Se acordó una que otra vez Ben-Mohammad de cuán necesaria era la

sumision de los valíes que se habian proclamado independientes; mas ni

siquiera para intentarla se sintió con fuerzas. Trató de conciliarlos, y

encendió sin querer el fuego de la guerra. Quiso sujetar á fuerza de

armas á los que coartaban mas de cerca la accion de los poderes

públicos; y escitó contra sí á Ismail, el mas audaz de los rebeldes.

Perdió en la lucha su reputacion, su ejército, su vida.

Murió Gehwar y volviste á caer en un abismo. Su hijo Mohammad, temeroso

de Ismail, solicitó la alianza de los emires de Badajoz y de Sevilla. La

obtuvo, y escitó con esto la cólera de tus enemigos. Vió en breve contra

tí las tropas de Al-Mamun, mas belicoso que el mismo Ismail su padre;

quiso hacerle frente, y salió vencido en la primer jornada. Lleno de

sobresalto, imploró entonces por medio de su hijo Abd-el-Melyk el favor

de Aben-Abed. Logró salvarte del furor de Al-Mamun; mas acabando para

siempre con tu independencia.

Aben-Abed, emir de Sevilla, era á la sazon uno de los reyes mas temidos

de la Andalucía. Llevado de una ambicion sin límites, no perdonaba medio

para ir dilatando sus vastas posesiones: donde creía infructuoso el

valor, empleaba la astucia y la perfidia. Entretuvo al jóven

Abd-el-Melyk divirtiéndole con fiestas que afectaba darle como un

homenage debido al heredero de un califa; dejó que se adelantara sobre

tí Al-Mamun y esperó verte cercada. Ya que consideró inminente el

peligro en que te hallabas, salió de Sevilla como un leon; mas no con el

deseo de libertarte, sino con el de hacerte esclava. Favorecido por una

salida que hicieron tus tropas se arrojó con ímpetu sobre Al-Mamun y le

derrotó al primer encuentro. Logró escitar con su brillante victoria tu

entusiasmo. Entró en tí primero que Abd-el-Melyk, cerró de improviso tus

puertas, ocupó tus muros, se apoderó de tu alcázar, donde estaba medio

moribundo tu califa, te impuso su voluntad desde el mismo solio de tus

antiguos reyes. Encontró alguna resistencia en Abd-el-Melyk, que á las

pocas horas vino del campamento enemigo cargado de despojos y trofeos;

mas la venció sin dificultad dejando al desgraciado príncipe muerto á

estocadas en la misma puerta por donde procuraba abrirse paso. Te habló

luego de tu porvenir y tu pasado; dispertó en tí ilusiones y

esperanzas; te embriagó con fiestas y espectáculos que recordaban tu

grandeza de otros dias; y alcanzó que, degenerada por tus infortunios,

tú misma llegases á aplaudir su infame alevosía. La sangre de

Abd-el-Melyk estaba aun caliente, cuando, henchida de gozo, levantabas á

Aben-Abed sobre tu escudo: ¿qué se habian hecho ya tus sentimientos? ¿ni

una lágrima tenias siquiera para el nieto de Gehwar, de ese califa que

habia sabido inmolar en tus aras todas sus pasiones? ¿qué creías poder

aguardar de esos emires de Sevilla? no hicieron mas que cubrirte de

vergüenza y de ignominia: no respetaron ni tu trono. El título de califa

de Córdoba habia sido hasta entonces el sueño de oro de cuantos sentian

en su pecho sed de gloria: Aben-Abed lo despreció, tal vez para hacer

mas evidente tu miseria y acabar de sepultarte en el olvido. Hasta el

nombre de reina has ya perdido: no es ya Sevilla tu rival, es tu señora.

Conservaste tu orgullo, te acordaste alguna vez de que habias sido la

capital de una vasta monarquía; pero en vano: tus enemigos pasaron sobre

tí, como pasa el hombre sobre todo miserable reptil que se atraviesa en

su camino. Al-Mamun te sujetó sin perder un soldado de su ejército:

Aben-Abed te recobró sin desnudar la espada. Vinieron los almoravides y

te vencieron: te rebelaste contra ellos y no pudiste escitar ni su

venganza. Aly, su gefe, se contentó con que restituyeras lo que en los

dias de tu rebelion hubieses usurpado. Secundado tu movimiento por otras

cien ciudades, intentaste por segunda vez sacudir el yugo de esos

feroces africanos: lo sacudiste y volviste á caer en él apenas se

presentaron frente tus muros las tropas aliadas de Ben-Ganya y el

emperador Alfonso. Saliste del poder de los almoravides para entrar en

el de los almohades: desplomóse el imperio de los almohades, y tampoco

supiste reconquistar tu independencia. Formáronse en España varios

reinos como á la caida de tus Ommyadas: ni voz tuviste para recordar tus

derechos. Tú, cuyas órdenes habian sido obedecidas desde las orillas del

Ródano al Desierto, te humillaste á recibir las de una ciudad hasta

entonces desconocida, las de la ciudad de Baeza. Decapitaste á poco á

Mohammad, tu nuevo rey; pero cuando habia entregado ya á Fernando III de

Castilla la vecina Andújar y esa misma Baeza de que se habia hecho

soberano, ¡Ay! ¡que se va acercando la hora de tu completa ruina! Ciudad

de las ciudades musulmanas, Damasco del Occidente, segundo templo del

Islam, vas á morir: el espíritu del Profeta va á abandonar para siempre

tus mezquitas. Alza tu frente y observa: legiones de nazarenos estan

ordenándose en batalla á la sombra de sus grandiosos estandartes, de

esos estandartes con que vencieron en las Navas de Tolosa. El que las

acaudilla es un rey que goza del favor del cielo: ángeles enviados por

Cristo sostienen su bandera; palabras de bendicion estan escritas por la

misma mano de Dios sobre la hoja de su espada. Hélas ya alli sobre la

cumbre de tus montes: ¡ay del dia en que cierres al sueño tus cansados

ojos! ¿Oyes? tus templos se estremecen; en tus alcázares no resuenan mas

que hondos gemidos. Voces misteriosas conmueven de noche el aire que

respiras; gritos de desolacion turban de contínuo la paz de tus hogares.

¿Qué remedio has de hallar para conjurar la tempestad que te amenaza?

Tus armas estan melladas; tus reyes, dispersos y ocupados en luchas

intestinas; tus intrépidos guerreros de otro tiempo, en el sepulcro.

¡Córdoba! ¡Córdoba! vas á luchar inútilmente contra ese ejército de

infieles: sucumbirás, y no al hierro, sino al hambre y al desorden.

Acababa de salir S. Fernando de la villa de Andújar, cuando un hombre

oscuro á quien habia conferido el gobierno de la plaza, sabiendo por

algunos prisioneros que Córdoba dormia confiada en la inaccion de los

cristianos, concibió el atrevido proyecto de ir á tomarla por sorpresa.

Solia haber por aquellos tiempos en las fronteras de las dos Españas

turbas de hombres medio salvages cuyo único placer era la guerra, cuyos

únicos medios de subsistencia eran las sangrientas algaradas que hacian

á cada paso en pueblos enemigos. Este hombre oscuro los llamó y les

comunicó su intento. No tuvo que hablar mucho para decidirlos: los

exaltó, organizó en secreto la espedicion, y vino á la primera

oportunidad sobre estos muros. Era de noche: el cielo estaba cerrado; la

lluvia azotaba los techos de la ciudad dormida. Lleno de fé en su

empresa, se adelanta el audaz cristiano hácia el barrio de Oriente,

escala en silencio los adarves, degüella las guardias, se estiende por

las calles, se atrinchera, se prepara para resistir los ataques que le

darán probablemente al asomar el alba. Seguro ya de su conquista, envía

en tanto mensageros á Alvaro Perez, al rey, á cuantos podian hacer que

no quedase ineficaz su temerario empeño.

Rayaba apenas el dia, cuando, sorprendidos los habitantes de la ciudad,

tomaron las armas y acometieron á los invasores. Larga y reiterada fue

la lucha, pero inútil. Las fuerzas cristianas lejos de menguar

crecieron: crecieron por de pronto con el socorro de Alvar Perez, poco

despues con el del rey, que, no bien tuvo noticia del suceso, dió la

vuelta para esta ciudad sin aguardar á que se reuniese su ejército bajo

sus banderas. ¿Cómo no habia de empezar á desfallecer una ciudad

estenuada por tantos sacrificios? Disputábanse á la sazon el imperio de

la España Arabe Abu Zeyan, Aben-Hud, Mohammad Al-hamar el fundador del

reino de Granada: reconociéndose débil para luchar sola contra sus

enemigos, dirigió los ojos á Aben-Hud, le escribió, le suplicó que no la

dejase abandonada en medio de tan gran peligro.

Aben-Hud, aunque ambicioso, era de noble corazon: no se hizo ni pudo

hacerse sordo al llamamiento de una de las primeras ciudades de su

patria. Pospuesto todo interes personal, se dejó caer sobre la ciudad

con el grueso de su ejército. La encontró medio cercada; mas no por esto

cejó; antes se mostró dispuesto á combatir hasta que S. Fernando

levantase el sitio. Iba á trabar el primer asalto contra los reales

enemigos, cuando le ocurrió, sin embargo, un pensamiento que detuvo sus

ímpetus guerreros. «Ciudades como Córdoba, dijo, no se sitian con

escasas tropas ni sin esperanzas de buen éxito: ¿de qué servirá empeñar

una lucha en que he de salir vencido? La ruina de la ciudad producirá la

mia; Murcia caerá; el poder del Islam llegará al borde del abismo.

Millares de creyentes confian en mi espada: ¿me espondré á perderla en

defensa de una ciudad que salvaré hoy y morirá mañana? ¿en defensa de

una ciudad sobre la cual pesa hace siglos la mano de un fatal destino?»

Quiso cerciorarse de las fuerzas de que disponia S. Fernando, y

aumentaron sus temores. Un caballero cristiano que militaba en sus filas

y á quien confió esta mision, deseoso de reconciliarse con su rey,

exageró el número de los enemigos, y pintó no solo peligroso, sino hasta

quimérico el proyecto de atacarlos. «Vais á morir, le dijo á Aben-Hud:

vais á sacrificaros en vano por una ciudad que está condenada desde

mucho tiempo á los horrores de la servidumbre. Murcia os proclama emir;

Valencia os ofrece una corona; si venceis á Al-hamar, es vuestro todo el

pais de Andalucía: ¿qué puede importaros, atendido vuestro brillante

porvenir, una ciudad que ya no es mas que un nombre? Id y recoged los

restos del imperio de los Abd-el-rhamanes; restableced la unidad,

agrupad en torno vuestro á cuantos se sienten aun decididos á sostener

la causa del Profeta: no tardareis en derribar de un soplo la obra de

Fernando ni en enarbolar vuestros estandartes vencedores hasta en el

mismo alcázar de Toledo.» Aben-Hud, aunque con gran pesadumbre suya,

cedió á las falsas palabras del cristiano. «¡Cuán triste es tu suerte!

esclamó: ¡no te queda mas recurso que sucumbir, desdichada ciudad! pero

confio en que han de brillar para ti mejores dias. No querrá Dios que

yazga por mucho tiempo esclava la que ha sido el segundo templo del

Profeta.»

S. Fernando, apenas se vió libre de Aben-Hud, no dudó un instante mas de

la victoria. Multiplicadas de dia en dia sus fuerzas con las huestes que

afluían á su campamento, comprendió cuán facil era triunfar de la ciudad

sin verter sangre: estrechó el sitio, imposibilitó toda salida, y esperó

con calma que los mismos cercados fuesen á sus pies á deponer las armas.

Desmayó el pueblo cordobés; mas no perdió aun del todo la esperanza.

Recordó sus antiguas glorias, su poder, el respeto que su nombre

infundia á todas las naciones, y se resistia á creer que no hubiese

siquiera quien por el interes general de los árabes pasase á socorrerle.

Olvidaba el infeliz que ya no habia en toda la España musulmana ni un

solo estado que pudiese aventurarse á luchar con las tropas de Castilla,

ni un solo cadí que supiese acallar su ambicion en beneficio de su

patria. Confió, pero sin fruto: vió que todos los dias se aumentaban sus

enemigos, nunca sus soldados. Falto de víveres y sobre todo de un gefe,

fue pasando de la abundancia á la escasez, de la escasez al hambre, del

hambre á la anarquía. No pudo, al fin, sufrir mas: tuvo que apelar á la

piedad del vencedor, y hasta en ese momento fue el mas desdichado de los

pueblos. No obtuvo de él sino la vida, no obtuvo siquiera el derecho de

permanecer en sus hogares, de conservar su hacienda. No quedó ni un solo

musulman en Córdoba despues que hubo entrado en ella S. Fernando: todos,

absolutamente todos fueron condenados á la proscripcion y á la miseria.

El rey llevó el rigor hasta el estremo de no consentir que saliesen sino

con lo que pudiese cada cual llevar consigo. ¿Qué hubiera hecho mas si

hubiese debido conquistar la ciudad á fuerza de armas?

Estoy oyendo tus gemidos, Córdoba; estoy viendo las lágrimas que brotan

de tus ojos, ¡Qué dia de desolacion para tí aquel terrible dia! Mientras

tus árabes te dejaban en silencio, tus enemigos te ocupaban entonando

cánticos de triunfo. Tus alcázares fueron saqueados; tus templos

profanados; violados los hogares de tus hijos. Tu mezquita fue

consagrada á otro Dios, invadida por soldados y sacerdotes de Cristo. La

voz del muezin dejó de animar tus minaretes; la del rudo africano, tus

torreones. Hablaste y no te comprendieron; te hablaron y no

comprendiste. Tus escuelas quedaron para siempre cerradas; tus baños,

secos; tus palacios, desiertos. Estabas aun radiante de hermosura; mas

tu hermosura no bastó para conmover á tus vencedores. ¿Qué se hicieron

tus encantados palacios de Medina Azarah ¿qué tus embalsamados jardines

de la Rusafa, donde plantó su palma Abd-el-rhaman I[2]? ¿qué tu

biblioteca de Merwan, tesoro de la ciencia y la poesía de tus ilustres

hijos? Nada respetaron en tí los invasores: no satisfechos con haber

despoblado y talado tu campiña[3], con haber desterrado á todos tus

creyentes, con haber llevado la espada hasta el interior de tus

santuarios, destruyeron uno á uno tus monumentos complaciéndose en hacer

saltar á hachazos tus ricas techumbres de cedro y tus paredes de oro.

Salvaste de la destruccion comun tus viejos muros[4]; mas para tu

castigo: ¿quién entre los árabes se ha de atrever ya á venir sobre

ellos para restituirte al seno del Profeta? Desciñe tu bello turbante,

sultana del Guadalquivir: ni derecho tienes ya para llamarte mora. Te

han hecho cristiana; y cristiana serás mientras dure en la tierra el

poder de la cruz. Es inútil que alientes en tu pecho la esperanza:

inútil que en el silencio de la noche cuentes tus pesares á las aguas

del rio para que las refieran á tus hijos: inútil que pretendas leer en

tu pasado un porvenir menos sombrío é infeliz que tu presente: verás

construir en tu seno sinagogas para judíos, basílicas para cristianos,

jamas una mezquita. No encontrarás eco ni en la ola que pasa ni en el

corazon de tus proscritos: sufrirás hoy mas que ayer; sufrirás mas que

hoy mañana. Has sido víctima de cuantos pueblos cayeron sobre tí: lo

serás en adelante, de las sangrientas parcialidades que nacerán entre

cristianos. No está cerrada aun la página de tus infortunios, desdichada

Córdoba.

Apoderado S. Fernando de esta ciudad, no fijó ni pudo fijar su

pensamiento sino en buscar medios para repoblarla. Redactó una carta de

fuero mas ámplia que las que se habian hasta entonces concedido[5], la

comunicó á todas las ciudades de Castilla, prometió y otorgó singulares

mercedes á cuantos se resolvieron á pasar á vivir en Córdoba con su

esposa y con sus hijos. Distribuyó tierras entre los principales

caballeros que le habian acompañado en la conquista, dió al concejo los

pueblos, aldeas y castillos que fueron sucumbiendo en la comarca[6].

Para mas animarla y asegurarla, convirtió la ciudad en centro de

operaciones militares; restauró la silla de Osio, de aquel famoso

prelado á quien cupo la gloria de haber presidido el primer concilio de

Nicea. Comprendia S. Fernando la gran dificultad que habia en conservar

una ciudad rodeada de enemigos; y estaba dispuesto á no perdonar

sacrificio alguno para traer á ella cristianos que tuviesen un interes

personal en defenderla. Logró irla poblando; pero lentamente, tan

lentamente que tres siglos despues habian los reyes de conceder

privilegios á los que prometiesen habitar en ella por espacio de veinte

años[7]. Dícese que en tiempo de Abd-el-rhaman III contenia esta ciudad

doscientos mil vecinos[8]: ni siquiera una décima parte ha llegado á

contener despues á pesar de los esfuerzos hechos por los monarcas de

Castilla.

La favorecieron muy poco los sucesos para que pudiese volver al estado

en que la dejaron los Abd-el-rhamanes. D. Alfonso el Sabio vino con el

rey de Marruecos á cercarla contra el infante D. Sancho, que había

entrado pocos dias antes en ella con su esposa D.ª María de Molina: tuvo

al fin que levantar el sitio, pero despues de haber talado sus

alrededores[9]. Talólos años despues el rey D. Pedro, al ver que ni con

el ausilio de Mohammad de Granada habia podido arrancarla á D.

Enrique[10]. La peste diezmó horrorosamente á sus hijos al empezar el

siglo XV: acabó con mas de veinte mil en el espacio de tres meses.

Sobrevinieron graves disturbios en los reinados de Enrique III y Juan

II; y fue sacrificada ya por el uno ya por el otro bando[11]. Siguieron

tras aquellos tristes acontecimientos las escandalosas guerras civiles

entre Enrique IV y sus hermanos; y se vió destruida y ensangrentada por

los mismos habitantes. Los Reyes Católicos le arrebataron sus mejores

soldados para la conquista de Granada; el tribunal del Santo Oficio

consumió parte de la poblacion en los tormentos y la hoguera[12]. Los

judíos, que ya en el siglo XIV habian sido inhumanamente acuchillados

por el pueblo, la abandonaron á poco en virtud de una orden que solo

pueden cohonestar las circunstancias especiales en que se encontraba á

la sazon una nacionalidad, apenas constituida por otro principio que por

el de la unidad de sentimientos religiosos. No sufrió poco bajo los

reinados de Carlos y Felipe: el peso de los tributos llegó á hacerse

insoportable; y hubo familias enteras que atravesaron para no volverlo á

pisar el umbral de sus hogares. La emigracion voluntaria fue tan grande,

que los reyes se creyeron obligados á otorgar nuevas mercedes á los que

viniesen á poblarla. No podemos menos de recordar con dolor la terrible

carestía que la afligió á mediados del siglo XVII: como si tantas

calamidades políticas no bastasen aun para abatirla, castigóla Dios con

este nuevo azote. El hambre llegó á tal estremo, que armados los

ciudadanos en número de diez mil, se arrojaron á la calle y forzaron los

graneros de los particulares. Cuentan que se encontraron casas donde

habia hasta cuatro mil arrobas de harina corrompida: ¿con qué razon se

hubiera podido castigar á un pueblo hambriento que á la vista de tan

lamentable espectáculo hubiese desplegado todo el furor de su venganza?

Desangróla en el siglo XVIII la guerra de sucesion: en el XIX, la guerra

con la Francia. En la última sobre todo padeció mucho esta ciudad de

Córdoba. Supo apenas los sucesos del 2 de mayo en Madrid, cuando

pretendió ya sublevarse. El 10 secundó abiertamente la insurreccion de

Sevilla; el 11 estaba armándose; el 7 de junio batiéndose en el puente

de Alcolea. Desdichada como siempre, tuvo que volver la espalda al

enemigo. Cerró apresuradamente sus puertas; mas para capitular, no para

defenderse. No bien vió á Dupont frente sus muros, le envió á uno de sus

principales hijos para negociar su entrega. Temia ver pasar sobre sí la

espada de un vencedor que debia sentir naturalmente el deseo de imponer

con los horrores de un asalto á una nacion rebelde; y estaba en

transigir bajo cualesquiera condiciones antes que esponerse á ser

entregada al saqueo y la matanza. Fue tal su desventura, que ni aun asi

pudo evitar lo que temia. Habia empezado á entrar en pláticas con los

franceses, cuando, bajo pretesto de algunos tiros disparados desde la

muralla, apuntaron aquellos sus cañones contra la Puerta Nueva, y

entraron de repente en la ciudad hiriendo y matando sin compasion hasta

á los indefensos que acertaban á cruzar las calles. Un cordobés, que no

pudo mirar con sangre fria la entrada de los enemigos, hirió á Dupont

desde uno de los balcones de su casa; encendiéronse mas y mas en ira los

franceses; y saquearon templos, palacios, edificios privados, oficinas

públicas, cuanto podia satisfacer su sed de oro y de pillage. Ha sufrido

Córdoba en todos tiempos; pero raras, rarísimas veces como en esos tres

dias de horror en que estuvo á merced de una soldadesca cuyo corazon

estaba endurecido por las sangrientas escenas de cien campos de batalla.

¡Pobre ciudad! ¿cuándo será que concluyan para ella tan amargas

desventuras? Idólatra, cristiana, mora, ¿siempre habrá de gemir abrumada

por los infortunios? Los dioses del Olimpo no pudieron salvarla del

furor de César: el Profeta la ha visto morir sin tenderle una mano desde

su sepulcro: Cristo la ha entregado al hambre y á la peste cuando no la

ha envuelto en los horrores de la guerra. Su destino ha sido el mismo

bajo todas las religiones; y ella sin embargo ha sido bajo todas

creyente.

No acabaron aun aqui sus tristes vicisitudes: las guerras civiles que

han desgarrado posteriormente el seno de nuestra patria han sacudido

sobre ella sus funestas alas; y la han cubierto tambien de luto, de

dolor, de ruinas. Quisiéramos recordarlas; mas brota aun sangre de tus

heridas, desventurada Córdoba, y tememos acibarar con negros recuerdos

tus inmensos males. ¡Paz, Córdoba, paz! perdona si hemos venido quizás á

interrumpir tu sueño con tan lúgubre historia.

Tenia ya tanto interes para nosotros lo pasado de esta ciudad de

Córdoba, que sentíamos ir apurando los grandiosos hechos que lo

constituían. Asomaba la aurora, y teníamos aun embargada la imaginacion

por los recuerdos. Nuestra curiosidad artística habia llegado á

desvanecerse: no buscábamos ya con los ojos esos monumentos en que ha de

estar encerrado el genio de otros siglos; buscábamos los objetos en que

podia estar vinculada una serie de acontecimientos; buscábamos la

biblioteca de Merwan, la palma del primer ommyada, el plátano de César.

La biblioteca, la palma, el plátano no existen: ¿cómo al convencernos de

que habian desaparecido podiamos dejar de caer en el abatimiento y en la

melancolía? Tantas calamidades, nos dijimos, habrán minado esta ciudad

hasta por sus cimientos: ¡ay! ¿quién sabe si habrá siquiera vestigios de

los pueblos que han venido á chocar y á destruirse en ella? Empezamos á

distinguir las formas de las torres: en ninguna vimos ni el magestuoso

sillar de los romanos, ni el ajimez esbelto de los árabes, ni la

entallada cimbra bizantina, ni la aguja gótica. Teníamos á la espalda la

mezquita de los Abd-el-rhamanes, y no nos era dado descubrirla: perdimos

la esperanza. Entre los techos de la ciudad apenas aparecia mas que el

estremo de algun roseton, uno que otro muro ennegrecido por los siglos y

los árboles que dan frescura y sombra á algunos patios: ¡ah! repetimos

con dolor: ¿nada de lo pasado guardará al fin esa Córdoba tan decantada

por la historia y la poesía?

La inquietud se apoderó nuevamente de nuestra alma; y recorrimos con

afan la ciudad. Nos hallamos por mucho tiempo en un laberinto de calles

á cual mas estrechas y tortuosas que van, vienen y se cruzan en todas

direcciones. La desigualdad del piso, el humilde aspecto de las casas,

la escasa animacion que reinaba en todas partes llamaron por de pronto

nuestra atencion: nos parecia que estábamos en una de esas villas

puramente agrícolas en que los habitantes dejan la poblacion por la

campiña al primer crepúsculo del alba. Levantábamos á cada paso nuestras

miradas esperando siempre que en alguna de aquellas modestas fachadas

habiamos de dar con líneas propias de otra civilizacion, hijas de otro

pueblo; mas inútilmente, ni el color siquiera permitia apreciar en

muchas la huella de los siglos. Hay en Córdoba, como en casi toda la

Andalucía, la costumbre de blanquearlas: costumbre detestable para el

que pretende leer en las piedras la historia del arte y el carácter

general de las naciones.

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