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RECUERDOS Y BELLEZAS
DE
ESPAÑA.
CÓRDOBA.
_Es propiedad de F. J. Parcerisa._
MADRID.--IMPRENTA DE REPULLÉS.--1855.
RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA
BAJO
LA
REAL PROTECCION DE
S.S.M.M. LA REINA Y EL REY.
_obra destinada a dar a conocer sus monumentos y
antiguedades, en laminas dibujadas del natural_
POR
F.J. Parcerisa
_escrita y documentada por_
P. de MADRAZO.
CORDOBA.
RECUERDOS Y BELLEZAS DE ESPAÑA.
SEVILLA, CÓRDOBA, CÁDIZ.
INTRODUCCION.
Doraban los primeros rayos del sol las cumbres de Sierra Nevada cuando,
próximos á empezar á escribir este viaje, quisimos gozar por última vez
de la frescura que respiran las alamedas del Generalife y de la
Alhambra. Apoderóse de nosotros una dulce melancolía, y no tardamos en
dejar por veredas ocultas y solitarias los caminos deliciosos en que se
confunden con el murmullo de las aguas los suspiros del viento entre los
árboles. Llegamos involuntariamente al pié de la torre del Agua: nos
detuvimos, contemplamos de nuevo aquel sombrío paisage donde no se
destacan sobre el azul del cielo mas que torres silenciosas coronadas de
almenas, y sentimos por instantes latir precipitadamente el corazon y
concentrarse el alma en la tristeza. Un viajero no menos entusiasta, á
quien servimos de guia en todas nuestras escursiones, estaba sentado á
poca distancia de nosotros entre las ruinas de la torre: levantó la
cabeza, pronunció algunas palabras que solo vimos errar entre sus
labios, y volvió á caer en una meditacion profunda. Nos acercamos á él,
y entonces dijo:
«¿Os conmueve mi dolor? ¡Ah! veo que brotan tambien lágrimas de vuestros
ojos: teneis corazon y me comprendereis. He recorrido muchos paises, y
no he visto una ciudad como Granada. Los rios que se enlazan á sus
puertas corriendo entre orillas cubiertas de álamos y flores, la Vega
que se estiende á sus piés como una alfombra de verdura, la pintoresca
sierra sobre cuyas blancas vertientes se destacan sus arboledas y sus
muros, los cerros en cuyas cumbres estan sentados su Albaicin y su
Alhambra ceñidos de torreones, sus angosturas del Darro donde canta el
agua en el fondo del follage, su cielo oriental en que he llegado á
descubrir con los ojos de la imaginacion el fantástico paraiso del
Profeta, el gorgear de las aves en el seno de sus deliciosas enramadas,
la dulce armonía de sus brisas perfumadas por el aliento que despiden
sus cármenes floridos, los caprichosos reflejos del sol en las verdes
faldas de sus colinas, la melancólica luz de la luna que cruza su
horizonte entre coros de estrellas como una reina de hadas entre las
vaporosas ninfas de sus lagunas y corrientes, hasta esas mismas noches
tenebrosas en que apenas cabe distinguir la silhueta de sus viejos
monumentos, han escitado en mí sensaciones que nunca habia tenido,
sentimientos que no habian hecho palpitar nunca mi corazon gastado,
ideas que no me hubiera atrevido á concebir ni aun al desbordarse á
torrentes mi loca fantasía. A todas horas, en todas ocasiones he
contemplado con indefinible placer esa ciudad que brota de las orillas
de dos rios como una hija del agua del fondo de su lago, esa cadena de
montes que á la vaga luz del crepúsculo parecen colosos sentados en el
espacio para guardar la Vega, ese cielo diáfano y trasparente prendido
en las cumbres de esos cerros como una estrellada colgadura de seda en
las cúspides de las palmeras que constituyen la tienda de un califa. Ora
ligeramente recostado en uno de esos árboles sobre cuyos ramages han
sacudido su manto de nieblas mas de cuatro siglos, ora entre los
escombros de ese viejo alcázar que va desmoronando el tiempo, he
recordado con la cabeza sobre el pecho la historia y las tradiciones de
Granada; y al levantar la frente he mirado aun con mayor interes esa
naturaleza que desplegaba á mi alrededor tanta riqueza y hermosura. En
esa sierra coronada de nieves eternas no he visto mas que el sepulcro de
un rey moro; en ese valle cubierto de flores, olas de garzotas y
penachos flotando sobre relucientes armaduras; en esos rios que se
deslizan mansamente bajo la sombra de los álamos, aguas destinadas á
bañar las adelfas y cipreses que embellecen la tumba de los héroes
muertos en ese vasto campo de batalla; en esos montes apartados,
circuidos de precipicios, tiendas de reyes que vinieron á estender sus
pendones de guerra sobre los muros de esta fortaleza; en esa ciudad que
está aqui, á la estremidad del valle, reclinada sobre colinas
pintorescas, una reina de torneo dispuesta á ceñir las sienes del
vencedor con la corona de sus palacios y baluartes. He vuelto á inclinar
la cabeza á meditar: ¡ay! y he sentido una amargura inmensa al observar
que no eran los sentidos sino la imaginacion lo que habia puesto entre
mi cuerpo y la naturaleza ese velo de la historia y la poesía. He
recogido mi alma y escuchado en silencio. No he oido mas que el rumor
del insecto sobre la yerba, el del tiempo entre las grietas de los
torreones medio caidos, el de la brisa entre los escombros, el del agua
sobre las guijas que cubren el fondo de su cauce. Deseaba oir acentos de
vida, y no he oido sino voces salidas del seno de las ruinas, no he oido
sino la voz de la muerte. Granada me ha parecido entonces un panteon, y
he derramado sobre ella lágrimas que han abrasado mis megillas.
»¿Qué has hecho de tu gloria, le he dicho lleno de dolor? ¿de qué muro
cuelgan las espadas de tus héroes? ¿dónde estan el trono de tus reyes y
la silla de tus cadíes? ¿ninguno de tus libros pudo salvarse de la
hoguera? ¡Ay! cada siglo va arrancando una hoja de la corona de tu
gloria; y permaneces muda é impasible como un cadáver. Húndense las
últimas casas de tus moriscos; desaparecen bajo la mano del embadurnador
los bien labrados estucos de tus monumentos árabes; las columnas de
marmol de tus alcázares rechazan ya los arcos festonados de tus
misteriosas galerías; ¿cómo no corres á detener con tu mano la
artesonada techumbre de tus antiguos salones, las fuentes que decoraban
tus jardines, las murallas que sirvieron de escudo á tus guerreros, los
voluptuosos patios en que soñaron tus sultanas, los encantados miradores
en que distrajeron su melancolía las cautivas de tus reyes? Esa ciudad
que miro cercada de viejos muros y torreones ¿será tal vez solo el
sepulcro en que dormirá Granada? ¿será quizás solo una sombra de la
espléndida corte de los árabes?
»He creido oir entonces á la ciudad diciendo: Sí, soy solo una sombra de
lo que fuí algun dia: los que me levantaron estan para siempre
proscritos, las joyas con que me engalanaron han sido entregadas al
hierro y al fuego de mis enemigos, los vestidos que me dieron han sido
desgarrados por el acero de los que ofendí con mis miradas. Me han
dejado pobre y desnuda al margen de dos rios, han arrebatado de mis
sienes la diadema que podia recordar los dias de mi grandeza, y han
dicho al mundo: héla aqui á la orgullosa reina musulmana: héla aqui
reducida á contemplar en sus aguas cristalinas su marchita hermosura.
Manaba en oro y hoy está condenada á recoger el que contienen las arenas
de sus rios; armábanse á su voz millares de soldados, y hoy se pierden
en la cavidad de su boca sus palabras; mirábanla los reyes con envidia
desde lo alto de sus cerros, y hoy pasa junto á ella el viajero
preguntando con indiferencia por la mendiga que reflejan el Genil y el
Darro. Sí, soy ya una sombra; pero, yo sombra, me rio aun de los que
para afrentarme pusieron sobre mi cabeza la ceniza de mis monumentos y
la de los hijos que perdí en la hoguera. ¿Quién podrá quitarme ese
horizonte azul, mi cielo de oro? ¿quién mis colinas cubiertas de
naranjos, mis paseos ocultos bajo las copas de los álamos? Esta esclava
es aun reina á pesar de sus contrarios. Tiene aun lechos de flores en
que descansar de sus fatigas, rios de aguas puras y trasparentes en que
templar sus fuerzas, montes poblados de arboledas en que divertir sus
ojos, cármenes que embalsamen el aire que respira, laureles que coronen
su frente y le recuerden sus dias de ventura, estrellas que la rodeen de
una esplendente aureola, auras apacibles que agiten su flotante
cabellera. Levantaos sobre la mas alta de vuestras torres, ciudades
españolas: miradme por encima de las cumbres que de mí os separan,
miradme y ved si no trocariais la mejor de vuestras joyas por mis cerros
de nacar y mis pintados valles, por la margen de mis arroyos y las
orillas de mis rios, por el sol que tiñe de fuego mi horizonte y la
luna que cubre mis bosques de misterio. Soy ya una sombra; pero el genio
de la belleza y la armonía velan aun mi sueño como en los dias de mis
reyes. La naturaleza no me ha sido nunca infiel: ciñó de flores mi cuna
y está ciñendo de flores mi sepulcro; á cada paso que doy hácia la tumba
hace brotar bajo mis pies una vegetacion mas caprichosa. No hay en mí
desnudez que ella no compense con sus brillantes galas, no derramo una
lágrima que ella no recoja con amor para fecundar mi vega, no exhalo un
acento de dolor á que ella no conteste con la dulce voz de las brisas,
el murmullo de las aguas y los melodiosos trinos del ave que canta en la
enramada. ¡Gracias mil te sean dadas, naturaleza bienhechora! tú, tú
eres mi reina y mi consuelo. Mis palabras mueren ya en mis labios; pero
tú oyes la voz de mi corazon y sabes cuanto te amo: hasta el pie de mi
ataud entonaré por tí cánticos de gloria y de alabanza. La hermosura y
riqueza que nos dan los hombres perece bajo la espada de los hombres:
solo tus inagotables tesoros sobreviven al furor de las armas, al
tremendo empuje de los siglos, á la devastadora fuerza de las
revoluciones que pasan como el huracan sobre la frente de los pueblos.
Me siento morir, pero no temo: las ramas de mis árboles se mecerán aun
sobre la losa de mi tumba, y tú dirás al viajero con la voz del aura que
suspira entre sus hojas: dobla la rodilla sobre estas tristes ruinas,
viajero; son las ruinas de Granada.
»Adoraba la naturaleza y gozaba en medio de los escombros; pero nunca
como despues de haber creido oir en boca de esa ciudad estas palabras.
La naturaleza es ahora mi único espectáculo, mi templo. Las mas sublimes
armonías inspiradas por el arte me parecen frias ante el susurro del
viento entre las hojas, el canto del arroyo entre las peñas, el eco del
torrente en el fondo de los bosques, el rugido del viento sobre las
cumbres de los cerros y el estallido del rayo entre las nubes. Las
sombrías iglesias bizantinas, las misteriosas catedrales góticas, los
risueños templos de la Grecia, las aterradoras profundidades de la India
me parecen mezquinas ante ese inmenso santuario que lleva sobre haces de
montes la estrellada bóveda del cielo. El sol es su lámpara de oro; los
demas astros, sus lámparas de plata; prados cubiertos de flores, su
pavimento; selvas frondosas, sus ricas colgaduras; colinas tapizadas de
musgo, sus altares; todos los seres que existen son sus dioses. No, no
hay otro templo como ese globo que rueda eternamente en el espacio
envuelto en el torbellino de los mundos: la vida se transforma sin
cesar, y hallan cada dia en él los sentidos un nuevo espectáculo, la
razon nuevas alas para remontarse al origen de los seres, la reflexion
nuevos motivos para las meditaciones mas severas. No solo siento amor
por la naturaleza; siento entusiasmo y hasta delirio. ¿Cómo he de
separarme sin dolor de estos lugares en que estan encerradas tantas y
tan grandes bellezas? ¿Dónde he de volver á encontrar el horizonte de
Granada? ¿dónde esas torres doradas que surgen del seno de las alamedas,
esos cerros de nieve en que el sol refleja sus colores, esos arroyos que
bullen entre el musgo de las ruinas? Amo tambien los monumentos en que
está condensada la historia de los siglos: ¿dónde encontraré este
alcázar cuya riqueza deslumbra aun al través del polvo que la cubre?
¿esas misteriosas galerías en que á la luz de la tarde se cree ver
diseñadas las sombras de gallardas moras? ¿esos salones pintados de oro
en que la imaginacion evoca la brillante corte de los antiguos reyes y
los sangrientos espectros de los abencerrages muertos á traicion por la
mano del verdugo? ¿esos patios encantados cuyos arrayanes plantados á
las orillas de sus estanques salpica el agua de una que otra fuente? Os
he seguido paso á paso en todos vuestros viajes; mas no me siento ya con
fuerzas para seguiros en el de Córdoba y Sevilla. He dado con mi bello
ideal: ¿cómo quereis que descienda de ese cielo donde los sentidos, el
corazon, la fantasía se espacian sin encontrar límite alguno? Idos en
paz y dejadme respirar aun el aire de Granada. Este suelo es ya el suelo
de mi patria: dejadme contemplar en él desde los escombros de lo pasado
el espectáculo de esa naturaleza siempre bella que rejuvenecen
incesantemente el soplo de la eternidad y la mano de los hombres. Deseo
vivir y espirar en medio de este vasto panorama: ¡ay! ¡ojalá que al
cerrar mis párpados el dedo de la muerte haya quien me sepulte al margen
de esos rios bajo la copa de esos álamos frondosos!»
Estuvimos por unos instantes en silencio. El entusiasmo con que este
viajero habia hablado de la naturaleza acababa de herir una de las mas
delicadas fibras de nuestra alma; y buscábamos en vano palabras con que
pudiésemos dominar su exaltada fantasía. No las encontramos hasta que
algo recobrados de la primera impresion, ¿amais le dijimos, la
naturaleza y os encerrais en uno de sus cuadros? ¿Qué es todo este vasto
espectáculo de Granada para el de ese inmenso Océano cuyas olas azotan
sin cesar las murallas de Cádiz como legiones de combatientes que han
jurado su ruina? ¿qué son estos rios de Genil y Darro para ese imponente
Guadalquivir que despues de haber cubierto de flores las fecundas
praderas de Córdoba y Sevilla baja precipitadamente á sepultarse en el
fondo de los mares? ¿qué las alamedas de la Alhambra para los encantados
jardines del Alcázar de Sevilla y los bosques de naranjos que circundan
el palacio de S. Telmo? ¿Es acaso comparable esta vega con las dilatadas
llanuras á que dan sombra los mas decantados olivos de la Andalucía?
¿con los pintorescos valles de Carmona, cuyos oteros y altozanos
vestidos de mil colores sorprenden aun al que los contempla desde las
desmoronadas torres de su antigua fortaleza? ¿con los feraces campos de
Sevilla, donde se oculta el hombre entre las mieses? La naturaleza es
aqui mas bella que grandiosa. Ni el bramido del mar, ni el eco del
torrente llegan hasta la cumbre de estas alturas solitarias. Crecen en
esas faldas el laurel y el álamo; pero no el castaño, el haya, el pino
abeto, entre cuyas ramas ahulla el viento de una manera salvage y
misteriosa. El agua no salta aqui en cascadas á lo profundo de los
abismos. El fuego de la tempestad alumbra raras veces esos montes; la
tierra no se estremece sino instantáneamente al impulso de horribles
terremotos. No, no es Granada donde cabe admirar mas el poder de Dios y
la grandeza del mundo. Hemos visto en Cádiz al sol sumergiéndose en las
aguas del Océano con una aureola de tinieblas; hemos visto á ese mismo
Océano invadiendo silenciosamente la playa y retirando despues con una
calma aterradora sus hinchadas olas; hemos visto esas olas, altas como
montes, arrojándose heridas por la luz del rayo sobre los muros de la
ciudad sumida en duelo: alli es donde la naturaleza se ostenta con toda
la sublimidad de que pudo revestirla su autor al hacerla brotar llena de
vida de entre la confusion y el caos, alli es donde se ensancha el
corazon, alli es donde la imaginacion cruza el espacio y rasga el velo
que oculta á nuestros ojos lo infinito.
Bella, bellísima es Granada; mas ¿faltan acaso pueblos que rivalicen con
ella en hermosura? Refléjase en las aguas del Guadalquivir una ciudad
aun árabe que fue en otro tiempo corte de los califas. No es ya la
rival de Bagdad ni el segundo santuario del Profeta; no cuenta ya en su
recinto los palacios llenos de grandeza y de poesía que dejaron atrás la
magnificencia del Oriente; no tiene ya los encantados vergeles ni los
bosques de palmeras que perfumaron sus brisas y la defendieron de los
ardores del verano; pero os cautivará aun, cuando la veais medio dormida
al pie del rio, sobre una de las mas pintorescas faldas de Sierra
Morena, á la sombra de frondosas arboledas cuyos ramages mece el viento
sobre sus viejos muros. Circúndanla aun huertas deleitosas salpicadas de
flores; báñanla arroyos cristalinos cuya sonora corriente se desliza
entre campos de verdura; cércanla á distancia montes escarpados en cuyas
cimas se destacan sobre el azul del cielo ruinas imponentes de antiguas
fortalezas. Vastos olivares cuyas ramas sucumben al peso de los frutos
cubren el suelo de su feraz campiña; álamos, naranjos, una que otra
palmera solitaria verdean entre sus monumentos abrasados por los siglos.
Tiene junto al rio un edificio grande, inmenso, coronado de almenas,
circuido de ricas ventanas de herradura, adornado de hermosas celosías,
dominado por una torre que arroja hoy á lo lejos la voz de sus campanas,
edificio medio musulman, medio cristiano que ni bien presenta el aspecto
de un templo, ni bien el de un castillo, construccion rara, heterogénea,
híbrida, donde cada pueblo ha puesto su piedra y cada estilo ha
pretendido imprimir su forma y su carácter: no cabe ya mas en
arquitectura para subyugar la fantasía y turbar nuestros sentidos.
Penetramos en él y nos creemos de repente trasportados á la region de
los sueños. Centenares de columnas de marmol sostienen los arcos de sus
bóvedas. Aquellas son todas de diferente color, estos de distinta curva.
Vése al través del ultra-semicircular el de herradura, sobre el de
herradura el de segmento, entre unos y otros la cimbra romana, la ojiva,
el arco rebajado. Enlázanse entre sí los de segmento cruzándose,
sobreponiéndose, formando varios y vistosos juegos; presentan en todas
partes rasgos de originalidad y de hermosura. Capiteles que apenas
parece haber tocado el cincel árabe, puertas de mosáico donde aparecen
pintados de colores y oro los mas caprichosos adornos bizantinos,
cúpulas levantadas sobre ligeras columnas, bóvedas de alabastro,
ajimeces de elegante calado donde la naturaleza hace oir aun voces
misteriosas, muros cubiertos de relieves de estuco, preciosos alicatados
en que de las mismas leyes geométricas se ve brotar á raudales la
armonía, objetos á cual mas bellos detienen por momentos los pasos del
viajero, que apenas acierta á contemplarlos sin que en medio de la
soledad y el silencio que le rodea crea percibir aun el dulce aliento de
los genios que crearon tan vasto monumento. Está encerrada en medio de
la mezquita árabe una catedral cristiana; y se pierde de vista entre
aquellos inmensos grupos de columnas como una cabaña entre las hayas del
bosque ó una pequeña nave entre las embravecidas olas del Océano.
[Illustration: CURVAS EMPLEADAS EN DIVERSOS ESTILOS ARQUITECTÓNICOS.
_Ojival lancetal._ _Angrelado ó de ondas._ _Trebolado apuntado._
_Ojival lúmido._ _Conopial._ _Apuntado ú ojival equilátero._
_Apainelado ó de vuelta de cordel ó carpanel._
_Ultrasemicircular ó de herradura._ _De medio punto ó plena cimbra._
_Florenzado._
_Apainelado apuntado._
_Trebolado de herradura._
_De segmento ó rebajado ó escarzano._ _Quinquefoliado._ _Remontado ó
peraltado._]
Lo que habeis visto en este alcázar árabe es bello, voluptuoso, rico;
refleja perfectamente el sensualismo oriental, la suntuosidad de los
reyes nazaritas, la imaginacion poética del musulman que siente latir su
corazon por el amor ó por la gloria; mas no es siquiera comparable con
lo de aquel templo, donde todo es magestuoso, donde todo respira
ascetismo, donde en medio de la variedad se ve campear esa misma unidad
que estableció el Profeta por base de su sistema religioso. La Alhambra
fue empezada á construir en el siglo XIII, cuando acababan de humillar
la frente bajo los estandartes cristianos las ciudades de Córdoba y
Sevilla, cuando á no ser por la audacia y el talento de un jóven
guerrero, descendiente de una de las antiguas dinastías[1], hubieran
pasado los ejércitos de S. Fernando sobre el reino de Granada como las
aguas del Mar Rojo sobre las tropas de Egipto; fue construida en una
mala época, en una época en que todo estaba ya dividido, relajado,
oscurecido por las tinieblas de la filosofía, medio destruido por el
orgullo de las sectas y los hábitos de desorden que engendra la guerra
civil y hasta las mismas luchas nacionales. El arte, que sigue la misma
marcha que los pueblos, habia ido degradándose en medio de tan graves
trastornos, y al encargarse de edificar este palacio, no supo hacer mas
que cubrirse de brillantes velos para ocultar su decadencia. Las curvas
de la Alhambra son ya vagas, exageradas, sin carácter: pasan del
semicírculo y no son ultrasemicirculares; presentan mayor profundidad en
los arranques, y no son, sin embargo, de herradura; han perdido la
sencillez que debia constituir principalmente su hermosura, y han pasado
de complicacion en complicacion hasta el arco festonado, el arco de
onda, el arco estalactítico[A]. Enjutas irregulares y sin objeto han
venido á sentarse sobre los arcos, y no constan aquellas sino de tablas
de yeso labrado separadas y sostenidas por una armazon de madera que el
tiempo va descubriendo á los ojos del artista. Las lineas geométricas
van dominando, las tradicionales perdiéndose en un confuso mar de
adornos, faltos absolutamente de sentido. Multiplícanse unos sobre otros
los relieves, distribúyense caprichosamente acá y acullá las leyendas
religiosas, repítese mil veces en las paredes de los salones y los
patios un mismo verso del Coran, un mismo mote. Reina en muchas partes
un gusto frívolo: hay en todo belleza, pero belleza de ejecucion, no esa
belleza que el sentimiento inspira. La Alhambra es hija de la fantasía,
es si se quiere un palacio encantado concebido en una noche de insomnio;
mas está lejos de ser una de esas obras en que está retratada la vida
interior no ya de una época, sino de todo un pueblo.
La mezquita de Córdoba fue empezada por Abd-el-rhaman, por aquel ilustre
vástago de la familia de los Ommyadas á quien pareció haber salvado la
Providencia del furor de los Abassydas para que viniera á cortar las
discordias que ensangrentaban el suelo de la patria. El fanatismo
religioso estaba á la sazon en todo su vigor entre los árabes: acababan
de arrastrar consigo al grito de _no hay mas Dios que Dios_ las naciones
de Asia y Africa, y se sentian con entusiasmo para ir á clavar el
estandarte del Profeta en los mas apartados límites de Europa. Eran
antes que todo creyentes: invadian los imperios con el objeto de hacer
preponderar su ley, y aun despues de mil derrotas persistian con
tenacidad en sus empresas, seguros de que habian de encontrar en el
campo de batalla el camino del Paraiso. Emancipados ya de la silla de
Oriente los que aqui vivian, sentian mas que nunca la necesidad de
recordar los templos y lugares en que estaban vinculados los recuerdos
de Mahoma; suspiraban por no poder visitar Zahara, Meca, Medina, todos
esos pueblos en que empezó á constituirse su nacionalidad y su
independencia; no deseaban mas que ver reproducida de algun modo en
Occidente la memoria de los hechos consignados alli en el pavimento de
sus mezquitas, en las piedras de sus muros y en las praderas de sus
fecundos valles. Abd-el-rhaman se propuso satisfacer esta necesidad; no
levantó ya un templo para su corte, levantó un segundo santuario para el
islamismo, levantó una mezquita que rivalizara con la de la Meca y fuese
otro lugar de peregrinacion para todo el que creyese en el nuevo
enviado de Alá sobre la tierra. Nada perdonó para que saliese su obra
llena de magestad y de grandeza: derramó sobre ella á raudales mármoles,
alabastro, cristal, oro; recogió con avidez de entre las ruinas del
antiguo imperio las columnas que adornaron algun dia los templos de los
ídolos; aprovechó todos los elementos que le ofrecia lo pasado; convocó
á los artistas árabes, á los europeos, á los bizantinos; y logró que
contribuyeran á la construccion de tan gran monumento las religiones
vencidas, las que sostenian aun la lucha con la del Profeta, los
imponentes restos de la antigüedad, la ciencia de su época. No pudo
hacer prevalecer en ella la igualdad de ornamentacion ni la de formas;
no pudo imprimir en todos sus detalles el sello de la originalidad; no
pudo arrojarla á los ojos del mundo como una construccion puramente
árabe; mas ¿quién duda que presentó en ella el mas fantástico y el mas
acabado conjunto que cabia esperar de un siglo en que dominaba sobre
vencedores y vencidos la barbarie?
Es preciso conocer á fondo la arquitectura árabe. La arquitectura árabe
no es primitiva, es derivada; pero no es tampoco posible convenir en que
sea una simple restauracion del arte antiguo. Desarrolló sobre las
líneas romanas formas caprichosas, y logró hacer desaparecer sus plagios
bajo la oriental armonía del conjunto. Adoptó, ademas de las líneas
romanas, el capitel bizantino, el abaco de los egipcios, la ojiva de los
cruzados, el ornato de los arquitectos del bajo imperio; mas combinó con
tanto acierto y novedad estos confusos elementos, que identificada con
ellos se presentó original como la mejor de las arquitecturas á que dió
origen la edad media. La arquitectura árabe es indudablemente una
paradoja: está compuesta de miembros heterogéneos y forma sin embargo un
cuerpo del todo compacto y homogéneo; apenas tiene un detalle suyo, y es
sin embargo suyo el conjunto. Es generalmente sensualista y caprichosa:
se apodera hoy de un arco, de un adorno, de una forma cualquiera, y
mañana hace ya con ella mil combinaciones; busca para mejor deslumbrar
los mármoles mas preciados, dora los capiteles, pinta el fondo de los
relieves, engasta ópalos y cornalinas en las celosías, forma con menuda
piedra los mosáicos, distribuye con profusion y de la manera mas vistosa
todos los elementos de que dispone, columnas, arcos, cúpulas y
cupulinos, almocárabes, cintas, hojas, entrelazos, flores; procura que
cada monumento tenga su perspectiva, estudia con detencion cómo ha de
sorprender los sentidos, y apela para alcanzarlo no solo al arte, sino á
la vegetacion, á la naturaleza. Llevó en su último período al estremo
este sensualismo; mas no en el primero, en que procuró conservar siempre
un carácter esencialmente religioso. Las columnas de sus mezquitas
aparecen casi entre tinieblas; los ajimeces no derraman sobre ella mas
que una luz dudosa. Sus techos de cedro son bajos y de sencillos
artesones; sus ricas capillas de mosáico y oro estan cubiertas de
misterio. Sus ostentosos mihrabs respiran la mayor magnificencia y
hermosura; pero yacen tambien en la oscuridad y no es posible distinguir
sus detalles sino á la luz de la lámpara que baja del centro de la
bóveda. La mayor parte de los capiteles no estan mas que bosquejados; la
ornamentacion es severa; las inscripciones escritas en las portadas
encierran casi siempre un sentido muy profundo. Las paredes son muros
almenados, ceñidos de torreones; los patios, vastos cuadros en que crece
cuando mas el arrayan á las orillas de un estanque. Llevan las fachadas
bellísimos relieves; pero está muy lejos de respirar la suntuosidad del
interior, donde el arte desarrolla el inagotable tesoro de sus variadas
y caprichosas formas.
El primer período de esta arquitectura corresponde á la época religiosa
de la historia de los árabes: ¿cómo podia el artista, que vive de la
vida de su siglo, dejar de inspirarse en los libros sagrados, ni dejar
de obedecer á la irresistible fuerza de las creencias nacionales? Toda
religion es en sus principios misteriosa y sombría: señala con la mano
el cielo y hace olvidar la tierra; preocupa con la idea de una vida
futura el entendimiento y arroja al hombre en el mas ascético
estoicismo. Personifica en Dios mas el poder que el amor, mas la
justicia que la misericordia; le presenta colérico y dispuesto á
precipitar al fondo de los abismos á cuantos no hayan concentrado en él
su corazon y su inteligencia; impone los ánimos por medio del terror, y
convierte á los pueblos mas bien que en creyentes, en esclavos de la
creencia. El mahometismo procedió del mismo modo; y el arte, aun
disponiendo de elementos llenos de gracia y de belleza, no pudo menos de
comunicar severidad á la mayor parte de sus obras. Relajóse algo despues
el esclusivismo; mas la arquitectura lejos de sentir esta relajacion,
fue aun mejorando y armonizando mas y mas sus formas, fue dulcificando
su carácter, fue embelleciéndose y procurando con mayor ahinco cautivar
los ojos y la fantasía. No decayó sino mucho mas tarde, cuando ya
quebrantada la unidad política quedó minado por su base el sistema del
Profeta, cuando no era ya la religion mas que un vano simulacro, cuando
cada valí aspiraba á la corona y cada árabe se creía con derecho para
levantar un rey sobre su escudo. Siguió aun entonces ataviándose; pero
con adornos frívolos, con esos adornos de la Alhambra, bellos y
brillantes, sí, pero falsos, poco artísticos, destituidos los mas, si no
de gusto, de sentido. No es solamente en la Alhambra donde debe ser
estudiado el estilo de los árabes; merece ser estudiado en Sevilla, y,
mas aun que en Sevilla, en Córdoba, en esa Córdoba medio musulmana aun
despues de haber pasado sobre ella la tea de las discordias civiles, la
espada de los reyes cristianos, el hacha de las revoluciones y el pico
de la ignorancia y la barbarie. El Alcázar de Sevilla es casi una
reproduccion del de Granada; mas la mezquita de Córdoba, ademas de ser
un monumento del todo original en su género, es el álbum en que está
consignada toda la historia del arte árabe, es la obra en que cabe
seguir paso por paso la infancia, la virilidad, hasta la decadencia de
ese estilo oriental que tanto os habrá hecho gozar y soñar en medio de
estos encantados salones que perfuma aun el aliento de las flores, anima
el murmullo de las fuentes, poetiza el recuerdo de los hechos en ellos
ocurrídos y cubre de interes la tradicion y la leyenda.
Ameis la naturaleza ó ameis el arte, conviene que dejeis ya estos
lugares donde tanto habeis sentido el placer y la melancolía. En Granada
apenas habeis admirado mas que el genio de los árabes: no habeis
penetrado en el seno de ninguna de esas catedrales góticas en cuyas
altas y oscuras bóvedas se pierden las miradas del hombre, ni atravesado
el umbral de ninguna de esas capillas bizantinas creadas por la sombría
imaginacion del sacerdote; no habeis recorrido en silencio ruinas de
pueblos sepultados bajo sus escombros, no habeis encontrado monumentos
donde os fuese licito evocar el espectro de esos temidos héroes del
Imperio, cuyas figuras se destacan brillantemente sobre las nieblas de
tan remotos siglos. Sevilla os mostrará una catedral gótica y templos
bizantinos; Itálica ruinas de que estan brotando aun torrentes de
poesía, ruinas medio cubiertas de musgo en que la fantasía cree
distinguir aun la sombra de los emperadores cuyas _cunas de marfil y
oro rodaron_ dentro los muros de aquella ciudad famosa. Jerez os
manifestará al través de una puerta del renacimiento sus ricas naves en
ojiva, cuajadas de molduras desde el pavimento hasta la bóveda;
Sanlucar, su castillo y los restos de un palacio donde murieron los
últimos rayos del sol de la edad media. Marchena y Utrera no os hablarán
ya de esas épocas lejanas sino en sus muros y en una que otra iglesia;
pero os asombrarán con sus gigantescas fachadas del siglo XVI, páginas
en que se presenta unido el misticismo del arte cristiano con la
magestad y la grandeza del que floreció en tiempo de los Césares.
Castillos, alcazabas, torres llenas de recuerdos se os ofrecerán á cada
paso: á cada paso podreis volver los ojos á ese pasado por que sentís
tanto entusiasmo. Veredas abiertas bajo las copas de árboles frondosos,
dilatadas llanuras en que vereis ondear las mieses al soplo de las
brisas, yermos en que podreis contemplar el mar por entre bosques de
sombríos pinos, rios en cuyas orillas pacen innumerables rebaños y estan
sentados pueblos risueños y pintorescos á la sombra de los naranjos,
mares cuyas playas estan ocupadas por puertos y arsenales de antigua
nombradía os conducirán á estas ciudades notables por sus monumentos; y
admirareis alternativamente aqui la mano del hombre amontonando piedra
sobre piedra, cortándola, cincelándola, dándole significacion,
pensamiento, vida; alli la mano de Dios dirigiendo el curso de los rios
y deteniendo las olas del Océano, cubriendo de vegetacion campos y
colinas, haciendo brotar bosques hasta en el fondo de los arenales,
prestando al viajero árboles que le defienden contra los ardores del
verano y al marino puertos que le salven del furor de las borrascas. La
industria está casi muerta en Granada: los árabes que la cultivaban
estan para siempre proscritos y han llegado á perder hasta el recuerdo
de ella en medio de su postracion y su miseria; en Cádiz, en Sevilla, en
la Carraca la vereis como en Cataluña armada de sus cien brazos, aqui
arrojando al mar buques que mas tarde han de imponerle silencio con la
boca de sus cañones, alli fundiendo el hierro y haciéndolo bajar como
una corriente de fuego desde lo alto de la fragua, acullá sujetando cien
telares á la accion del vapor, agente universal de nuestro siglo. La
industria es una lucha eterna entre el hombre y la naturaleza, es la
aplicacion y la multiplicacion de las fuerzas ocultas en el seno del
mundo, es la continuacion del mundo mismo, el complemento de la obra de
Dios: si os sentís inspirado á la vista de un templo ó de un palacio,
¿cómo no ha de enardecerse vuestra fantasía y latir vuestro corazon al
presenciar esos espectáculos sublimes en que la inteligencia humana
subyuga y hace servir en su provecho todos los elementos que le rodean?
Dejad estos silenciosos lugares en que el hombre yace en un triste
abatimiento; seguid como habeis seguido hasta ahora nuestras huellas. El
hombre, la naturaleza, Dios son el triple objeto de vuestra alma: romped
el encanto que os detiene en esta bellísima comarca: quedan aun
ciudades, paisages, talleres, monumentos donde podais ver la divinidad
creando, la naturaleza obedeciendo á leyes inviolables, la humanidad
arrancando el secreto de estas mismas leyes y utilizándolas hoy para
surcar los mares, mañana para cruzar el espacio en alas de los vientos,
al otro dia para disipar con una sola luz las sombras de la noche.
Oyónos al principio nuestro viajero como absorvido en una meditacion
profunda; mas fue animándose poco á poco al eco de nuestras últimas
palabras. Ya que hubimos concluido guardó aun algunos momentos de
silencio: parecia que mil ideas contrapuestas luchaban en su frente y
que no sabia por dónde empezar á desarrollarlas. «He visto tambien, dijo
al fin, bajar el metal fundido en torrentes de viva lumbre; he visto
inmensas máquinas de hierro moviéndose á la accion del vapor como á
impulsos de una voluntad secreta y misteriosa; he contemplado de noche
esas fantásticas locomotoras que atraviesan el espacio con la rapidez
del rayo; he visto con asombro la electricidad disipando las tinieblas y
trasmitiendo á largas distancias nuestros pensamientos; he visto la
naturaleza reproduciéndose á sí misma en el oscuro fondo de una
_cámara_; he seguido con los ojos al audaz viajero que se atreve á
rasgar en un fragil globo el seno de las nubes; he sido espectador de
todas las maravillas del siglo. He sentido en aquellos instantes
entusiasmo, he concebido ideas de orgullo, he elevado el hombre á la
altura de ese ser infinito que gobierna el mundo; mas no bien he vuelto
á fijar las miradas en la creacion, cuando he conocido mi error y he
adorado de nuevo la armonía de esos astros que ruedan eternamente dentro
de sus órbitas, la de esta tierra que rueda, gira y oscila sordamente
bajo mis plantas, la de ese mar prendido en ella como un manto, la de
ese sol al rededor del cual siguen centenares de mundos su veloz
carrera. Las obras del hombre me conmueven; las de Dios me imponen, me
turban, me confunden. He subido con vosotros á los montes que levantan
sus cúspides mas allá de las nubes; no he podido menos de doblar la
rodilla sobre aquellas altas cumbres. El silencio que ha reinado en
torno mio, los pueblos que he visto en la llanura parecidos á pequeños
rebaños que estan paciendo entre la yerba de los prados, las lejanas
nieblas, las sierras coronadas de nieve que han terminado mi horizonte,
el mar, el cielo, todo ha anonadado mi espíritu y me ha hecho reconocer
el dedo de un Ser superior ante el cual debia prosternarme y sentir la
frivolidad de mi existencia. Me visteis ya al borde de los precipicios,
junto á las cascadas, al pie de los torrentes: he pasado horas enteras
sobre el musgo de una roca oyendo el murmullo de las aguas y
contemplando el tenebroso fondo del abismo. Me he detenido
involuntariamente al cruzar un bosque de abetos; me he estremecido sin
querer al pasar por un bosque de pinos. El silbido del viento entre las
ramas de esos árboles salvages ha tenido siempre para mi algo de
siniestro y de profundamente religioso, que ha arrojado mi ser en la
inquietud y la zozobra. He tenido ocasion de ver las copas de las hayas
flotando sobre un mar de nieblas, he visitado las solitarias orillas de
los sumideros, he recorrido cuevas donde jamas entró la luz del dia, he
contemplado desde lo alto de los cerros las aguas silenciosas de las
lagunas; y he creido distinguir aun en todos estos lugares los seres
fantásticos de que los cubrió la poética imaginacion de la edad media.
La tempestad me ha hecho reconocer á Dios cabalgando en la nube que
lanza el rayo, en la ola que se encrespa y sube al cielo, en el huracan
que troncha los árboles del bosque, en el témpano que rueda hácia el
abismo arrastrando consigo cuanto encuentra al paso. Hasta la soledad,
el páramo, el desierto me impresionan vivamente: la naturaleza es alli
menos bella pero mas sublime. He cruzado en una de las mas claras noches
de verano una llanura yerma y erizada de peñascos: he creido encontrarme
en el imperio de la muerte. Cada peñasco me ha parecido una fantasma, y
me he estremecido hasta al ver mi sombra apareciendo y desapareciendo
sobre cada una de las rocas. No hay espectáculos como los de la
naturaleza para que el hombre sienta: al revolver de cada encrucijada,
al trasponer de cada monte esperimentan una revolucion el alma y los
sentidos. En las verdes y risueñas colinas cuyo pie bañan las aguas de
un arroyo, en esos dulces y apacibles valles á que dan sombra esbeltos
álamos y ligeros chopos, al pie de esas fuentes que murmuran bajo los
caidos ramajes de los sauces, en medio de la pradera y la enramada late
el corazon de amor, el pensamiento vuela hácia los seres mas queridos,
suspiramos por tenerlos á nuestro lado y gozar con ellos de aquellos
paisages deliciosos. Vemos largas y dilatadas llanuras; y recordamos al
punto hechos de guerra, batallas sangrientas, ejércitos que se estrellan
contra otros ejércitos como las olas del mar contra la playa. Trepamos á
la cumbre de los cerros, ensanchamos ilimitadamente el horizonte,
dominamos aldeas, pueblos, ciudades; y si la idea de la grandeza de Dios
no nos abruma, sentimos crecer por instantes la ambicion, lamentándonos
quizás de no poder subyugar tan vasto espacio. Todo habla al hombre en
la naturaleza: todo dispierta en él ideas que no se borrarán jamas de su
memoria. Los monumentos hablan tambien y reflejan en sus piedras lo
pasado; mas las obras de cada estilo tienen un mismo lenguaje y he oido
ya la voz de todos los estilos. Dejaré esta encantada comarca de
Granada; mas no ya para recorrer alcázares y templos, sino para ver ese
Guadalquivir que fecunda los campos de Córdoba y Sevilla, ese Océano sin
fondo que azota las murallas de la ciudad de Cádiz, ese sol que baja
alli al fondo del mar ceñido de una corona de tinieblas. ¿Qué puedo ver
ya en los monumentos de aquellas tres ciudades? He visitado en Ripoll el
monasterio de los monasterios bizantinos, en Toledo la catedral de las
catedrales góticas, en Granada el alcázar de los alcázares construidos
por el moro: ¿qué significacion pueden tener al lado de esos colosos la
catedral y el alcázar de Sevilla? Habeis hablado de castillos, de muros
y torreones llenos de recuerdos: ¿dónde he de encontrar ya ni la sombra
de los de Almería? Ve uno condensados alli los siglos sobre cada torre,
escrita la historia de toda la edad media sobre cada almena. Hablásteis
tambien de ruinas: ¿mas qué ruinas podrán compararse con las de
Iliturgis, grandioso sepulcro de todo un pueblo de héroes, con las de
Tarragona, en cuyos restos imponentes se descubre aun la que fue corte
de la mitad de España?»
Cada monumento, le contestamos, tiene su vida propia; cada ciudad, su
historia. Las obras de cada estilo tienen un mismo lenguaje; mas no hay
una obra que en ese lenguaje no anuncie distintas ideas, no hay en ella
elementos en que no esten consignados nuevos hechos. El arte está en un
perpetuo movimiento: hoy no es lo que ayer, por mas que ayer y hoy
obedezca á las mismas causas y no pueda apelar á otros recursos. No hay
dos monumentos iguales sobre la faz de la tierra: aun los que ha
concebido una misma imaginacion y producido un mismo sentimiento, tienen
en sí algo que los caracteriza y los distingue. El alcázar de Sevilla es
hijo de la misma época que la Alhambra, es una imitacion, es hasta
cierto punto una reproduccion de la Alhambra misma; mas tiene un
carácter peculiar, distinto, muy distinto del de su modelo. Hay algo en
él de misterioso y sombrío que nos hace olvidar pronto el alegre y
voluptuoso palacio de Granada, que nos preocupa, que se apodera de
nuestra alma, que fija y absorve nuestra atencion en una historia
lúgubre y sangrienta escrita por las tradiciones de cuatro siglos en las
galerías, en los salones, en los patios, hasta en los jardines. El
espectro de un rey que en medio de la exageracion de sus sentimientos
llegó á confundir la crueldad con la justicia, las sombras de víctimas
sacrificadas de una manera aterradora flotan aun á nuestros ojos en lo
alto de las bóvedas; y no parece sino que lo vemos todo al través de un
velo fúnebre. Hay en él mas variedad de arcos, mas perspectiva, mas
efectos de luz, mas contrastes de claro-oscuro: hechos todos que
contribuyen á aumentar la ilusion que al principio se concibe, á escitar
mas y mas la fantasía, á dar un aire mas vago y misterioso á aquel
palacio. Brillan entre los adornos árabes algunas líneas del arte
cristiano: vése aqui un capitel medio corintio, alli una ojiva, mas acá
una serie de retratos de reyes que corre como una orla al rededor de una
techumbre ricamente artesonada, mas allá una figura de relieve que
levanta sus miradas hácia un cráneo, simbolo al parecer de un suceso que
ocultó la historia; y hasta esa mezcla de estilos sirve para darle mas
originalidad y comunicarle un interes que buscariamos inútilmente en los
mas tristes y mas apartados salones de la Alhambra. Al través de sus
ajimeces se descubren por un lado jardines solitarios, por otro las
caladas agujas y la torre de una catedral sombría: nada, absolutamente
nada hay en él que pueda distraer la imaginacion del fantasma que ya al
entrar se ha concebido.
La catedral no tendrá quizás el vistoso conjunto de otras catedrales;
mas apenas la distingue desde las aguas del Guadalquivir el artista que
va de Cádiz á Sevilla, cuando la contempla ya como una obra original en
su estilo, y suspira por abarcar de cerca su misterioso y tétrico
conjunto. Está adosada á una de las mas imponentes torres árabes,
erizada de pirámides y agujas, perforada, calada, ataraceada, cubierta
de fachadas y coronada de gárgolas, embellecida por un patio de naranjos
que refleja aun el islamismo. Es en su interior grande y sencilla,
sobria de adornos, mas llena de magestad que de delicadeza, homogénea,
compacta, bella. No abunda en detalles; pero reune en sus capillas las
mejores obras de pintura, en su presbiterio las mejores obras de
escultura. Es toda ella un poema, un libro de piedra en que estan
escritas con los mas brillantes caractéres la ley de Moisés y la de
Cristo, las escenas de la vida de los patriarcas, los profetas, los
apóstoles, la Vírgen, el Redentor del mundo. Los últimos rayos del sol
mueren en otoño al pie del Crucifijo que corona su inmenso tabernáculo:
no hay conjunto como el que entonces se ofrece al que está situado en
una estremidad de su crucero. Los cristales de las ventanas son todos de
colores; la luz que pasa por ellos ilumina de la manera mas fantástica
aquel lúgubre madero. Uno que otro reflejo hiere desigualmente las
bóvedas, los haces de columnas, el pavimento, el coro; aparece el
tabernáculo en la oscuridad, lo demas del templo envuelto en vagas y
confusas sombras. No es ya posible detener la imaginacion: vuela al
Calvario y ve en todo su horror el final de aquel sangriento drama en
que un hijo de Dios muere por la humanidad como un esclavo. En la parte
posterior del presbiterio, allá en lo alto hay una doble línea de
estátuas ennegrecidas por los siglos: se conmueve, se estremece el
cristiano al verlas á la luz del crepúsculo suspendidas en el muro.
Vuelve los ojos, y bajo una bóveda, cuajada tambien de figuras, ve un
sepulcro, un cetro y una corona sobre la losa, una que otra bandera;
comprende que está alli enterrado un héroe y dobla involuntariamente la
rodilla. Yace dentro de aquel sepulcro S. Fernando.