Sentadas estas ideas generales sobre tan famoso mentidero, tratemos de
estudiarle en detalle.
Al efecto, le consideraremos en los días _laborables_, como dice la
jerga técnica forense, y en los días festivos.
En el primer caso.--Se abre á las siete de la mañana, y media
hora después llegan los metódicos de _mayor edad_, de ancho tórax
y protuberante panza, caña de roten, corbata de dos vueltas y
almohadilla, y zapato de orejas; maridos del antiguo régimen, que se
acuestan á las nueve de la noche y madrugan tanto como el sol, dan toda
la vuelta al Alta ó llegan á Corbán sin desayunarse. Estos señores rara
vez se sientan en la Guantería: á lo sumo se apoyan contra el mostrador
ó la puerta. Su conversación es ordinariamente atmosférica, municipal,
agrícola, mercantil ó de política palpitante. Suelen extralimitarse á
lo profano, pero con mucho pulso: matrimonios notables, y no por lo que
hace á la novia, sino á la dote. Su permanencia es sólo por el tiempo
que les dura caliente el sudorcillo que les produjo el paseo.
Á las ocho y media.--Pinches de graduación, tenedores de libros,
lo menos, dependientes con dos PP., de los que dicen «nuestra
casa», «nuestro buque», por el buque y la casa de sus amos.--Estos
_suplementos_ mercantiles ya gastan más franqueza que sus predecesores
los tertulianos de las siete y media: no solamente se sientan en la
banqueta y sobre el mostrador, sino que, á las veces, abren el cajón
del dinero y cambian una peseta suya por dos medias del guantero, ó
le inspeccionan el libro de ventas, ó le averiguan las ganancias de
todo el mes.--Sus discursos son breves, pero variados, gracias á Dios:
muchachas ricas, probabilidades del premio gordo, tíos en América,
bailes y romerías en perspectiva.--El más mimado de su principal no
estará á las nueve y cuarto fuera del escritorio, por lo cual el
desfile de todos ellos es casi al mismo tiempo: al sonar en el reló
del ayuntamiento la primera campanada de las nueve. Son muy dados á la
broma, y se pelan por la metáfora. De aquí que ninguno de ellos salga
de la Guantería sin que le preceda algún rasgo de ingenio, verbigracia:
«vamos á la oficina», «te convido á una ración de facturas», «me
_reflauto_ á tus órdenes», «me aguarda el _banquete_ de la paciencia»,
y otras muchas frases tan chispeantes de novedad como de _travesura_.
Poco después que el último de estos concurrentes se ha largado,
empiezan á llegar los desocupados, de temperamento enérgico; los
impacientes, que se aburren en la cama y no pueden soportar un paseo
filosófico. Éstos entran dando resoplidos y tirando el sombrero encima
del mostrador; pasan una revista á los frascos de perfumería, y se
tumban, por último, sobre lo primero que hallan á propósito, dirigiendo
al guantero precisamente esta lacónica pregunta:--¿Qué hay?--Ávidos de
impresiones fuertes con que matar el fastidio que los abruma, son la
oposición de la Guantería, siquiera se predique en ella el Evangelio,
y arman un escándalo, aunque sea sobre el otro mundo, con el primer
prójimo que asoma por la puerta. Si por la tienda circula alguna lista
de suscripción para un baile ó para una limosna, ¡infeliz baile,
desdichado menesteroso! Por supuesto, que todas sus declamaciones no
les impiden ser, al cabo, tan contribuyentes como los que más de la
lista; pero el asunto es armar la gorda, y para conseguirlo no hay nada
como hacer á todo la oposición. ¡Conque te la hacen á ti, Juan, cuando
sostienes que tu establecimiento estaría más desahogado si ellos le
desalojaran!
En medio de sus violentos discursos, es cuando suele entrar la fregona,
oriunda de Ceceñas ó de Guriezo, descubiertos los brazos hasta el
codo, pidiendo una _botelluca de pachulín_ para su señora; ó ya la
pretérita beldad, monumento ruinoso de indescifrable fecha, que avanza
hasta el mostrador con remilgos de colegiala ruborosa, pidiendo
unos guantes _obscuritos_, que tarda media hora en elegir, mientras
larga un párrafo sobre la vida y milagros de los que tomó dos años
antes, y conservándolos aún puestos, se queja del tinte y de su mala
calidad, porque están de color de ala de mosca y dejan libre entrada
á la luz por la punta de sus dediles; el comisionado de Soncillo ó de
Cañeda, que quiere bulas, y regatea el precio, y duda que sean del año
corriente porque no entiende los números romanos, y no se gobierna en
casos análogos por otra luz que la del principio montañés «piensa mal y
acertarás»; la recadista torpe que, equivocando las aceras de la calle,
pide dos cuartos de ungüento amarillo, después de haber pedido en la
botica de Corpas guantes de hilo de Escocia; todos los compradores, en
fin, más originales y abigarrados y que parecen citarse á una misma
hora para desmentir, con la acogida que se les hace allí, la versión
infundada y absurda que circula por el pueblo, de que los ociosos de
la Guantería son «muy burlones».
Á medida que estos tipos entran y salen, nuevos tertulianos se
presentan en escena sin que la abandonen los que la invadieron á las
nueve. Vagos reglamentados que se visten con esmero y se afeitan y
se mudan la camisa diariamente; indianos restaurados á la europea;
forasteros pegajosos; estudiantes en vacaciones; militares que
_están bien por sus casas_, etc., etc., y ¡entonces sí que se halla
el establecimiento en uno de sus momentos más solemnes! Rumores de
actualidad, política, administración, modas, gastronomía, temperatura,
negocios, calidad y dinero, gustos, el boquerón del Muelle... de todo
se habla y sobre todo se discute, y, lo que es peor, nadie se entiende.
Así las cosas, dan las doce y media, y entran algunos de los que
salieron á las nueve. Con este refuerzo, más el de tal cual perezoso
que vuelve de los jardines de la Alameda, ávido de conversación,
la controversia, ó mejor dicho, las controversias van subiendo de
temperatura; crece la gritería, aumenta la confusión, y el alboroto
de la tertulia acaba por parecerse al de una jauría de sabuesos en la
pista de un cervatillo.
Mientras tú, en tan breves como duras é inútiles palabras, llamas
al orden á la tertulia, discurren por delante de la puerta ciertas
parroquianas, esperando á «que se larguen los ociosos». De éstas
puede asegurarse, juzgando piadosamente, que contrabandean; es decir,
que quieren polvos de arroz ó _vinagrillo_... ó son excesivamente
_modestas_, tienen mala dentadura, peor mano ó cualquiera de esos
defectos ostensibles que obligan á vivir á las mujeres presumidas un
término más atrás que sus semejantes, por no patentizarse con todos sus
detalles naturales.
Óyese al fin la una; y lo que no han podido conseguir ruegos ni
amenazas, lo alcanza, si bien poco á poco, el recuerdo de la sopa
humeando sobre la mesa de cada tertuliano: despejar la tienda. Media
hora después se cierra ésta, que, al cabo, logró diez minutos de
calma y de soledad, que aprovechan algunas pudibundas parroquianas
necesitadas.
Por la tarde, desde las dos y media, hora en que vuelve á abrirse,
hasta las tres, apenas la visita nadie más que los mismos _pinches_
de las ocho y media, de paso para sus escritorios; y ya no entra
en carácter hasta el anochecer, hora en la cual se reviste de una
gravedad inalterable. La tertulia del crepúsculo la forman el apacible
y prudente _señor mayor_, de vuelta del muelle de Maliaño ó de los
Cuatro-Caminos; el viejo canónigo después que, aburrido de pasear en
los claustros de la catedral, tomó su pocillo de aromático chocolate;
el atribulado cesante, el militar retirado, el joven juicioso, ó «buen
muchacho», que tiene la manía de la higiene pública ó de la policía
urbana; el veterano catedrático de humanidades; el orondo rentista...
y no pocas veces el gobernador civil, ó el militar, ó el alcalde...
ó los tres juntos. El fondo de la conversación entonces es grave y
filosófico, y rara vez se localiza una cuestión si el joven juicioso no
hace una excursión por los presupuestos del municipio ó el empedrado
de la capital ó tal otro ramo del ornato público, convencido de que
con éstas y otras análogas materias es con lo que se prueban y se
patentizan una razón bien sentada, una inteligencia exquisita y una
formalidad venerable.
Esta pacífica reunión dura hasta poco después de anochecido. Una hora
más tarde en el invierno, y dos en el verano, se cierra la tienda,
excepto las noches de baile _de lustre_, en el cual caso la Guantería
permanece abierta hasta que ha provisto sus elegantes superficialidades
el último invitado ó contribuyente á la fiesta.--Desde que salen los
señores de la tertulia grave hasta que se cierra la tienda, rara vez se
presenta en ella cuadro que llame la atención: el tendero de al lado,
el boticario de enfrente, el peluquero de más arriba... gente toda
apreciabilísima, pero que, cansada de bregar con sus parroquianos, sólo
desea el reposo y la quietud.--Esta ocasión es la que suele aprovechar
el guantero para hacer en sus libros el balance del día, porque el
guantero es hombre que lleva así sus cuentas, á fuer de honrado y
precavido.