Dias de tanto horror no se borrarán jamas de la memoria de los hombres.

Buscamos en vano el lugar en que estuvo situado el arrabal; no quedan ya

ni escombros. Brota aun sangre de tu profunda herida, desventurada

Córdoba: ¿cómo en siglos mas felices no encontraste quien la

cicatrizase? Recuerdo tiempos para tí dichosos, dias llenos para tí de

magestad y gloria. Cien años despues ¿no tuviste aun en el trono de los

califas á ese magnánimo Abd-el-rhaman III, que despues de haber llevado

sus armas vencedoras al interior de Castilla, al Africa, al Egipto,

construyó junto á tus muros los palacios de Medina Azarah y te arrulló

al melodioso son de los sublimes cantos que inspiró á tus poetas? ¿No

viste á poco brillar de nuevo la estrella de Augusto en la frente del

generoso el Hakem, de ese el Hakem II de quien dijeron los árabes que

habia logrado convertir en rejas de arar tus armas, en pacíficos

labradores tus guerreros? ¿No viste entonces cubrirse de flores tu

campiña; de numerosos rebaños, las cumbres de tus cerros; de una rica

vegetacion, las faldas de tus colinas pintorescas; de sabios, tus

alcázares dorados; de peregrinos, tu mezquita djehma; de oro, tus

robustas arcas? Sucedió á Hakem el débil Hescham II; mas ¿no fue bajo el

reinado de este que salió de entre la muchedumbre de tus soldados ese

intrépido Almanzor, terror de los ejércitos cristianos, héroe que hizo

morder el polvo de la tierra á cuantos se atrevieron á medir con él su

lanza, varon tan celoso de su dignidad, que al sentirse herido en

Calatañazor y al creer segura su derrota, rasgó los vendajes que

detenian su sangre para morir sobre el campo de batalla? ¿Cuándo arrojó

mas vivos resplandores el astro de tu fortuna y de tu gloria? Las

ciudades del norte y del oriente de España te enviaron sus mas hermosas

cautivas y espléndidos tesoros; Santiago de Compostela te mandó enormes

campanas que sirvieron de lámparas para tus mezquitas; el Africa coronó

tus sienes con las mejores palmas del Desierto. Fuiste la reina de las

naciones, fuiste la luz del mundo. La ciencia tuvo en tí su templo; el

arte, su logia; la industria, su taller; la poesía, su palenque. No solo

los pueblos que adoraban al Profeta, la Italia, hasta la Grecia te

cedieron en tributo sus mas grandes sabios. Los mas bellos monumentos de

Europa estaban dentro de tu recinto; las mejores calzadas conducian á

tus soberbios muros; los mas vistosos campos se estendian á tus pies

como una alfombra. Huertas deleitosas, jardines encantadores matizaban

la sierra donde estás sentada; bullian donde quiera entre los pomposos

ramajes de tus árboles aguas cristalinas bajadas de lo alto de los

cerros, estraidas de las mas hondas concavidades de la tierra. El

Guadalquivir te traía aun en alas de sus ligeros buques los frutos de la

feraz Sevilla; las opulentas regiones del Tarteso te regalaban aun el

oro de sus fecundas minas. Una nacion entera estaba humillada á tus

plantas y obedecia al menor de tus caprichos. Oía tu grito de guerra, y

se lanzaba como un leon á la pelea; ordenabas la paz, y volvia al cinto

su formidable espada. Ese mismo Almanzor, cuya imaginacion embargaban

sin cesar sus espediciones militares, apenas sabia guardar para otra que

para tí los laureles que recogia entre la polvareda del combate: te

acariciaba al volver de sus audaces correrías como un cazador á su perro

de caza, como un soldado á su corcel de guerra. Córdoba, Córdoba, ¿cómo

no se cerraron entonces tus heridas?

¡Ah! con razon, con sobrada razon guardas silencio, desdichada Córdoba.

No ignoramos quién era ese Almanzor. Sabemos bien que si te elevó á la

cumbre de tu grandeza, fue tambien el primero en motivar tu caida.

Almanzor no era tu califa; no era mas que un hadjib, un valido de tu

soberano. ¿Qué hacia Hescham en tanto que él tenia aterrada la Península

con el ronco fragor de sus batallas? Tu infortunado rey vivia en una

eterna infancia ageno de los negocios del gobierno: no ejercia su

imperio sino sobre las flores de su jardin, sobre el corazon de sus

esclavas. Muerto Almanzor, tuvo que entregarse en brazos de otro hadjib;

murió este segundo hadjib, y tuvo que entregarse en brazos de un

tercero. Pertenecieron los tres á una familia; pero no todos le fueron

igualmente fieles. Almanzor, celoso de la autoridad omnímoda que ejercia

sobre la España Arabe, le distrajo de los negocios del gobierno, aunque

no intentó nunca usurparle el trono á que hubiera podido subir llevado

sobre el escudo de los ejércitos que habia conducido á la victoria;

Abd-el-melek, hijo primogénito de Almanzor, siguió guardándole la

lealtad jurada; Abd-el-rhaman Anasir, hermano de Abd-el-melek, le movió

á impulso de su propia ambicion á que le declarara sucesor al trono.

¡Declaracion fatal, terriblemente fatal para tí, ciudad desventurada,

sobre cuya cabeza fue desde entonces amontonando el Señor todo género de

males: la guerra, el crímen, el hambre, la anarquía!

Duerme, duerme, ciudad: duerme tranquila tu tranquilo sueño. No quieras

oir otra vez tus espantosos infortunios: no quieras recordar de nuevo

tan sangrienta historia. Se estremecen de horror hasta los que la leen

en el silencio de sus corazones: ¿qué no sufrirías tú que tienes aun

impresa en tu cuerpo la roja huella de los que á la sazon le

precipitaron al fondo de un abismo? La declaracion de Hescham armó á

Mohammad su primo; y Mohammad y Abd-el-rhaman se batieron bajo tus

murallas. Vencedor Mohammad, hizo morir en una cruz á su enemigo,

encerró secretamente á Hescham, le dió por muerto á los ojos de tus

hijos, y empuñó al fin teñidas en sangre sus manos el cetro de tus

califas. Quiso desarmar á los berberiscos; y estalló una rebelion en que

tu pueblo tuvo ya que tomar parte contra tan odiosos africanos. Salieron

estos vencidos, abandonaron tus hogares; mas para volver pronto á

desgarrar tu seno con sus armas y las armas de Castilla. Te ocuparon por

segunda vez despues de haber derrotado á Mohammad en la batalla de

Jabalquinto; y no te dejaron ya sin haber antes devastado y saqueado tus

palacios de Medina Azarah. Mohammad, acompañado de un ejército cristiano

que le enviaron los condes de Barcelona, invadió de nuevo el trono de

tus antiguos reyes; mas para corto, para muy corto tiempo. Vencido á

poco en un combate que tuvo con los berberiscos, falto del apoyo de sus

aliados, enemistado con tus hijos, te puso al borde de un precipicio,

del que solo pudo arrancarte la mano de su hadjib sacando del ignorado

encierro á Hescham, tu legítimo califa. Mohammad vió alzarse ante sí á

su primo Hescham como una sombra: quiso conjurar su enojo con humildes

súplicas, pero inútilmente. Fue decapitado, entregado su cuerpo á la

muchedumbre, llevada su cabeza sobre la punta de una lanza al audaz

Soleyman, á quien Hescham trató de dar con esto ejemplo. Tuviste

entonces restablecida la legitimidad sobre tu trono; mas ¿qué podias

esperar de ese cobarde Hescham, que nunca aspiró mas aliento que el de

sus jardines, ni conoció mas placeres que los de su serrallo? Estás

condenada á languidecer y á morir; de tu suelo no brotan ya sino la

ambicion y el odio para prolongar el horrible dolor de tu agonía.

Duerme, duerme, ciudad: duerme tranquila tu tranquilo sueño.

Hescham no supo hacer mas que acelerar tu ruina. Tenía en todo el reino

un solo hombre capaz de sostener su vacilante trono; y le entregó por

meras sospechas de traicion al hacha del verdugo. Cercado por todas

partes de berberiscos que devastaban sin cesar la Andalucía, se anonadó,

y no pudo dar nunca un paso mas allá de tus murallas. Te vió con dolor

abatida, devorada por el hambre, consumida por la peste; pero no fue

capaz ni aun de procurarte pan teñido con la sangre de tus hijos. No se

sintió con fuerzas ni aun para salvarte del poder de Soleyman, que cayó

al fin sobre tí y vengó en tí las afrentas recibidas por sus feroces

africanos. Afeminado, débil, dejó que su enemigo te tomara por asalto;

desapareció á la hora del peligro tras los soldados que habian de velar

por tu defensa; y te abandonó medio moribunda al furor de los que venian

dispuestos á acabar contigo. No pereciste aun; mas ¿quién podia creer

que no hubiese llegado ya tu última hora? Dueño de tí Soleyman, «robad,

saquead, dijo á sus tropas: ahogad la voz en la garganta de los que os

ultrajaron.» Por tres dias tuviste hundida en tu seno la lanza de los

bereberes; por tres dias te viste condenada á asordar el aire con

inútiles gemidos. Desencadenado contra tí el odio profundo de una raza

que fue en todos tiempos el azote de tu pueblo, sola, aislada, no

encontraste por eco de tus lamentos sino un contínuo grito de venganza,

y llegaste hasta á perder la voz para quejarte de tus acerbos males.

Soleyman no se contentó ya con ser el general de tus ejercitos: levantó

de las oscuras gradas del trono la espada de tus reyes. Orgulloso,

intolerante, destituyó de sus destinos á los árabes y te sujetó por

completo al dominio de sus soldados. Ejerció sobre tí una tiranía

insoportable: te injurió, te oprimió, arrojó con desden sobre tu frente

los restos de tu antiguo imperio. No contaba con simpatías, no contaba

con mas apoyo que el de sus propias armas; mas estas armas eran fuertes

en la pelea, él bravo y fiero como uno de esos leones del Desierto. Se

hacia dificil quebrantar su poder, romper su lanza. En otro tiempo tú

misma hubieras bastado á quebrantarlo; mas ¿cómo podias entonces tener

fuerzas ni aun para levantar al cielo tus suplicantes brazos?

Hayran, hadjib que fue de Hescham, fue entonces el único que concibió la

esperanza de salvarte. Habia sido herido en el asalto del Alcázar y

recogido por un desgraciado que se compadeció de él y le ocultó en su

casa. Cicatrizado apenas su cuerpo, no pudo mirar con indiferencia la

suerte de su patria: salió de España, pasó al Africa, conjuró al valí de

Ceuta Aly ben Hamud á que viniera con su ejército á rasgar las ataduras

que te unian ya al sepulcro. El interes que tenia por tu pueblo le

inspiró elocuencia para traer consigo al esforzado Aly. Entró; dirigióse

al punto contra Soleyman que, temiendo esperar al enemigo en tu recinto,

abandonó tus muros; le halló, luchó con él, y no paró hasta presentarle

herido y maniatado al valí, que no pudo verle sin afearle sus hechos y

cortarle la cabeza con su cimitarra. No pudo ser mas rápido ni mas

eficaz el ausilio del hadjib; mas ¿qué podia sobrevenir que no fuese

para tí un nuevo motivo de dolor y de amargura? Saludaste gozosa á

Hayran y á ben Hamud, los aclamaste como tus libertadores: ¡ay! y no

pasaron tres años sin que debieses ver á Hayran muerto por la mano de

Aly, á Aly ahogado en un baño por los servidores del último califa.

¡Pobre Hayran! habia sido él quien habia entronizado principalmente al

valí, él quien mas habia procurado arrancarte del borde de la tumba; y

obtuvo en premio la muerte. Temeroso ben Hamud de su influencia, le

alejó de sí apenas hubo tomado posesion del trono, le incitó á la

rebelion, salió contra él, y no sintió temblar su espada al ir á

sumergirla en el pecho de su antiguo aliado.

Hayran, al sublevarse contra Aly, habia hecho proclamar califa en la

ciudad de Jaen al ommyada Abd-el-rhaman IV, biznieto del magnánimo

Abd-el-rhaman III. Muerto Aly, vió ya el nuevo príncipe franqueado el

paso para subir al trono; mas no tardó en deber luchar con otros dos

rivales poderosos que hubiera quizás vencido á no haberse conjurado

contra él su desdichada suerte y el rigor de tu destino. El-Khassem,

hermano de Aly, vino á apoderarse de tu alcázar, al parecer solo para

dictar decretos de proscripcion y de muerte contra tus mejores hijos;

Yahhyay, primogénito del mismo Aly, reunió al momento cuantas fuerzas

pudo para reclamarte como una herencia, como el patrimonio de su padre.

Tres reyes se disputaron á la sazon en el campo de batalla los girones

de tu solio. Volvió á recorrer la muerte tus ciudades y tus campos:

volvió á estender de nuevo su fúnebre crespon sobre tu reino. Trémulo

el-Khassem ante Yahhyay, se ofreció á compartir con él su imperio y

entregarle por de pronto el gobierno de tu pueblo. Yahhyay aceptó y

prometió guardar el pacto, mas ébrio á poco con tus homenages y sinceros

aplausos, no pasó ni dias sin aspirar al dominio absoluto y violar la fé

jurada. Irritóse el-Khassem, ya algo repuesto de su primer cuidado;

regresó, cayó sobre tí con la celeridad del rayo, y le obligó á la fuga.

Te alzaste entonces y le venciste: no mas tiranos, dijiste, no mas

abatimiento; pero fue inútil tu cólera; vano, enteramente vano, tu

generoso ardor contra tus rudos opresores. No pudiste ni aun muerto

el-Khassem gozar de la vista de ese Yahhyay á quien amabas.

Precipitáronse los sucesos de una manera espantosa, y en menos de dos

años tuviste que obedecer á la voz de cuatro reyes. El que no murió bajo

el puñal de los conjurados ni bajo la espada de sus enemigos, murió

infamemente atosigado; y tú, huérfana de contínuo, de contínuo colocada

entre el despotismo y la anarquía, rodaste con mas y mas velocidad á lo

profundo del abismo sin encontrar otro apoyo en tu fatal caida que

débiles arbustos, rocas apenas sumergidas en la tierra que se quedaban

en tus manos ó se desplomaban al peso de tu cuerpo para apresurar tu

ruina.

Habia sido ya destronado el-Khassem, cuando su ejército, que habia

salido poco antes contra Abd-el-rhaman, entraba en batalla con el de

este ommyada, en quien cifraban tantos la esperanza de su patria. Venció

Abd-el-rhaman; pero murió de un flechazo al acabarse ya el combate.

Arrojó este hecho en la consternacion todos los ánimos. Desesperaron los

mas de la salud del reino, y tú fuiste la primera: dicen que lloraste al

saberlo lágrimas de sangre. Hiciste, sin embargo, un esfuerzo que no

era ya de esperar de un ente moribundo: soy yo quien me he de dar mis

reyes, esclamaste; y levantaste sobre tu escudo á otro ommyada, á otro

Abd-el-rhaman, hermano de aquel Mohammad que Hescham hizo decapitar al

ascender por la segunda vez al trono. Era tu nuevo Abd-el-rhaman jóven

de grandes dotes, de un porvenir brillante; mas ¿qué habia de poder ya

ni aun el hombre de mayor genio con las bastardas pasiones que se

agitaban en tu seno? Quiso enfrenar la licencia de tus soldados,

arrebatar la dictadura á los guardias de tu alcázar, proteger á tus

ciudadanos contra los escesos de la fuerza armada, reprimir el

desorden... ¡ah! el desorden pudo mas que él y le denunció como su

víctima. Morian un dia los últimos rayos del sol en tus montes de

Occidente cuando tu palacio estaba cernido en todas partes por una horda

de asesinos. Dáse el grito de alarma, é invaden tumultuosamente los

salones del alcázar. Los esclavos del califa son los primeros en caer

bajo la punta de los puñales. Se adelantan luego los agresores hasta el

mismo Abd-el-rhaman; pelean con él unos instantes, le derriban al

pavimento, le cosen á estocadas hasta oirle exhalar su último suspiro.

Veo aun la luz del crepúsculo iluminando fantásticamente el

ensangrentado cadáver: el silencio que reina en torno suyo me turba y me

confunde. ¡Bandidos miserables! ¡raza inicua de hombres corrompidos á

quienes no espanta verter la sangre humana para satisfacer vuestros

deseos! ¿cómo no temblais ante vuestra propia obra?

Mohammad, primo del califa, habia sido el gefe de estos conjurados:

muerto Abd-el-rhaman, fue proclamado rey. Encumbrado á tan alta dignidad

solo por el favor de esos criminales llamados guardias del alcázar, ya

tan codiciosos y perjuros como los que se atrevieron á poner un dia en

almoneda la corona del Antiguo Imperio, no pensó ni pudo pensar durante

su reinado sino en ir asegurando con inmensas dádivas la alianza que

habia sido establecida entre él y ellos por tan infame alevosía.

Consumió el tesoro del divan, disipó el tesoro público, agotó hasta las

últimas rentas del Estado; mas nunca, en ningun tiempo pudo satisfacer

la sed de oro que les devoraba. Vióse al fin privado de todo género de

recursos. Empezó á temblar, pero no á retroceder, porque conoció que era

imposible. Los puñales que hirieron á Abd-el-rhaman, dijo, estan

asestados contra mí: las manos que los empuñan no los sueltan ya sino

para recoger los escudos que les arroje desde lo alto de mi trono.

Entregóse á la mas desenfrenada arbitrariedad, creó nuevos tributos,

vejó todos los dias mas y mas á los hijos de tu pueblo. ¡Inútiles

esfuerzos! las exigencias de esa turba de sicarios crecieron á

proporcion de la generosidad que con ellos ejercia: no pudo ni aun con

ese sistema de opresion encontrar medios para cumplirlas. Sintióse

aislado, perdido; y no vió otro camino para escapar de la muerte que le

amenazaba que el de abandonar secretamente los palacios de Medina Azarah

en medio de las tinieblas de la noche. Alcanzó asi prolongar algunos

dias mas su vida; mas ¡ay! ¿en tanto, qué fue de tí, ó desgraciada

Córdoba, en poder de esas insolentes guardias pretorianas? Robáronte,

saqueáronte, complaciéronse en ir agravando mas y mas tu bárbara agonía.

Oyeron tus gemidos y los apagaron con el hierro de su lanza: «sufre y

obedece, dijeron, á los que son hoy tus reyes. ¿No eres acaso tú la que

contemplaste impasible la muerte de trescientos de tus hijos y la

proscripcion de una gran parte de tu pueblo? La primera vez que salimos

armados del alcázar de tus califas salimos ya para abrir y desgarrar tu

seno: ¿callaste entonces, y te atreves á quejarte ahora de que ejerzamos

en tí nuestros instintos? Sufre y muere no ya bajo el hierro, sino bajo

el cuento de nuestras alabardas.»

¡Pobre ciudad! no bastaba que hubiese sufrido los horrores del hambre y

la anarquía: faltaba aun que la insultasen sus verdugos. ¿Quién vendrá

ya á salvarla? ¿quién podrá ya venir siquiera á dulcificar sus postreros

instantes de amargura? Yahhyay reina aun en Ceuta y en Algeciras: ¿cómo

no ha tomado las armas para reconquistar su codiciado imperio? ¿tan

pronto se ha estinguido en él la llama de esa noble ambicion que le

indujo en otro tiempo á venir á arrancar esta ciudad de la orilla misma

del sepulcro? ¿tan pronto han dejado de resonar en sus oidos los vítores

con que le acogió la muchedumbre, las afectuosas palabras con que le

rindieron homenage los valíes? No le mueve ya á Yahhyay el deseo de

alcanzar un reino; pero le mueve en cambio el amor á su Dios y á su

patria. Córdoba, Córdoba, abre tus puertas á tu libertador: no hay ya en

todo tu reino otro hombre capaz de contener las lágrimas que brotan á

torrentes de tus ojos. Su prudencia y su desinteres corren al par con su

bravura: su sola mirada basta para imponer á tus viles opresores.

Aclámale por tu rey, aclámale por tu califa, aclámale por tu Dios sobre

la tierra: nadie como él puede vengar ahora tus ultrajes; nadie sino él

levantarse como la sombra de los Abd-el-rhamanes á la vista de tus

enemigos.

Entró Yahhyay en esta ciudad sin la menor resistencia y entre los mismos

aplausos que la vez primera. Su principal cuidado fue restablecer el

orden. Tan cuerdo como severo, logró restaurarlo en breves dias. Sus

palabras, dulces para unos, para otros amargas, producian todas el mismo

efecto: no parecian sino hálitos de esas templadas brisas que vienen á

serenar el cielo despues de las tempestades de verano. Asegurada ya la

tranquilidad, trató de reconstituir la unidad de la monarquía, rota á

pedazos por esa larga serie de revoluciones que habian removido este

agitado suelo. Llamó á los valíes de las provincias para que fueran á

jurarle obediencia según las prácticas del reino: escribió á todos sus

funcionarios para que no retardasen un solo instante el cumplimiento de

sus leyes. Lleno de fé en sus propias fuerzas, y sobre todo convencido

de la necesidad de llevar á cabo su proyecto, se mostró no solo

dispuesto á realizarlo echando mano de los medios que su autoridad le

sugería, sino tambien decidido á ir á sujetar por sí mismo á los

rebeldes. Esto fue lo que le perdió. Habia entonces en Sevilla un valí

orgulloso y fiero que no reconocia otra autoridad que la de Dios y su

Profeta, que no se arredraba ante ninguno de sus enemigos, que como los

reyes escandinavos gustaba de beber en el cráneo de los que habia

vencido en el campo de batalla. Yahhyay le escribió como á los demas

valíes; pero no tuvo de él mas que un silencio, equivalente en un hombre

de su carácter al desprecio. ¿Cómo podía dejar de irritarse Yahhyay?

Tomó de improviso las armas y salió para Sevilla deseoso de castigar

tamaño ultraje: dió en el camino con el valí, le acometió, luchó como

una fiera con él, le puso en retirada, le obligó al parecer á llevar

consigo la ignominia y el pesar de una derrota. Arrebatado por su brio,

no se contentó con haber condenado á su contrario á volverle las

espaldas; se precipitó tras él seguido de su escasa comitiva, corrió,

voló, cayó en una celada, donde murieron bajo el hierro de los soldados

del valí él y sus valientes caballeros. Llora, Córdoba, llora si es que

lágrimas pueden brotar aun de estos tus ojos: ya no existe el que ha

sido tu última esperanza; ya no podrá volver á desnudar por tí la

espada. Llora, desdichada ciudad, llora porque no es ya solo el califa

quien ha muerto, ha muerto tambien el califato. Acabas de perder tu

corona de reina en esa fatal jornada: levanta como en otro tiempo la

voz... nadie te escucha.

Sabida la desgracia de Yahhyay, reunióse el divan y eligió por sucesor á

un ommyada llamado Hescham, que desde la decapitacion de su padre

Mohammad vivia casi del todo ignorado en una fortaleza de Castilla.

Libre de ambicion, y sobre todo severamente aleccionado por el trágico

fin de su hermano y de su padre, rehusó por mucho tiempo la peligrosa

dignidad que le ofrecian, sin llegar á ceder nunca sino ante la

consideracion de que asi lo exigia la causa de su patria. Al fin aceptó

y tomó la direccion de los negocios del gobierno. Propúsose en un

principio conciliar todos los ánimos por medio de la persuasion y la

dulzura: manifestó á los valíes la necesidad de restablecer la unidad

del Imperio para detener la marcha de los ejércitos cristianos

internados ya hasta el corazon de la Península; les puso por delante los

intereses del Islam, el bienestar de los pueblos fatigados de tan largas

y sangrientas guerras; apeló á los generosos sentimientos que debia

abrigar todo buen muzlim, al recuerdo de las antiguas glorias, á lo que

exigia por fin el cumplimiento de las leyes del Profeta. Todo en vano.

Quiso despues recurrir á las armas: organizó ejércitos, nombró

generales, les dió órdenes terminantes para que no perdonaran medio

alguno á fin de reducir á su obediencia á los rebeldes... Todo en vano

tambien. Confuso y desconfiado ya, apenas sabia adonde volverse:

insistió en su antiguo sistema de moderacion, no porque lo creyese mas

eficaz, sino porque le repugnaba derramar en luchas estériles mas

sangre. Sufria en tanto el pueblo é ignoraba la causa de su sufrimiento.

Cansado de padecer, la atribuyó como de ordinario á su califa y le

depuso. Le depuso sin ira, y Hescham bajó del trono sin disgusto: todo

estaba ya muerto en esta ciudad, todo era ya para ella un hecho

indiferente.

Bajó por fin del trono de tus reyes el último de los Ommyadas, ciudad

infortunada: ¿qué te quedó luego de tu grandeza de otro tiempo? Agesilao

suponia las fronteras de su patria alli donde alcanzaba la punta de sus

lanzas: ¿adónde alcanzan ya las tuyas, desdichada corte de los califas?

Levántate y vuelve los ojos á tu alrededor: Sevilla obedece á Mohammad

Abu-el-Khassem, el que perdió á Yahhyay en una pérfida emboscada;

Carmona y Écija, á uno de tus mas intrépidos valíes; Málaga y

Algeciras, á Edrys; Granada, al berberisco Hhabus; Almería, Murcia, las

Baleares, al guerrero Zohayr, valí de Denia. Reina en Valencia A'mery;

en Zaragoza, Almondhar; en Toledo, Ismail; Abdallah-Ben Moslemah en las

dos Estremaduras y el Algarbe. Cataluña, Aragon, Navarra, los reinos de

Castilla y de Leon estan contemplando tu ruina desde los montes en que

tienen establecidas sus tiendas de campaña. Cada uno de tus antiguos

valíes es un emir, un emir que dispone de ejércitos, acuña moneda, exige

tributos, impone leyes á todo un pueblo con el hierro de su espada: cada

uno de esos emires es uno de tus implacables enemigos. Háblales, y

acogerán tus palabras con desprecio; recuérdales que eres su reina, y

despues de llenarte de oprobio se dispondrán á la venganza. Eres aun

reina; pero tus dominios no se estienden ya fuera de tus murallas;

vendrá dia, y no está lejos, en que pierdas hasta esa independencia y

llegues á ser la cautiva de otro pueblo.

Depuesto Hescham, fue elegido califa su wazir Gehwar-ben-Mohammad,

hombre de talento, de severas costumbres, de tanta resolucion como

prudencia, de mucho menos celo por su gloria que por la causa de su

patria. Gehwar-ben-Mohammad conocia perfectamente la situacion de

Córdoba: sabia que su papel de reina habia concluido, y que podia

aspirar cuando mas á salvarse del furor de la anarquía. Procuró antes

que todo asegurar su paz interior, tranquilizarla. Llamó al divan á los

principales ciudadanos, abjuró en favor de este senado el poder absoluto

de que gozaba como gefe supremo del Imperio, redújose de califa que era

á ser el presidente de una aristocracia. Proscribió de sí el lujo,

disminuyó el ejército, rebajó cuanto pudo los enormes gastos del Tesoro.

Declaró gratuita la administracion de justicia, puso puertas á las

calles para impedir los robos y asesinatos que se cometian con

frecuencia á la sombra de la noche, distribuyó armas entre los vecinos

para que pudiesen por sí mismos velar por la seguridad y mantener el

orden. Facilitó la entrada de víveres y proveyó abundantemente los

graneros públicos. Colocó inspectores en todos los mercados para evitar

la mala fé en los contratos; no consintió por mas tiempo la tiranía que

ejercian sobre los contribuyentes los recaudadores. Se obligó á

presentar todos los años al divan una cuenta detallada de sus ingresos y

sus gastos. Deseaba inspirar confianza y la inspiró; deseaba robustecer

el poder y lo robusteció; deseaba cerrar el paso á todo género de

turbulencias y lo cerró; pero no pudo hacer mas que mejorar el gobierno

de la ciudad, como ciudad, no como corte del antiguo Califato.

Córdoba · 第 3 / 53 段