I
Cándidos hay todavía que creen que existe sobre la tierra algún
rinconcillo donde es posible la paz del espíritu, y, como consecuencia
inmediata, el perfecto equilibrio de los humores.
Las grandes pasiones, los choques infinitos de los múltiples elementos
y encontradas tendencias que constituyen la vida social en los grandes
centros de población, aturden al hombre pacífico y sedentario.
--¡Dichoso el campesino--exclama á menudo,--que vive sin ruido, sin
política, sin literatos, sin filosofía, sin periódicos, sin gas, sin
talleres... y sin guantes! El sol refulgente, la pradera florida, el
verde follaje, el río murmurando, la dulce brisa, las mieses fecundas,
la sonora esquila y el santo trabajo á la luz del astro vivificante,
para depositar en las entrañas de la madre tierra el leve grano que,
bendecido por la mano de Dios, ha de producir la suculenta hogaza...
Ésta es la vida. ¡Gloria á Dios en las alturas, y paz á los hombres de
buena voluntad!
Concédanme ustedes que no hay versión más admitida entre los
desengañados de la civilización. Pero ¿dónde está ese rincón bendecido?
Yo le buscara con más ahinco que el ilustre genovés el Nuevo Mundo
entre los misterios del virgen Océano; yo trocara estos hábitos,
refinados por la civilización, por el burdo ropaje del labriego, y
la pluma con que trazo estos rasgos por el timón del arado, si bajo
los duros pliegues del tosco vellón y revolviendo las costras de la
tierra, callaran todos mis deseos, renacieran mis juveniles esperanzas,
tornara á mi imaginación el color de las rosas, y rendido mi cuerpo
por el trabajo de todo un día, hallara, aunque en pobre lecho, el
perfecto reposo... Y eso, lector, que no soy, á Dios gracias, de los
más infortunados mortales; que mato con repugnancia hasta el insecto
que me destruye las flores del jardín, y no he robado al vecino ni
á la Hacienda el pan que comen mis hijos. ¡Qué fuera, gran Dios, si
me infundiera espanto la guardia civil! ¡Ah! Podrán variar hasta el
infinito el peso y la calidad de la cruz, según las fuerzas y la
condición de quien la lleve á cuestas; pero es innegable que allí donde
existe un hombre, hay una cruz que le agobia.
Lo del aire puro, lo de la luz radiante, lo de la humilde choza ó del
soberbio palacio, lo del paño burdo y del frac ridículo, aunque son
la verdad pura, no pasan de ser meros detalles de paisaje, simples
accidentes del inevitable Calvario social en que hemos de morir
crucificados.
Cierto es que el sencillo aldeano no conoce el tufillo de las modernas
industrias, ni el de los _artículos de fondo_, ni se ha inscrito
en la _Internacional_, ni frecuenta el _Salón de Conferencias_,
ni está al tanto de los motivos primordiales de ciertas _crisis_
ruidosas, ni da una higa por todos los derechos políticos, ni conoce
las visitas de etiqueta; pero no es menos cierto que paga los
desmanes, y las ambiciones, y las calaveradas de los periódicos y de
la _Internacional_, y las intrigas de los pasillos del Congreso... y
hasta las alfombras de los pasillos. Con sus hijos, porque la gente
_ilustrada_ armó un cisco gordo, y se necesitan hombres para defender
al Gobierno y á las _instituciones_ que se hallan en peligro; con sus
pobres ahorros, porque los grandes ejércitos y los grandes destinos
consumen mucho dinero, y con su hogar y su cosecha á veces, porque las
vicisitudes de la guerra se la llevaron á las puertas de su casa, y se
la destruyó una bomba por casualidad, ó se la arrasaron de intento,
porque estorbaba á la visual de una batería inmediata.
Además, como pecado ingénito y cruz peculiar, tiene el campesino
sus pasiones _non sanctas_, sus deudas de taberna, su _tercio para
caer_[4], su res enferma, su vecino envidioso, su vecina deslenguada,
su pleito muy á menudo; y, por último, la desdicha que no conocéis, la
plaga que no adivináis, viciosos de la ciudad; la pesadilla que jamás
os ha quitado el sueño, dormilones del _gran mundo_: tiene, en una
palabra, al secretario de su ayuntamiento.
Ésta es la gran cruz, digo, la cruz grande de los pueblos rurales, el
espantajo de su tranquilidad, el abismo de sus economías... _el tirano
de la aldea_.
Y aquí debo yo hacer una salvedad muy importante, tanto en honra de los
que desempeñan este respetable cargo dentro de las atribuciones que le
son propias, como en aclaración del verdadero asunto de este ESBOZO.
En las grandes agrupaciones municipales, ó allí donde, junto á la
riqueza rústica, tienen alguna representación otras industrias
lucrativas, no hay que buscar al personaje aludido. El destino está
bien remunerado, ha habido muchos aspirantes, y ha podido elegirse
uno verdaderamente capaz, suficientemente ilustrado y honrado á
carta cabal. Este secretario, lejos de ser una calamidad para el
pueblo, es el mejor amigo del ignorante labriego, y el procurador más
desinteresado en todos sus apuros con el municipio. Conozco muchos
funcionarios así, y me honro con la amistad de algunos de ellos.
Al tirano de mi cuento se le encuentra en esos pequeños municipios que
tanto abundan en las provincias del Norte y Occidente, compuestos de
aldeanos de pura raza, sin excepción quizá de una levita _temporera_,
apegados á sus yuntas y á sus tierras, como el marisco á la roca, sin
más ciencia, sin más literatura, sin más necesidades intelectuales;
en esos rinconcitos contribuyentes, de los que jamás se acuerda el
Gobierno si no es para sacarles sus hijos y su dinero.
Mi personaje pertenece, en suma, al grupo de secretarios de
ayuntamientos de los lugares, que son (al decir de Fernán Caballero)
_los más malos, los más venales, los más tiranos y los más opresores de
los hombres_[5].
La plaza está pobremente remunerada, y tuvo pocos golosos que la
pretendieran. Sólo un indígena puede con ella, y un indígena la explota.
¿Cómo la consiguió? No es fácil decirlo, porque no se sigue en
esto una tramitación determinada. Era el tal menos apegado que sus
convecinos á los trabajos agrícolas, díscolo además y turbulento; no
tenía mala letra y escribía con soltura; sabía en aritmética algo más
que las cuatro reglas, y sustituía al maestro de escuela en ausencias
y enfermedades; _pintaba en el aire_ unas cuentas municipales;
escamoteaba como un prestidigitador la _riqueza imponible_ á las
barbas de la misma administración de Hacienda... quizá sacó alguna vez
al ayuntamiento de alguna maraña peligrosa, y libró con ello de un
grillete á los inocentes concejales... ¡qué sé yo! Ello es lo cierto
que de la noche á la mañana se hallaron sus convecinos amarrados á
su omnipotencia, como pollino al árbol de la noria. Y no borro la
comparación, porque como á pollinos entre varas los trata el tiranuelo.
El cual no tiene otras rentas ostensibles que los tres mil escasos
reales que vale el destino; y no obstante, traga más vino que una cuba;
cada sábado va de caracolada y cada lunes de callos con arroz: el resto
de la semana, ferias y mercados, para cuyos viajes tiene un tordillo de
buen andar; viste bien y tiene moza, amén de la familia, numerosa, eso
sí, pero rollicita y bien trajeada. No se le conocen deudas.