Supongamos que la escena pasa en un salón, á media luz, adornado
_comm'il faut_.
En el centro de un muelle sofá está una señora vestida de rigoroso
luto; á sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo,
hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades y parecidas
condiciones. Todas sus fisonomías están graves é impasibles.
Los hombres miran al suelo mientras tocan en el bastón una marcha con
los dedos, ó se afilan las puntas del bigote, ó se pasan la mano por la
barba, ó juegan con los sellos del reló.
Las mujeres agitan el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en
cuando y miran de reojo á la presidenta del mustio cortejo. Ésta lanza
un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace un gesto como si
tratase de contener una lágrima que asomara entre sus párpados, rojos
como los de una cocinera que ha picado cebolla.
Su marido, sentado entre los concurrentes y á corta distancia de ella,
contesta con un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un
cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza las piernas y murmura:
--¡Cómo ha de ser!
Los demás personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus
respectivos asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:
--¡Válgate Dios!
Después sigue un intervalo en que no se percibe otro ruido que el de
las respiraciones y el de los abanicos que no cesan de agitarse.
Nuevos personajes aparecen en escena. Es un matrimonio.
Todos se levantan para recibirle.
Los recién venidos penetran en el semicírculo; la señora enlutada y su
marido dan dos pasos al frente y, sin cambiar con ellos una frase, les
tienden la mano.
Luego se estrechan las señoras del sofá para hacer lugar á la que
llega, la cual toma asiento y dice:
--No se molesten ustedes.
Su marido se coloca más abajo.
--Con permiso,--murmura, y se deja caer.
Después vuelve todo á quedar en silencio.
Ahora me preguntas tú, impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro
lúgubre? ¿Se ha muerto alguno?
--Sí, amigo: doña Casilda Guriezo, la señora enlutada, acaba de
perder un tío en San Francisco de la Alta California; un tío á quien
nunca conoció más que _de oídas_. Sólo sabe de él que hace cuarenta
años marchó de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín, á
Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando su inmensa
fortuna á los pocos parientes que le quedan en la madre patria.
--¿Y por eso--me replicas,--está tan llorosa y abatida; por un tío
á quien nunca conoció, cuando hay padres cuya muerte no deja en
el corazón de sus hijos más huella que la que dejó en el Océano el
bergantín que condujo al grumete á Matanzas?
--¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese tío ha dejado á su sobrina la
miseria de _ciento cincuenta talegas_, mientras aquellos padres han
tenido la desfachatez de morirse _ab intestato_, por no tener _de qué_?
¿Qué menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días y vestirse
seis meses de negro?
--¿Y esa gente que ahora la rodea?
--Son sus _visitas_ que van á darle el _pésame_, después de haber
rogado á Dios por el alma del difunto en las pomposas honras que se
acaban de celebrar en la mejor iglesia de la población.
--¿Y por qué se presentan todos con cara de _herederos_?
--Porque, «donde estuvieres, haz como vieres».
La escena sigue muda algunos instantes más, hasta que doña Casilda
se vuelve á la señora que tiene á su derecha para hacerla algunas
preguntas.
Esto es para la reunión lo que el «_rompan filas_» para un pelotón de
quintos; el «_hasta mañana, señores_» en una cátedra de humanidades.
Cada uno se dirige hacia la persona más inmediata; y aunque á media
voz, el semicírculo se fracciona en varias porciones y en otras tantas
conferencias.
--¿Ha visto usted el correo de hoy, don Tiburcio?
--¡Ojalá no lo viera!
--¿Otra tenemos?
--No fuera malo... quiero decir que... que no sé cuál es peor.
--¿La expedición de harinas acaso?
--Sí, señor... ¡desgraciadísima!
--¡Hombre, qué lástima!
--Y aún hay más.
--¡Conque... hay más!
--Lo de Alaejos...
--¡Aprieta!
--¡Ni un garbanzo!
--Hombre, ¿qué me cuenta usted!... Conque ni un garbanzo.
--Bien sé yo quién tiene la culpa; pero deje usted, que á cada puerco,
como usted sabe, le llega su San Martín.
--¡Oh! perfectamente, sí, señor; vaya si le llega... Conque todo, todo
desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!
--Sí, señor... ¡todo!
--¡Vea usted... qué demonio!
Á la derecha de este señor que con todo conviene y de todo se admira,
así se trate de la elocuencia de Bellini como de la música de
Demóstenes, pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el
_Diario_ de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos evita
revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que en él toman parte.
--Desengáñese usted, que todas son á cual peor...
--Si parece mentira que se porten así después que tanto se hace por
ellas... Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo lo
contrario: tienen cuanta libertad desean.
--Así paga el diablo á quien le sirve.
--Si por más que usted se empeñe, no puedo creer...
--En hora buena; pero sírvale á usted de gobierno que la puse de
patitas en la calle en cuanto empezó con esas historias.
--¿Nada más que por eso la despidió usted?...
--Es que hoy por ti y mañana por mí.
--Pero, ¿qué es lo que dijo? ¡Alguna tontería!
--Por supuesto; pero irrita oirlas.
--Á mí no me importaría tres cominos.
--Cuando son cosas serias...
--En mi casa hago lo que me da la gana.
--Mucho que sí; pero... cuando se aumenta...
--Por eso quisiera saber lo que ha dicho.
--¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme en chismes ni en
cuentos. Además, tal fué la rabia que me dió su descaro, que ni
siquiera la escuché. ¿Qué me importa á mí si en casa de usted nunca
se come á la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan el día
haciendo moños y ensayando pasos al espejo para ir por la noche al
baile; que no saben en dónde están los calcetines del marido, ni los
pañales del último retoño, que está gimiendo á los pies de la cama de
la nodriza, mientras ésta despide á un _primo_ que va á la Isla de
Cuba; ni si hay mujeres que aprecian más un vestido que al padre de
sus hijos? No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una
mujer así... Como yo la dije: «ésa no es cuenta que hemos de ajustar
nosotras: si hay mujeres tan simples y madres tan frívolas, con su pan
se lo coman... Vaya usted con Dios, que no me conviene usted».
--¿Y eso es todo lo que pasó?
--¿Y cree usted que es poco?
--¡Bah! ¿Y qué tengo yo que ver en ello?
--Nada, si á usted le parece...
--Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando salgamos de aquí va
usted á ver un vestido que acabo de comprar en la tienda de enfrente...
verá usted qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos otra
vez.
--Como usted quiera.
Tampoco falta allí quien habla con su vecino del tiempo, á falta de
otro asunto más importante; del tiempo, que es siempre el refugio
de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de salvación de un
enamorado cuando al frente de su ídolo no sabe por dónde empezar, en
fuerza de ser mucho lo que tiene que decirle; el amparo del que se las
ha con un prójimo á quien apenas conoce, ó le merece pocas simpatías,
y está deseando que se largue; del tiempo, en fin, que ha sido, es y
será el objeto de la conversación de todos los aburridos y de todos los
tontos.
También hay quien, muy bajito y con una cara muy triste, dice á su
vecino:
--¡Cuidado si hay personas de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de
sopetón, un _pico_ de dos ó más milloncejos...
--Lo dice usted por...
--Chitón, que mira doña Casilda.
Estos personajes son inherentes á toda sociedad, por pequeña que sea; y
téngase presente que si hay algo que echar á perder, como ellos dicen,
son los primeros que llegan y los últimos que se van.
El aspecto de la visita, en general, es animado, pero grave. Á veces
apunta la risa en los labios de los visitantes y retoza vergonzante
en los de los visitados; pero en seguida desaparece. Alentado por el
rumrum de la concurrencia, no falta quien aventure un chiste; mas al
punto se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he sido». El
cuadro no tiene carácter propio: ríe con un ojo y llora con el otro.
Doña Casilda ha preguntado á una amiga que en dónde hallará buenos
lutos para sus niñas.
--Encárguelos usted á París--le responde ésta:--son más baratos y
mejores que aquí.
--¡Les hacen tanta falta! Ya se ve, ¡como no contábamos con este
_golpe_! ¡Ayyyyy... qué desgracia!
Estupefacción en la visita; todos suspiran.
Después de algunos instantes de recogimiento, el más atrevido se
levanta, da dos vueltas al sombrero entre sus manos, mira en torno de
sí como pidiendo parecer sobre su nueva determinación, y un «vámonos,
si usted quiere» le contestan algunas bocas de otros tantos individuos
que á la vez se ponen de pie; hacen una profunda reverencia á doña
Casilda, dan un apretón de manos á su marido, y con una grave inflexión
de pescuezo hacia los que se quedan se largan fuera de la sala.
¡En nuestros días todo se hace con una precisión asombrosa!
En un caso igual, los _antiguos_ se hubieran despedido diciendo
«acompaño á ustedes en el sentimiento... Dios les dé á ustedes salud
para encomendarle el alma»; á lo cual los herederos contestarían
«amén», marchándose los visitantes en la persuasión de haber dicho, al
menos, á lo que fueron á la casa mortuoria. ¡Necedad como ella! Cerca
de una hora pasaron algunos en casa de doña Casilda, y ni siquiera la
dirigieron la palabra. ¿Para qué? Una frase de consuelo en tales casos
no sirve más que para recrudecer la herida...
Cuando nuestros personajes están en la calle, nótaseles igual
transformación que si salieran de un sermón de cuaresma; sus lenguas
se desatan y sus ojos chispean; parece que quieren vengarse de la
violencia en que han vivido durante la visita. El uno llama la atención
sobre el gesto de la señora; el otro sobre los ronquidos de su esposo;
éste sobre que la cocinera estaba atisbando la escena detrás de
las cortinillas; el más cauto se conforma con decir que _dineros y
calidad_, etc., y que ya será algo menos de _lo que se dice_. Á nadie
se le ocurre una palabra sobre el papel que ellos han desempeñado en la
_comedia_.
Al quedarse solos los herederos cónyuges míranse cara á cara, con
una sonrisa que quiere decir «¡qué felices somos!», y volviéndose la
espalda mutuamente, se van á saborear á sus anchas el _dolor_ que les
ha causado «_un golpe tan tremendo_».