II

Muy pocos años después de la desaparición de _Caparrota_ y de

_Cobertera_ de la escena del mundo, y cuando el martirio de _Mingo_

y de _Jerónimo_ corría de cuenta exclusiva de la gente menuda, é

ingresaban en la Casa de Caridad _don Lorenzo_ y _Tumbanavíos_, entraba

en España la primera locomotora, y yo en plena pubertad... y á cursar

tercero de filosofía.

Robustote y fuerte por naturaleza, y hasta gordinflón (_¡quantum

mutatus ab illo!_), á pesar de mis catorce años representaba diez y

nueve, circunstancia que no dejaba de darme alguna preponderancia entre

mis condiscípulos, sobre todo, entre los que eran más débiles que

yo. Pues, señor, en aquel tiempo tuvo un pariente mío la desdichada

ocurrencia de regalarme un sombrero de copa. ¡Me parece que le estoy

viendo! Era de finísimo castor aplomado, largo de pelo y apañadito de

cilindro. Aunque no tan bajo, en el conjunto de su arquitectura se daba

bastante aire á los que usan en este país los curas de aldea.

Habrán observado ustedes que las familias clásicas han tenido siempre

la obstinada manía de que sus muchachos se revistan, cuanto antes,

de la mayor formalidad posible, y truequen, por el de los hombres

circunspectos, el carácter y hasta los hábitos propios de la edad del

trompo y de la cometa. La mía (es decir, mi familia, no mi cometa)

fué en este punto una notabilidad, y puedo asegurar que desde el

instante en que llegó á mis manos el condenado regalo, se trocaron para

mí en amargura los antes dulcísimos placeres de los días festivos.

No bien en uno de éstos asomaba el alba y empezaba yo á respirar con

íntima satisfacción, recordando que por aquel día no me aguardaban

disertaciones metafísicas ni traducciones de Horacio, cuando me hacía

estremecer el arrastrado sombrero, colocado sigilosamente durante la

noche sobre el equipaje dominguero que debía vestirme al levantarme.

--¡Hoy no te escapas sin ponerle!--me decían por todo consuelo.--Y yo,

no atreviéndome nunca á responder abiertamente que no, pero resuelto

á ejecutarlo, aguardaba un momento oportuno para encasquetarme la

gorra y echar por la escalera abajo como perro goloso. Pero ¿creen

ustedes que yo gozaba después entre mis camaradas? ¡Ni por asomos! El

recuerdo de lo que me esperaba al volver al hogar por mi desobediencia,

calificada ya de rebeldía; la idea de que por la tarde necesitaba jugar

la vuelta otra vez á la gente de mi casa para salir á la calle sin la

afrentosa _colmena_, y la consideración de que estos sudores tendrían

que repetirse en adelante cada día de fiesta, aplanaban mi espíritu y

envenenaban mi sangre.

La razón que tenía mi familia para empeñarse tan tenazmente en que

me pusiera el sombrero, era que yo _parecía ya un hombre_, y que,

por lo tanto, me sentaba muy mal la gorra. Los motivos que yo tenía

para no ponérmele eran de muchísima consideración para mí; pero,

desgraciadamente, de ninguna para mi familia, porque no creía en ellos,

por más que yo se los expusiera hasta con lágrimas en los ojos.

Y lo cierto es, acá para _inter nos_, que á veces se me iban los

susodichos por el maldito sombrero, y que hubiera dado hasta una caja

de pinturas, que yo apreciaba en mucho, por haber podido sacarle á la

calle impunemente. Tenía una fragata, á toda vela, pintada en el forro

interior de su cúpula, que me enamoraba, y parecía estampada allí para

enseñársela á unos cuantos de mis condiscípulos que se daban humos de

pintores, porque sabían _iluminar_ barcos con el amarillento jugo que

sueltan en primavera los capullos de los chopos de la Alameda Segunda.

En esto llegó el día del _Corpus_, y yo iba á estrenar en la procesión

un traje que tenía que ver. Se componía de pantalón de grandes cuadros,

con trabillas _de botín_, _tuina_ de mezclilla verdosa con cuello de

terciopelo, chaleco de merino perla con botones jaspeados, y corbata

azul y roja con ancho lazo de mariposa.

Cuando, con este atavío, me miré al espejo, confieso que me pareció

muy mal la gorra que, por vía de prueba, me puse en la cabeza: me

encontraba con ella un si es no es _descaracterizado_, y más que

un elegante en toda regla, parecía un mozo de mostrador cortejante

dominguero de doncellas de labor. En cambio, con el sombrero puesto, me

hallaba en riguroso carácter de _persona decente_, y hasta disculpaba

en mis adentros la incesante pretensión de mi familia.

Pero ¿cómo me arriesgaba yo á lanzarme al público con la velluda

cúspide sobre mi cabeza? La gorra no era elegante, en verdad; pero,

en cambio, me permitía asociarme á mis amigos, correr, observar,

divertirme y gozar sin tasa de los atractivos de la procesión. Pero con

el sombrero... ¡Oh! Los inconvenientes del sombrero eran capaces de

hacer sudar al muchacho de más agallas.

Mi familia debió enterarse de mis vacilaciones, porque hallándome en lo

más comprometido de ellas, supo explotarlas tan bien, tanto me aduló,

tanto ponderó mi garbo y mi estatura, que, vencido al cabo, arrojé

la gorra debajo de la cama, como si quisiera huir de todo peligro

de tentación; me calé el sombrero, cerré los ojos, y me lancé á la

escalera, zumbándome los oídos y viendo las estrellitas sobre celajes

del rojo más subido, entre relámpagos verdes y amarillos, y otras

muchas cosas que sólo se ven en circunstancias como aquéllas y cuando

aprietan mucho unas botas nuevas.

Á media escalera se me pasó la fiebre; vi clara y despejada la

situación, y retrocedí. Pero al llegar á la puerta de mi casa, temí los

anatemas de mi familia; pasé un breve rato comparando los dos peligros;

elegí el peor, como sucede siempre á los hijos de Adán cuando les

importa mucho lo que meditan, y me planté en el portal.

En el que me entraron nuevos y más copiosos sudores, porque nunca había

contemplado tan de cerca lo arriesgado de mi empresa. Pero estaba ya

resuelto á no retroceder por nada ni por nadie. Reconcentré en un solo

esfuerzo todos mis vacilantes bríos; y como bañista perezoso que teme

el primer remojón, contuve el aliento, hinché los carrillos, cerré los

ojos y me eché á la calle, sin que pueda describir el efecto que ésta

me hizo, porque yo no veía más que el ondulante pelambre del plomizo

alero que asombraba mis ojos extraviados.

No obstante, al doblar la primera esquina, lograron grabarse con toda

claridad en mis pupilas las estampas diabólicas de dos pilluelos que

departían amistosamente en un portal. Al verme uno de ellos, respingó

como si le hubiera electrizado súbita alegría; llamó hacia mí la

atención de su camarada, y exclamó con un acento que me atravesó desde

la copa del sombrero hasta las trabillas de mi estirado pantalón:

--¡Agua! ¡Qué _pirulera_!

--¡Me la parten!--dije entonces para mi chaleco perla.

Y, acto continuo, dos tronchos de repollo pasaron zumbando junto á mis

orejas, y fueron á estrellarse en la pared de enfrente.

Comenzaban á realizarse mis temores.

Híceme el desentendido á esta primera insinuación; apreté el paso,

y pronto me encontré de patitas en la carrera de la procesión, que

estaba cuajadita de gente. Culebreando un rato entre ella me creía ya

inadvertido para todo el mundo, merced al barullo, cuando di de hocicos

con un grupo de calaverillas domingueros, con gorritas de terciopelo,

chaquetillas de paño negro, pantalón muy estirado de perneras y muy

ceñido á la cintura, nada de tirantes ni chaleco, y mucha punta de

corbata; traje que en aquellos tiempos privaba mucho entre la gente

joven y de _buen tono_. Al verlos, traté de hacerme á la izquierda,

convencido de lo que me esperaba si me veían; y ya creía logrado mi

propósito, cuando oí decir á uno de ellos con un retintín que me heló

la sangre:

--Siempre me han hecho á mí mucha gracia las bombas de castor.

--Eso va conmigo,--pensé yo, echando ambas manos á las alas del

sombrero para asegurarle bien, y lanzándome resuelto á naufragar en

aquel mar de gente. Media braza habría penetrado en sus profundidades,

cuando un golpe despiadado sobre la cúpula velluda, me hundió el

ignominioso bombo hasta la punta de la nariz. Saquéle como pude,

jadeando de angustia; esforcé aún más mi empuje; pisé á muchas personas

que, por desgracia, todas tenían callos; bramaron de ira y de dolor,

fijáronse en mí: y al ver el sombrero, como si fuera la cosa más justa

y natural, le saludaron con una descarga cerrada de _cales_ á la media

vuelta, tan nutrida y constante, que á mí mismo me daba lástima de él.

Al cabo de tantos atropellos, mi espanto se trocó en furor. Recordé

que yo también tenía puños, y no flojos; y á ciegas, como estaba

por la vergüenza y el despecho, comencé á esgrimir los brazos en

todas direcciones, y á machacar cráneos, halláranse ó no coronados

por apéndices tan ignominiosos como el que á tales malandanzas me

arrastraba en aquel día infausto. Pero mi heroica resolución sólo

contribuyó á que me persiguieran más y más los odios populares; los

cuales, al fin, me estropearon un ojo y me rasgaron el faldón de la

tuina. En tal situación logré llegar á la Ribera, que estaba, á Dios

gracias, despejada de calaveras y pilletes, que todos eran unos.

Allí me atreví á contemplar entre mis manos el sombrero. ¡Cómo me le

habían puesto! La copa se había derrumbado á la derecha; y como si todo

él hubiese participado de la irritación en que se hallaba mi espíritu,

tenía el pelo erizado, como los gatos en pelea, y hasta se me antojó

que su color plomizo se había trocado en verde bilioso, como debía de

ser entonces el de mi cara. Enderecé la copa como mejor pude, no por

cariño, bien lo sabe Dios, y me dispuse á volverme á casa por calles

solitarias.

Á poner iba en práctica mi plan, después de prender con un alfiler

el jirón de la tuina, cuando distinguí un grupo de camaradas de

colegio que venían hacia mí. Volé á su encuentro, ansioso de rodearme,

para un evento, de corazones nobles y caras amigas. Pero me engañé

miserablemente. Ellos no corrieron hacia mí con la franca cordialidad

que acostumbraban cuando yo llevaba gorra. Lejos de ello, se detuvieron

sorprendidos; después se miraron unos á otros, en seguida se sonrieron,

luego me rodearon apostrofando irónicamente á mi sombrero, y hasta

pretendió alguno de ellos _tomarle el pelo_. Este desengaño me

aplanó. Prometí solemnemente romper el bautismo al que tocase la copa

maldecida; y por consejo de los mismos, que parecieron condolerse de

mi situación cuando se la referí detalladamente, me dirigí á mi casa.

Pero al pasar bajo el Puente de Vargas, y cuando apenas había salido

del término de su sombra, una descarga de tronchazos llovió sobre mi

cabeza. Al volver los ojos hacia arriba, no sin ciertas precauciones,

sorprendí á mis amigos en el acto de saludarme con otra descarga.

Huyeron al verse cogidos _infraganti_; y yo, jurando romperles las

narices en cuanto me pusiera la gorra, metí el sombrero bajo la tuina y

apresuré la marcha, prefiriendo asarme la mollera al sol, á sufrir un

martirio como el pasado.

De este modo llegué á casa, donde faltó muy poco para que me solfeasen

las espaldas por término de mis desventuras, pues nadie quiso creer el

relato que de ellas hice; y todos se empeñaban en que las abolladuras

del sombrero, y el jirón de la tuina, y la hinchazón del ojo, eran

consecuencias de alguna travesura _indigna de un mocetón como yo_.

¡Pícara justicia humana!

Este nuevo _golpe_ me dio fuerzas con que antes no contaba. Entré en mi

cuarto; y con el placer que puede sentir un africano al desbandullar

á un sabio inglés, rasgué con el cortaplumas en cuatro pedazos la

execrable copa.

--Esto--pensé,--me costará una felpa; pero me pone á cubierto de nuevas

afrentas. _Sublata causa_, _tollitur efectus_,--añadí, hasta con

entusiasmo, recordando algo del poco latín que sabía.

Y á pique estuve de llevar la felpa cuando se supo en casa lo que yo

había hecho con el peludo regalo; pero no volví en adelante á sufrir

amarguras como las de aquel infausto día; y puedo asegurar á ustedes

que tenía bien cumplidos los veinte, cuando me atreví á presentarme en

las calles de Santander con sombrero de copa alta.

Esbozos y rasguños · 第 39 / 63 题