II

Hallábame yo, no ha mucho, cerca de un pequeño círculo de murmuradores

de mayor edad, con quienes ningún lazo de amistad íntima, ni siquiera

de simpatía personal, me ligaba; y dicho está que yo oía, veía y

callaba. Hablábase á la sazón de un suceso ocurrido recientemente en

el pueblo, con sus vislumbres de escandaloso, cuando entró en escena

un personaje muy conocido mío, y muy amigo, al parecer, de aquellos

murmuradores. Parecía el tal fundido en uno de los tres modelos que

dejo registrados; y no digo en cuál, porque no es necesario.

--Aquí llega... Fulano, que podrá darnos algunos pormenores más del

suceso,--dijo un murmurador.

--Voy muy de prisa, señores--respondió el aludido,--y sólo me he

acercado á ustedes con el objeto de saludarlos... Pero, en fin, ¿de qué

se trata?

--Pues, hombre, de la novedad del día... de cierta joven que ha

desobedecido la paterna autoridad.

--Efectivamente: tengo entendido algo que suena á eso mismo; pero como

no me gusta meterme en la hacienda del vecino, y dejo á cada uno vivir

á su antojo, _no he querido_ enterarme muy á fondo.

--Pero es lo cierto que usted sabe algo...

--De manera que algo, algo, por muy sordo que uno se haga...

--Vamos, que ya sabrá usted más que nosotros.

--Les aseguro á ustedes que no. Soy de lo menos dado á chismes y

murmuraciones, como es bien notorio... Pero entendámonos: ¿se refieren

ustedes á la _chica_ mayor de don Geroncio?

--Cabales.

--¿De la cual se dice que dos horas antes de ir á la iglesia á casarse

con el _chico_ menor de don Atanasio, se plantó y dijo: «no me caso

ya», por lo que su padre la amenazó iracundo, de lo cual no hizo ella

caso maldito, y resultó un escándalo, y se deshizo la boda?...

--¡Justamente... eso es!... ¡Ven ustedes cómo... Fulano sabía los

pormenores del lance?

--Repito que no sé una palabra más de lo que _de público_ se dice. Hay

asuntos, como éste, que, sin saber por qué, me repugnan... Pero observo

que ustedes me miran con recelo, como si me callara cosas muy graves.

--¡Hombre, no!

--Pues á mí se me antoja que sí; y, señores, yo soy muy delicado en

ciertas materias: está por medio la reputación de una joven que puede

lastimarse con una sola suposición injuriosa, y esto es bastante á

mis ojos para que, en descargo de mi conciencia, me apresure á contar

la verdad del caso, es decir, lo que á mí se me ha referido:--Saben

ustedes que hace quince días tuve _un golpe_ de sangre á la cabeza,

por lo cual, ya repuesto, me ordenó el médico que paseara de madrugada

cuando la temperatura lo permitiera. Salía yo esta mañana á cumplir

este precepto, con el cual, por cierto, me va muy bien, cuando ¡plaf!

tropiezo, al volver la esquina de la plaza, con doña Severa, que,

como no ignoran ustedes, por parte de su difunto marido don Estanislao

es prima política de la señora (que esté en gloria) de don Geroncio,

y, por consiguiente, tiene motivos poderosos para estar al tanto de

los asuntos particulares de esta familia, aparte de que á doña Severa

siempre se la ha considerado mucho en aquella casa, por su capacidad

y don de gobierno. Pues, señor, como daba la casualidad de que no

veía yo á esta señora lo menos hacía... sí, ¡vaya! ¡yo lo creo!...

lo menos... lo menos... quince días... ¿qué digo! aguárdense ustedes

y perdonen: el día de San Lorenzo fué cuando la vi; estamos hoy á...

veintitrés días justos hace que la saludé á la puerta de su casa...

cabalmente tenía yo que preguntarla dónde había comprado una pasta

para matar ratones, que ella usaba con gran éxito, y allí mismo me dió

la receta de memoria, porque resultó que la tal pasta era invención

suya, digo, de un choricero extremeño que se la confió en secreto

por no sé qué favores que la debía... Pues á lo que iba: encuentro

esta mañana á doña Severa, y--«¿Cómo está usted, señora mía?--la

pregunto.--Bien; ¿y usted, don Fulano?--Pues para servir á usted.--¿Y

la familia?--Tan buena, gracias... ¡Caramba, cuántos días hace que

no la veo á usted!--Pues no he perdido una misa desde que no nos

vemos. Precisamente es hoy el día en que debí haberme quedado en cama,

siquiera hasta las diez.--Efectivamente: la encuentro á usted algo

pálida y desmejorada.--Le aseguro á usted que no sé cómo me tengo de

pie.--¿Se encuentra usted mal?--Mal, precisamente, no; pero ayer tuve

un disgusto con la cocinera, y estoy sufriendo hoy las consecuencias.

Figúrese usted que á mí me gusta mucho la merluza: pues, señor, la

condenada (Dios me perdone) de la chica, dale con que había de traerme

siempre abadejo. Chocándome, como era natural, tanta obstinación,

pues yo sabía muy bien que no faltaba merluza en la plaza, indago por

aquí, pregunto por allá, y averiguo ayer que la muy pícara daba todos

los días las sobras del principio á un soldado, su novio, que se pela

por el abadejo. ¡Imagínese usted cómo yo me pondría al saberlo!...

Por supuesto que lo primero que hice fué plantarla de patitas en la

calle, y tan de prisa, que la dije que volviera más tarde por el baúl

y la cuenta. ¡En mal hora á mí se me ocurrió semejante idea! ¿Creerá

usted, _Fulanito_, que, la muy sinvergüenza, se me presentó á las dos

horas acompañada del soldadote para que éste repasara la suma, y que

entre los dos me pusieron como hoja de perejil sobre si faltaban ó

dejaban de faltar seis maravedís?--Nada me choca, doña Severa, de

cuanto usted me dice, que algo parecido podía añadir yo de lo ocurrido

en mi casa: el ramo de sirvientas está perdido.--¡Ay, Fulano, lo peor

es que el de amas no está mucho más ganado!--También es cierto.--Vea

usted á mi pobre primo Geroncio: ¡qué horas está pasando por causa de

esa hija á quien ha mimado tanto!--En efecto, he oído anoche que esa

chica ha roto, por un capricho, su proyectado casamiento.--¿Capricho,

eh? ¡buen capricho me dé Dios!--Así se dice al menos.--Así se dice,

porque de alguna manera decente ha de tapar la familia el pastel

descubierto.--¿Luego ha pasado algo grave?--¡Gravísimo... Fulano!...

y ya ve usted si yo lo sabré cuando he sido y estoy siendo el paño

de lágrimas del desdichado Geroncio.--No lo dudo... Pero ahora caigo

en que, siendo secretos de familia esos sucesos, estoy pecando de

indiscreto al hacer ciertas preguntas.--De ningún modo, Fulano; usted

es una persona muy decente, y hasta debe conocer esa clase de líos

para ejemplo y escarmiento en el día de mañana, si se resolviera á

casarse.--Usted me favorece demasiado, doña Severa.--Le hago á usted

justicia, Fulano.--Gracias, señora.--Repito que no hay por qué darlas;

y sepa usted (por supuesto, con la debida reserva) que si la boda de

mi sobrina no se ha llevado á cabo, es porque el novio descubrió á

última hora que la muy taimada había tenido un año antes relaciones

íntimas, _muy íntimas_, entiéndalo usted bien, con un joven andaluz

que estuvo aquí veraneando.--Pero ¿tan íntimas fueron, señora?--Tan

íntimas, que faltando horas nada más para ir á la iglesia, se plantó

el novio al conocerlas, y dijo que nones.--¿Luego no fué ella quien se

opuso?--¡Qué había de ser, hombre!... eso se ha dicho para tapar»...

Y etcétera, señores--añadió el narrador, con una sonrisita que apenas

tenía malicia;--por ahí fué hablándome doña Severa, y lo que acabo

de referir es lo _único_ que, en substancia, hay de cierto sobre el

particular.

--¡Que no es poco!--objetó un chismoso, con diabólica

expresión.--¡Cuando yo decía que usted sabía grandes cosas!

--Hombre, si bien se mira, no es tanto como parece--continuó el

_suavísimo_ Fulano.--Y de todas maneras, señores, conste que lo he

referido aquí en el seno de la confianza y teniendo en cuenta, además

de lo que dije al empezar, que una cosa leve callada con misterio,

autoriza á suponer otra muy grave: que la mayor parte de ustedes son

padres de familia que no echarán el ejemplo en saco roto.

--¡Bravo!--exclamaron algunos oyentes casi enternecidos con este rasgo.

--Conque, señores, vuelvo á recomendar la reserva, y me voy á mis

quehaceres,--saltó casi ruborizado el amiguito de doña Severa.

Y se marchó.

--¡Qué discreta observación!--dijo uno de los que se quedaron.

--¡Qué juicio tan aplomado!--añadió otro.

--¡Es _un gran muchacho_!--exclamaron todos

--¡Valiente infame!--dije yo, y era lo menos que podía decir, con esta

franqueza que Dios me ha dado, largándome también, y sin despedirme,

por más señas.

Nada se me contestó en el acto; pero me consta que, refiriéndose á mí,

se dijeron luego en el corrillo primores como los siguientes:

--¡Qué víbora!

--¡Qué lengua de acero!

--Con veneno semejante es imposible que haya en la sociedad una sola

virtud incólume.

* * * * *

Todos estos pormenores forman un detalle que no es de los menos típicos

en los «buenos muchachos».

Veamos otros.

Detestan cordialmente todo cuanto no pertenece al gremio del cual son,

según dicen, humildísimos miembros; y hablan con afectada lástima,

pero con sincera indignación, de los hombres aficionados á los trabajos

del ingenio; se jactan de apreciar la prensa periódica, sea del matiz

político, científico ó literario que se quiera, en mucho menos que el

papel de _empaque_, y son para ellos novelistas y poetas sinónimos de

_gente perdida_. Esto, en general; pero cuando son sus convecinos,

sus antiguos condiscípulos, tal vez sus amigos, los que escriben, los

que peroran, los que pintan, ¡de Dios les venga el remedio á estos

desdichados!

--Hoy todo el mundo escribe, todo el mundo charla, todo el mundo

emborrona un lienzo y garrapatea el pentágrama--gritan escandalizados

los «buenos muchachos».--¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos

á parar? Señores, el que más y el que menos de los que _en nada

figuramos_ conocemos algo de esas materias, y pudiéramos echar en

ellas nuestro cuarto á espadas _practicando_ un poco; pero ¿sería

esto suficiente? ¿nos autorizaría para erigirnos en maestros ni en

directores de la opinión pública? ¡No faltaba más!... ¡Pues no son

pocas las pretensiones de _la gente del día_!

Así se explican; veamos cómo se conducen.

Estarán ustedes cansados de hallar en los periódicos de _su pueblo_

centenares de remitidos, al tenor del siguiente:

Señor Director de _El Vigilante_.

«Muy señor mío y de mi mayor consideración: Aunque ajeno por carácter

y por mis habituales ocupaciones á las lides periodísticas, me tomo la

libertad de remitir á usted las adjuntas mal perjeñadas líneas, por si

tiene á bien insertarlas en su apreciable periódico. La cuestión que

las motiva es, _en mi humilde sentir_, de _gran_ interés para toda la

población, y en ello confío para que usted, etc., etc., etc.».

El asunto que se desenvuelve en el remitido y que, según el _humilde

sentir_ del comunicante, encierra gran interés para toda la población,

es un guardacantón que sobresale media pulgada más de lo que previenen

las ordenanzas, ó un árbol que se seca en el paseo... ó si debe andar

cubierto ó en pelo por los claustros, durante la celebración de la

misa, el perrero de la catedral.

Otros tres detalles esencialísimos distinguen siempre á estas

_producciones_, á saber: lo poco que figuran en ellas los artículos

determinados, y lo demasiado que juega la _rosa de vientos_, lo cual

da motivo á cada paso á frases del siguiente jaez: «entrando _en

mencionado_ paseo por el lado del _Sudeste_; tomando la alineación por

la _fachada vendaval_ de _repetida casa_»... Por último, la firma.

Ésta tiene que ser necesariamente _Un curioso_, _Un contribuyente_, _Un

vecino_, ó _Un amante de su país_.

Pues bien, lector: cualquiera de estos _motes_ es el _modesto_ velo

con que tapa el rubor de su vera efigies, para dirigirse al público,

un «buen muchacho», es decir, uno de esos hombres sensatos, aplomados

y «sin pretensiones», que detestan la prensa porque no sabe tratar

cuestiones que enseñen algo, porque no es capaz de exponer teorías de

_transcendencia_ ó de _universal interés_; uno de esos hombres, en

fin, que no hallan jamás otro bastante autorizado para erigirse en

intérprete, ya que no en director de la opinión pública.

Y no puede quedar la menor duda de que _citados_ artículos pertenecen á

_referidos_ autores, porque éstos, en el mismo día del _alumbramiento_,

ó en el siguiente, á más tardar, teniendo la bondad de interesarse

mucho por la salud de uno, le abordan en la calle para enredarle en un

diálogo como el siguiente:

--¿Cómo va, amigo mío?

--Pues, hombre, vamos viviendo.

--¡Cuánto me alegro!

--Muchísimas gracias... ¿Usted tan gordo y tan guapo?

--Gracias á Dios... Pero retírese usted un poquito á la derecha.

--¿Qué ocurre?

--Que está usted colocado junto á una losa quebrada, y un pie se

disloca con la mayor facilidad.

--No veo yo la quebradura...

--En efecto, era una ilusión mía... Como en este pueblo anda el ramo de

empedrados peor que en Marruecos... Y, á propósito, ¿ha visto usted un

comunicado que publica ayer _El Vigilante_?

--¿Sobre Marruecos?

--No, señor: sobre el guardacantón de la calle X...

--Sí que le he visto.

--¿Y qué le ha parecido á usted?

--Pues, hombre... bien.

--Lo celebro infinito, pues como está hecho _al correr de la pluma_, no

hubiera sido difícil que algún descuidillo...

--Según eso, ¿es de usted?

--Ya que usted lo ha conocido, no lo quiero negar.

--Es usted muy modesto.

--Hombre, no; pero _no tengo pretensiones_ de escritor. Así es que

cuando _quiero llamar la atención del público_ hacia un asunto de

interés tan general como el que ayer saco á relucir en mi escrito,

firmo con un nombre cualquiera... Yo he escrito mucho sobre policía,

¡muchísimo! sólo que no me gusta darme importancia; porque, vamos, no

tengo pretensiones de ninguna clase.

--¡Oh! ya se conoce bien.

--Por lo demás, el artículo de ayer creo que abraza cuanto se puede

decir sobre el particular.

--¡Vaya si abraza!

--Pues me alegro mucho; que eso me ha de animar á concluir otro

que traigo entre manos acerca de la maldita costumbre que hay aquí

de colgar la ropa blanca en los balcones... Por supuesto que es un

trabajillo sin pretensiones de ninguna clase.

--Naturalmente; pero eso no impedirá que yo le lea con gusto.

--Muchas gracias.

--No hay por qué».

También me consta que esos _remitidos_ se leen, por su autor, en

familia, con grande aplauso del severo papá que, rebosando en

satisfacción por todos los poros de su cuerpo, se vuelve hacia su

conjunta para decirle, muy bajo, pero de modo que lo oiga el elogiado:

«Estos muchachos son el mismo demonio. ¡Mira que está bien hilado el

tal impreso!».

Vamos ahora á otro terreno.

Hay una junta de acreedores, de contribuyentes, de vecinos _formales_,

ó de arraigo; una junta, en fin, en la que se trate del vil ochavo

ó de _salvar los intereses de la plaza_. Toman la palabra los más

expertos y autorizados; llénanse recíprocamente de piropos, abordan la

cuestión por cien lados diferentes; llégase, tras de muchos sudores y

fatigas, á vislumbrar un acuerdo definitivo; va á darse por concluida

la sesión, y he aquí que se oye una voz perezosa y afectadamente tímida

que pide la palabra. Concédesela el presidente, y se levanta una

persona que comienza á hablar en estos términos:

--«Señores: como desconozco completamente la ciencia del derecho, y soy

en materia de negocios la más incompetente de todas las personas que

componen esta respetable reunión; y como tampoco tengo pretensiones

de orador, quizá vaya á decir un disparate al hacer uso de la

facultad que me ha concedido el digno señor presidente; pero, _así y

todo_, me parece á mí que teniendo en cuenta esto y lo otro (resume

desastrosamente cuanto han dicho los que han hablado antes, y añade

cincuenta desatinos de su cosecha), la dificultad está vencida. Repito,

señores, que tal es el punto desde el cual debe mirarse la cuestión,

según _mi humilde entender_. He dicho».

«Bravos» por acá y «bravos» por allá. Rumores en todos los

rincones.--¿Quién es ése?--Pues el hijo de don Zutano.--¡Excelente

chico!--Nómbrase la indispensable comisión, y entra en ella, el

primerito, el _orador_. Al día siguiente no se le puede sufrir.--Como

yo dije, como yo propuse... bien que ya usted me oiría... ¡y eso que no

está uno hecho á esos lances, ni tiene pretensiones de orador!... ¡Ah!

pues si no me tira de la levita don Práxedes, que estaba á mi derecha,

¡qué cosas salen á relucir! Pero es uno condescendiente y poco amigo de

llamar la atención, ¡que si no!...

Aunque no necesito decir quién es este _orador_, bueno es que se tenga

presente que pertenece, por su tipo, al tercer modelo.

Veámosle ahora en el teatro. Se acaba de representar un drama moderno

que ha alcanzado un triunfo. Á él no le ha merecido un solo aplauso.

Lejos de ello, se vuelve á su vecino y le dice:

--Amigo, yo no sé si diré un disparate, porque no soy competente en

literatura; pero esta obra, según _mi humilde entender_, no merece

el ruido que está metiendo. Valerse de una aldeana para el principal

papel, y no haber en toda la comedia más que dos personajes de buena

sociedad, me da muy pobre idea del talento del autor. De ese modo

también yo hago comedias.

El vecino le mira estupefacto, y el censor, creyendo que le apoya,

continúa:

--Desengáñese usted, el teatro va en decadencia; ya no se escriben

comedias como _La trenza de sus cabellos_ y _La conquista de Granada_.

¿Pues y los actores? Ahí han estado ustedes aplaudiendo á ese primer

galán como si supiera lo que hace... ¡Donde estaba aquel Lozano!...

¡Ése sí que _cortaba el verso_! Parece que le estoy viendo salir,

vestido de moro y á caballo, por debajo del palco del ayuntamiento.

Valía más una mirada de aquel hombre, que toda esta comiquería junta.

Oyendo música, aunque no menos descontentadizos, son más lacónicos

siquiera.

--¿Qué le parece á usted?--se pregunta á uno de ellos.

Y responde necesariamente:

--Hombre, yo no soy del arte; pero por más que ustedes digan, esta

música está tomada, _al pie de la letra_, de «_El Hernani_».

Si le buscamos á la esquina de la plaza, se le hallará deteniendo á un

transeúnte para decirle con mucho misterio:

--¿Ve usted aquella chica que está hablando con un cabo de la

guarnición? Pues es la cocinera de don Ruperto Puntales: dos horas

lleva ahí; he tenido la curiosidad de contarlas en mi reló. Buena

andará aquella cocina, ¿eh?

Ó si no:

--Don Aniceto, una palabra: esa doncella que cruza ahora la esquina y

va cargada de cartones, me parece que sirve en casa de doña Telesfora.

--Bien, ¿y qué?

--Nada, que es la sexta vez que, en hora y media que llevo en esta

esquina, ha salido de ese bazar cargada de género. Sospecho que el

pobre marido de su ama no hace hoy el gasto con dos mil reales. Después

vendrán los apuros... y algo peor. Bien empleado les está.

En un paseo público hacen el mismo papel: comparar las galas que ven,

con los caudales de quienes las lucen, y demostrar siempre, y donde

quiera, que llevan el alza y baja de cuanto respira y se agita en la

población.

Creo que el lector no necesita más noticias para orientarse por

completo en el terreno á que he querido traerle, ni para hallar

pertinente y hasta de alguna transcendencia moral la exposición de

estos apuntes...

Se me olvidaba decir que los buenos muchachos son, por regla general,

solteros. Si les da por casarse, son en el hogar doméstico unos

tiranuelos, chismosos y cascarrabias; y esto es lo único en que varían

al variar de estado.

Otro dato.--Casados ó solteros, son en política _conservadores_, de

_justo medio_ y _ancha base_.

Esbozos y rasguños · 第 36 / 63 题