EL PRIMER SOMBRERO

I

Un conocido mío que estuvo en Santander quince años ha y volvió á esta

ciudad el último verano, me decía, después de recorrer sus barrios

y admirar los atrevidos muelles de Maliaño, desde el monumental de

Calderón:

--Decididamente es Santander una de las poblaciones que más han

adelantado en menos tiempo.

Y después de hablar así del paisaje, echóse á estudiar el paisanaje, es

decir, la masa popular, en la cual reside siempre, y en todas partes,

el sello típico del país, el verdadero color de localidad; pero tanto y

tanto resabio censurable encontró en él; tanta y tanta inconveniencia

admitida y respetada por el uso; tanto y tanto defecto condenable ante

el más rudimentario código de policía y buen gobierno, que, olvidado

de que semejantes contrastes son moneda corriente aun en las capitales

más importantes de España, exclamó con desaliento:

--¡Qué lástima que las costumbres populares de Santander no hayan

sufrido una reforma tan radical como la ciudad misma!

Y el observador, al hablar así, estaba muy lejos de lo cierto; porque

precisamente es más notable el cambio operado aquí en las costumbres

públicas, que el que aquél admiraba tanto en la parte material de la

ciudad.

Considérese, por de pronto, que los vicios de que adolecen actualmente

las costumbres de este pueblo, no sólo han disminuido en número, con

respecto á _ayer_, sino en _intensidad_, como diría un gacetillero

hablando de las invasiones de una epidemia que se acaba; y téngase

luego muy en cuenta que en todas las escenas en que hoy toma parte el

llamado pueblo bajo, y en otras muchas más, figuraba antes en primer

término la juventud perteneciente á las clases sociales más encopetadas.

Y no acoto con muertos, como vulgarmente se dice, pues aún no peinan

canas muchos de los personajes que llevaban la mejor parte en empresas

que más de dos veces degeneraron en trágicas.

Yo, que soy más joven que ellos, conocí las famosas _pedreas_ de

baja-mar, en las cuales se tiraban _á muerte_ dos bandas capitaneadas

por mancebos de elevada alcurnia. También presencié algunas de las

sangrientas batallas que se daban frecuentemente entre los jóvenes

de este pueblo y los _mozos_ de Cueto y Monte. Las inolvidables

_troncadas_ que se pegaban en bahía dos lanchas tripuladas por gente

de distintos bandos, y en cuyos duelos el infeliz que caía al agua no

hallaba compasión ni auxilio más que entre los suyos, ocurrieron ayer,

como quien dice.

No hay en Santander quien no recuerde á los insignes personajes _Tío

Pipuela_, _Caparrota_, _don Lorenzo_ y otros _ejusdem fúrfuris_. Todos

estos tipos pasaron aquí por locos. Yo no diré que no lo fueran; pero

sí aseguro que sus excentricidades tuvieron por causa, más que una

predisposición natural, la implacable persecución que los infelices

sufrían de todo el pueblo, de día, de noche, en la calle y hasta en el

sucio y desabrigado rincón de sus albergues.

Los socios de la _Unión soltera_ y de la _Sociedad sin nombre_, eran

el terror de los tipos y la pesadilla de los legos y sacristanes;

hacían, por sus travesuras, intransitables las calles en que estaban

establecidas sus sociedades, y tenían por teatro de sus predilectas

fechorías los bailes y paseos públicos, dejándolas sentir muy á menudo

en ocasiones como el rosario de la Orden Tercera, en San Francisco, y

las tinieblas de Semana Santa.

Encontrábase en la calle un grupo de elegantes, que iban de paseo

departiendo sobre los más graves asuntos que cabían en sus rizadas

cabezas, con el pobre _Jerónimo_, con su cara abotargada, su mirar

yerto y sus brazos caídos al desgaire.

--¡Infla, Jerónimo!--le decían aquéllos, deteniéndose de pronto y

rodeando al tipo.

Y éste hinchaba los carrillos, sobre los cuales iban los _pisaverdes_

descargando _papuchadas_, continuando después la interrumpida marcha,

sin que á Jerónimo, ni á los transeúntes, ni aun á ellos mismos, les

chocase el lance lo más mínimo; antes al contrario, creyéndole todos

la cosa más natural del mundo. Como lo era detener á _Esteban_, que

todavía vive, pedirle la hora, y responder el detenido, con esa cara

de frío que le caracteriza: «_las tres_», aunque fueran las diez de la

mañana. Como lo era también decir á _Juan_, el aguador «_alabado sea

Dios_», para tener el gusto de verle hincar la rodilla y santiguarse,

aunque llevara sobre la cabeza la _herrada_ llena de agua, y contestar:

«_Para siempre sea alabado su santísimo nombre_», con otra retahila

de que ya no me acuerdo. Como lo era, asimismo, convidar al _tío

Cayetano_ á beber en un café, y darle una purga por _sangría_, ó tinta

de escribir por vino de Rioja. Como lo era, en fin, prender fuego al

horno de la tía _Cuca_, cuando roncaba _Mingo_ dentro de él.

Todo esto y mucho más que no cito, se consideraba entonces como

_natural_, porque todo ello era en alto grado popular, penetrando la

fama de esos tipos y la de su martirio hasta los más severos gabinetes

de la culta sociedad.

No trato de discurrir aquí sobre si un pueblo que con tales pequeñeces

se preocupa, es preferible ó no al que, como el de hoy, peca por

el extremo contrario, de despreocupado y desdeñoso; sobre si las

_crueldades_ cometidas entonces por la juventud llamada á encargarse de

los futuros destinos de su país, revelaban mejor ó peor corazón que el

que hoy debemos _suponer_ bajo la precoz formalidad que caracteriza á

nuestros intonsos legisladores é imberbes periodistas. Dejo esta tarea

al buen juicio del lector, y me limito á decirle que _in illo témpore_

aún no se conocían en Santander las diligencias por la carretera, y

creo que ni los vapores por la bahía.

Cuando la superficie de este dormido lago comenzó á agitarse á impulso

de los _nuevos aires_, la clase acomodada fué reparando poco á poco

en la estrechez del círculo en que hasta entonces había vivido, y á

bordo de un vapor por la boca del puerto, ó en el mullido _interior_

de las _diligencias peninsulares_, por la carretera de Becedo, salió á

descubrir más anchos horizontes. Desde aquel momento, las costumbres

populares de Santander sufrieron una transformación casi radical, y

sólo quedaron en escena la clase del pueblo, que viene dando hasta hoy

grandes pruebas de que sobre ella pasan en vano años y civilizaciones,

más algunos pocos recalcitrantes de la otra clase, apegados con exceso

á los viejos hábitos, que se limitaban á escaramuzas aisladas y

completamente independientes de las feroces campañas del populacho.

Á esa época pertenecen los brevísimos episodios que voy á referir,

no por lo que en sí tengan de interesantes, que nada tienen, sino

por el contraste que forman, atendida su reciente fecha, con la

despreocupación y la tolerancia que caracterizan en la materia á

Santander de hoy, y también por si encuentro un lector de allende estas

montañas que, al conocerlos, exclame:

--¡Lo mismo sucedía en mi pueblo!

Esbozos y rasguños · 第 38 / 63 题