I
Creo que fué Mad. de Sévigné quien dijo que sucede con los recuerdos
lo que con las cerezas en canastilla: se tira de una y salen muchas
enredadas. Los evocados en el cuadro anterior traen á mi memoria otros
mil, íntima y necesariamente encadenados á ellos.
El primero que me asalta es el de mi ingreso en el Instituto Cántabro;
suceso por todo extremo señalado en aquella edad y en aquellos tiempos,
y muy especialmente para mí, y otros pocos más, por las singularísimas
circunstancias que concurrieron en el _paso_, verdaderamente heroico y
transcendental.
Comúnmente, pasar de la escuela de primeras letras al Instituto de
segunda enseñanza, era, y es, cambiar de local, de maestro y de libros,
y ascender un grado en categoría. El trabajo viene á ser el mismo
en una y otra región, y aun menos engorroso y molesto en la segunda.
Pero entrar en el Instituto el año en que yo entré, saliendo, como yo
había salido, de la escuela de Rojí, donde le trataban á uno hasta con
mimos, era como dejar el blando y regalado lecho en que se ha soñado
con la gloria celestial, para ponerse delante de un toro del Jarama, ó
meterse, desnudo é indefenso, en la jaula de un oso blanco en ayunas.
Fué aquel año el último en que rigió el antiguo plan de enseñanza,
es decir, que la segunda se comenzaba por el latín solo, y que aún
conservaba esta asignatura sus tradicionales categorías de _menores_,
_medianos_ y _mayores_. Enseñaba á los minoristas el catedrático don
Santiago de Córdoba, trasmerano inofensivo, tan laborioso y emprendedor
como desgraciado en sus empresas hasta el fin de su vida. Este buen
señor, á quien estimaban mucho sus discípulos por la sencillez
bondadosa de su carácter, hallábase á la sazón viajando, creo que por
motivos de salud, y estaba encomendada su cátedra, interinamente, al
propietario de la de medianos y mayores, con el Ítem más de la Retórica
y Poética, el campurriano archifamoso, perínclito é inolvidable
don Bernabé Sáinz; ejemplo vivo de dómines sin entrañas, espanto y
consternación de los incipientes humanistas santanderinos de entonces,
y de muchos años antes y de algunos después.
Pasar de don Santiago á don Bernabé, no dejaba de ser duro y penoso;
pero, al cabo, había cierta semejanza entre uno y otro territorio: los
dos eran fronterizos en el edificio del Instituto, y los moradores del
primero tenían ya hecho el oído y el corazón á los alaridos que á cada
instante partían del segundo, entre el zumbar de la vara y el crujir de
los bancos derrengados; el espíritu se empapaba en la idea de aquellos
tormentos inevitables, y siquiera, siquiera, cuando era llegado el día
de comenzar á padecerlos, se llevaban vencidos ya los riesgos de la
aclimatación. Pero yo, Dios mío, que no conocía de aquellos horrores
más que la fama, y, candoroso borrego, iba á pasar de un salto desde el
apacible redil á la caverna del lobo, ¡qué no sentiría en mis carnes,
vírgenes de todo verdascazo, y en mi corazón, formado en el amor de la
familia y entre las insípidas emociones de la escuela que acababa de
dejar?
Dígaseme ahora si exagero al decir que en aquel paso memorable había
heroísmo y transcendencia.
Le di un día, ya comenzado el curso, acompañado de mi padre. Después
de haber estado en la secretaría á pagar la matrícula y arreglar
el indispensable expedienteo, me entregaron un papelejo, especie de
filiación, y con él en la mano, y temblándome las piernas, por orden
del secretario bajamos á la cátedra de don Bernabé. La tal cátedra,
como todas las de entonces, se reducía á un salón con una puerta y
algunas ventanas; un largo banco de pino, bajo y angosto, arrimado á
cada pared lateral; en la testera, y entre los dos bancos, una mesa con
tapete verde y tintero de estaño, y enfrente la puerta.
Cuando por ella entramos mi padre y yo, los bancos estaban llenos
de muchachos tristes y encogidos, y don Bernabé sentado á la mesa.
Levantáronse á una, al vernos, los infelices, que me parecieron
bestezuelas destinadas al sacrificio sobre el dolmen de aquel druida
fanático, y también se levantó éste, no por mí, sino por mi padre.
Me atreví á mirarle mientras contestaba al saludo reverentísimo que
le habíamos hecho. Me espantó aquella mueca que en él se llamaba
_sonrisa_. Era de mediana estatura, tenía la frente angosta, bastante
pelo, ojos pequeñitos, boca grande, labios apretados, pómulos
salientes, largas orejas, color pálido, rugoso el cutis y muy afeitada
la barba. Todo esto ocupaba poquísimo terreno, porque la cabeza era
pequeña. El pescuezo y las quijadas se escondían entre los _foques_
de un _navajero_ muy planchado y una corbata negra de armadura, con el
nudo atrás, oculto por el cuello de la levita, ó gabán, pues de ambas
prendas tenía algo la que él usaba. Seguía á la corbata, en sentido
descendente, un chaleco de terciopelo negro, abierto de solapas, entre
las que se veían los ramales, unidos por un pasador, de un grueso
cordón de seda, que iban á parar, como supe andando el tiempo, al
bolsillo de la cintura del pantalón. Éste era de paño verdoso, con
trabillas postizas que pasaban por debajo de unos pies con los juanetes
más tremendos que yo he visto. Era de notar que los zapatos de aquellos
pies semejaban ébano bruñido; la camisa era blanca y tersa, y en la
ropa no descubriría una mancha el microscopio, ni un cañón de barba en
aquella cara de marfil arranciado.
Cuando le entregamos el papelejo, nos le devolvió después de leerle.
--¿No apunta usted su nombre?--le preguntó mi padre.
--No hay para qué--respondió.--_No se me olvidará._
Tampoco á mí se me han olvidado jamás aquellas palabras, ni la mueca
con que las acompañó al mirarme de hito en hito.
Bajé yo los ojos, como cuando relampaguea, y clavé la vista en la mesa.
Había en ella, junto al tintero, un atril chiquito con dos balas de
plomo al extremo de un cordelillo cada una, con las cuales sujetaba
las hojas de un libro abierto. Á la derecha de este atril, un bastón
de ballena con puño y regatón de plata, y á la izquierda un manojo de
varas de distintos gruesos, longitudes y maderas. De aquel bastón y
de aquellas varas, ó de otras parecidas, habían llegado á mis oídos
sangrientas historias. Así es que el _no se me olvidará_, juntamente
con este cuadro de tortura, hizo en todo mi organismo una impresión
indescriptible.
Aún no había leído yo la _Odisea_, ni sabía que tal poema existiese
en el mundo, y, sin embargo, presentí, adiviné las mortales angustias
de los compañeros de Ulises en la caverna de Polifemo, al ver á este
monstruo zamparse á dos de ellos para hacer boca.
Díjonos, no el Cíclope, sino don Bernabé, qué libros necesitaba yo y
dónde se vendían; qué horas había de cátedra por la mañana y por la
tarde; encargóme que no faltara al día siguiente, y á mi padre que no
me diera mimos, porque «_aquello_ no era cosa de juego», y volví á ver
la luz del mundo; pero ¡ay! con los ojos con que debe verla el reo que
deja la cárcel para subir al patíbulo.
Notó mi padre algo de lo que por mí pasaba, y díjome por vía de
consuelo:
--No te apesadumbres, hijo; que si, andando los días, resulta que
es tan bárbaro como cuentan, con no volver á verle está el asunto
despachado.
¡Cuánto agradeció á mi padre aquel auxilio mi espíritu angustiado!