Una administración municipal no se hace odiosa á un aldeano por el
solo delito de ser algo más cara que otras que la antecedieron:
suspira, murmura, pero no pierde el sueño porque le pidan el recargo,
y el recargo del recargo, y el tanto por ciento más sobre todos estos
recargos, y dos del anticipo, y tres del empréstito, y cinco de
consumos, y tanto del puerto, y cuánto de los pastores, y esto para el
médico, y lo otro para el señor cura. Todas éstas y otras exacciones
llevan apariencia legal: el aldeano cuenta siempre con ellas ó
con otras parecidas; y aunque alguien más sagaz pudiera, con mucha
frecuencia, hallar no poco que tachar, así en la calidad como en la
cantidad de lo exigido, él lo paga religiosamente y no se escandaliza,
porque no le extrañan los motivos.
Pero es el caso que, después de descansar pagando, como, en señal de
su ingénita honradez, dice el pobre hombre, logra éste, á fuerza de
privaciones, esconder un roñoso ochavo en el _pico del arca_. Aquel
ochavo es, con otros que irá juntando poco á poco, una chaqueta nueva
para él, ó una saya para su hija, ó el _puchero limpio_ del primero de
la familia que _caiga en cama_, ó el socorro para el chico si la suerte
se le lleva al servicio de las armas, ó el calor del invierno, ó el pan
de la primavera. Robarle aquel ochavo es robarle la paz, el sueño, el
mayor pedazo de su alma.
Pues bien: este ochavo es, precisamente, el ochavo del secretario.
Cómo le huele, no siempre se sabe, ni nos importa. Cómo le saca, es lo
que iremos viendo poco á poco.
Al efecto, extendamos más el lienzo y bosquejemos algunos accesorios
esenciales á la figura principal.
La corporación municipal, como que en el pueblo no hay otra cosa, se
compone de media docena de toscos, sencillos é ignorantes labriegos,
para quienes es una carga insoportable la obligación de asistir á las
sesiones. Generalmente, estos concejales ignoran por qué y para qué lo
son; cuáles son sus atribuciones y hasta dónde alcanzan. El secretario
preside, el secretario habla, el secretario resuelve, el secretario
lo hace todo. El alcalde y los concejales firman como autómatas, y
no pocas veces temblando, como soldado novel que corre á la brecha
en pos de su jefe, y teme que aquel esfuerzo de disciplina le cueste
la vida. Porque es de advertir que estos pobres hombres, recelosos
por naturaleza, y que tantas cosas ignoran, no desconocen que están
amarrados como bestias á la voluntad del secretario.
El juez de paz, ó municipal, es otro campesino de la misma madera que
los concejales: deletrea mal el catecismo, apenas sabe firmar, y así
entiende de códigos y de interpretar leyes, como de capar cigarras. Mal
sentado en el tosco banco de la justicia, sabe decir tartamudeando:
--Hable Juan, ó conteste Pedro.--Y Juan y Pedro hablan y riñen, y aun
quizá se cascan las liendres. Y nada más. Pero el juez tiene á su lado
un secretario, y este secretario habla, discurre y sentencia por el
juez, que no da señales de vida sino para firmar la sentencia.
El tal secretario es el mismo del ayuntamiento, porque el juzgado no
produce bastante para permitirse el lujo de uno especial.
Y he aquí cómo viene á tener en sus manos la administración municipal y
la de justicia, libre de toda responsabilidad.
Pero todavía tiene más.
El solemnizar un contrato de venta con un documento público, trae,
según él, el compromiso y los derechos del registro; el registro una
declaración oficial de la finca, y esta declaración la contribución
subsiguiente. Es preferible un documento privado á lo más en un pliego
del sello 9º extendido _ante él_, que, sin rúbricas ni garabatos, da
tanta fe como el más guapo, y á mitad de precio que el escribano.
Y así se hace.
Por un procedimiento análogo recibe la última voluntad de sus
convecinos _in artículo mortis_.
Se ve, pues, que también es depositario de la fe pública.
Es dueño del monte, porque el guarda es obra suya; y lo es también, en
cierto modo, del médico, del maestro y hasta del párroco, por razones
que iremos viendo.
Amén de otros recursos, que el lector deducirá fácilmente, tiene
uno más, que puede considerarse como el mejor filón de su mina: un
apoderado universal del ayuntamiento en la capital de la provincia.
Este hombre es, por lo común, un bribón de siete suelas, capaz de
pegársela al lucero del alba, concursado veinte veces y procesado
criminalmente otras tantas.
Por último, tiene guardadas las espaldas por un señorón, que nunca
falta en la ciudad, de ésos que en todo ven por disculpa la _razón de
Estado_, y que á todo trance le ampara y sostiene, aunque le salten á
las barbas rociadas del fango que no ha logrado tapar con su influencia
omnipotente.