¿Cómo suceden tan repentinamente en esa otra vivienda al son de los

laudes, inhumanos latigazos, y agudos lamentos á las dulces modulaciones

de los cantares? ¡Ah! Una jóven yemenita acaba de ser azotada por su

marido de resultas de una infame delacion.--Pobre muger: ¿es posible que

el hombre que parte contigo el pan y el lecho te trate tan bárbaramente?

¿Qué ley puede autorizarle á ser juez de su propio agravio si eres

culpada, y á ser el ejecutor de tu castigo?--¡Ay de mí! el profeta se lo

concede. He sido acusada de desobediencia: mi culpa era bien leve por

cierto; pero no hay quien me defienda contra el brazo de mi irritado

esposo, porque la ley declara que «los maridos agraviados por la

desobediencia de sus esposas pueden castigarlas, dejarlas solas en el

lecho, y _aun golpearlas_[163].»

Veo á la puerta de la vivienda de un jeque poderoso un crecido

acompañamiento de caballos y camellos. Pasó la hora de alatema[164], y

entran y salen los esclavos con gran recato y silencio sacando de

aquella casa fardos y lios que colocan sobre las acémilas. Parece de

pronto que se dispone algun largo viaje. A poco sale al zaguan, apoyada

en dos mugeres, con la frente inclinada al suelo y sollozando

amargamente, precedida de dos jóvenes de semblante ceñudo, hermanos

suyos, una esbelta Kinserita, toda velada de la cabeza al pié: al

colocarla en un camello vuelve los ojos llenos de lágrimas á los

arrayanes y cipreses que se descubren por entre los arcos del patio que

acaba de atravesar, y esclama:--¡Adios para siempre, objetos queridos

que me acompañásteis en un breve sueño de felicidad ya disipado!--¿Adónde

vas, jóven hermosa, ayer tan feliz y hoy tan afligida?--¡Me han

repudiado!--¡Te han repudiado, y no hace un año se cubria de rosas y de

mirto el suelo de esa morada para recibirte, y resonaban los adufes

alzando las mugeres tu nombre en gritos de alegría[165] hasta las

nubes!--¡Ah! bien lo recuerdo: encendidas mas que aquellas rosas estaban

mis megillas cuando al pedirme para ese gallardo jeque, á quien yo

secretamente amaba, me dijeron mis testigos: el noble walí de Jaen te ha

pedido para esposa y te dá de acidaque[166] presente una gran riqueza.

Si estás contenta, calla y no respondas, y tu callar es señal cierta

que consientes. Mi padre acababa de morir en guerra de frontera, y mis

dos hermanos se holgaban de mi buena estrella... ¡Todo acabó para mí! El

cielo no ha querido dar hijos á mi esposo en su Kinserita antes tan

querida, y me repudia por estéril. ¡El profeta permite romper por

esterilidad un vínculo que la naturaleza hace indisoluble! «Esperad tres

meses antes de repudiar á las mugeres que han perdido las esperanzas de

concebir[167].»

--Tú al menos, digo á otra bella mora á quien veo salir de su elegante

retiro llevando de la mano dos niñas, no serás repudiada por estéril; y

sin embargo tus ojos hinchados, el velo que tambien te cubre, el atavío

de tus hijas, indican que te dispones á dejar la casa conyugal.--No soy

estéril, no, pero tambien me veo repudiada. La causa apenas yo misma la

sé: sé tan solo que perdí el corazon de mi marido, y que el ingrato juró

que me repudiaba. Cuatro meses hace que pronunciando él su juramento, me

cubrí con este velo y me retiré á ese aposento. Sostúvome la esperanza

de la reconciliacion, mas esperé en vano; nuestro vínculo está disuelto,

y yo recobro mi libertad[168]. ¿Qué digo mi libertad? ¡La muger lo deja

todo donde tuvo el primer tálamo, y solo el hombre recobra despues del

divorcio su primer estado! Llévome mis hijas, único bien del alma de que

no se me despoja; mis hijos quedan aquí, y es fuerza separar á los

hermanos unos de otros como se separan las ramas que crecieron

entretegidas, cuando el hacha despiadada hiende á muerte el tronco.

Pasarán los años, y si llegan á encontrarse se desconocerán, lo mismo

que se desconocen la viga de una dorada techumbre y su hermana la viga

que se pisa enterrada en un pavimento.

Sorprendo en otra casa á una muger meditando con el Koran en la mano el

modo de cometer un delito para obtener la _atalca_[169] de su

marido.--¿Qué estás pensando en este recóndito y solitario paráge,

atrevida cordobesa? El libro del profeta está abierto en tus manos, y la

espresion de tu semblante denota sin embargo que tu espíritu vaga

incierto sobre el _araf_[170] entre el cielo y el infierno.--El crímen

que medito me brinda con la suprema felicidad en la tierra. Estoy

estudiando si puedo volver á los brazos de un marido que me amaba y á

quien yo entregué toda mi alma.--Pues ¿y el marido que hoy tienes?--No

le amo: prendado de mi hermosura me pidió en casamiento, y yo solo

consentí con la esperanza de ser repudiada.--No comprendo á qué fin te

has envilecido pasando por el tálamo de un hombre á quien no dabas tu

fé.--Toma este libro, y lée: «El que repudie tres veces á una muger, no

podrá volverla á hacer suya sino despues de pasar por los brazos de otro

hombre que tambien la haya repudiado[171].»--¿Y prefieres al marido que

tienes ahora el que por tres veces te repudió?--Le prefiero sin duda

puesto que solo á él amo; él tambien me prefiere á sus demas esposas, y

la tristeza le devora desde que me perdió. Ambos somos infelices por esa

ley que hace la tercera _atalca_ irredimible con la reconciliacion; pero

afortunadamente ella misma nos ofrece el remedio en un cuarto repudio, á

costa de un sacrificio que consentido por el primer esposo pierde su

vileza. Mi actual marido es de genio apacible, y sin embargo le detesto;

mi primer marido era irascible y arrebatado, y sin embargo le adoro:

misterios del corazon que no ha comprendido el que al tercer repudio

verbal hace la separacion forzosa.

La triste condicion de la muger mahometana me conduce á examinar la

condicion de los hijos y de los siervos. Veo declarado impune al padre

que prostituye á la sierva de su hijo[172]; impune tambien al que

prostituye á la muger de su siervo[173]; veo que el amo casa á sus

esclavos sin consultar su voluntad[174] como se unen los animales para

que encasten; veo que la condicion de mercancía, sujeta á las

alternativas de la estimacion y del desprez, empieza para la muger en la

misma infancia, porque el padre casa á la hija desde niña sin contar con

su parecer[175], y el tutor casa á su pupila si entiende que así le

conviene, prescindiendo de que ella entienda lo contrario[176].

Tal es la constitucion de la familia bajo esa secta dominadora. La

poligamia, destructora de todo órden doméstico y público, que produce la

opresion de un sexo y la mutilacion del otro[177], que hace que el

matrimonio no sea un vínculo, ni la familia una sociedad, introduce

costumbres totalmente contrarias á la naturaleza del hombre social;

estas á su vez originan hábitos opuestos á la naturaleza del hombre

físico; y de este modo se verifica que una religion que prohija como

inocentes las inclinaciones naturales corrompidas, condena á perpetua

barbarie al pueblo que la observa. No hay progreso donde no se señala á

las humanas acciones un tipo ideal y sublime á que aspirar, donde el

hombre llega sin esfuerzo, sin lucha, sin sacrificios, al que se supone

estado normal de la ley religiosa y civil.

¡Cuán de otro modo comprende la humana perfeccion la religion del pueblo

dominado! ¡Cuán diversa es bajo sus santas leyes la familia! «Nuestro

matrimonio, pudieran haber esclamado los perseguidos cristianos, no es

la promiscuidad de los irracionales, sino un consorcio indisoluble

elevado por Jesucristo al carácter augusto de Sacramento. No juzgueis

nuestra ley por nuestras acciones: sabemos que somos débiles y

prevaricadores, pero se nos manda que seamos perfectos. Dios que conoce

al hombre y sus inclinaciones, porque conoce su obra y la obra del

hombre, no nos dió leyes débiles, cómplices de nuestras pasiones como

las vuestras y testigos impotentes de nuestros desórdenes, sino que nos

puso un freno, y este freno escluye de nuestra familia la poligamia y el

divorcio, restableciendo entre nosotros el matrimonio edénico, de dos

espíritus en una sola carne, inviolable en su pacto, legítimo en su fin,

vivificador por su pudicicia. Nuestro matrimonio no reconoce por fin

legítimo el placer: su objeto es la formacion de una sociedad eventual,

blanco de las bendiciones de la religion como Sacramento. Lejos estamos

de la perfeccion que como un deber se nos inculca, porque la perfeccion

se halla en el complemento natural de las cosas, y nosotros empezamos á

vivir. La perfeccion de la simiente es la planta, la perfeccion del feto

es el hombre, la perfeccion del pueblo bárbaro es el pueblo civilizado;

pero ¿cómo habeis de civilizaros vosotros mas de lo que exige vuestra

ley? Tolerad, pues, que os enseñemos lo que no sabeis, y si no lo

tolerais matadnos en buen hora; pero nosotros no podemos en conciencia

menos de advertiros que vais descarriados, porque es tambien deber

nuestro indeclinable amaros como á nosotros mismos aunque nos

aborrezcais. Podia el imperfecto paganismo, vanaglorioso con la virtud

privada de Arístides y Caton, satisfacerse con que estos se abstuvieran

de los infames juegos de Olimpia y de la diosa Flora; pero el

cristianismo no se contenta con la tolerancia del pagano, ni con el

olvido del levita, sino que exige la caridad solícita del

samaritano[178].» No era otro en verdad el móvil que impulsaba á los

mártires españoles, porque cuanto mas se acercaba el estado musulman á

su pleno desenvolvimiento, mayor tenia que resultar el contraste entre

las dos religiones tan opuestas en sus principios. De este contraste

resultaba el escándalo, del escándalo el celo, del celo la pugna, de la

pugna la persecucion y la muerte. Como serenas estrellas que en una

noche de bulliciosa y espléndida orgía mandan á la tierra su vívido

resplandor por entre las negras nubes de un cielo de tormenta, así

vosotros, mártires purísimos, brillais con hermosa claridad en los

sangrientos anales de la perseguida Iglesia de España, contrastando la

divinidad de vuestra doctrina y testimonio con la falsa brillantez de

esa corte corrompida que tan á costa vuestra estais evangelizando.

¡Oh valor incomparable! Saben esos humildes y generosos confesores que

la persecucion arrecia, que el desacato de la profesion de fé es ya

mirado como asunto digno de ocupar al consejo del rey[179], que la

estirpacion completa de la religion cristiana va á ser en breve el

negocio capital de la gobernacion interior del Estado; ven aumentarse el

número de los apóstatas, entibiarse el celo de sus afligidos hermanos,

dilacerarse con nuevas heregías el seno de la Iglesia perseguida, ceder

los débiles á la opresion y al oprobio, los tímidos á las amenazas, los

codiciosos á la agravacion de los tributos, los ambiciosos á las

liberalidades y promesas; dícenles que sus prelados mismos los obligan á

jurar que no comparecerán ante los jueces á hacer pública confesion de

su fé, que en el consejo del Amir se ha acordado conceder á todo

musulman permiso para quitar la vida á cualquier cristiano que hable en

desdoro de su profeta y secta; y sin embargo nada les arredra. ¡Allá va

la gloriosa falange! En ella la dama de esclarecido linage que hasta

ahora habia vivido ocultando su verdadera fé, y que, depuesto ya todo

humano respeto, ha consumado el sacrificio para una madre mas costoso,

cual es el abandono de sus cariñosos hijos[180]; en ella el rico

hacendado, hijo de mahometanos, que tomando de su heróica esposa ejemplo

de abnegacion y fortaleza, y aleccionado en la provechosa escuela de los

justos perseguidos y encarcelados, reparte su riqueza entre los pobres y

las iglesias, y confia su prole ¡ya en breve huérfana! al tranquilo

amparo de un humilde claustro de religiosas[181]; en ella el mendicante

peregrino de lejanas tierras enseñoreadas por los infieles, que nacido

en la gloriosa Belen y profeso en el célebre monasterio de S. Sabas,

termina su trabajosa cuestacion por Africa y España, pidiendo en

Córdoba al consejo de Abde-r-rahman el eterno descanso á la sombra de la

palma de los mártires[182]; en ella numerosos monges, unos nacidos de

noble linage, otros nobles por sus hechos y virtudes; en ella finalmente

ricos y pobres, sabios é ignorantes en las humanas letras; versados en

los estudios y trato de los árabes, y extraños de todo punto á su lengua

y comercio; aventajados en la corte, y oscuros mozárabes de la Ajerquía;

casados, célibes, eunucos; los unos criados entre parientes mahometanos,

y sin embargo cristianos desde la infancia; los otros hijos de

cristianos, pero tenidos por musulmanes hasta el momento de recibir de

Dios el don de caridad y fortaleza, que los convierte de repente de

tibios y meticulosos en paladines declarados de la fé, sedientos de la

salvacion de las almas y de las salutíferas aguas de la tribulacion. La

edificacion de sus hermanos, la conversion de sus obcecados dominadores,

la espiacion de la pasada prevaricacion de España[183], reclaman ese

sacrificio. Allá van, pues, gozosos y tranquilos: los mancebos

renunciando á sus doradas esperanzas, á su brillante porvenir, á la

ciencia, á los honores, á la gloria, al amor, á todo lo mundano; las

madres despidiéndose para siempre de sus inocentes hijuelos, en quienes

se compendian para ellas todos los placeres de la tierra, y estampando

en sus rosadas megillas el último beso, que reciben dormidos, ignorantes

de su próxima horfandad. Allá van, animosos y decididos, á dar su sangre

por su fé, por el cristianismo, por la verdadera civilizacion del mundo,

por la gloria del Criador, y á dejarse sepultar cadáveres desangrados en

ese hondo rio, momentáneamente agitado y luego otra vez magestuoso y

sereno. No podrán decir sus enemigos que los impulsa la vanagloria,

porque saben que sus nombres serán execrados prevaleciendo los apóstatas

partidarios de Recafredo, y que el culto de los mártires es severamente

castigado por los musulmanes y por los obispos prevaricadores[184]. Ese

es el premio que esperan de los hombres, esa la recompensa que les

tiene reservada el mundo, que los moteja de fanáticos y alucinados, en

pago de lo que ellos se afanan y sufren por su emancipacion y progreso.

¿Vivirán al menos sus nombres en la memoria de la España restaurada?

Vivirán, sí, en los corazones de la gentecilla humilde y oscura, que es

la que ama las tradiciones piadosas y los recuerdos de sus santos;

perpetuaránse en las leyendas, en los martirologios y santorales, que,

fuera de las iglesias y monasterios, solo manejarán el devoto madrugador

que vive ignorado del mundo, y el solitario campesino que solo ve de la

gran ciudad las azuladas torres; pero los poderosos, los cortesanos, el

Estado, nada creerán deberles ni se cuidarán de ellos, porque la

memoria, peso abrumador para la vida de los grandes, es como un mar de

plomo en que se hunden todas las antiguas glorias y escarmientos. El

calor de las nuevas impresiones le hace hervir un instante, y luego

gradualmente recobra la inmobilidad de la masa inerte. En él las cosas

de quilate se sepultan, y solo sobrenadan cañas huecas y espumajos.

Pero si los hombres son ingratos con los mártires, el Omnipotente al

menos se les declara propicio, y armado con todos sus horrores y

prodigios, atestigua por ellos, conturbando á los jactanciosos

dominadores. Corria el mes de setiembre, delicioso en la tierra de

Córdoba, y en uno de sus mas claros y serenos dias, los consternados

cristianos veían clavar en la ribera del Guadalquivir los cuerpos de dos

mancebos, nobles por su sangre y afamados por su ciencia, que acababan

de ser degollados, durando aun la ceniza de la hoguera encendida para

quemar los cadáveres de otros dos mártires. Oscurecióse de repente el

cielo; cubrióse de negras nubes sin que precediese anuncio de tempestad,

rompió esta con grandes truenos y relámpagos y granizo, y mientras los

hombres ofendian á la naturaleza con la muerte de aquellos dos justos,

con tanta crueldad sacrificados, esta demostró hacer por ellos

sentimiento enlutándose en medio de su mas esplendorosa gala[185].

Insensible el orgulloso Amir á tan evidente testimonio, jura lleno de

furor que raerá de sus vastos dominios la cizaña de la fé cristiana. Ya

el valor de los mártires le conturba y le quita el sosiego, ya la

poblacion mozárabe le ocupa y le causa insomnios; la poesía, la música,

las artes, los cuentos y relaciones de Zaryab y de sus favoritos no le

desenojan; conoce el valor de los buenos cristianos, el prestigio que

entre ellos alcanzan los prelados como Saulo, los doctores como Eulogio,

pero fia demasiado en la intimidacion que ejercen los malos obispos con

sus decretos y él con sus edictos, y desconoce la fecundidad de la

sangre derramada. El año 852 se halla en su tercio final: veintiocho

cristianos han muerto á manos de los verdugos del Amir; su obispo y su

mas caro maestro conocen ya el rigor de las prisiones. ¡Ay de los que se

atrevan en lo sucesivo á desafiar su saña! Dos eunucos cristianos, sin

embargo, uno natural de Granada y otro venido del Oriente, llamados el

primero Rogelio y el segundo Serviodeo, aquel monge y anciano, este mozo

y de estado á nosotros desconocido, penetran denodadamente en la

mezquita mayor un viernes, en ocasion de hallarse el templo todo lleno

de gente allí congregada para hacer su azala. Sabida es la escrupulosa y

nímia atencion con que observan los musulmanes viviendo entre cristianos

hasta las mas pequeñas prescripciones de su ritual, porque los sectarios

de Mahoma son esclavos de su religion como de su gobierno: no hay

creyente que antes de entrar en la mezquita á orar, ya sea en dia juma,

ya en otro dia cualquiera, no haga en las fuentes del atrio sus

purificaciones ó abluciones, con todos los requisitos prevenidos por la

Ley y la Sunnah; ni hay quien se atreva á penetrar en el recinto sagrado

sin dejar en el pórtico el calzado con que anduvo por las calles y

plazas; ni quien una vez dentro de la casa de adoracion, no ocupe el

parage asignado á su edad y sexo, no haga mirando á la kiblah las

incurvaciones y postraciones á que estan obligados los fieles, y no siga

en todas las oraciones y actos de su ceremonial al Imam con aquel órden,

regularidad mímica y afectada compostura, propios de una religion de

meras formas. Rogelio y Serviodeo, despreciándolo todo, se entraron en

el templo con ímpetu extraño, sin ablucion, sin despojarse del calzado

inmundo, sin hacer acto alguno de los que el culto musulman impone.

Debieron los servidores de la mezquita mirarlos al pronto como dementes;

al verlos atravesar con infraccion de todas las reglas establecidas, á

paso precipitado, por las hileras y departamentos de hombres, niños,

hermafroditas[186] y mugeres, fijarian en ellos los muslimes sus ojos

atónitos sin esplicarse la causa de tan punible desacato. Pero antes de

presenciar el gran delito que se prepara, cúmplenos observar, aunque sea

de ligero, esas singulares ceremonias de que hemos hecho mérito, para

comprender mejor el sangriento escándalo, la alarma y el enojo, que los

dos osados cristianos debieron producir en los musulmanes cordobeses y

su gobierno. Un poco de paciencia, buen lector: luego terminaremos el

cuadro de los furores de los Amires, y de las justas venganzas del

cielo.

Los musulmanes dan una importancia suprema á todos los actos exteriores,

porque las grandes promesas de Mahoma se libran en ellos. «Al que se

lava el cuerpo segun manda la _Sunnah_, y va temprano al templo, y se

pone cerca del Imam para oirle con atencion sin hablar palabra, le

escribe Dios nuestro señor, dicen los doctores del Koran, por cada paso

que dá, el premio correspondiente á un año de adoracion, y á un ayuno de

todos los dias.» «El dia del juicio, añaden, se le aparece la Aljama en

forma de hermosa figura ataviada con vistosos arreos: él pregunta:

¿quién eres? y ella le responde: soy la Aljama, que vengo á atestiguar

delante de Dios cómo acudiste al cumplimiento[187].» Ceremonias

exteriores tan poderosas, que sirven de espiacion y justificacion, y que

equivalen en mérito á la mas rigorosa penitencia, escusado es decir si

se observarán escrupulosamente. Verdad es que estas fórmulas se

consideran nulas sin la recta intencion, así que «la azala, dicen los

teólogos árabes, es una estátua que figuró Dios lo mismo que figuró los

animales, poniéndole por alma la intencion[188].» Pero como la mera

intencion es fácil de formar, no por eso la religion mahometana resulta

menos cómoda. La pureza del corazon se recomienda, pero no se dá

medicina para lograrla: no importa: todo va bien mientras el cuerpo

aparezca puro de inmundicia exterior, y mientras las azalas obligatorias

se hagan en los tiempos y con las posturas, lecciones y jaculatorias

requeridas, siguiendo al Imam con precision automática, y como si

dijéramos á golpe y medida de resorte: exactamente de la misma manera

que hacen la carga á once voces los héroes de oficio que entretienen las

naciones para un caso de guerra, y sus habilidades los perros sabios

que en teatrillos ambulantes los imitan en casos de paz. Hé aquí pues

cómo se santifica el pueblo que rige el poderoso Abde-r-rahman II.

Estamos en plena festividad, dia de viernes, dia juma: dia por cierto en

que sufrió un solemne desaire el gran profeta Mahoma mientras estaba

predicando en la mezquita de Medina. Hallábase en lo mas crítico de su

peroracion, cuando sonaron de repente los tambores que anunciaban la

entrada de la caravana de mercaderes en la ciudad; y todos entonces,

escepto doce fieles de fé tenaz y aguerrida, abandonaron el templo

dejando al predicador con la palabra en la boca. Esta falta de respeto

le sugirió la feliz idea de hacer bajar del cielo la Sura ó capítulo

LXII de su Koran, titulada _el viernes_, y cuya aleya undécima dice así:

«Cuando el interés los estimula, corren los hombres al punto adonde su

voz suena, y abandonan al ministro del Señor. Diles pues: los tesoros

con que Dios os brinda son mas preciosos que todo bien perecedero. Dios

es el mas generoso de los bienhechores[189].» Este pesado chasco no

quita que sea el viernes el mas dichoso dia que alumbra el sol, y que en

él (los muslimes al menos así lo suponen) criase Dios á nuestro padre

Adan; que en él lo pusiese en la gloria, y luego lo bajase á la tierra,

y que en él muriese; que en él deba ser el juicio, y que no haya en él

animal que no esté en confusion desde que amanece hasta ponerse el sol

esperando la hora de la comparecencia, esceptuadas las gentes y

espíritus[190]. En este dia al que hace la azala le son perdonados todos

los pecados que tenga sobre su alma.

Siendo por consiguiente la azala del viernes tan eficaz, es claro que no

se descuida el hacer con toda minuciosidad la purificacion que á ella

precede, y que es como la raiz y fundamento de la Ley musulmana; porque

está escrito que _no recibirá Dios la oracion sin la purificacion_[191],

y Mahoma ha pronunciado que _la religion está cimentada sobre la

limpieza_[192]. «_Oh vosotros los que creeis, antes de comenzar vuestra

oracion lavaos el rostro, y las manos hasta los codos, y restregaos la

cabeza, y los piés hasta los talones, y purificaos si hubiéseis tenido

polucion. Si estuviéseis enfermos, ó hubiéseis tenido coito, tomad á

falta de agua polvo limpio, y frotaos con él la cara y las manos. No

quiere Dios angustiaros, sino haceros puros y derramar sobre vosotros

sus gracias para que seais agradecidos._» Así se espresa el Profeta en

la Sura quinta de su Koran, y sobre estas palabras arman los musulmanes

toda la artificiosa y ridícula máquina de su purificacion y abluciones.

Córdoba · 第 11 / 53 段