Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una

dama sobre cada rodilla, les dijo:

«¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru?»

Lorenzo había desaparecido.

«Ese es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara

á perder,--dijo Facunda.

--Guru, Guru--gruñeron las dos á un tiempo, descargando sobre su

ínclito amigo la responsabilidad del espantoso crimen.

--Ese pícaro Guru... Como le coja aquí...»

Monina, perdido ya el miedo y sustituído por el descaro, tiraba de

las barbas á León.

«¡Eh, eh!... que duele, señorita.

--_Lice_ Tachana--tartamudeó Monina,--_lice_ Tachana...

--¿Qué dice Tachana?

--Que tú _é_ mi papá.

--No--dijo León mirando á Tachana, que se comía una mano.--Yo no soy

su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices

que yo soy tu papá?

Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana: «_Poque lo ició_ mi

mamá.»

Monina, cuyo carácter era en extremo jovial, y que cuando cogía un

tema no lo dejaba hasta marear con él á Cristo Padre, prorrumpió en

risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los

pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco ó

treinta veces:

«Que tú _é_ mi papá... que tú _é_ mi papá.»

Facunda se retiraba gruñendo:

«Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente.

--Señora Facunda--dijo León.--Al aya que puede retirarse. Monina y

Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré á Suertebella.»

IX

La crisis.

Una hora después, Monina y Tachana jugaban en la alfombra con

cucuruchos y gallitos de papel que León les había hecho, y éste ponía

orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El

ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vió delante de sí á su

suegro, el señor Marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara,

más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación

nerviosa, ó tal vez la ausencia de algún menjurje con que

acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite

pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban

sus mustios ojos, revelando lágrimas ó insomnio. Su vestir únicamente

no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro; pero su voz,

antes tan resuelta como la de todo aquel que cree decir cosas de

substancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió

en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima.

Le señaló un sillón.

«Tengo calentura--dijo el Marqués alargando la mano para que León le

tomara el pulso.--Hace tres noches que no duermo nada, y anoche...

creí morir de susto y vergüenza.»

León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y el

no dormir.

«Te lo contaré todo. Para tí no puede haber secretos--dijo Tellería

dando un gran suspiro.--A pesar de lo que ha pasado con María, y que

deploro con toda mi alma... ¡Oh! todavía espero reconciliaros... pues

á pesar de eso siempre serás para mí un hijo querido.»

Tanta melifluidad puso en guardia á León.

«¡Ah! nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando

te cuente, querido hijo... ¿Pero no es verdad que tengo calentura? Mi

temperamento delicado y nervioso no resiste á estas emociones. ¡Ojalá

no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus

padres! He venido á contártelo, y ya ves, no sé cómo empezar: tengo

miedo, no me atrevo.

--Yo lo comprendo bien--dijo León deseando poner fin al largo

preámbulo telleriano.--Ha llegado el momento en que el sistema de

trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acababa en el mundo,

hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no

tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los

industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los

abastecedores al pormenor ponen el grito en el cielo, y ya no piden,

sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan.

--Sí, sí--dijo el Marqués cerrando los ojos:--ese día ha llegado.

No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes

la catástrofe; catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes

figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo,

el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo

que se lleven los cachivaches que hay en casa y que Milagros ha ido

tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo.

Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido á casa unas doscientas

veces, armó en la escalera un jaleo espantoso. Yo oí desde mi

despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado

ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del

coche se ha negado á servirnos, y no es esto lo peor, sino que me

envió una carta insolente... Te la voy á enseñar...

--No, no es preciso--dijo León deteniendo la mano trémula del

Marqués, que rebuscaba en los bolsillos.--Ya supongo lo que dirá ese

mártir.

--Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros,

alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han

presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible

es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las

palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime,

¿no tienes compasión de mí?

--Mucha,--replicó León, realmente lleno de lástima.

--No me defiendo, no--dijo el Marqués con voz melodramática y

cerrando los ojos.--Ya se han agotado todos los recursos y se han

cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las

papeletas del Monte. Un prestamista á quien me dirigí ayer, el único

en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que

contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero

recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias,

León! Estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que

he caído, y me parece mentira que sea yo el que cuente estas cosas,

que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, Marqués de Tellería, hijo del

mejor caballero que vió Extremadura, y heredero de un nombre que

atravesó siglos y siglos rodeado de consideración y respeto.

--Es verdad--dijo León con severidad:--parece mentira, y más

inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por

manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya

arrojado de nuevo en él.

--Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa--dijo

el prócer, humilde como un escolar.--Mis hijos, mi mujer, me han

empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo

más deshonroso... ¡Ah! León de mi alma, necesito contártelo, aunque

estas cosas son de las que sólo se dicen á la almohada sobre que

dormimos, y aun diciéndoselo á la almohada se ruboriza uno. A tí no

se te puede ocultar nada... Pero es tan duro de decir... Todo lo que

hay en mí de esta _hidalguía castellana_ heredada de mis padres, se

subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca.

--Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede

usted callarlo.

--Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo

tiene relaciones con la San Salomó, relaciones que no quiero

calificar. Pues bien: Gustavo... No creo que la idea partiera de

Gustavo: creo más bien en sugestiones y astucias de Milagros... No sé

cómo decírtelo, no sé qué palabras emplear tratándose de personas de

mi familia. En resumen, Pilar San Salomó dió á Gustavo una cantidad,

no sé con qué fin; cantidad que se apropió mi bendita mujer, no sé

con qué pretexto. Ellos hicieron allá sus arreglos... no sé si hubo

promesa de pago, algún documentillo... Mi hijo, que es caballero y

se vió comprometido, tuvo una violenta escena con su madre anoche á

propósito de ese dinero, y... no puedes figurarte la que se armó en

casa. Gustavo y Polito vinieron á las manos; tuve que hacer esfuerzos

locos para ponerles en paz... Poco después Gustavo se retiró á su

cuarto; corrí tras él sospechando una cosa lamentable, y le sorprendí

acercándose una pistola á la sien... Nueva escena, nuevos gritos,

con la añadidura de un desmayo de Milagros... ¡Qué noche, hijo

mío, qué noche tan horrible! Para colmo de fiesta, los criados,

desesperanzados de cobrar, se han ido después de insultarnos en coro

llamándonos... no, no lo digo; hay palabras que se resisten á salir

de mi boca.»

Detúvose el Marqués desfallecido y jadeante. Gruesas gotas de sudor

resbalaban por su frente, y su pecho se inflamaba y se deprimía

como el de quien acaba de soltar un peso enorme. Hubo una pausa que

León no quiso de modo alguno cortar. El mismo D. Agustín fué quien

evocando el resto de sus gastadas fuerzas, y poniendo la cara más

afligida, más dramática, más luctuosa que cabe imaginar, exclamó:

--León, hijo mío, sálvame, sálvame de este conflicto. Si tú no me

salvas, moriré, moriremos todos. Salva mi honrado nombre.

--¿De qué modo?--preguntó León fríamente.

--¿No ves mi deshonra?

--Sí; pero veo difícil que pueda evitarla.

--Dime, ¿tendrás valor para ver á tus padres pidiendo limosna?--dijo

el suegro apelando á un recurso que creía de efecto.

--Estoy dispuesto á impedir que los padres y los hermanos de mi

mujer pidan limosna. Pero si pretende usted que aplaque á sus

acreedores, en una palabra, si pretende usted que pague las deudas

contraídas por el despilfarro, el desorden y la vanidad, para que

luego que estén libres vuelvan la vanidad y el desorden á seguir

viviendo y escandalizando, me veré en el caso sensible de responder

negativamente. No una, sino varias veces he sacado á usted de

atolladeros como éste. Mucho propósito de enmienda, muchos planes

de reformas; pero al cabo la enmienda ha sido gastar más. Usted,

Milagros y Polito han consumido la cuarta parte de mi fortuna. Basta

ya: no puedo más.»

La energía de León abrumó al pobre Marqués, que estaba anonadado. La

rudeza de la negativa quitóle por algún tiempo el uso de la palabra.

Al fin, balbuciendo y rebuscando las frases aquí y allá, como el que

recoge las cuentas de un rosario que se rompe en medio de la calle,

pudo hablar así:

«No te pido limosna... No está en mi carácter... Siempre que he

apelado á tu generosidad ha sido... con garantía é intereses.

--Garantía de pura fórmula, intereses ilusorios que he admitido por

delicadeza, para cubrir la donación con la vestidura de un préstamo

hipotecario. ¿Qué garantía ha de dar quien ya no tiene ni tierras, ni

casas, ni una hilacha que no esté en manos de los acreedores? Lo que

yo he hecho no es generosidad, señor Marqués: es un verdadero crimen.

No he amparado á menesterosos, sino que he protegido el vicio.

--¡Por Dios!--dijo Tellería tembloroso y aturdido;--recuerda... Tus

larguezas con mis hijos y con mi mujer han sido la correspondencia

natural del amor que te tenemos... Acabemos, León: ha llegado el

momento crítico de mi vida. Se trata de salvar la honra de mi casa.

--Su casa de usted ya no tiene honra, hace tiempo que no la tiene.»

Irguió el Marqués su afeminada cabecilla; tiñéronse de una púrpura

sanguinolenta sus apergaminados carrillos, y sus ojos brillaron

como si hubiera pasado rápidamente por delante de ellos una luz.

Creeríase que aquel hombre, tan debilitado moral como físicamente,

buscaba en el fondo de su alma un resto de dignidad, y lo tomaba y lo

esgrimía como el soldado cobarde que, no habiendo hecho nada durante

la batalla, quiere en el último instante de pelea contestar con una

muerte gloriosa á los denuestos de sus compañeros. Pero León tenía

sobre él tan gran ascendiente, que el desgraciado prócer no halló

fuerzas para alzar la voz, y sólo pudo echar de sí un gemido. Dejando

caer después su abatida cabeza sobre el pecho, oyó como un estúpido.

Era el árbol carcomido y seco que esperaba el último hachazo.

«Su casa de usted no tiene ya honra--repitió León,--á no ser que

demos á las palabras un valor convencional y ficticio. La honra

verdadera no consiste en formulillas que se dicen á cada paso para

escudar debilidades y miserias; se funda en las acciones nobles,

en la conducta juiciosa y prudente, en el orden doméstico, en la

veracidad de las palabras. Donde esto no existe, ¿cómo ha de haber

honra? Donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad, ¿cómo ha

de haber honra? Puesto que estamos aquí en familia, podemos pasar

una revista á la conducta de Milagros, á la de Polito, á la de usted

mismo.»

El Marqués extendió la mano, queriendo rogar á su yerno con gesto

suplicante que no pasara ninguna revista. León, no obstante, creyó

necesario decir algo.

«Te ruego--repuso Tellería con afligido tono,--que no me recuerdes

eso que amargamente deploro. Cierto que he tenido devaneos... ¿quién

no los tiene? El mundo es así... ¿Eso qué significa?... Ahora que me

ahogo, León, dame la mano ó déjame morir; pero no me inculpes, no me

crucifiques más de lo que estoy. Es verdad que no debo apelar tantas

veces á tu generosidad; pero las circunstancias en que yo y tú nos

hallamos son muy distintas. Yo tengo hijos, tú no los tienes.

--Pero...» murmuró León.

Sin duda quiso decir: «Pero puedo tenerlos.» El Marqués contempló un

rato á las dos niñas que jugaban en medio del cuarto.

«Para concluir--dijo León Roch.--Cuente usted con una pensión

suficiente para vivir con modestia y decencia. Es todo lo que puedo

hacer. Ni yo tengo minas de oro, ni si las tuviera bastarían á llenar

una vez y otra esos hoyos que abren ustedes cada poco tiempo.»

D. Agustín palideció, y mirando al suelo movió las mandíbulas, como

quien revuelve en la boca el hueso de una fruta.

«Una pensión...» murmuró.

En efecto: la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud

impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su

demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la

compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su

relajación moral, que no se creía rebajado implorando un préstamo con

garantías ilusorias, equivalentes á una reserva mental de no pagar

nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su sér al recibir una

pensión que llamaba él _una bofetada de pan_.

Además, su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le

sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir

ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué

entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes

crisis de escándalo, para seguir después, alta la frente, seguro el

paso, por el mismo camino de la dilapidación y del fraude, cuyos

recodos y atajos conoce á maravilla. Pero el respeto del Marqués á

las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle á velar su

pensamiento y aun á mostrarse agradecido por aquel _potaje de San

Bernardino_ que su yerno le ofrecía.

«Una pensión...--dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de

fruta.--Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es

que no resolvemos nada con eso. El naufragio subsiste, y tu pensión

es una playa que está á cien leguas de distancia...»

No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con

más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad

por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido,

instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues

hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones

distintas, cual si quisieran amenazar á todo el género humano. Sus

mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus

apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría

creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y

cartilaginosas; que sus sienes, oprimidas y surcadas de venas verdes,

tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando

el inflexible yerno dijo con su tono decisivo é inapelable: «la

pensión y nada más que la pensión,» D. Agustín de Sudre marchaba con

veloz descenso á la decrepitud. Después de meditar un rato sobre su

desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de

esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el

espumarajo de la rabia, dijo á su yerno:

«Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho

tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos

consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho

desgraciada á nuestra querida hija.

--¡Que yo la hago desgraciada!--exclamó León con flema.

--Sí: muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración

á tí, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos

paternales se despiertan vivamente en nosotros, y no podemos callar

viendo el dolor de ese ángel... Pues qué, ¿crees tú que la pena

ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?»

Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder ó picar

cuando se sienten aplastados. Herido en su orgullo y burlado en sus

locas esperanzas, el Marqués sacaba su aguijoncillo.

«Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere

usted como padre recibir explicaciones? Si es así, preciso es

confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes

que me separé resueltamente de María.

--Pero no por tardar dejo de hacerlo--dijo D. Agustín reanimándose

al ver en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor

situación que el valiente.--Soy padre, y padre amantísimo. Lo que has

hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero

la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su

corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué, ¿no

merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que educada

en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué,

¿ya no hay creencias, ya no hay fe; hemos de gobernar el mundo y la

familia con las _utopias_ de los ateos?

--¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia?--dijo León

tomando á burlas la severidad de su suegro.--¿Ni cuándo ha sabido

usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni

nada?...

--Es verdad: yo no soy sabio, no puedo hablar de esto--replicó

Tellería, reconociéndose incompetente.--No sé nada; pero hay en mí

sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde

la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado á pesar de

mis errores, y con esas ideas afirmo que al separarte de María, has

conculcado las leyes morales que rigen á la sociedad, todo _lo que

hay de más venerando en la conciencia humana_.»

Este trozo de artículo de periódico exasperó á León tal vez más de lo

que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:

«Buenas están vuestras leyes morales, buenas están vuestras

interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras

cosas venerandas. ¡Ah, y yo he sido tan necio que he sufrido por

espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una

esfera social en que todo es fórmula: fórmula la moral y la religión,

fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las leyes,

hechas de mogollón, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que

nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud,

de religiosidad, de hidalguía! ¡Bonito modelo de sociedad, digna de

conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose

poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted,

he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante

hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar

por seres con alma y conciencia! ¡Y yo que he sido un sér pasivo,

yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me opuse á las

aberraciones de mi mujer, más fanática, pero menos criminal que los

demás, he faltado á las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero

sí, sí: he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden,

ayudando con mi dinero á los padres pródigos, á los hijos libertinos

y á las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he

dado alas á todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la

reconozco.»

Al principio enojado, después iracundo y al fin furioso, León daba

golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano á su suegro, el

cual se fué empequeñeciendo, reduciéndose á la mínima expresión.

El pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un

vaso puesto sobre la mesa, y consideraba que cabría muy bien dentro

de aquel vaso. Monina y Tachana, muertas de miedo, recogieron sus

cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse á reir

ni á llorar, se retiraron á un rincón de la pieza.

«Yo hablaba como padre,--dijo el Marqués con voz tan tenue que

parecía salir del fondo del vaso.

--Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma,

como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo,

y lanzado á las soledades del celibato de hecho por un fanatismo

brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me

hablaba me condenarán á mí, lo sé, y me condenarán por lo que

llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los

materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga

de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot

para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una

explicación mía, sepan que soy víctima, no el verdugo, y que estoy

decidido á no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los

hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por

cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes:

no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande

despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece

ningún respeto: ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto

y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de

los concusionarios, de los hipócritas, de los pródigos, de los

holgazanes, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados,

de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes

en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren

ser personajes y sólo son jimias, de los que todo lo venden,

hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los

quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal,

siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura

humana!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo

dejando á mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no

por la mía. Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se

entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas;

reciban coronas y alabanzas los adúlteros; repártase el dinero de la

riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse

las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan

de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando

en sus almas un desdén absoluto á la virtud, á la verdadera piedad,

invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un

Dios que niegan con sus actos. ¡Ateos ellos, á menos que Dios no sea

un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de

los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de

cieno!»

El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que

estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el Marqués hubiera

querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se

había empequeñecido tanto, que ya no miraba al vaso, sino á una

cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora

dentro de esa caja de fósforos!»

Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos

comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería

halló el modo de decir alguna palabra que le sirviese para disimular

la gran confusión en que estaba.

«No te seguiré por ese camino--dijo estirando el cuerpo y ahuecando

la voz.--No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes

morales y las invocaré siempre en este asunto... Insisto en lo

inexplicable del desaire que has hecho á María, esposa fiel y

honrada; insisto en lo misterioso de tu separación. Yo no puedo ver

en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo

sospecho que tú...»

La familia de León Roch, Tomos 1 y 2 · 第 16 / 34 段