La primera noticia que me dieron los minoristas antes de entrar en
cátedra al día siguiente, fué que don Bernabé _no podía verlos_, más
que por minoristas, por ser para él carga pesada y hacienda del vecino.
Y yo dije para mí: si ese señor desloma á los discípulos á quienes
_ama_ por _suyos_, ¿qué hará con los ajenos cuando dice que _no los
puede ver_?
¡Ay! no me engañaban mis conjeturas ni mis condiscípulos, ni la fama
mentía. El frío de la muerte, la lobreguez de los calabozos, el hedor
de los antros, el desconsuelo, el dolor y las tristezas del suplicio
se respiraban en aquella cátedra. La vara, el bastón, la tabaquera,
el atril de las balas, la impasible faz del dómine, sus zumbas
sangrientas, su voz destemplada y penetrante como puñal de acero,
apenas descansaban un punto. Mal lo pasaban los novicios; pero no lo
pasaban mucho mejor los padres graves: para todos había palos, y
pellizcos, y sopapos, y denuestos.
Virgilio y Dante, tan diestros en pintar infiernos y torturas, se
vieran en grave apuro al trazar aquellos cuadros que no se borrarán de
mi memoria en todos los días de mi vida; porque es de saberse que, con
ser grande en aquel infierno la pena de _sentido_, la superaba en mucho
la de _daño_. Juzgábame yo allí fuera del amparo de la familia y de la
protección de las leyes del Estado; oía zumbar la vara y los quejidos
de las víctimas, y las lecciones eran muchas y largas, y no se admitían
excusas para no saberlas; y no saberlas, era tener encima el palo y la
burla, que también dolía, y la caja de rapé, y el atril de las balas,
y el calabozo, y los mojicones, y el truculento azote, y la ignominia
de todas estas cosas. ¡Quién es el guapo que pintara con verdad escenas
tales, si lo más terrible de ellas era lo que sentía el espíritu y no
lo que veían los ojos ni lo que padecía la carne!
_Lo diario_, lo infalible, venía por el siguiente camino: Como no todos
los condiscípulos dábamos una misma lección, cada uno de nosotros tenía
un _tomador_ de ella, impuesto por el dómine, el cual tomador era, á su
vez, _tomado_ por otro. Hay que advertir también que cuatro _puntos_
eran _malè_, entendiéndose por _punto_ la más leve equivocación de
palabra. Había de saberse la lección materialmente al pie de la letra;
de modo que bastaba decir _pero_ en lugar de _más_, para que el tomador
hiciera una raya con la uña en el margen del libro, después de las tres
acometidas que se permitían en las dudas ó en los tropezones. Dadas las
lecciones, don Bernabé, desde su asiento, iba preguntando en alta voz,
por el orden en que estábamos colocados en los bancos:
--¿Fulano?
--Dos,--respondía, por ejemplo, su tomador.
--¿Mengano?
--_Benè_,--si no había _echado_ éste ningún punto, ó
--_Malè_,--si había pasado de tres.
--¿Cuántos?--añadía entonces el tigre, como si se replegara ya para dar
el salto. Lo que aguardaba al infeliz, era proporcionado al número que
pronunciaran los ya convulsos labios del tomador, que, de ordinario, y
por un refinamiento de crueldad del dómine, era su mejor amigo. Hasta
seis puntos se toleraban allí sin otros castigos para la víctima que
los ya conocidos y usuales; pero en pasando de seis, en llegando, por
ejemplo, á diez, no había modo de calcular las barbaridades que podían
ocurrírsele al tirano.
Estas primeras carnicerías tenían lugar después de pasada la lista á
todo el rebaño.
Como al lector, por haberle yo dicho que solían ser grandes amigos el
_tomador_ y el _tomado_, puede haberle asaltado la humanitaria idea
del perdón de los puntos en obsequio á la amistad, debo decirle que
estos perdones... digo mal (pues nadie fué tan valiente que á tanto
se atreviera), las apariencias de ellos, dejaron rastros de sangre
en aquel infierno en que se castiga el _perdón_ como el mayor de los
pecados. Apariencias de él había siempre, y no otra cosa, en las
emboscadas del dómine, porque bastábale á éste el intento de tomar una
lección _sospechosa_, para que se le olvidara al que iba á repetirla
hasta el nombre que tenía.
En la traducción, en las oraciones, en el repaso, en cada estación,
en fin, de aquel diurno calvario, había las correspondientes espinas,
lanzadas y bofetones.
Todo esto, en rigor de verdad, pudiera pintársele al lector con
bastante buen colorido, y aun puede imaginárselo fácilmente sin que yo
se lo pinte con todos sus pelos y señales. Pero, en mi concepto, no era
ello lo más angustioso de aquellos inevitables trances.
Temibles son los rayos, y dolorosos, y aun mortales, sus efectos; pero
los rayos son hijos de las tormentas, y las tormentas se anuncian y
pasan; y con ciertas precauciones y esta esperanza fundadísima, el
espíritu se habitúa á contemplarlas impávido. Lo tremendo fuera para
los hombres el que las centellas dieran en la gracia de caer también
á cielo sereno, y á todas horas y en todas partes, sin avisos ni
preludios de ningún género.
¡Qué vida sería la nuestra! Pues ésa era la mía en aquella cátedra,
porque allí caían los rayos sin una sola nube. Don Bernabé no se
enfurecía jamás, ni gritaba una vez más que otra; antes parecía más
risueño y melifluo, y hasta era zumbón cuando más hacía llorar. Hería
con el palo y con la palabra, como hiere el carnicero: á sangre fría,
ejerciendo su oficio. No había modo de prevenirse contra sus rayos, ni
esperanza de que la tormenta pasase, ni, por ende, instante seguro ni
con sosiego. Ésta era la pena de daño á que yo aludí más atrás; pena
mil veces más angustiosa que la de sentido, con ser ésta tan sangrienta.
Andando los meses, y en fuerza de estudiar aquella naturaleza
excepcional, pude descubrir en ella, como síntoma de grandes é
inmediatos sacudimientos, cierta lividez de semblante y mucha ansia
de rapé. Siempre que se presentaba en cátedra con estos celajes, y
después del _despacho ordinario_, ó sea la toma de lecciones, con las
subsiguientes zurribandas, mandaba _echar_ la traducción á alguno de
los cuatro ó seis muchachos _de palo seguro_ que había en clase; media
docenita de torpes que guardaba él como oro en paño, para darse un
desahogo á sus anchas cuando el cuerpo se le pedía.
Sin más que oirse nombrar la víctima, como ya tenía la conciencia de
su destino, levantábase temblando; y con las rodillas encogidas y muy
metido el libro por los ojos, comenzaba á leer mal lo que había de
traducir... peor. Don Bernabé, con la cabeza gacha, la mirada torcida,
las manos cruzadas sobre los riñones, en la una el bastón de ballena
y en la otra la caja del rapé, paseábase á lo largo del salón. Poco á
poco iba acercando la línea que recorría al banco del _sentenciado_.
Dejábale decir sin replicarle ni corregirle. De pronto exclamaba, con
su voz dilacerante envuelta en una caricatura de sonrisa:--_¡Anda,
candonga!_ Esta salida equivalía á un tiro en el pecho. El pobre chico
se quedaba instantáneamente sin voz, sin sangre y con los pelos de
punta.
--¡Siga, calabaza!--gritábale á poco el dómine, acercándose más al
banco.
Y seguía el muchacho, pero como sigue el reo al agonizante, seguro de
llegar muy pronto al banquillo fatal. Y el lobo siempre acercándose,
hasta que, al fin, se paraba muy pegadito á la oveja. En esta postura,
tomaba un polvo, agachaba la cabeza, arrimaba la oreja derecha al libro
y requería con la zurda el bastón. El traductor perdía entonces hasta
la vista, caían de su boca los disparates á borbotones, y empezaba el
suplicio. El primer golpe, con la caja de rapé, era á la cabeza; el
segundo, con el libro, empujado con el puño del bastón, en las narices,
al bajarlas el infeliz hacia las hojas huyendo de los golpes de
arriba; después, _lanzadas_, con el propio puño de plata, al costado,
al estómago, á la barriga y á los dientes; doblábase la víctima por
la cintura, y un bastonazo en las nalgas la enderezaba; gemía con la
fuerza del dolor, y un sopapo le tapaba el resuello.
--¡Conque _pasce capellas_ significa _paz en las capillas_?--decía, en
tanto, el verdugo con espantosa serenidad.--¡Candonga! eso se lo habrán
enseñado _ahí enfrente_.
«Ahí enfrente» era la cátedra de Córdoba.
Cuando la víctima, rendida por el dolor y por el espanto, no _daba_
ya _juego_, es decir, se sentaba resuelta á dejarse matar allí, el
verdugo, señalando una nueva con la mano, decía:
--Á ver, _¡el otro!_
Y el otro seguía la interrumpida traducción; y como era de necesidad
que no anduviera más acertado que su camarada, seguían también los
palos y los denuestos. En ocasiones no lo hacían mejor los _suyos_,
fuera por ignorancia, fuera por espanto, al llegar á ellos el punto
dificultoso; ¡y allí eran de ver en juego todos los rayos de aquel
Júpiter inclemente! Entonces tiraba al _montón_, y recorría los bancos
de extremo á extremo, y hería y machacaba hasta romper las varas en
piernas, manos, espaldas, entre las orejas, y en el pescuezo, y en el
cogote; y cuando ya no tenía varas que romper, iba á la mesa, agarraba
el atril de las balas y se le arrojaba al primero en quien se fijaran
sus ojuelos fosforescentes.
Por tales rumbos solía venir lo que, no por ser _extraordinario_,
dejaba de ser frecuentísimo, y, sobre todo, imprevisto é inevitable.
Inevitable, puesto que ni la falta de salud, ni la pena de un
luto reciente, ni las condiciones de temperamento, ni siquiera la
incapacidad natural, valían allí por causas _atenuantes_. Saber ó no
saber; mejor dicho, _responder ó no responder_. Ésta era la ley, y allá
va un caso de prueba.
Aquel famoso don Lorenzo _el Pegote_, cura loco, que al fin acabó
recogido en la Casa de Caridad, tuvo el mal acuerdo de que aprendiera
latín un sobrino suyo, marinero de la calle Alta. Este infeliz muchacho
entró en el Instituto ocho días después que yo, y sentóse á mi lado,
con su elástica de bayeta amarilla, sus calzones pardos, sus zapatones
de becerro, y oliendo á _parrocha_ que tumbaba.
Cómo le entraría el latín á este alumno que apenas sabía deletrear el
castellano, y dejaba el _achicador_ y las faenas de la lancha para
coger en las manos el _Carrillo_, júzguelo el pío lector. Ni en su
cabeza cabían las más sencillas declinaciones, ni siquiera la idea de
que pudieran servirle en los días de su vida para maldita de Dios la
cosa. En cátedra estaba siempre triste y como azorado.
Cualquier mortal de buena entraña, teniendo esto en cuenta, le hubiera
guardado muchas consideraciones; pero don Bernabé no vió en el sobrino
del loco don Lorenzo más que un discípulo que no tragaba el latín,
y desde el segundo día de conocerle comenzó á atormentarle, con una
perseverancia verdaderamente espantosa.
Preguntábale sin cesar sabiendo que había de obtener un desatino
por respuesta; y como si este desatino fuera un mordisco de fiera
acorralada, como á tal contundía y golpeaba al pobre chico, y hasta le
ensangrentaba á varazos las encallecidas palmas de las manos. Sufríalo
todo el desventurado con la resignación de un mártir, y solamente
algunas lágrimas silenciosas delataban su dolor y su vergüenza. Tomaba
el dómine la resignación por resistencia provocativa, y entonces caía
en una de aquellas borracheras de barbarie que tan famoso hicieron su
nombre en el Instituto Cántabro.
Hay que advertir que el tal don Lorenzo iba casi todos los días, con
su raído levitón, su bastón nudoso y su faz airada y fulgurante, á
preguntar á don Bernabé por los adelantos de su sobrino. Hartábase el
dómine entonces de ponderarle la torpeza y holgazanería del muchacho;
con lo cual aquel energúmeno, que tenía por costumbre apalear en la
calle á cuantos le miraban con cierta atención, deslomaba al sobrino en
cuanto éste volvía á casa, harto más necesitado de bizmas y buen caldo.
Antes de cumplirse un mes, ahorcó los libros el callealtero, y se metió
á pescador, en el cual oficio se había amamantado. Y fué un sabio
acuerdo. La vida que traía de estudiante no era para tirar más allá de
cinco semanas con pellejo. Desde entonces no he vuelto á verle, ni he
sabido nada de él. Pero dudo que, por perra que haya sido su suerte,
envidiara la que tuvo al caer bajo la férula sangrienta de don Bernabé
Sáinz.
Qué carnes y qué corazón se me pondrían á mí contemplando estos
cotidianos espectáculos, júzguelo el pío lector. Yo no comía, yo no
sosegaba. Como don Quijote con los libros de Caballerías, me pasaba las
noches de claro en claro, estudiando el Carrillo, _sacando_ oraciones
y traduciendo á Orodea; y con tal ansia devoré aquel _Arte_, tan á
mazo y escoplo le grabé en la memoria, que hoy, al cabo de treinta
y más años, me comprometería á relatarle, después de una sencilla
lectura, sin errar punto ni coma. Y no obstante, más que á estas
faenas sobrehumanas, atribuyo á la Providencia el milagro de no haber
probado de las iras de don Bernabé sino lo que me tocó en los vapuleos
generales, que nunca fué mucho. ¡Pero qué inquietudes! ¡Pero qué
temores! ¡Pero qué pesadillas!... vuelvo á decir. Desde entonces niego
yo que pueda nadie enfermar, y mucho menos morir, de susto, puesto que
sobreviví á tal cúmulo de horrores, tan extraños é inconcebibles en mi
edad y especiales condiciones de temperamento.
Algunas veces, al presenciar una de aquellas matanzas, atrevíame á
preguntarme con el pensamiento, pues con la lengua hubiera sido tanto
como quedarme sin ella en el gaznate: ¿Qué razón puede haber para que
faltas tan leves merezcan castigos tan horrendos? ¿Cómo hay padres que
consientan que un extraño maltrate de este modo á sus hijos? ¿Quién
ha dado á este hombre tan bárbaras atribuciones? Si esto es cátedra,
sobran los palos; si matadero, sobran los libros».
Pero como había padres que aplaudían aquellas tundas feroces
administradas á sus hijos, y leyes que no ataban las manos al verdugo,
calculaba yo que así, y no de otro modo, deberían andar aquellas cosas.
Refiere Suetonio que hallándose Tiberio en Caprea, una tarde en que se
paseaba junto al mar, un pescador se le acercó muy quedito por detrás
y le ofreció una hermosa lobina que aún coleaba. Sorprendido el tirano
por la voz del pobre hombre, mandó que le restregaran la cara con el
pez, en castigo de su _atrevimiento_; y así se hizo. «Fortuna--dijo
luego el pescador, mientras se limpiaba la sangre que corría por sus
mejillas,--que no se me ocurrió ofrecerle una langosta».
No por el dicho del pescador, sino por el hecho del tirano, saco el
cuento á relucir aquí, y esto, para que se vea que, en ocasiones, don
Bernabé daba quince y falta á Tiberio. Verbi gracia: para el acopio de
varas se valía de los mismos discípulos á quienes vapuleaba todos los
días; y hubo ocasión en que rompió sobre las nalgas de uno de ellos
todas cuantas acababa de presentarle, recién cortadas con ímprobos
trabajos, so pretexto de que no eran _de las buenas_, y que además
estaban picadas con el cortaplumas.
Pudiera citar muchos ejemplos de esta especie; pero cállolos, porque no
se crea que me ensaño en la memoria de este hombre, que ¡admírese el
lector! á pesar de lo relatado, no fué merecedor de tal castigo.