Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el
charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de
becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata;
si el _negligé_, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale
enhorabuena, que la visita que vamos á hacer es de _confianza_ y admite
la comodidad en todas sus formas, como no le falte el aseo.
Todos las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para
esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer,
y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera
suele transigirse algunas veces en obsequio á la _franqueza_; pero en
la segunda no se abre la puerta, ni á cañonazos, especialmente á los
que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido,
es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable);
porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que
tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo
cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse
arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.
Por éstas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda
polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer á casa de
doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los
paseos y la ilusión de su casa.
Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto
juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque
sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de
_enseñanza_, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué
importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?
La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es
decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue
con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso
le lleva triste. Llegan á la puerta de doña Circuncisión, llama
con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella,
introduce á las visitantes en un gabinete, salen las visitadas,
y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad
trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días
de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al
movimiento.--¡Carolina!--¡Doña Circuncisión!--¡Elisa!--¡Soledad!--¡Doña
Narcisa!...--¡Pícara!--¡Ingratas!... Voces en todos los tonos,
chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido
de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes.
Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las
tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas,
como las flores de un ramillete.
--¡Dos meses sin venir á vernos!
--Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi
casa.
--¡Anda, pícara!
--¡Andad, ingratas!
--¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó
Mercedes?
Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo á su mamá.
Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, á quien dice
en el mismo momento:
--¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver á ustedes, en
primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había
pensado dejar esta visita para mañana.
--Muchas gracias por la atención.
--Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir á esta casa
_de cumplido_. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias
á que _estas cosas_ suceden muy pocas veces en la vida, que si no...
¡Las escaleras que yo he subido hoy!
--¿Tantas visitas han hecho ustedes?
--Figúreselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que
es una regular distancia, he visitado á todas mis _relaciones_... y ya
sabe usted que son algunas.
--¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué
idea le ha dado á usted hoy de hacer tanta visita?
--Va usted á saberlo, que á eso he venido... y por lo mismo dije antes
que estas cosas suceden pocas veces en la vida.
--¡Hola!--exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.
-Á ver, á ver,--dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa,
acercándose más á doña Narcisa.
Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la
distraída.
Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige,
sonriendo, estas palabras:
--Tengo que dar á ustedes una noticia que, _me parece_, les ha de ser
agradable.
--Si lo es para ustedes, desde luego,--contesta el auditorio.
--Sí por cierto... Pues la noticia es... que se casa mi hija Mercedes.
--¡Que sea enhorabuena mil veces!--grita á doña Narcisa su amiga doña
Circuncisión, estrujándole la mano y mirando con cierta languidez á sus
dos hijas.
Éstas, al mismo tiempo, abrazan á Carolina, colmándola de plácemes y
asediándola á preguntas.
--¡Pero qué callado se lo tenían ustedes!--dice doña Circuncisión.
--No hay tal cosa--replica doña Narcisa.--Crean ustedes que hasta hace
tres días no se ha espontaneado _ese señor_.
--¿Y quién es él?... si se puede saber, se entiende.
--Claro está que sí... Pues un tal don Simeón Carúpano, sujeto muy
recomendable, aunque poco conocido aquí.
--Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis vosotras, chicas?
Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero
la mayor de ellas, arrepintiéndose en seguida, exclama:
--Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?
--Ése mismo--contesta Carolina;--cetrino, bajito... no conoceréis otra
cosa.
--¡Eh, mujer!--repone su mamá con disgusto;--no es para tanto. Es
verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera
tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, cierto que no es
de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no
perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad
no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería
al oir á esta chiquilla: cincuenta años... poco más.
--¡Bah!... ¿eso qué vale?--contesta doña Circuncisión, como si hablara
con la mayor sinceridad.
--Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la
vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo
le dije á Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el
amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay
privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay
recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene,
si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea
un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dió la casualidad de que don
Simeón es tan rico como hombre de bien, y Mercedes no es tonta, no ha
habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oir.
--Ni era de creer otra cosa, ¡Ave María!
--Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos
que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha
sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.
--¡Cómo se va á creer eso, doña Narcisa? No sea usted aprensiva.
--¡Ay, doña Circuncisión! yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de
las cosas.
--Sí; pero el mundo les conoce bien á ustedes, y no puede, en
justicia, atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro
muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la familia, y
especialmente de la novia; y la vuelvo á felicitar á usted con todo mi
corazón.
--Y yo se lo agradezco á usted con el mío, porque sé lo mucho que
ustedes nos aprecian.
--Ustedes se merecen eso y mucho más.
--Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.
--Les hago á ustedes justicia, doña Narcisa.
--Gracias, amiga mía.
Á la vez que las dos mamás en este diálogo, se han ido enredando en
otro muy animado las tres polluelas, y separando poco á poco del sofá
hasta formar grupo aparte.
--¿Sabes, Carolina, hablándote con franqueza, que yo no esperaba esta
noticia?--dice muy bajito la mayor de las dos hermanas.
--Ni yo tampoco,--añade la pequeña.
Carolina mira hacia su mamá, y viéndola engolfada en conversación con
la otra señora, se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo
gesto, en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:
--Ni yo.
--Yo esperaba _otra cosa_.
--Y yo.
--Y yo también.
--César es un chico muy guapo, muy fino y de talento, según dicen. No
tiene una gran fortuna; pero está bien _acomodado_, quería mucho á
Mercedes... y Mercedes á él, si no me engañó cuando me lo dijo.
--No te engañó.
--Pues, hija, no comprendo lo que está pasando.
--Ni yo.
--Ni yo.
--Pues yo sí lo comprendo, vamos, ¿á qué te he de engañar? Apostaría
una oreja á que á César se le despidió en cuanto se presentó ese hombre.
--Algo ha habido de eso.
--¡Lo ves?
--¡Eh! ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza
como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?
--Sí.
--Sí.
--Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes
le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene
recomendado á papá _ese hombre_, da en visitarnos á todas horas... y
yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto
que á _ellos_ todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo
buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale»,
ponderar á don Simeón y marear á Mercedes con sus gracias. Á todo esto,
no se le ponía muy buena cara á César; y tan cierto es, que él lo
conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa.
Dióse Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo
mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no
le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme
el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que
_sí_. Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino
y tan complaciente á don Simeón, que se casa con él muy á gusto. Ahí
tenéis todo lo que ha pasado.
--Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me
lo jures, no creo que Mercedes llegue á querer á ese vejestorio.
--Ella lo asegura.
--Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo;
que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de
fortuna, nos dejamos convencer en seguida...
* * * * *
Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo con su amiga, y quiere
marcharse.
--Pon los huesos de punta, Carolina; que tu papá nos estará esperando.
--¡Tan pronto!--exclaman las tres niñas.
--Para vosotras, cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra
vez hablaréis más despacio... Vámonos, hija.
Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.
--Conque repito la enhorabuena, y désela usted de mi parte á Mercedes.
--Y de la mía.
--Y de la mía... ¡Que no se te olvide, Carolina!
--Gracias.
--Gracias.
--Ya iremos un día de éstos á verla.
--Cuando ustedes gusten. (_Muchos besos._)
--Adiós, doña Circuncisión.--Adiós, doña Narcisa.--Adiós, niñas.--No
me olvidéis, ingratas.--Ven á vernos á menudo. (_Siguen los
besos._)--¡Hija, qué gruesa te vas poniendo, Carolina!--Es muy
precoz esta chica; tiene más pantorrilla que yo.--Lo dicho, y
memorias.--¡Agur!...--¡Adiós!...--¡Adiós!...
Los últimos ósculos resuenan en la escalera.
Dejemos en ella á nuestras conocidas, y vámonos á otra parte.