los adoradores del hijo de María el predominio sobre el Occidente. El
libro santo que tengo reservado[76] para el inimitable mihrab que ha de
ser la maravilla del Andalús, conservará la unidad de nuestra fé:
inalterable é inflexible nuestra creencia, crecerá el islamismo pujante
en Europa arrollando esa multitud de leyes, sectas é instituciones que
traen divididos á los incultos Godos y Germanos, y la Ley del Profeta,
que es hoy el vínculo áureo de su pueblo predestinado, será con el
tiempo la férrea argolla que fuerce á los rebeldes imperios idólatras á
prosternarse ante la _Quiblah_ de la grande aljama.»
Así habla Abde-r-rahman, y los jeques de su consejo, que con respetuoso
silencio le han escuchado, aplauden su piadoso propósito, añadiendo que
verdaderamente ha espuesto con elocuencia la situacion actual del mundo
y predicho con tono de adivinacion el futuro engrandecimiento del nuevo
Califato. Alguno de ellos, contagiado tal vez de las doctrinas que
públicamente se enseñan en las iglesias y monasterios cristianos de
Córdoba, baja la vista al suelo y guarda silencio, dudando del triunfo
que el hijo de Moavia cuenta por seguro, y juzgando que este no ha
comprendido la moral de los que siguen al Crucificado.
Umeya Ibn Yezid, secretario favorito de Abde-r-rahman, y que por su
oficio de Katib era el encargado de estender las órdenes del
soberano[77], y de la proteccion y seguridad de los Cristianos y Judíos
de Córdoba, fué inmediatamente comisionado para tratar con el Obispo y
con el Conde[78] de los Cristianos la compra formal del templo sobre
cuyo solar habia de erigirse la nueva mezquita. Mandóle que llamase á
sus arquitectos para comunicarles su plan y darles sus instrucciones, y
añadiendo algunas órdenes para su tesorero y para el colector de los
impuestos relativamente á las sumas que se proponia destinar á dicho
objeto, despachó á sus consejeros. La hacienda de Abde-r-rahman se
hallaba en estado floreciente á pesar de los cuantiosos gastos que habia
tenido que hacer para dar esplendor al naciente Califato: sus
prodigalidades con los hombres dedicados á la ciencia y la literatura,
el numeroso ejército que habia constantemente mantenido en pié para
sofocar en todas partes los gérmenes de la rebelion, las costosas obras
que habia emprendido para que rivalizase Córdoba en lujo, magnificencia,
palacios, jardines, alamedas, casas de recreo y de placer, con las
ciudades de Bagdad y Damasco, habian agotado á veces sus arcas; pero
estas se habian vuelto á colmar cuantas veces habia sido menester merced
á la habilidad con que el descendiente de Merwan sabia hacer fecunda la
estéril roca de la _Sunnah_. El impuesto legal prescrito por esta,
denominado de _la limosna_ (_sadakah_)[79], el que satisfacian los
Judíos, el tributo del _azaque_, y el que pagaban los Cristianos por
razon de sus personas, iglesias, monasterios y catedrales, no habian
podido cubrir tan exorbitantes gastos; y habia sido necesario que el
Sultan gravase á sus súbditos con contribuciones no autorizadas por su
código religioso. Habíanse establecido nuevos impuestos despreciando las
reverentes reclamaciones de algunos meticulosos Cadís contra la
manifiesta violacion del texto de la ley, y habia recursos mas que
suficientes para atender á la obra proyectada por dispendiosa que fuera.
La sola compra del solar habia de costarle una gran suma.
Pero las primeras negociaciones encomendadas al katib Umeya fueron
infructuosas. Los Cristianos, firmes en los artículos de la capitulacion
que se les habia otorgado por los Sarracenos conquistadores de Córdoba,
no querian vender á Abde-r-rahman el templo en que este habia fijado sus
miras, y que era una espaciosa basílica cuya posesion compartian con los
sectarios del Profeta[80]: pues los Musulmanes, en efecto, fieles á la
práctica entre ellos establecida por consejo del Califa Omar, de dividir
con los Cristianos las iglesias de las ciudades conquistadas, al tomar á
Córdoba habian partido en dos la principal de sus basílicas, dejando una
mitad á los naturales y apropiándose la otra, que habian al punto
convertido en mezquita. Los Cristianos satisfacian religiosamente el
tributo que se les habia impuesto para poder permanecer con sus
iglesias, obispos y sacerdotes[81]: y si bien habian sufrido despojos y
exacciones injustas de parte de los gobernadores nombrados por los
Califas de Oriente en los años pasados, la justificacion y buen nombre
del hijo de Moavia estaban interesados en que la deseada cesion ó venta
se hiciese sin asomo de violencia. Conocia Abde-r-rahman con su natural
talento, que el celo de los naturales estaba notablemente entibiado, que
el fervor religioso era mayor en los conquistadores que en los
conquistados; creía que el cautiverio y la afliccion habian domado la
pasada entereza de los Cordobeses; que la Córdoba de su tiempo no era ya
aquella heróica colonia patricia convertida, tan dispuesta al martirio y
pródiga de su propia sangre, cuando guiaba el rebaño de Cristo el grande
Osio bajo la persecucion de Diocleciano y Maximiano, ni la Córdoba
ortodoxa que habia padecido guerras, hambres y peste, por no
contaminarse con el arrianismo; sabia, por último, que á pesar de la
enseñanza católica dada á la juventud cristiana en las escuelas y
colegios de los monasterios, donde tanto se distinguian ya algunos
abades y jóvenes seglares, formidables quizá á los Mahometanos para lo
venidero[82], la iglesia de Córdoba ahora padecia dolorosas excisiones
por las nuevas doctrinas de Migencio y de Elipando[83], y se imaginaba
que sus pastores no seguian ya las huellas de aquellos primeros obispos
tan ominosos á los Donatistas, á los Luciferianos, á los Gnósticos y á
los Priscilianistas, y cuya vida habia sido una lucha continuada contra
los enemigos de la Iglesia[84]. Sorprendióle, pues, sobremanera la
repulsa de los Cristianos, pero la idea entre verdadera y falsa que se
habia formado del pueblo sojuzgado y de los encargados de su gobierno,
le hacia esperar que venceria su resistencia con solo insistir y
encomendar al tiempo el resultado de las proposiciones entabladas en su
nombre. Así realmente sucedió, pero quizás no por la causa en que él
confiaba.
¿Cómo fué el conseguir Abde-r-rahman tan grande sacrificio de los
Cristianos? ¿Cómo el resolverse estos á abandonar su basílica principal
á los Mahometanos? ¿No habian sido aquellos santos muros testigos de sus
promesas y juramentos en las épocas solemnes de la vida? ¿No habian
ellos escuchado sus votos, los votos de sus hijos y los de sus esposas
al recibir los divinos Sacramentos? ¿Por ventura les era ya indiferente
ver profanada aquella tierra que santificaban las preciosas reliquias de
sus mártires; removida la pila bautismal que les habia abierto la
entrada al gremio de los fieles; derribado el santo tabernáculo que
constante y amoroso habia habitado el mismo Jesucristo trasustanciado en
pan de vida eterna; despojada, desnuda y despedazada, por fin, el ara
santa donde diariamente desde pequeñuelos, ellos, sus padres y sus
abuelos, habian presenciado el Santo Sacrificio de la Ley? ¿Era posible
que no tuviesen apego y cariño al baptisterio donde al nacer habian
recibido la blanca vestidura de la inocencia y las armas de soldados de
Cristo, al altar ante el cual se habian desposado, á todo aquel recinto,
en fin, centro de su vida moral, donde habian aprendido á orar y á
merecer, donde habian temido y esperado, entonado himnos y vertido
lágrimas de amor y de penitencia? «Solo Dios omnipotente lo sabe,»
diremos nosotros segun la costumbre de los historiadores árabes cuando
no aciertan á darse razon cabal de alguna cosa.
Es cierto que bajo Abde-r-rahman I los Cristianos de Córdoba no fueron
jamás molestados por causa de su religion: pagaban, sí, como pueblo
conquistado crecidos tributos, pero eran respetados en sus creencias,
tenian sus iglesias y monasterios, donde celebraban públicamente su
culto, y no se cuenta que sus ministros, simples sacerdotes ó prelados,
sufriesen vejaciones de parte del primer rey Umeya del Occidente. Al
contrario, si comparaban su estado presente con el pasado, podian
considerarse ahora como muy dichosos, porque la tiranía que á sus padres
habia afligido desde el cruel Alahor hasta el codicioso Toaba, no la
habian conocido ellos[85]. Cierto que se alzaba en Córdoba, ominoso á
la ley de Cristo, un nuevo imperio cuyo formidable crecimiento se
palpaba, cuya dominacion se temia: no empezaba amenazando, por lo mismo
era mas imponente; no revelaba todos sus instintos, pero estos se
presentian. Los mas doctos y perspicaces veían aunque lejana cernerse ya
sobre la iglesia de la Bética la hosca nube de una persecucion
sangrienta; mas la generalidad gozaba de la presente tolerancia; no era
pues el miedo por entonces motivo para ceder al capricho del intruso
soberano, el cual, si bien significaria su deseo con el tono propio del
dominador cuando se dirige al dominado, habia resuelto por lo visto no
hacer uso de la fuerza en esta ocasion. ¡Y sin embargo el templo fué
vendido![86]
A pesar de las sensibles reticencias de la historia respecto de este
suceso, cuyos pormenores no pueden determinarse mas que los vagos
contornos de una escena que se sueña, discurramos, lector amado, segun
las probabilidades, y hagámoslo de manera que no resulte injurioso el
relato de la venta de la basílica cristiana, ni calumniosa la semblanza
del prelado que la consintió, si algun dia llegan á descubrirse
documentos que aclaren el hecho. No imitemos la peligrosa práctica de
muchos modernos novelistas y dramaturgos, que apoderándose de los
personages históricos para entretener con sus hechos los ocios de los
aficionados á aventuras prodigiosas, y fundando en la mera posibilidad
sus invenciones, suplen el silencio de las crónicas acumulando sobre
ellos á placer _interesantes monstruosidades_, esponiéndose al riesgo de
que un ignorado y empolvado documento producido á nueva luz los deje
como infamadores convictos. Sea diversa nuestra regla: creamos que donde
hubo maestros para hombres tan insignes en letras y en virtudes como S.
Eulogio y Paulo Alvaro, no pudieron faltar virtudes para proceder con
conciencia pura, ni letras para obrar con pleno conocimiento de lo que
permitia y vedaba la disciplina de la iglesia goda; tengamos por seguro
que el clero de Córdoba fué siempre digno de la alta reputacion que supo
granjearse en todas las épocas conocidas de nuestra historia sagrada,
pues no haremos escesiva gracia al que en todos sus actos notorios
procedió como santo, si en alguno de sus hechos ignorados le suponemos
consecuente. Y si con este espíritu de justicia procedes, facilmente
comprenderás si pudieron mediar causas que hiciesen la enagenacion de la
basílica catedral de Córdoba no solo legítima y válida segun el derecho
canónico de aquellos tiempos[87], sino tambien oportuna y beneficiosa.
Ocurriría quizás lo siguiente: recibido que fuese por el obispo de
Córdoba el mensage del rey árabe, el prelado reuniria su cabildo, y al
esponerle la voluntad y proposicion del mahometano, al punto, como en
toda reunion numerosa acontece, se pronunciarian divididos los
pareceres: no porque la oferta de Abde-r-rahman tentase la codicia de
los que desde luego se hubiesen declarado por la cesion de la basílica,
sino porque su propio celo les hiciese mirar como ventajosa su
traslacion á otro punto. Acaso el mismo obispo sustentaria esta opinion
y la esforzaria ante el cónclave ó cabildo canonical con las sólidas
razones que hoy mismo podemos colegir de aquellas circunstancias; y
aquellos piadosos presbíteros se convencerian de la necesidad de admitir
el ofrecimiento del monarca infiel. Tal vez los mismos que al principio
lo repugnaban, acabarian por reconocer que lo que ahora se les pedia en
tono amistoso, mañana otro se lo podia exigir en son de amenaza, y que
lo que ahora rehusaban entregar con ventaja, tal vez se lo quitarian
mañana violentamente con gran profanacion y daño. ¿Qué podian prometerse
de la resistencia? Que ese pagano poderoso que los toleraba, se
convirtiese en tirano que los acosase y destruyese. ¿Quién les aseguraba
que á la muerte de ese rey, ya anciano, habian de disfrutar la paz y
libertad que ahora se les concedia? Los sucesores serian quizá de
condicion menos apacible, y entonces caerian en poder suyo todos los
edificios sagrados sin resistencia. Considerarian por otra parte la
mancilla que llevaban desde que la secta de Mahoma habia ido á
albergarse bajo la santa techumbre de su propia basílica; los males que
de esta nefanda promiscuidad se seguian á su grey, en desdoro del pastor
que toleraba permaneciese el rebaño de Cristo en el redil de que se
habian apoderado los lobos; los grandes inconvenientes que esta odiosa
cohabitacion llevaba consigo; la imposibilidad de celebrar dignamente
sus santos ritos y adorables misterios en el angosto recinto á que se
veían reducidos; lo mucho que retraía al pueblo de la asistencia á los
divinos oficios de la catedral el temor del contacto con los impuros
prosélitos del falso Profeta; finalmente, las ventajas que podian
prometerse de trasladar á lugar mas decoroso las santas reliquias allí
depositadas, erigiendo al propio tiempo á los tres gloriosos mártires
Fausto, Januario y Marcial, cuyo templo veían lastimosamente
derruido[88], una nueva iglesia que fuese su principal basílica; y
tributando acciones de gracias y loores al Omnipotente que así mitigaba
las tribulaciones de su Iglesia permitiéndoles edificarle nuevos templos
durante su mismo cautiverio, abrazarian con resolucion el partido que su
Divina Magestad les sugería tomando al rey infiel por instrumento de sus
altos designios. ¡Solo, en efecto, el Dios todopoderoso é infinito sabia
entonces si algun dia habian de exultar las venideras generaciones
libertadas de la triste servidumbre en que vivian, plantando de nuevo la
gloriosa enseña de la redencion sobre la soberbia mezquita que ahora
consentía se erigiese en castigo de sus pecados!
Ya una vez habia descollado la cruz triunfadora sobre el magnífico
cornisamento del templo de Jano cuadrifronte; ahora parecia eclipsarse
el resplandor del santo Lábaro, derribado de la famosa basa antigua; y
era que efectivamente le tenia reservado el Eterno como pedestal el
monumento incomparable producido por el último esfuerzo de todos los
genios del Oriente conjurados contra el cristianismo.
Resuelve el cabildo entregar el templo con la condicion de que se le
permita reedificar la basílica de los tres mártires en los pasados años
destruida, y admitido por el Sultan el pacto, autoriza el obispo la
enagenacion. El árabe jactancioso manda al punto que se dé á los
Cristianos el precio convenido, que reciben en dinares de oro, y les
insta para que desocupen prontamente el local, porque Abde-r-rahman es
ya de edad avanzada, y urge que los suntuosos despojos de Itálica,
Mérida y otras ciudades monumentales de los orgullosos Romanos, reciban
su providencial colocacion en el soberbio edificio que levanta á Mahoma
junto al gran rio de la Bética la raza predestinada que avasalló á los
antiguos dominadores del orbe en cuantas provincias reconocian la
autoridad de Heráclio. Llenas todas las formalidades consiguientes al
convenio celebrado, verifícase la traslacion de las reliquias, vasos
sagrados, imágenes y demas objetos religiosos al lugar provisional en
que debia celebrarse el culto mientras se hacia la nueva iglesia: los
Cristianos mas fervorosos acuden á presenciar la remocion de aquellos
amados objetos, á regar con lágrimas aquella tierra santificada con
despojos de mártires, á dirigir una mirada de tierna despedida á aquel
magnífico templo, bajo cuyos dorados artesones habia un tiempo
circulado, como trueno de nube fecunda, la voz del santo confesor Osio
repitiendo los artículos del Símbolo que su inspirado labio habia
dictado en presencia de Constantino en la asombrada Nicea[89]. Despojado
por fin el templo, desocupados los claustros de los eclesiásticos y de
los niños ofrecidos al servicio del culto[90], hecha tambien la
traslacion de la escuela y biblioteca[91], reúnense á hora desusada de
la noche bajo las silenciosas y desnudas columnatas romanas,
sentenciadas á inmediata demolicion, el prelado, los presbíteros con su
arcipreste, los diáconos con su arcediano, los subdiáconos y todos los
clérigos menores con su primicerio, el instructor de los clérigos, el
presidente de la sacristía, el archiscrinario, por último el seminario
de los oblatos con el docto y piadoso anciano que los educa y rige, los
ostiarios, y todos los seglares consagrados al servicio subalterno de la
basílica, con no pocos feligreses devotos; y en solemne y lúgubre
cortejo, despues de dichas las preces oportunas, entonando á media voz
con sigiloso modo el breve y elocuente salmo _Usque quo, Domine,
oblivisceris me in finem_, tan adecuado á los sentimientos del alma
atribulada que recurre á Dios con firme esperanza, en el cual sobresalen
las argentinas voces de los descuidados é inocentes niños y algunos mal
reprimidos sollozos de los apesarados feligreses, salen del profanado
templo por su orden, sin iluminacion ni aparato, y van desfilando
magestuosamente á favor de las nocturnas tinieblas hácia una de las
parroquias de la Ajarquía, en cuyas angostas y tortuosas calles se
pierde en breve la piadosa comitiva.
¡Con cuánta ansia aguardaba el hijo de Moavia este momento! No bien
llega á su noticia la entrega de la basílica, manda cerrar la mezquita
provisional á ella contigua, deja su quinta de la Ruzafa, trasládase al
alcázar de la ciudad para dirigir mas de cerca la obra que proyecta,
traza por su propia mano diversos planos segun las grandiosas ideas que
habia comunicado á sus hijos y consejeros, y dispone que empiece al
punto el derribo del antiguo edificio. Con prodigiosa actividad llévanse
á efecto sus órdenes. Las adiciones que habian tenido que hacer los
Sarracenos en su primitiva mezquita mayor habian sido tantas hasta
entonces, y tantos los techados que sucesivamente habian tenido que ir
añadiendo con la necesaria degradacion para facilitar los desagües, que
apenas podia ya el pueblo musulman estar en pié bajo las últimas
cubiertas del edificio, cuya capacidad obstruía por otra parte el gran
número de pilares de madera en que aquellas se habian ido sosteniendo.
En esta incómoda mezquita, como en terreno prestado, se habia celebrado
el culto público de Mahoma en los años mas gloriosos, si no los mas
felices, del reinado de Abde-r-rahman I; pero ahora en su venerada vejez
anhelaba dilatar sus arrogantes miradas en nueva, espaciosa y magnífica
aljama, haciendo una sola casa de adoracion de la mezquita y la basílica
reunidas, sustituyendo al tabernáculo el libro del Profeta, al ara
sagrada el lujoso mimbar, al ambon el púlpito de los khatibes, y á las
nubes de incienso los fragantes pebeteros de aloe y ambar-gris. Ansioso
de ver la obra terminada, constitúyese en ella diariamente el
infatigable anciano, mira con placer rodar sobre el marmóreo pavimento
romano los fustes y capiteles que habian sustentado la enseña de Cristo
confundidos con los pilares en que se habia sostenido la glorificacion
del sensualismo; píntase en su atezado y enjuto rostro la alegría cuando
ve enteras las magníficas columnas corintias tendidas á sus piés;
confundido con la turba de los obreros, entre cuyos variados trages,
indicio inequívoco de diversidad de naciones, se divisa con frecuencia
la blancura de su ámplia vestidura habitual y de su turbante de finísimo
lino, dispone solícito la conservacion de aquellos preciosos fragmentos,
los hace clasificar cuidadosamente, manda que se unan á los que sus
walíes le van enviando de Itálica y Mérida, y al mismo tiempo que avanza
la obra de demolicion, promuévense sin levantar mano los trabajos para
la construccion nueva. ¡Qué actividad, qué movimiento en toda la ciudad
y sus cercanías! Diríase que la ereccion de la aljama principal es el
único negocio que ocupa á la corte del naciente Califato. No hay en el
alcázar dependencia que no intervenga en la gran novedad que se
inaugura, ni en la poblacion industria que no reciba impulso. Mientras
en las fábricas y talleres, en los bosques y canteras de la sierra, en
los caminos de la montaña á la ciudad, en las caleras y hornos de
ladrillo, todos se agitan afanosos; mientras el arquitecto sirio medita
sobre sus planos y los que ha trazado la mano misma del rey, y el Katib
escribe pidiendo artistas útiles al Africa y al Asia, y los maulís y
poetas protegidos por Abde-r-rahman se esfuerzan en merecer los agasajos
del monarca colmándole de elogios por su grandioso pensamiento, el
pueblo desocupado y curioso hormiguea á todas horas en torno de los
espaciosos fundamentos, y todo presenta una animacion y un interés
difícil de describir.
Presiente Abde-r-rahman que no verá concluida la grandiosa aljama, y
anhela que con toda presteza queden cubiertas al menos las peregrinas
arquerías que forman sus naves, para tener antes de morir el consuelo de
inaugurar en la Caaba de Occidente el culto del Islam con una de
aquellas sentidas y elocuentes arengas que tenia por costumbre dirigir á
su pueblo en la mezquita antigua los dias de juma[92]. La rapidez con
que avanza la obra solo es comparable á la que se observa en la
ejecucion de todas las empresas que acomete el soberano, el cual, si
bien procede con pausa y reflexion en sus determinaciones, cuando
resuelve llevarlas á cabo no consiente demora. Alzanse como por encanto
los gruesos muros, las torres que les sirven de estribos, los espaciosos
machones de la gran cisterna: tiéndese sobre estos la espaciosa bóveda
subterránea destinada á sostener el ameno pensil de las abluciones:
elévase ya sobre cimientos de asombrosas dimensiones el cuerpo primero
del alminar, de donde ha de partir cinco veces cada dia el sonoro
clamoreo del aliden[93]: no parece, en fin, sino que los genios gigantes
de las montañas de Kaf[94] hacen rodar hácia el Guadalquivir desde las
canteras de la selvosa sierra de Córdoba los poderosos sillares
cortados, y que las encantadas péris del Eufrates, jugueteando en las
túmidas ondas del gran rio y sus cañaverales, dirigen en las nocturnas
horas al son de las inefables armonías asirias la obra de los _jines_
propicios que Azazil envía como invisibles auxiliares al creyente
fundador. ¿Quién, en efecto, sino ellas puede inspirar á los ingeniosos
artífices levantinos empleados en la decoracion de ese monumento, los
inimitables y bellísimos adornos que traza su mano sin fatiga, y como
trasladando á los planos de estuco y de mosáico los contornos de las
flores y vástagos del jardin del Paraiso?