El Marqués besó á su nieta.

«Gracias á Dios que se te ve por aquí,--dijo cariñosamente á León.

--He venido á despedirme de Pepa... y de usted.

--¿Viajas? Hombre, es lo mejor que puede hacer un cónyuge aburrido.

¿Hacia dónde vas?

--No lo sé todavía.

--¿Y sales?...

--Mañana.

--Si vas á París te daré un encargo. ¿No habrá tiempo mañana?...

Pasaré por tu casa temprano... Yo me voy á mi cuarto: tengo jaqueca.»

León comprendió que debía retirarse al momento. «Adiós, adiós,» dijo

estrechando las manos de la hija del Marqués.

La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de

un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida.

Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena.

Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía

extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir

le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar

un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del

delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del

amor de una mujer y del sueño de un niño.

Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:

«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de

Federico.»

Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le

llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía.

Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz,

por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una

saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo

de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la

respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.

«No he podido resignarme á que te despidas así--le dijo.--Eso no está

bien.

--Así debió ser...--replicó León muy turbado.--¿Y qué importa?

Hubiera vuelto mañana un momento.

--¡Un momento!--exclamó la dama con elocuente dolor.--¡Qué triste es

haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»

León le tomó las dos manos diciéndole:

«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He

comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición

sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos

salvaremos.

--Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su

estribillo.»

Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la

compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama

de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:

«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?

--No, no te morirás,--murmuró León cogiendo entre sus dos manos la

cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.

--Está visto que soy más tonta...--balbució Pepa, que apenas podía

hablar.--Harás de mí lo que quieras, bárbaro.

--¿Me obedecerás?

--Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido

con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni

siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas

faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de

mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo,

¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi

corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás

de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.

--¿A donde quiera que yo te lleve?--murmuró León, pasándose la mano

por la frente.--Dime: ¿y si yo te dijera...?

--¿Qué?--preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho,

cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el

aire antes de que caiga.

--La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?

--¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.

--De modo que si yo te dijera...

--«Vamos,» partiría sin vacilar.

--¿Ahora?

--Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»

Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo.

Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos

queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior.

Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando

llamaban al genio tutelar.

«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al

fin con resolución que tenía algo de heroísmo.

Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.

«Te lo mando así, porque te quiero con el corazón; te lo mando así,

porque mi egoísmo no quiere destruir un hermoso sueño.

--Me someto,» dijo Pepa envolviendo su palabra en un gemido.

Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:

«Pero fija un término, un término... Si me muero antes...»

La idea de un morir prematuro brillaba en su mente como una luz

siniestra que de ningún modo quiere apagarse.

«Fijaré un término. Te lo juro.

--Y pasado ese término... Pasado ese término...--repitió León, cuyo

pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga ferozmente

apretado por los demonios.

--Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...

--Verás como lo allanará.

--¿Y si no lo allana?

--Verás como sí lo allana.

--Pero... ¿y si no?

--Verás como sí.

--Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo--afirmó Pepa,

acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la

acomodamos en la almohada cuando empezamos á dormir.--Ahora, si

quieres que me vaya contenta á mi casa, dime que me quieres mucho.»

Su pasión tomaba un tono pueril.

«¿No lo sabes?

--Que me querías hace tiempo.

--Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños,

cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres...--añadió León

estrujando la cabeza de oro.

--¡Qué tiempos!--dijo Pepa sonriendo como un bienaventurado en la

gloria.--¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo pasando

los recuerdos de memoria á memoria y las palabras de boca á boca...!

¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos

pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reir,

recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir de broma, adivinarnos

las ideas y los deseos!...

--Si pudiéramos eso...

--Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida,

y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese

caserón; yo á mi palacio.

--Espérame con tu hija.

--¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina

no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.

--Se acostumbrará pronto.

--Pero ¿no vuelves mañana á casa?

--¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga

nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.

--Mandaré á la niña á tu casa mañana.

--Si, mándala.»

León tosió secamente.

«¡Hombre, por Dios!--exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole

el cuello de la levita.--Que te constipas... hace frío... déjate

cuidar... así.

--Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.

--Pero qué, ¿nos separamos ya?

--Sí. Ahora ó nunca.»

La dama tuvo ya en sus labios las palabras _Pues nunca_; pero no se

atrevió á pronunciarlas.

«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?

--Todas las semanas.

--¿Cartas largas?

--Largas y difusas como el pensamiento del que espera.

--¿A dónde te escribo?

--Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola.

Nos separaremos allí.

--Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí

entraré.»

Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la

mano izquierda le estrechaba ambas manos.

«Está obscura la noche,--dijo ella obedeciendo á esas inexplicables

desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más

fijamente en un orden de ideas determinado...

--¿Estás contenta?--le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono

ligero.

--¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo

que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo

tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me

muero antes!...»

--En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.

Llegaron á la puertecilla del museo.

«Adiós...--murmuró ella devorándole con sus ojos.--Adiós... ¡Todo mío!

--Hasta luego--dijo León con voz imperceptible, dándole dos

besos.--Este para Monina; éste para su mamá.»

La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León

empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella

volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...

Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se

revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente,

no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el

lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado

el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad

contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase

atropellando todo lo que hallara delante de sí.

XII

Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de

todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.

La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin

resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar

en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo

hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa

declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban

todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en

sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay

tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la

vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer

que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente

de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado

espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de

una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de

comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los

estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con

entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar

la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es

consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar

y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban

á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha

padecido con sus hijos!»

La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era

una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas,

guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían

sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía _L’Univers_ y se

recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los

vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género

humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de

Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la _alabarda_ (no

hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones

de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San

Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por

lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia

de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de _club_, que es un

fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones

políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de

las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y

hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia

de que hablamos era, pues, un _club_ de cierta clase, así como hay

tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo

son de la democracia.

La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros,

aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo

cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de _cándidas

tórtolas_, _palmeras de Sión_, etc.; furiosa enemiga de _toda

la cursilería materialista y liberalesca_, y delirante por los

discursos contra _esa basura de la civilización moderna_. Elegante

y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos

tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales

conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en

su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los

patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios.

El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar

en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si

tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho

al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día

recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo,

derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con

las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres

cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía

asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no

floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la

casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía

abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.

Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del

día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León

Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado,

caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su

jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir

para probarnos que el ejército es una institución esencialmente

inofensiva.

«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena...

Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es

tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los

bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.

--¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?--dijo aquel

Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan

sólo con cabeza y alas.--El Señor enviará á usted consuelos

inesperados. ¿Y María, está resignada?

--¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán;

y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más

virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como

á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió

padecimientos físicos, á ésta se los da morales.

--Cada día--dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba

cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,--vemos

que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las

desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las

leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un

rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue

usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día,

cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á

tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted,

abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y

precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud,

repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña,

una bandera de combate.»

Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos,

y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma

sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto

clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón,

el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De

todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los

extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de

Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la

cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con

que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.

«Si la separación hubiera sido por otros móviles...--decía un poeta á

un periodista,--podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que

León...»

Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico

en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia,

más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.

«Hace tiempo que yo lo sospechaba--dijo la de San Salomó

á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro

ultramontano.--Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar

la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre

parejas con el modo de querer.

--Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,--dijo el

diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que

solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de

la Marquesa.

--Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía--indicó

Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la

sazón entraba,--puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»

Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de

estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo

y perplejidad.

«¡Hija de León!» murmuró.

No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva,

enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas

frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño

paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie

que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él

(el Marqués) iba perdiendo la fe en _la tradicional y proverbial

caballerosidad del pueblo español_...

«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad--declaró

el General;--y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual

no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho

inconcuso...»

Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que

podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con

que el ilustre caballero lo anunciaba.

«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un

ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha

producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos

enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral

cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza

imprudente, _alzar la fronte e minacciar le stelle_.»

Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los

circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal

y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un

criminal de ligereza ó criminal de perversión.

«Desengáñese usted--dijo el diputado:--la corrupción es general; pero

si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y,

por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas

caminan á su completa ruína. Ellos han derribado el templo como

Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.»

La San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no

podían oirles.

«Es preciso, es indispensable--afirmaba ella,--decirle la verdad á

María.

--¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún

juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable,

nada diré á mi hermana.

--Pues se le dirá.

--Pues no se le dirá.»

Mostraba Pilar un empeño maligno, una impaciencia de mujer

quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el

tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.

«Aseguro que se le dirá,--añadió mostrando las ventanillas de la

nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.

«En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.

--¡Oh! también he decidido yo en asuntos de tu familia,--dijo Pilar

dando al _tu familia_ una entonación impertinente.

--No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su

pecho la ira.

Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas

pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.

«Me anuncia este padre de la patria--dijo Pilar alzando la voz,--que

no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo

veintidós.»

Sonó un rumor de descontento.

«El presidente le cambiará el turno.

--¡Y yo que tengo las papeletas en casa!

--¿Cuándo será?

--Este triste asunto de su hermana--dijo la de San Salomó mirando

á Gustavo con expresión de afectada pena,--le ha trastornado el

cerebro.»

Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.

«Serénate, hijo--le dijo ésta con acento cariñoso.--Todos padecemos

tanto como tú; pero no nos falta paciencia.

--Pues á mí me falta.»

Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber

afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo

mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo

mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo

y su madre pasaron al gabinete inmediato.

«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?

--Es cierto.

--Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una

nueva ignominia...

--¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?

--Sí--dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:--me temo que papá

haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...

--¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...

--No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy

horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo

visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable

como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para

vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será

un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber

recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la

cara...!

--¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención--dijo la

Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.--Estás ridículo.

--¡Ridículo!--exclamó Gustavo con acento de amargura.--No me importa.

Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en

que vivimos.

--¡Gustavo!

--Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía,

ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la

moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la

verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada

satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni

de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis

amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro

voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.

--¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre

madre?--dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.--¡Emigrar

tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser

ministro...! Ya sabes... otros...

--¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi

ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas

como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi

familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»

Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.

«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que

anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado

públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á

consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes,

botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...

--¿Pero han hecho daño á mi hijo?--exclamó la de Tellería con

maternales ansias.

--No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle

de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!--añadió dando un gran

suspiro.--Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día

de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los

asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el

honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por

de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que

sospecho.

--Sospechas necedades.

--¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque

pienso ver á León.

--¿Tú?

La familia de León Roch, Tomos 1 y 2 · 第 18 / 34 段