Si cambiándose un día las tornas, ó trastrocándose los poderes, fueros
y obligaciones entre los seres condenados á purgar sobre la pícara
tierra el delito de haber nacido, se tomara residencia por los que hoy
son sus esclavos al tiranuelo implume, al bípedo soberbio que habla y
legisla de todo y sobre todo de tejas abajo, y aun, á las veces, osa
levantar sus ojos profanos más arriba del campanario de su lugar, como
si todo le perteneciera en absoluta indisputable propiedad, ¡magnífica
lotería le iba á caer!
Y cuenta que no hablo del hombre encallecido en el crimen; ni del
á quien la altura de su poderío hizo desvanecerse y desconocer la
índole y naturaleza de sus gobernados; ni del guerrero indomable á
quien embriaga la sed de una funesta gloria, y han hecho creer que
ésta puede fundarse alguna vez sobre montones de cadáveres mutilados
y de ruinas humeantes: refiérome al hombre vulgar, al hombre _de la
familia_, y, por tanto, no excluyo á las mujeres ni á los niños; tomo,
en fin, por tipo para mis observaciones, al _hombre de bien_, á la
mujer _de su casa_, al niño _cándido_; y empiezo por asegurar que
ninguna de estas criaturas se acuesta una sola noche sin un delito
que, en justas represalias, no le costara una mano de leña, cuando no
el pellejo, si se suspendieran las garantías que hoy nos mantienen en
despótico dominio sobre los irracionales, y tocara á éstos empuñar el
látigo.
No pretendo ser el descubridor de esta verdad manoseada en fábulas y
alegorías hasta el infinito; pero _nihil est novum sub sole_; y si la
forma de mi breve tarea lo parece, en ello doy cuanto puede exigírseme.
Hemos de convenir de antemano en que todo bicho viviente tiene su
sensibilidad física como el hombre, y, á falta de razón, un instinto
que le hace amar la vida y aterrarse enfrente de todo peligro de
perderla; y hay que conceder forzosamente que el frío, el hambre, la
sed, la fatiga, la persecución, los palos y las heridas atormentan á
los irracionales, en lo físico, lo mismo que á nosotros.
Esto entendido, recordemos algunos de los actos de _ferocidad_ más
comunes en la vida del hombre, ejercidos sobre las demás especies.
¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de
la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y
brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que
la sujetaba; y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve,
medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño
delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles,
suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el
perdón del carnicero.
Siempre que veo, _diariamente_, conducir centenares de estas reses al
matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he
guardado muy bien de volver á presenciar.
Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina,
ese líquido que se administra cincuenta veces al día á los enfermos,
y se recomienda, por substancioso, á todas horas, y se usa á cada
veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y
¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige _la
costumbre_ para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia,
que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre
sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de
ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No
cabe suplicio más feroz... ni más frecuente.
El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve;
pero en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos
diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace,
haber puesto en alarma á la especie, no obstante lo bestia que es.
Y ¿qué diremos del señor de la cerda, del apreciable individuo «de la
vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él!
Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una
muerte ignominiosa ocasión á una fiesta de vecindad; para ofrecer su
agonía por blanco á la burla, á la sátira y al escarnio de un barrio
entero... y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco,
entran por docenas las personas que rodean á la cerdosa bestia en su
último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse y
hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con
ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el apoyo
en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando
fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las
subsiguientes al sacrificio.
En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea
lavando la garganta del _reo_, y raspando en seguida la parte lavada
con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después
la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y
¡chiff! le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida,
acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera
por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las
ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden
al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar
un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor
cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando á tientas el
corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! Á la cuarta ó
quinta _calicata_ de esta clase, espira la víctima entre la rechifla,
los puñetazos y los improperios de sus matadores, que le hacen esta
despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las
fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y
el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y
otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se _destocina_, ó
descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura
aún la broma y el buen humor, en torno á los sangrientos despojos,
media semana.
Aunque la forma de éstos y otros _delitos_, que no quiero citar
por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas
las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan
duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha
ido acostumbrando á ellos, cediendo á las exigencias de una supuesta
_necesidad_ que le obliga á cometerlos.
Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir
en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables á
todas luces.
Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de hombres
pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura.
Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su
mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite
salir todas las mañanas muy temprano á tirar cuatro perdigonadas
á los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las
estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina ó la calandria;
es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería.
Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia
que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse á
almorzar, entre los seis ú ocho pájaros que contiene su morral, halla
tres ó cuatro que están vivos, aunque con un ala rota ó el pecho
atravesado.--«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el
_seráfico_ rentista. Y al llegar á casa, entrega gozoso á sus inocentes
retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor
de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta
circunstancia no divierte á los rapaces, cada uno examina el que le
pertenece, pluma á pluma y hueso á hueso. Así consigue tropezar con
el ala rota ó con la patita hecha astillas, á cuyo brusco contacto el
pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas.
¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad
aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata ó del ala, ó pincha que
pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en
la tarea, comienza á aporrear los muebles de la sala con la cabeza del
pájaro, ó le echa, vivo aún, á la lumbre, ó le ata al extremo de un
cordel para que el gato le vaya destrozando poco á poco.
Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del
estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y
como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia,
tiene la casa llena de animales que le _ayudan_ en sus experimentos.
Quiere estudiar, por ejemplo, la _virtud_ de un tósigo que ha extraído
de la planta _a_ ó _b_: va al corral, atrapa un conejo, le lleva á
su gabinete, le aplica á los ojos, ó á la lengua, ó á una herida
que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno; y si éste es
fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le
tienen ustedes un día ó una semana sufriendo horrores y presentando
á cada instante _síntomas_ que el sabio devora con ansiedad febril.
Para estudiar la circulación, diseca á un pollo, ó á un perro, ó á
otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo,
y al microscopio en seguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo
sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la
experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta
el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión _sobre el
terreno_, y, para conseguirlo, abre al perro ó al gato un boquerón en
el pecho hasta dejar descubierto el estómago, ó taladra quizá esta
víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver,
palpar y analizar los jugos... y qué sé yo cuántas cosas más?
Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana
todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida
humana sigue tan achacosa y breve como antes, y á esto me atengo.
Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos,
el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de
sorprender á la naturaleza animal un secreto que, aun después de
descubierto, no había de hacer más feliz á la humanidad.
Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un
par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los
cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su
abrigo, y que las mimase como á las niñas de sus ojos. Pues no, señor:
todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por
arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho
de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta
sangrar por los hocicos.
Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que
también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si
se para ó si tropieza.
Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los
envía al _matadero_.
La recompensa que da Pedro á las fatigas de su caballo, que le ha
servido diez ó quince años, es aún más digna de la ingratitud de la
raza humana: se le vende por un puñado de pesetas á un contratista
de la plaza de toros; y dicho está con esto que Pedro es español, y
que, por ende, acude solícito á la corrida en que sale á la arena su
caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro á que le
expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso á las
astas de la fiera, que á la primera embestida le arroja al suelo y le
desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver á
su caballo levantarse aún, merced á los palos que se le administran,
y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa
y desgarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo
«¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de
refresco, _ladrón_ al empresario, _pillos_ á los picadores, _tunantes_
á los chulos y _estúpido_ al presidente; pero no vomita estos
improperios porque hayan desbandullado á su caballo, no, señor, sino
porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer
mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia
de víctimas. Y la prensa _ilustrada_, al siguiente día, cuando reseña
la función, al llegar á este toro que destrozó siete caballos é hirió
á tres lidiadores, le llama _bueno_ y _voluntarioso_, y al pobre jaco
de Pedro, _sardina_, _aleluya_, _oblea_ y otras _transparencias_ por
el estilo; del picador que lastimó con el hierro, _indebidamente_, el
cuello de la fiera, y á lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la
_suerte_, dice que es un _tumbón_, y que el presidente debió enviarle á
la cárcel.
Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los
periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización
por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas
_ad majorem gloriam_ de la celebérrima _fiesta nacional_.--«En los
circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es
verdad que allí es donde vemos al hombre medir á su semejante con la
misma vara que á nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el
toro, que no embistiera si no se le hostigara».
Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas
bestias quizá no sea preferible, á morir de una cornada, espirar con
los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez
minutos buscando el oro de la apuesta... de sus amos.
Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias á Dios, y
_cuadros_ en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón
que acude á desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo.
Todos éstos y otros muchos _favores_ por el estilo, tienen que
agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el
fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina,
con el filantrópico objeto de acabar con la media docena de excepciones
rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la
morcilla traidora.
Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía
exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno
y pueden ayudarle ó estorbarle. Surca también los mares, y de su
seno roba el esquivo pez, y le fríe, á veces vivo, ó le reduce á la
triste condición de cautivo en una mezquina vasija, ó, cuando más, en
una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo
saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de
su libertad el seno y la inmensidad del Océano!
Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los
bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo
mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo
persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo
le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es
matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza.
Entre tanto, acosado por el hambre ó extraviado en la senda, un fiero
morador de las selvas baja un día al valle; pasa rápido junto á la
morada de un hombre; halla delante una res de la pertenencia de éste,
y le tira una zarpada que vale al salvaje animal media libra de carne.
Sábelo el hombre; toca á concejo; ármanse los vecinos; echan tras la
fugitiva bestia; alcánzanla en el monte; danle una batida, y acaban
con su vida á palos. Cunde la noticia del suceso; apodérase de ella
la prensa; desgañítase ésta pidiendo á las autoridades que exijan á
sus dependientes la más exquisita vigilancia; llama _héroes_ á los
apaleadores, y no parece sino que el equilibrio del globo terrestre
dependió del buen éxito de la paliza aquélla. ¿La llevarían menuda
los hombres, si después de ésta y otras fechorías fuesen llamadas las
bestias á legislar sobre la tierra?
Mas contra esta consideración se subleva nuestro orgullo _de raza_. Ó
somos, ó no somos hombres. ¿Lo somos? Luego el mundo y cuanto en él y
sobre él crece y respira, nos pertenece.
Niego resueltamente este principio tiránico. Si en la mente sublime
del Hacedor supremo cupo, al crear la oveja y el caballo, la idea de
que el hombre utilizase el vellón de la una y el trabajo del otro, no
pudo ofrecerle los tormentos y la agonía de entrambos para su deleite.
La crueldad y la ingratitud son vicios de la humana naturaleza, no la
obra inmediata de quien es la suma perfección. Por eso los castiga
inexorable.
Por tanto, creo que, en el supuesto caso, merece el hombre la consabida
paliza como un santo un par de velas.
Más aún: creo que el hombre es el bicho de peor intención, más malo,
más dañino de cuantos viven sobre la faz de la tierra.
Y lo pruebo con nuevas razones. Hemos visto hasta aquí que el bípedo
á quien Platón llamó implume, persigue y atormenta á los irracionales
siempre y en todas partes... y _porque le da la gana_. Se ha observado
más. Al hallarse sorprendido el hombre con la presencia de un individuo
de una especie que no es la suya, su primer impulso es tirarle con lo
que encuentre á mano; _matarle_, si es posible.
Las bestias, en su estado de libertad, huyen del hombre y viven con sus
propios recursos, y las más feroces no le atacan si, en su insensato
atrevimiento, no va él á provocarlas en sus recónditas guaridas. El
mismo tigre no mata si el hombre no le obliga á ello; la víbora no
muerde si no la pisan.
Se llama _fiero_ al león, _carnicero_ al lobo, porque viven á expensas
de la sangre de las especies inferiores. Y ¿qué hace el hombre? Eso
mismo y _algo_ más. El león no devora al león, ni el lobo al lobo; pero
el hombre devora también al hombre, de lo que pueden certificar no
pocas tribus salvajes de ambos hemisferios.
Nuestro orgullo de raza vuelve á sublevarse aquí, y exhibe como
protesta, contra ese _resabio_ de la barbarie, al hombre civilizado.
Acepto el reto, por más que, probada mi tesis con relación á la
especie, nada signifique contra ella la excepción del individuo.
El hombre de la civilización devora también á sus semejantes.
Como pueblo, ataca al de enfrente por ensanchar un palmo más su
territorio, ó por vengar la _injuria_ envuelta en una frase que su
misma diplomacia no ha logrado descifrar; y en estas perdurables
empresas sacrifica millares de víctimas, que ni el consuelo tienen, al
morir, de saber por qué se han batido; tala los campos, arrasa aldeas,
villas y ciudades, y siembra el luto y la desolación por todas partes.
Como individuo, explota, humilla, veja y martiriza á cuantos halla un
grado más abajo que él en la escala de la fortuna; por satisfacer una
venganza mezquina, acecha á su enemigo, y, rastrero y cobarde, le clava
un puñal en el corazón; tiene _esclavos_, así como suena; esclavos á
quienes apalea y acorrala, y vende y cambia y anuncia, como si fueran
bestias; y por último, so pretexto de un _pudor_ que, á serlo, infamara
al mismo Lucifer, más de dos veces arroja al fondo de una letrina el
fruto de su propia sangre.
Para coronamiento de gloria de la especie, recuérdese que ésta
_necesita_ una ley y un verdugo para _matar_ con hierro á quien con
hierro _mata_.
Ahora, respóndaseme con franqueza:
¿Es esto _devorar_ á sus semejantes? Y si no lo es, de ello á comerse
uno al vecino en pepitoria, ¿hay muchos pasos de distancia?
Que se ponga de moda en París la carne humana como se ha puesto la de
caballo, y, aunque no peco de rollizo, verán ustedes lo que tardo yo en
liar el petate y en buscar, más que de prisa, una guarida donde jamás
haya respirado la prole de Adán.
Entre tanto, bueno es que conste que veinte siglos ha dijo Plauto:
_Homo, homini lupus_: el hombre es _lobo_ para el hombre.
Su enfermedad, como se ve, procede de muy atrás; y como quiera que,
lejos de decrecer, ha ido en aumento, puede fundarse en ello la
esperanza de que, si Dios no lo remedia, no ha de sanar en los siglos
de los siglos.
Tal es el único consuelo que puedo ofrecer en este instante á las
especies inferiores, que, como el hombre mismo, gimen bajo la tiranía
del _lobo_ del poeta.
1870.
[Ilustración]
[Ilustración]
LA MUJER DEL CIEGO
¿PARA QUIÉN SE AFEITA?
Es evidente que el hombre se acostumbra á todo.
Ama con delirio á su esposa, á su hijo, á su madre: cree que si la
muerte le arrebatara el objeto de su amor, no podría sobrevivirle; y
llega la muerte al cabo, y le lleva la prenda querida... y no se muere:
la llora una semana, suspira un mes, viste de luto un año; y con el
crespón que arranca de su sombrero á los trece meses, desarraiga de su
pecho el último recuerdo doloroso.
Vive en la opulencia, contempla la miseria que agobia á su vecino,
y cree de buena fe que si él se arruinara sucumbiría al rigor de la
desesperación antes que aclimatarse á las privaciones, á la levita
mugrienta, á la estrechez de una boardilla y, sobre todo, al desdén
de los ricos; y un día la instable rueda da media vuelta, y le coge
debajo, y le desocupa los bolsillos, y le desgarra el frac, y le
reduce á la más precaria de las situaciones; y lejos de morirse, frota
y cepilla sus harapos, devora los mendrugos de su miseria, y con cada
humillación que le produce el desprecio de sus mismas hechuras, más
afortunadas que él, siente mayor apego á la vida.
Quién se imagina, porque nació en América, que sin aquel sol, sin
plátanos, sin dril y jipi-japa, fenecería en breve; y la suerte le
trasplanta á la mismísima Laponia, y allí, bajo una choza de hielo, sin
sol, chupando témpanos, royendo correas de bacalao y vestido de pieles,
engorda como un tudesco.
Quién otro, artista fanático, gana el pan que le sustenta _vergando_
pipas de aceite ó pesando fardos de pimentón...
Y si así no fuera; si Dios, en su infinita misericordia, al echar sobre
la raza de Adán tantísima desdicha, tanta contrariedad, no hubiera
dado al hombre una memoria frágil, un corazón ingrato, un cuerpo de
hierro y una razón débil y tornadiza, ¿cómo llegaría al término de su
peregrinación por este mundo pícaro sin ser un santo?
Pues bien: esta misma ley, que tal se enseñorea de nuestro corazón
y de nuestro temperamento por su propio é inatacable origen, se
impone también al humano criterio y le obliga á aceptar como _cosas
corrientes_ los absurdos más peligrosos.
No es otra la razón del baile, como fórmula _solemne_ del regocijo
social en la Europa civilizada, donde, _oficialmente_, el rubor, la
compostura, el decoro de la doncella, tienen un culto; ni me explico
de distinta manera la causa de que en esos certámenes lujosos de la
escogida sociedad, sea la mujer casada la que _da el tono_ en salones,
espectáculos y paseos, con pleno, omnímodo, amplísimo consentimiento de
su legítimo consorte.
Y ahora que estamos en nuestro terreno, discurramos sobre este hecho
tan notorio como transcendental.
Y pregunto yo:
--¿Para qué se adorna la mujer?
Y me responden todas ellas:
--Para embellecer más y más nuestros naturales atractivos.
--Y ¿por qué queréis embellecerlos más y más?--vuelvo á preguntar.
--Por rendir culto á un sentimiento de amor á lo bello, que es innato
en nosotras--vuelven á responderme;--por _parecer bien_, como se dice
vulgarmente.
--Y ¿qué es eso de _parecer bien_, tratándose de la mujer?--insisto.
--Causar _cierta complacencia_ en los hombres de buen gusto, y
la mayor curiosidad posible en las mujeres de nuestra esfera,--me
responden aún.
--Y ¿_qué pasa_ por los hombres cuando se deleitan en la contemplación
de los hechizos de una mujer?...
Aquí callan éstas, quizá por ignorancia, acaso por prudencia; pero
callan. Mas, en su defecto, responde la experiencia de mis francos
lectores:
--Un _deseo_ más ó menos vehemente, más ó menos pronunciado, de esos
mismos hechizos.
--Luego--concluyo yo,--la mujer que adorna sus naturales gracias con
el fin de embellecerlas más y más á los ojos voraces de los hombres,
si deliberadamente no provoca el asedio de éstos, da, cuando menos,
ocasión á él. Esto es lógica pura.
Ahora bien: no tengo inconveniente en admitir esta conclusión para la
mujer soltera, que, al cabo, con ese anzuelo se pescan casi todos los
maridos; pero la que ya le tiene, ¿debe ostensiblemente aceptarla para
sí? ¿Puede, acaso, sin su propio desdoro? No, seguramente.
Y aquí me sale al encuentro un hecho que se está dando testerazos con
esta ley.
Mientras la mujer es soltera, las faltas que cometa refluyen sobre ella
exclusivamente, y nadie más que ella paga, á costa de su porvenir, las
flaquezas ó debilidades de su fortaleza; pero desde el momento en
que se casa, todos sus deslices redundan en desprestigio, en desdoro
de su marido. Pues bien: el hombre sabe esto (¡como que en su egoísmo
lo ha dictado él como una ley social!), y sin embargo, en su ciega
obstinación, cuando se trata de la hija, toda precaución se le antoja
escasa, y cuando se trata de la esposa, toda libertad le parece poca. Á
la primera le exige un guardián asalariado para la calle, cuando carece
de una madre ó de una hermana, no soltera, que le preste el amparo
de su autoridad; le tasa el número y la clase de los espectáculos y
las horas de paseo; le prescribe el modo de andar, las expresiones
del rostro y los asuntos de sus conversaciones; le fija el color, la
calidad, la forma de sus vestidos, y hasta le impone las horas de
descanso y los platos de su comida. Á la segunda, ni una traba, ni una
restricción en su conducta pública ó privada: es libre como el aire;
va por donde quiere y cómo y cuando quiere; viste lo que más le gusta;
habla de lo que se le antoja y se ocupa en lo que más le agrada. En
suma: á la doncella, todas las seguridades; á la casada, á su propia
mujer, es decir, á su propio honor, todos los peligros. Áteme usted esa
perspicacia por donde pueda... y prosigamos.
Decía que la mujer casada no aceptaría jamás, ostensiblemente,
como móvil de su presunción, el efecto sensual que he definido; al
contrario, sostienen todas que al rendir á la moda ese ostentoso
testimonio de adoración, no les anima otro afán que el de satisfacer
esa misma pasión; que visten, que bailan y que pasean como el
gastrónomo come y bebe el sediento y estudia el sabio; pero que, _en
todo caso_, aun cuando (y esto lo dicen en confianza y muy bajito),
aun cuando el efecto que causan en el otro sexo sus exhibiciones y
coqueterías les fuera previamente conocido, ningún peligro corrían
en ello, ni tampoco sus maridos, supuesto que el sentimiento de los
deberes, su educación, etc., etc... se opondrían, y que es un agravio
hasta hacerlas capaces, por un instante, de exponerse siquiera á... y
que su distinción por arriba, y que su dignidad por abajo... En fin,
que no puede ser.
Yo voy á demostrar que sí.
Al efecto, examinemos su tesis. «Que visten y bailan y triunfan por el
mero afán de vestir, de bailar y de triunfar; y que _aunque otra cosa
fuera_, ningún riesgo corrían en ello ni su honra ni la de sus maridos».
Tenemos aquí dos aseveraciones, á cual más importante, que rebatir; y
para proceder en orden y con mejor éxito, empiezo haciéndome cargo de
la primera.
La mujer que necesito para ejemplo la conoce perfectamente el lector,
y se la encuentra todos los días en la calle, en los entierros, en
el teatro, en el paseo, en las tiendas; en todas partes, menos en su
casa. El invierno, el verano, el frío, el calor, la lluvia, el sol,
las tinieblas, la alegría, las lágrimas de los demás... todas las
estaciones, todas las horas, todas las circunstancias climatéricas,
meteorológicas y astronómicas; todas las preocupaciones, todos los
acontecimientos sociales, políticos y religiosos, la ayudan en su
empresa: todo lo explota para sus fines.--Con el barro, se luce una
bota hecha _ad hoc_ en Francia; sobre el polvo, se arrastran unas
enaguas que harían la fortuna de un pobre; con el frío, se ostentan
las ricas pieles y el pesado terciopelo; con el calor, las gasas
leves; de noche, el abrigo fantástico; en el duelo, la mantilla de
encajes, el rosario de gruesos corales ó las doradas cifras del
devocionario _relié_ en oloroso cuero; en el baile, en los salones...
¡oh, aquí todos los recursos de la fortuna, de la naturaleza y de la
coquetería!--Esta mujer no existe solamente en los grandes centros de
la elegancia; existe también en la más humilde capital de provincia.
En la corte será su teatro más grande, más aparatoso; pero su papel
es el mismo en los pueblos provincianos, con la ventaja de ser en
éstos sus relumbrones de mayor efecto, su vocación más enérgica, su
voluntad más decidida. En una como en otra región, este tipo vive
para todo menos para su familia, y de todos se deja ver menos de
sus hijos y de su cocinera. Los demás puntos de diferencia importan
poco ó nada en los tiempos que corremos; y lejos de las etiquetas
palaciegas, una ejecutoria de rancia nobleza se suple fácilmente con
un caudal efectivo... ó aparente, con un destino bien remunerado,
ó con uno de esos créditos _de prestidigitación_ que, por más que
no se conciban en su origen, se dejan apreciar á cada paso en sus
efectos.--La posesión de cualquiera de estos diplomas y un palmito
regular, bastan á una mujer vana para hacerla creer que no es vulgo,
que es _distinguida_.--Inmediatamente, no conformándose con que su
propio convencimiento se lo diga, exige el testimonio de _alguno
más_; después no le basta que dos, diez ó veinte que la hallan al
paso se lo confirmen: necesita _hacerse sentir_ en todo el círculo
de sus semejantes.--Así se lanza á la carrera del _buen tono_.--Si
_el porvenir_ se vislumbra en ella, se observa entonces que adquiere
popularidad en esta esfera su _hechizo_ especial; verbigracia,
la pantorrilla, un lunar en el hombro... algo que pertenezca al
catálogo de lo oculto y á la jurisdicción exclusiva de los ojos de
su marido.--Es de advertir que cada mujer de esta madera tiene su
_especialidad_ por el estilo, y también es de notar que no ignora que
los hombres la conocen en todos sus detalles... y que no la conocen
éstos por haber sondeado con ojo profano los misterios del tocador,
sino porque ella la ha puesto _coram pópulo_ con la frecuencia
necesaria y en ocasión oportuna.--Así las cosas, necesita popularizarse
toda entera; y, por ende, aspira á que de ella se hable como del sol;
que nadie ponga en duda sus resplandores; á que sean proverbiales su
belleza y su elegancia, hasta entre aquéllos que no la han visto. Si
lo consigue, un síntoma infalible se lo da á entender: deja de ser
_señora_, y se convierte simplemente en _Fulana de Tal_, sin más doña,
ni más _de_, ni otra zarandaja; ó en _Fulanita_, ó _Fula_, ó _Fulita
Tal_; con la cual contracción, tan lisa y llana, la citan siempre en
sus recuerdos, pollos, modistas, solterones, cursis y demás gente
nociva... y la prensa, si la hay en el pueblo, que sí la habrá, gracias
á Dios, para sahumerio, cuando menos, de estos ídolos, y decirnos si
van ó si vienen, ó si vestían de _nube_ ó de _carámbano_ la noche de
la recepción de _X_ ó de _Z_.--La popularidad en esta forma es la
consagración del apetecido encumbramiento de la heroína.--Los hombres
la admiran y la codician; las mujeres la odian. Triunfo completo.
Substancia de todo este potaje: una mujer _á la moda_, que aspira
siempre, y en ocasiones llega, á ser una mujer _de moda_.
Esta aspiración significa: una lucha sin cuartel con todas y cada una
de las mujeres que se dirigen al mismo fin, y con las que á él han
llegado ya; arrancar á éstas el cetro y conquistar á todas ellas su
corte, ó sean sus apasionados satélites.
Entre éstos hay mucho tonto, es verdad: muchos hombres que sólo anhelan
que el público los vea en familiar inteligencia con el astro de moda;
pero los hay también muy diestros y muy pegajosos, que van derechos _al
bulto_, y no gustan de perder el tiempo en escarceos inocentes.
Es preciso, pues, tolerar á los unos; _transigir_, hasta cierto punto,
con los otros, y mostrarse afable, nada escrupulosa y un tantico
insinuante con todos. (Aquí asoma la oreja la causa de la publicidad
del precitado hechizo _secreto_). Y poner en juego el arsenal de
recursos que tal campaña exige; defenderse, acometer, herir con ellos,
según las circunstancias, y no conocer sus respectivos efectos la misma
persona que los maneja con magistral habilidad, ¿es posible acaso?
Concediendo cuanto en este asunto puede concederse, admito que no sea
la _sensación_ de marras en el otro sexo el móvil único y exclusivo de
los alardes públicos de esta mujer; pero negar que la conoce y que la
acepta como el arma más poderosa para llegar al fin que se propone...
es imposible, porque está á la vista.
Y demostrada así la falsedad de su primera aseveración, paso á destruir
la segunda; tarea harto fácil en verdad.
«Que aun conociendo la mujer casada el susodicho efecto; aun siendo
éste el móvil de sus afanes, ni para su honra ni para la de su marido
hay peligro en entregarse á ellos».
Demos de lado todo lo que se viene preceptuando, desde Jesucristo
hasta el último de nuestros moralistas, acerca de la conducta pública
y privada que debe observar una _buena_ esposa: fuera este arma, por
su temple, demasiado ventajosa para mí; y arguyendo sólo al sentido
común, prescindamos también del estado, y consideremos á la mujer como
sexo simplemente. Y ahora respóndaseme:--la que tiene por oficio hacer
ostentación pública de sus atractivos morales, físicos y artificiales;
aceptar lisonjas y galanteos, y resistir más de un asedio tenaz,
¿se expone á sucumbir en la lucha?--Es evidente que sí; y aunque la
historia de la humana debilidad no lo enseñara, me lo confirmaría el
hombre mismo, el vencedor en esas luchas, poniendo un guardián á la
virtud de su hija, de cuyas fuerzas desconfía, porque él las ha probado
en otro terreno análogo.
Y si la hija es débil, ¿por qué no ha de serlo la esposa joven? ¿Tienen
acaso distinta naturaleza?
Pero aún quiero suponer, cerrando los ojos á la elocuencia de los mil
desastres conyugales que recuerdo, que todas las mujeres _de moda_
salen vencedoras é incólumes de sus luchas. La fama que en ellas
adquieren pregona la posibilidad, y, muy á menudo, las _probabilidades_
de todo lo contrario.
Una mujer casada, como la del tipo que nos ocupa, lo primero de
que prescinde es de sus deberes domésticos, de los derechos, de la
autoridad, de la consideración, de todo lo que se refiere á su marido.
Pues este síntoma, según Balzac, hombre competentísimo en la
materia, se presenta siempre que la mujer está resuelta á profanar
la fe conyugal; y no es lo peor que lo diga él, sino que los hechos
comprueban, con una precisión horrible, la exactitud de la máxima.
Callo, en obsequio á la especie, la definición que da el mismo filósofo
de la mujer que vive, como ésta, de sus vanidades mundanas: sus
adjetivos sacan sangre, y yo no soy cruel.
Recomiendo, en su defecto, la no menos autorizada opinión, aunque más
suave, del sublime Cervantes, á propósito del mismo asunto.
«_La buena mujer_, dice, _no alcanza la buena fama solamente con ser
buena, sino con parecerlo_».
Verdad es que las aludidas podrán objetar á este sabio dictamen:
«Nosotras no buscamos buena fama, sino que, conservando la que ya
tenemos adquirida, vamos, en alas de nuestro gusto, por la atmósfera de
nuestras inclinaciones».
Pero es el caso que el sutil manco, como si previera esta objeción,
añadió, para confundirla, la siguiente friolera:
«_Mucho más dañan á la honra de las mujeres las desenvolturas y
libertades públicas, que las maldades secretas._»
Aunque esta máxima es contundente, yo quiero todavía prescindir de ella
para dar la mayor amplitud posible á la defensa de las _acusadas_.
«Balzac y Cervantes», podrán decir éstas, «no pasan de ser dos hombres
de mucho talento... según fama, pues nosotras jamás los hemos visto _en
la sociedad_, y, por tanto, sus opiniones no son al cabo más que dos
opiniones particulares».
Aceptando yo, por un momento, tamaña herejía, en mi propósito de atacar
al enemigo (vamos al decir) en sus trincheras, apelo ahora á la
sinceridad de los mismos satélites de esas señoras, ó, lo que es igual,
sus apasionados, sus aduladores, sus amigos, las personas que más las
admiran, acatan, estiman y consideran, y les pregunto:--Resueltos á
casaros, ¿elegiríais para mujer propia á una de _ésas_?...
Pongo las dos orejas por la negativa.
Ergo... No formulo la consecuencia, porque está en la mente de todos,
hasta en la de las aludidas, aun desde antes que yo estableciera como
premisas los hechos consignados hasta aquí.
Una vez demostrada la existencia del peligro para la mujer, es
evidente, por necesidad, el del hombre, que, á este propósito, no es
más que un cuerpo con la desdichada virtud de reflejar, en tamaño
centuplicado, la menor de las máculas de la honra de su adjunta.
Habrán observado ustedes que á medida que adquiere popularidad en el
mundo el nombre de una mujer, va olvidándose el de su marido; y que
cuando la primera está en la cumbre de su triunfal carrera, cuando
se la cita en todas partes con la llaneza que más atrás indiqué, el
segundo ha perdido todos sus títulos personales.
Verbigracia:
--¿Quién es ese _sujeto_?--pregunto, al pasar junto á uno que, sin
saber por qué, me llama la atención.
--_El marido de Fulanita de Tal_,--me responden.
No tengo más que averiguar... Ya sé que aquel sujeto es... nadie, menos
que nadie, _el que paga_ los despilfarros de la mujer cuyo nombre
arrastra.
No puede darse, para un nieto de Caín, una condición más humillante, un
desprestigio más lastimoso.
Pues esto es lo menos que le cuesta á un marido _la gloria_ de serlo de
una mujer de moda, ¡lo menos!
Y, sin embargo, con ello habría sobrado para... Les aseguro á ustedes
que, pensando en la posibilidad de despertar de un _sueño_ semejante,
se concibe hasta la _morcilla municipal_.
La idea de esta posible catástrofe me excusa de extender mis
consideraciones hasta los casos de _lesión enormísima_ en el honor
conyugal por los propios _excesos elegantes_ de la mujer.
El lector, no obstante, puede discurrir sobre este tema, y de su cuenta
y riesgo, cuanto guste: yo, entre tanto, voy á permitirme hacer una
salvedad, que juzgo necesaria en mis inofensivos propósitos.
Al condenar la pasión desenfrenada del lujo y de la popularidad en la
mujer casada, no pretendo someter á ésta á su antigua condición de
esclava, ni transformarla en beata gazmoña, ni condenarla á perpetua
clausura: tan peligroso sería cualquiera de estos extremos como el
otro para la felicidad conyugal.--El menos severo de los moralistas
cristianos, dice: _time Deum et fac quod vis_.--En la necesidad de
formular yo mi pensamiento sobre el asunto en cuestión, diría algo
parecido á este sabio precepto á las señoras mujeres... «Cumplid con
vuestros deberes de esposas, y después haced lo que os acomode»; bien
entendido que, sujetándose ellas á la condición de la primera cláusula,
no me apuraría por verlas disfrutar ampliamente de la libertad
entendida en la segunda. Ni la visita, ni el vestido, ni el paseo, ni
el mismo rigodón, _aliquando_, presentarían entonces á mis ojos el
menor síntoma alarmante.
Sin embargo, antes de solemnizar este contrato, precisaría con toda
claridad un punto interesantísimo, para evitar ulteriores disgustos:
yo entiendo por deberes de esposa su atención constante hacia esos mil
detalles domésticos que constituyen el fundamento de la vida íntima,
desde el estrado hasta la cocina, desde los calcetines del niño hasta
el ropero del marido... ¡Oh, el marido sobre todo! Sus derechos, su
prestigio; nada antes que él. La tan ilustre por el talento como
por la cuna, la condesa Dash, dice á este propósito: «tu único, tu
urgente negocio (se dirige á la mujer casada) es agradar á tu marido,
conservar su ternura y esparcir en torno vuestro un aura de poesía que
le impida pensar en otra cosa... Vela _tú misma_ por lo que él tenga en
más estima, _y no confíes á los criados el cuidado de su ropa y de su
gabinete_: debe encontrarte en todo cuanto le rodee, y agradecer tus
cuidados y tu amor».
Elijo de intento esta autoridad, porque su doble carácter de mujer y
de mujer del _gran mundo_, presta al consejo mayor importancia. Las
razones en que le funda esta célebre escritora, pueden servir á la
vez como testimonio de mi sinceridad al proponer semejante _plan de
conducta_; «No olvides, continúa, que el marido es el jefe, por Dios
y por la ley, por la sociedad y por la naturaleza: tú eres débil, él
es tu apoyo y tu protector... _¡y nada más dulce que ser protegida por
aquél á quien se ama!_»
Conspirando á un fin tan dichoso, no cabe egoísmo en proponer los
medios que yo he propuesto, ni aceptándolos es posible verlos por su
lado prosaico.
De acuerdo sobre este punto _ella_ y yo, firmaría, con la fe de
un bienaventurado, el convenio de más atrás... _et si non, non_;
entonces, y sólo entonces, le diría sin el menor recelo: «haz lo que
te dé la gana»; entonces, y sólo entonces, la vería, sin estremecerme,
abarrotar su tocador, porque seguro estaría de que, al encerrarse en
él, conforme al consejo de la misma ilustre señora, «para _asearse_,
todo le parecería poco; para _pintarse_, todo le parecería mucho»,
fórmula cuya aparente trivialidad abarca entero el modelo de una mujer
discreta.
Mientras á él se ajustan las de mi cuento (que no se ajustarán),
_retournons à nos moutons_; es decir, vuelvo á mi tema.
--No comprendo cómo es la mujer casada la que _da el tono_ en paseos,
salones y espectáculos, siendo tan notorios los riesgos que en la
empresa corre el prestigio de su marido... He dicho mal: comprendo que
la mujer casada aspire á esos triunfos de su vanidad, y que á ellos
consagre todos sus afanes; lo que al sentido común se resiste es que lo
tolere, y hasta lo aplauda (¡borrego!) su marido.
Por eso dije al principio, y lo he demostrado con un ejemplo más, que
_el hombre se acostumbra á todo_.
Ahora, si ustedes me preguntan que cómo este supremo legislador de
costumbres, egoísta y tiranuelo por naturaleza, arregló las cosas
de tal manera; cómo promulgó esa ley cuya ejecución había de caer
sobre su propia mollera á modo de infamante coroza; cómo, en fin, se
colocó, pudiendo evitarlo, en la necesidad de mostrar tan inaudita
mansedumbre; si ustedes, repito, me preguntan esto... tampoco sabré dar
una respuesta satisfactoria, porque no soy fatalista. Y á fe que, si
lo fuera, nunca podría citar con mayor oportunidad que ahora, el tan
sabido apotegma pagano:
_Quos Júpiter vult perdere, dementat priús._
1870.
[Ilustración]
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