principal del

palacio de Córdoba una figura de hombre, y finalmente, en el acueducto

que une la sierra con la parte occidental de la ciudad, un leon colosal

revestido de láminas de oro puro con dos piedras de inestimable valor en

los ojos, el cual vierte por la boca las aguas traidas de la montaña en

el gran depósito de la poblacion.

Observemos la accion del arte en la Aljama bajo los tres Califas, y

veamos si se justifica el entusiasmo del que escribió esta jactanciosa

sentencia: Córdoba sobrepuja á todas las ciudades de la tierra por

cuatro cosas: por el puente que tiene sobre el Guadalquivir; por su gran

mezquita; por su Azzahra, y por las ciencias que en ella se

cultivan[247].

Vemos primeramente á un sabio é intrépido arquitecto del califa

An-nasír[248] demoler el antiguo alminar, y levantar en su lugar otro

cuya mole de considerable altura no tiene igual en el mundo por su

distribucion y proporciones. Empléanse en echar sus cimientos cuarenta y

tres dias, profundizándolos hasta encontrar agua. Trece meses dura la

construccion de la soberbia torre, toda de piedra franca y mortero, y de

tan singular artificio por dentro, que conteniendo dos ramales de

escaleras en una sola caja, pueden las gentes subir por uno y otro sin

verse hasta llegar arriba. Ciento siete peldaños tiene cada ramal. Esta

elegante almenara que el pueblo cordobés contempla absorto, mide

cincuenta y cuatro codos desde su arranque hasta la parte superior del

domo abierto, al cual vuelven la espalda los almuedanes que convocan á

la oracion girando por el balcon saliente, cuya graciosa balaustrada

ciñe en derredor los cuatro muros como un ligero anillo; y desde este

balcon corrido hasta el remate, levanta otros diez y ocho codos[249],

coronándose con tres hermosas manzanas, dos de oro y una de plata, de

tres palmos y medio de diámetro cada una, de las cuales parten dos

gallardos lirios de seis pétalos que sostienen una granada de purísimo

oro. Presenta en sus cuatro frentes catorce ventanas, la mitad con dos

claros y la otra mitad con tres, formados con columnas de jaspe blanco y

encarnado, y sobre las ventanas un coronamiento de arquitos macizos

sustentados en columnillas del mismo jaspe. Estas ventanas comparten

admirablemente el macizo de los muros, todo cubierto interior y

esteriormente de preciosa tracería relevada, cuyos lindos dibujos es

imposible describir. Al recibir la noticia de que está terminada la

obra, acude An-nasír presuroso desde su predilecta mansion de Medina

Azzahra, sube á lo alto de la torre por una escalera bajando por la

otra, y despues de examinar cuidadosamente el edificio, pasa al Maksuráh

de la mezquita, hace dos arracas, y se retira complacido. Con razon

puede estarlo, porque la mezquita Aljama de su Córdoba es ya un

verdadero tesoro del arte arábigo-bizantino. El emperador Constantino

porfirogénito, cuya corte dirige la marcha del arte en Oriente y

Occidente, se esmera en proporcionar á la capital del Califato nuevas

seducciones, sin creer desdorada su dignidad por convertirse en joyero

de la Sultana del Bétis[250]. Todos los demas emperadores y reyes que

directa ó indirectamente reciben de Constantinopla ideas de buen gusto y

magnificencia, trasmiten tambien á la poderosa corte de Andalucía los

frutos hermosos de aquellos trasplantados gérmenes[251]. Hoy es una de

las primeras dignidades de la Iglesia Bética el encargado de trasladar

desde el asiento de la reina del Bósforo al encantado palacio de

Azzahra, las primorosas esculturas que admiran con mezcla de placer y de

escándalo los rígidos observadores del Koran[252]; mañana es nada menos

que un santo, procedente de uno de los mas austeros cenobios de

Alemania, el comisionado para llevar al temido Califa los esquisitos

productos del arte germánico[253]; un obispo Eliberitano, mandado

consagrar por el mismo Abde-r-rahman, es luego el elegido para promover

y fomentar ese comercio y correspondencia mútua de las dos

civilizaciones cristiana é islamita[254]; finalmente, la Córdoba de

An-nasír es el emporio de las artes, los ingenios de los paises mas

adelantados acuden á ella poniendo á competencia sus creaciones, y todo

lo grande, todo lo bello, todo lo primoroso del arte monumental en Asia,

en Africa y en Europa, deja su sello, su ofrenda y su tributo en la

soberbia Caaba de los Umeyas.

[Illustration: PUERTA DE LAS PALMAS.

_Catedral de Córdoba._]

Córdoba · 第 13 / 53 段