Así escribe desde el campo de batalla á su amada Tarúb, y en estos

sentidos, concisos y brillantes pensamientos, muestra bien claro el

privilegiado temple de su alma. Como poeta y como enamorado, es ya

conocido[130]; como político y como guerrero, harto le dan á conocer sus

conquistas y las paces ajustadas con Teófilo y Cárlos el Calvo; como

administrador, basta decir que utilizó sus victorias en proporcionar á

su pueblo paz, ilustracion, riquezas y goces[131]. Dice Ibnu Said que

antes de su reinado el producto de los impuestos no habia jamás escedido

de seiscientos mil dinares, y durante él llegó á producir mas de un

millon. Gastó sumas inmensas en construir palacios y quintas de

recreacion, puentes y mezquitas en las principales poblaciones, y en

ennoblecer su capital de nuevas maneras, empedrando sus calles y plazas

con losas, y llevando á ella desde la vecina sierra abundantes y

cristalinas aguas por medio de un largo y fuertísimo acueducto que como

gigantesca serpiente ondulaba por aquellas hermosas llanuras atravesando

repetidas veces las mismas entrañas de los montes[132]. A tal opulencia

y gloria llegó la capital de Andalucía bajo este rey, que escribió de él

S. Eulogio: «Córdoba, llamada antes la patricia, y hoy la ciudad real

por tener en ella su asiento, le debe el hallarse en la cumbre de la

grandeza, de los honores y de la gloria, colmada de riquezas, y

convertida en emporio de las delicias del mundo entero hasta un punto

inesplicable é increible.» ¿Creereis ahora que el sultan Abde-r-rahman

II es una intratable y sanguinaria fiera? El que tanto ama el lujo, la

magnificencia, las artes, los placeres, bien podeis asegurarlo, no tiene

corazon de bronce. ¡Pobre sultan, mas desgraciado en medio de su

aparente felicidad que esos inocentes mártires cristianos entre el

horror de sus aparentes tormentos! La conciencia de su deber le arranca

de los brazos de su amada Tarúb para volar al campo de batalla; esa

misma conciencia le sugirió como actos agradables al Omnipotente dos

leyes que fueron orígen de su suplicio y de nuestra gloria, con las

cuales no se imaginó seguramente que dirigia el pié al ensangrentado

camino donde en sus postreros años se encenagó. Pertenecen estas dos

leyes al órden político, aunque el carácter de la una mas parece á

primera vista religioso, y el de la otra de mera policía y buen

gobierno; y cumple recordarlas aquí porque, aunque ominosas á nuestra fé

cristiana, ellas contribuyeron poderosamente á cimentar el poder

islamita en España, á fomentar el espíritu de proselitismo sin el cual

la nacionalidad mahometana no puede existir, á hacer la monarquía

musulmana una y compacta, y prepararon finalmente las vias al tremendo

aluvion de conquistas con que cubrió despues los aniquilados restos de

la España cristiana el impetuoso Almanzor. «Todo hijo de padre ó madre

mahometano, será mahometano tambien, so pena de muerte,» decia la

una[133]; la otra venia á ser una mera confirmacion de un artículo del

fuero otorgado por Alboacem: «El que dijere mal de Mahoma ó de su Ley,

sea muerto[134].» Con esta draconiana sencillez consignaba Abde-r-rahman

el victorioso[135] su celo por el completo triunfo del Islamismo y su

obsequio á la alta _razon de Estado_. Con este tristísimo preludio, sin

mas de lo que estrictamente exigian de consuno la conservacion del órden

social y las necesidades de la política musulmana, sin lujo alguno de

tormentos accesorios[136], y como una cosa muy natural dentro del

círculo del derecho penal mas escrupuloso, comenzó la sangrienta

persecucion sarracénica como una verdadera lucha instestina entre el

Estado que pugna por consolidarse y la conciencia que forcejea por la

conservacion de su libertad, y en la cual, si bien los instrumentos del

poder se encruelecieron al compás de la exaltacion en la santa protesta,

el principio que guió al Estado al castigar inflexible el delito de

subversion no dejó de ser por eso legítimo en la esfera de las ideas

islamitas. Acabó para siempre la antigua tolerancia: si cristianos y

muslimes procedieron en alguna época de concierto, cuando todavía no se

hallaban bien penetrados del antagonismo de sus orígenes[137], ahora ya

ambas religiones han avanzado mucho camino y se han separado para no

volverse mas á encontrar. Ni el mahometismo de Bagdad y de Córdoba es el

mahometismo del Yemen, ni el cristianismo de los Paulos, Eulogios y

Perfectos, es aquel cristianismo desfigurado de los Nestorianos de

Oriente[138]. Dos principios que aun no han producido resultados pueden

parecer idénticos, así como en su orígen nadie diferenciará el manantial

destinado á ser magestuoso rio del manantial que corre á perderse en

inmundos lodazales; pero cuando esos dos principios han arrojado ya de

sí todas sus consecuencias, cuando cada uno de ellos ha apurado por

decirlo así el sueño de la crisálida para estender libremente sus alas á

la luz, no es posible que se amalgamen y confundan. El mahometismo

desarrollado ha ofrecido al mundo como legítimo producto la mas refinada

voluptuosidad; el cristianismo, vuelto á sus genuinas aspiraciones

despues de la breve escursion que sus malos intérpretes han hecho por el

dominio gentílico, proclama por la voz de los penitentes y contritos que

la perfeccion de la vida solo se encuentra en la ley del sacrificio, de

la caridad y de la propia abnegacion. ¡Guerra implacable, pues, á los

que condenan la cómoda religion del Profeta! ¿Qué mayor honor, qué mayor

obsequio puede tributarse á la Ley escrita en las portadas y columnatas

de la gran mezquita, que inmolar á su ciego acatamiento á todo el que la

desobedezca, ridiculice ó contradiga? ¡Compareced á nuestra vista,

sombras augustas y queridas de tantos mártires incontaminados: desfilad,

santos y puros sacerdotes, nobles mancebos, vírgenes bellas y pudorosas

que componeis la sagrada hueste de víctimas á quienes hoy la Iglesia de

España tributa agradecido culto; deslizaos como leve legion de espíritus

por entre esas crepusculares naves que fueron un tiempo teatro de

vuestra generosa y heróica confesion, y podamos al menos con el dolor y

la compasion de ver correr vuestra inmaculada sangre bajo el hierro de

los verdugos, fortalecernos contra la seduccion que hizo sucumbir á los

que fueron indignos hermanos vuestros en la fastuosa corte de ese

sultan! ¡Ah! mientras vosotros recibís en el tribunal del Cadí la

terrible sentencia; mientras entregais á los sayones ya vuestros piés y

manos para que os sean cortados, ya vuestras cervices para morir de un

solo golpe, ya vuestras espaldas para que con crueles azotes os las

destrocen; mientras gemís en tenebrosas cárceles y derramais lágrimas

más sobre la apostasía de vuestros hermanos que sobre vuestros propios

hierros, la gran corte de los Umeyas se entrega placentera al flujo de

las mundanas prosperidades, y viento en popa navega la nave del Estado

cordobés hácia el ansiado puerto de la paz, de la bienandanza y de los

placeres. Vosotros sucumbís como flores modestas é ignoradas que caen

bajo la hoz del segador; pero el próspero sultan que causa vuestro

martirio no percibe siquiera el eco de vuestras desinteresadas

esclamaciones. Allá en la orilla del rio, al pié de su mismo altivo

alcázar, y junto á sus deleitosos baños, donde tan sabrosas trascurren

para él las soñolientas horas del estío, es donde se ejecutan como

comunes y saludables escarmientos de una recta justicia esos sangrientos

castigos; vuestros opresores en tanto se solazan en las frescas

alamedas, en las huertas y jardines que abre á su querido pueblo la

magnificencia del Amir, á costa tal vez del despojo y de la

desesperacion de vuestras familias[139], agoviadas por los tributos;

alguno de vosotros alcanzará quizás el triste privilegio de verse

inmolar sirviendo de espectáculo á las despiadadas turbas[140], mas no

lograreis todos que vuestra constancia y resignacion sirva de fecunda

enseñanza á los poderosos estraviados. ¿Por ventura no tiene mas en que

pensar el prepotente sultan que en recibir caritativas amonestaciones de

las pobres víctimas que mueren perdonando? Sabed que á sus ojos no sois

sino despreciables reos de sedicion, y que no hay en vuestro martirio

lances estraordinarios que merezcan interrumpir las ocupaciones ni los

ocios favoritos de los magnates. ¿Es acaso mas interesante vuestro

suplicio que una batida en la sierra, ó una partida de ajedrez en

palacio, ó que la recepcion de una embajada importante y lujosa como la

de los legados de Teófilo, ó que la discusion de un caso de

conciencia[141] en plena reunion palatina, ó que la consulta sobre una

innovacion en la etiqueta real[142], ó que el grato entretenimiento de

escuchar los cantos, las historias, los versos y lisonjas de un Zaryab?

Hartas calamidades han llovido sobre la trabajada Andalucía para que

vengais ahora vosotros con vuestras siniestras predicciones á conturbar

el reposo que empieza apenas á disfrutar la España islamita. Pocos años

há vísteis repentinamente invadidas las hermosas orillas del

Guadalquivir por las formidables hordas de los Normandos, que sedientos

de sangre y de botin, de incendio y destruccion, asestaron contra la

opulenta Sevilla las proas de sus terribles _dragones_[143], asolaron la

tierra de Sidonia y maltrataron la costa de Niebla. ¡Aquella sí que fué

tribulacion grande! Los bárbaros se burlaban de los elementos: lo mismo

se deslizaban en sus voladoras naves por los mas caudalosos rios,

corriente arriba, que se burlaban de la furia de las tempestades en el

Océano, donde con razon eran denominados _los reyes del mar_; dejábanse

caer como nube de langostas sobre las ciudades y los campos, á su

contacto ardian de súbito las mieses, las casas quedaban reducidas á

humeantes escombros, los moradores á dura servidumbre, y los ganados y

riquezas pasaban á sus naves! ¡Grande turbacion padecia la cristiandad

durante aquella invasion sangrienta, pagana, encarnizada! Sin embargo

vosotros, cristianos de Córdoba y Sevilla, ¿no debísteis entonces á este

mismo rey Abde-r-rahman la seguridad y defensa de vuestras haciendas, de

vuestras hijas y esposas, de vuestros hogares y de vuestra fé? Poco há

tambien que afligida esta tierra, que os obstinais en fecundar con

vuestra sangre, por la gran sequía con que á Dios plugo castigarla,

perecian vuestros ganados de sed, se abrasaban vuestros árboles y viñas,

y se frustraban vuestras cosechas sin que quedase en vuestras heredades

planta verde; en lo cual no se manifestaba el Omnipotente mas

misericordioso con vosotros que con los muslimes; y merced á la

liberalidad y á la generosa proteccion de este mismo rey que os dió

abrevaderos, y aguas cristalinas, y otros bienes de los cuales

disfrutais lo mismo que los mahometanos, no siguió la mortandad en

vuestros ganados, ni la esterilidad en vuestros campos. A Abde-r-rahman

se lo debeis todo. No ofendais pues sus ocios con vuestra desobediencia,

ni sus oidos con las injurias que contra el profeta sumo proferís:

tributadle el honor y alabanza debidos, y reverenciad en él á uno de los

reyes mas justos y grandes de la tierra. ¿Qué exige de vosotros? ¿Os

pide por ventura que abjureis vuestras creencias y que le ofrezcais el

sacrificio de vuestras íntimas convicciones? No en verdad. Solo quiere

que públicamente vivais como vasallos obedientes y sumisos, que no

hableis mal de Mahoma y de su Ley, y que no hostigueis con vuestras

temerarias confesiones á los jueces para que os entreguen á los

verdugos. Seguid el ejemplo de vuestro metropolitano Recafredo, el cual

condena ya ese falso celo que os lleva desalados al suplicio, y obedeced

tambien los decretos que este justo prelado acaba de dictar para

desengañaros de vuestras falsas doctrinas[144]. No busqueis la muerte,

no corrais con ciego afan al suicidio, pues no sereis mártires, sino

malhechores y temerarios, si en ello os obstinais: sabed que

presentándoos á los jueces sin ser violentados, estais excomulgados, y

que como infames sereis quemados despues de muertos, dejando á vuestros

hermanos y descendientes el baldon del castigo, y no la aureola de la

glorificacion. ¡Oh mezquinas consideraciones humanas!

Vosotras, empero, almas sublimes que formais esa gloriosa legion de

mártires, rechazais con santa indignacion los cobardes pensamientos que

sugieren á los corazones tibios el egoismo ó la seduccion, firmes en

vuestro propósito evangélico os lanzais á predicar públicamente la

verdad, y devoradas por la santa sed de la salvacion de las pobres almas

ignorantes y obcecadas, llevais vuestro amor hasta el inconcebible

estremo de sellar con la propia sangre, para que se convenzan y

conviertan, el testimonio que ya les habíais dado con vuestra

irreprensible vida y luminosa predicacion.

Y ¿cómo paga el divertido monarca los esfuerzos de vuestra heróica

caridad? ¡Ah! Mejor que nosotros lo dirá la piadosa leyenda. Óyese rumor

de turbas hácia la plaza del alcázar, y va creciendo por grados en

direccion á la gran mezquita. Los artesanos dejan sus obradores, salen

los vecinos á las puertas de las casas, los devotos que estaban en el

nuevo templo haciendo sus annefilas[145] acuden á las puertas esteriores

del atrio: asoma por la parte de occidente una apiñada muchedumbre, y

distínguese á intérvalos una voz aguda á la que sigue una algazara

estraña de aplausos, silba y descompasados ahullidos. Aproxímase el

gentío, y percíbese con claridad un pregon que va diciendo: «Así será

castigado quien se burlare de nuestro profeta y de su religion.» El

objeto del triste anuncio es un hombre á quien conducen en medio de

aquella frenética multitud, desnudo, montado en un asno con el rostro

vuelto á la cola del animal, cargado de cadenas, y tan estropeado á

fuerza de azotes, que mas parece muerto que vivo. Llévanle por las

calles principales hácia el barrio de los cristianos, en cuyas iglesias

le presentarán para escarmiento á la conturbada y casi dispersa grey de

Jesus, despues de lo cual será encarcelado hasta que le llegue la hora

de volver á la plaza del alcázar á recibir la muerte.

Mientras el confesor Juan, que tal es el nombre del azotado, sufre este

inícuo trato por amor de Cristo, y mientras á este santo mártir siguen

otros quince, entre los cuales descubren nuestros ojos horrorizados y

atónitos la mas varonil fortaleza en las mas delicadas criaturas, en el

lindo page[146] y la tierna doncella[147]; el rey Cordobés vive

entregado á los placeres de la poesía, de la música y del amor, y no

consiente siquiera que los Cadíes molesten á sus consejeros sometiendo á

su conocimiento las causas de los infelices cristianos.

Quiero, oh tú que revuelves conmigo los anales de estos lejanos tiempos,

que conozcas al hombre privilegiado que embellece los dias pacíficos del

reinado de Abde-r-rahman II, al genio incomparable que preside á todas

las grandes innovaciones de la corte de Córdoba, á todas sus nuevas

instituciones y á su progreso, para que juzgues si en un corazon

entregado á semejante valido y al vértigo que él produce, pueden hallar

acogida las doctrinas de abnegacion y sacrificio que los valerosos

mártires cristianos estan llamados á mantener y propagar.

La España árabe se iba, como decimos hoy[148], _civilizando_: es decir,

iba progresando en la via del desarrollo material; íbase puliendo,

aumentando su riqueza, sus goces, su esplendor, y perdiendo su primitiva

rusticidad, su sobriedad y sencillez de costumbres. Ali Ibn Nafí, por

otro nombre Zaryab, era en este tiempo el mas celoso promovedor de la

cultura de los árabes andaluces. Versado en la astronomía y en la

geografía, sabía la _division de la tierra en siete climas_, las varias

producciones peculiares de cada uno de ellos, su temperatura, sus mares,

y el órden y poblacion de cada pais; poseía ademas todos los ramos del

arte que tienen relacion con la música, y era tan prodigiosa su memoria,

que podia ejecutar mil canciones distintas con sus correspondientes

palabras y tonadas, y repetir otras tantas historias de reyes y califas

amenizadas con sentencias de los sabios de todo el Oriente. A este

candoroso retrato, añaden los historiadores árabes que era Zaryab como

un manantial inagotable de tradiciones, leyendas y aventuras, y que su

elegante, entretenida y sabrosa verbosidad solo podia compararse á un

golfo sin fondo. Sobresalia principalmente en la música y el canto, y

desde su llegada á Córdoba en el año primero del reinado de

Abde-r-rahman, pues él era natural de la Iraca, habia fundado una

escuela de música vocal con la que estaba haciendo una total revolucion

en este arte. Si como artista y hombre científico le habia cobrado

afecto el Sultan, que se pasaba las horas muertas oyéndole referir

anécdotas é historias, no era menos agasajado y querido entre los nobles

y potentados de la corte por la elegancia de sus costumbres y la amena

novedad de sus traeres. El Amir le honró con su intimidad; los grandes

adoptaron sus usos y estilos; su privanza llegó hasta el estremo de

vivir y comer con el rey, y disfrutar una crecida pension él y sus

hijos, y ser el confidente de todos los secretos del monarca, y tener en

el aposento de este una puerta secreta para entrar á verle siempre que

se le antojára; su popularidad subió hasta el punto de imponer á toda la

corte sus modas y caprichos, en tales términos, que no era posible en

ella ser hombre de gusto delicado no imitando en todo las invenciones de

Zaryab. Era este en suma el Antinoo de Abde-r-rahman, y este sultan era

el Adriano de Zaryab.

Conocido el personage con sus dotes intelectuales, vas á verle con sus

atavíos esteriores y en el pleno ejercicio de sus hábitos y costumbres.

Si te conduce la piedad en pós de alguno de esos olvidados y pobres

mártires, al abrigo de las nocturnas sombras, á la temerosa orilla donde

los sayones de los Cadíes acaban de suspender como bárbaro trofeo los

cadáveres de sus víctimas, tal vez herirán tus oidos los melodiosos

acentos de mágicos laudes, que de uno de los macizos muros del alcázar

se elevan á deshora como ténue vapor mezclándose al murmullo del agua en

las azudas. No pasarán muchos años sin que los mismos coros celestiales

desciendan con sus inefables armonías sobre el mutilado cadáver de un

gran santo, que hallará en las melancólicas ondas del profanado Bétis la

piedad que no alcanzó de los hombres; mas por ahora son esos acentos

puramente humanos, y los produce el célebre cantor de Iraca que ahuyenta

la melancolía de la noche con sus dos esclavas favoritas Gazzalán é

Hindah, á quienes concede el privilegio de alternar con él en el

ejercicio de su instrumento predilecto por la gracia y destreza con que

sus lindos dedos recorren las cinco sonoras cuerdas combinando sus

diversos tonos[149]. Dícese que los _jines_[150] le enseñan en las

horas del misterio y del silencio ese arte encantador con que tiene

embelesada á la corte, y que suele pasar la noche entera con esas dos

hermosas esclavas ejecutando las inspiraciones que de ellos recibe,

refiriendo cuentos y escribiendo versos hasta dibujarse en el oriente la

primera hebra de plata y rosa de la aurora. Entonces las dos esclavas

vuelven á sus aposentos si él se recoge en su harem, ó permanecen con él

si se lo manda, y Zaryab se entrega á la deliciosa vision de las

fantásticas imágenes que la poesía, la música, el amor y las libaciones

de vino de palma y aromático Sahbá[151] van produciendo en su exaltado

cerebro hasta hundirse completamente en la nada del sueño. A la hora en

que el respetado señor reposa en su blando lecho de bien preparado

cuero, del cual está proscrita la manta de algodon de la antigua usanza,

los eunucos y esclavos se emplean en su servicio. Su vestir, su mesa, su

método de vida son enteramente escepcionales: todo en su morada respira

comodidad, voluptuosidad y molicie; todo es allí peregrino é inusitado.

Zaryab muda de vestidos en las cuatro estaciones del año, cosa antes

nunca vista, porque los andaluces, hasta que se introdujo esta novedad,

llevaban ropa de invierno ó de color hasta el dia 24 de junio (dia de

_mahraján_), en que empezaban á usar el trage blanco ó de verano, y con

este continuaban hasta el dia primero del mes solar de octubre, en que

volvian á vestirse de invierno. En la estacion media entre el aterido

invierno y el abrasado estío, lleva aljuba de joyante seda ó de vistoso

_mulham_, y jubon ceñido, de estofa ligera sin forro; en la otra

estacion intermedia en que cede el calor y encalvecen las florestas, usa

el _mihshah_ persa[152], trage de un solo color, y otras prendas de

varias formas y tintas, acolchadas para preservarse del viento frio de

la mañana. En invierno abandona el trage de otoño, y se reviste de ropas

de abrigo de varios colores, forradas de pieles si el tiempo lo

requiere. Sus trages blancos de lino no se lavan segun la antigua

costumbre con agua de rosas y otras flores que las manchan con sus

jugos: lávanse en agua de rosas con sal, que pone el lino como el ampo

de la nieve. La vagilla en que come no es de plata ni de oro, es de

trasparente, fino y brillante cristal, materia que no se afea ni se

desforma, y que imita los objetos etéreos en que los almalekes sirven

los banquetes del Paraiso. Su comida no se sirve en mesas de madera,

sino en elegantes bandejas de terso cuero; en su cocina, finalmente,

nunca se aprestan manjares comunes, sino platos esquisitos, el

_at-tafayá_[153], la _takalliyah_, y otros que escitan el apetito con su

sabor peregrino halagando el olfato con las especias de la India y el

aromático cilantro.

Este profundo maestro de la vida muelle y regalona ejerce en la corte y

palacio una seduccion irresistible: desde que él, sus hijos y mugeres se

presentaron peinados como los eunucos y concubinas, ya todos han

proscrito la pristina usanza del cabello crecido sobre la frente;

pártenlo ahora por el medio, sin cubrirla, y recógenlo detrás de las

orejas con afeminacion y estudio[154]. El Sultan que se deleita en

tenerle de contínuo á su lado, va insensiblemente contagiándose de su

refinado sensualismo, y por lisonjear los gustos del Sultan se contagia

toda su corte. Las bellas artes, las nobles hijas de la inspiracion,

ceden el puesto á las artes del deleite: la gran mezquita no nos

descubre mejora alguna de importancia debida á este reinado; lo único

que le debe son dos pórticos[155] y el oro con que se cubren unos

cuantos capiteles. Casi diríamos que al influjo de la refinacion de las

costumbres se va amortiguando la llama del genio...

Así es en efecto. Los pueblos son como los niños: la aspereza y la

contradiccion los aviva y estimula, y acariciándolos se los duerme. Las

artes del pensamiento, noble ejercicio del humano anhelar combatido

entre las esperanzas y dolores de la vida, desarrollan y enaltecen los

sentimientos morales; las artes de los sentidos, ministros solícitos de

la voluptuosidad, los enervan y degradan. Parece á primera vista que hay

contradiccion entre la decadencia del espíritu religioso[156] y el

encono en la persecucion del cristianismo; no la hay sin embargo, porque

el móvil de esta persecucion no es la fé, sino la razon de Estado. Con

ser el celo religioso de Abde-r-rahman II menor que el de sus

progenitores, es mayor su intolerancia, porque es el Estado mas

exigente, y mas despiadado el corazon del que le rige. Un gemido de

dolor, una lágrima sola, traspasan una coraza de hierro cuando el

corazon que late debajo de ella es varonil y generoso; pero no hay

coraza mas impenetrable á las saetas de la caridad que un pecho

embriagado de perfumes, avezado á femeniles afeites y cubierto de

lustrosa seda. El pecho del hombre estragado en los deleites es la losa

de un sepulcro vacío.

Cuando en el campo de la moral luchan la verdad y el error, si el Estado

destruye la posibilidad del equilibrio prestando al error su apoyo, el

antagonismo necesariamente ha de formularse en _persecucion_; y cuando

la verdad perseguida renuncia al derecho natural de la resistencia, el

vencimiento se ha de formular necesariamente en _martirio_. Ahora bien,

¿podia el Estado no prestar su brazo al mahometismo, siendo este el que

le habia formado? ¿Y podia por otra parte el cristianismo no protestar

de contínuo contra la ley funesta del Koran, sancionando con su

aquiescencia el retroceso del estado normal al estado de imperfeccion?

¿Habia de contemplar la España cristiana con rostro sereno y ojo enjuto

la ruina de todas las grandes conquistas del evangelio; destruida la

familia con la vergonzosa concesion de la poligamia y del divorcio;

desmentida la divina regeneracion del hombre por la asquerosa lepra de

la servidumbre, que el Redentor habia lavado con su propia sangre;

desfigurada la santa nocion de la justicia por transigir con la

venganza, y restablecida la monstruosa pena del talion por deferencia al

espíritu material y grosero del pueblo sarraceno? Efectivamente, la

poligamia con todos sus tristes adherentes, la deslealtad, la seduccion,

el concubinato, el adulterio; la esclavitud con sus legítimas

consecuencias, el envilecimiento del ser racional y las sediciones; el

justiprecio de la sangre derramada por el homicida; y el talion por

último con su horrible desigualdad retributiva, son las facciones

características de ese Estado musulman que con un barnizado antifaz de

prosperidades y placeres materiales se anuncia al mundo como émulo de la

civilizacion de la cristiandad y su superior en el cultivo de la humana

inteligencia.

No al acaso he tocado el delicado punto de la poligamia, cáncer

destructor de la familia musulmana, porque siendo la familia la norma

del Estado, pueda comprenderse por aquí hasta qué punto es ruinosa la

basa en que estriba esa vanagloriosa sociedad. Acompañadme en una breve

escursion por fuera de la gran mezquita. Grato es de vez en cuando

esplayar el pensamiento, como es grato al ave nacida bajo la magnífica

cornisa de piedra de su espacioso atrio, pasar volando sobre las casas

circunvecinas para volver á posar despues entre las grandiosas ménsulas

donde fabricó su nido. Abarcaremos con una rápida mirada toda la vida

doméstica del pueblo mahometano, y luego regresaremos al interior de su

templo, donde fortalecidos con el convencimiento de que el progreso y

esplendor de las artes es por desgracia compatible con el deshonor de

las leyes y de las costumbres, no nos dejaremos alucinar como muchos

fanáticos partidarios de la cultura arábiga por las deslumbradoras

maravillas que su arquitectura tiene que realizar todavía en un

monumento que es el prototipo mas acabado de su genio. No me acuseis de

parcialidad: voy desapasionadamente á poneros ante los ojos la vida

doméstica segun el Koran. Apartaremos la vista de los escesos y

desórdenes que la ley condena y castiga. Sabemos que todos los pueblos

los cometen, y que hay una edad en la vida de las naciones en que las

costumbres presentan la corteza de la barbarie. Pero vamos á observar

cómo vive la familia mahometana dentro de la permision de la Ley, para

deducir cómo vivirá con la trasgresion, inevitable en toda humana

sociedad.

Recorramos el interior del hogar doméstico en cualesquiera gerarquías,

desde el tugurio hasta el palacio. Estudiemos la condicion verdadera de

la muger, ya bajo el dorado arteson, donde para endulzar su cautiverio

se la embriaga de placeres, haciéndola pasar del tocador al divan, del

divan á la danza, de la danza á la música y á los cuentos, de la música

al perfumado baño, del baño á la mesa, de la mesa al palanquin y del

palanquin al lecho; ya bajo las tejas del pobre zaquizamí, donde á la

dura servidumbre de su sexo se reune la brutal inconsideracion de su

marido. Veamos, é interroguemos, y recojamos con atencion las

respuestas.--Dime, hermosa africana, ¿por qué estás triste? ¿por qué

palidece el ébano en tus lánguidas megillas y se estingue el fuego en tu

mirada? ¿No se deslizaban felices tus dias en este encantado y magnífico

recinto, descuidados como esas cuentas de coral que por el roto hilo de

tu gargantilla caen á ese tapiz de flores? El sol abrasador de Tunez

marchitaba tu juventud en los aduares: caiste en poder de los enemigos

de tu tribu, fuiste vendida como esclava, y ahora disfrutas las delicias

del harem y el cariño de tu dueño.--¡Ay mi sol de Africa! ¡Ay mi

libertad! ¿Te imaginas por ventura que una esclava no es una muger? Fuí

vendida, es cierto; pero amé con toda mi alma al dueño que me compró, y

el ingrato ahora me abandona por una muger de linage, porque el profeta

le autoriza á tener á un tiempo mugeres y esclavas[157]; y no contento

con arrancarme un corazon que la ley natural habia ya hecho todo mio, me

vende á un hombre que aborrezco pudiéndome tener consigo[158]!

Vuélvome á otro lado, y pregunto:--Linda damascena, tú pareces

completamente feliz: huérfana en Siria, hallaste en Andalucía un jóven

esposo que te sirve de padre, cuya opulencia te proporciona cuantos

goces puedes apetecer. La ventajosa posicion de tu marido debe llenarte

de orgullo, y cuando la edad te permita aparecer en público con el

rostro descubierto, brillará en tus ojos la satisfaccion de ver honrados

y aventajados á tus hijos.--¡Cuánto te engañas! Ahora que soy jóven nada

me halaga, porque la riqueza de mi esposo solo sirve para dorar las

prisiones en que vivo. Su desconfianza me humilla, y la vida de esposa

me es mucho mas insoportable que la horfandad. No gozo un solo instante

de libertad: mis siervas espían mis mas inocentes acciones; los eunucos

que de noche velan mi sueño, las almeas que tú crees destinadas tan solo

á divertirme con sus bailes, las _tellaks_[159] que te imaginas

consagradas esclusivamente á mi servicio en el baño, son, sin

sospecharlo tal vez, los ciegos instrumentos de la tiranía marital.

Oyes susurrar el aura entre las flores, no sabes si gime ó si rie; así

son mis suspiros. Oyes cantar al pájaro entre sus dorados alambres, no

sabes si está alegre ó si llora; así es mi canto.--Tu esposo es fiel sin

embargo al mandamiento del profeta, y no te niega su cariñoso homenage,

¿para qué quieres la libertad?--Di mas bien para qué quiero ese homenage

forzado si hay otras esposas que lo obtienen igualmente, y no soy yo la

que impera en su corazon. Ese obsequio legal me repugna: el profeta le

consiente darme hasta tres rivales, de modo que su obligacion se limita

á envilecerme una vez cada cuatro dias[160] renovando en mi corazon la

herida de los celos. Mira lo que dice nuestro libro sagrado al hombre:

«No contraigas matrimonio sino con dos, tres, ó cuatro mugeres. Elige

las que mas te agraden. Si no puedes mantenerlas, cásate con una sola ó

conténtate con tus esclavas[161].» Tambien te engañas si te figuras que

el renombre y la gloria del marido pueden ennoblecer á la esposa

sepultada en vida, y que el velo que ahora cubre mi semblante[162] caerá

con los años para otra cosa que para hacer manifiesto el rubor de mis

megillas cuando mis hijos sean postergados á los de una advenediza

preferida.

Córdoba · 第 10 / 53 段