Fieles como dos cronómetros, á las cuatro en punto de la tarde llegaron
nuestros dos amigos á los prados de la Atalaya, y se colocaron en el
más elevado de ellos para dominar mejor todos los incidentes de la
ascensión del globo. Destacábase éste, henchido ya de humo, en el
reducido circo de la Alameda, balanceándose sobre las cuerdas que le
sujetaban, esperando á que le dieran libertad para lanzarse al espacio.
En instantes tan supremos, cuando la curiosidad de medio pueblo
diseminado por aquellas praderas estaba fija en el aparato, el campanón
de la catedral sonó, grave y acompasado, tres veces. Su lúgubre tañido
no produjo el menor efecto en el ánimo de aquellos espectadores. Sin
embargo, nuestros dos conocidos, aunque afanosamente ocupados en
explicarse la teoría del espectáculo que á tales alturas les había
conducido, suspendieron la discusión.
--¿Ha oído usted, don Plácido?
--¿Qué?
--Tocan _á paso_.
--Efectivamente: es por el hijo de don Pedro.
--¿Lo sabe usted con seguridad?
--¡Hombre, estando ya con la unción esta mañana!...
--Es verdad... ¡Pobre muchacho!... ¡tan joven!
--Al anochecer nos pasaremos por su casa para saludar á don Pedro y
acompañarle en su dolor.
En esto se oyó un rumor infinito de hurras, aplausos y silbidos. El
globo se elevaba majestuoso, arrastrando al joven aeronauta, vestido de
artillero, y de pie sobre un cañón... de madera.
--¡Allá va eso!--dijo don Crisanto;--siempre te bañarás como la otra
vez... Sospecho que cae en Maliaño... ¡Allí sí que no te salvas!
--Pues yo--repuso don Plácido,--creo que más acá se queda, según la
dirección que toma.
--Como caiga en el agua, es lo mismo: el cañón le arrastrará al
fondo... Le aseguro á usted, don Crisanto, que si tuviera facultades
para tanto, suprimiría estos espectáculos... porque, desengáñese usted,
son una barbaridad.
--¿Qué demonios le diré á usted, don Plácido?... Es preciso que haya de
todo en el mundo.
--¿Y para qué hace falta esto? Para aumentar el número de huérfanos
y de viudas, y para fomentar la vagancia: total, para molestar al
hombre de bien y pacífico, y sacarle lo que, acaso, necesita para su
familia... ó para su regalo; que ya que uno se lo ha ganado, nadie más
que uno mismo tiene derecho á hacer de ello lo que le dé la gana.
--Todo lo que usted dice está muy en su lugar; pero repare usted que
ese pobre volatinero brinca y salta, sube y baja y se remoja en la
bahía cuando y cada vez que le da la gana, para ganar un miserable
pedazo de pan, y que á nosotros no nos cuesta un cuarto. Ahora mismo,
desde estos prados, le estamos viendo de balde, y por cierto, con más
comodidad que los que han pagado su entrada en el circo. Desengáñese
usted, el que no quiere y sabe ahorrar, no gasta un maravedí por más
lazos que se le tiendan.
--No lo niego; pero concédame usted que, á veces, se complican las
circunstancias de un modo... Sin ir muy lejos, ni acotar con muertos,
el día en que este mismo sujeto estuvo á pique de ahogarse en la
bahía, me hallaba yo, después del suceso, leyendo el correo en la
botica; cuando á uno de esos filántropos que de todo el mundo se
conduelen, porque no tienen otra cosa que hacer, y que había visto
las desolladuras y contusiones que se hizo el volatinero, le da la
gana de echar un guante para él entre todos los concurrentes al
establecimiento, que sabe usted que no son pocos... Pues señor,
¿usted creerá que me sirvió de algo volverme de espaldas, hacerme el
distraído, ni marcharme hasta el escaparate con la disculpa de que
necesitaba más luz para leer el periódico?... ¡que si quieres! El muy
importuno me siguió como si fuera mi sombra... y gracias á que, como
de costumbre, yo no llevaba un ochavo sobre mí; que de otro modo, me
cuestan la función del volatinero y la impertinencia de su protector,
un par de reales, ó tal vez más.
--Pero, al fin, nada pagó usted, y siempre venimos á parar á que,
amarrando bien, por más que tiren de uno, no le sacan un céntimo. ¡Buen
cuidado me da á mí por todos los filántropos del mundo!... ¡sordo
siempre! que oídos que no oyen, corazón que no siente... Pero se me
figura que desciende el globo... y va á caer, como lo anuncié, hacia
Maliaño.
--Mire usted que á esa distancia engaña mucho la vista.
Cuando poco después desapareció la mongolfiera detrás de la colina del
Cementerio, los dos observadores bajaron á paso redoblado á la ciudad,
y se encaminaron á la estación del ferrocarril, con el objeto de
averiguar lo cierto del caso, pues el globo, á medida que bajaba, fué
pareciendo más próximo, en línea horizontal, á los dos curiosos; tanto,
que don Plácido, al perderle de vista, hubiera sido capaz de jurar que
había caído en la Peña del Cuervo.
Andando, disputando y sudando el quilo, llegaron á la Pescadería, y
preguntaron á un aldeano que hablaba sobre el suceso:
--¿Dónde cayó, buen amigo?
--Pus dí que se ha jundío en metá la canal.
--¡Fuego! ¿Oye usted, don Plácido? lo que yo temía.
Y siguieron más adelante.
Dos cigarreras daban grandes voces.
--Tamién fué causelidad de pasar al mesmo tiempo la _comotora_.
--¿Á quién ha cogido?--preguntó el curioso don Plácido.
--¡Otra... ésta sí qué! ¿Pos no lo sabe usté, buen hombre? ¿Á quién
tiene de ser? Al del globo.
--¿Y le mató?
--¡Ahora escampa! ¡No sé si le mataría pasando por encima _el camino de
hierro_!
--¡Qué atrocidad!
--Y lo peor hubiera sido--continuó la cigarrera,--si no se apartan á
tiempo las presonas que se agolparon allí... Ya le quiero un cuento...
¡pos no sé si hay _carná_!... ¡Más de veinte estuvieron á pique de
perecer!
--Y diga usted, ¿se podrá ver el _cadáver_?
--¡Quiá! ¡que si quieres! Han dío allá _los de polecía_, y no dejan
_de_ pasar á naide... Está un poco más acá de la Peña del Cuervo.
--Pero si acaban de decirnos que el globo cayó en la canal.
--No haga caso, señor: eso fué la otra vez.
--¡Toma! y es verdad. ¡Cómo se miente!
Las noticias adquiridas, si no eran cuanto podía apetecer la insaciable
curiosidad de los dos amigos, cumplían en gran parte con los deseos de
éstos, en la imposibilidad en que estaban, según los informes de la
cigarrera, de acercarse al lugar de la catástrofe. De todas maneras,
Mr. Juanny había perecido indudablemente, y muchas personas habían
estado á pique de ser aplastadas por el tren.
--He aquí una cosa que yo no puedo comprender bien,--dijo don Plácido á
su amigo, mientras los dos retrocedían apresuradamente, para dar pronta
salida á sus frescas provisiones de noticias.
--¿Qué es lo que usted no comprende?--replicó don Crisanto.
--Que haya habido gente _á pique_ de perecer. La vía (fíjese usted
mucho en esto), en el sitio que nos han señalado, está completamente
bañada por el mar, por ambos lados, y la marea está alta en este
momento. Y una de dos: ó hubo gente ó no la hubo al llegar el tren. Si
la hubo, y mucha, en lo cual convienen todas las noticias adquiridas,
¿en dónde se refugió cuando apareció de sorpresa la máquina?... porque
hubo sorpresa, y la prueba está en que Mr. Juanny no tuvo tiempo para
ponerse fuera del peligro... ¡como que pereció en él! Yo quiero suponer
que las personas que le rodeaban, que eran muchísimas, atendiendo
cada una á su propia salvación, se olvidasen del desgraciado, que
tal vez cayó enredado entre las cuerdas del globo, ó se inutilizó al
caer y no pudo moverse; al huir cada cual del tren que se aproximaba
rápido, ¿se refugió en las orillas de la vía? Imposible, porque son muy
estrechas... ó perecieron los de la primera fila indefectiblemente.
¿Se atropellaron unos á otros, y se salieron de la vía? En este caso
cayeron al agua; y como no es probable que todos supiesen nadar, y se
sabe que, en semejantes conflictos, el mejor nadador se ahoga arrollado
por la multitud, el resultado es más horroroso aún que el de la primera
suposición... En fin, don Crisanto, no me cabe duda alguna de que la
escena debe haber sido espantosa. Y esto parece providencial después
de lo que le dije á usted en la Atalaya sobre las consecuencias de
semejantes espectáculos.
--Me deja usted aturdido--exclamó don Crisanto, que no había
perdido una sola de las palabras de su amigo:--los argumentos son
irrebatibles... Pero si tantas víctimas hubo, ¿cómo no se sabe nada de
cierto?
--Muy sencillo, amigo mío: el juzgado estará instruyendo las
diligencias de cajón; habrá detenido á los que salieron ilesos para
tomarles declaración, y á los de fuera no se nos ha permido acercarnos
allá: ¿por dónde, pues, se ha de haber sabido la verdad? Desengáñese
usted, que se van á descubrir horrores.
Y penetrados ambos, pero con toda convicción, de esta trágica idea,
continuaron Muelle adelante.
--¿Vienen ustedes de la estación?--les preguntó un conocido que
hallaron al paso.
--Sí, señor.
--¿Y en dónde cayó?
--En mitad de la vía.
--¿Al pasar el tren?
--Desgraciadamente... y le ha partido por la mitad.
--¡Horror! ¿Es posible?
--Como usted lo oye... y no es eso lo peor, sino que entre la gente
que se agolpó á verle, entre ahogados y aplastados pasan... tal vez de
veinte.
--¡Santo Dios de misericordia!... ¿Pero ustedes lo han visto?
--Casi, casi. Las autoridades están allá, y el juez instruye las
diligencias: por eso no se nos ha permitido ver á las víctimas, pero
hemos oído los gritos y la bulla.
--Estremece pensarlo, señores... Corro á ver si logro adquirir más
pormenores.
El buen señor partió, azorado, hacia la estación, mientras los
noticieros, conmovidos, no de pesar por las víctimas que suponían, ni
de remordimiento por la ligereza con que habían propalado una noticia
tan grave y tan dudosa, sino de entusiasmo por el caudal de horrores
que llevaban en la mollera, continuaron caminando á largos pasos, rojo
el semblante, chispeante la mirada y diciendo con la fisonomía á todo
el mundo:--«Pregúntenos usted, ó se lo contamos».
De esta suerte llegaron al café Suizo.
Media hora haría que estaban aterrando á un numeroso auditorio que se
habían formado con sus trágicos relatos, cuando entró en el salón don
Pedro Truchuela, acompañado de su hijo, el mismo que, _según noticias_,
había fallecido aquella tarde.
Verlos entrar los dos amigos y atascárseles en la garganta las palabras
que iban á dirigir al concurso, fué todo uno.
Repuestos algún tanto de la sorpresa, partieron ambos hacia don Pedro,
y tomando la palabra don Plácido, le dijo, dándole la mano:
--Pero, señor... ¡cómo se miente en este pueblo! Si se nos había
dicho...
--¿Qué?--le interrumpió don Pedro.
--Que estaba peor su chico de usted--añadió don Crisanto;--y ya vemos
que, á Dios gracias, es mentira. Sea, pues, mil veces enhorabuena; y
ojalá sirva esto de lección á los que con tanta ligereza se entretienen
en propalar malas noticias.
--Mucho que sí,--murmuró don Plácido, un si es no es corrido y
abochornado con la lección.
--Gracias, señores,--les contestó don Pedro, que lo que menos se
imaginaba era el cisco que sus dos conocidos habían revuelto desde que
los saludó por la mañana.--Afortunadamente este chico es fuerte, y
cuando volví á casa me le encontré levantado y empeñado en que había
de salir á la calle, lo cual no le consentí, porque en su estado no
lo juzgué prudente; pero esta tarde, después de notar las buenas
disposiciones con que comió, no he tenido inconveniente en que me
acompañara á dar un paseo y á ver al mismo tiempo elevarse el globo.
--¿Desde dónde le han visto ustedes?--preguntaron anhelosos los dos
embusteros.
--Desde los prados del Cementerio,--contestó don Pedro.
La ansiedad de los viajeros crecía por momentos.
--Según eso--exclamó don Crisanto,--¿estará usted al corriente de todo
lo que ha sucedido?
--Como que lo he visto.
--Ya lo oye usted, don Crisanto, ¡lo ha visto!
--¿Y qué tiene de particular, señores?--exclamó don Pedro, á quien ya
chocaban los gestos y el afán de sus amigos.--Nada más sencillo: cuando
noté que el globo descendía, nos bajamos á lo largo de las tapias del
Cementerio, hasta cerca de la vía; allí nos sentamos y le seguimos en
todos sus accidentes, hasta que cayó.
--¿En dónde?
--En la cortadura del muelle de Maliaño, en el agua, pero á pocas varas
de la escollera; así es que el aeronauta, con muy leves esfuerzos,
salió á tierra firme inmediatamente... Lo hemos visto con los gemelos.
Los dos amigos se miraron estupefactos.
--¿Pero no cayó en la vía?--preguntó asombrado don Plácido.
--¿Pues no lo está usted oyendo?--contestó don Pedro.
--Luego no le ha cogido el tren, ni han perecido ahogadas y aplastadas
otras personas...
--¡Ave María Purísima!--exclamó, santiguándose, don Pedro:--¿quién les
ha engañado á ustedes?
--¡Conque es mentira!... Pero ve usted, don Crisanto, ¡_cómo se miente_
en este pueblo!
Y don Plácido miró á su amigo con una expresión indefinible. Éste le
contestó en idéntico lenguaje, y recordando entrambos sus recientes
trágicos relatos, y notando que en algunas mesas vecinas se hablaba,
con referencia á ellos, de la _terrible catástrofe_, despidiéronse
de don Pedro y de su hijo como mejor en su aturdimiento supieron, y
se echaron á la calle renegando, con la mayor sinceridad, del arte
que se da el público siempre para desfigurar la verdad y sorprender
la buena fe de los hombres de bien, como ellos dos, y exclamando,
_escandalizados_, á cada instante:
--Pero, señor, _¡cómo se miente!_
[Ilustración]
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