Existen en apartadas y silenciosas calles palacios en cuyas paredes

estan escritos grandes recuerdos y sangrientas tradiciones; mas estan

lejos de respirar la severa grandeza de los que vimos en algunas

ciudades del reino de Granada. Son casi todos frios, monótonos, sin

colorido local, sin arte, sin poesía. Abandonados desde hace muchos años

por las familias que los fundaron, unos estan ya medio caidos, otros

amenazando ruina, los mas invadidos por la tristeza y el silencio. Del

que suponen haber pertenecido al Gran Capitan no queda ya mas que una

portada; de otros no menos notables han desaparecido hasta los restos.

Los hay entre los que permanecen en pie que presentan aun brillantes

líneas del Renacimiento; mas ni uno siquiera que refleje la mano de los

siglos medios. Hemos buscado en vano los que fueron elegidos por los

caballeros de la corte de S. Fernando: no hemos encontrado ni los

sepulcros de tan ilustres héroes. Hablan poco á los ojos y menos aun á

la imaginacion estos palacios: no llevan escritos en el esterior de sus

paredes ni los hechos de su época. Una leyenda antigua nos hizo

preguntar con interes por el de los condes de Cabra: esperábamos hallar

en él algo de sombrío, de misterioso, de siniestro; mas nada,

absolutamente nada vimos que pudiera traer á la memoria el horror de

aquella noche en que ciego de cólera uno de los condes por la

infidelidad de su esposa, pasó de una sola estocada á los adúlteros,

mató á criados, pages, escuderos, doncellas, amas, y al fin hasta el

negro que le acompañaba[13]. No solo no es ya posible distinguir en él

la pálida y desencajada sombra del marido; no solo no es ya posible

percibir el lastimoso eco de las víctimas; su fachada, sus patios, sus

salones parecen estar encargados de desmentir á los que le han hecho

teatro de tan espantosa escena. Es grande su soledad y aislamiento; pero

¿difiere acaso en esto de los demas palacios?

Hay pocas ciudades cuyo conjunto revele menos su pasada gloria que el de

la ciudad de Córdoba. En otros pueblos, ya que no se conserven los

palacios de los conquistadores, descubre á cada paso el viajero aun en

las casas mas humildes, acá una hermosa ventana gótica por cuya

entallada ojiva trepan las hojas de la enredadera y de la yedra, allá un

lindo ajimez árabe tras cuya transparente celosía se cree distinguir

aun el animado rostro de una gallarda mora, acullá un sillar romano

donde estan entalladas en caractéres ya medio borrados las hazañas de

los que mas engrandecieron el antiguo Imperio; en Córdoba se observa

cuando mas á lo largo de sus calles una que otra galería construida en

nuestros tiempos, uno que otro ventanage historiado, bello solo por su

aspecto pintoresco. La arquitectura ojival no desarrolla algunos de sus

encantos sino en las fachadas y rosetones de templos medio bizantinos

edificados al parecer sobre un mismo prototipo; la arquitectura oriental

no ostenta la belleza de sus formas sino en la mezquita, en parte de los

muros, en el interior de un escaso número de edificios, en el fondo de

costosos acueductos abiertos en la peña por manos de cautivos; la

arquitectura romana no guarda sino algunas de sus piedras en los

cimientos de la fortificacion y en el interior de algunos monumentos.

Asoman en el esterior de una que otra torre algunas líneas árabes; pero

no son mas que una imitacion no son mas que reminiscencias de otras

épocas.

El viajero que recorra por primera vez la ciudad de Córdoba y desee

apreciarla en conjunto apenas puede hacer mas que ir siguiendo sus

murallas, cercadas aun de gigantescos torreones almenados entre los

cuales se ocultan estrechas puertas defendidas por recias barbacanas.

Álzase junto á ellas, en el interior, la vasta mezquita de

Abd-el-rhaman, á cuya espalda abre un S. Rafael sus alas de oro sobre un

monumento de bruñidos y esquisitos jaspes: corren, en el esterior, las

aguas del Guadalquivir bajo el famoso puente reedificado por Hescham, á

que sirven de apoyo el castillo de la Calahorra y la puerta de Sevilla;

descuellan no lejos de aqui sobre el mismo adarve las macizas torres del

alcázar de Alonso XI, edificado en 1328 al pie de las ruinas de otro

palacio de que no existen sino tristes restos y fúnebres memorias[14].

Las frondosas y estensas alamedas del campo de la Victoria estienden

algo mas allá las sombras de sus ramajes sobre gran parte de sus negros

y elevados cubos; la torre de la Malmuerta[15], construida á fines del

siglo XV, cubre otras mas allá con el misterioso velo de la tradicion y

la poesía.

[Illustration: PUERTA DE SEVILLA.

(_Córdoba._)]

Crecen á espaldas de esta torre vastas y deleitosas huertas cuyos

cuadros matizados de flores verdean agradablemente bajo la sombra de

árboles frutales; estiéndese tras estas huertas la Arrizafa, el ameno

vergel en que suponen lloró Abd-el-rhaman I recordando á la vista de una

palma el suelo de su patria. Conserva ya este lugar escasos vestigios de

lo que ha sido un dia; mas no deja de tener aun interes, ora se atienda

á su pintoresca posicion en una de las vertientes de la Sierra, ora al

realce que le dan las frondosas arboledas de los cerros de cuyo fondo se

destaca, ora al espectáculo que desde alli presenta la ciudad cuando el

sol no ha logrado disipar aun la neblina en que está ligeramente

envuelta, ora á las ideas que inspira la memoria de haber sido

enterramiento[16], ora por fin á que corren debajo de ella entre paredes

de estaláctitas aguas puras y cristalinas que brotan gota á gota del

seno de las peñas[17]. Detras de la Arrizafa corren á lo largo las

faldas de la Sierra, coronada de pinos: allá en las faldas mismas

blanquea entre los bosques una que otra ermita: ¡ah! el corazon se

ensancha al ver tanta belleza, al contemplar tan deliciosa soledad, tan

dulce calma. El arroyo de las piedras que corre por un áspero cauce

entre orillas cubiertas de lozanos y fecundísimos olivos, la tranquila

Fuen-Santa, pequeña capilla que alza sus modestos muros en medio del mas

seductor paisage, la vista del imponente Guadalquivir que se desliza

magestuosamente al pie de la ciudad besando sus murallas, una que otra

escena campestre acaban de embellecer sus alrededores, donde pueden á

cada paso espaciarse los sentidos descubriendo entre lejanos

montes pueblos y castillos en cuyas coronas de almenas estan incrustados

los recuerdos de diez siglos. Desde cada altillo puede uno considerar en

conjunto la ciudad, puede verla levantando al cielo las torres de sus

baluartes y sus templos, los álamos de sus paseos y sus patios, los

desiguales techos de sus casas, sobre los cuales cree uno aun distinguir

en pie las sombras de sus antiguos héroes. Descúbrese principalmente la

ciudad desde algo mas allá del castillo de la Calahorra[18], á la otra

parte del Guadalquivir, á corta distancia de su árida ribera. ¡Qué bello

conjunto el que desde alli se ofrece! Figura en primer término la parte

posterior del castillo: mas allá el puente[19]: al fin del puente la

severa puerta de Sevilla, atribuida á Juan de Herrera[20]: á la derecha

de la puerta el ábside de la gran mezquita, á la izquierda el palacio

episcopal y el triunfo[21], en el fondo la Sierra, á nuestros pies el

rio rugiendo entre las ruedas de un molino árabe: no puede darse ya en

Córdoba un grupo que mas imponga, ni una vista que mas cautive.

[Illustration: CÓRDOBA DESDE EL CASTILLO DE LA CARRAHOLA]

Mas basta ya de generalidades: empecemos á describir los monumentos.

Capítulo segundo.

_Catedral de Córdoba._

Es ya sabido que Abd-el-rhaman, último resto de la familia de los

Ommyadas, fué quien declaró la España independiente de los califas de

Damasco. Deseoso de robustecer su nuevo imperio, no solo trató de romper

las relaciones civiles y políticas que habian enlazado hasta entonces el

oriente con el occidente, sino que hasta se propuso cortar las que los

preceptos del Coran hacian hasta cierto punto indispensables. «La

peregrinacion al templo de la Meca, dijo, es fácil que recordando

constantemente á mis árabes su orígen, les haga suspirar un dia por

volver á vivir bajo la sombra de los que se llaman descendientes del

Profeta: urge que detenga esta peligrosa emigracion, concentrando sobre

otra mezquita el ardor de mis creyentes. Los ya despedazados monumentos

de Mérida acaban de llenarme de asombro: levantaré una djama con las

ruinas de los antiguos templos, y dejaré atrás en grandeza y en

magnificencia la de Jerusalen, la de Bagdad, la de la misma capital de

los califas. Convertiré mi mezquita en una segunda Meca, y haré que el

árabe devoto venga desde las mas apartadas regiones del Asia á adorar el

libro santo que encerraré bajo la rica techumbre del santuario. Mi djama

reclamará pronto un califa; tomarán mis hijos este título; y la cuestion

entre oriente y occidente quedará para siempre terminada. Nuestra

constitucion está basada toda sobre el principio religioso: mis pueblos

se acostumbrarán á no ver mas allá de mis hijos sino el ojo de Alá y la

espada del Profeta.»

Cuentan que Abd-el-rhaman concibió y estendió por sí mismo el plan de

esta mezquita; que despues de haber mandado derribar un templo godo

construido sobre las ruinas de otro gentílico consagrado á Jano, puso él

mismo la primera piedra de la nueva fábrica y dedicó una hora diaria á

levantarla con sus propias manos; que derramó el oro á manos llenas; que

no perdonó sacrificio para que se la edificara con rapidez, con

suntuosidad, con toda la riqueza con que se la habian hecho trazar su

fervor religioso y su poética y brillante fantasía: todo revela la

importancia que tenia á sus ojos una construccion que, á no ser creada

como instrumento político, hubiera debido revelar las circunstancias de

una época en que la nueva monarquía estaba aun vacilante, el poder de

los emires era débil, la poblacion de Córdoba, recien convertida en

capital, escasa é incoherente.

Empezóse la obra en 786. En 787, año del fallecimiento de su fundador,

estaba ya muy adelantada. Hescham, hijo y sucesor de Abd-el-rhaman, la

continuó: comprendió al parecer el pensamiento de su padre, y no alzó la

mano hasta que la dejó concluida. Lo estaba ya en 796, diez años despues

de haber echado sus cimientos. Ignórase cuáles fueron á punto fijo las

cantidades invertidas; mas se sabe que Abd-el-rhaman llevaba ya gastadas

á su muerte cien mil doblas de oro, que Hescham destinó á solo el

embellecimiento del templo cuarenta y cinco mil que le tocaron del botin

de una batalla, que la ciudad de Córdoba mantuvo á sus espensas los

obreros, que otras ciudades contribuyeron con subsidios: no es difícil

calcular á qué enorme total ascenderia la suma de sus gastos. Puede ser

considerada con razon como la obra de todo un pueblo esta mezquita: es

la primera que los árabes conciben y crean en España, es la en que por

primera vez revelan su poder, su saber, sus sentimientos.

Constaba entonces el templo de solas once naves, diez menores y una

mayor terminada al norte por una capilla llamada Mihrab donde entraba el

creyente á la escasa luz de las lámparas para adorar el libro santo de

Otman y dar siete vueltas al rededor, hincado de rodillas. No tenia aun

ni bellos minaretes ni soberbios patios; no ostentaba aun en su interior

esa magnífica capilla de Villaviciosa donde es fama que se reunian los

imanes para interpretar las leyes del Profeta[22]; no deslumbraba ni

imponia aun al fervoroso musulman con los mármoles, los mosáicos, los

colores, la rica y caprichosa pedrería del santuario. Grave, severo como

todo lo que lleva sobre sí el sello teocrático, no presentaba aun mas

que calles de columnas con capiteles medio bosquejados, sobre cuyos

arcos de herradura descansaban techumbres de madera. Ofrecia ya en el

esterior el aspecto de una fortaleza: estaba circuido de muros y

torreones almenados, tenia entre cubo y cubo puertas que abrian paso

hácia otras tantas naves; mas no habia ocultado aun el adusto semblante

de sus paredes bajo esa caprichosa decoracion que corre hoy en torno de

sus ajimeces, y se estiende como una red sobre el area de sus arcos

ultrasemicirculares, sobre los dinteles de sus puertas, sobre los

suntuosos recuadros en que se desarrollan todas sus hermosas y elegantes

curvas.

Abd-el-rhaman III fue el que levantó su mas gallardo minarete y

embelleció su patio[23]: El-Hakem II, el que revistió el Mihrab de esos

innumerables y riquísimos detalles que le constituyen hoy uno de los mas

acabados y seductores conjuntos que puede presentar la arquitectura del

oriente. Cuando el reinado de El-Hakem, habia ya tenido lugar en Córdoba

la recepcion de aquellas brillantes embajadas enviadas por los

emperadores de Bizancio: las huestes árabe-españolas habian hecho

estremecer el Africa al sangriento choque de sus armas vencedoras; la

Europa entera fijaba aqui los ojos conociendo que habia de partir de

aqui la civilizacion de pueblos sumidos aun en la ignorancia y la

barbarie. Las relaciones con todos los estados y sobre todo con el

imperio de Constantinopla, el cambio recíproco de conocimientos á que

habian dado orígen estas mismas relaciones, el lujo creado y fomentado

por las incesantes victorias alcanzadas en dos vastos continentes, la

inteligencia y el delicado gusto del monarca cuya mano estaba siempre

abierta para coronar de favores á todos los que se acercaban á los

umbrales de su palacio con los inmarcesibles laureles del arte ó de la

ciencia, todo contribuyó entonces á que se fuese cubriendo de oro, de

magnificencia, de hermosura, un monumento que por su naturaleza y por la

del pueblo que lo habia construido estaba destinado á ser la espresion

mas fiel y mas legítima de todos los adelantos de los árabes. Decoróse

entonces no solo su Mihrab, sino sus puertas principales: el arte

bizantino se apoderó de él como de un campo conquistado; y esplayó asi

sobre el interior como sobre el esterior sus kaleidoscópicas y

complicadas formas.

Era ya esta mezquita en el reinado de El-Hakem bella, arrogante,

grandiosa como ningun otro monumento; mas no tardó, á pesar del vasto

espacio que ocupaba, en ser incapaz de satisfacer las necesidades

religiosas de aquel pueblo. Voló su fama por las naciones sujetas al

poder del islamismo; y se llenó de peregrinos que vinieron á visitarla

desde los mas apartados límites del mundo. Córdoba creció todos los dias

mas y mas ya con la afluencia de árabes asiáticos, enemigos de los

Abassydas, que deseaban acogerse bajo la sombra de sus antiguos reyes,

ya con la de árabes españoles rechazados por la temible espada de los

príncipes cristianos, ya con la de africanos enemigos de la paz que

traspasaban el Estrecho aterrados por las luchas que ensangrentaban sin

tregua el suelo de su patria, ya con la de hombres á quienes el amor al

arte y á las letras traía á respirar el aire de esta universidad y este

palacio, impregnado todo de ciencia y de poesía: no bastó la mezquita

para tanta poblacion, y se hizo una necesidad absoluta el ensancharla.

Almanzor, hadjib de Hescham II, se propuso llenar este vacío. Mandó que

se construyeran otras ocho naves: dispuso que junto á la mayor, á corta

distancia del Mihrab se levantase una capilla en que pudiesen reunirse

los imanes.--Es ya sabido quién era este Almanzor: casi todas las

ciudades del norte y oriente de España conservan aun tristes recuerdos

de su lanza irresistible: casi todos los campos de Castilla fueron

removidos con furor por sus batallas. Llevaba encadenada á sus banderas

la victoria: no regresaba á la corte sino cargado de botin, lleno de

despojos, de tesoros.--Aumentaba asi en Córdoba la riqueza al mismo paso

que el vecindario; y se hacia fácil la construccion de toda obra

pública, por mas que exigiese grandes sacrificios.

Aconsejaba la euritmia del conjunto que se repartiesen por igual las

ocho naves al uno y otro lado de las que ya existian; mas no lo permitió

desgraciadamente la proximidad del alcázar de los califas, cuya inmensa

mole se estendia tambien al pie del Guadalquivir, al occidente de esta

gran mezquita. Tuvo que hacerse el ensanche solo por la parte de

oriente; y esta circunstancia es fácil comprender cuánto no habia de

quebrantar la unidad y la armonía. El Mihrab dejó de estar en el centro;

la puerta principal dejó de ser el estremo del eje mayor del edificio;

las ocho naves, por necesarias que entonces fuesen, no pudieron menos de

parecer una añadidura, y, mas que añadidura, una superfluidad, una

escrescencia. No ganó la mezquita en el ensanche: perdió: perdió en

hermosura, en gracia, en buen efecto.

Perdió aun mucho mas en la construccion de lo que es hoy capilla de

Villaviciosa. La falta de simetría, la interrupcion de la agradable

perspectiva que presentarian desde cualquier punto de vista las

columnas, la pérdida de la grave y religiosa sencillez que constituía

antes el encanto de tan vasta fábrica, estan apenas compensados por las

gallardas curvas y las acertadas combinaciones de líneas de la nueva

obra. Templos tan inmensos y de tanta significacion para la historia de

las artes desea el espectador abarcarlos en conjunto, verlos en toda su

estension, admirar de una ojeada toda su grandeza. Cuanto perjudica la

impresion total es una verdadera fatalidad para estos monumentos, lo es

aunque reuna en sí las mas brillantes cualidades.

Dudan algunos de que esta capilla pueda ser atribuida ni aun al siglo de

Almanzor, por quien la suponemos fundada; mas estamos íntimamente

convencidos de que no cabe siquiera lugar á tales dudas. Júzgase

generalmente de su época por las molduras interiores; y esto es á

nuestro modo de ver una falta censurable. Las molduras interiores, del

mismo modo que los alicatados, pertenecen cuando mas á la época en que

fué edificado el alcázar de Granada[24]: las paredes, los grandes arcos

de segmento abiertos en ellas, los ajimeces inferiores pertenecen

evidentemente á la primera época de esta arquitectura. Un simple cotejo

entre estas líneas y las del Mihrab bastarán mas tarde para demostrar

hasta la evidencia esta idea, que es para nosotros una verdad

incontestable.

Empezaron ya los mismos árabes á falsear el aspecto artístico de esta

gran mezquita; mas ¿qué fueron estas ligeras innovaciones para las que

hicieron algunos siglos despues, si no los conquistadores de Córdoba,

sus infaustos sucesores?--S. Fernando se contentó con purificarla y

levantar un altar provisional donde pudiese celebrar el triunfo de sus

armas; el obispo Mesa con apoyar respetuosamente en las columnas de las

naves occidentales una capilla cuyos restos han desaparecido sin dejar

huella ni haber lastimado en nada el monumento. Dicen si el mimbar ó

capilla de Villaviciosa sirvió en los primeros tiempos de sala de

consejos y despues de sacristía; pero nada tuvo que sufrir tampoco ni de

la mano de los concejales ni de los del cabildo. Tardó siglos en sufrir

mutilaciones este singularísimo edificio; mas ¡ay! ¡fueron bien crueles

los que ya por primera vez hizo en él la escuadra y el compás de los

cristianos! Corria el año 1521 cuando el obispo D. Alonso Manrique,

llevado esclusivamente de su celo religioso, concibió el fatal proyecto

de levantar en medio de la mezquita una capilla que pudiese rivalizar

con las mejores de aquel siglo. Comunicólo al cabildo, halló

desgraciadamente en él no solo proteccion, sino entusiasmo, y puso dos

años despues, en 7 de setiembre, la primera piedra de la nueva obra.

Quiso oponerse la ciudad; pero inútilmente. El emperador, que no habia

visto nunca la mezquita, tuvo que fallar la contienda; y falló... en

favor de D. Alonso. Tres años despues que pasó el emperador á Andalucía,

cuentan que al ver lo que se habia destruido dobló tristemente la cabeza

y manifestó un profundo sentimiento por haber otorgado su permiso; mas

¿de qué podian servir entonces sus estériles é infundadas quejas? ¡era

ya tarde![25]

Merece sin disputa alguna ser considerada esta capilla como una de las

mas acabadas creaciones del estilo plateresco: es bella, suntuosa,

abundante en riquísimos detalles, magestuosa, grande, obra llena de

verdad y de poesía; mas ¿cómo han de bastar todas sus dotes para atenuar

el dolor que producen en el ánimo del artista los recuerdos de lo ya

destruido? Llega uno á perderla de vista en el seno de aquel estenso

bosque de columnas: recorre el monumento, da con ella y siente palpitar

de ira el corazon al ver tal sacrilegio. ¿Qué? ¿no habia otro local en

Córdoba donde levantar esta capilla? ¿Cómo no fueron á sentarla sobre

las ya dispersas ruinas de otros monumentos? ¿no advirtió Alonso

Manrique que iba á profanar una mezquita respetada por las armas del

mismo S. Fernando? ¿una mezquita, única en su género, sin igual no solo

en España, sino en las opulentísimas ciudades del oriente? ¿una mezquita

que encierra en sí sola toda la historia del arte árabe, una mezquita

que es el mas bello álbum que nos legó un gran pueblo? ¡Ah! diria él:

¡es preciso que la cruz brille radiante de magestad y gloria en el

último templo del Profeta! ¡es preciso que desaparezca el carácter

marcadamente sensual del monumento! ¡es preciso que el viajero respire

en él solo el aire de la religion cristiana! No fué todo esto mas que

una ilusion; pero una ilusion funesta. No era posible, no lo es, no lo

será nunca cambiar el aspecto eminentemente oriental de esta mezquita.

La cruz del Redentor brillará siempre alli medio amortiguada por los

vivos reflejos del mahometismo; el viajero oirá con asombro bajo

aquellas bóvedas los cantos de la Iglesia. Acompañad á ese templo al mas

fervoroso creyente en Jesucristo sin decirle que aquella es la catedral

cristiana: entrará con la cabeza erguida y cubierta, levantará la voz,

no doblará nunca la rodilla. Admirará la obra del arte; y embebido en la

contemplacion de tantas maravillas, lo olvidará todo para pensar tan

solo en el Profeta. Estrañará ver apoyados en aquellas columnas altares

levantados á la memoria de los mártires: oirá con sorpresa los sonidos

del órgano, si por acaso hieren sus oidos antes que haya llegado á

descubrir la capilla de Manrique. Llegará á la capilla y maldecirá

instintivamente la mano del que se atrevió á destrozar asi la unidad del

templo. ¿Cómo podrá dejar de ver en ella un espantoso anacronismo, una

planta exótica, un delirio artístico? ¡Que los que hayan tenido la

suerte de visitar esta mezquita recuerden la primera impresion que

recibieron! ¿Quién despues de haber visto las naves árabes, el mimbar,

el santuario del Coran, ha podido fijar jamás los ojos en las

innumerables bellezas que cuenta la capilla? Cuando ha querido hacerse

cargo de ellas y estudiar uno á uno los detalles, ¿no ha debido acaso

hacer abstraccion de la mezquita, y concentrar toda su fuerza de

atencion en la obra de D. Alonso?

La mezquita de los Abd-el-rhamanes no era susceptible de modificacion: ó

debia ser destruida ó conservada por el sacerdote cristiano en toda su

pureza. Comenzó, empero, á inutilizarla un prelado tan lleno de celo

religioso como de ignorancia artística; y desde entonces ¡qué de

profanaciones! ¡qué de absurdos! ¡Ay! ¿quién sabe si la exagerada fé de

otro prelado llegará un dia á querer destruir las paredes del santuario

musulman para erigir un altar bajo su concha de alabastro? ¡Quién sabe

si para acabar de hacer triunfar el cristianismo sobre el islamismo hará

saltar los ricos mosáicos que cubren los brillantes muros del vestíbulo!

¡Mezquita para siempre célebre! ¡mezquita levantada y frecuentada por

emires y califas! ¡mezquita por cuya pérdida lloran aun bajo su cielo

oriental los que creen en Alá y en su Profeta! ¡mezquita á que han

venido á inspirarse ya tantos poetas y á estudiar tantos artistas!

¡Salud! Un viajero desconocido va á atravesar con respeto tus umbrales y

á revelar tus encantos á las generaciones presentes y futuras. Eleva su

lenguaje al par de tu belleza, evoca ante él todas tus glorias y

recuerdos, enardece hasta donde puedas su corazon, exalta hasta donde

quepa su humilde fantasía. La pluma se estremece en su mano al

contemplarte en toda tu grandeza, y necesita de todo tu favor para no

sucumbir en tan árdua y aventurada empresa. ¡Que el genio de creacion y

de armonía que te construyó dirija mis acentos! ¡que sea yo quien

escriba! ¡que seas tú quien dictes![C]

Córdoba · 第 5 / 53 段