Si tratáramos ahora de llamar las cosas por su verdadero nombre,
deduciríamos de todo lo expuesto, dentro de la más inflexible lógica,
que el «buen muchacho» no es otra cosa que un quidam soberbio,
entremetido, fisgón é ignorante. Escandalízase de los hombres que, sin
remilgos ni estudiadas protestas de humildad, se muestran en lo que
valen, y él, con la previa advertencia de que no vale nada, se atreve
á meterse en todas partes para imponer su razón á los demás. Á nadie
concede competencia para nada, al paso que él, confesándose el último
de los hombres, se porta como si la tuviera para todo; no halla en
la pluma ni en los labios de su vecino una cuestión que le parezca
bastante digna de ocupar la atención pública, y al día siguiente
pretende él absorberla entera sacando á plaza pequeñeces y vulgaridades
de portería. Ofende á su moralidad un pecado oculto, y él, para
enmendarlo, le descubre, le comenta y le propaga; no juega, no jura, no
malgasta; pero, con la mejor intención, _se conduele_ á gritos de Juan
y de Pedro, que juran, no ahorran y, _según sus noticias_, juegan. En
suma, sus labios jamás se abren para elogiar; siempre para maldecir.
Por lo demás, el ser «buen muchacho» es un gran negocio, máxime cuando
el teatro representa una población lo suficientemente pequeña para que
todos nos codeemos y nos conozcamos.
El vecino de enfrente, persona que tiene el don de discurrir con alguna
claridad más que la multitud, es víctima de una adversidad cualquiera,
acarreada por una serie de sucesos inevitables.--Me alegro--dice el
rumrum:--ese hombre lo tenía _bien merecido_; es una mala cabeza, un
fatuo, un _pretencioso_.
Sucédele eso mismo á un «buen muchacho», y dice la Fama:--¡Pícara
suerte, que nunca quiere proteger á los buenos!
Acúsasele por alguien de una acción poco edificante, y dice la misma
señora:--¡Calumnia!... Fulano no puede ser reo de semejante delito; yo
abono su conducta, porque... es un _excelente muchacho_.
Al primero se le enreda, al pasar, un botón en los flecos del chal de
una modista, y doña Opinión, _la mala_, le marca con el dedo como á un
desenfrenado corruptor de la pública moralidad.
Enrédasele al otro la honra entera entre los hechizos de la mujer de
su vecino; asoma el escándalo la oreja, y exclama doña Opinión, _la
buena_:--«¡Atrás! que es un buen muchacho incapaz de cometer tan feo
delito». Si el escándalo pugna, y forcejea y vence al cabo, la mujer es
la serpiente que le ha _seducido_: todo menos lastimar en lo más mínimo
la _cándida_ sensibilidad de su amante.
Hay vacante un puesto que exige á quien ha de ocuparle mucho tacto y
mayor experiencia, y, sin saber cómo, empieza á sonar el nombre de un
buen muchacho; crece el ruido, fórmase la atmósfera, provéese la plaza
en un hombre nulo ó sin merecimientos, y apenas la justicia severa
se dispone á condenar la elección, grita el rumor atronador de la
Fama:--Me alegro, porque el elegido es... «un buen muchacho».
Trátase de una heredera rica que se halla _en estado de merecer_, y
al punto dice aquella señora:--«¡Qué buena _pareja_ haría _esa chica_
con... Fulano, que es _un gran muchacho_!». Y los ecos van repitiendo
la ocurrencia, y se la llevan á la aludida, y se echa ésta á cavilar,
y comienzan las embajadas oficiosas de los aficionados á la diplomacia
casamentera, y aceptan la mediación las partes beligerantes, y...--«es
cosa hecha»--exclama un día con aire de triunfo _la gente_.--Y
añade:--«y me alegro, no solamente por el novio, que es un buen
muchacho, sino por lo que van á reconcomerse _los otros_».
...«Los otros», lector, son los desheredados de la fama de «buenos
muchachos», que tal vez no conocen á la novia, y que, de seguro, no han
cruzado una palabra con ninguno de los que forman la opinión que tan
cordialmente antipática se les presenta.
Cuando un padre sencillo reprende á su hijo por una falta propia de la
edad, vuelve los ojos con envidia á un «buen muchacho»; si éstos no
van al teatro más que dos veces por semana, no se puede ser hombre de
bien yendo tres; cuanto en costumbres es un pecado, deja de serlo desde
el momento en que le comete un «buen muchacho»; las mamás los miran
con un memorial en cada ojo; las autoridades los saludan como á las
mejores garantías del orden... hasta los agentes de policía los acatan
y reverencian, porque ven en ellos otros tantos futuros concejales...
Júzguese ahora del riesgo que yo corro al estrellarme contra tanta
popularidad... y eso que todavía no he dicho que un «buen muchacho» es
necesariamente tonto de remache.
Y dirá aquí el lector cándido:--¿Cómo puede un tonto adquirir tal fama
de discreto?
Y pregunto yo á mi vez á ese lector:--¿Han sido nunca otra cosa los
ídolos del vulgo de levita?
Por de pronto, apuesto una credencial de «buen muchacho» á que si yo
tomo de la mano á un hombre, de los muchos que conozco, que se pasan
la vida luchando brazo á brazo con la adversa fortuna, sin reparar
siquiera que á su lado cruzan otros más felices con menores esfuerzos;
á uno de esos hombres verdaderamente discretos, verdaderamente
generosos, verdaderamente honrados; apuesto, repito, la credencial
consabida á que si le tomo de la mano y le saco al público mercado, no
encuentro quien le fíe dos pesetas sobre su legítimo título de _buen
muchacho_, título que se le ha usurpado para ennoblecer á tanto y tanto
zascandil como se pavonea con él por esas calles de Dios.
Por tanto, lector amigo, y para concluir, voy á pedirte un favor:
mientras no se adopte en el mundo _civilizado_ la costumbre de dar á
las cosas y á las personas el nombre que legítimamente les pertenece,
si por chiripa llegara yo á _caerte en gracia_ (lo que no es de
esperar) y desearas darme por ello un calificativo honroso, llámame...
cualquier perrería; pero ¡por Dios te lo ruego! no me llames nunca
_buen muchacho_.
1867.
[Ilustración]
[Ilustración]