Apenas han transcurrido dos años desde que se empezaron á echar sus

cimientos, y ya se levanta la cuadriforme ciudadela del Islam por encima

de las alamedas del rio, emparejando en altura con el severo alcázar de

Rodrigo[95], y descollando entre las construcciones de la antigua ciudad

romano-visigoda, recientemente decorada con sutiles alminares en que

tremola la bandera blanca de los Umeyas, á la manera que descuella el

casco de un magestuoso navío aun no aparejado entre las empavesadas

góndolas de un puerto de mar. Pocas lunas mas, y los muros interiores,

las soberbias columnatas de gallarda é inusitada forma[96], las

elegantes hileras de dobles arcos sostenidos en corintios capiteles, los

anchurosos pórticos, la hermosa fachada de once atrevidas puertas, las

riquísimas portadas laterales flanqueadas de recamados ajimeces, la

incomparable techumbre, en fin, de madera incorruptible labrada y

pintada, quedarán terminados; pocas lunas mas, y la hotba[97] por la

salud de Abde-r-rahman leida al pueblo desde el mas lujoso mimbar[98]

del Occidente, se repetirá por mas de doce mil creyentes á una voz,

ahogando con las vibrantes oleadas de la inmensa y atronadora

deprecacion los vergonzantes himnos de los vencidos Nazarenos. Pasan en

efecto esas pocas lunas, y no solo aparece la mezquita en disposicion de

poderse habilitar para que se celebren en ella las públicas ceremonias

el primer dia de juma, sino que hasta se descubre ya en la estremidad de

su nave principal dirigida al austro el umbral del santuario, revestido

de rica y deslumbradora ornamentacion bizantina: el venerado trasunto de

la santa casa de la Meca, centro y norte de la adoracion de todo fiel

muslim, cuyo acceso solo es permitido á la augusta persona del Amir. La

grande aljama no está concluida, pero supliendo con ricos tapices de

Siria y de Persia la decoracion de las paredes y la labor de las

columnas, apenas comenzada, los obsequiosos arquitectos del Sultan han

hallado medio de satisfacer la impaciencia de su señor. Prodíganse en

las naves principales los esbeltos capiteles corintios, los gallardos

fustes marmóreos de los monumentos romanos, destrozados por los walíes

de las provincias para agasajar con sus despojos al monarca; colócanse

en las naves secundarias los capiteles aun no cincelados y las columnas

mas comunes: cúbrese el pavimento de flores y yerbas aromáticas;

inúndase el sagrado recinto de luz y de aromas, aquella difundida por

centenares de candelabros provisionales, estos exhalándose de cien

pebeteros improvisados... ¿Podrá ya al menos el dichoso Umeya dirigir en

la aljama de sus ensueños una vez antes de morir, como Imam[99] de la

Ley, los ritos de un culto á cuya propagacion ha consagrado tantos

sacrificios, tantos afanes, tantas esperanzas?... No podrá, no, que el

almaleke encargado de cumplir el decreto de Dios le ataja el paso en

medio de su rápida carrera. Ayer el glorioso invasor[100], recorriendo

tal vez segun su costumbre las obras, rodeado de sus consejeros y

favoritos, se entregaba á la vanagloria de un éxito venturoso; ¡y hoy

cunde por toda la ciudad la siniestra noticia de que el hijo de los

Califas tiene sentado á su cabecera al ángel de la muerte! A las dulces

armonías de bien acordados instrumentos que resonaban dentro del harem y

en los apartamientos de las esposas, han sucedido desgarradores ayes y

lamentos; los eunucos y los esclavos mesan sus cabellos á las puertas de

la augusta morada; los médicos hebreos mas afamados han agotado los

recursos de la ciencia esterilmente, y entregan cabizbajos el ilustre

moribundo á los últimos y piadosos obsequios de la sultana favorita, la

hermosa Holal, madre de Hixem, _la de los ojos negros_. Ella es la que

recibe su postrer suspiro, ella la que con solícita ternura baña y lava

su cuerpo, ella la que le amortaja en siete blancos y finísimos

lienzos, ungiéndole con preciosos aromas la frente, las manos, los piés

y las rodillas, ella, en fin, la que, asistida de sus esclavas, le

deposita en su lecho mortuorio[101]. Allí yace, en una de las estancias

de su alcázar, cubierto con las mismas blancas vestiduras que son el

distintivo de su preclaro linage, el sabio, el virtuoso, el victorioso,

el afamado Abde-r-rahman, llorado por sus mugeres, sus hijos, sus

consejeros, sus oficiales, sus protegidos, sus soldados, sus servidores

y esclavos, por todos los que ayer le cercaban respetuosos mostrándole

en sus labios la sonrisa del afecto ó de la lisonja. El juez superior de

la aljama de Córdoba, Ab-du-r-rahman Ibn Tarif, anuncia al pueblo el

doloroso acaecimiento desde el mismo mimbar que estaba dispuesto para el

glorioso príncipe, y salen las turbas de la mezquita esclamando: ¡Duerme

el Amir en la sombra de la paz! Allah le sonreirá en la hora de las

cuentas porque guerreó en su camino. Ha muerto Abde-r-rahman, hijo de

Moavia, hijo de Hixem Ibn Abd-el-Malek. El halcon Coreixí[102] que vino

de Damasco ahuyentado por la negra bandera de los Beni Abbas, plegó sus

alas en la perfumada orilla del Guadalquivir; descansa de su largo y

rápido vuelo en la bendecida tierra del Andalús, donde es el mejor

rebato, y donde hay promesas del Annabí de que un dia de pelea en ella

es mas ensalzado y meritorio que dos años en cualquier otra

frontera[103]. Ábransele de par en par las puertas del Eden, pues

verdaderamente edificó en la Genna al fundar esta gran mezquita en el

pais donde contarán de él y de su posteridad los convertidos rumíes:

mandóseles que nos combatiesen hasta que dijéramos «no hay mas Dios que

Allah,» y cuando esto dijimos ganamos por su medio esperanza y hacienda.

Estas y otras semejantes esclamaciones hacen, acordes en su sentimiento

por tan dolorosa pérdida, todos los que acuden á visitar al Sultan

difunto, y entre ellos se señalan por sus estremadas demostraciones los

jeques de las tribus Modharitas[104], los caudillos de los Eslavos, los

adalides Bereberes y Zenetes, todos los walíes, capitanes, alcaides,

cadíes y alfaquís de las circunvecinas provincias, que sin distincion de

partidos, y depuesta toda rivalidad de razas, acudieron á la Sede del

naciente Califato atraidos por la fama de la nueva fundacion. Todos,

despues de hecha en sus personas la purificacion que prescriben la Ley y

la Sunnah, se acercan en respetuoso silencio á la regia cámara, y entre

el numeroso tropel que rodea el lecho mortuorio distinguimos

primeramente á un hombre de rostro lampiño y macilento, abultado de

cuerpo y lujosamente ataviado: es el eunuco Mansur, primero entre los

de su especie que alcanzó en la España árabe el honor de ser encumbrado

al cargo de hagib, y en quien el mérito personal justifica lo que á los

ojos de los varoniles Yemenitas solo la tradicion asiática puede hacer

tolerable. Ceden á este el puesto de preferencia otros siete personages,

jeques del consejo privado del Sultan difunto, que son los siguientes:

Abú Othman, el impetuoso caudillo árabe que habia sido el primero en

levantar el estandarte de Abde-r-rahman en Andalucía; Abdullah Ibn

Khaled, yerno del rey; Abú Abdah, gobernador de Sevilla; Shoheyd, hijo

de Isa, hijo de Shoheyd, descendiente de un bereber, segun algunos de un

griego, que habiendo caido prisionero en las primeras guerras del Islam,

fué esclavo de Moavia hijo de Merwan; Abdu-s-sellám Ibn Basil, griego

tambien, y liberto de Abdullah Ibn Moavia; Thálebab Ibn Obeyd Ibn

Annadhdhám Al-jodhamí, gobernador de Zaragoza; y por último, A'ssen Ibn

Moslem Ath-Thakefí, que era uno de los mas celosos partidarios de

Abde-r-rahman, y el que en la famosa batalla de Músarah dió á sus tropas

el ejemplo de cruzar á nado el rio. Vemos luego presentarse en la

fúnebre estancia, con rozagantes aunque enlutadas vestiduras, y

haciéndole cortejo una lucida guardia de honor, al príncipe Abdullah,

grave y taciturno, que viene á sustituir á su hermano Hixem, sucesor en

el trono, y ausente en Mérida, en el oficio de Imam, y á quien el Cadí

de los Cadíes deja respetuosamente el puesto junto al féretro. Después

de algunos momentos de absoluto silencio, y pasada la hora de la primera

azala, procédese á la conduccion del augusto cadáver al cementerio del

alcázar: concédese entrada franca al pueblo que recibió de su rey en

vida tantas pruebas de amor y de justicia, y entre los que corren

presurosos á presenciar el solemne entierro formando apiñadas turbas, se

mezclan y confunden el Egipcio de piel tostada, procedente de Beja ó de

Lisboa, el Emeseno que olvida la tierra del Líbano por la de Sevilla ó

Niebla, el Palestino, descendiente de Filisteos, que habita en Medina

Sidonia ó en Algeciras, el Persa de voluminoso turbante arraigado en la

antigua _Julia_[105], el Asirio morador de la montuosa Elvira, el

Kinserita que disfruta las minas y los pastos de Jaen, y el Damasceno

que goza las preeminencias de Cortesano; sobresalen por sus ricos trages

y por el privilegio de llevar el cabello largo recogido á un lado, los

Cadíes de la capital y sus aledaños, distínguense los turbantes

amarillos de muchos Judíos, y llaman la atencion por los lineamientos de

sus bermejos semblantes no pocos Españoles de orígen godo, que habiendo

nacido en la grey de Cristo, renegaron ¡oh mengua! de su religion, y

seducidos por el interés sirven como _mulados_ en el ejército musulman.

Todas las clases de la poblacion hallan cabida en los espaciosos patios

del alcázar, donde junto al capuchon del jeque, se despliega el taylasan

de la gente comun, luce la vistosa sobrevesta ó la limpia cota del

soldado, y hace pardusco fondo el raido darwazah del mendigo. Abre calle

el gentío á la prolongada hilera del acompañamiento fúnebre, y llegado

el cadáver al lugar de su sepultura, comienza Abdullah con lentitud y

magestad la oracion ritual que repiten á media voz los asistentes:

"_Allah ua aqbar_, loores á Allah que mata y resucita: suyas son las

gracias y las grandezas y los imperios, él es sobre toda cosa poderoso!

Señor, haz gracia y merced á Mohammad y á los de Mohammad, apiádate de

Mohammad y de los de Mohammad! Señor, este es tu siervo Adde-r-rahman,

hijo de tu siervo Moavia: tú lo criaste y mantuviste y lo revivificarás;

tú sabes lo que hay en él secreto y paladino; venímoste á rogar por él.

Señor, á tí nos acercamos, que tú eres cumplido de homenage. Señor,

defiéndele de la tentacion de la huesa y de las penas de la Jehenna.

Señor, perdónale y hónrale su morada, y ensánchale su huesa, y límpiale

de sus yerros y pecados, y dale compañía mejor que la que tiene. Señor,

si es bueno, crécele en descanso, y si es que faltó en tu servicio,

pásale sus pecados, que tú eres sobre toda cosa poderoso. Señor,

afírmale la lengua al tiempo de la pregunta de la huesa, y no lo

repruebes, ni le escandalices con que no tiene poder para defenderse de

ello. _Allah ua aqbar, Allah ua aqbar, Allah ua aqbar._» Y despues de

breve pausa añade en tono de oracion, sin que repita sus palabras la

comitiva: «Señor Allah! perdona á nuestros vivos y á nuestros muertos, á

los presentes y á los ausentes, á los grandes y á los pequeños, hombres

y mugeres, que tú sabes nuestros fines: y pues tenemos esperanza en tu

piedad, perdona nuestros yerros y pecados. Señor, defiéndele del

escándalo de la huesa y de las penas de la Jehenna, y danos buen fin en

nuestros dias: amen." Abdullah da salam[106] á la concurrencia, en

seguida es entregado el cadáver á los sepultureros, y al hundirle en la

huesa, donde es cuidadosamente depositado de cara á la quibla, dice por

última vez el príncipe: «Señor Allah! nuestro hermano dejó el mundo y va

hácia tí. Señor, afírmale la lengua en la demanda de la huesa, que tú

eres sobre toda cosa poderoso!»

¿Para quién reserva Dios la tremenda gloria de acabar la gran mezquita?

Para Hixem, hijo predilecto de Abde-r-rahman, jurado ya por todos los

walíes como sucesor en el imperio, á quien aclama hoy solemnemente la

ciudad de Mérida, cuyas calles recorre con gran pompa y numeroso séquito

de caballería. Por él se hace ya la hotba y se pregona desde todos los

alminares de las principales mezquitas de España, y en todas partes

repite el pueblo: ¡Dios ensalce y guarde á nuestro rey Hixem, hijo de

Abde-r-rahman!--¿Sabeis por qué la mezquita mayor de Córdoba fué tambien

objeto de particular solicitud del nuevo monarca? Os lo voy á referir.

Residia en Algeciras un astrólogo afamado, cuyo nombre era Adh-dhobí. No

bien subió Hixem al trono, le mandó llamar para que le predijese su

destino, lo que el astrólogo rehusó hacer al pronto temiendo desagradar

al nuevo rey. Cediendo por fin á sus insistencias, le dijo Adh-dhobí:

«Tu reinado, oh amir, será glorioso y feliz, y señalado con grandes

victorias; pero, si mis cálculos no salen fallidos, su duracion será de

unos ocho años solamente.» Hixem permaneció largo rato silencioso y

meditabundo, mas luego alzó sereno la frente y esclamó: Oh Adh-dhobí, tu

prediccion no me amedrenta, aun cuando sea sugerida á tu boca por el

mismo Omnipotente, porque si el tiempo de vida que me concede logro

pasarlo en su adoracion, cuando llegue mi hora diré resignado: ¡hágase

su voluntad! Despidió el rey al astrólogo despues de remunerarle

fastuosamente, y cuenta la tradicion que desde aquel dia se abstuvo de

los placeres mundanales, siendo la piedad, la justicia y la benevolencia

la única guia de sus acciones. Con esta elevada mira fué su breve

reinado fecundo en grandes empresas, reprimió la rebelion de sus dos

hermanos Suleyman y Abdullah, llevó la guerra santa hasta la Cerdaña,

entró y saqueó á Narbona, imponiendo á los infelices cristianos la dura

obligacion de llevar en sus hombros hasta Córdoba la tierra de sus

demolidas murallas, para hacer en sus alcázares una mezquita[107],

hízose ominoso á la España y á los Francos, y por último contribuyó

poderosamente á cimentar el imperio del Islam en Andalucía

engrandeciendo su capital, reparando su magnífico puente, creando

institutos de pública utilidad, y terminando la grande aljama fundada

por su padre, donde estableció y dotó escuelas y madrisas: todo con los

recursos del azaque y de su legítima parte en las conquistas, sin exigir

de sus muslimes tributo alguno estraordinario. Tanto fructificó en el

corazon de este grande y temido rey el germen de seria meditacion que en

él depositó el agorero.

La grande aljama quedó concluida el año 177 de la Egira (año 793 de J.

C.), contribuyendo á sus obras, lo mismo que bajo el reinado de

Abde-r-rahman, el Amir con su asídua proteccion y personal asistencia,

los walíes de las provincias con ricos despojos de antiguos monumentos,

los artífices con su ingenio, las victorias con su pingüe botin, la

ciudad con ceder los operarios, las sierras de Córdoba y Cabra con

suministrar los tesoros de sus canteras, Africa con prestar sus

incorruptibles troncos de pino-alerce, Asia con inocular en el naciente

arte árabe-hispano el genio de la ornamentacion, sus inspiraciones, su

poesía, y Dios en fin con permitir, en castigo de las culpas de nuestros

padres, que la moral bastarda de los hijos del Yemen impregnada de letal

materialismo se entronizase en la Bética como regla suprema de una

sociedad rebelde al luminoso y casto yugo del Evangelio.

[Illustration: CATEDRAL DE CÓRDOBA.

_Puerta de las Palmas desde el patio._]

Sí, la grande aljama está concluida: ¡tambien Hixem cree haber asegurado

su puesto en el jardin eterno de las delicias! Ved esa nueva casa de

adoracion magestuosamente asentada al confin meridional de la gran

ciudad, junto á la verde orilla del mas ancho rio del Andalús, ocupando

una estensa area regular de 460 piés del septentrion al mediodia, y de

280 de oriente á occidente, cercada de altos y gruesos muros almenados y

bien guarnecidos, flanqueada en su recinto por robustos estribos de

torres albarranas y un enhiesto alminar, abierta á los muslimes por

nueve espaciosas y riquísimas puertas esteriores y once interiores,

cuatro á cada lado de oriente y occidente, una principal al norte, y las

once en la fachada interior, dentro del pensil de las abluciones,

comunicando á otras tantas naves del templo. Contemplad la hermosa

disposicion interna de ese insigne monumento, el gran patio que le sirve

de atrio, con anchos pórticos en las tres bandas de norte, oriente y

poniente, fuentes para el alguado[108] y las purificaciones, y frescas

alamedas de naranjos y palmeras enlazados al pié por bien dispuestas

plantaciones de flores; luego el magestuoso buque de la inmensa casa de

oracion, sencillamente compartido en once largas naves, que dirigiéndose

de norte á sur, se cruzan en ángulo recto con veinte y una naves menores

que van de oriente á occidente; luego la elegante é ideal combinacion de

esas arquerías en que las pilastras se sobreponen á las columnas, y unos

arcos á otros arcos, dejando paso á la luz entre la columnata superior y

la inferior, como remedando la arquitectura los atrevidos juegos

gimnásticos de las ágiles caravanas del desierto; luego la sabia y

ligera forma de esas once riquísimas techumbres de alerce, labradas,

pintadas y doradas, que recuerdan al que las mira las sutiles armaduras

de las voladoras naves sirias con que conquistó otro Moavia á las

Cícladas, á Rodas y á Sicilia; luego, finalmente, el misterioso y

recóndito santuario donde se guarda el Koran, en cuyo recinto ha agotado

el arte oriental toda la riqueza de sus recursos fascinadores. Figuraos

ahora realzada la imponente magestad de esa gran mezquita con las galas

de que pueden revestirla el mas esquisito gusto y la riqueza, de consuno

con las exigencias de una religion inventada para cautivar los sentidos,

y se deslumbrarán vuestros ojos con la masa de luz de los candelabros,

se embriagará vuestro olfato con las preciosas esencias quemadas bajo

aquellos taraceados artesones, halagarán todo vuestro cuerpo las tibias

auras primaverales impregnadas de azahar, que se deslizarán por vuestra

sien trayéndoos deshechos en ráfagas los trinos de los ruiseñores con

los brillantes globulillos del agua que se estrella en el duro mármol de

las fuentes. Las once grandes puertas que conducen del patio á la

mezquita estan abiertas: son once soberbios arcos ultra-semicirculares y

dobles, todos en fila, sostenidos en esbeltas columnas de mármol que de

cuatro en cuatro rodean á los recios machos de piedra en que se afirman,

como lindas esclavas gemelas que dando la espalda al magestuoso diseño,

se enlazan entre sí volteando dobles guirnaldas[109]. Estas once puertas

muestran á los que cruzan el atrio el interior del templo como en

combustion, y á los que ocupan el templo les descubren los jardines del

suspirado Eden, donde bullen las aguas y los rayos del sol por entre las

verdes ramas cuajadas de pomas de oro. Hé aquí la santa casa de

adoracion que sobrepuja en suntuosidad, belleza y gallardía á las mas

afamadas mezquitas de Arabia, Siria y Africa: oid lo que de ella canta

el poeta Mohammed Ibn Mohammed Al-baluní[110]:

«Ha gastado Abde-r-rahman por amor á su Dios y en honor de su religion

ochenta mil dinares de plata y oro.

»Los ha invertido en construir un templo para uso de su piadosa nacion,

y para la mejor observancia de la religion del profeta Mohammed.

»En él vereis relucir el oro prodigado en sus artesones con la misma

brillantez que el relámpago que atraviesa las nubes.»

No exageraba el poeta, porque realmente á la luz de las lámparas y

candelabros, velada por la neblina de los aromas, debia parecer aquella

rica techumbre lo que en enérgico lenguaje vulgar llamamos una _ascua de

oro_.

¿Pues qué impresion no causaria el espléndido interior que contemplamos

al ver algunos años despues el oro prodigado en los mismos capiteles de

las columnas y en las pilastras de las arquerías? A medida que se va

cimentando el Califato, va este soberbio templo creciendo en riqueza.

Así como el famoso milímetro de Rhaudhá marca en Egipto las crecientes

del desbordado rio que le hace fecundo, así la gran mezquita de Córdoba

señala en Andalucía los progresos del arte arábigo invasor. Bien

necesitan en verdad los descendientes de Moavia dar á la corte de su

imperio esplendor y lustre; forzosamente han de ser grandes y magníficas

las huellas de su dominacion, norma y estímulo para sus sucesores;

porque sus émulos los Abassides estan resucitando en las bíblicas

llanuras fertilizadas por el Eufrates y el Tigris las fantásticas

creaciones de Belo y de Semíramis, reproduciendo las pasadas glorias de

los Ninivitas y Babilonios, sobrepujando en fastosidad á los Persas,

oscureciendo la cultura de los Griegos Seléucidas, y afrentando la

artística voluptuosidad de los Sassanidas. El año mismo en que el

ilustre vástago proscrito de los Umeyas abrió los fundamentos de la

aljama de Córdoba, subia al trono del imperio musulman de Oriente el

famoso Harun-al-Raschid, el Pericles de los Arabes, dirigido por su

sabio wazir Yahia, de la preclara familia de los Barmácidas, á quien

debe su reinado sus principales títulos de gloria. ¡Cuenta que este gran

Califa, al fijar la planta en el trono de los Abassides, ostenta ya

ceñida la sien con el lauro de la victoria; que las huestes de la

emperatriz Irene han huido ante él despavoridas en los campos del Asia

menor; que la Providencia le tiene reservado para hacer inmensas

conquistas en el Asia y escarmentar el orgullo de Nicéforo; que no en

vano parece haberle dotado la naturaleza de un corazon de hierro y de la

mas esquisita sensualidad, puesto que para levantar la tiranía del

Islamismo á la altura de sistema político capaz de contrabalancear la

vigorosa accion del Occidente, es preciso que Harun pueda ver sereno

espirar en horribles suplicios á muchos individuos de su propia sangre

desde el asilo y templo de los placeres![111] El hijo de Harun se jacta

de que sabrá mover el Oriente y el Occidente con la misma facilidad que

si fueran piezas de ajedrez: bravata verdaderamente asiática, pero que

compromete á los emancipados sultanes de Andalucía á sobrepujar,

siquiera sea por arte satánica, en fasto, en gloria, en prestigio y

poderío, á los que así presumen ser árbitros del mundo. Grande y hermosa

es Córdoba, pero bella y grande es tambien la nueva _ciudad de la paz_,

la rica y voluptuosa Bagdad, que Abu-Giaffar Al-mansur confió á las

zalamas del Tigris en el asiento mismo de una poética quinta regalada

por Cosroes Anuschirevan á su querida. Grande y próspero ha sido el

reinado de Abde-r-rahman I: su hijo Hixem, continuador de su sabia

política, ha logrado ruidosos triunfos que contribuyen á consolidar la

mas preciosa conquista sarracena: Al-hakem asciende ahora á la suprema

dignidad en Córdoba, y se anuncia como príncipe de incomparables

cualidades para la obra que está llamado á secundar, porque ama el

bélico tráfago y le devora el deseo de la ciencia y de los deleites;

pero tal vez mas próspero y grande, mas victorioso, mas sabio, mas

ilustrado y mas fecundo en goces de toda especie, va á ser el reinado de

Harun, de ese genio singular en quien brillan reunidas las dotes de

todos los sultanes de España juntos. ¡Qué terrible competencia, qué

triste rivalidad la de los dos imperios musulmanes, la de las dos

providenciales familias de los Beni Abbas y de los Beni Umeyas, para las

infelices provincias ya medio amortajadas en los girones de púrpura y

oro de los Isaurios, ó aun medio envueltas en los cendales de la

barbarie godo-germánica! Como esos briosos caballos que en el circo de

Bizancio se disputan el premio de la carrera, único espectáculo que hace

latir el mezquino corazon de los degenerados Imperiales, así se lanzan á

la conquista de la grande unidad islamita en el estadio del antiguo

mundo romano esos dos gigantes enemigos de la civilizacion del

Cristianismo, que para mejor cautivar á los amantes del progreso de la

humana inteligencia, hacen resonar con acentos de armoniosa poesía las

florestas de los dos rios históricos, Tigris y Betis, honran con

magníficas fundaciones el tranquilo culto grato á Academo, ponen sobre

su cabeza los libros de Aristóteles y Platon, y levantando en alto el

gracioso canastillo corintio, tributan al arte de la Grecia el homenage

de su admiracion y respeto.

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