LAS VISITAS[1]

I

Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que

llevabas puesta cuando _despachaste_ el último correo (supongamos que

eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees;

ponte _majo_, en fin, porque hoy es día de huelga, no hay negocios en

la plaza y nos vamos á _hacer visitas_.

Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no

_rendirá partidas_ para el _debe_ de un libro de caja; pero es preciso

hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez á la semana, en pro del

_hombre-especie_ de parte del _hombre-individuo_; es decir, dejar de

ser comerciante para ser una vez _sociable_.

Y para ser sociable, es de todo punto necesario atender á las

exigencias del gran señor que se llama _Buen tono_. Ser vecino honrado,

independiente y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo

de cuerda que haya _sacado_ un premio gordo á la lotería.

Para vivir dignamente en medio de esta marejada social, es

indispensable tener muchas «relaciones», _hacer_ muchas visitas, aunque

entre todas ellas no se tenga un amigo.

Porque amistad es hoy una palabra vana: es un papel sin valor, que

nadie _toma_, aunque le encuentre en medio de la calle.

La amistad, tal como la comprenden los hombres de buena fe, es una

señora que, si bien produce algunas satisfacciones, en cambio acarrea

muy serios compromisos, y no es esto lo que nos conviene. Hállese un

afecto, llámese como quiera, que aparentando las primeras evite los

segundos, y entonces estaremos montados _á la dernière_. En esta época

de grandes reformas todo lo viejo debe desaparecer como innecesario, si

no quiere pintarse al uso moderno.

Dar los días á la señora de A.; despedirse de la condesa de B.; apretar

la mano al barón de C.; refrescar con el capitalista D.; hablar en

calles, plazas y cafés de la última reunión de las de Tal, del _te_

de las de Cual; decir «á los pies de usted» á cuantas hembras crucen

por delante de uno, y no conocer á fondo á nadie, es lo que se llama

vivir _á la alta escuela_ moderna; ser un _fuerte apoyo_ de la flamante

sociedad.

¡No se concibe cómo se arreglaban las gentes cuando no se conocían las

tarjetas, ni se _pagaban_ los afectos con _papel-visita_!

Por eso tenemos el derecho de reirnos de su crasa ignorancia.

Pero no te rías, lector, en este momento, porque vamos á entrar de

lleno en el asunto, y el asunto es tan serio, que la menor sonrisa le

profana.

Descúbrete, pues, y chitito.

La visita _de rigor_ es un vínculo _sui géneris_ que une á dos familias

entre sí. De estas dos familias no puede decirse que son _amigas_, ni

tampoco simplemente _conocidas_: son bastante menos que lo uno y un

poco más que lo otro; es decir, están autorizadas recíprocamente para

no saludarse en la calle, para hacerse todo el daño que puedan; pero no

deben prescindir entre sí del ofrecimiento de la nueva habitación, ni

de la despedida al emprender un viaje, ni de la visita al regreso, ni

del regalo de los dulces después de una boda ó de un bautizo.

Esta definición parecerá un poco ambigua á primera vista; pero si se

reflexiona un poco sobre ella, se comprenderá menos.

Y lo peor es que no se puede dar otra más clara, porque lo definido es

incomprensible.

Vaya un ejemplo, en su defecto.

Doña Epifanía Mijo _de_ Soconusco, y doña Severa Cueto _de_ Guzmán,

_son visita_.

Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas se quedaron unos

grados más abajo en la rueda de la voluble diosa, son la esencia de

_buen tono_ provinciano, que es la equivalencia ó copia de la etiqueta

cortesana, si bien, como todas las copias, bastante _amanerada_, ó,

como diría un pintor, _desentonada_. Mas la entonación de cuya falta

adolece el cuadro, está perfectamente compensada con la riqueza del

marco que le rodea; lo cual, en los tiempos que alcanzamos, vale algo

más que los rancios pergaminos de un marqués tronado.

Y no se crea por esto que doña Epifanía despreciaría una ejecutoria

si la hubiera á sus alcances. Dios y ella saben lo que ha trabajado

para encontrar, entre las _facturas_ de su marido don Frutos, algún

viejo manuscrito que la autorizara para pintar en sus carruajes algún

garabato heráldico; ya que no _león rampante_ en campo de _gules_,

siquiera una mala barra de bastardía entre un famélico raposo y una

caldera vieja en _campo verde_; pero siempre tan nobilísimos deseos

han tenido un éxito desdichado. Los únicos manuscritos que parecieron

de algún valor, eran _efectos á cobrar_; las barras eran más de las

precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas; la caldera se

halló en la cocina, pero era la de fregar; por lo que hace al raposo,

le dijeron que, aunque abundaban en el país, eran muy astutos y

difíciles de atrapar.

Á pesar de tan funestos desengaños, no vayan ustedes á creer que doña

Epifanía desistió de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído

alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que cada cual se la

aplica según le parece, concibió un proyecto magnífico si se le

hubieran dejado llevar á cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro,

la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que quedaba vacío,

retratar el gato, ya que el raposo no se prestaba á ello, y para orla,

á manera de toisón, encajar un rosario de peluconas de _don Félix

Utroque_. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón de Manila, en

defecto de un manto santiagués, debía hacer un efecto sorprendente, y

sobre todo, un escudo que si aristocráticamente valía poco, en cambio,

en riqueza intrínseca, mal año para todos los más empingorotados de

la historia. Tal fué el proyecto de doña Epifanía; mas á don Frutos,

que, aparte de ser hombre de _gran peso_, es bastante aprensivo con sus

puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo de figuras era una

batería de cocina; que el gato mayaba; que la caldera sonaba contra la

barra, y que por debajo de los pliegues del pañuelo asomaba la punta de

un estropajo, lo cual era hablar _muy recio_ en heráldica y exponer á

grave riesgo su _posición entonada_.

Don Frutos negó su consentimiento, por primera vez en su vida, á un

capricho de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su servidumbre.

Más afortunada doña Severa por haber dado su mano á un Guzmán, le

ha sido muy fácil llenar su antesala y sus carruajes de coronas y

blasones, sin más trabajo que encargar á un pintor unas cuantas

copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho sea de

paso, apenas fueron expuestas á la pública consideración, produjeron

terribles disgustos al infeliz que las consideraba como su mejor obra.

¡Pobre Apeles, y cómo le pusieron las visitas de doña Severa, y hasta

gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En mal hora para su fama

emprendiera aquella obra! Nadie quiere reconocer en los cuarteles del

escudo el pensamiento de la de Guzmán. Quién toma la torre por un

barril de aceitunas; quién por un balde de taberna; á unos recuerda

el tajo de un herrador; á otros el yunque de un herrero; á éste un

cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero; y en ese afán de

simbolismos, no falta quien le compare con el tamboril del _Reganche_.

El puñal del héroe, que aparece en el espacio, también varía de nombre

á medida que le van observando. Ya es una lezna, ya una navaja de

afeitar, el flemen de un albéitar... en lontananza, es decir, allá á lo

lejos, como existen en la mente los recuerdos de lo ya pasado.

Entre tantas divergencias, doña Epifanía endereza su opinión hacia

otro lado. Sostiene, siempre que viene á pelo y aunque no venga,

que las alhajas y las blasones valen tanto como el que los lleva; lo

cual en el asunto de que se trata podrá ser un poco exagerado, pero

en tesis general es la mayor verdad que ha salido de los labios de la

señora de don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un

rico negociante, pone en grave riesgo la reputación de un diamantista,

al paso que el mismo _Soberano_, lanzando sus rayos de luz bajo las

solapas del humilde gabán de un hortera, parece un cristal mezquino; la

espada de Alejandro en la diestra de un cocinero, no vale más que un

asador. Todo lo cual, traducido libremente, significa que _el hábito no

hace al monje_.

Pero sea de esto lo que fuere, es indudable que la blasonada señora

figura en el _gran mundo_ (no se olvide que estamos en una provincia),

y es _individua_ de cuantas asociaciones filantrópicas se crean;

circunstancia que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba

hoy el verdadero valor social de las gentes principales.

Al grano, lector.

La señora de don Frutos ha dado la última mano á su prendido; y

enterada, por su libro de memorias, de las visitas con quienes está _en

descubierto_ (técnicas), se ha decidido á _cumplir_ (id.) primero con

doña Epifanía, ó expresándonos á mayor altura, con _la de_ Guzmán.

Provista la visitante de todo lo necesario para el caso (sombrilla,

abanico y tarjetero), sale á la calle á pie, no por falta de carruaje,

sino porque la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por

nadie su grave marcha, llega á pisar el lujosísimo estrado de su

visita, que aparece, á poco rato, con la sonrisa en los labios.

Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta no permite más); y,

después de las preguntas de ordenanza, añade doña Epifanía:

--¿Y _ese_ caballero?

(Con permiso del dómine de mi lugar, _ese_ caballero es Guzmán).

--Bien, gracias--dice su costilla:--está en el escritorio y _siente

mucho_ no poder saludar á usted. ¿Y Soconusco?

--_Pues_ está bien, gracias: ocupado, como siempre, en sus negocios.

Aquí se constipa doña Epifanía, y su abanico revuelve un huracán. Hay

que advertir que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar á

su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas se empeñan

en usar el apellido.

Como de ordinario le sucede, esta vez le amargó el _Soconusco_, y quedó

la conversación interrumpida un breve rato, hasta que doña Severa,

algo más diplomática y traviesa, volvió á anudarla.

--¿Conque usted, según eso, no se ha movido de su casa este

verano?--dijo la de Guzmán, después de haber tocado el capítulo de los

viajes.

--¡Como pienso ir muy pronto á París por dos ó tres meses, ó por todo

el _ivierno_, si me acomoda!...--contestó la de don Frutos, poniendo un

gesto que quería decir: «chúpate ésa».

--¡Ay, dichosa de usted que sale de este destierro! Yo también había

pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños primero, y

ahora con la indisposición de la niña, temo no poder hacerle hasta la

primavera.

--Pero lo de Mariquita no es cosa de importancia.

--¡Jesús! ya se ve que no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo de

casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince días con dolor de

muelas! ¡Bien tranquila estaría yo!...

--Eso se le pasará pronto,--insistió doña Epifanía, que á todo trance

quería obligarla á confesar la verdadera causa que le impedía el viaje.

--También yo lo creo así; pero á la convalecencia...

--Cuestión de dos días, hija...

--No le hace: siempre quedará algo delicada... y ¡qué sé yo!--añadió ya

picada,--la inquietud... y... porque el amor de madre...

--(¡Á quién se lo cuentas!)--díjose la otra señora; y en voz alta:

--Tiene usted razón: para no ir con toda libertad, más vale quedarse en

casa.

Doña Severa no contestó. Esta vez venció doña Epifanía, que en seguida

mudó de conversación.

--¿Y cómo han estado los baños?

--_Pues_ como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se va

poniendo incapaz... Yo, gracias á que estaban allí la marquesa A, la

generala B y la condesa Z, con quienes pasaba el rato, que si no, me

hubiera vuelto en cuanto llegué. ¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella

gente parece que no tiene _prencipios_.

--Por supuesto que no los tiene, y por aquí sucede lo mismo; hay una

mezcolanza que nadie la entiende.

--Pero por Dios, señora, que sepan distinguir de colores tan siquiera.

--Á buena parte va usted.

--¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo saca partido:

lo mismo de una boda que de un _intierro_.

--Así anda ello--dice la de don Frutos con cierto retintín.--Por algo

menos se ha visto muchas veces intervenir á _los de_ policía.

--¡Ya se desengañarán alguna vez!--exclama entonces en tono profético

la de Guzmán.

--Sí; pero entre tanto, como dicen ellas, «gozamos y vivimos».

--Y luego extrañarán que... Más vale callar.

--Dice usted bien: hay cosas que no valen la pena de que una trate de

ellas.

La conversación toma otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un

sastre, sobre el mismo paño.

Cuando la visitante cree que ha pasado el tiempo preciso para la

visita (la de rigor le tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico

á la mano izquierda, pónese de pie, tiende la diestra á la visitada,

asegúranse por la milésima vez sus _profundas simpatías_, danse el

último adiós en la escalera, y poco después está doña Epifanía en la

calle, haciendo rumbo á otra visita, con quien se halla también en

descubierto.

No trataremos de seguirla, porque las visitas _de rigor_ todas son lo

mismo, con ligerísimas variantes.

Despidámonos, pues, de ella con toda la galante gravedad que el caso

exige, y vamos á _hacer_ otra de distinto carácter.

Esbozos y rasguños · 第 25 / 63 题