Bajo tres aspectos pudiera, en rigor, estudiarse la Guantería: el
_monumental_, el mercantil y el de _círculo charlamentario_.
Bajo el aspecto primero, no ofrece gran interés que digamos:
conténtese quien lo ignore, que no será, de fijo, de Santander, ni
habrá permanecido en esta capital más de veinticuatro horas, con saber
que está en la calle de la Blanca; que tiene el número 9 junto á un
modesto tablero en que se lee _Guantería y Perfumería_, en sustitución
de otro más lujoso que ostentó hasta no ha mucho con las armas reales,
debajo de las cuales se leían estas breves, pero resonantes palabras:
JUAN ALONSO, GUANTERO DE SS. MM. Y AA.; que al lado de esta sencilla
muestra se cierne una mano, ya roja, ya verde, ya amarilla, pregonando
con su expresivo bamboleo la principal mercancía del establecimiento;
que de las charoladas puertas, plegadas sobre las jambas, penden
multitud de cuadros anunciando _La Honradez_, _La Rosario_, _La
Sociedad higiénica_, _Aceite de bellotas_, _Expendición de bulas_...
y _tutti cuanti_; que el local de la tienda es reducidísimo, y que no
hay arquitecto que sea capaz de fijar el orden á que pertenece... ni de
meter en igual espacio la cantidad de objetos que encierran aquellos
barnizados estantes.
Bajo el segundo aspecto.--He prometido no ocuparme en esta materia; y
cumpliendo mi palabra, después de recomendar al público la excelencia
de los géneros, paso á considerar el establecimiento.
Bajo el tercer aspecto.--Ésta es su gran fachada, la única que nos
importa examinar.
Nada más común en una población de España, la patria clásica de los
garbanzos y de los _corrillos_; nada más común, repito, siquiera cuente
veinte vecinos, que un _mentidero_, ó sea un establecimiento público
que sirva de punto de reunión á todos los desocupados. En las aldeas y
villas de corto vecindario suelen serlo la taberna, la estafeta ó la
botica. En las capitales hay un mentidero por cada barrio, si no por
cada calle ó por cada grupo de personas que convengan entre sí en algo,
siquiera en la forma del chaleco, ó en la edad... ó en no convenir en
nada.
La Guantería de Santander está muy por encima de todos los mentideros
del mundo; y así como en su calidad de establecimiento abruma á
cuantos, de su mismo género, se atreven á iniciarse á su lado, en
su calidad de círculo chismográfico resume todas las tertulias
masculinas de la capital. Todos los hombres, todas las edades, todas
las categorías tienen su representación en ese centro; para todos
hay cabida en la elástica estrechez de su recinto, y, lo que es más
extraño, las opiniones más opuestas se miran en él sin arañarse, aunque
no sin regañar.
Como punto en que se reúnen todos los caracteres de la población, la
Guantería es un palenque magnífico en que cada uno prueba á su gusto la
fuerza de su lógica, el veneno de su sátira ó la sal de su gracejo. El
que allí logra hacerse oir en pleno concurso y captarse las simpatías
de los demás, ya puso una pica en Flandes: no habrá puerta que se le
cierre, y está abocado á grandes triunfos en bailes y tertulias.
El primer paso que da un estudiante al terminar su carrera, antes que
en la práctica de su profesión, es en el recinto de la Guantería. Allí
va á estudiar _el país_, á crearse amistades, á darse á conocer. Pero
que se lance á la sociedad de este pueblo desde la cátedra de una
Universidad, sin entrar por la tienda núm. 9 de la calle de la Blanca:
estará desorientado en los salones, violento, fuera de quicio, como un
oficial _de cuchara_ en un cuerpo facultativo.
En un baile se ve un joven solitario ó, lo que aún es peor, en tibia
conversación con un tipo extravagante: es que no asiste á la Guantería
como tertuliano de ella. Os llama la atención otro prójimo amanerado,
que en el paseo no saluda á nadie con desembarazo: pues no dudéis en
asegurar que no tiene entrada en la Guantería. El que pasea en los
Mercados del Muelle; el que os mira con cierta curiosidad, como si
estudiase el nudo de vuestra corbata ó la caída del levi-sac; el que
bosteza en la Plaza Vieja á las doce del día; los que transitan por
la calle de la Blanca, muy de prisa y por la acera de los hermanos
Vázquez...; en una palabra, todos los que llevan consigo cierto aire
exótico y de desconfianza por las calles, plazas y paseos de esta
capital, carecen del _exequatur_ del círculo de la Guantería. Esos
hombres podrán ser buenos comerciantes al menudeo, ejemplares hermanos
de la _Orden Tercera_, inspirados vocales de juntas de parroquia,
maridos incansables, y, á lo sumo, en tiempo de efervescencia popular,
reformistas vulgares, peones de candidatura; pero no otra cosa: la
entrada á la buena sociedad está por la Guantería; el desembarazo, el
aplomo y hasta la elocuencia, no se adquieren en otra parte... salvas,
se entiende, las excepciones de cajón, pues excusado creo decir que
también allí _los_ hay, y de muy buen tamaño.
En suma: la Guantería es la cátedra de todos los gustos, el púlpito de
todos los doctores, la escuela de todos los sistemas... la tribuna de
muchos pedantes; la escena, en fin, donde se exhiben, en toda libertad
y sin mutuo riesgo, las rosas y las canas, la bilis y la linfa, el
fuego y la nieve, el gorro y los blasones, el frac y los manteos; pues,
como ya he dicho más arriba, en ese círculo charlamentario todas las
edades, todas las condiciones, todos los temperamentos, todas las
jerarquías tienen su representación legítima.