Además de los pormenores apuntados, que son los más característicos,
diariamente, de la Guantería, deben consignarse también, como
entremeses variables hasta lo infinito, algunos otros, verbigracia:
el corredor que pide un fósforo y toma asiento durante dos minutos
para respirar; el forastero que desea saber dónde se venden buenas
langostas de mar ó ron puro de Jamaica; el pollo desatentado ó la
doncella pizpireta que preguntan cuándo es, ó por qué se ha suspendido
el baile, el baile de campo, de cuya sociedad es el guantero
administrador, más que administrador, el alma y la inteligencia,
la varita mágica que allana las dificultades, reclutando socios,
extendiendo circulares, invitando á forasteros, procurando orquesta y
servidores, y transformando en un edén en breves días el ya, de suyo,
bello jardín de la calle de Vargas; la oficiosa señora que indaga
por quién tocan _á paso_, ó de quién es el bautizo, ó á quién han
dado el Viático; el cartero mismo que quiere averiguar en qué calle y
en qué casa vive la persona cuyo nombre, sin más señas, contiene el
sobre de una carta recién llegada, ¡y qué sé yo cuánto más! porque la
Guantería es una agencia universal, y su dueño una guía de viajeros, un
libro de empadronamientos, un registro de policía, en punto á datos y
curiosidades locales.
Consideremos ahora el mentidero en día de fiesta, y ejemplo al canto.
Son las doce de la mañana: la concurrencia, no cabiendo en la tienda,
invade el portal inmediato y parte de la calle. La sesión está
fraccionada en grupos que apenas logran oirse, en fuerza de lo mucho
que gritan. En uno, la joven América, vestida á la europea, se afana
porque le comprenda su teoría sobre la _comenencia_ de la _infusión_ de
razas, un jurisconsulto de gran volumen, que, olvidando la severidad
del Digesto, y sin negar al indiano la oportunidad de su _descurso_,
acaba por hacerle creer que Bezana se llamó _Bucefalonia_ en tiempo de
los romanos; la ciencia de Hipócrates, dejando sus rancios aforismos,
predica higiene moderna, y haciendo aplicaciones al bello sexo, vacila
entre el zapato de charol con moña y las _botinas_ de _marrón_; un
procurador le arguye contra los escotes de los trajes de baile, y aun
de paseo en verano, y un mayorazgo, dueño de una gran huerta, sostiene
lo contrario, porque piensa explotar las hojas de sus higueras, en día
no lejano, si los vestidos no dan en subir al paso que van bajando; el
matrimonio anda en un rincón á merced de un meritorio con cinco hijos,
que le defiende, y de un mal humorado que le acribilla; la hacienda
pública se arregla más allá con los cálculos de un desarreglado que
jamás pudo establecer en su casa el orden y la economía; el arte
dramático moderno perece bajo las iras de un erudito que no distingue
la prosa del verso más que por el tamaño de los renglones; la religión,
la política, el baile, tienen allí también su grupo de competentes,
sin que le falten, por supuesto, al comercio, cuyo _grano_ merece la
preferencia de ciertos hombres de chapa, siempre y en todas partes.
Entre tanto, tú, mi buen amigo, detrás del mostrador, pides, ya que no
parroquianos, cuya entrada es imposible, un poco de luz para clasificar
los guantes que en horas anteriores has desparramado por servir á algún
precavido consumidor; pero ni luz ni parroquia te conceden los que, en
el egoísmo de su deleite, se curan muy poco del daño que te hacen.
De pronto se revuelven las masas, ábrese un angosto sendero, y, á
toda fuerza de puños y caderas, avanza hasta el mostrador una robusta
pasiega. La imprudente ama de cría desenvuelve ante el concurso una
tira informe y deshilada, y pide un par igual, pero «que alargue y
encoja».
--¿Para quién son?--pregunta un curioso, rollizo y alegrote, movido de
no sé qué sentimiento.
--Para la señorita,--contesta la montaraz nodriza, sin sospechar el
cúmulo de deducciones que pudieran desprenderse de este solo dato.
Ignora la desdichada que, como al naturalista le basta un diente
hallado en un basurero para saber el género, la especie, la edad, la
estatura y otra porción de circunstancias del animal á que perteneció,
á un ocioso de la Guantería le sobra una liga vieja para... ¡bah, yo lo
creo!
La animación de la concurrencia crece con este motivo (no el de la
liga, sino el de los empellones de la pasiega); ésta se amosca,
lanzando por su bendita boca más rayos y centellas que una tempestad;
y tú, que necesitas ya muy poco para estallar, empiezas á tratar de
«usted» á la reunión, detalle terrible que suele preceder á tu tardío,
pero imponente enojo, concluyendo... por largarte á la calle por la
puerta falsa, cerrando la principal, en la imposibilidad de arrojar
á los demás fuera de la tienda. ¡Ejemplo sublime! Dos minutos después
no queda un ocioso en la Guantería. Vuelves entonces á entrar en
ella, abres la puerta de la calle, respiras con ansia, vas á lanzar
una exclamación de sorpresa al encontrar el local libre y despejado,
y antes que despliegues los labios, te ves envuelto en la misma
muchedumbre de marras. Pero tu fisonomía se halla ya serena, tu voz
firme y segura, y en tu pecho no queda el más leve enojo hacia los
invasores. Y ¿cómo tan repentino cambio? ¿Consiste en que la frecuencia
de esas escenas te ha acostumbrado á mirarlas con indiferencia, ó en
que, en la imposibilidad de corregir á tanto incorregible, te resignas
á sus vandálicos atropellos? No, seguramente: es que los breves
momentos en que te ves solo detrás del mostrador, te hacen extranjero
en tu propia casa, te entristecen y te afectan hasta el extremo de que
ofrezcas, en tus adentros, la mejor caja de guantes por el peor de tus
amigos. Porque no puedes vivir sin su presencia; tú me lo has confesado
más de una vez: te son tan necesarios como á nosotros la Guantería.
No la cierres nunca, Juan, aun cuando la fortuna te persiga más allá
de tus ambiciones, ó no te respondo de los resultados. ¿Qué sería de
nosotros si al salir un día de casa nos hallásemos esa puerta cerrada?
Mediten un poco sobre este punto mis contertulios. La Guantería, como
la salud, no se sabe lo que vale hasta que se ha perdido.
En una ocasión, y por un motivo que no quiero recordarte por no afligir
tu corazón de padre, hallé cerrada la puerta ¡caso inaudito! en un día
de trabajo. Nunca, hasta entonces, había reparado yo en el aspecto
de los sillares de aquella puerta, desnudos de las charoladas hojas
que de ordinario los revisten; jamás me pareció la calle de la Blanca
más larga, más silenciosa, más triste. Llegaron varios contertulios;
pasmáronse, como yo, ante tal espectáculo, y mustios y cabizbajos
dímonos á vagar por la población. Sobronos el tiempo, aburrímonos en
todas partes, y tornamos á casa en el mayor desaliento. Tres días sin
Guantería, y comprendo en Santander hasta la revolución.
Así, pues, Juan incomparable, explota, estruja tu establecimiento
famoso mientras lo necesites para provecho de tus hijos y sostén de tu
familia; pero si, como he dicho ya, llegaran sus productos á colmar tus
modestas ambiciones, antes de cerrarle considera que es indispensable
para tu gloria y deleite de tus infinitos amigos; y ya que, á pesar de
su utilidad patente y preclara historia, no le declare el Gobierno
_monumento nacional_, ilustre Senado montañés, quede siempre abierto
para que los futuros santanderienses aprendan allí, como nosotros, á
ser excelentes ciudadanos y tan buenos amigos como lo es tuyo el que,
en prueba de ello, te dedica estos renglones.
1869.
[Ilustración]