Hallábame yo, no ha mucho, cerca de un pequeño círculo de murmuradores
de mayor edad, con quienes ningún lazo de amistad íntima, ni siquiera
de simpatía personal, me ligaba; y dicho está que yo oía, veía y
callaba. Hablábase á la sazón de un suceso ocurrido recientemente en
el pueblo, con sus vislumbres de escandaloso, cuando entró en escena
un personaje muy conocido mío, y muy amigo, al parecer, de aquellos
murmuradores. Parecía el tal fundido en uno de los tres modelos que
dejo registrados; y no digo en cuál, porque no es necesario.
--Aquí llega... Fulano, que podrá darnos algunos pormenores más del
suceso,--dijo un murmurador.
--Voy muy de prisa, señores--respondió el aludido,--y sólo me he
acercado á ustedes con el objeto de saludarlos... Pero, en fin, ¿de qué
se trata?
--Pues, hombre, de la novedad del día... de cierta joven que ha
desobedecido la paterna autoridad.
--Efectivamente: tengo entendido algo que suena á eso mismo; pero como
no me gusta meterme en la hacienda del vecino, y dejo á cada uno vivir
á su antojo, _no he querido_ enterarme muy á fondo.
--Pero es lo cierto que usted sabe algo...
--De manera que algo, algo, por muy sordo que uno se haga...
--Vamos, que ya sabrá usted más que nosotros.
--Les aseguro á ustedes que no. Soy de lo menos dado á chismes y
murmuraciones, como es bien notorio... Pero entendámonos: ¿se refieren
ustedes á la _chica_ mayor de don Geroncio?
--Cabales.
--¿De la cual se dice que dos horas antes de ir á la iglesia á casarse
con el _chico_ menor de don Atanasio, se plantó y dijo: «no me caso
ya», por lo que su padre la amenazó iracundo, de lo cual no hizo ella
caso maldito, y resultó un escándalo, y se deshizo la boda?...
--¡Justamente... eso es!... ¡Ven ustedes cómo... Fulano sabía los
pormenores del lance?
--Repito que no sé una palabra más de lo que _de público_ se dice. Hay
asuntos, como éste, que, sin saber por qué, me repugnan... Pero observo
que ustedes me miran con recelo, como si me callara cosas muy graves.
--¡Hombre, no!
--Pues á mí se me antoja que sí; y, señores, yo soy muy delicado en
ciertas materias: está por medio la reputación de una joven que puede
lastimarse con una sola suposición injuriosa, y esto es bastante á
mis ojos para que, en descargo de mi conciencia, me apresure á contar
la verdad del caso, es decir, lo que á mí se me ha referido:--Saben
ustedes que hace quince días tuve _un golpe_ de sangre á la cabeza,
por lo cual, ya repuesto, me ordenó el médico que paseara de madrugada
cuando la temperatura lo permitiera. Salía yo esta mañana á cumplir
este precepto, con el cual, por cierto, me va muy bien, cuando ¡plaf!
tropiezo, al volver la esquina de la plaza, con doña Severa, que,
como no ignoran ustedes, por parte de su difunto marido don Estanislao
es prima política de la señora (que esté en gloria) de don Geroncio,
y, por consiguiente, tiene motivos poderosos para estar al tanto de
los asuntos particulares de esta familia, aparte de que á doña Severa
siempre se la ha considerado mucho en aquella casa, por su capacidad
y don de gobierno. Pues, señor, como daba la casualidad de que no
veía yo á esta señora lo menos hacía... sí, ¡vaya! ¡yo lo creo!...
lo menos... lo menos... quince días... ¿qué digo! aguárdense ustedes
y perdonen: el día de San Lorenzo fué cuando la vi; estamos hoy á...
veintitrés días justos hace que la saludé á la puerta de su casa...
cabalmente tenía yo que preguntarla dónde había comprado una pasta
para matar ratones, que ella usaba con gran éxito, y allí mismo me dió
la receta de memoria, porque resultó que la tal pasta era invención
suya, digo, de un choricero extremeño que se la confió en secreto
por no sé qué favores que la debía... Pues á lo que iba: encuentro
esta mañana á doña Severa, y--«¿Cómo está usted, señora mía?--la
pregunto.--Bien; ¿y usted, don Fulano?--Pues para servir á usted.--¿Y
la familia?--Tan buena, gracias... ¡Caramba, cuántos días hace que
no la veo á usted!--Pues no he perdido una misa desde que no nos
vemos. Precisamente es hoy el día en que debí haberme quedado en cama,
siquiera hasta las diez.--Efectivamente: la encuentro á usted algo
pálida y desmejorada.--Le aseguro á usted que no sé cómo me tengo de
pie.--¿Se encuentra usted mal?--Mal, precisamente, no; pero ayer tuve
un disgusto con la cocinera, y estoy sufriendo hoy las consecuencias.
Figúrese usted que á mí me gusta mucho la merluza: pues, señor, la
condenada (Dios me perdone) de la chica, dale con que había de traerme
siempre abadejo. Chocándome, como era natural, tanta obstinación,
pues yo sabía muy bien que no faltaba merluza en la plaza, indago por
aquí, pregunto por allá, y averiguo ayer que la muy pícara daba todos
los días las sobras del principio á un soldado, su novio, que se pela
por el abadejo. ¡Imagínese usted cómo yo me pondría al saberlo!...
Por supuesto que lo primero que hice fué plantarla de patitas en la
calle, y tan de prisa, que la dije que volviera más tarde por el baúl
y la cuenta. ¡En mal hora á mí se me ocurrió semejante idea! ¿Creerá
usted, _Fulanito_, que, la muy sinvergüenza, se me presentó á las dos
horas acompañada del soldadote para que éste repasara la suma, y que
entre los dos me pusieron como hoja de perejil sobre si faltaban ó
dejaban de faltar seis maravedís?--Nada me choca, doña Severa, de
cuanto usted me dice, que algo parecido podía añadir yo de lo ocurrido
en mi casa: el ramo de sirvientas está perdido.--¡Ay, Fulano, lo peor
es que el de amas no está mucho más ganado!--También es cierto.--Vea
usted á mi pobre primo Geroncio: ¡qué horas está pasando por causa de
esa hija á quien ha mimado tanto!--En efecto, he oído anoche que esa
chica ha roto, por un capricho, su proyectado casamiento.--¿Capricho,
eh? ¡buen capricho me dé Dios!--Así se dice al menos.--Así se dice,
porque de alguna manera decente ha de tapar la familia el pastel
descubierto.--¿Luego ha pasado algo grave?--¡Gravísimo... Fulano!...
y ya ve usted si yo lo sabré cuando he sido y estoy siendo el paño
de lágrimas del desdichado Geroncio.--No lo dudo... Pero ahora caigo
en que, siendo secretos de familia esos sucesos, estoy pecando de
indiscreto al hacer ciertas preguntas.--De ningún modo, Fulano; usted
es una persona muy decente, y hasta debe conocer esa clase de líos
para ejemplo y escarmiento en el día de mañana, si se resolviera á
casarse.--Usted me favorece demasiado, doña Severa.--Le hago á usted
justicia, Fulano.--Gracias, señora.--Repito que no hay por qué darlas;
y sepa usted (por supuesto, con la debida reserva) que si la boda de
mi sobrina no se ha llevado á cabo, es porque el novio descubrió á
última hora que la muy taimada había tenido un año antes relaciones
íntimas, _muy íntimas_, entiéndalo usted bien, con un joven andaluz
que estuvo aquí veraneando.--Pero ¿tan íntimas fueron, señora?--Tan
íntimas, que faltando horas nada más para ir á la iglesia, se plantó
el novio al conocerlas, y dijo que nones.--¿Luego no fué ella quien se
opuso?--¡Qué había de ser, hombre!... eso se ha dicho para tapar»...
Y etcétera, señores--añadió el narrador, con una sonrisita que apenas
tenía malicia;--por ahí fué hablándome doña Severa, y lo que acabo
de referir es lo _único_ que, en substancia, hay de cierto sobre el
particular.
--¡Que no es poco!--objetó un chismoso, con diabólica
expresión.--¡Cuando yo decía que usted sabía grandes cosas!
--Hombre, si bien se mira, no es tanto como parece--continuó el
_suavísimo_ Fulano.--Y de todas maneras, señores, conste que lo he
referido aquí en el seno de la confianza y teniendo en cuenta, además
de lo que dije al empezar, que una cosa leve callada con misterio,
autoriza á suponer otra muy grave: que la mayor parte de ustedes son
padres de familia que no echarán el ejemplo en saco roto.
--¡Bravo!--exclamaron algunos oyentes casi enternecidos con este rasgo.
--Conque, señores, vuelvo á recomendar la reserva, y me voy á mis
quehaceres,--saltó casi ruborizado el amiguito de doña Severa.
Y se marchó.
--¡Qué discreta observación!--dijo uno de los que se quedaron.
--¡Qué juicio tan aplomado!--añadió otro.
--¡Es _un gran muchacho_!--exclamaron todos
--¡Valiente infame!--dije yo, y era lo menos que podía decir, con esta
franqueza que Dios me ha dado, largándome también, y sin despedirme,
por más señas.
Nada se me contestó en el acto; pero me consta que, refiriéndose á mí,
se dijeron luego en el corrillo primores como los siguientes:
--¡Qué víbora!
--¡Qué lengua de acero!
--Con veneno semejante es imposible que haya en la sociedad una sola
virtud incólume.
* * * * *
Todos estos pormenores forman un detalle que no es de los menos típicos
en los «buenos muchachos».
Veamos otros.
Detestan cordialmente todo cuanto no pertenece al gremio del cual son,
según dicen, humildísimos miembros; y hablan con afectada lástima,
pero con sincera indignación, de los hombres aficionados á los trabajos
del ingenio; se jactan de apreciar la prensa periódica, sea del matiz
político, científico ó literario que se quiera, en mucho menos que el
papel de _empaque_, y son para ellos novelistas y poetas sinónimos de
_gente perdida_. Esto, en general; pero cuando son sus convecinos,
sus antiguos condiscípulos, tal vez sus amigos, los que escriben, los
que peroran, los que pintan, ¡de Dios les venga el remedio á estos
desdichados!
--Hoy todo el mundo escribe, todo el mundo charla, todo el mundo
emborrona un lienzo y garrapatea el pentágrama--gritan escandalizados
los «buenos muchachos».--¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos
á parar? Señores, el que más y el que menos de los que _en nada
figuramos_ conocemos algo de esas materias, y pudiéramos echar en
ellas nuestro cuarto á espadas _practicando_ un poco; pero ¿sería
esto suficiente? ¿nos autorizaría para erigirnos en maestros ni en
directores de la opinión pública? ¡No faltaba más!... ¡Pues no son
pocas las pretensiones de _la gente del día_!
Así se explican; veamos cómo se conducen.
Estarán ustedes cansados de hallar en los periódicos de _su pueblo_
centenares de remitidos, al tenor del siguiente:
Señor Director de _El Vigilante_.
«Muy señor mío y de mi mayor consideración: Aunque ajeno por carácter
y por mis habituales ocupaciones á las lides periodísticas, me tomo la
libertad de remitir á usted las adjuntas mal perjeñadas líneas, por si
tiene á bien insertarlas en su apreciable periódico. La cuestión que
las motiva es, _en mi humilde sentir_, de _gran_ interés para toda la
población, y en ello confío para que usted, etc., etc., etc.».
El asunto que se desenvuelve en el remitido y que, según el _humilde
sentir_ del comunicante, encierra gran interés para toda la población,
es un guardacantón que sobresale media pulgada más de lo que previenen
las ordenanzas, ó un árbol que se seca en el paseo... ó si debe andar
cubierto ó en pelo por los claustros, durante la celebración de la
misa, el perrero de la catedral.
Otros tres detalles esencialísimos distinguen siempre á estas
_producciones_, á saber: lo poco que figuran en ellas los artículos
determinados, y lo demasiado que juega la _rosa de vientos_, lo cual
da motivo á cada paso á frases del siguiente jaez: «entrando _en
mencionado_ paseo por el lado del _Sudeste_; tomando la alineación por
la _fachada vendaval_ de _repetida casa_»... Por último, la firma.
Ésta tiene que ser necesariamente _Un curioso_, _Un contribuyente_, _Un
vecino_, ó _Un amante de su país_.
Pues bien, lector: cualquiera de estos _motes_ es el _modesto_ velo
con que tapa el rubor de su vera efigies, para dirigirse al público,
un «buen muchacho», es decir, uno de esos hombres sensatos, aplomados
y «sin pretensiones», que detestan la prensa porque no sabe tratar
cuestiones que enseñen algo, porque no es capaz de exponer teorías de
_transcendencia_ ó de _universal interés_; uno de esos hombres, en
fin, que no hallan jamás otro bastante autorizado para erigirse en
intérprete, ya que no en director de la opinión pública.
Y no puede quedar la menor duda de que _citados_ artículos pertenecen á
_referidos_ autores, porque éstos, en el mismo día del _alumbramiento_,
ó en el siguiente, á más tardar, teniendo la bondad de interesarse
mucho por la salud de uno, le abordan en la calle para enredarle en un
diálogo como el siguiente:
--¿Cómo va, amigo mío?
--Pues, hombre, vamos viviendo.
--¡Cuánto me alegro!
--Muchísimas gracias... ¿Usted tan gordo y tan guapo?
--Gracias á Dios... Pero retírese usted un poquito á la derecha.
--¿Qué ocurre?
--Que está usted colocado junto á una losa quebrada, y un pie se
disloca con la mayor facilidad.
--No veo yo la quebradura...
--En efecto, era una ilusión mía... Como en este pueblo anda el ramo de
empedrados peor que en Marruecos... Y, á propósito, ¿ha visto usted un
comunicado que publica ayer _El Vigilante_?
--¿Sobre Marruecos?
--No, señor: sobre el guardacantón de la calle X...
--Sí que le he visto.
--¿Y qué le ha parecido á usted?
--Pues, hombre... bien.
--Lo celebro infinito, pues como está hecho _al correr de la pluma_, no
hubiera sido difícil que algún descuidillo...
--Según eso, ¿es de usted?
--Ya que usted lo ha conocido, no lo quiero negar.
--Es usted muy modesto.
--Hombre, no; pero _no tengo pretensiones_ de escritor. Así es que
cuando _quiero llamar la atención del público_ hacia un asunto de
interés tan general como el que ayer saco á relucir en mi escrito,
firmo con un nombre cualquiera... Yo he escrito mucho sobre policía,
¡muchísimo! sólo que no me gusta darme importancia; porque, vamos, no
tengo pretensiones de ninguna clase.
--¡Oh! ya se conoce bien.
--Por lo demás, el artículo de ayer creo que abraza cuanto se puede
decir sobre el particular.
--¡Vaya si abraza!
--Pues me alegro mucho; que eso me ha de animar á concluir otro
que traigo entre manos acerca de la maldita costumbre que hay aquí
de colgar la ropa blanca en los balcones... Por supuesto que es un
trabajillo sin pretensiones de ninguna clase.
--Naturalmente; pero eso no impedirá que yo le lea con gusto.
--Muchas gracias.
--No hay por qué».
También me consta que esos _remitidos_ se leen, por su autor, en
familia, con grande aplauso del severo papá que, rebosando en
satisfacción por todos los poros de su cuerpo, se vuelve hacia su
conjunta para decirle, muy bajo, pero de modo que lo oiga el elogiado:
«Estos muchachos son el mismo demonio. ¡Mira que está bien hilado el
tal impreso!».
Vamos ahora á otro terreno.
Hay una junta de acreedores, de contribuyentes, de vecinos _formales_,
ó de arraigo; una junta, en fin, en la que se trate del vil ochavo
ó de _salvar los intereses de la plaza_. Toman la palabra los más
expertos y autorizados; llénanse recíprocamente de piropos, abordan la
cuestión por cien lados diferentes; llégase, tras de muchos sudores y
fatigas, á vislumbrar un acuerdo definitivo; va á darse por concluida
la sesión, y he aquí que se oye una voz perezosa y afectadamente tímida
que pide la palabra. Concédesela el presidente, y se levanta una
persona que comienza á hablar en estos términos:
--«Señores: como desconozco completamente la ciencia del derecho, y soy
en materia de negocios la más incompetente de todas las personas que
componen esta respetable reunión; y como tampoco tengo pretensiones
de orador, quizá vaya á decir un disparate al hacer uso de la
facultad que me ha concedido el digno señor presidente; pero, _así y
todo_, me parece á mí que teniendo en cuenta esto y lo otro (resume
desastrosamente cuanto han dicho los que han hablado antes, y añade
cincuenta desatinos de su cosecha), la dificultad está vencida. Repito,
señores, que tal es el punto desde el cual debe mirarse la cuestión,
según _mi humilde entender_. He dicho».
«Bravos» por acá y «bravos» por allá. Rumores en todos los
rincones.--¿Quién es ése?--Pues el hijo de don Zutano.--¡Excelente
chico!--Nómbrase la indispensable comisión, y entra en ella, el
primerito, el _orador_. Al día siguiente no se le puede sufrir.--Como
yo dije, como yo propuse... bien que ya usted me oiría... ¡y eso que no
está uno hecho á esos lances, ni tiene pretensiones de orador!... ¡Ah!
pues si no me tira de la levita don Práxedes, que estaba á mi derecha,
¡qué cosas salen á relucir! Pero es uno condescendiente y poco amigo de
llamar la atención, ¡que si no!...
Aunque no necesito decir quién es este _orador_, bueno es que se tenga
presente que pertenece, por su tipo, al tercer modelo.
Veámosle ahora en el teatro. Se acaba de representar un drama moderno
que ha alcanzado un triunfo. Á él no le ha merecido un solo aplauso.
Lejos de ello, se vuelve á su vecino y le dice:
--Amigo, yo no sé si diré un disparate, porque no soy competente en
literatura; pero esta obra, según _mi humilde entender_, no merece
el ruido que está metiendo. Valerse de una aldeana para el principal
papel, y no haber en toda la comedia más que dos personajes de buena
sociedad, me da muy pobre idea del talento del autor. De ese modo
también yo hago comedias.
El vecino le mira estupefacto, y el censor, creyendo que le apoya,
continúa:
--Desengáñese usted, el teatro va en decadencia; ya no se escriben
comedias como _La trenza de sus cabellos_ y _La conquista de Granada_.
¿Pues y los actores? Ahí han estado ustedes aplaudiendo á ese primer
galán como si supiera lo que hace... ¡Donde estaba aquel Lozano!...
¡Ése sí que _cortaba el verso_! Parece que le estoy viendo salir,
vestido de moro y á caballo, por debajo del palco del ayuntamiento.
Valía más una mirada de aquel hombre, que toda esta comiquería junta.
Oyendo música, aunque no menos descontentadizos, son más lacónicos
siquiera.
--¿Qué le parece á usted?--se pregunta á uno de ellos.
Y responde necesariamente:
--Hombre, yo no soy del arte; pero por más que ustedes digan, esta
música está tomada, _al pie de la letra_, de «_El Hernani_».
Si le buscamos á la esquina de la plaza, se le hallará deteniendo á un
transeúnte para decirle con mucho misterio:
--¿Ve usted aquella chica que está hablando con un cabo de la
guarnición? Pues es la cocinera de don Ruperto Puntales: dos horas
lleva ahí; he tenido la curiosidad de contarlas en mi reló. Buena
andará aquella cocina, ¿eh?
Ó si no:
--Don Aniceto, una palabra: esa doncella que cruza ahora la esquina y
va cargada de cartones, me parece que sirve en casa de doña Telesfora.
--Bien, ¿y qué?
--Nada, que es la sexta vez que, en hora y media que llevo en esta
esquina, ha salido de ese bazar cargada de género. Sospecho que el
pobre marido de su ama no hace hoy el gasto con dos mil reales. Después
vendrán los apuros... y algo peor. Bien empleado les está.
En un paseo público hacen el mismo papel: comparar las galas que ven,
con los caudales de quienes las lucen, y demostrar siempre, y donde
quiera, que llevan el alza y baja de cuanto respira y se agita en la
población.
Creo que el lector no necesita más noticias para orientarse por
completo en el terreno á que he querido traerle, ni para hallar
pertinente y hasta de alguna transcendencia moral la exposición de
estos apuntes...
Se me olvidaba decir que los buenos muchachos son, por regla general,
solteros. Si les da por casarse, son en el hogar doméstico unos
tiranuelos, chismosos y cascarrabias; y esto es lo único en que varían
al variar de estado.
Otro dato.--Casados ó solteros, son en política _conservadores_, de
_justo medio_ y _ancha base_.