Tigris, de la magestuosa Córdoba á la risueña Bagdad, advertimos en los
dos colosos genio idéntico y temperamentos diversos. El de Oriente,
ávido de lujo y de sensaciones, prodiga sus riquezas con frenética
magnificencia: Al-Mamún el dia de su boda siembra mil gruesas perlas en
el sedoso cabello de su amada, y pide setecientos porteros para su
palacio, y árboles de oro y plata para sus jardines[112]. El de
Occidente, igualmente pródigo de sus tesoros, asombra con sus rasgos de
generosidad á los avaros hijos del Norte: Abde-r-rahman II para aplacar
el justo enojo de su querida Tarúb hace tabicar la puerta de su aposento
con sacos llenos de dinares, á fin de que al hacer la hermosa concubina
las paces con su señor, sea una lluvia de oro la recompensa de su
perdon[113]. Codicia el de Oriente la posesion de la ciencia y se
esfuerza por alcanzarla, porque Mahoma habia dicho en su Koran: «Un
entendimiento sin erudicion es como un cuerpo sin alma.» Harun llama á
su corte á los médicos, á los filósofos, á los literatos, á los
artistas, sin distincion de patria y de religion[114], los colma de
agasajos y de honores, forma con su auxilio el vínculo moral único capaz
de contener la disolucion de su imperio, y á su benéfico influjo las
nociones antiguas, momentáneamente proscritas por la inexorable
cimitarra de los Arabes conquistadores, renacen y reaparecen del mismo
modo que vuelven á levantar sus vívidas corolas á los rayos del sol las
tiernas flores envilecidas en el lodo durante la tormenta. Imposible es
abarcar de una sola ojeada todos los timbres de gloria de los Califas
Abassides: animados de la mas generosa tolerancia, encomiendan á los
Cristianos de Bagdad la version de las obras de los filósofos griegos,
fomentan entre los Sarracenos el estudio de la _ciencia de la razon_,
protegen las escuelas judáicas fundadas en Sora y Pundebita para la
propagacion de la filosofía alejandrina, no contentos con favorecer la
investigacion de todos los manuscritos que se habian salvado de los
desastres de la invasion, piden á los emperadores de Bizancio que les
envien sus libros y sus sabios[115], enriquecen sus bibliotecas con los
tesoros de la literatura persa, nombran comisiones que traduzcan las
obras preciosas de la antigüedad, á Homero, á Tolomeo, á Aristóteles,
crean academias é institutos científicos en Bagdad, en Ispahan, en
Firuzabad, en Samarkanda, en Damasco, en Kuffah y Bassorah, con escuelas
gratuitas y públicas, en una de las cuales[116] llegan á juntar hasta
seis mil alumnos, y consiguen que sean la lengua árabe el idioma de la
ciencia, y el Islamismo la religion general del Asia entera, que adopta
gustosa la lengua de su Profeta. Y esa lengua que en sonoros versos de
cantos antiguos habia cautivado á los apasionados Arabes cuando hijos
del desierto, ¿de qué bellezas no será susceptible ahora que el círculo
de las impresiones se ha dilatado tanto para los que viven entre las
riquezas de la naturaleza domada por el arte, y á la benéfica sombra de
un soberano que retribuye con cincuenta mil doblas un sencillo
poema[117], y que premia al bardo vencedor en los certámenes de Ocadh
con cien dinares de oro, un caftan bordado, un arrogante caballo, una
linda esclava, y el título de príncipe durante un año? Figúrasenos estar
viendo los caminos de la Meka á Bagdad, a Balk, a Samarkanda y á
Nisapur, frecuentados á todas horas del dia y de la noche por tranquilas
caravanas: ¿son por ventura los esclavos africanos, las sederías de la
India, los perfumes del Cabúl el único comercio que alimentan esos
ambulantes bazares conducidos en interminables y pulverulentas filas de
camellos? No: sobre aquellas gibosas y pacientes acémilas se transporta
tambien la riqueza intelectual, la ciencia, el arte, la poesía: ved esas
blancas construcciones que de trecho en trecho asoman sus dilatadas
terrazas por entre los grupos de palmeras tan gratos á la sedienta
caravana; esas son las hospederías de los poetas y de los sabios, los
depósitos de las letras, los paradores de la inteligencia, espresamente
erigidos en obsequio de los sabios peregrinantes por los magnates que
como Saïfed'dullah se disputan el honor de albergarlos y de recoger sus
historias, sus dogmas, sus improvisaciones. ¿Por qué los Califas de
Occidente no marchan con la misma rapidez que los afortunados Abassides
hácia el fin glorioso que estos ya tocan con sus manos, de construir el
mundo islamita sobre la poderosa base de la unidad de lenguaje y de
creencias, convertido el Koran á pesar de sus errores en piedra angular
del edificio social, intelectual y político? ¡Ah! porque los hijos de
Beni Abbas gobiernan pueblos sosegados que pasaron ya del período de las
conquistas, pueblos ademas criados en las tradiciones asiáticas, en
quienes es índole peculiar el amor á la vida regalada, ociosa y
contemplativa; y los Umeyas por el contrario rigen un pueblo conmovido y
agitado aun por la fiebre de las invasiones, que aunque ansioso tambien
de ciencias y de placeres, se ve contrastado por las rebeldes razas del
Norte, tenaces en sus ideas de independencia y aleccionadas en una
religion que hace de las fatigas y privaciones el ejercicio normal de la
vida. Lo que en el Oriente es ingénito y espontáneo, es en el Occidente
artificial é ingerto. Lo que allí es una improvisacion, tiene que ser
aquí una formacion trabajosa, lenta y paulatina. Dia vendrá en que el
Califato andaluz oscurezca con su brillantez las glorias de los Califas
negros[118], y en que asombrados y llenos de maravilla los altivos reyes
godos y francos, y hasta los mismos pontífices del Cristianismo[119],
claven fascinados sus miradas en la sabia y magnífica Córdoba. Como
águilas que beben la luz del sol, mirarán inciertos ya á los horizontes
de la feliz Mesopotamia, ya á las cumbres de la rica Andalucía, sin
saber cuál sea el verdadero astro del Oriente. Pero esto no será hasta
que la perseverante lima de la cultura atenúe las punzantes antipatías
de las razas, y la seductora vida asiática contamine y enerve los
corazones de los discípulos de Cristo.
Por ahora la misma capital del Califato es tierra de rebato: los Umeyas
no viven seguros ni en su propia corte. ¿Cómo ha de pensar Al-hakem en
las glorias de las artes cuando la consolidacion de su Estado es una
obra comenzada apenas? Harta ocupacion le darán los Francos que avanzan
hasta Tarazona, los rebeldes de Toledo y Calatrava, los Cristianos de
Galicia, y hasta los sediciosos de su misma sangre, que introduciendo la
division en los súbditos musulmanes, abren las puertas á los enemigos
esteriores. Energía en la guerra, economía en la administracion,
imparcialidad en la justicia, sagacidad y cautela en el modo de vivir,
son las dotes que distinguen á este Sultan. Veréisle aumentar su hueste
de renegados hasta reunir mil mamelucos de infantería y cinco mil de á
caballo, y la guarda de su persona hasta dos mil eunucos; oirá y juzgará
por sí mismo las causas de los pobres, perseguirá severamente á los
malhechores, será liberal con los necesitados, estrenuo y sabio en sus
determinaciones. Tendrá constantemente á las puertas de su alcázar un
numeroso cuerpo de caballería, y en ambas orillas del rio, junto al
alcázar mismo, una guardia permanente de mil renegados. No invertirá
sumas de consideracion en la mezquita mayor, pero construirá para sus
tropas cómodos cuarteles y espaciosos establos. Mantendrá numerosos
espías que le enteren del estado de la opinion pública: estallará mañana
una insurreccion en el suburbio occidental, y al dia siguiente al rayar
el alba aparecerán colgados en las alamedas del Guadalquivir
trescientos cadáveres desfigurados!...[120] Al-haken enriquece la aljama
de Córdoba con una joya de mucho mayor prez que el oro y el mosáico:
confiere el cargo de su Justicia mayor ó Cadí de los Cadíes al sabio y
virtuoso Mohammad Ibn Bashír, y con este solo acto ha hecho lo
suficiente para que su nombre resuene siempre venerado en las aulas del
templo. Ibn Bashír, teólogo profundo, despreciador filósofo de las
mundanas pompas, justo y recto juzgador de las humanas intenciones,
¡cuánto vale el prestigio de tu ciencia y de tus virtudes para la
tranquilidad de ese mismo pueblo orgulloso que te moteja escandalizado
porque el primer Viernes despues de tu nombramiento entras en la aljama
con el cabello suelto y tendido, un amarillento ridá[121] sobre tus
hombros, y abarcas en los piés! Un dia, despues de orar y predicar al
pueblo, siéntase Ibn Bashír en el tribunal anejo al templo, y llégase á
él un forastero, que al verle tan singularmente vestido, despeinado y
con la cara mal enjugada[122]: enséñame, le dice, dónde está el Cadí.
Héle aquí, le responde señalando á Bashír uno de los que se hallan allí
presentes.--No te diviertas conmigo, replica el forastero; te pregunto
por el Cadí, y me diriges á un soplaflautas.--Convencido sin embargo de
que no le han engañado, encamínase al Cadí, ruégale le disimule su
desatencion, espónele luego el caso que le trae al tribunal, y obtiene
el consejo mas justo é imparcial que podia jamás haberse prometido.
Creereis tal vez que ese filósofo original es como muchos cortesanos, en
la apariencia desinteresados é independientes, y en realidad tan
flexibles al poder como solícitos en su propio negocio: todo al
contrario, arrostrará por la verdad y la justicia la cólera de su rey.
Cuando uno de sus leales amigos, receloso de los peligros á que le
espone su escesiva rectitud, le escriba: «Si sigues como hasta aquí,
mucho me temo que te cueste tu destino,» le contestará impávido: «¡Dios
haga que cuanto antes me vea con mi mulita Ashshakrá en el camino de
Beja!» y si ocurre alguna vez que un ciudadano cualquiera tenga que
sostener un pleito contra el Amir, como le sucedió á un oscuro molinero,
á quien quisieron arrebatar su propiedad para incorporarla al palacio
los oficiosos cortesanos, ciertamente no se retirará del tribunal del
Cadí desconsolado si la razon está de su parte. ¿Por ventura no se
lisonjeaba ayer uno de los hijos de Adde-r-rahman I de que ganaria
cierto ruidoso pleito por tener en favor de su accion el testimonio de
su sobrino Al-hakem cuando príncipe heredero, y el íntegro Bashír
sentencia contra él por no haber comparecido en su tribunal el Amir en
persona á ratificarse en el testimonio dado antes de subir al trono?
Pues notad otro insigne ejemplo de la justificacion de este notable
funcionario, y meditad si avanzará camino en cualquiera pais del mundo
una monarquía que se ostenta sostenida en principios tan seguros como la
igualdad ante la ley y el amor á la justicia. Un oficial palatino de
Al-hakem, gefe de sus caballerizas, llamado Musa Ibn Semáh, acude en una
ocasion al Sultan en queja del Cadí, esponiendo que este se ha escedido
de su autoridad y sentenciado contra él injustamente.--Pronto veré yo,
dícele Al-hakem, si lo que me refieres es cierto. Vé inmediatamente al
Cadí, y di que quieres hablarle: si te lo concede, te creeré, y él será
castigado y destituido de su cargo; pero si te lo niega á pesar de tus
instancias, mi estimacion hácia él será mayor, porque tengo por seguro
que no es un tirano, sino un hombre probo y amante de la verdad.--Va
Musa segun se le ordena á casa de Ibn Bashír, y manda al propio tiempo
Al-hakem á uno de los eslavos de su guardia que sin ser visto espíe á
Musa, y le dé cuenta de lo que ocurra entre su caballerizo y el Cadí. De
allí á poco vuelve el eslavo y refiere al Amir, cómo al llegar Musa á la
habitacion del Cadí le habia recibido un portero, el cual, despues de
avisar á su amo, salió con este recado: «me manda el Cadí que te diga,
que si algun asunto legal se te ocurre, mejor harás en dirigirte al
tribunal en las horas en que administra justicia.» Al oir esto Al-hakem,
se sonríe y esclama: bien sabia yo que Ibn Bashír era un juez recto sin
parcialidad para ninguno. Un rey que tiene magistrados como Ibn Bashír
no importa que no tenga en el Guadalquivir, como el hijo de Harun en el
Tigris, cinco naves cubiertas de plata y oro, una en forma de dragon,
otra en forma de caballo, otra en forma de leon, otra en forma de águila
y otra en forma de elefante.
Puede decirse que si Abde-r-rahman II logra el descanso y gusto
suficientes para consagrarse al mayor engrandecimiento de la mezquita y
cubrir de oro sus labradas pilastras y capiteles, lo debe esclusivamente
á la prudencia y sabiduría de su padre Al-hakem. Imitando sus cualidades
bélicas, hace temido su nombre entre los enemigos del Islam, y siguiendo
su acertada administracion prepara para los postreros años de su vida un
reinado de paz y de esplendor. De paz y de esplendor, sí, porque los
ayes de agonía de los humildes mártires cristianos no turbarán su
sosiego, ni su inocente sangre copiosamente derramada mancillará á los
ojos de la divertida corte mahometana los timbres y blasones del
monarca. ¿No le proporciona este paz y riquezas para disfrutar las
comodidades y placeres de la vida? Para Abde-r-rahman II tenia reservada
el cielo la triste gloria de inaugurar en la España árabe la tiranía en
nombre de la fé religiosa, y de establecer por medio de la fuerza la
unidad islamita en sus dominios, lanzando en un dia de enojo á los
cuatro ángulos de la escarnecida Iberia, en plena paz, aquella terrible
intimacion que los sanguinarios Abu-Obei-dah y Khaled habian dirigido á
los malhadados habitantes de Bosra: «¡Haceos Musulmanes, ó tended la
cerviz bajo la cimitarra!» Es muy de notar, en efecto, que empiecen la
persecucion de la intolerancia bajo el imperio de la justicia, los
escesos de la inhumanidad con la afinacion de las costumbres, y que
vayan desarrollándose paralelamente la prosperidad del Estado y el
envilecimiento del individuo. ¡Ah! ¡por qué la crueldad y la sensualidad
han de reemplazar tan facilmente con hipócrita disfraz á los dos ángeles
tutelares de los tronos, la Justicia y el Amor! ¡por qué esos dos
maléficos instintos han de ser los compañeros inseparables de la mundana
felicidad y como las cariátides del lecho en que duerme la civilizacion
prevaricadora y descuidada! ¿Qué ley fatal determina esa chocante
contradiccion que hace al hombre rústico é incivil capaz de altos y
nobles afectos, y al hombre culto insensible y desnaturalizado? La
cultura que halaga y afemina es la misma que endurece el corazon, del
propio modo que el martillo que bate y limpia de escorias el hierro es
el que lo convierte en duro y liso acero.
Todos los grandes tiranos han tenido sus panegiristas, unos por el temor
que inspiran, otros por la seduccion que ejercen. Abde-r-rahman II es un
tirano fastuoso, galante, lleno de dotes y de ingenio para rendir
voluntades. ¿Cómo no perdonarle las crueldades que contra los infieles
cristianos comete, si posee el arte de representarlas como actos de
estricta justicia? Ademas, á un rey valiente y enamorado, que en el
campo de batalla triunfa como un héroe y en las florestas suspira como
un afeminado doncel; á un rey que lisonjea el gusto de un pueblo amante
del lujo, de la ostentacion y de la cultura, dándole escuelas y madrisas
que le instruyan, jardines y casas de placer que le recreen, embajadores
como Al-ghazal que le acrediten de grande y culto á los ojos de la corte
de Constantinopla[123], maestros de música y de modas que le entretengan
como Zaryáb[124], capitanes que le defiendan como Obeydallah[125],
aliados como el emperador griego y el rey franco[126], y una
consideracion superior á la que logran los Beni Abbás; á un rey, por
último, que emplea un reinado de treinta años en labrar la prosperidad
de sus vasallos haciéndolos cultos, vencedores, ricos, y á su manera
felices, no es mucho que estos le celebren y le ensalcen aunque los
míseros cautivos giman y lloren. Compréndese que su pueblo, fautor de
sus placeres, le perdone, y no solo le perdone, sino que aplauda su
severidad con los Cristianos, á quienes esa misma prosperidad agovia y
aniquila. Lo que no se concibe si no se tiene muy en cuenta la natural
perfidia del hombre, es que el Califa encontrase en vida panegiristas,
aun entre los mismos alumnos de Cristo, y los mártires hallasen verdugos
entre los que con ellos debian compartir las cadenas y el oprobio[127].
Almas afectuosas que amais la memoria de esas otras almas sublimes, y
fuertes á la par que delicadas, que en vida fueron valerosos soldados
de la fé, y alcanzaron muriendo la opinion de mártires santos entre la
grey que con su fecunda sangre ilustraron[128], no os imagineis al
repasar las páginas en que la piedad y la devocion consignaron sus
gloriosos triunfos, que todos los perseguidores del nombre de Cristo son
como furiosos y bárbaros asesinos sedientos de sangre y de tormentos.
Leeis que en el año 824, cuando puede decirse que Abde-r-rahman II
acababa de subir al trono, y en lo mas florido de su juventud puesto que
solo tenia 34 años de edad, dos interesantes mancebos cristianos,
llamados Adulfo y Juan, fueron martirizados solo por no querer abrazar
la secta mahometana; y creeis quizá que el que esto autorizó tenia un
corazon de tigre, inaccesible á todo humano afecto; os le figurais tal
vez como un bárbaro fanático esclusivamente preocupado de la propagacion
del Islamismo, encarnizado en el placer de los tormentos, y ciego de
furor al solo anuncio de cualquier enemigo de su sanguinario error.
¡Cómo os engañais! Acercaos á ver á esa supuesta fiera en su caverna: no
solo no hallareis en el semblante de Abde-r-rahman el ceño torvo y la
pupila sangrienta, sino que su persona, su gesto, sus ademanes, sus
palabras, su vivir y todo lo suyo, os cautivarán el corazon. Vereis á un
ser nacido para cosas grandes y privado de alcanzar la verdadera
grandeza, un corazon capaz de un amor casto y puro, esclavizado á un
amor indigno, un entendimiento susceptible del mas alto vuelo sojuzgado
por el error y la impostura; y seguramente al dar el tributo de vuestras
generosas lágrimas á los egregios mártires que bajo su imperio fueron
inmolados, no negareis un suspiro de compasion á ese príncipe que por
los inescrutables designios de Dios alcanzó dotes de ángel y al
desplegar sus alas las halló sujetas con una cadena.
Vedle, en efecto, á ese hombre inhumano, á ese implacable perseguidor
que en los últimos años de su vida presumió anegar en sangre ortodoxa la
valiente hueste evangélica; oidle mas bien, describiendo por su propio
labio su existencia de guerrero enamorado y las penas de la
ausencia[129]:
Tus brazos dejé, alma mia,
y al campo acudí veloz
como flecha despedida
por el arco zumbador.
Los horizontes que miro
desnudos páramos son;
venzo un obstáculo, y hallo
otro obstáculo mayor.
El veneno de la ausencia
me devora el corazon;
las mismas piedras al verme
se apiadan de mi dolor.
Del Islamismo el triunfo
por mi brazo quiere Dios:
cubre valles y montañas
mi ejército vencedor.