III

Repito que no saco á plaza las aventuras de _mi primer sombrero_,

por lo que ellas puedan interesar á otra persona que no sea la que

iba debajo de él cuando ocurrieron. Cítolas por lo dicho más atrás;

y añado ahora, que lo que me pasó á mí en el mencionado día solemne,

estaba pasando en Santander á todas horas á cuantos infelices tenían

la imprevisión de echarse á la calle con sombrero de copa, y sin algún

otro signo característico de _persona mayor_, y además _decente_.

Como hoy se proveen los chicos de novelas ó de cajas de fósforos,

entonces se proveían de tronchos de berza y de pelotillas de plátano;

y había sitios en esta ciudad, como el Puente de Vargas, los portales

del Peso Público, los del Principal, la embocadura de la cuesta de

Garmendia y la esquina de la Plaza Vieja y calle de San Francisco,

que constantemente estaban ocupados por exterminadores implacables

del sombrero alto. Los pobres aldeanos de los Cuatro lugares que no

gastaban, como hoy, finos y elegantes hongos, sino enhiestos tambores

de paño rapado, caían incautos en estas emboscadas, que muchas veces

dieron lugar á furiosas represalias.

Para estos pobres hombres, para los _señores de aldea_ y los polluelos

de la ciudad, no se conocía en ésta la compasión si llevaban sombrero

de copa. En tales circunstancias, no había amigo para amigo, ni hermano

para hermano. Se perseguía á sus sombreros como á los perros de rabia,

sin descanso, sin cuartel.

Esto es lo que se hizo conmigo el día del _Corpus_; esto lo que yo

había hecho tantas veces con el prójimo; esto lo que yo alegaba ante

mi familia para no ponerme el sombrero; esto lo que mi familia no

quería creer... y todo esto pasaba en la ciudad de Santander, llamada

ya _el Liverpool de España_, por su riqueza mercantil y pretendida

ilustración, en el año del Señor de 1848, y en algunos de más acá.

Y no se ría de ello la generación que siguió á la mía, y que no sólo

se encasquetó el sombrero impunemente al cumplir los catorce años,

sino que le llevó al teatro, y á butaca, después de haberle lucido

en la Alameda, y fumigado con el aroma de un habano de á dos reales,

lujos que á nosotros nos estaban prohibidos hasta en sueños; no se ría,

digo, y acepte de buena fe lo que le refiero; que más gorda se ha de

armar cuando ella cuente dentro de quince años, que en el de gracia de

1868, aún estaban en gran boga en Santander las _cencerradas_ y _los

gigantones_.

1868.

[Ilustración]

[Ilustración]

LA GUANTERÍA[2]

(Á SU DUEÑO Y MI BUEN AMIGO DON JUAN ALONSO)

I

Á fuer de retratista concienzudo, aunque ramplón y adocenado, no debo

privar á la fisonomía de Santander de un detalle tan característico,

tan popular, como la _Guantería_. Mis lectores de aquende le han echado

de menos en mis _Escenas Montañesas_, y no me perdonarían si, en

ocasión tan propicia como ésta, no reparara aquella falla. Tómenlo en

cuenta los lectores de allende (si tan dichoso soy que cuento alguno de

esta clase), al tacharme este cuadro por demasiado _local_.

Y tú, mi excelente amigo, el hombre más honrado de cuantos he conocido

en este mundo de bellacos y farsantes; tú, cuya biografía, si lícito

me fuera publicarla, la declarara el Gobierno como libro de texto en

todas las escuelas de la nación; tú, á quien es dado únicamente, por un

privilegio inconcebible entre la quisquillosa raza humana, simpatizar

con todos los caracteres, y lo que es más inaudito, hacer que todos

simpaticen contigo; tú, ante quien deponen sus charoles y atributos

ostentosos las altas jerarquías oficiales para hacerse accesibles á tu

confianza, eximiéndote de antesalas, tratamientos y reverencias; tú,

que no tienes un enemigo entre los millares de hijos de Adán que te

estrechan la mano y te piden un fósforo... y algo más, que no siempre

te devuelven; tú, en fin, «guantero» por antonomasia, perdona á mi

tosca pluma el atrevimiento de intrusarse en tu propiedad, sin previo

permiso, para sacar á la vergüenza pública más de un secreto, si tal

puede llamarse á lo que está á la vista de todo el que quiera tomarse,

como yo, el trabajo de estudiarlo un poco.

Pero no te alarmes, Juan amigo: acaso lo que tú más estimas en el

establecimiento, sea lo que menos falta me hace en esta ocasión. En

efecto: yo respetaré tus cajas de guantes, tus montones de pieles, tus

frascos de perfumería, tus cajones de tabacos, tus paquetes de velas,

tus resmas de bulas... toda la enciclopedia industrial que se encierra

en el estrecho recinto de la tienda: no colocaré mi huella profana

más allá del charolado mostrador. Todo ello te pertenece; todo lo has

ganado á fuerza de constancia, de trabajo y de honradez. De guantes, de

pieles, de perfumería, de tabacos, de velas, de bulas... de mostrador

afuera está lo que yo necesito ahora; y lo que es eso, amigo mío, todo

lo voy á echar á la calle, mal que te pese, porque todo me pertenece,

como el rubor de una novia á la crítica de sus amigas; todo es del

público dominio, como la forma de mi gabán, por más que él me haya

costado el dinero.

Conque, supuesto que no he de retroceder ya en mi propósito, dejemos

toda digresión impertinente, y manos á la obra.

Esbozos y rasguños · 第 40 / 63 题