se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de
cuyos palos contemplaban llenas de susto á los dos hombres que tan
acerbamente discutían. Cansadas al fin del escondite, empezaron á
reñir una con otra. Ramona dió un bofetón á su compañera.
«¿Qué niñas son éstas?--dijo el Marqués vivamente.--¿No es aquella
rubia la nietecilla del Marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...
--Sí. Monina, ven acá.
--¿No está aquí Suertebella?
--Aquí cerca.
--Ya...»
El Marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el
juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un
pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con
las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz
extraña. ¡Oh! Sí: él, él también tenía su idea, y no la cambiara por
otra alguna.
«Adiós,--dijo secamente á su yerno, poniendo una cara muy seria, tan
exageradamente seria que parecía cómica.
--Pues adiós,--replicó León con calma.
--Nos volveremos á ver y hablaremos de las leyes morales--añadió D.
Agustín.--Hablaremos también de la desgracia de mi hija, del abandono
de mi hija, del honor de mi hija. Esto es muy serio.»
Y se crecía, se crecía de tal modo, que ya no cabía en la cajilla, ni
en el vaso, ni en el sillón, y hasta el cuarto parecíale pequeño para
contener su gigantesca talla.
«Hablaremos ahora.
--No... necesito calma, mucha calma. Mi hija debe ponerse al amparo
de las leyes. Voy á comunicar mi pensamiento á la familia... El
asunto es gravísimo. ¡Mi honor!...
--¡Ah! Su honor de usted--dijo León riendo.--Bien: le buscaremos, y
cuando parezca, hablaremos de él... Adiós.»
Tellería se retiró. Aunque apenadísimo por el mal éxito de su
tentativa pecuniaria, se sentía orgulloso, hinchado. Algo muy grande
sentía dentro de sí que dilatándose le hacía crecer de tal modo,
que ya no cabía en la escalera, ni en el portal, casi no cabía en
la calle, ni en el campo, ni en el universo. Era su idea, que entró
casi invisible y crecía dentro, sugiriéndole con fecundidad asombrosa
otras mil ideas subordinadas, las cuales le halagaban, poniéndole á
él muy alto y á los demás muy bajos. Qué bueno es tener una idea,
sobre todo cuando esa idea nos consuela de nuestra infamia con la
infamia de los demás, haciéndonos exclamar con orgullo:
«¡Todos somos lo mismo, lo mismo!»
FIN DEL TOMO PRIMERO
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
Es propiedad. Queda hecho el
depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no
lleven el sello del autor.
Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
(Primera época.)
LA FAMILIA
DE
LEÓN ROCH
TOMO II
30.000
[Ilustración]
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
1920
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
SEGUNDA PARTE (CONTINUACIÓN)
X
Razón frente á pasión.
Al día siguiente recibió León un anónimo, después la visita de dos
amigos que le comunicaron algo muy interesante, pero también muy
penoso para él, y á consecuencia de esto pasó en gran desasosiego el
día y en vela la noche. Levantóse temprano y anunció á Facunda que
se marchaba; una hora después, dijo: «No: me quedo, debo quedarme.»
Por la tarde salió á pasear á caballo, y al regreso envió un recado
á Pepa, diciéndole que deseaba hablar con ella. Desde el día en que
se supo la noticia de la muerte de Cimarra, León no había visto á la
hija del Marqués de Fúcar sino dos ó tres veces. Un sentimiento de
delicadeza le había impedido menudear sus visitas á Suertebella.
Recibióle Pepa poco después de anochecer en la misma habitación
donde Monina había estado enferma y moribunda. La graciosa niña,
medio desnuda sobre la cama, se rebelaba contra la regla que manda
dormir á los chicos á prima noche, y sin hacerse de rogar como otras
veces, contaba todos los medios cuentos que sabía, y decía todas
sus chuscadas y agudezas; empezaba una charla que concluía en risa,
y castigaba á su muñeca después de darla de mamar; saludaba como
las señoras, y con sus dedillos hacía un aro para imitar el lente
monóculo del Barón de Soligny. Después de mucha batahola, vacilando
entre la risa y una severidad fingida, Pepa logró hacerla arrodillar,
cruzar las manos y decir de muy mala gana un hechicero Padrenuestro,
mitad comido, mitad bostezado. Siguió á esta oración el _Con Dios
me acuesto, con Dios me levanto_, y como si esta ingenua plegaria
tuviese en cada palabra virtud soporífera, Monina guiñó los ojos,
cerró sus párpados con dulce tranquilidad, y murmurando las últimas
sílabas, quedóse dormida en los brazos del Señor. Después que ambos
la contemplaron en silencio durante largo rato, León la besó en la
frente.
«Adiós, nena,--dijo con cierta emoción.
--¿Y por qué adiós?--preguntó Pepa muy inquieta.--¿Te vas?
--Sí.
--Me avisaste que querías hablarme.
--Despedirme.
--¿No estás bien aquí?
--Demasiado bien; pero no debo estar.
--No te comprendo. ¿Te has reconciliado con tu mujer?
--No.
--¿Vas al extranjero?
--Tal vez.
--¿A dónde?
--No lo sé todavía.
--Pero avisarás, escribirás, dirás: «estoy en tal parte.»
--Es posible que no te diga nada.»
Pepa miró torvamente al suelo.
«Es necedad que tú y yo hablemos con medias palabras y con frases
veladas y enigmáticas--dijo León.--Hace algunos meses que hablamos
como los que ocultan una intención perversa. Si hay maldad, mejor
estará dicha que hipócritamente ocultada. Es preciso decirlo
todo. Desde que perdí completamente las ilusiones de mi bienestar
doméstico, frecuento tu casa; quizás, ó sin quizás, la he
frecuentado demasiado en este tiempo. Mi soledad, mi tedio mi anhelo
de saborear la vida de los afectos, hacíanme buscar ese arrimo que
al alma humana es tan necesario como el equilibrio al cuerpo. Yo
estaba helado; ¿qué extraño es que me detuviera allí donde encontré
un poco de calor? Empecé admirando á Monina y acabé por adorarla,
porque yo tenía, más que afán, rabiosa sed de afectos íntimos, de
amar y ser amado. ¡Es tan fácil hacerse amar de un niño!... Yo sentía
en mí afanes imperiosos de deleitarme en cosas pueriles, de poner
mi corazón, vacío ya de grandes afecciones, bajo los piececillos de
un chicuelo para que lo pateara. No sé cómo explicártelo... presumo
que tú comprenderás esto. Se me figura que lees en mí, así como
tú no me eres, no, desconocida. Me parece que hace tiempo estamos
representando una comedia...
--Yo no represento jamás,--dijo Pepa con aplomo.
--Pues yo tampoco. Oye lo que ha pasado en mí. Yo me sentía solo
en mi casa, solo en la calle, solo en medio de la sociedad más
bulliciosa, solo en todas partes menos junto á tí. Una fatalidad...
Pero no demos este cómodo nombre á lo que es resultado de nuestra
imprevisión y nuestros errores... digamos que la situación creada
por nosotros mismos nos impedía declarar con la frente alta un afecto
del corazón... Ambos éramos casados.
--Sí,--dijo con serenidad y firmeza la de Fúcar, como si ella
hubiera ya pensado muchas veces aquello mismo, y considerándolo bajo
infinitos aspectos.
--Ahora ya tú no lo eres; yo sí. La situación es casi la misma. Pero
tu viudez me ha hecho más insensato... Yo no debo estar aquí, y sin
embargo estoy; y cuando veo ese color negro de tus vestidos y del
vestido de Monina, siento en mí no sé qué horrible levadura de osadía
y sacrilegio; lucho por ahogarla y callarme; pero tú misma, con
una fuerza de atracción de que apenas te das cuenta, me obligas...
no puedo decirlo de otro modo, me obligas á decirte que te amo,
que te amo desde hace tiempo... No tengo fuerzas ni palabras para
maldecir un sentimiento que en mí ha nacido de este lúgubre destierro
doméstico en que vivo, y en tí... no sé de qué.
--Nació conmigo--afirmó Pepa, que apenas respiraba.--Me has dicho
una cosa que presumía mi corazón... ¡Pero oírtela decir... oir de
tu misma boca, aquí, delante de mí... donde sólo Dios y yo podemos
oirlo!...»
Le faltó la voz. Transfigurada y sin color como el moribundo, no pudo
hallar para el desahogo de su alma lenguaje más propio que apoderarse
de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.
«Hemos llegado á una situación difícil--dijo él.--Afrontémosla con
dignidad.
--¿Situación difícil?--indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa,
como si la situación le pareciera á ella muy fácil.
--Sí; porque á estas horas somos víctimas de la calumnia.»
Pepa alzó los hombros, como queriendo decir: «¿Y qué me importa á mí
la calumnia?
--Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir á
vivir tan cerca de tí.
--¿Falta? ¿Falta venir aquí?--dijo la dama dando á entender que si
aquello era falta, también lo era la salida del sol.
--Falta ha sido. Te advierto que yo, á quien muchos tienen por hombre
de entendimiento, me equivoco siempre en las cosas prácticas.»
Pepa indicó su conformidad con aquella idea.
«Mi último error ha desatado la lengua á la maledicencia, ¡Pobre
amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que á los dos meses de
viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos
injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un
odioso trabajo retrospectivo, dando á nuestras relaciones criminales
un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.
--¿Cuál?
--Que Monina es hija mía.»
Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda
afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente,
no sabemos de qué modo, dijo:
«Pues bien: cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no
debemos afligirnos por ella.
--¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede
estrellarse?--le dijo León con serenidad.--¿Lo sabes tú? Pues es la
inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, ó mejor
dicho, parcial. Las hablillas que nos agobian llevan en sí algo de
fundado: se equivocan sólo en los hechos. Mienten cuando dicen que
soy tu amante y que vivimos juntos; pero aciertan cuando dicen que te
amo. Mienten cuando dicen que Monina es hija mía; pero...»
Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de
la boca para exclamar con júbilo:
«Pero aciertan al decir que la adoras como su fuera tu hija: lo mismo
da.
--La calumnia se equivoca en los hechos; pero á falta de hechos hay
intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que
somos inocentes?
--No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre
mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de
justicia--afirmó Pepa con acento patético.--¡La miro con menos horror
del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que
podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!...
Tú eres una persona de rectitud y de conciencia; yo no lo soy. Estoy
acostumbrada á cultivar, acariciándolos en el secreto y en la soledad
de mi alma, sentimientos contrarios á mi deber; yo soy una mujer
mala, León; yo no merezco ese afecto tardío que sientes por mí; yo
soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso
que tú tienes á la calumnia.
--Pepa, Pepa, no hables de ese modo--dijo León estrechando la mano de
su amiga.--No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma,
cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos
mis afectos.
--¡Oh! Si no te gusto así--replicó la de Fúcar en un tono de
amargura y dolor que obscurecía sus palabras,--¿por qué no viniste á
tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué
elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa
pasión, tan propia y tan digna de tí! Si hubieras venido á tiempo,
dignándote agraciar con una palabra de amor á la voluntariosa, á
la pobre loca, á la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías
descubierto, tesoro íntegramente reservado para tí y que en tus manos
habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo era una
calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no
querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos
gratos sino en las manos para que se creía nacido. Fuera de mi dueño
natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora
si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy
escaso sentido moral. Yo he llevado una vida de lucha incansable y
espantosa conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me
rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este
desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en
desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo
guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista
como tú; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón
está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde á
sí mismo; no creo al mundo con derecho á exigirme que me atormente
más, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de
la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas
viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de
lo mucho que me debes, queriéndome un poco.»
No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y rompió á
llorar.
«Mi necio orgullo--dijo León, más bien acusándose que
defendiéndose,--nos hizo á entrambos desgraciados. ¡Que aquel
desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los
infortunios ocasionados por mi error sean para mí!
--No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fué
tuya. Yo no tenía más cualidad buena que la de quererte; yo hacía
locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además
era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes á mí, después
de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!»
Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un
gesto de pavura, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó
sordamente:
«¡Tu mujer vive!»
No encontró León palabras para comentar ni para atenuar la terrible
elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.
«¡La hermosa, la santa, la perfecta!...--añadió Pepa con
júbilo.--¿Pero no es así más grande mi triunfo? Has venido á mí, la
abandonas.
--No, no...--dijo León vivamente.--Yo he sido abandonado. Yo he
querido á mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta
ahora, hasta ahora que lo he roto.
--Bien roto está--afirmó la de Fúcar briosa.--¿Por qué temes el fallo
de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?
--Pepa, amiga querida, tu despreocupación me causa miedo.
--Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral: lo perdí, me lo
quitaste tú con la última ilusión. Perder toda ilusión ¿no equivale á
ser mala? Yo fuí mala desde aquella noche horrenda en que la última
esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma dejándome
yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en
mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado á un
río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice. Si al menos
hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era
un salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias
deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios.
¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El
despecho me inclinaba á entregar al menos digno lo que yo reservaba
para el más digno. ¿No había podido obtener el primero? Pues me
entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar?
Pues lo mismo quería hacer conmigo. ¿De qué servía mi pobre ser
despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien!
eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer al más
cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero!
Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, á la
joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad, se le
abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación
decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil, y seré libre.» ¡Pero
no pensé en mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo
que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas
las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en
la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu
honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía
abofeteada por tu honradez, y que á veces mi alma se encariñaba con
la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluído.
Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo
que nunca había yo conocido, tranquilidad. Cuando á mi lado crecía
Monina, yo adquirí por don milagroso cultura de espíritu, sensatez,
amor al orden, sentido común. Fuí otra, fuí lo que hubiera sido
desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado á la paz
y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de
aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan
buena como debería serlo: hay en mí un poco, quizás mucho, de falta
de temor de Dios; no me hallo dispuesta á sacrificar mis sentimientos
á las leyes que tanto me han martirizado, y así te digo: libre soy,
libre eres...
--Yo...
--Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has
sido abandonado?
--Sí.»
Vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.
«¡Oh, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre
yo!--exclamó Pepa con desesperación.--Bien, bien.
--Abandonada no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo
debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y
temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.»
Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma á lo que iba á
decir.
«Soy casado. No amo á mi mujer ni soy amado por ella; somos
incompatibles; entre los dos existe un abismo; nos separa una
antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado á ser extraña
para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi
mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría
matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la
separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino
la religión. ¿De qué acuso á mi mujer? De que es fanática creyente
en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A
veces viene á mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla
de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo á llamar
demencia á la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede
determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el
límite entre la piedad y el fanatismo.»
Al expresarse así en frases entrecortadas y preguntas y respuestas,
la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era
como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.
«Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio como lo
es la fidelidad--añadió;--pero no ha escarnecido ni llenado de befa
mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me
declare libre?
--Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el
matrimonio.
--Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro á mi
conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella?» Así
como ella tiene creencias que la impelen á aborrecerme, ¿no tengo
yo también otras que me la hacen aborrecible? ¿Por ventura no seré
también fanático?
--¡Tú no: ella, ella!--afirmó Pepa con encono.
--En el extremo á que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es
más culpable? María es incapaz de toda acción verdaderamente
deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero su fidelidad
no puede ponerse en duda. A mí no me ama; pero tampoco á otro. ¿Por
ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?»
Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar
salida á aquel dédalo terrible.
«Y en caso de que pueda declararme libre--dijo al fin,--no puedo
unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni
por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de
mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no
hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral
en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente
podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia
nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima...
hijos deshonrados y sin nombre... No creas tú que al hablarte así
y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco á las
hablillas de Madrid, ni que me fundo, para tratar de ilegitimidad,
en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta
cuestión tremebunda: obedezco y atiendo á mi conciencia, que tiene
el don castizo de hacerme oir siempre su voz por cima de todas las
otras voces de mi alma. Interroga tú también á tu conciencia...»
Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y
sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:
«Mi conciencia es amar.»
Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios
de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y
habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se
veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida
calenturienta y tenebrosa de la imaginación.
XI
Esperar.
«Represéntate--le dijo León,--todo lo que hay de odioso y de
disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos
sin nombre... la imagen siempre presente de la que...
--No la nombres... te repito que no la nombres--dijo Pepa, procurando
que su enojo no pareciera muy violento.--Su fanatismo loco la
excluye, la excluye.
--¿Y si también yo soy fanático?
--No importa.
--Bien: contra la turbación que á tu mente y á la mía pueda traer esa
idea, hay un remedio.
--¿Cuál?
--Esperar.
--Esperar--murmuró la de Fúcar moviendo la cabeza, en cuyo centro
la palabra esperar retumbaba con eco lúgubre.--¡Esperar, ese es mi
destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino
un tormento.
--¿Ves ese ángel?--le dijo León señalando á Monina, que dormía muy
ajena á la tempestad que arrullaba su sueño de pureza.--Pues ahí
tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas y tu
despecho, aún no extinguido, te empujen por una senda extraviada, pon
en el pensamiento á tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que
cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te
lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia
parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre un
reflejo de la verdad absoluta.
--¡Es verdad, es verdad!--exclamó Pepa rompiendo en llanto.
--Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si
sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera á tu hija ya
crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que
una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de
la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el trastorno de su
conciencia pura cuando le digan: «tu madre no esperó á que pasaran
dos meses de viudez para tomar por amante á un hombre casado, al
esposo de una mujer honrada.»
--¡Oh! no, no--gritó Pepa con súbita indignación.--No le dirán eso.
--Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no
habrá de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la
influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los
hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral
retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.
--Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma
virtud,» dijo Pepa con brío, anegada en lágrimas.
Callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los
brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura
que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron
largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en
el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de
mi vida, soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de
que puedo darte á quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi
pensamiento.»
Después se apartaron de la cama donde dormía la pequeñuela. Pepa se
sentó en un ángulo de la sala.
«Ya es hora de que me retire,--indicó León.
--¿Ya?» murmuró la dama con sorpresa y temor, acariciándole con su
mirada.
León iba á decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido
pasos. El Marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de
despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver á León
manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la
visita.
«Pues qué, ¿está mala la chiquilla?
--No, papá. Está buena.
--¡Ah!... Me figuré...»