III

Conocidos ya sus principales instrumentos, hemos de ver ahora

cómo maneja algunos de ellos; y no todos, porque fuera ofender la

perspicacia del lector irle enumerando uno á uno cuantos recursos tiene

un secretario de esta calaña para hacer un buen agosto en el campo de

lo que pudiéramos llamar _trampas corrientes_ del oficio, después de

haber dicho que el ayuntamiento que le paga es sordo, mudo y ciego, y

que el pobre pueblo está amarrado á sus antojos como borrico á la noria.

Fijémonos, por ejemplo, en la época de quintas, que es, de todas las

del año, la más _socorrida_ para el secretario.

Por de pronto, si éste tiene un hijo sorteado, le libra á todo trance,

aunque sea más sano y robusto que una encina, le haya tocado el número

1.° y no esté comprendido en ninguna de las exenciones que marca el

cuadro. En último caso, se forja un expediente declarándole hijo ó

nieto único de padre ó abuelo sexagenario y pobre, aunque tenga otros

hermanos, y el abuelo más nietos, y el padre no llegue á los cuarenta,

y el padre y el abuelo vivan de sus rentas como unos caballeros.

Y es de notar que todo esto lo saben los infelices sacrificados; pero

se les fascina con un fárrago de palabrotas estampadas en un papel

sellado, á cuyo pie, para mayor escarnio, se les hace poner sus firmas,

cerrando de este modo todo pretexto á ulteriores reclamaciones contra

semejante felonía. Para conseguir tal resultado, basta, generalmente,

el miedo que inspira el tiranuelo á los sencillos aldeanos; pero si

éstos se resisten, se les hace creer que hay el proyecto de presentar

ante el Consejo provincial á todos los mozos sorteados exentos del

servicio, por medio de expedientes arreglados por el secretario, á

condición de que todos los interesados se presten á formar á su gusto

el de su hijo.

Lo que después de servido hace el pícaro con los incautos que le

ayudaron, no lo saben éstos hasta que en la capital se verifica la

declaración de soldados, y se examinan los fárragos, intencionalmente

incomprensibles, que, como áncoras de salvación de sus hijos, llevaban

los pobres hombres guardados cuidadosamente en el bolsillo más hondo de

sus burdos chaquetones.

Pedro y Juan son dos mozos que han jugado la suerte juntos. Pedro fué

declarado libre en el ayuntamiento, y Juan, soldado; por lo cual Juan

protestó á Pedro. Pero el secretario, que es hombre previsor y sabe

que ni el padre de Juan ni el de Pedro dejan de apurar los recursos

que estén á sus alcances por un puñado de duros, pues los tienen para

tales casos, si no al pico del arca, en una res ó en unas tierras,

echándosela de magnánimo y compasivo, le dice á Juan:

--Creo que puedes ganar este negocio si sabes trabajarle en la capital.

No seas tonto: sacrifica una onza, y yo te diré quién te ha de sacar

triunfante.

El inocente se deja seducir, y poco después recibe una cartita de

recomendación, que le da el seductor para cierto caballero de la ciudad.

--Entrégasela mañana mismo--le dice,--porque me consta que Pedro

piensa ver también al mismo sujeto.

Luego se avista con Pedro, le hace las mismas reflexiones que á Juan, y

le añade:

--Sé que Juan va mañana á ver á don Fulano; pero sé también que no le

podrá servir, porque es negocio perdido. Aguántate sin apurarte hasta

el día de la entrega, y entonces te recomendaré yo á cierta persona que

en un momento arregla los imposibles.

Entre tanto, presenta Juan la carta al _caballero_ de la ciudad, que no

es otro que el apoderado de quien ya se hizo mención. Después de oir al

mozo y de leer la credencial, se hace el pensativo, frunce las cejas,

ráscase la barbilla, y dice, por último:

--Esto es muy grave... y muy caro. Cuando es cuestión de talla ó de

exenciones físicas, con un par de duros para el tallador, ó media onza

para el médico, estamos al cabo de la calle; pero estos señores del

Consejo pican muy alto, amigo.

--Ya lo veo--observa tímidamente el mozo, ó su padre, ó quien lo

represente;--pero quiere decirse que... vamos al decir, en el conceuto

de que la cosa marche, probes semos, pero por una onza... ú dos...

Y el infeliz las hace sonar en la faltriquera para que no se dude de su

palabra.

El agente oye el sonido como el tigre huele la presa, y se hace el

desentendido; y después de meditar un rato, ó de fingir que medita,

despide al recomendado citándole para dentro de una hora, tiempo que

dice necesitar para tantear el terreno.

Cuando se vuelven á reunir, el agente está muy sofocado. Ha reñido con

unos, ha tenido que empeñar grandes luchas con otros, y se ha visto

muy mal para convencerlos á todos. El negocio es ya cuestión de dos

onzas; pero á condición (y ésta la obtuvo el agente por un esfuerzo

especialísimo que hizo en obsequio á una persona tan digna como el

recomendante) de que si el mozo no se libra, se le devolverá el dinero.

¿Qué más celo, qué mayor desinterés puede exigirse á aquel protector?

Así pensando, afloja las dos peluconas el desdichado; y con la promesa

de no hablar del asunto ni á su propia sombra, porque de descubrirse el

ajo tanto sufriría el seductor como los seducidos, vuélvese Juan á su

lugar lleno de risueñas esperanzas.

La misma escena se representa días después en casa del agente, cuando

el secretario le presenta á Pedro para que haga algo por él en las

pocas horas que faltan hasta la de la declaración de soldados.

Cuando ésta llega, Juan y Pedro admiran al protector, que no cesa de

moverse del salón de sesiones á los pasillos, de los pasillos á las

oficinas y de las oficinas al cuarto de los médicos. Es verdad que

también notan que todos sus trabajos se reducen á dar una sombrerada á

unos, á mirar intencionadamente á otros, á salir detrás de aquél y á

entrar en pos de éste; pero como lo principal está hecho de víspera y

en secreto, basta su presencia allí como recuerdo de lo convenido.

El Consejo, entre tanto, declara soldado á Juan.

Bien sabía el secretario que uno de los dos tenía que serlo

irremisiblemente.

El activo protector, en cumplimiento de su palabra, devuelve, pocas

horas después, las dos onzas de oro á la persona que representa á Juan.

--No se ha podido hacer más,--dice al entregar las monedas.

Y el que las recibe, al ver tanta honradez, tantos afanes malogrados

¿qué menos ha de hacer que obsequiar con unos cuantos duros á aquel

caballero?

Despachado así Juan, le dice á Pedro:

--Amigo mío: la cosa ha estado en un tris; llegué á temer que aquellos

señores no se conformaran con las dos onzas y se me volvieran

atrás: así me lo anunciaron; pero les apreté de firme, y al cabo se

conformaron. El presidente, sobre todo, estaba emperrado como un

demonio en los sesenta duros. Conque te doy la enhorabuena.

Y Pedro, ó su padre, conmovido ante tanta adhesión, estrecha la mano

de aquel señor generoso, y desliza en ella, por no ofenderle con la

oferta, media onceja más, que el otro recibe muy ruboroso y porque no

se tome á desaire.

De este modo, aun sin la propina, que es eventual, son infalibles las

dos onzas, puesto que uno de los dos mozos tenía que ser soldado.

No necesito decir que éstas y otras _ganancias_ análogas se parten

_religiosamente_ entre el secretario que prepara los negocios, y su

asociado que los _remata_.

--¿Y es posible--preguntará el lector menos perspicaz,--que nada

sospechen esos pobres hombres?

Así debe de ser, puesto que el único convencimiento seguro que llevan,

de vuelta á su casa, es que los señores que componen el Consejo ó la

Diputación, todos, sin excepción de uno solo, se venden por un puñado

de dinero.

Otra vez se trata de un mozo notoriamente inútil por defecto físico,

cuyo padre tiene en dinero ó en especie algo que explotar. Aunque

declarado libre y sin protesta en el ayuntamiento, el secretario le

advierte que en la capital le van á dar un disgusto si no se agarra

bien. El mozo tiembla, y su padre se resigna á hacer un sacrificio.

Una carta para cierto médico célebre, que _todo lo arregla_ en la

ciudad, y la promesa de que con menos de quinientos reales quedará el

pobre hombre libre de todo recelo, le hacen encaminarse con su hijo

en busca de aquella providencia, después de haber malvendido una vaca

ó hipotecado el huerto, para llenarse de duros el bolsillo. El médico

no es otro que el agente consabido. Enterado de la carta de su socio,

manda desnudarse al mozo, que tiene una joroba enorme y una pierna

más corta que la otra; le palpa, le soba, le exprime, le estira y le

sacude, y acaba por decirle que _aquello_ está grave y que, si no anda

listo, le van á declarar útil. Felizmente influye él en el Consejo

y sobre los facultativos, y puede arreglarlo todo si el interesado

hace un sacrificio para tapar la boca á _aquella gente hambrienta_.

Se calcula en veinte duros el esfuerzo, los afloja la víctima; y con

la promesa del filántropo médico de que si el chico no se libra se

compromete él á ponerle sustituto á sus expensas, vuélvense á su casa

padre é hijo, maldiciendo de las leyes del reino y de la conciencia

de sus intérpretes jurados, porque sin hombres entendidos como el

secretario, y benéficos como el _médico_ influyente, ni los pobres

jorobados estarían seguros en su pueblo.

Lo mismo discurre otro infeliz que, merced á un procedimiento análogo,

ha conseguido que sólo le cueste doscientos reales el testimonio de un

expediente de quintas archivado en la Diputación, de donde no podía

sacarse, según dictamen del secretario, en menos de quince duros, sin

la influencia de un amigo suyo que _todo lo arregla_ en la ciudad.

Como el señorón sólo hace aquellas cosas por servir á los amigos, el

buen hombre le ha dado además tres pesetas para el portero, que, por

lo visto, se ocupó en esas pequeñeces oficinescas, á la sombra de la

influencia poderosa de aquél; y cree que se ha ahorrado cinco duros,

sin sospechar que le han robado diez y medio.

Y no quiero citar más ejemplos de este género de infamias, por lo mismo

que es inagotable el catálogo.

Con la idea que se tiene en los pueblos del saber, de la travesura y de

la omnipotencia de un secretario, nada más fácil sería para éste, si

le diera por honrado como le da por bribón, que conseguir la concordia

completa entre las más enconadas rencillas de sus convecinos. Lejos de

esto, las irrita, y procura que se lleven todas á la _justicia_, para

explotarlas á su gusto; y donde no las hay, las enciende con el mismo

fin.

Un día se ve citado un pobre hombre ante la autoridad.

--Se te acusa--dice el secretario mientras el juez eructa despatarrado

en su banco,--en parte que pasa el montanero, de haber traído tu hija

una carga de quimas.

--¡Eran ramas secas, señor!

--¡Quimas dice la autoridad!... Ésta sabe también que la susodicha hija

tuya saltó la huerta de Juan Bardales, al venir del monte; robó las

manzanas y rompió el seto. Ítem, que apedreó las gallinas del mismo

vecino en su propio corral. Ítem, que enturbió la fuente pública un

poco después, y le rompió el silabario á una niña del mismo sujeto, que

iba de la escuela y se encontró con ella.

--Señor, la muchacha dice que no cogió una mala manzana; que el seto

que se cayó, al entrar ella, volvió á levantarle; que al ver que la

acometía el perro, le tiró con una piedra que fué á parar al corral y

espantó las gallinas; que por sacar un pendiente que se le cayó en la

fuente bebiendo en ella, enturbió el agua, y que si rompió la cartilla

á la hija de ese sujeto, fué porque la muchacha la tiró del moño.

--Pamema y todo pamema. Pruebas cantan, y aquí están contra ti. Con

la menor de ellas se te puede echar á presidio, porque este montón de

papeles, que son leyes y decretos, se te va encima. Todo te condena: la

_Ley de aprovechamiento de aguas_, por lo de la fuente; la de _orden

público_, por lo de las pedradas tumultuosas á las gallinas en propio

corral ajeno, y el _Código penal_, título tantos, artículos tales ó

cuales, por lo de la huerta, supuesto que ha habido robo con fractura,

y fractura también en lo de la cartilla. ¿Y qué fué lo de las quimas

más que un robo á mano armada y en despoblado? ¿No fué en el monte?

¿No llevaba tu hija un machete? ¿Pues sabes tú lo que rezan las leyes

en tales casos?... ¡Hasta la horca, si á mano viene! Pero la justicia

no es rencorosa... y todo puede arreglarse. ¿Quieres transigir antes

de que se escriba el juicio y haya que enviarle al juzgado de primera

instancia para que se forme causa criminal?

El pobre hombre tiembla y cree, ante tanto papelón oficial como se le

enseña, y, sobre todo, ante la idea que tiene de que, si no merece su

delito tanta pena, puede la habilidad del secretario conseguir que se

la apliquen.

--Transijo--dice,--aunque casi ignora por qué se le persigue.

Se tasa en seis duros la multa por la leña y los _desperfectos_ de

la fuente; págalos el paciente, así como los derechos del juicio,

aunque no se ha celebrado, y paga también la convidada en la taberna,

de la cual sale á media noche y á medios pelos, admirándose de que el

secretario no le haya pedido también las asaduras, pues, lo mismo que

las multas, se las hubiera dado sin replicar.

En algunas ocasiones estos infelices se arman de valor, y hasta se

atreven á consultar sus cuitas con alguna persona más ilustrada y

pudiente que ellos. Entonces oyen un consejo sano, que de algo les

valdría si le pusieran en práctica; pero antes de volver á su casa, ya

les pesa como un remordimiento porque temen las iras del déspota si lo

descubre, y no descansan hasta dar con él y hacerle beber en su mismo

vaso.

Porque se han dado casos, muy pocos en verdad, de apelar, en un juicio

de faltas, para ante el juez de primera instancia, y ¡qué cola ha

traído el _atrevimiento_! Por lo pronto, una sola vez se ha revocado

la sentencia del secretario, porque aquel señor que le guarda las

espaldas, puede hasta torcer la vara de la justicia. Para eso es

influyente en elecciones; y como el secretario le sirve á él en iguales

lances, tiene él que servir al secretario á toda costa. La vez que se

revocó la sentencia, aunque era inicua, le costó al juez el destino.

¡Conque figúrense ustedes!

El hecho es que los perdidosos y el ganancioso sufrieron las mismas

consecuencias con respecto á los furores del tirano; porque lo que éste

castiga es el atrevimiento de alzarse contra él, no el resultado de la

apelación.

Al tenor del caso pintado más atrás, calcúlese cuántos puede urdir el

bribón para castigar á sus víctimas y sacarles los cuartos. Aun sin

estos motivos, no se conoce un ejemplar de que haya sentenciado un

juicio conforme á justicia: según el ojo con que mira á cada uno de los

litigantes, así sentencia.

Por eso la frase sacramental de los desdichados, al verse perseguidos y

robados, es ésta siempre:

--¿Y qué voy á hacer yo contra ese hombre? ¡Gracias que se ha

conformado con eso!

Y «esto» es, quizá, el haberse quedado el pobre sin pan y sin camisa.

Cuando se muere alguien que deja cosa que valga la pena, y se propone

sacar una parte de ello, bien en concepto de _manda_ especial, ó de

_mejora_ en favor de tal cual pariente, con quien ya se ha puesto de

acuerdo, acude á la cabecera del moribundo, papel en mano y pluma en

ristre, «porque los abintestatos acaban con las familias».

--Lego para misas por mi alma...--dice el que va á morir.

--¡Qué alma ni qué calabaza, hombre! Las buenas obras son las que te

han de salvar, no los pícaros curas.

--Es que San Gregorio...

--Los santos no comen.

--Es que Dios...

--Dios no se mete en estas pequeñeces...

Si el testador se convence, se estampa en el papel la voluntad del

secretario; y si no... también. Apuradamente aquél casi nunca sabe, ó

ya no puede, leer ni firmar. Hecho el documento, llama el secretario

á siete borregos que ya estaban avisados y reunidos en la taberna

inmediata; firman á ciegas, y se acaba la operación.

Muerto el testador, cobra el secretario seis duros por sus _derechos_

y el papel; y después que éste se formaliza ante escribano, llámase

á la parte y recibe la manda, ó lo ofrecido en la mejora que él supo

arrancar.

Si el secretario necesita madera, va al monte, señala los árboles que

le convienen, y dice al guarda:

--Túmbalos.

Á los pocos días se rematan en concejo tantos robles _viejos_ que han

aparecido _caídos_ en el suelo, según parte del guarda. Están en lo

más inaccesible del monte, y apenas valdrán para quemar. Con estas

noticias, nadie los _puja_. Un solo vecino ofrece cinco reales por cada

uno, y eso porque no son para él.

De este modo adquiere el secretario media docena de hermosas vigas por

treinta reales... Porque el acarreo se le hacen los vecinos por una

convidada de aguardiente.

Como tiene todas las voluntades en su mano, y éstas pueden volverse

contra el médico titular, contra el maestro ó contra el cura, cuando á

él se le antoje, al primero le ha impuesto la obligación de darle dos

mil reales de los diez que le paga el pueblo; al segundo, parte del

maíz que recauda, ó el equivalente en dinero; y al último, como nada

le puede chupar, le tiene prevenido que á la menor alusión que oiga en

sus sermones, á su mozona, á sus manejos ó á cosa que le pertenezca, le

forma un expediente de conspirador que le balda.

Cuanto se mueve, cuanto respira, cuanto vive en el pueblo, está sujeto,

amarrado, á la voluntad del tirano. Todas las épocas, todos los

acontecimientos le sirven para sus fines y le producen dinero; y este

dinero es el sudor, la agonía de unos cuantos pobres labriegos, que,

sin una cruz como aquélla, quizá fueran felices... hasta donde se puede

serlo en este pícaro mundo.

Por eso todos le maldicen, todos le execran; todos, pero muy bajito,

le piden á Dios que se le quite de en medio, como la mayor de las

calamidades; mas como todos le temen, todos, entre tanto, marchan

sumisos á su voz, como rebaño de esclavos delante del sangriento azote;

todos tiemblan en su presencia, y todos le dan de buena gana la camisa,

considerando que pudo haberles robado hasta el pellejo...

Y ahora caigo en que, entretenido en pintar á este tipo por el lado de

sus hechos, no le he dado á conocer por el de su estilo.

Sirva, pues, de muestra el siguiente párrafo tomado de un informe suyo

acerca de unos terrenos comunales que trató de apropiarse, so pretexto

de que había en ellos una charca, la cual se comprometía á cegar si se

la cedían á este precio... con el terreno en que _radicaba_:

«Asimismo, el vecindario colindante á cuatro vientos acaece de continuo

de terciana pestífera y otras insalaciones, porque, según dictamen

facultativo, las aguas contingentes en un solo punto, arrojan de sí

corrompiciones y putrimentos que insurreccionan toda robustez por

opípara que sea. Y tocante á esta laguna, Excmo. Señor, es de las más

eminentes y perseverantes; como que ocupa una extensión de diez carros

de tierra, y no se ve seca de sus líquidos ni en la fogosidad del

verano, por lo cual abundan en ella las ranas cuadrúpedas y los peces

acuáticos de ambos sexos, quiero decir, de varias dimensiones».

De manera, lector, que no puede darse un pillo más redomado, que sea,

al mismo tiempo, mayor pedazo de bruto.

Esbozos y rasguños · 第 48 / 63 题