Repito que no saco á plaza las aventuras de _mi primer sombrero_,
por lo que ellas puedan interesar á otra persona que no sea la que
iba debajo de él cuando ocurrieron. Cítolas por lo dicho más atrás;
y añado ahora, que lo que me pasó á mí en el mencionado día solemne,
estaba pasando en Santander á todas horas á cuantos infelices tenían
la imprevisión de echarse á la calle con sombrero de copa, y sin algún
otro signo característico de _persona mayor_, y además _decente_.
Como hoy se proveen los chicos de novelas ó de cajas de fósforos,
entonces se proveían de tronchos de berza y de pelotillas de plátano;
y había sitios en esta ciudad, como el Puente de Vargas, los portales
del Peso Público, los del Principal, la embocadura de la cuesta de
Garmendia y la esquina de la Plaza Vieja y calle de San Francisco,
que constantemente estaban ocupados por exterminadores implacables
del sombrero alto. Los pobres aldeanos de los Cuatro lugares que no
gastaban, como hoy, finos y elegantes hongos, sino enhiestos tambores
de paño rapado, caían incautos en estas emboscadas, que muchas veces
dieron lugar á furiosas represalias.
Para estos pobres hombres, para los _señores de aldea_ y los polluelos
de la ciudad, no se conocía en ésta la compasión si llevaban sombrero
de copa. En tales circunstancias, no había amigo para amigo, ni hermano
para hermano. Se perseguía á sus sombreros como á los perros de rabia,
sin descanso, sin cuartel.
Esto es lo que se hizo conmigo el día del _Corpus_; esto lo que yo
había hecho tantas veces con el prójimo; esto lo que yo alegaba ante
mi familia para no ponerme el sombrero; esto lo que mi familia no
quería creer... y todo esto pasaba en la ciudad de Santander, llamada
ya _el Liverpool de España_, por su riqueza mercantil y pretendida
ilustración, en el año del Señor de 1848, y en algunos de más acá.
Y no se ría de ello la generación que siguió á la mía, y que no sólo
se encasquetó el sombrero impunemente al cumplir los catorce años,
sino que le llevó al teatro, y á butaca, después de haberle lucido
en la Alameda, y fumigado con el aroma de un habano de á dos reales,
lujos que á nosotros nos estaban prohibidos hasta en sueños; no se ría,
digo, y acepte de buena fe lo que le refiero; que más gorda se ha de
armar cuando ella cuente dentro de quince años, que en el de gracia de
1868, aún estaban en gran boga en Santander las _cencerradas_ y _los
gigantones_.
1868.
[Ilustración]
[Ilustración]
LA GUANTERÍA[2]
(Á SU DUEÑO Y MI BUEN AMIGO DON JUAN ALONSO)
I
Á fuer de retratista concienzudo, aunque ramplón y adocenado, no debo
privar á la fisonomía de Santander de un detalle tan característico,
tan popular, como la _Guantería_. Mis lectores de aquende le han echado
de menos en mis _Escenas Montañesas_, y no me perdonarían si, en
ocasión tan propicia como ésta, no reparara aquella falla. Tómenlo en
cuenta los lectores de allende (si tan dichoso soy que cuento alguno de
esta clase), al tacharme este cuadro por demasiado _local_.
Y tú, mi excelente amigo, el hombre más honrado de cuantos he conocido
en este mundo de bellacos y farsantes; tú, cuya biografía, si lícito
me fuera publicarla, la declarara el Gobierno como libro de texto en
todas las escuelas de la nación; tú, á quien es dado únicamente, por un
privilegio inconcebible entre la quisquillosa raza humana, simpatizar
con todos los caracteres, y lo que es más inaudito, hacer que todos
simpaticen contigo; tú, ante quien deponen sus charoles y atributos
ostentosos las altas jerarquías oficiales para hacerse accesibles á tu
confianza, eximiéndote de antesalas, tratamientos y reverencias; tú,
que no tienes un enemigo entre los millares de hijos de Adán que te
estrechan la mano y te piden un fósforo... y algo más, que no siempre
te devuelven; tú, en fin, «guantero» por antonomasia, perdona á mi
tosca pluma el atrevimiento de intrusarse en tu propiedad, sin previo
permiso, para sacar á la vergüenza pública más de un secreto, si tal
puede llamarse á lo que está á la vista de todo el que quiera tomarse,
como yo, el trabajo de estudiarlo un poco.
Pero no te alarmes, Juan amigo: acaso lo que tú más estimas en el
establecimiento, sea lo que menos falta me hace en esta ocasión. En
efecto: yo respetaré tus cajas de guantes, tus montones de pieles, tus
frascos de perfumería, tus cajones de tabacos, tus paquetes de velas,
tus resmas de bulas... toda la enciclopedia industrial que se encierra
en el estrecho recinto de la tienda: no colocaré mi huella profana
más allá del charolado mostrador. Todo ello te pertenece; todo lo has
ganado á fuerza de constancia, de trabajo y de honradez. De guantes, de
pieles, de perfumería, de tabacos, de velas, de bulas... de mostrador
afuera está lo que yo necesito ahora; y lo que es eso, amigo mío, todo
lo voy á echar á la calle, mal que te pese, porque todo me pertenece,
como el rubor de una novia á la crítica de sus amigas; todo es del
público dominio, como la forma de mi gabán, por más que él me haya
costado el dinero.
Conque, supuesto que no he de retroceder ya en mi propósito, dejemos
toda digresión impertinente, y manos á la obra.