agotadas aun las impresiones que podemos recibir en el seno de los
monumentos. Sentireis en la mezquita de Córdoba como no habeis sentido
nunca. Andareis errante y lleno de entusiasmo por aquel bosque de
columnas, os turbareis ante la espléndida magnificencia del santuario,
dejareis el mihrab como un creyente del Profeta; y vos, sectario de la
doctrina de Jesucristo, llegareis á maldecir al que se atrevió á
derribar sus techos y á interrumpir la armonía de sus naves para
levantar en ellas altares á vuestro Dios, altares á los que por él
arrostraron el martirio. El puente que tiene la misma ciudad sobre el
Guadalquivir, el castillo gótico que lo defiende, el humilde molino
árabe sentado en la orilla del rio cautivaran vuestro corazon hasta el
estremo de haceros pasar horas enteras al pie de aquellas aguas
cristalinas. Las iglesias de Utrera os sorprenderán con sus portadas,
altas, gigantescas, asombrosas para el que no haya visitado los
monumentos que dejó en Italia el genio colosal de Miguel Angel. No
constan estas fachadas mas que de un solo cuerpo cuya continuacion es la
torre de las campanas, y se presentan á los ojos del que las observa á
alguna distancia como pirámides inmensas. Una de ellas es gótica, otra
greco-romana; mas producen ambas la misma impresion, admiran todas por
la magestad de sus líneas y la grandiosidad de sus formas. Los reinos de
Córdoba y Sevilla no son tan fecundos en obras monumentales como otras
provincias; mas hasta en pueblos de segundo orden ofrecen páginas
notables. Los castillos de Carmona y Moron son ruinas que seguireis con
placer y terminarán por sumergiros dulcemente en la melancolía; la
fachada de las antiguas casas consistoriales de Jerez es una de las
flores mas delicadas del Renacimiento; la iglesia de S. Miguel en la
misma ciudad, uno de los mas ingeniosos rasgos del goticismo en los
primeros tiempos de su decadencia. ¿Deberé hablaros ahora de Cádiz? ¡Ah!
la primera ciudad de España mentada por la historia apenas tiene una
piedra que recuerde su pasado. De sus murallas fenicias, de su templo de
Hércules, de los monumentos que le dejaron las repúblicas de Cartago y
Roma quedan solo una tradicion vaga y oscura y uno que otro fragmento.
Hubo un siglo en que fue la reina de los mares, hubo un tiempo en que
manaba en oro, en que miraba cubierta su bahía de buques de cien
naciones que codiciaban su riqueza: engalanóse entonces, levantó en sus
plazas templos y palacios; y, sin embargo, nada, casi nada le queda ya
tampoco de aquellos dias felices, de aquella época brillante. Su pasada
grandeza solo está ya reflejada en una que otra iglesia y en el infinito
número de mármoles que adornan hasta los umbrales de sus mas humildes
edificios. ¡Cosa singular! tiene un solo templo verdaderamente notable;
y este rico y suntuoso templo ha sido levantado hoy, en este mismo
siglo, cuando han pasado ya sus dias de esplendor y gloria, cuando la
ciencia ha empezado á estender las sombras de la duda sobre las
creencias religiosas. Es greco-romano y está aun incompleto; mas
gozareis en él cuando veais el tabernáculo solo y aislado en medio de
tres anchas naves cuyo pavimento, cuyas columnas, cuyas capillas
ostentan los mas ricos y bruñidos mármoles. Construido segun el orden
corintio, presenta unidas la mayor opulencia y la hermosura. No, no
parece de nuestra época aquella catedral soberbia; es en nuestra época
un fenómeno, un verdadero anacronismo. Se presenta fria, tiene defectos
ademas de los que son propios de su estilo; mas hasta en ella
sentireis... sí, ¿quién no siente ni se inspira ante el monumento que ha
ido creciendo piedra sobre piedra mientras no lejos de él iba
desmoronando el huracan las casas levantadas al Señor por hombres de
otros siglos, ya medio derribadas por la revolucion que llevan inoculada
en sí las generaciones que viven hoy sobre el ensangrentado suelo de
todas las naciones? No hay un solo monumento que no encierre interes
para el que desee leer en la piedra los secretos de la historia y sepa
enlazar con ellos la vida de los pueblos. Sois hombre de corazon, de
sentimiento: nos lo revela vuestro mismo estado, vuestras mismas
palabras, hijas del mas puro entusiasmo por todo lo que es grande y
bello: habeis empezado con nosotros vuestros viajes, y estamos seguros
de que con nosotros los concluireis: ¿á qué arredraros ni desmayar
cuando solo estamos á la mitad de la jornada?
«Flaqueza de ánimo habrá parecido en mí, repuso entonces el viajero, la
irresolucion que he manifestado para seguir como hasta ahora vuestras
huellas; mas les debo tanto á estos lugares solitarios... dejé un dia el
arte por la ciencia y ¡ay! no encontré mas que veneno en el fondo de
esta engañosa copa. Desfallecieron mis creencias, entronizóse en mi
espíritu la duda, y vagó por mis labios la blasfemia. Cuanto mas
pretendí sondar el origen de las cosas, tanto mas se entenebreció mi
alma, tanto mas fui impío. Cobré tedio á la sociedad, cobré tedio al
mundo; me encerré en un egoismo fatal de que hoy mas que nunca me
avergüenzo. Parecióme todo un juego de azar, y miré con indiferencia mi
propio destino y el destino de los pueblos. En un estado tal, quise
arrojarme desenfrenadamente á los placeres, quise ahogar el grito de mi
dolor en el estrépito de la bacanal y de la orgía; mas en vano: mi
corazon era ya la hoja que se desprende del árbol al soplo de las auras
del otoño, mi actividad estaba muerta, muerta como mi alma. Supe que
íbais á salir para el reino de Granada, y resolví seguiros. ¿Quién sabe,
dije, si la vista de nuevos paises me restituirá la calma, si los
grandes espectáculos de la naturaleza volverán á alumbrar mi fé
estinguida, si las ruinas de los monumentos que nos legaron otros siglos
encenderán de nuevo la llama de mi amor al arte? Atravése Sierra Morena,
y al ver sus bosques, sus coronas de peñascos, sus abismos, sentí ya
dentro de mí otro ser, otra personalidad, otro sentimiento. La idea de
Dios hirió otra vez mi espíritu, levanté al cielo los ojos, y reconocí
en la naturaleza el orden, en el orden á Dios. Cayó de repente el velo
que habia entre mí y el mundo; mas solo por un breve plazo, solo por
momentos. La sombra de la duda se alzó en mí como un espectro; y creí
oirla echándome en cara la facilidad con que sucumbia al recuerdo de mis
antiguas creencias. Continué el viaje siendo presa de la misma
inquietud, sumergido por completo en la melancolía. Llegué á Iliturgis;
y no me referísteis en aquellas tristes ruinas sino hechos sangrientos
que hicieron estremecer aun mi corazon gastado: bajé á Arjonilla, á
Arjona, á Martos; y solo oí de vuestra boca en aquellas pequeñas y
silenciosas villas infidelidades de príncipes y de caballeros, raptos,
asesinatos, injusticias de reyes: recorrí Jaen, Baeza, Úbeda; y vi en
todas partes junto al suntuoso palacio la mísera cabaña, el brillo de
los pasados encubriendo los vicios de los presentes, el sepulcro de los
que ya murieron sirviendo de escudo á los que de ellos descienden para
defender contra los demas hombres el fruto de su crímen. Vi en Guadix el
tercio de la poblacion condenado á vivir y morir en el fondo de una
cueva; crucé leguas de campos incultos y desiertos á poco de haber
dejado pueblos sumidos en el abatimiento y la miseria; llegué en una de
las horas de mas animacion á la ciudad de Almería, y entré en ella en
medio del silencio mas profundo. Visité Motril, Velecillos, la
Alpujarra; hallé donde quiera la quietud del sepulcro, la calma de la
muerte. En vano me hicísteis observar perspectivas tan grandiosas como
pintorescas: en vano llamásteis mi atencion sobre los templos que erigió
la fé de otras generaciones: preocupado por los grandes problemas de la
ciencia, no atendia mas que al estudio de los hombres con el objeto de
reconocer por ellos la existencia y la naturaleza de esa causa de las
causas, de esa incógnita que será tal vez un misterio eterno para la
inteligencia humana. No encontré vestigios de bienestar sino en la
ciudad de Málaga, que hoy animan á la vez la industria y el comercio; y
aun alli ¡qué de funestas rivalidades! ¡qué de almas que lloran en
secreto las calamidades que las afligen! ¡qué de crímenes cometidos á la
sombra de la noche! Vine á Granada, al fin, desesperando de los hombres,
desesperando de Dios. ¡Ah! decia yo para mí, ¿quién curará mi alma
lastimada? ¿quién podrá levantar ya mi espíritu caido? ¿quién devolverme
la paz de que gocé en mejores dias?
»Granada fue la que operó en mí esta revolucion benéfica. Su bella
situacion, la grandiosidad de sus paisages, los recuerdos de su historia
empezaron por subyugar mi razon y encender mi fantasía: revivió en mí el
amor al arte: pensé, soñé de nuevo, y logré por de pronto olvidar, si no
curar, mis males. La vista de esos valles y esos montes serenó mi
espíritu; el espectáculo sublime que ofrecen aqui el cielo y la tierra
me reconcilió con la idea de una divinidad coexistente con el mundo; el
orden que observé en todos los fenómenos me hizo reconocer la
Providencia; y al volver la vista á mis semejantes, me vi obligado á
sospechar que aun en medio del desorden que reina en las sociedades
obedecemos sin sentirlo á una ley por la que tarde ó temprano se ha de
cumplir nuestro destino. Volvieron á aparecer entonces en mí la creencia
y la esperanza; y me sumergí todos los dias mas y mas en esa naturaleza
seductora y evidentemente poética, único medio por el cual puedo llegar
á unirme con lo eterno y lo infinito.
»¿Cómo quereis que no deje con sentimiento esta comarca? Mas os ofreceis
á dirigirme por los reinos de Córdoba y Sevilla, decís que vais á
ponerme frente á frente con una naturaleza, si no mas bella, mas rica
aun y mas grandiosa, con mezquitas árabes que respiran mas el arte, con
monumentos que tienen un carácter mas severo y sombrío, con templos cuya
grandeza ha de imponerme: mis ojos estan sedientos de nuevas
impresiones, de nuevas sensaciones mi alma: partamos, suspiro ya por
hallarme en la corriente del Guadalquivir, en las olas del Océano. La
plateada serpentina de los rios caudalosos, la inmensidad de los mares
han cautivado siempre mi imaginacion y mis sentidos: partamos: quiero
bañarme en las aguas de ese rio en que cayó roto y ensangrentado el
manto de los califas, quiero surcar ese Océano sin fondo, bajo cuyas
olas supusieron los poetas de la antigüedad el lóbrego reino de Pluton,
las vastas profundidades del infierno. ¡Córdoba, Sevilla, Cádiz! ¡qué de
recuerdos han agrupado alli los siglos! partamos: llevadme á estas
ciudades llenas, como decís, de arte, de historia, de poesía. Llevadme
donde quiera que pueda ver, donde quiera que pueda sentir, donde quiera
que pueda soñar con lo pasado: necesito aun estar ébrio de arte para
olvidar el dolor de mis heridas. Hablad, pero olvidando siempre las
miserias de lo presente y la incertidumbre de lo futuro: ocupad por
completo mi imaginacion con la memoria de lo que fue, exaltad mi corazon
en amor á todo lo bello: la realidad, el porvenir estan ya por desgracia
ante mis ojos.»
No dirigimos ni una palabra mas á nuestro viajero: reconocimos en él á
la mayor parte de nuestros lectores; y no pudimos menos de convencernos
de cuán necesarias son en nuestra sociedad las obras destinadas á ocupar
principalmente el corazon y la fantasía de los que no pueden menos de
vivir atormentados por las calamidades presentes y el deseo de preparar
un porvenir mas halagüeño.
[Illustration]
RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA.
SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ.
Capitulo primero.
_Primeras impresiones recibidas en Córdoba.--Ojeada general sobre su
historia._
[Illustration: M] Mediaba[B] ya la noche, cuando entramos por primera
vez en esa ciudad de Córdoba, á que han comunicado tanto interes la
historia y la poesía. Yacía la ciudad sepultada en silencio: apenas se
percibia mas que el dulce susurro del viento entre sus frescas
arboledas. La luna resplandecia en lo alto del horizonte; pero no
alumbraba sino los techos de sus viejos monumentos: sus estrechas y
tortuosas calles estaban casi todas cercadas de tinieblas.
Sentiamos una viva inquietud. Éramos aun niños cuando la leyenda nos
habia hecho ver ya con los ojos de la fantasía esa segunda Damasco,
sentada bajo la sombra de sus palmeras á orillas de un caudaloso rio.
Agolpábanse á la sazon en nuestra frente las ilusiones de la infancia; y
temiamos verlas deshojadas por el soplo de la realidad, soplo helado y
funesto que pasa sobre nuestra imaginacion como el del cierzo sobre el
caliz de las flores.
No distinguimos por de pronto nada que revelase la mano de los árabes;
pero debimos reconocer á poco la antigua ciudad musulmana en lo desigual
de sus calles y sus casas, en lo mezquino de sus portales, en la
sencillez de sus fachadas. Vimos á trechos asomar por encima de estos,
árboles frondosos que subian al parecer desde el fondo de los patios:
recordamos que los orientales guardan para el interior la belleza que
otros pueblos se complacen en desarrollar en el esterior de sus
edificios; y no pudimos menos de concebir la esperanza de descubrir
todavía, aunque desfigurada y rota, una ciudad morisca.
Esperábamos con impaciencia que rayase el alba: no veíamos llegada la
hora de penetrar en esos templos donde tantos emires y califas adoraron
al Profeta, en esos ricos alcázares donde fueron recibidas tan
brillantes embajadas y perpetrados los mas negros crímenes, en esos
ensangrentados muros de que colgaron los reyes moros las cabezas de sus
enemigos, en esos encantados jardines donde languidecieron de amor
tantas sultanas, en esos profundos acueductos, abiertos en las peñas,
donde gimió sin ser oida tanta muchedumbre de cautivos.
Contemplamos en tanto gran parte de la ciudad desde un ajimez de la casa
en que viviamos. El espectáculo que á nuestros ojos se presentaba no
podia ser mas bello. Alzábanse acá y acullá de entre techos desiguales
torres mas ó menos imponentes cuya negra silhueta se destacaba sobre los
montes inmediatos ó sobre el azul del cielo. Brillaban á un lado las
aguas del Guadalquivir; estendíanse al otro las faldas de Sierra Morena,
sobre cuyas cumbres centelleaba una que otra estrella, como el ojo de un
cíclope que está para conciliar el sueño. Ligeras nubes, blancas cual la
nieve, recorrian el espacio en alas de suaves brisas embalsamadas por
las flores: sutiles, transparentes, dejaban ver al través de sí la
bóveda del firmamento, y no parecian sino aéreas gasas destinadas á
realzar la hermosura de ese estrellado manto de los cielos. Murmullaba
debajo de nosotros el follage de los naranjos y los álamos; allá á lo
lejos, en el fondo, se distinguia una palmera; mas allá aun, ya fuera de
las murallas, masas oscuras que parecian otras tantas arboledas.
Ostentaba alli sus ricos dones la naturaleza; aqui sus ricas galas, el
arte; y brotaba de todas partes una armonía indefinible que hablaba al
corazon, dejaba cautiva el alma y suspensos los sentidos.
Apoderóse en breve de nosotros una dulce melancolía. Arrojó la historia
sobre la ciudad un velo fúnebre; asaltaron nuestra imaginacion tristes
recuerdos. Esta ciudad, ahora dormida, nos dijimos, ¡qué de veces no ha
dispertado llena de sobresalto al grito de la rebelion y al rumor de los
combates! Estalló un dia una guerra encarnizada entre César y Pompeyo.
Vino César sobre Córdoba y la ganó: aqui fue donde recibió el homenage
de casi todos los pueblos de la Bética, aqui donde vió rendido á sus
plantas á su enemigo Varron, aqui donde terminó en medio de los aplausos
de todo un reino la primera y la mas gloriosa de todas sus campañas.
Retoñaron algun tiempo despues las discordias civiles. Ocupó Sexto
Pompeyo la ciudad y César se vió obligado á cercarla. Era de un carácter
benigno y generoso este soldado; mas, creyendo ver en este hecho una
defeccion, cegó de cólera. Levantó el sitio apenas supo que Pompeyo
habia salido de la ciudad, le derrotó en Munda, bajó de nuevo á Córdoba,
y pasó á cuantos le opusieron la menor resistencia por el filo de la
espada. ¡Qué dias aquellos tan aciagos! Estaban divididos los cordobeses
en cesarianos y pompeyanos: los pompeyanos querian morir bajo las ruinas
de la ciudad antes que entregarse á César; los cesarianos conspiraban
sin tregua contra los pompeyanos; rompieron en un momento dado los dos
bandos; y perecieron no solo los principales cesarianos, sino hasta sus
hogares y sus hijos. Subian aun al cielo los vapores de la sangre y las
llamaradas del incendio, cuando entró César para consumar la obra. La
ley del talion fue aplicada en todo su rigor; el espíritu de venganza
quedó completamente satisfecho. Murieron bajo el hierro del vencedor mas
de veinte mil partidarios de Pompeyo; fueron echados los demas de sus
albergues; condenados muchos á andar errantes por la tierra llevando en
su frente el sello del proscrito. ¡César! ¡César! no era esta la mision
que te habia confiado tu destino. ¿Cómo pudiste en un instante de ira
venir á cubrir de luto una ciudad á que antes y despues consagraste tus
recuerdos? ¿cómo no supiste acallar aqui tus pasiones, tú que
acostumbrabas á levantar entre tus brazos al vencido, tú que no tuviste
corazon para ver la cabeza de Pompeyo y dejar de verter sobre ella una
lágrima de compasion y de ternura? ¡César! ¡César! hemos creido ver aun
tu sombra airada pasando sobre esta ciudad de Córdoba: perdónanos si
llevados por la fuerza del sentimiento hemos recordado con placer que
fuiste á espirar bajo el puñal de Bruto.
¡Ah! fuiste indudablemente bien desgraciada, ó Córdoba. No habia caido
aun la república en manos de los emperadores, cuando eras ya colonia y
viste cubierto de monumentos tu recinto; de quintas, tu campiña. Viriato
pasó junto á tus muros y no tuviste que sentir el peso de sus armas.
Metelo dió en tu seno sus espléndidos banquetes: César, el mismo César,
te coronó de gloria. Mas ¡cuán pasagera fue tu dicha para el dolor y la
amargura que hubiste de devorar en medio de las tinieblas y el silencio!
Casto Longino, gobernador en nombre de César, te arrancó tu libertad y
tus tesoros: sufriste, lloraste; y cuando no pudiste ya con tus pesares,
no encontraste otro medio para salvarte de su codicia que lanzarte al
campo de batalla. Vino á poco el mismo César á herirte de muerte; cuatro
siglos despues, los vándalos, ese terrible azote enviado por la mano de
Dios para regenerar la embrutecida Europa. Te mostraste poderosa contra
Agila, cuyo hijo anegaste en la sangre de sus tropas: fiera, romana
siempre, llegaste entonces á reconquistar tus leyes municipales, á
hacerte libre, á emanciparte, sola y sin mas que tus propias fuerzas,
del imperio godo. Mas ¡cuán en breve tuviste tambien pendiente sobre tí
el cetro asolador de Leovigildo! Destruyeron el hierro y el fuego tus
soberbios monumentos: fueron tus mejores hijos sepultados en el fondo de
tus ruinas. Cayó sobre tí la mas horrible tiranía; y ni libertad tuviste
para quejarte de tus infortunios. Fuiste el sepulcro de tu pueblo, el
monte en que sentaron sus trofeos tus implacables enemigos.
Cayó Córdoba en poder de los árabes poco despues de la batalla del
Guadalete. Anocheció libre y amaneció cautiva. Fue asaltada de noche por
las tropas de Mugueith; y cuando al dispertar se vió por todas partes
cercada de invasores, no pudo hacer mas que doblar humildemente la
cabeza y sufrir la ley de los vencidos. Corte á poco de los emires que
gobernaban la España en nombre de los califas de Damasco, no tardó en
recibir animacion y vida de las gloriosas espediciones militares
dirigidas contra las fronteras de las Galias; mas no tardó tampoco en
estar amenazada por esas funestas guerras de tribu á tribu que socavaron
desde un principio los cimientos de este nuevo imperio sujeto á las
banderas del Profeta. Vivió pronto no ya en medio de la animacion, sino
en una agitacion febril alimentada sin cesar por odios y ambiciones
personales: hoy vió entronizar á un emir, mañana le vió deponer por una
muchedumbre insensata ó por una soldadesca ébria; precipitóse todos los
dias mas á la anarquía y estuvo próxima á una completa ruina. Recobró
aliento al entrar por sus puertas el jóven Abd-el-rhaman, último resto
de la familia ommyada; mas hasta bajo esos mismos ommyadas tuvo dias de
luto y de amargura. Encendióse sobre el sepulcro de Abd-el-rhaman una
guerra fratricida que retoñó por mucho tiempo al fin de cada reinado y
engendró los mas horrendos crímenes; subió pocos años despues al trono
el vengativo el Hakem que tomó el terror por sistema de gobierno, y
sumergió de nuevo esta ciudad en la sangre de sus hijos. El Hakem, sobre
todo, fue para ella fatal: creó con objeto de oprimir á sus súbditos una
milicia permanente, recargó de una manera escesiva los tributos, y
sublevó contra sí los ánimos del pueblo. Irritado este, se arrojó á la
calle y desahogó su ira contra los recaudadores. Súpolo el Hakem, rugió
de cólera, y mandó empalar públicamente en una de las orillas del rio á
diez de los rebeldes. Exaltado el pueblo á la vista de tan bárbaro
espectáculo, no pudo ya contener sus ímpetus: lanzóse como un tigre
sobre los soldados de la nueva guardia, descuartizó á cuantos
pretendieron oponerle resistencia, se dirigió al alcázar, prorumpió en
alaridos y amenazas, protestó enérgica y fieramente contra la tiranía de
sus reyes. El hijo del emir, los altos funcionarios de palacio, cuantos
rodeaban á el Hakem le suplicaban con instancia que les permitiese salir
para aplacar el tumulto con palabras de paz y de concordia; pero el
Hakem, sediento ya de sangre, no quiso escuchar mas que la voz de sus
pasiones. Acometió de improviso la desarmada muchedumbre, alanceó, mató,
desgarró las mal heridas victimas bajo los pies de sus caballos, mandó
clavar vivos en las orillas del rio á trescientos prisioneros.
No estuvo contento aun: los fugitivos se habian retirado al arrabal:
entregó por tres dias el arrabal á merced de sus soldados. No haya
perdón, dijo, ni aun para las casas que han servido de asilo al
delincuente; casas, hombres, mugeres, ancianos, niños, todo pereció por
el fuego ó por la espada. Cansado ya de destruir, pregonó al cuarto dia
un indulto: ¡oh! la sangre hierve en las venas al considerar tan grande
ultraje. ¡Un indulto despues de cuatro dias de saqueo y de esterminio!
¡y qué indulto! Desterróse en él para siempre á centenares de familias,
condenóse á mas de quince mil hombres á andar errantes y desnudos por
las costas de Africa. ¡Pobres proscritos! Los hubo que tuvieron que ir á
buscar un albergue en el Egipto, conquistando á fuerza de armas la
ciudad de Alejandría. ¡Cuántos entre estos no perecieron en el camino de
hambre y de fatiga! Las tribus que se internaron por España no hallaron
descanso ni tregua á sus dolores hasta que, compadecida Toledo de tan
amargas desventuras, les abrió sus puertas y les dió un lugar en su
recinto. ¡Pobres proscritos! La muerte de sus hijos, la usurpacion de
cuanto habian poseido, el incendio de las casas en que habian abierto
por primera vez sus ojos á la luz del mundo, no eran aun bastantes para
acibarar su vida: faltaba la emigracion, el desconsuelo de deber
abandonar para siempre el suelo de su patria. Faltaba aun mas: faltaba
que anduviesen de pueblo en pueblo mendigando un asilo y no encontrasen
por mucho tiempo un corazon sensible; faltaba que debiesen los mas regar
con nueva sangre el pais en que pretendian fijar su residencia; faltaba
que echados de este por un gobernador de Egipto, tuviesen que armarse en
corso y piratear por los mares de la Grecia hasta haber dado con una
isla poco menos que desierta, donde pudiesen levantar sin necesidad de
lucha sus míseras tiendas de campaña; faltaba que perseguidos hasta en
aquella isla por la mano del destino, se viesen obligados á rechazar por
dos veces las fuerzas del imperio griego y á sucumbir por fin á una dura
servidumbre. Terrible, terrible fue su suerte: ¡ay! ¡y no hubo quien la
vengara! Tú, Córdoba, te anonadaste y no hiciste mas que verter un
llanto inútil. ¿Cómo no te alzaste y heriste la frente del malvado?
¿cómo no hallaste en medio de tu furor armas con que reducir á polvo á
los impíos que abrieron con mano airada tu palpitante seno? Esperaste en
Dios y venciste: confiaste tu venganza en la Providencia y la
Providencia te la dió cumplida. Veo aun á el Hakem cruzando á pasos
descompuestos los salones de su alcázar, lleno el corazon de pesares y
de remordimientos. Las sombras de sus víctimas le siguen sin cesar y le
precipitan á los mas violentos arrebatos de demencia. ¡Sangre! ¡sangre!
grita á cada momento: sacadme de ese mar de sangre, esclama. Toda mi
generacion está manchada con la que yo he vertido. Huid, huid de mí;
dejadme solo con mis espectros y mi sangre hasta que esta sangre me
ahogue. Desesperado, abatido, cae despues en una profunda melancolía: no
puede ya con sus recuerdos, no puede ya con su dolor: vedle exhalando su
último suspiro. Ha muerto, y no suena en todo el palacio ni un gemido;
no hay quien derrame una lágrima siquiera. Todo es silencio en torno del
cadáver: apenas hay quien se atreva á mirarle, y hasta sus mismos hijos
se cubren el rostro por no verle. Solo el pueblo llora; pero llora de
gozo, de gratitud al cielo por verse libre ya del monstruo que acuchilló
á sus hijos. ¡Regocijaos, vosotros tambien, pobres proscritos!