sumision de los valíes que se habian proclamado independientes; mas ni
siquiera para intentarla se sintió con fuerzas. Trató de conciliarlos, y
encendió sin querer el fuego de la guerra. Quiso sujetar á fuerza de
armas á los que coartaban mas de cerca la accion de los poderes
públicos; y escitó contra sí á Ismail, el mas audaz de los rebeldes.
Perdió en la lucha su reputacion, su ejército, su vida.
Murió Gehwar y volviste á caer en un abismo. Su hijo Mohammad, temeroso
de Ismail, solicitó la alianza de los emires de Badajoz y de Sevilla. La
obtuvo, y escitó con esto la cólera de tus enemigos. Vió en breve contra
tí las tropas de Al-Mamun, mas belicoso que el mismo Ismail su padre;
quiso hacerle frente, y salió vencido en la primer jornada. Lleno de
sobresalto, imploró entonces por medio de su hijo Abd-el-Melyk el favor
de Aben-Abed. Logró salvarte del furor de Al-Mamun; mas acabando para
siempre con tu independencia.
Aben-Abed, emir de Sevilla, era á la sazon uno de los reyes mas temidos
de la Andalucía. Llevado de una ambicion sin límites, no perdonaba medio
para ir dilatando sus vastas posesiones: donde creía infructuoso el
valor, empleaba la astucia y la perfidia. Entretuvo al jóven
Abd-el-Melyk divirtiéndole con fiestas que afectaba darle como un
homenage debido al heredero de un califa; dejó que se adelantara sobre
tí Al-Mamun y esperó verte cercada. Ya que consideró inminente el
peligro en que te hallabas, salió de Sevilla como un leon; mas no con el
deseo de libertarte, sino con el de hacerte esclava. Favorecido por una
salida que hicieron tus tropas se arrojó con ímpetu sobre Al-Mamun y le
derrotó al primer encuentro. Logró escitar con su brillante victoria tu
entusiasmo. Entró en tí primero que Abd-el-Melyk, cerró de improviso tus
puertas, ocupó tus muros, se apoderó de tu alcázar, donde estaba medio
moribundo tu califa, te impuso su voluntad desde el mismo solio de tus
antiguos reyes. Encontró alguna resistencia en Abd-el-Melyk, que á las
pocas horas vino del campamento enemigo cargado de despojos y trofeos;
mas la venció sin dificultad dejando al desgraciado príncipe muerto á
estocadas en la misma puerta por donde procuraba abrirse paso. Te habló
luego de tu porvenir y tu pasado; dispertó en tí ilusiones y
esperanzas; te embriagó con fiestas y espectáculos que recordaban tu
grandeza de otros dias; y alcanzó que, degenerada por tus infortunios,
tú misma llegases á aplaudir su infame alevosía. La sangre de
Abd-el-Melyk estaba aun caliente, cuando, henchida de gozo, levantabas á
Aben-Abed sobre tu escudo: ¿qué se habian hecho ya tus sentimientos? ¿ni
una lágrima tenias siquiera para el nieto de Gehwar, de ese califa que
habia sabido inmolar en tus aras todas sus pasiones? ¿qué creías poder
aguardar de esos emires de Sevilla? no hicieron mas que cubrirte de
vergüenza y de ignominia: no respetaron ni tu trono. El título de califa
de Córdoba habia sido hasta entonces el sueño de oro de cuantos sentian
en su pecho sed de gloria: Aben-Abed lo despreció, tal vez para hacer
mas evidente tu miseria y acabar de sepultarte en el olvido. Hasta el
nombre de reina has ya perdido: no es ya Sevilla tu rival, es tu señora.
Conservaste tu orgullo, te acordaste alguna vez de que habias sido la
capital de una vasta monarquía; pero en vano: tus enemigos pasaron sobre
tí, como pasa el hombre sobre todo miserable reptil que se atraviesa en
su camino. Al-Mamun te sujetó sin perder un soldado de su ejército:
Aben-Abed te recobró sin desnudar la espada. Vinieron los almoravides y
te vencieron: te rebelaste contra ellos y no pudiste escitar ni su
venganza. Aly, su gefe, se contentó con que restituyeras lo que en los
dias de tu rebelion hubieses usurpado. Secundado tu movimiento por otras
cien ciudades, intentaste por segunda vez sacudir el yugo de esos
feroces africanos: lo sacudiste y volviste á caer en él apenas se
presentaron frente tus muros las tropas aliadas de Ben-Ganya y el
emperador Alfonso. Saliste del poder de los almoravides para entrar en
el de los almohades: desplomóse el imperio de los almohades, y tampoco
supiste reconquistar tu independencia. Formáronse en España varios
reinos como á la caida de tus Ommyadas: ni voz tuviste para recordar tus
derechos. Tú, cuyas órdenes habian sido obedecidas desde las orillas del
Ródano al Desierto, te humillaste á recibir las de una ciudad hasta
entonces desconocida, las de la ciudad de Baeza. Decapitaste á poco á
Mohammad, tu nuevo rey; pero cuando habia entregado ya á Fernando III de
Castilla la vecina Andújar y esa misma Baeza de que se habia hecho
soberano, ¡Ay! ¡que se va acercando la hora de tu completa ruina! Ciudad
de las ciudades musulmanas, Damasco del Occidente, segundo templo del
Islam, vas á morir: el espíritu del Profeta va á abandonar para siempre
tus mezquitas. Alza tu frente y observa: legiones de nazarenos estan
ordenándose en batalla á la sombra de sus grandiosos estandartes, de
esos estandartes con que vencieron en las Navas de Tolosa. El que las
acaudilla es un rey que goza del favor del cielo: ángeles enviados por
Cristo sostienen su bandera; palabras de bendicion estan escritas por la
misma mano de Dios sobre la hoja de su espada. Hélas ya alli sobre la
cumbre de tus montes: ¡ay del dia en que cierres al sueño tus cansados
ojos! ¿Oyes? tus templos se estremecen; en tus alcázares no resuenan mas
que hondos gemidos. Voces misteriosas conmueven de noche el aire que
respiras; gritos de desolacion turban de contínuo la paz de tus hogares.
¿Qué remedio has de hallar para conjurar la tempestad que te amenaza?
Tus armas estan melladas; tus reyes, dispersos y ocupados en luchas
intestinas; tus intrépidos guerreros de otro tiempo, en el sepulcro.
¡Córdoba! ¡Córdoba! vas á luchar inútilmente contra ese ejército de
infieles: sucumbirás, y no al hierro, sino al hambre y al desorden.
Acababa de salir S. Fernando de la villa de Andújar, cuando un hombre
oscuro á quien habia conferido el gobierno de la plaza, sabiendo por
algunos prisioneros que Córdoba dormia confiada en la inaccion de los
cristianos, concibió el atrevido proyecto de ir á tomarla por sorpresa.
Solia haber por aquellos tiempos en las fronteras de las dos Españas
turbas de hombres medio salvages cuyo único placer era la guerra, cuyos
únicos medios de subsistencia eran las sangrientas algaradas que hacian
á cada paso en pueblos enemigos. Este hombre oscuro los llamó y les
comunicó su intento. No tuvo que hablar mucho para decidirlos: los
exaltó, organizó en secreto la espedicion, y vino á la primera
oportunidad sobre estos muros. Era de noche: el cielo estaba cerrado; la
lluvia azotaba los techos de la ciudad dormida. Lleno de fé en su
empresa, se adelanta el audaz cristiano hácia el barrio de Oriente,
escala en silencio los adarves, degüella las guardias, se estiende por
las calles, se atrinchera, se prepara para resistir los ataques que le
darán probablemente al asomar el alba. Seguro ya de su conquista, envía
en tanto mensageros á Alvaro Perez, al rey, á cuantos podian hacer que
no quedase ineficaz su temerario empeño.
Rayaba apenas el dia, cuando, sorprendidos los habitantes de la ciudad,
tomaron las armas y acometieron á los invasores. Larga y reiterada fue
la lucha, pero inútil. Las fuerzas cristianas lejos de menguar
crecieron: crecieron por de pronto con el socorro de Alvar Perez, poco
despues con el del rey, que, no bien tuvo noticia del suceso, dió la
vuelta para esta ciudad sin aguardar á que se reuniese su ejército bajo
sus banderas. ¿Cómo no habia de empezar á desfallecer una ciudad
estenuada por tantos sacrificios? Disputábanse á la sazon el imperio de
la España Arabe Abu Zeyan, Aben-Hud, Mohammad Al-hamar el fundador del
reino de Granada: reconociéndose débil para luchar sola contra sus
enemigos, dirigió los ojos á Aben-Hud, le escribió, le suplicó que no la
dejase abandonada en medio de tan gran peligro.
Aben-Hud, aunque ambicioso, era de noble corazon: no se hizo ni pudo
hacerse sordo al llamamiento de una de las primeras ciudades de su
patria. Pospuesto todo interes personal, se dejó caer sobre la ciudad
con el grueso de su ejército. La encontró medio cercada; mas no por esto
cejó; antes se mostró dispuesto á combatir hasta que S. Fernando
levantase el sitio. Iba á trabar el primer asalto contra los reales
enemigos, cuando le ocurrió, sin embargo, un pensamiento que detuvo sus
ímpetus guerreros. «Ciudades como Córdoba, dijo, no se sitian con
escasas tropas ni sin esperanzas de buen éxito: ¿de qué servirá empeñar
una lucha en que he de salir vencido? La ruina de la ciudad producirá la
mia; Murcia caerá; el poder del Islam llegará al borde del abismo.
Millares de creyentes confian en mi espada: ¿me espondré á perderla en
defensa de una ciudad que salvaré hoy y morirá mañana? ¿en defensa de
una ciudad sobre la cual pesa hace siglos la mano de un fatal destino?»
Quiso cerciorarse de las fuerzas de que disponia S. Fernando, y
aumentaron sus temores. Un caballero cristiano que militaba en sus filas
y á quien confió esta mision, deseoso de reconciliarse con su rey,
exageró el número de los enemigos, y pintó no solo peligroso, sino hasta
quimérico el proyecto de atacarlos. «Vais á morir, le dijo á Aben-Hud:
vais á sacrificaros en vano por una ciudad que está condenada desde
mucho tiempo á los horrores de la servidumbre. Murcia os proclama emir;
Valencia os ofrece una corona; si venceis á Al-hamar, es vuestro todo el
pais de Andalucía: ¿qué puede importaros, atendido vuestro brillante
porvenir, una ciudad que ya no es mas que un nombre? Id y recoged los
restos del imperio de los Abd-el-rhamanes; restableced la unidad,
agrupad en torno vuestro á cuantos se sienten aun decididos á sostener
la causa del Profeta: no tardareis en derribar de un soplo la obra de
Fernando ni en enarbolar vuestros estandartes vencedores hasta en el
mismo alcázar de Toledo.» Aben-Hud, aunque con gran pesadumbre suya,
cedió á las falsas palabras del cristiano. «¡Cuán triste es tu suerte!
esclamó: ¡no te queda mas recurso que sucumbir, desdichada ciudad! pero
confio en que han de brillar para ti mejores dias. No querrá Dios que
yazga por mucho tiempo esclava la que ha sido el segundo templo del
Profeta.»
S. Fernando, apenas se vió libre de Aben-Hud, no dudó un instante mas de
la victoria. Multiplicadas de dia en dia sus fuerzas con las huestes que
afluían á su campamento, comprendió cuán facil era triunfar de la ciudad
sin verter sangre: estrechó el sitio, imposibilitó toda salida, y esperó
con calma que los mismos cercados fuesen á sus pies á deponer las armas.
Desmayó el pueblo cordobés; mas no perdió aun del todo la esperanza.
Recordó sus antiguas glorias, su poder, el respeto que su nombre
infundia á todas las naciones, y se resistia á creer que no hubiese
siquiera quien por el interes general de los árabes pasase á socorrerle.
Olvidaba el infeliz que ya no habia en toda la España musulmana ni un
solo estado que pudiese aventurarse á luchar con las tropas de Castilla,
ni un solo cadí que supiese acallar su ambicion en beneficio de su
patria. Confió, pero sin fruto: vió que todos los dias se aumentaban sus
enemigos, nunca sus soldados. Falto de víveres y sobre todo de un gefe,
fue pasando de la abundancia á la escasez, de la escasez al hambre, del
hambre á la anarquía. No pudo, al fin, sufrir mas: tuvo que apelar á la
piedad del vencedor, y hasta en ese momento fue el mas desdichado de los
pueblos. No obtuvo de él sino la vida, no obtuvo siquiera el derecho de
permanecer en sus hogares, de conservar su hacienda. No quedó ni un solo
musulman en Córdoba despues que hubo entrado en ella S. Fernando: todos,
absolutamente todos fueron condenados á la proscripcion y á la miseria.
El rey llevó el rigor hasta el estremo de no consentir que saliesen sino
con lo que pudiese cada cual llevar consigo. ¿Qué hubiera hecho mas si
hubiese debido conquistar la ciudad á fuerza de armas?
Estoy oyendo tus gemidos, Córdoba; estoy viendo las lágrimas que brotan
de tus ojos, ¡Qué dia de desolacion para tí aquel terrible dia! Mientras
tus árabes te dejaban en silencio, tus enemigos te ocupaban entonando
cánticos de triunfo. Tus alcázares fueron saqueados; tus templos
profanados; violados los hogares de tus hijos. Tu mezquita fue
consagrada á otro Dios, invadida por soldados y sacerdotes de Cristo. La
voz del muezin dejó de animar tus minaretes; la del rudo africano, tus
torreones. Hablaste y no te comprendieron; te hablaron y no
comprendiste. Tus escuelas quedaron para siempre cerradas; tus baños,
secos; tus palacios, desiertos. Estabas aun radiante de hermosura; mas
tu hermosura no bastó para conmover á tus vencedores. ¿Qué se hicieron
tus encantados palacios de Medina Azarah ¿qué tus embalsamados jardines
de la Rusafa, donde plantó su palma Abd-el-rhaman I[2]? ¿qué tu
biblioteca de Merwan, tesoro de la ciencia y la poesía de tus ilustres
hijos? Nada respetaron en tí los invasores: no satisfechos con haber
despoblado y talado tu campiña[3], con haber desterrado á todos tus
creyentes, con haber llevado la espada hasta el interior de tus
santuarios, destruyeron uno á uno tus monumentos complaciéndose en hacer
saltar á hachazos tus ricas techumbres de cedro y tus paredes de oro.
Salvaste de la destruccion comun tus viejos muros[4]; mas para tu
castigo: ¿quién entre los árabes se ha de atrever ya á venir sobre
ellos para restituirte al seno del Profeta? Desciñe tu bello turbante,
sultana del Guadalquivir: ni derecho tienes ya para llamarte mora. Te
han hecho cristiana; y cristiana serás mientras dure en la tierra el
poder de la cruz. Es inútil que alientes en tu pecho la esperanza:
inútil que en el silencio de la noche cuentes tus pesares á las aguas
del rio para que las refieran á tus hijos: inútil que pretendas leer en
tu pasado un porvenir menos sombrío é infeliz que tu presente: verás
construir en tu seno sinagogas para judíos, basílicas para cristianos,
jamas una mezquita. No encontrarás eco ni en la ola que pasa ni en el
corazon de tus proscritos: sufrirás hoy mas que ayer; sufrirás mas que
hoy mañana. Has sido víctima de cuantos pueblos cayeron sobre tí: lo
serás en adelante, de las sangrientas parcialidades que nacerán entre
cristianos. No está cerrada aun la página de tus infortunios, desdichada
Córdoba.
Apoderado S. Fernando de esta ciudad, no fijó ni pudo fijar su
pensamiento sino en buscar medios para repoblarla. Redactó una carta de
fuero mas ámplia que las que se habian hasta entonces concedido[5], la
comunicó á todas las ciudades de Castilla, prometió y otorgó singulares
mercedes á cuantos se resolvieron á pasar á vivir en Córdoba con su
esposa y con sus hijos. Distribuyó tierras entre los principales
caballeros que le habian acompañado en la conquista, dió al concejo los
pueblos, aldeas y castillos que fueron sucumbiendo en la comarca[6].
Para mas animarla y asegurarla, convirtió la ciudad en centro de
operaciones militares; restauró la silla de Osio, de aquel famoso
prelado á quien cupo la gloria de haber presidido el primer concilio de
Nicea. Comprendia S. Fernando la gran dificultad que habia en conservar
una ciudad rodeada de enemigos; y estaba dispuesto á no perdonar
sacrificio alguno para traer á ella cristianos que tuviesen un interes
personal en defenderla. Logró irla poblando; pero lentamente, tan
lentamente que tres siglos despues habian los reyes de conceder
privilegios á los que prometiesen habitar en ella por espacio de veinte
años[7]. Dícese que en tiempo de Abd-el-rhaman III contenia esta ciudad
doscientos mil vecinos[8]: ni siquiera una décima parte ha llegado á
contener despues á pesar de los esfuerzos hechos por los monarcas de
Castilla.
La favorecieron muy poco los sucesos para que pudiese volver al estado
en que la dejaron los Abd-el-rhamanes. D. Alfonso el Sabio vino con el
rey de Marruecos á cercarla contra el infante D. Sancho, que había
entrado pocos dias antes en ella con su esposa D.ª María de Molina: tuvo
al fin que levantar el sitio, pero despues de haber talado sus
alrededores[9]. Talólos años despues el rey D. Pedro, al ver que ni con
el ausilio de Mohammad de Granada habia podido arrancarla á D.
Enrique[10]. La peste diezmó horrorosamente á sus hijos al empezar el
siglo XV: acabó con mas de veinte mil en el espacio de tres meses.
Sobrevinieron graves disturbios en los reinados de Enrique III y Juan
II; y fue sacrificada ya por el uno ya por el otro bando[11]. Siguieron
tras aquellos tristes acontecimientos las escandalosas guerras civiles
entre Enrique IV y sus hermanos; y se vió destruida y ensangrentada por
los mismos habitantes. Los Reyes Católicos le arrebataron sus mejores
soldados para la conquista de Granada; el tribunal del Santo Oficio
consumió parte de la poblacion en los tormentos y la hoguera[12]. Los
judíos, que ya en el siglo XIV habian sido inhumanamente acuchillados
por el pueblo, la abandonaron á poco en virtud de una orden que solo
pueden cohonestar las circunstancias especiales en que se encontraba á
la sazon una nacionalidad, apenas constituida por otro principio que por
el de la unidad de sentimientos religiosos. No sufrió poco bajo los
reinados de Carlos y Felipe: el peso de los tributos llegó á hacerse
insoportable; y hubo familias enteras que atravesaron para no volverlo á
pisar el umbral de sus hogares. La emigracion voluntaria fue tan grande,
que los reyes se creyeron obligados á otorgar nuevas mercedes á los que
viniesen á poblarla. No podemos menos de recordar con dolor la terrible
carestía que la afligió á mediados del siglo XVII: como si tantas
calamidades políticas no bastasen aun para abatirla, castigóla Dios con
este nuevo azote. El hambre llegó á tal estremo, que armados los
ciudadanos en número de diez mil, se arrojaron á la calle y forzaron los
graneros de los particulares. Cuentan que se encontraron casas donde
habia hasta cuatro mil arrobas de harina corrompida: ¿con qué razon se
hubiera podido castigar á un pueblo hambriento que á la vista de tan
lamentable espectáculo hubiese desplegado todo el furor de su venganza?
Desangróla en el siglo XVIII la guerra de sucesion: en el XIX, la guerra
con la Francia. En la última sobre todo padeció mucho esta ciudad de
Córdoba. Supo apenas los sucesos del 2 de mayo en Madrid, cuando
pretendió ya sublevarse. El 10 secundó abiertamente la insurreccion de
Sevilla; el 11 estaba armándose; el 7 de junio batiéndose en el puente
de Alcolea. Desdichada como siempre, tuvo que volver la espalda al
enemigo. Cerró apresuradamente sus puertas; mas para capitular, no para
defenderse. No bien vió á Dupont frente sus muros, le envió á uno de sus
principales hijos para negociar su entrega. Temia ver pasar sobre sí la
espada de un vencedor que debia sentir naturalmente el deseo de imponer
con los horrores de un asalto á una nacion rebelde; y estaba en
transigir bajo cualesquiera condiciones antes que esponerse á ser
entregada al saqueo y la matanza. Fue tal su desventura, que ni aun asi
pudo evitar lo que temia. Habia empezado á entrar en pláticas con los
franceses, cuando, bajo pretesto de algunos tiros disparados desde la
muralla, apuntaron aquellos sus cañones contra la Puerta Nueva, y
entraron de repente en la ciudad hiriendo y matando sin compasion hasta
á los indefensos que acertaban á cruzar las calles. Un cordobés, que no
pudo mirar con sangre fria la entrada de los enemigos, hirió á Dupont
desde uno de los balcones de su casa; encendiéronse mas y mas en ira los
franceses; y saquearon templos, palacios, edificios privados, oficinas
públicas, cuanto podia satisfacer su sed de oro y de pillage. Ha sufrido
Córdoba en todos tiempos; pero raras, rarísimas veces como en esos tres
dias de horror en que estuvo á merced de una soldadesca cuyo corazon
estaba endurecido por las sangrientas escenas de cien campos de batalla.
¡Pobre ciudad! ¿cuándo será que concluyan para ella tan amargas
desventuras? Idólatra, cristiana, mora, ¿siempre habrá de gemir abrumada
por los infortunios? Los dioses del Olimpo no pudieron salvarla del
furor de César: el Profeta la ha visto morir sin tenderle una mano desde
su sepulcro: Cristo la ha entregado al hambre y á la peste cuando no la
ha envuelto en los horrores de la guerra. Su destino ha sido el mismo
bajo todas las religiones; y ella sin embargo ha sido bajo todas
creyente.
No acabaron aun aqui sus tristes vicisitudes: las guerras civiles que
han desgarrado posteriormente el seno de nuestra patria han sacudido
sobre ella sus funestas alas; y la han cubierto tambien de luto, de
dolor, de ruinas. Quisiéramos recordarlas; mas brota aun sangre de tus
heridas, desventurada Córdoba, y tememos acibarar con negros recuerdos
tus inmensos males. ¡Paz, Córdoba, paz! perdona si hemos venido quizás á
interrumpir tu sueño con tan lúgubre historia.
Tenia ya tanto interes para nosotros lo pasado de esta ciudad de
Córdoba, que sentíamos ir apurando los grandiosos hechos que lo
constituían. Asomaba la aurora, y teníamos aun embargada la imaginacion
por los recuerdos. Nuestra curiosidad artística habia llegado á
desvanecerse: no buscábamos ya con los ojos esos monumentos en que ha de
estar encerrado el genio de otros siglos; buscábamos los objetos en que
podia estar vinculada una serie de acontecimientos; buscábamos la
biblioteca de Merwan, la palma del primer ommyada, el plátano de César.
La biblioteca, la palma, el plátano no existen: ¿cómo al convencernos de
que habian desaparecido podiamos dejar de caer en el abatimiento y en la
melancolía? Tantas calamidades, nos dijimos, habrán minado esta ciudad
hasta por sus cimientos: ¡ay! ¿quién sabe si habrá siquiera vestigios de
los pueblos que han venido á chocar y á destruirse en ella? Empezamos á
distinguir las formas de las torres: en ninguna vimos ni el magestuoso
sillar de los romanos, ni el ajimez esbelto de los árabes, ni la
entallada cimbra bizantina, ni la aguja gótica. Teníamos á la espalda la
mezquita de los Abd-el-rhamanes, y no nos era dado descubrirla: perdimos
la esperanza. Entre los techos de la ciudad apenas aparecia mas que el
estremo de algun roseton, uno que otro muro ennegrecido por los siglos y
los árboles que dan frescura y sombra á algunos patios: ¡ah! repetimos
con dolor: ¿nada de lo pasado guardará al fin esa Córdoba tan decantada
por la historia y la poesía?
La inquietud se apoderó nuevamente de nuestra alma; y recorrimos con
afan la ciudad. Nos hallamos por mucho tiempo en un laberinto de calles
á cual mas estrechas y tortuosas que van, vienen y se cruzan en todas
direcciones. La desigualdad del piso, el humilde aspecto de las casas,
la escasa animacion que reinaba en todas partes llamaron por de pronto
nuestra atencion: nos parecia que estábamos en una de esas villas
puramente agrícolas en que los habitantes dejan la poblacion por la
campiña al primer crepúsculo del alba. Levantábamos á cada paso nuestras
miradas esperando siempre que en alguna de aquellas modestas fachadas
habiamos de dar con líneas propias de otra civilizacion, hijas de otro
pueblo; mas inútilmente, ni el color siquiera permitia apreciar en
muchas la huella de los siglos. Hay en Córdoba, como en casi toda la
Andalucía, la costumbre de blanquearlas: costumbre detestable para el
que pretende leer en las piedras la historia del arte y el carácter
general de las naciones.