III

Sentadas estas ideas generales sobre tan famoso mentidero, tratemos de

estudiarle en detalle.

Al efecto, le consideraremos en los días _laborables_, como dice la

jerga técnica forense, y en los días festivos.

En el primer caso.--Se abre á las siete de la mañana, y media

hora después llegan los metódicos de _mayor edad_, de ancho tórax

y protuberante panza, caña de roten, corbata de dos vueltas y

almohadilla, y zapato de orejas; maridos del antiguo régimen, que se

acuestan á las nueve de la noche y madrugan tanto como el sol, dan toda

la vuelta al Alta ó llegan á Corbán sin desayunarse. Estos señores rara

vez se sientan en la Guantería: á lo sumo se apoyan contra el mostrador

ó la puerta. Su conversación es ordinariamente atmosférica, municipal,

agrícola, mercantil ó de política palpitante. Suelen extralimitarse á

lo profano, pero con mucho pulso: matrimonios notables, y no por lo que

hace á la novia, sino á la dote. Su permanencia es sólo por el tiempo

que les dura caliente el sudorcillo que les produjo el paseo.

Á las ocho y media.--Pinches de graduación, tenedores de libros,

lo menos, dependientes con dos PP., de los que dicen «nuestra

casa», «nuestro buque», por el buque y la casa de sus amos.--Estos

_suplementos_ mercantiles ya gastan más franqueza que sus predecesores

los tertulianos de las siete y media: no solamente se sientan en la

banqueta y sobre el mostrador, sino que, á las veces, abren el cajón

del dinero y cambian una peseta suya por dos medias del guantero, ó

le inspeccionan el libro de ventas, ó le averiguan las ganancias de

todo el mes.--Sus discursos son breves, pero variados, gracias á Dios:

muchachas ricas, probabilidades del premio gordo, tíos en América,

bailes y romerías en perspectiva.--El más mimado de su principal no

estará á las nueve y cuarto fuera del escritorio, por lo cual el

desfile de todos ellos es casi al mismo tiempo: al sonar en el reló

del ayuntamiento la primera campanada de las nueve. Son muy dados á la

broma, y se pelan por la metáfora. De aquí que ninguno de ellos salga

de la Guantería sin que le preceda algún rasgo de ingenio, verbigracia:

«vamos á la oficina», «te convido á una ración de facturas», «me

_reflauto_ á tus órdenes», «me aguarda el _banquete_ de la paciencia»,

y otras muchas frases tan chispeantes de novedad como de _travesura_.

Poco después que el último de estos concurrentes se ha largado,

empiezan á llegar los desocupados, de temperamento enérgico; los

impacientes, que se aburren en la cama y no pueden soportar un paseo

filosófico. Éstos entran dando resoplidos y tirando el sombrero encima

del mostrador; pasan una revista á los frascos de perfumería, y se

tumban, por último, sobre lo primero que hallan á propósito, dirigiendo

al guantero precisamente esta lacónica pregunta:--¿Qué hay?--Ávidos de

impresiones fuertes con que matar el fastidio que los abruma, son la

oposición de la Guantería, siquiera se predique en ella el Evangelio,

y arman un escándalo, aunque sea sobre el otro mundo, con el primer

prójimo que asoma por la puerta. Si por la tienda circula alguna lista

de suscripción para un baile ó para una limosna, ¡infeliz baile,

desdichado menesteroso! Por supuesto, que todas sus declamaciones no

les impiden ser, al cabo, tan contribuyentes como los que más de la

lista; pero el asunto es armar la gorda, y para conseguirlo no hay nada

como hacer á todo la oposición. ¡Conque te la hacen á ti, Juan, cuando

sostienes que tu establecimiento estaría más desahogado si ellos le

desalojaran!

En medio de sus violentos discursos, es cuando suele entrar la fregona,

oriunda de Ceceñas ó de Guriezo, descubiertos los brazos hasta el

codo, pidiendo una _botelluca de pachulín_ para su señora; ó ya la

pretérita beldad, monumento ruinoso de indescifrable fecha, que avanza

hasta el mostrador con remilgos de colegiala ruborosa, pidiendo

unos guantes _obscuritos_, que tarda media hora en elegir, mientras

larga un párrafo sobre la vida y milagros de los que tomó dos años

antes, y conservándolos aún puestos, se queja del tinte y de su mala

calidad, porque están de color de ala de mosca y dejan libre entrada

á la luz por la punta de sus dediles; el comisionado de Soncillo ó de

Cañeda, que quiere bulas, y regatea el precio, y duda que sean del año

corriente porque no entiende los números romanos, y no se gobierna en

casos análogos por otra luz que la del principio montañés «piensa mal y

acertarás»; la recadista torpe que, equivocando las aceras de la calle,

pide dos cuartos de ungüento amarillo, después de haber pedido en la

botica de Corpas guantes de hilo de Escocia; todos los compradores, en

fin, más originales y abigarrados y que parecen citarse á una misma

hora para desmentir, con la acogida que se les hace allí, la versión

infundada y absurda que circula por el pueblo, de que los ociosos de

la Guantería son «muy burlones».

Á medida que estos tipos entran y salen, nuevos tertulianos se

presentan en escena sin que la abandonen los que la invadieron á las

nueve. Vagos reglamentados que se visten con esmero y se afeitan y

se mudan la camisa diariamente; indianos restaurados á la europea;

forasteros pegajosos; estudiantes en vacaciones; militares que

_están bien por sus casas_, etc., etc., y ¡entonces sí que se halla

el establecimiento en uno de sus momentos más solemnes! Rumores de

actualidad, política, administración, modas, gastronomía, temperatura,

negocios, calidad y dinero, gustos, el boquerón del Muelle... de todo

se habla y sobre todo se discute, y, lo que es peor, nadie se entiende.

Así las cosas, dan las doce y media, y entran algunos de los que

salieron á las nueve. Con este refuerzo, más el de tal cual perezoso

que vuelve de los jardines de la Alameda, ávido de conversación,

la controversia, ó mejor dicho, las controversias van subiendo de

temperatura; crece la gritería, aumenta la confusión, y el alboroto

de la tertulia acaba por parecerse al de una jauría de sabuesos en la

pista de un cervatillo.

Mientras tú, en tan breves como duras é inútiles palabras, llamas

al orden á la tertulia, discurren por delante de la puerta ciertas

parroquianas, esperando á «que se larguen los ociosos». De éstas

puede asegurarse, juzgando piadosamente, que contrabandean; es decir,

que quieren polvos de arroz ó _vinagrillo_... ó son excesivamente

_modestas_, tienen mala dentadura, peor mano ó cualquiera de esos

defectos ostensibles que obligan á vivir á las mujeres presumidas un

término más atrás que sus semejantes, por no patentizarse con todos sus

detalles naturales.

Óyese al fin la una; y lo que no han podido conseguir ruegos ni

amenazas, lo alcanza, si bien poco á poco, el recuerdo de la sopa

humeando sobre la mesa de cada tertuliano: despejar la tienda. Media

hora después se cierra ésta, que, al cabo, logró diez minutos de

calma y de soledad, que aprovechan algunas pudibundas parroquianas

necesitadas.

Por la tarde, desde las dos y media, hora en que vuelve á abrirse,

hasta las tres, apenas la visita nadie más que los mismos _pinches_

de las ocho y media, de paso para sus escritorios; y ya no entra

en carácter hasta el anochecer, hora en la cual se reviste de una

gravedad inalterable. La tertulia del crepúsculo la forman el apacible

y prudente _señor mayor_, de vuelta del muelle de Maliaño ó de los

Cuatro-Caminos; el viejo canónigo después que, aburrido de pasear en

los claustros de la catedral, tomó su pocillo de aromático chocolate;

el atribulado cesante, el militar retirado, el joven juicioso, ó «buen

muchacho», que tiene la manía de la higiene pública ó de la policía

urbana; el veterano catedrático de humanidades; el orondo rentista...

y no pocas veces el gobernador civil, ó el militar, ó el alcalde...

ó los tres juntos. El fondo de la conversación entonces es grave y

filosófico, y rara vez se localiza una cuestión si el joven juicioso no

hace una excursión por los presupuestos del municipio ó el empedrado

de la capital ó tal otro ramo del ornato público, convencido de que

con éstas y otras análogas materias es con lo que se prueban y se

patentizan una razón bien sentada, una inteligencia exquisita y una

formalidad venerable.

Esta pacífica reunión dura hasta poco después de anochecido. Una hora

más tarde en el invierno, y dos en el verano, se cierra la tienda,

excepto las noches de baile _de lustre_, en el cual caso la Guantería

permanece abierta hasta que ha provisto sus elegantes superficialidades

el último invitado ó contribuyente á la fiesta.--Desde que salen los

señores de la tertulia grave hasta que se cierra la tienda, rara vez se

presenta en ella cuadro que llame la atención: el tendero de al lado,

el boticario de enfrente, el peluquero de más arriba... gente toda

apreciabilísima, pero que, cansada de bregar con sus parroquianos, sólo

desea el reposo y la quietud.--Esta ocasión es la que suele aprovechar

el guantero para hacer en sus libros el balance del día, porque el

guantero es hombre que lleva así sus cuentas, á fuer de honrado y

precavido.

Esbozos y rasguños · 第 42 / 63 题