II

La primera noticia que me dieron los minoristas antes de entrar en

cátedra al día siguiente, fué que don Bernabé _no podía verlos_, más

que por minoristas, por ser para él carga pesada y hacienda del vecino.

Y yo dije para mí: si ese señor desloma á los discípulos á quienes

_ama_ por _suyos_, ¿qué hará con los ajenos cuando dice que _no los

puede ver_?

¡Ay! no me engañaban mis conjeturas ni mis condiscípulos, ni la fama

mentía. El frío de la muerte, la lobreguez de los calabozos, el hedor

de los antros, el desconsuelo, el dolor y las tristezas del suplicio

se respiraban en aquella cátedra. La vara, el bastón, la tabaquera,

el atril de las balas, la impasible faz del dómine, sus zumbas

sangrientas, su voz destemplada y penetrante como puñal de acero,

apenas descansaban un punto. Mal lo pasaban los novicios; pero no lo

pasaban mucho mejor los padres graves: para todos había palos, y

pellizcos, y sopapos, y denuestos.

Virgilio y Dante, tan diestros en pintar infiernos y torturas, se

vieran en grave apuro al trazar aquellos cuadros que no se borrarán de

mi memoria en todos los días de mi vida; porque es de saberse que, con

ser grande en aquel infierno la pena de _sentido_, la superaba en mucho

la de _daño_. Juzgábame yo allí fuera del amparo de la familia y de la

protección de las leyes del Estado; oía zumbar la vara y los quejidos

de las víctimas, y las lecciones eran muchas y largas, y no se admitían

excusas para no saberlas; y no saberlas, era tener encima el palo y la

burla, que también dolía, y la caja de rapé, y el atril de las balas,

y el calabozo, y los mojicones, y el truculento azote, y la ignominia

de todas estas cosas. ¡Quién es el guapo que pintara con verdad escenas

tales, si lo más terrible de ellas era lo que sentía el espíritu y no

lo que veían los ojos ni lo que padecía la carne!

_Lo diario_, lo infalible, venía por el siguiente camino: Como no todos

los condiscípulos dábamos una misma lección, cada uno de nosotros tenía

un _tomador_ de ella, impuesto por el dómine, el cual tomador era, á su

vez, _tomado_ por otro. Hay que advertir también que cuatro _puntos_

eran _malè_, entendiéndose por _punto_ la más leve equivocación de

palabra. Había de saberse la lección materialmente al pie de la letra;

de modo que bastaba decir _pero_ en lugar de _más_, para que el tomador

hiciera una raya con la uña en el margen del libro, después de las tres

acometidas que se permitían en las dudas ó en los tropezones. Dadas las

lecciones, don Bernabé, desde su asiento, iba preguntando en alta voz,

por el orden en que estábamos colocados en los bancos:

--¿Fulano?

--Dos,--respondía, por ejemplo, su tomador.

--¿Mengano?

--_Benè_,--si no había _echado_ éste ningún punto, ó

--_Malè_,--si había pasado de tres.

--¿Cuántos?--añadía entonces el tigre, como si se replegara ya para dar

el salto. Lo que aguardaba al infeliz, era proporcionado al número que

pronunciaran los ya convulsos labios del tomador, que, de ordinario, y

por un refinamiento de crueldad del dómine, era su mejor amigo. Hasta

seis puntos se toleraban allí sin otros castigos para la víctima que

los ya conocidos y usuales; pero en pasando de seis, en llegando, por

ejemplo, á diez, no había modo de calcular las barbaridades que podían

ocurrírsele al tirano.

Estas primeras carnicerías tenían lugar después de pasada la lista á

todo el rebaño.

Como al lector, por haberle yo dicho que solían ser grandes amigos el

_tomador_ y el _tomado_, puede haberle asaltado la humanitaria idea

del perdón de los puntos en obsequio á la amistad, debo decirle que

estos perdones... digo mal (pues nadie fué tan valiente que á tanto

se atreviera), las apariencias de ellos, dejaron rastros de sangre

en aquel infierno en que se castiga el _perdón_ como el mayor de los

pecados. Apariencias de él había siempre, y no otra cosa, en las

emboscadas del dómine, porque bastábale á éste el intento de tomar una

lección _sospechosa_, para que se le olvidara al que iba á repetirla

hasta el nombre que tenía.

En la traducción, en las oraciones, en el repaso, en cada estación,

en fin, de aquel diurno calvario, había las correspondientes espinas,

lanzadas y bofetones.

Todo esto, en rigor de verdad, pudiera pintársele al lector con

bastante buen colorido, y aun puede imaginárselo fácilmente sin que yo

se lo pinte con todos sus pelos y señales. Pero, en mi concepto, no era

ello lo más angustioso de aquellos inevitables trances.

Temibles son los rayos, y dolorosos, y aun mortales, sus efectos; pero

los rayos son hijos de las tormentas, y las tormentas se anuncian y

pasan; y con ciertas precauciones y esta esperanza fundadísima, el

espíritu se habitúa á contemplarlas impávido. Lo tremendo fuera para

los hombres el que las centellas dieran en la gracia de caer también

á cielo sereno, y á todas horas y en todas partes, sin avisos ni

preludios de ningún género.

¡Qué vida sería la nuestra! Pues ésa era la mía en aquella cátedra,

porque allí caían los rayos sin una sola nube. Don Bernabé no se

enfurecía jamás, ni gritaba una vez más que otra; antes parecía más

risueño y melifluo, y hasta era zumbón cuando más hacía llorar. Hería

con el palo y con la palabra, como hiere el carnicero: á sangre fría,

ejerciendo su oficio. No había modo de prevenirse contra sus rayos, ni

esperanza de que la tormenta pasase, ni, por ende, instante seguro ni

con sosiego. Ésta era la pena de daño á que yo aludí más atrás; pena

mil veces más angustiosa que la de sentido, con ser ésta tan sangrienta.

Andando los meses, y en fuerza de estudiar aquella naturaleza

excepcional, pude descubrir en ella, como síntoma de grandes é

inmediatos sacudimientos, cierta lividez de semblante y mucha ansia

de rapé. Siempre que se presentaba en cátedra con estos celajes, y

después del _despacho ordinario_, ó sea la toma de lecciones, con las

subsiguientes zurribandas, mandaba _echar_ la traducción á alguno de

los cuatro ó seis muchachos _de palo seguro_ que había en clase; media

docenita de torpes que guardaba él como oro en paño, para darse un

desahogo á sus anchas cuando el cuerpo se le pedía.

Sin más que oirse nombrar la víctima, como ya tenía la conciencia de

su destino, levantábase temblando; y con las rodillas encogidas y muy

metido el libro por los ojos, comenzaba á leer mal lo que había de

traducir... peor. Don Bernabé, con la cabeza gacha, la mirada torcida,

las manos cruzadas sobre los riñones, en la una el bastón de ballena

y en la otra la caja del rapé, paseábase á lo largo del salón. Poco á

poco iba acercando la línea que recorría al banco del _sentenciado_.

Dejábale decir sin replicarle ni corregirle. De pronto exclamaba, con

su voz dilacerante envuelta en una caricatura de sonrisa:--_¡Anda,

candonga!_ Esta salida equivalía á un tiro en el pecho. El pobre chico

se quedaba instantáneamente sin voz, sin sangre y con los pelos de

punta.

--¡Siga, calabaza!--gritábale á poco el dómine, acercándose más al

banco.

Y seguía el muchacho, pero como sigue el reo al agonizante, seguro de

llegar muy pronto al banquillo fatal. Y el lobo siempre acercándose,

hasta que, al fin, se paraba muy pegadito á la oveja. En esta postura,

tomaba un polvo, agachaba la cabeza, arrimaba la oreja derecha al libro

y requería con la zurda el bastón. El traductor perdía entonces hasta

la vista, caían de su boca los disparates á borbotones, y empezaba el

suplicio. El primer golpe, con la caja de rapé, era á la cabeza; el

segundo, con el libro, empujado con el puño del bastón, en las narices,

al bajarlas el infeliz hacia las hojas huyendo de los golpes de

arriba; después, _lanzadas_, con el propio puño de plata, al costado,

al estómago, á la barriga y á los dientes; doblábase la víctima por

la cintura, y un bastonazo en las nalgas la enderezaba; gemía con la

fuerza del dolor, y un sopapo le tapaba el resuello.

--¡Conque _pasce capellas_ significa _paz en las capillas_?--decía, en

tanto, el verdugo con espantosa serenidad.--¡Candonga! eso se lo habrán

enseñado _ahí enfrente_.

«Ahí enfrente» era la cátedra de Córdoba.

Cuando la víctima, rendida por el dolor y por el espanto, no _daba_

ya _juego_, es decir, se sentaba resuelta á dejarse matar allí, el

verdugo, señalando una nueva con la mano, decía:

--Á ver, _¡el otro!_

Y el otro seguía la interrumpida traducción; y como era de necesidad

que no anduviera más acertado que su camarada, seguían también los

palos y los denuestos. En ocasiones no lo hacían mejor los _suyos_,

fuera por ignorancia, fuera por espanto, al llegar á ellos el punto

dificultoso; ¡y allí eran de ver en juego todos los rayos de aquel

Júpiter inclemente! Entonces tiraba al _montón_, y recorría los bancos

de extremo á extremo, y hería y machacaba hasta romper las varas en

piernas, manos, espaldas, entre las orejas, y en el pescuezo, y en el

cogote; y cuando ya no tenía varas que romper, iba á la mesa, agarraba

el atril de las balas y se le arrojaba al primero en quien se fijaran

sus ojuelos fosforescentes.

Por tales rumbos solía venir lo que, no por ser _extraordinario_,

dejaba de ser frecuentísimo, y, sobre todo, imprevisto é inevitable.

Inevitable, puesto que ni la falta de salud, ni la pena de un

luto reciente, ni las condiciones de temperamento, ni siquiera la

incapacidad natural, valían allí por causas _atenuantes_. Saber ó no

saber; mejor dicho, _responder ó no responder_. Ésta era la ley, y allá

va un caso de prueba.

Aquel famoso don Lorenzo _el Pegote_, cura loco, que al fin acabó

recogido en la Casa de Caridad, tuvo el mal acuerdo de que aprendiera

latín un sobrino suyo, marinero de la calle Alta. Este infeliz muchacho

entró en el Instituto ocho días después que yo, y sentóse á mi lado,

con su elástica de bayeta amarilla, sus calzones pardos, sus zapatones

de becerro, y oliendo á _parrocha_ que tumbaba.

Cómo le entraría el latín á este alumno que apenas sabía deletrear el

castellano, y dejaba el _achicador_ y las faenas de la lancha para

coger en las manos el _Carrillo_, júzguelo el pío lector. Ni en su

cabeza cabían las más sencillas declinaciones, ni siquiera la idea de

que pudieran servirle en los días de su vida para maldita de Dios la

cosa. En cátedra estaba siempre triste y como azorado.

Cualquier mortal de buena entraña, teniendo esto en cuenta, le hubiera

guardado muchas consideraciones; pero don Bernabé no vió en el sobrino

del loco don Lorenzo más que un discípulo que no tragaba el latín,

y desde el segundo día de conocerle comenzó á atormentarle, con una

perseverancia verdaderamente espantosa.

Preguntábale sin cesar sabiendo que había de obtener un desatino

por respuesta; y como si este desatino fuera un mordisco de fiera

acorralada, como á tal contundía y golpeaba al pobre chico, y hasta le

ensangrentaba á varazos las encallecidas palmas de las manos. Sufríalo

todo el desventurado con la resignación de un mártir, y solamente

algunas lágrimas silenciosas delataban su dolor y su vergüenza. Tomaba

el dómine la resignación por resistencia provocativa, y entonces caía

en una de aquellas borracheras de barbarie que tan famoso hicieron su

nombre en el Instituto Cántabro.

Hay que advertir que el tal don Lorenzo iba casi todos los días, con

su raído levitón, su bastón nudoso y su faz airada y fulgurante, á

preguntar á don Bernabé por los adelantos de su sobrino. Hartábase el

dómine entonces de ponderarle la torpeza y holgazanería del muchacho;

con lo cual aquel energúmeno, que tenía por costumbre apalear en la

calle á cuantos le miraban con cierta atención, deslomaba al sobrino en

cuanto éste volvía á casa, harto más necesitado de bizmas y buen caldo.

Antes de cumplirse un mes, ahorcó los libros el callealtero, y se metió

á pescador, en el cual oficio se había amamantado. Y fué un sabio

acuerdo. La vida que traía de estudiante no era para tirar más allá de

cinco semanas con pellejo. Desde entonces no he vuelto á verle, ni he

sabido nada de él. Pero dudo que, por perra que haya sido su suerte,

envidiara la que tuvo al caer bajo la férula sangrienta de don Bernabé

Sáinz.

Qué carnes y qué corazón se me pondrían á mí contemplando estos

cotidianos espectáculos, júzguelo el pío lector. Yo no comía, yo no

sosegaba. Como don Quijote con los libros de Caballerías, me pasaba las

noches de claro en claro, estudiando el Carrillo, _sacando_ oraciones

y traduciendo á Orodea; y con tal ansia devoré aquel _Arte_, tan á

mazo y escoplo le grabé en la memoria, que hoy, al cabo de treinta

y más años, me comprometería á relatarle, después de una sencilla

lectura, sin errar punto ni coma. Y no obstante, más que á estas

faenas sobrehumanas, atribuyo á la Providencia el milagro de no haber

probado de las iras de don Bernabé sino lo que me tocó en los vapuleos

generales, que nunca fué mucho. ¡Pero qué inquietudes! ¡Pero qué

temores! ¡Pero qué pesadillas!... vuelvo á decir. Desde entonces niego

yo que pueda nadie enfermar, y mucho menos morir, de susto, puesto que

sobreviví á tal cúmulo de horrores, tan extraños é inconcebibles en mi

edad y especiales condiciones de temperamento.

Algunas veces, al presenciar una de aquellas matanzas, atrevíame á

preguntarme con el pensamiento, pues con la lengua hubiera sido tanto

como quedarme sin ella en el gaznate: ¿Qué razón puede haber para que

faltas tan leves merezcan castigos tan horrendos? ¿Cómo hay padres que

consientan que un extraño maltrate de este modo á sus hijos? ¿Quién

ha dado á este hombre tan bárbaras atribuciones? Si esto es cátedra,

sobran los palos; si matadero, sobran los libros».

Pero como había padres que aplaudían aquellas tundas feroces

administradas á sus hijos, y leyes que no ataban las manos al verdugo,

calculaba yo que así, y no de otro modo, deberían andar aquellas cosas.

Refiere Suetonio que hallándose Tiberio en Caprea, una tarde en que se

paseaba junto al mar, un pescador se le acercó muy quedito por detrás

y le ofreció una hermosa lobina que aún coleaba. Sorprendido el tirano

por la voz del pobre hombre, mandó que le restregaran la cara con el

pez, en castigo de su _atrevimiento_; y así se hizo. «Fortuna--dijo

luego el pescador, mientras se limpiaba la sangre que corría por sus

mejillas,--que no se me ocurrió ofrecerle una langosta».

No por el dicho del pescador, sino por el hecho del tirano, saco el

cuento á relucir aquí, y esto, para que se vea que, en ocasiones, don

Bernabé daba quince y falta á Tiberio. Verbi gracia: para el acopio de

varas se valía de los mismos discípulos á quienes vapuleaba todos los

días; y hubo ocasión en que rompió sobre las nalgas de uno de ellos

todas cuantas acababa de presentarle, recién cortadas con ímprobos

trabajos, so pretexto de que no eran _de las buenas_, y que además

estaban picadas con el cortaplumas.

Pudiera citar muchos ejemplos de esta especie; pero cállolos, porque no

se crea que me ensaño en la memoria de este hombre, que ¡admírese el

lector! á pesar de lo relatado, no fué merecedor de tal castigo.

Esbozos y rasguños · 第 54 / 63 题