--¿Está la señora?
--Creo que sí.
--Pero ¿está _visible_?
--Debe de estar acabando de vestirse.
--Pásela usted recado.
--Tenga usted la bondad de _pasar_ á la sala, caballero.
El que _pasa_ al estrado, lector, es Alfredito, pollo incipiente con
aspiraciones á hombre formal; Alfredito, con el pelo escarolado,
pantalón con crecederas, gabán con más vuelos que una golondrina,
sombrero abarquillado, guantes de color de calamina, botas de flamante
charol y bastón de sándalo.
Hétele contemplándose ante un espejo, en tanteos de una seductora
sonrisa y de una reverencia de verdadero _gentleman_, para presentarse
ante el objeto de su _visita_, ó examinando uno á uno los cuadros de la
sala, después que se ha convencido de su belleza y desenvoltura. No
te extrañes si ves que en medio de la delicadeza con que se atusa el
cabello y arregla el pantalón sobre la bota, deja escapar un suspiro de
angustia y se tira con agitación de los cuellos de la camisa: es que
pisa por primera vez aquel terreno, y recuerda entonces que quizá no
esté para ello debidamente autorizado.
Ocho días hace que en un _tren de placer_ se halló colocado entre una
mamá... como todas, y una hija, rubia como un doblón, rolliza como una
muñeca, fresca y lozana como una rosa.
Desde el muelle de Maliaño hasta Renedo, hay más que suficiente
distancia para que un pollo endose un centenar de _fascinadoras_
miradas, para que reciba otras tantas _incendiarias_, y para que crea
que ha hecho _efecto_.
Por otra parte, la flamante raza femenil no escrupuliza mucho en
materia de _aceptaciones_: en vistiendo á la europea, todo es papel
corriente.
Esta circunstancia justifica las ilusiones de Alfredito, que, tan
pronto como llegó á la estación, ofreció sus servicios á las dos
señoras, porque los tres llevaban igual destino; y como el día era
_de campo_, los servicios fueron aceptados mientras pasaban las horas
hasta el retorno del tren. Dudar que Alfredo echó los bofes para
hacerse necesario y cumplido caballero á los ojos de las damas, sería
lo mismo que decir que éstas hallaron el _placer_ que habían soñado;
que no bostezaron trescientas veces, sentadas en el viejo tronco de
una cajiga, mientras dirigían la vista hacia el Oeste en busca de una
columna de humo, mensajera de una locomotora, y lo mismo que negar que
al día siguiente, aun contra la experiencia y la verdad de los hechos,
sostenían las mismas señoras que se habían divertido.
La hora del retorno llegó, y nuestro visitante se colocó en un coche de
primera con sus acompañadas.
Ya sabía que _ella_ se llamaba Luisita, y su mamá doña Tadea, y que
eran hija y esposa de un gran contribuyente, circunstancia que no dejó
de animar bastante al galán para sus futuros propósitos.
Cuando se despidieron en el Muelle, Alfredito se prometió á sí mismo
que _aquello no había de quedar así_; y aunque no le ofrecieron la
casa, no dudó que en ella sería bien recibido.
Aquella noche soñó con Luisita, con el párroco y con la luna de miel.
Desde el día siguiente se dedicó á recorrer bailes, reuniones, teatros
y paseos con el objeto de encontrarse con su _conquista_, ponerse á su
lado y echarla un discurso sentimental que llevaba estudiado. Pero todo
fué en vano: _ella_ no pareció por ninguna parte.
Un día le dijo su papá que en cuanto se lo permitieran los negocios de
la casa, iba á hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que él,
Alfredito, le acompañaría.
Para el que nunca pasó de Cajo ó de Renedo, un viaje hasta Torrelavega
es un acontecimiento vital.
Alfredito, pues, se echó á la calle para contárselo á sus amigos y
consultarles sobre la forma de un traje al caso, y acerca de otros
preparativos indispensables.
Como además de pollo era enamorado, pensó que el viaje le prestaba
cierta aureola de interés. En su consecuencia, trató de hacer sus
_visitas de despedida_, y consultó si debería ir á casa de Luisita,
¡único remedio que le quedaba á su abatida esperanza!
--¡Vete y sobre mí los resultados!--le dijo otro pollo que no tenía por
dónde cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.
--¡Oh magnífico amigo!--exclamó entusiasmado Alfredo, como se
entusiasman los chiquillos siempre que encuentran un apoyo á sus
antojos;--¡tú me reconcilias con el mundo que ya me hastía sin
_ella_!... ¡Corro ahora mismo á verla!...
Poco después salía de su casa con lo más selecto de sus galas, en
dirección á la morada de _su conquista de Renedo_, como él la llama aún.
Ya le hemos visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta
temeridad.
Los instantes que pasan sin que aparezca lo que él desea, los cree
siglos. ¿Si vendrá _ella_? ¿si saldrá su madre? ¿si hará el diablo que
salga el papá?
Esta idea le hizo temblar, y hasta le indujo á marcharse á la calle;
pero entonces oyó crujir el vestido de seda de alguna persona que se
acercaba á la sala, y se quedó. Era doña Tadea.
--Á los pies de usted, señora.
--Beso á usted la mano, caballero... No tengo el gusto de...
¡En buena me he metido!--se dijo el otro;--¡ya no me conoce!--Y
perdiendo el color, dejóse caer en una butaca.
--Señora--balbuceó,--me he tomado la libertad de...
--Me parece--le interrumpió doña Tadea, después de reflexionar unos
instantes,--que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo
cuándo ni dónde.
--Hemos _viajado_ juntos,--añadió el pollo, más animado ya.
--Ya recuerdo: hasta Renedo, ¿no es verdad?
--Justamente, señora.
--¿Y decía usted que?...
--Que pensando _marchar_ dentro de unos días, me he tomado la libertad
de venir á despedirme de ustedes.
--Gracias, amiguito. ¿Y va usted solo?
--No, con papá.
--¿Para dejarle á usted en algún colegio?
Hacer á un pollo galanteador capaz de ser colegial, es el mayor insulto
que se le puede dirigir. Alfredito se mordió los labios de coraje, y
pasando la diestra por su bigote... futuro, contestó ahuecando la voz:
--No, señora, voy á viajar por gusto.
--¡Ah! ya. ¿Y adónde van ustedes?
--Pues, por ahora, á Torrelavega.
--¿Hola? ¿Por mucho tiempo?--repuso doña Tadea, disimulando la risa.
--Pues por lo que quiera papá.
--Se va usted á divertir.
--Así lo espero; tengo muy buenas noticias de ese país: dicen que la
gente es muy animada.
--¡Yo lo creo!
--Sin duda que me voy á divertir.
--Bien hecho: deben aprovecharse todas las ocasiones de dar expansión
al ánimo, aunque el de usted no debe estar muy combatido.
--¡Quién sabe!--exclamó Alfredo con dolorido acento.
--¡Será posible?
--¡Ay, señora! las pasiones no reconocen edad ni categoría.
--Es cierto. Y ¿hace mucho que padece usted?
--Muy poco tiempo--contestó él con intención, por si Luisa estaba
escuchando detrás de alguna puerta.--Libre y feliz vivía procurando
estudiar el mundo al través de un prisma por el cual las pasiones y las
flaquezas, apareciendo en toda su desnudez mezquina y reflejándose en
la mente del profundo observador cuyo corazón palpitara al abrigo de...
pues las... y los... en lucha tenaz, y luego á la seducción de los
atractivos...
--Dispense usted, amiguito, que me llama la cocinera,--dijo doña Tadea,
cortándole su inspirado discurso y lanzándose fuera de la sala para
reir á sus anchas.
Alfredo se quedó estupefacto, y, herido en su amor propio, juró
marcharse en seguida si no iba Luisa á la visita. Al mismo tiempo sacó
su reló y vió con espanto que señalaba la una y media. En su casa se
comía infaliblemente á la una, y conocía muy bien el genio de su papá:
un retraso de media hora siempre le había valido una caricia con la
punta de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.
Este recuerdo excitó su materialidad de una manera tan notable, que,
olvidándose de su Filis y de que aún no se había despedido de doña
Tadea, caló el sombrero y se dispuso á marcharse. En esto volvió á
entrar aquella señora.
--¿Se retira usted ya?
--Si usted no dispone otra cosa...
--Que lleve usted feliz viaje, y...
--Gracias, gracias. Á los pies de usted.--Y sin aguardar contestación,
escapó hacia la escalera.
Entonces, al fin del corredor, por la estrecha puerta de un cuarto
adyacente á la cocina, salió una mujer desgreñada, con una bata de
percal de color de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo,
como iba buscando á la _elegante_ viajera de Renedo, pensó que aquélla
era la cocinera, y se fué sin saludarla.