[1] Estos cuadros y el que les sigue con el título de _¡Cómo se
miente!_, aparecen aquí en virtud de lo indicado en la _Advertencia_
que precede al tomo V de estas OBRAS, de la cual _Advertencia_, por
si el lector no la ha visto ó la ha olvidado ya, debo reproducir y
reproduzco en esta _Nota_ el siguiente párrafo:
«Ha llegado el momento de realizar el propósito anunciado en la
_Advertencia_ que se estampa en el tomo I de esta colección de mis
OBRAS, y le realizo incluyendo en el presente volumen los cuadros _Un
marino_, _Los bailes campestres_ y _El fin de una raza_, desglosados,
con este objeto, del libro rotulado ESBOZOS Y RASGUÑOS, en el cual
aparecerán, en cambio y en su día, _Las visitas_ y _¡Cómo se miente!_
que hasta ahora han formado parte de las ESCENAS MONTAÑESAS. Por lo que
toca á _La primera declaración_ y _Los pastorcillos_, si algún lector
tiene el mal gusto de echar de menos estos dos capítulos en cualquiera
de los dos libros, entienda que he resuelto darles eterna sepultura en
el fondo de mis cartapacios, y ¡ojalá pudiera también borrarlos de la
memoria de cuantos los han conocido en las anteriores ediciones de las
ESCENAS!».
Réstame añadir ahora que si _Las visitas_ y _¡Cómo se miente!_ no
corrieron en aquel arreglo la suerte de _La primera declaración_ y _Los
pastorcillos_, débese únicamente á que son casi los primeros frutos
literarios de mi pluma, y los primeros, sin casi, de mi pobre paleta de
pintor de costumbres, allá por los años de 1859-60.
Válgales esta razón por excusa de sus muchos defectos, y discúlpeme á
mí de la debilidad de considerarlos, con su fealdad y todo, como lo
más digno de mi amor de padre, entre la ya larga prole de mi infeliz
ingenio.--(Nota del A. en 1887).
[Ilustración]
¡CÓMO SE MIENTE!
I
--Adiós, señor don Pedro.
--Muy buenos días, don Crisanto. ¿Va usted á misa?
--No, señor: yo la oigo muy temprano. Ahora estoy esperando al amigo
don Plácido, que está en la de nueve, para irnos en seguida á dar
nuestro paseo.
--Ustedes nunca le pierden: muy bien hecho. ¡Ojalá pudiera yo
acompañarlos hoy!
--¿Y por qué no? Es domingo, no hay negocios... pero ahora recuerdo que
anoche no fué usted al _Círculo_.
--Estuve bastante disgustado ayer todo el día... y sigo estándolo...
Tengo el chico mayor indispuesto.
--¿De cuidado?
--Hasta ahora no, á Dios gracias; pero como está tan robusto, no sería
difícil, si nos descuidáramos, que le sobreviniese alguna fiebre
maligna.
--¿Qué es lo que tiene?
--Una indigestión de castañas.
--¡Diablo, diablo!... Mucho cuidado, don Pedro, que la estación es muy
mala: la primavera para los muchachos...
--Por eso precisamente me apuro yo... Pero ya sale don Plácido y le
dejo á usted con él... Adiós, señores.
--Beso á usted la mano, señor don Pedro: que se alivie el chico.
--Pues qué, ¿está enfermo?--preguntó don Plácido, que cogió al vuelo
las palabras de don Crisanto.
--Parece que sí.
--¿Cosa de cuidado?
--Me lo sospecho. El origen fué una indigestión de castañas; pero como
está tan robusto, le _ha_ sobrevenido una fiebre que ha puesto en
cuidado á la familia.
--¡Caramba! ¿Si serán viruelas?
--Oiga usted, es fácil.
Y en esto, los dos personajes se dirigieron hacia la calle de San
Francisco, por la Plaza Vieja, deteniéndose un instante junto á la
esquina del Puente, en la cual había un vistoso cartelón, recientemente
pegado, anunciando, para después de varios ejercicios olímpicos, la
segunda ascensión aerostática del intrépido Mr. Juanny.
Mr. Juanny era un muchacho, casi imberbe, director de una desmantelada
compañía ecuestre, que trabajaba los domingos en Santander, en un
lóbrego corral, ante un escaso público de criadas, soldados y raqueros.
La primera ascensión, por cierto en una tarde fría y lluviosa de abril,
tuvo para el valeroso aeronauta el éxito más desgraciado.
Henchida la remendada mongolfiera en medio del circo, y sujeta al
suelo, del que distaba más de veinte pies, por dos delgadas é inseguras
cuerdas, Mr. Juanny comenzó á trepar por otra suelta del centro, para
alcanzar el trapecio que en el espacio le había de servir de columpio;
pero al oscilar el globo con el peso del aeronauta, rompió las cuerdas
que le sujetaban, y rápido se lanzó á las nubes, cuando aún distaba
del trapecio el pobre muchacho más de ocho pies. Para el público no
tuvo el lance aquél nada de particular: creyó de buena fe que el ir
Mr. Juanny agarrado á la cuerda era un alarde más de su agilidad y
de su impavidez; sólo su familia, que era toda la compañía, y él,
comprendieron lo terrible de la situación: la primera lo manifestó
bien pronto con lágrimas de desconsuelo; y por lo que hace al segundo,
según la relación que de boca del mismo oímos, conociendo mejor que
nadie el espantoso peligro en que se hallaba, trató, lo primero, de
llegar hasta el trapecio; pero la rapidez con que ascendía el globo le
impedía adelantar un solo palmo. Como la cuerda era larga, al salir del
circo se enredó entre las ramas de la Alameda vieja, y por un momento
creyó Mr. Juanny que había desaparecido el peligro; mas, para mayor
desconsuelo, las débiles ramas cedieron al empuje del globo, y aquel
desdichado no tuvo otro remedio que acudir á su valor y á su destreza.
Agarróse, pues, lo mejor que pudo á la cuerda, y dejó á la Providencia
lo demás. Entre tanto, las manos se le habían desollado, sus fuerzas
se debilitaban por instantes, y cada vez hallaba más irresistible la
violencia con que el globo parecía que trataba de desprenderse de
él. Las casas, los objetos que en furioso torbellino pasaban á su
vista, le mareaban en aquella angustiosa situación: perdió al fin el
conocimiento, y maquinalmente siguió todavía agarrado á la cuerda.
Un instante más y no había remedio para él. Pero afortunadamente la
mongolfiera era muy vieja, y á pesar de los remiendos que tenía, iba
perdiendo gas á cada instante por sus muchas rendijas; cedió al fin
al peso del aeronauta, y descendió rápidamente, cayendo una legua
adentro de la bahía, y á más de media del barco más próximo. Ya era
tiempo. Mr. Juanny sólo conoció que se hallaba en el agua, cuando su
frialdad le sacó de su estupor. Mas el nuevo peligro era insignificante
comparado con el que acababa de correr. El globo, aún henchido, flotaba
como una enorme boya: agarróse, pues, á él y esperó. Por mucha prisa
que se dieron los tripulantes de algunas lanchas que le vieron caer,
las dos primeras que hasta él llegaron, á toda fuerza de remo, tardaron
un cuarto de hora.
Mr. Juanny desembarcó al fin en el Muelle, entre su familia y un
inmenso concurso, desolladas las manos y tiritando de frío, pero sereno
y risueño como si nada le hubiera sucedido.
Hecha esta ligera digresión, que bien la merece el asunto por su
histórica terrible gravedad, volvamos á nuestros conocidos.
Pertenecen éstos por patrón, edad é instinto al pequeño grupo de
_figuras reglamentadas_ que son indefectibles en toda población, y
sobre las cuales pasan en vano los años y las revoluciones: alguna
arruga de más, algún cabello de menos, son los únicos rastros que deja
el tiempo sobre estos seres: traje, costumbres y alimento siguen siendo
para ellos los mismos que los del año en que _se plantaron_, hasta la
hora de su muerte; porque ésta, siendo producida generalmente por una
aplega fulminante, ó por otro torozón cualquiera, no les atormenta con
sus preludios, ni les altera en lo más mínimo, durante la vida, el
metódico sistema de ella. Egoístas y avaros por naturaleza, temiendo
adquirir compromisos ó arriesgar su dinero, sólo toman del mundo
aquello que el mundo echa á la calle, bien porque le sobra ó porque lo
regala.
Por eso, su única biblioteca, en el capítulo de erudición, la
constituyen los carteles de las esquinas, los prospectos volantes y los
periódicos del café.
Sabido esto, y no olvidando el dramático suceso que acabamos de
referir, excusado será decir á ustedes que leyeron con avidez el
cartel de Mr. Juanny; que al separarse de la esquina, continuando su
paseo, iban hablando con horror de tamaño atrevimiento; que calcularon
y se concedieron recíprocamente el sitio en que, según el viento
que reinaba, caería aquella tarde el aeronauta, y, por último, que
decidieron ir á presenciar la ascensión; mas no se crea que al circo
mismo, donde no habría bastante comodidad sobre costar el dinero, sino
á los prados de la Atalaya, cuya elevación les permitía dominar los
sucesos con la vista y respirar aires puros.
Cuando llegaron á San Francisco, discurriendo aún sobre el mismo tema,
repararon que un corredor, muy conocido de ellos, se les acercaba á
todo andar.
Al cruzarse con él no pudieron contener su curiosidad, y, _á dúo_, le
interpelaron:
--¿Adónde tan de prisa?
--¿Han visto ustedes á don Pedro?--les preguntó, casi al mismo tiempo,
el corredor.
--Ahora mismo acabamos de separarnos de él.
--¿Ha ido al escritorio?
--No, señor; á su casa... ¿Ha ocurrido alguna _otra_ novedad?--añadió
alarmado don Plácido, al ver cómo jadeaba aquel hombre.
--¿Según eso había ya una?
--¡Qué! ¿No lo sabe usted?
--Hombre, no; yo le buscaba para un negocio... y muy bueno.
--Pues, amigo--dijo don Crisanto en tono sentido,--de nosotros se ha
separado de muy mal talante.
--Pero ¿qué tiene?
--El chico mayor _muy malo_,--exclamó don Plácido.
--¿De qué?--dijo sorprendido el corredor.
--_De viruelas_,--contestó solemnemente don Crisanto, y con la más
profunda convicción.
--¡De viruelas!... Pero si ayer le he visto yo en el escritorio
copiando una factura.
--Pues ahí verá usted,--observó don Plácido.
--¿De suerte--añadió el corredor,--que su padre no estará dispuesto á
hablar de negocios?
--Figúreselo usted,--contestaron los dos amigos.
--Pues ¡cómo ha de ser!... paciencia, que lo peor es para él... Adiós,
señores, y gracias.
--No hay de qué: vaya usted con Dios.
El agente, desesperanzado de hacer el negocio, emprendió una marcha más
lenta que la anterior; y mustio y cabizbajo, se internó en la calle de
San Francisco.
Los dos amigos continuaron su paseo hacia la Alameda.
Habrán extrañado al lector los progresos de la enfermedad del hijo de
don Pedro, ó habrá creído, á pesar de lo que le he dicho acerca de
don Plácido y don Crisanto, que éstos trataban de dar un bromazo al
corredor. Nada de eso. Ni el carácter, ni la posición, ni la edad de
estos señores se prestan á la broma: tienen cincuenta mil duros cada
uno, y un siglo cumplido entre los dos. Pero sobre algunas otras manías
á que consagran todos los desvelos que no necesita la administración
del milloncejo, les esclaviza y atormenta la de adquirir noticias,
cualesquiera que ellas sean; y no por el placer de saberlas, sino por
el de propalarlas; pero de propalarlas de manera que interesen y
exciten bien la curiosidad del público. Esto no podrían conseguirlo
siempre, porque los datos adquiridos, algunas veces no lo dan de
sí. Por eso, ocurrido un suceso cualquiera, le suponen el curso que
les parece _más natural_, y con la mejor buena fe, le colocan en el
término que más se acomoda á sus cálculos.--«Que esto ha de suceder, es
_infalible_--dicen ellos;--pues contémoslo en seguida, porque después
no tendría novedad, y, bien mirado, no faltamos á la verosimilitud». La
calidad de la noticia es lo que menos les importa, ni las consecuencias
que pueda producir su afán de exagerarla: haga ella efecto, coméntese,
propáguese, y su amor propio se verá satisfecho.
No tuvieron otro origen las viruelas del hijo mayor de don Pedro.
El corredor, entre tanto, llegó á la Guantería, se sentó sobre el
mostrador y comenzó á renegar de su suerte.
--Vea usted--decía,--hasta las epidemias conspiran contra mis intereses.
--Pues ¿qué sucede?--le preguntó un tertuliante de aquel
establecimiento;--¿vuelve otra vez el cólera?
--¡Qué más cólera que no hacer un negocio en cuatro días?
--Como decía usted que la epidemia...
--Y lo repito: el mejor corretaje, acaso el único de toda la semana,
acabo de perderle porque han entrado las viruelas en la casa.
--¿Hay algún comerciante con ellas?
--No, señor: un hijo.
--¿Quién es el padre?
--Don Pedro Truchuela.
--¡Caramba! ¡Aquel muchachón tan robusto está con viruelas?... ¿Y son
de mala ley?
--Según me han dicho, con referencia á su padre, no lo cuenta.
--¡Qué lástima!
Y al exclamar así el ocioso, marchóse á la Plaza y refirió el suceso al
primer conocido que halló á mano.
En los comentarios estaba ya, cuando la doncella de don Pedro, muy
conocida del comentarista por su lindo palmito, cruzó hacia el Puente y
entró en uno de sus portales. Al notarlo el ocioso, exclamó:
--¡Adiós, mi dinero! ¡ya van á llamar al cura!
--¡Cá!--dijo el otro sorprendido.
--Sí, señor: he visto entrar á la doncella de don Pedro en casa del
padre N... Cuando salga la he de preguntar.
Ignoraba el noticiero que el padre N... se había mudado á otra calle, y
que vivía, á la sazón, una modista en la casa que él dejó.
Á poco rato salió la doncella con unos paquetes debajo del brazo, y
se fué por el Muelle. El espía no lo notó por haberse enredado en una
nueva acalorada controversia, sobre las causas de algunas epidemias
como la que ya juzgaba apoderada de la población; pero, en su defecto,
vió poco después atravesar al padre N... por la esquina de la Ribera y
en dirección al barrio en que vivía don Pedro.
--Véalo usted--exclamó;--¡se realizaron mis sospechas!...
Y sin despedirse de su contrincante, fué á llevar la noticia á la
Guantería.
Cuando á la una en punto volvieron del paseo don Crisanto y don
Plácido, encontraron otra vez al corredor.
--¿Ha visto usted á don Pedro?--le preguntaron.
--¡Bueno estará el pobre señor para visto!--contestó.
--Pues ¿qué ha sucedido? ¿Está peor su hijo?
--Ya le han dado la unción.
--¡Ave María purísima!--exclamaron los dos amigos.--Lo mismo que
sospechábamos salió, desgraciadamente.
Y con cierto aire de satisfacción, por el buen éxito de sus
presunciones, pues que no estaba en sus manos evitar la desgracia, y
era ocioso afectarse por ella, se separaron del corredor, sin pasarles
por la imaginación que ellos, y nada más que ellos, eran el origen,
desarrollo y progreso de la enfermedad del hijo de don Pedro Truchuela.