muslimes la faena de los lavatorios, que no concluye sino en el atrio de
la mezquita; porque los viernes es obligatoria la asistencia á la azala
del templo, y obligatoria tambien una ablucion general de todo el
cuerpo, la cual no puede hacerse cómoda y decentemente sino en el propio
hogar. Esta ablucion general, llamada _tahor_, ó _tahara_, es tambien de
precepto en las dos principales festividades de pascua de Ramadan y
pascua de Carneros, en la peregrinacion á la casa santa de la Meca, y en
ciertos casos de natural impureza[193]. El que hace _tahara_ no solo
tiene que lavar todo su cuerpo, enjuagarse, limpiarse la dentadura,
espeler las mucosidades, y raerse el bello, sino que está obligado á
observar el órden y la forma establecidos para estas diversas
operaciones; de tal manera, que no le sirve la ablucion, si en vez de
concluir lavándose los piés, segun está prescrito, acaba lavándose las
manos ó la cabeza, y si en lugar de mojarse el cuerpo tres veces, como
es tambien precepto tradicional, se lo moja dos ó cuatro. Los requisitos
de la _tahara_ son varios: se empieza lavándose las manos, siguen los
demas miembros por su órden, y se concluye por los piés. Ademas debe
hacerse en lugar limpio, y empezarse el lavatorio del cuerpo desde la
cintura abajo, invocando al Criador, echándose luego el agua por la
cabeza, restregándose el casco con los dedos, sin necesidad de que
deshagan sus trenzas las mugeres, y finalmente, mojándose primero el
hombro derecho y despues el izquierdo; todo esto con agua limpia de rio
ó de mar, de pozo ó fuente, ó llovediza, con tal que no haya caido en
ella cosa muerta por pequeña que sea. Como sin embargo de la ablucion
general se requiere para antes de orar la purificacion ceremonial ó
sagrada, llamada _alguado_, que consiste solamente en lavar la cara, las
manos hasta los codos, la cabeza, y los piés hasta los tobillos, con el
aditamento de enjuagarse la boca, sonarse sorbiendo el agua y frotarse
los oidos, que ha establecido la _Sunnah_, es claro que el que se
propone cumplir religiosamente estas ceremonias tiene bastante en que
entretenerse antes de principiar la oracion pública. Esta segunda
ablucion, ó purificacion sagrada, cuya virtud se pierde segun los
expositores de la ley y tradicion por veinte causas (que omitimos
especificar por poco decentes)[194], y que por lo tanto es forzoso
repetir con mucha frecuencia, tiene sus requisitos y prácticas que la
hacen bastante curiosa á los ojos de los profanos. Llega el muslim al
atrio de las abluciones, y antes de visitar la casa donde se custodia y
venera su Koran, hace una visita oficial á la letrina: lava luego sus
manos, vuélvese de cara á la quibla, se sienta, enjuaga su boca,
descarga sus narices, y entre tanto pronuncia la fórmula: «En nombre de
Dios.» Mientras se hace esta ablucion se suspende todo coloquio: cada
cual va por su órden cumpliendo con las ceremonias establecidas sin
curarse de lo que hacen los demas. A la locion de la cara, con la cual
pide el creyente á Dios que la emblanquezca el dia del juicio, sigue la
del brazo derecho, por la que pide que le dé su carta aquel dia en su
diestra; luego la del brazo izquierdo, con lo que intenta significar que
no se la dé en la siniestra; luego sigue la frotacion de la cabeza, para
que Allah le cubra con su piedad y le conserve sus cinco sentidos; luego
la de los oidos para que le haga oir Allah su divina palabra y el pregon
de Bilel[195] en el Paraiso; luego la locion del pié derecho para que se
le afirme en el puente del _Sirath_, y la del izquierdo finalmente para
que no le sirva de embarazo al atravesarlo. Si reparas bien en los actos
de los que van acudiendo al hermoso patio de los naranjos, llamados por
el aliden[196] á la azala de adohar, observarás que los ritos para
hombres y mugeres son los mismos, que unos y otros comienzan la ablucion
con la mano derecha, que jamás ayudan con la izquierda á la absorcion
del agua por la boca y narices, que la mano izquierda se destina á otros
usos menos nobles, que todos repiten las abluciones hasta tres veces, ni
mas, ni menos, que todos se abstienen de consumir en esta operacion
demasiada agua, de frotarse los piés desnudos, de echarse el agua en la
cara de golpe, y de ensuciarla con salivas y otras inmundicias. Habrás
advertido tambien que á medida que van entrando en el patio los muslimes
van dejando bajo los pórticos el calzado con que andan por la calle, y
que para penetrar en la mezquita usan otro calzado limpio, sobre el cual
hacen la locion de los piés. Verás á los hombres descubrirse la cabeza
para la frotacion que impone la Ley, y á las mugeres no, porque la
tradicion les consiente que cumplan esta ceremonia por debajo del velo ó
manto que las cubre todas, con tal que puedan llevar las manos al
colodrillo sin deshacer la mata de sus cabellos. Ultimamente, no verás
hombres y mugeres juntos ni en el atrio ni dentro del templo: cada sexo
tiene asignadas sus puertas para entrar en uno y otro, y sus
departamentos ó secciones en el interior de la mezquita: la muger recoge
el manto sobre su rostro dejando solo destapado un ojo[197], y hace sus
abluciones separada de los hombres, porque en ella todo es pudendo,
hasta los brazos y el cuello: todo, á escepcion de las manos, los piés y
la cara. Entiéndase esto de la muger libre, porque en la esclava no se
consideran pudendas mas partes que las que el hombre mismo está obligado
á ocultar, á saber, desde la region umbilical hasta las rodillas. En
cuanto á la costumbre de taparse la cara con el velo ó manto,
propiamente llamado _almalafa_[198], ya dejamos apuntada la disposicion
legal en que se funda esta que de pronto parece señal de esquisita
pudicicia[199], y que en realidad es solo cebo artificioso y pretesto
hipócrita del lenocinio, segun muy autorizados votos[200]. Mahoma la
recomienda sin duda porque la halló establecida en el Oriente, donde era
el manto considerado como ornamento para las casadas, y como adorno y
velo para las doncellas. Las almalafas eran de lino por el estilo de las
que se tejian en Galilea, ó de seda como las usaban las Fenicias, unas
blancas, otras de diversos colores: muchas veces finísimas, sutiles y
trasparentes como el _theristro_ griego, cuyo nombre, así como el de
_palio_ y _caliptra_, le dan algunos historiadores del Bajo-Imperio y
otros escritores de la Iglesia; y en esta forma la usaban las meretrices
en el mundo antiguo, las cuales se envolvian en un theristro diáfano
como el ambiente para poder presentarse en público desnudas[201].
En el atrio de la mezquita, donde hay aguas abundantes, no puedes gozar
el espectáculo de los que con mucha fé y entusiasmo se restregan los
miembros con polvo, tierra, y aun barro, imaginándose quedar muy
curiosos y aseados. La ley musulmana exige que á la hora de la azala se
haga siempre la purificacion ceremonial, y que donde falte el agua, como
puede muchas veces acontecerle al caminante, al encarcelado, al que esté
escondido huyendo de fieras ó de enemigos, se eche mano de la tierra, de
la arena, de la yerba, de las piedras, del césped, del barro, de todo lo
que la naturaleza haya criado sin intervencion humana[202]. Esta
singular purificacion se llama el _tayamun_; ya puedes figurarte si será
edificante y hermosa la figura de un devoto muslim apeado de su caballo
en medio del campo, haciendo sus incurvaciones con la cara tiznada de
lodo, vuelto hácia la Meca[203]. No deliraron tanto jamás las naciones
paganas que mas materializaron la razon de las purificaciones; no
digamos los Romanos, que hacian sus decorosas y solemnes lustraciones,
en manera alguna ridículas, antes bien interesantísimas por el
sacrificio de las víctimas; pero ni los Baneanos del Mogol[204], ni los
Bracmanes, de quienes se cuenta que todos los dias antes de salir el sol
van al rio y en él se meten, unos hasta el pecho, otros hasta la
garganta, creyendo quedar allí limpios de sus pecados; ni la gente india
vulgar, que, persuadida de que las aguas limpian el alma, corre desalada
á los grandes estanques de las Pagodas, y á los dos sagrados rios Ganges
y Cason, en cuyas ondas purificadoras aman muchos dejar la vida[205].
De estos al menos no se refiere que se hayan entretenido ó se
entretengan en hacer objeto de ceremonias la inmundicia natural,
cotidiana, y aun necesaria, del organismo animal, ni que sean tan
materiales y nímios que se crean obligados á repetir la ablucion si
omitieron en ella alguna pequeñez, ó si al lavarse los brazos empezaron
v. g. por los codos, en vez de empezar por las puntas de los dedos[206].
Cesaron las abluciones de los creyentes, óyese dentro de la mezquita la
_alicama_ ó convocacion que los llama á orar. «Ya está levantada la
azala, ya comienza la oracion[207];» es la hora de _adohar_, el sol está
en la mitad exacta de su carrera, el Imam ocupa el mimbar, entra el
pueblo con paso grave y mesurado por las espaciosas y elegantes puertas
que conducen á las once naves mayores. Los hombres entran por unas
puertas, las mugeres por otras, á fin de que cada sexo ocupe su
respectivo compartimiento[208]. Todos al pisar el umbral sagrado
levantan en señal de admiracion las manos, esclamando en voz baja:
«¡Dios es el mas grande!» Este primer acto no creas que es espontáneo;
es de ritual. «El que entre á orar magnifique á Dios, y levante sus
manos de modo que sus pulgares se hallen á la línea de sus oidos:
aplique luego la mano derecha sobre la izquierda, y ambas debajo del
ombligo, y diga alabando á Dios: bendito sea, oh Dios, tu nombre,
exaltada tu dignidad, glorificada tu alabanza; no hay mas Dios que
tú[209].» Así lo verifican todos: á la _magnificacion_ sigue la
_estacion_; durante la estacion, en la cual no le es permitido al muslim
separar las manos de la postura referida, ni doblar las rodillas, ni
cargar el peso del cuerpo sobre una pierna mas que sobre otra, se
implora el auxilio del Altísimo contra Satanás apedreado, y luego se
pronuncia la célebre invocacion _Besm ellah elrohman el rahim_ (en
nombre de Dios clemente y misericordioso), que para los mahometanos es
como para nosotros los cristianos la señal de la cruz, y con la cual
principian todos los actos importantes de la vida. Las dos últimas
palabras se dicen secretamente. Refiere uno de los mas famosos
comentadores del Koran, que cuando esta invocacion bajó del cielo, las
nubes huyeron al oriente, los vientos se calmaron, la mar se conmovió,
los animales empinaron las orejas para oir, y los demonios cayeron
precipitados de las esferas celestes[210]. Empieza el Imam en seguida, á
la cabeza de todos los creyentes formados en hileras, la lectura del
proemio ó Sura primera del Koran, y ellos en secreto le van siguiendo.
Magnífica en verdad es esta primera oracion, despues de la cual puede
decirse que en la azala no hay otra. Dice así:
¡Gloria á Dios, Señor de los mundos!
La misericordia es su atributo:
Él es el rey del dia del juicio.
Adorámoste, Señor, é imploramos tu auxilio.
Dirígenos por los caminos de aquellos á quienes has colmado de beneficios,
De aquellos que no provocaron tu cólera y se preservaron del error.
Al proferir el Imam estas últimas palabras, los asistentes dicen:
_Amen_. Sigue inmediatamente otra magnificacion con la fórmula conocida
«Dios es el mas grande» (_Allah ua aqbar_), y despues tienen lugar las
incurvaciones y postraciones y asentaduras, interpoladas con
jaculatorias, y dispuestas por la tradicion y los teólogos musulmanes
con tantos requisitos, tanto subir y bajar, tanto encorvar la espalda y
enderezarla, tanto sacar y remeter el vientre, tanto jugar de piernas y
de cuello, y tanto agitar de piés encogiendo uno y estirando otro, y
volviendo los dedos á la quiblah, que ni tengo yo paciencia para írtelo
desmenuzando, ni tú la tendrias para seguir atendiéndome[211].
Observemos, si te place, que desde el comienzo de la azala hasta el fin
van siguiendo los asistentes toda la mímica del Imam que la rige,
exactamente lo mismo que siguen en sus movimientos los reclutas al cabo
instructor, ó como en ciertos juegos de los niños (¡oh recuerdo
agridulce!) sigue todo el corro al que dirige la farsa repitiendo sus
palabras é imitando sus gesticulaciones[212]. Mejor que pudiera yo
hacerlo, te esplicará el dibujo que aquí te pongo lo que es
_incurvacion_ y _postracion_[213]. Mira en él reproducidas estas dos
posturas capitales: el que hace la incurvacion (_rucúz_) pone las manos
sobre las rodillas, y las espaldas al nivel de la cabeza; en esta
posicion pronuncia las esclamaciones de ritual, y ó bien vuelve á
enderezarse, ó bien se postra en tierra, segun el estado y período de la
oracion. Al postrarse para hacer su _adoracion_ (_çuchud_), procura con
todo esmero que toquen en la tierra la frente, la nariz, los codos, las
manos abiertas, las rodillas y los dedos de los piés. Al sentarse
procura tambien no hacerlo sobre ninguno de los dos piés, sacándolos por
el lado derecho, o juntando con el muslo derecho la planta del pié
izquierdo.
[Illustration: INTERIOR DE LA MEZQUITA DE CORDOBA.]
Ocupados en este ejercicio mas propio de jimios que de seres racionales
estaban los muslimes cordobeses, y la soberbia mezquita de bote en bote,
cuando penetraron resueltamente en ella los dos cristianos Rogelio y
Serviodeo. El pueblo suspende sus ritos, álzase un imponente murmullo,
señal segura de un grave escándalo; el Imam enmudece asombrado; al
murmullo sucede una amenazadora gritería, como siguen en la mar los
bramidos de las olas á la susurrante brisa que anuncia las tempestades.
¿Qué intentan esos dos hombres temerarios que abriéndose paso por las
apiñadas hileras se adelantan forcejeando hasta cerca del Santuario?
¿Qué palabras son las que vienen á proferir en este venerando recinto,
interrumpiendo solemnes ceremonias, infringiendo leyes y tradiciones,
desafiando las mas terribles prohibiciones[214] y esponiendo la vida al
justo furor de la escandalizada muchedumbre? ¡Oh abominacion! ¡oh delito
monstruoso y nefando! El magestuoso y sonoro idioma del Hedjaz
consagrado por el profeta de Dios á la promulgacion del Koran, es
prostituido y vilipendiado por sus atrevidas lenguas en obsequio del
profeta nazareno[215]: nada menos intentan esos criminales
alucinados que convertir con una insensata predicacion los corazones de
tantos miles de creyentes, fieles y fervorosos, al culto del Hijo de
María, escarneciendo la doctrina y nombre de Mahoma. ¡Pobres insensatos!
Como si no supiéramos distinguir el bien del mal, vienen ellos á
predicarnos que son males los bienes de la tierra, que miente y nos
engaña el que nos prometió el placer en este mundo y la felicidad en el
otro[216]. ¡Perezcan esos dementes, acabemos con todos ellos, estíngase
en el Andalús la abominable peste de la Palestina! Así claman los mas
celosos, y arremolinándose en torno de los dos indefensos cristianos,
emprenden con ellos á golpes, los derriban á bofetadas y empellones, y
de buena gana los habrian muerto dentro del mismo templo como en
desagravio de su[217] profanacion; mas acudiendo el Cadí de la Aljama,
se los entregan para que les aplique la pena de muerte y mutilacion de
manos y piés, á que se hicieron acreedores por su delito, y excitan á
sus regidores á concluir de una vez con el nombre de cristianos por
medio de una persecucion sangrienta y sin tregua. El fuego de la ira
popular prende en el corazon del sultan, y el monarca que en su juventud
blasonaba de justo abandonando á los jueces las causas de los cristianos
sediciosos, se jacta en la vejez de cruel, consagrándose personalmente á
discurrir penas atroces y medios escepcionales de intimidacion. Pero
conociendo que la crueldad le ahuyenta los vasallos, y que la misma
razon de Estado que manda castigar la rebeldía le aconseja no trasformar
en héroes á los rebeldes, imagina que es preferible poner á los
confesores la mordaza de la obediencia, robusteciendo el decreto del
desautorizado Recafredo con un solemne canon conciliar, al cual no
puedan oponer los cristianos objecion alguna. Cosa fué pensada y hecha
la reunion de metropolitanos y obispos llamados á secundar tan satánica
invencion. Celebróse el concilio convocado por el tirano islamita[218]:
el miedo y el rigor luchó en los pechos de los prelados con el amor á
la justicia: querian no faltar á esta, ni exasperar mas al rey.
Ofrecióseles conciliar lo uno con lo otro disponiendo el decreto
artificiosamente, de suerte _que la corteza de la letra, á que habian de
mirar los infieles, sonase á prohibicion de presentarse al martirio,
pero que bien mirado el sentido, cual podian conocerle los prudentes
cristianos, no incluyese ofensa de los mártires_[219]. Pero esta
resolucion causó escándalo entre los cristianos ignorantes, desagradó á
los mas ilustrados, y fué objeto de severas impugnaciones; causa tambien
de reprobaciones y persecuciones nuevas. Saulo y Alvaro la censuraron:
créese que S. Eulogio hizo lo mismo[220]. El obispo fué segunda vez
encarcelado: el sabio doctor tuvo que ocultarse: los seglares nobles y
conocidos temian por instantes la misma pena: todos andaban acobardados,
atribulados, huidos. Abde-r-rahman al ver frustradas sus esperanzas se
entrega de nuevo á su delirante saña. Una infernal complacencia le
conduce á una alta galería de su alcázar, desde donde espera cebar la
ansiosa mirada en un espectáculo horrible, pero adecuado á su sed de
venganza. ¡Ah, que el infeliz no cuenta con que en favor de los
desvalidos mártires está ya armado el cielo!... Penden de sendos árboles
allá abajo, reflejándose siniestramente en las claras aguas del _gran
rio_[221], dos objetos denegridos que se destacan sobre el verde
pardusco de las alamedas: la brisa que mueve las hojas mueve tambien en
ellos una especie de copo de leve crespon que á veces se desvanece como
una bocanada de negro humo. Fija bien en ella tu vista, cruel anciano.
¿Qué descubres entre las copas de la arboleda? ¡Oh intenso y bárbaro
placer! Son los cadáveres de Emila y Jeremías, tostados y desecados por
el sol de otoño, con sus cortadas cabezas clavadas en los troncos ó
hincadas en las puntas de las ramas. Allí cerca se mueve alguna gente:
óyense, soplando el viento de mediodia, algunos martillazos que dobla
el eco de los vecinos collados, y á poco aparecen clavados tambien otros
dos cuerpos horriblemente mutilados. Sin manos, sin piés, sin cabeza,
bañados en su propia sangre, aun fresca, que brilla cuajada á gran
distancia, presentan un cuadro espantoso que hiela el corazon y hace
cerrar los ojos á los que por allí transitan descuidados. Solo
Abde-r-rahman puede contemplarlo sin horror, y no solamente sin horror,
sino con esa terrible sonrisa propia de los placeres que asesinan. Ha
reconocido los cadáveres de los dos últimos mártires, y esclama como
fuera de sí: ¡Aquí mis hijos, aquí mis consejeros y mis maulis! ¡Aquí
todos los mios! Vedlos dónde asoman aquellos dos temerarios que
profanaron nuestra Aljama con sus cuerpos impuros: parecióles buena la
suerte de los otros dos insensatos cuyos despojos denegridos son hoy
pasto de los cuervos, sin duda porque vieron que despues de degollados
les hacian duelo las nubes y los vientos: id, y mandad en mi nombre que
á los cuatro les pongan fuego, para que sus inmundos cadáveres no causen
mas espanto á mis muslimes; y ahora verán los obstinados secuaces del
Hijo de María, que así como su Dios no envió á esos un ángel que los
librase de la cuchilla del verdugo, tampoco les envía ahora lluvias para
apagar la hoguera que ha de reducirlos á ceniza. Comunícase velozmente
el mandato; pero ¿qué acontecimiento inesperado ha turbado de súbito al
glorioso Amir? Inclina mústio la frente sobre el pecho, y su semblante
se cubre de una palidez mortal: su pié vacila, acuden los suyos á
sostenerle, todos le preguntan, y á nadie responde. ¡Ah! el Dios de
quien acaba de blasfemar ha anudado su lengua, y el ángel esterminador
ha estendido sobre él sus alas invisibles[222]. El rey altivo que habia
subido á los altos miradores á gozarse en la ejecucion de su bárbaro
decreto desafiando la cólera del cielo, baja á su lecho de muerte
convertido en insensible tronco en brazos de sus esclavos. Acudan presto
los médicos y los astrólogos; lloren las hijas, mesen sus cabellos Tarúb
y Kalam[223], Ashifá y las concubinas[224], las esclavas y los eunucos;
enmudezcan Algazzal y Ben Xamrí[225] y todos los cortesanos y maulis
lisonjeros; abandone Zaryab su laud enriquecido, y olvide por ahora sus
entretenidas aventuras... ¡Paso al cadáver del Amir, conducido al
sepulcro mientras consumen las hogueras los restos de sus cuatro últimos
mártires[226]!
Su hijo Mohammed ocupa el trono: para él y para todos sus consejeros son
tambien meras coincidencias casuales las señales tremendas con que el
Omnipotente ha hablado á los opresores. El sistema de Abde-r-rahman II
continúa en pié, pero sus resultados van siendo cada vez de mas bulto:
mas culto á la razon de Estado, alma de la política pagana, y mas
víctimas en el hogar doméstico; mas bondad y complacencia con los
sumisos, y mas tiranía con los que disienten; mas cobardía y
envilecimiento en los malos cristianos, y mas entereza y heroismo en los
confesores (si es posible que fuera de los límites de lo ordinario haya
grados en lo maravilloso) Recafredo, Bodo, Samuel, Esteban Flaco,
Hostigesio, Servando[227]: prelados sacrílegos, cristianos apóstatas,
¡cuánto llanto costais vosotros á la dilacerada Iglesia de España!
Vosotros, unidos á los perseguidores, atizais la hoguera en que se
purifica la fé; mas ¡ay, que entre tanto fomentais la ruina y la
despoblacion, contribuís á ahuyentar á los buenos, introducís el cisma
entre los perseguidos, corrompeis á los sencillos, avergonzais á los
doctos, escandalizais la cristiandad! Vosotros sois los únicos autores
de muchas abominaciones que la posteridad no podrá ver escritas sin
rubor y confusion. No los satisface ver á los pobres cristianos echados
de palacio[228], privados de estipendio los que militan, y todos en
general agoviados con los tributos; ni ver derribados por tierra los
templos y monasterios[229] donde quizás vosotros mismos celebrásteis el
sacrosanto sacrificio. Sacrílegos, blasfemos, apóstatas, hereges,
réprobos ante Dios y ante los hombres, maldecís de vuestros propios
hermanos, confesores y mártires, infamais y calumniais á sus mas dignos
prelados, inventais satánicos ardides para esquilmar y desustanciar á
los atribulados mozárabes, haciendo tributarias las iglesias y altares
para enriquecer el erario del tirano con las sagradas oblaciones del
templo, y consumais con inicua farsa la deposicion de los buenos
obispos. ¡Oh qué tiempos! ¡qué angustia y turbacion! «Las cárceles están
llenas de clérigos; las iglesias privadas del oficio de sus prelados y
sacerdotes; los tabernáculos divinos en horrenda soledad; las arañas
estienden sus telas por el templo; el aire calma en un total silencio;
no se entonan ya en público los cánticos divinos; no resuena en el coro
la voz del Salmista, ni en el púlpito la del Lector; el Levita no
evangeliza en el pueblo; el sacerdote no quema incienso en los altares,
porque herido el pastor, se desparramó el rebaño: esparcidas las piedras
del santuario, faltó la armonía en sus ministros, en los ministerios, en
el santo lugar. ¡Y en tanta confusion solo resuenan los Salmos en lo
profundo de los calabozos[230]!» Y sin embargo, ¿qué preciosa no será la
fé cuando se mantiene á toda costa? ¿Qué viva cuando no se apaga en tal
tormenta? Es que la fé se asemeja mas al ascua que á la llama, y mas
arde mientras mas la combaten los vientos de la tribulacion.
Dios por otra parte sigue alentando á sus fieles y correspondiéndoles
amoroso con recíprocos testimonios. ¡Pero cuán tremendo para sus
enemigos es el modo de atestiguar del Señor de los mundos! El monarca
que al estampar la huella en el solio causa una especie de frenesí de
júbilo en su corte; que al año siguiente de su entrada en Córdoba en
medio de entusiastas aclamaciones pudo decir con orgullo á sus enemigos
«la gracia del sultan hace llover beneficios sobre las casas de los
buenos vasallos, pero su cólera es capaz de coronar ochocientas almenas
de sus murallas con ochocientas cabezas de rebeldes[231]; finalmente,
ese rey tan halagado de la suerte en las batallas, que difundiendo el
terror del nombre agareno por los estados de D. Ordoño lleva sus armas
victoriosas hasta las orillas del Garona[232], no es mucho que
embriagado por el incienso de las lisonjas, sea ciego como su padre á
los patentes avisos del cielo. Un dia del año 871 estaba el Amir en su
cámara entretenido con un esclavillo muy lindo y gracioso que tenia
sobre sus rodillas. Era un dia cubierto de pardas nubes, con gran
tempestad de truenos y relámpagos. El katib Abdallah ben Aasim entró
para despachar, y el rey le pregunta: ¿á qué vienes en semejante dia?
¿qué podemos hacer hoy?--Señor, responde Abdallah, dicen las gentes que
es bueno estar con niños cuando truena, y yo digo lo mismo: