CAPÍTULO IX.

Primeras misiones. -- El diácono Felipe.

[Marginal: Año 38]

Como sucede siempre, la persecucion del año 37 dió por resultado que se

propagara la doctrina que se queria suprimir. Hasta aquí la predicacion

cristiana no se habia oido lejos de Jerusalem; no se habia emprendido

mision alguna; encerrado en su comunismo más estrecho, la Iglesia madre

no habia esparcido sus rayos ni formado sucursales. La dispersion del

buen cenáculo lanzó á los cuatro vientos la santa semilla. Los miembros

de la Iglesia de Jerusalem, arrojados de su casa, se extendieron por

todas las partes de la Judea y de Samaria[450] y predicaron el reinado

de Dios. Los diáconos particularmente, libres de sus ocupaciones

administrativas á causa de la ruina de la comunidad, se convirtieron en

excelentes evangelistas. Fueron el elemento activo y jóven de la secta

contra el elemento un poco rudo constituido por los apóstoles y los

_hebreos_. Una sola circunstancia, la del lenguaje, era suficiente para

que se considerasen estos últimos como inferiores con respecto á la

predicacion. Como lengua habitual, hablaban un dialecto que ni siquiera

los judíos distantes á algunas leguas de Jerusalem podian entenderlo.

Por eso fué á los helenistas á los que se debió el éxito de la gran

conquista cuyo relato va á ser objeto de este capítulo.

El teatro de estas primeras misiones, que pronto debian abrazar todas

las costas del Mediterráneo, fué la vecina region de Jerusalem en

un espacio que podia recorrerse en dos ó tres jornadas. El diácono

Felipe[451] fué el héroe de esta primera y santa expedicion. Evangelizó

con grande éxito la Samaria, aunque los samaritanos eran cismáticos,

pero á imitacion de su jóven maestro, la nueva secta era menos

rigorista que los judíos con respecto á la ortodoxia. Jesús, decian que

se habia mostrado distintas veces favorable á los samaritanos[452].

Parece que Felipe era uno de los hombres apostólicos que más se

ocupaban de la teurgia[453]. Las relaciones que tenemos sobre esto,

nos trasportan á un mundo extraño y fantástico, pues se explicó

mediante prodigios las conversiones que hizo entre los samaritanos y

particularmente en Sebastia, su capital. Este país estaba lleno de

supersticiones sobre la mágia. El año 36, es decir dos ó tres años

antes de la llegada de los predicadores cristianos, un fanático habia

causado á los samaritanos una profunda emocion predicando la necesidad

de profesar el primitivo mosaismo del cual pretendia haber encontrado

los sagrados atributos[454]. Cierto Simon, de la poblacion de Gitta,

ó Gitton[455] que adquirió más tarde una gran reputacion, empezó por

entonces á hacerse conocer por sus prestigios[456]. Es sensible ver que

el Evangelio encuentre un apoyo en tales quimeras. Una inmensa multitud

se hizo bautizar en nombre de Jesús, Felipe tenia el poder de bautizar

pero no de conferir el Espíritu Santo: este privilegio se reserva para

los apóstoles. Cuando en Jerusalem se supo la formacion de un grupo

de fieles en Sebastia, se resolvió mandar allí á Pedro y Juan para

completar su iniciacion. Llegaron los dos apóstoles; impusieron sus

manos á los nuevos conversos: oraron sobre su cabeza y á esto fueron

debidos sus poderes animados por el Santo Espíritu. Los milagros,

la profecía, todos los fenómenos del iluminismo se produjeron y la

Iglesia de Sebastia no tuvo bajo este aspecto nada que envidiar á la de

Jerusalem[457].

Si ha de creerse en la tradicion, encontrábase entonces en relacion

con los cristianos Simon de Gitta. Convertido, á lo que parece, por

la predicacion y los milagros de Felipe, se hizo bautizar y se unió á

este evangelista. Despues, cuando los apóstoles Pedro y Juan llegaron

y vió los poderes sobrenaturales que procuraba la imposicion de sus

manos, les ofreció dinero para que le dieran tambien la facultad de

conferir el Espíritu Santo. Pedro le dirigió entonces esta admirable

contestacion: «¡Perezca tu dinero contigo ya que has creido que se

compran los dones de Dios! Tú no tienes parte ni herencia en todo esto,

pues tu corazon no es puro delante de Dios[458].»

Que fueran ó no pronunciadas, estas palabras trazan exactamente la

situacion de Simon ante la secta naciente. Veremos efectivamente

que, segun todas las apariencias, Simon de Gitton fué el jefe de un

movimiento religioso paralelo al del cristianismo que puede mirarse

como una especie de adulteracion samaritana de la obra de Jesús.

¿Habia ya Simon empezado á dogmatizar y á hacer prodigios cuando Felipe

entró en Sebastia? ¿Entró desde luego en relacion con la Iglesia

cristiana? La anécdota que le ha convertido en padre de toda _simonia_

¿tiene alguna realidad? ¿Puede admitirse que el mundo estuvo un dia

frente á frente de los dos taumaturgos, de los cuales era el uno un

charlatan y el otro la _piedra_ que ha servido de base á la fé de la

humanidad? ¿Habrá podido un embaucador balancear los destinos del

cristianismo? Hé ahí lo que ignoramos por falta de documentos, ya que

la reseña de las _Actas_ es aquí demasiado débil, ya que Simon fué

desde los primeros siglos de la Iglesia el héroe de las leyendas. En

la historia solo es pura la idea general y seria injusto detenerse

en lo que tiene de chocante esta triste página de los orígenes del

cristianismo. Para los auditorios ignorantes el milagro prueba la

doctrina; para nosotros la doctrina hace olvidar el milagro. Cuando una

creencia ha consolado y mejorado la humanidad, es excusable que haya

empleado pruebas proporcionadas á la debilidad del público al cual se

ha dirigido, pero cuando se ha probado el error por el error mismo,

¿qué excusa puede oponerse? Esto no es una condena que profiramos

contra Simon de Gitton, nos explicaremos más tarde sobre su doctrina y

el papel que se desempeñó bajo el reinado de Claudio[459]. Solamente

conviene hacer constar aquí que un principio importante parece haberse

introducido desde entonces en la teurgia cristiana. Obligados á admitir

que los impostores hicieran tantos milagros, la teología ortodoxa

los atribuyó al demonio. Para conservar á los prodigios algun valor

demostrativo, fué necesario dictar reglas para discernir los milagros

verdaderos de los falsos: para esto se descendió á un órden de materias

muy trivial[460].

Pedro y Juan despues de haber confirmado la Iglesia de Sebastia,

regresaron á Jerusalem, evangelizando las poblaciones del país de

los samaritanos[461]. El diácono Felipe, continuó sus excursiones

evangélicas dirigiéndose por el Sur, hácia el antiguo país de los

Filisteos[462]. Este país despues del advenimiento de los Macabeos, se

vió fuertemente oprimido por los judíos[463]; debe por esto tenerse

en cuenta que dominaba allí el judaismo. Durante su viaje, Felipe

realizó una conversion que hizo algun ruido y de la cual se habló

mucho á causa de una circunstancia particular. Un dia que se dirigia

hácia Jerusalem, viniendo de Gaza, cuyo camino es muy desierto[464],

encontró á un rico viajero, evidentemente extranjero, pues iba en una

especie de carro vehículo desconocido entonces en la Syria y Palestina.

Regresaba de Jerusalem y segun costumbre entonces bastante general[465]

leia la Biblia en alta voz. Felipe que en todo queria descubrir la

inspiracion de Dios creyóse atraido hácia el desconocido; le saludó

y entró en conversacion con el opulento personaje ofreciéndose á

explicarle los pasajes que no comprendia. Esta fué para el evangelista

una oportuna ocasion para desarrollar la tésis cristiana bajo las

figuras del Antiguo Testamento. Probó que en los libros proféticos todo

se referia á Jesús, que Jesús era la palabra enigmática, y que era de

él particularmente de quien se hablaba en aquel bello pasaje: «Ha sido

conducido á la muerte como una res; como un manso cordero delante de

aquel que le guia sin abrir la boca[466].» Creyóle el viajero y á la

primera agua que encontraron le dijo: «Hé aquí el agua, ¿podré ya ser

bautizado?» Hizo detener el carro; bajaron Felipe y el viajero y éste

fué bautizado.

El viajero era un personaje poderoso; era un eunuco de la reina de

Etiopía; era su ministro de hacienda, guardian de sus tesoros, que

habiendo ido á adorar á Jerusalem, volvia entonces á Napata[467] por

el camino de Egipto. _Candace_ ó _candaoce_ era el título que se

daba á las reinas de Etiopía hácia el tiempo de que hablamos[468].

El judaismo habia ya entonces penetrado en Nubia y en Abisinia;[469]

muchos indígenas se habian convertido ó á lo menos contaban entre

sus prosélitos á algunos que sin ser circuncidados adoraban al Dios

único[470]. Tal vez el eunuco era de esta última clase, un simple

pagano piadoso como el centurion Cornelio que figurará bien pronto en

esta historia. Es imposible en todo caso suponer que estuviese iniciado

en el judaismo de una manera completa[471]. Hasta entonces no se habia

oido hablar del eunuco; pero Felipe contó el incidente y más tarde se

le dió importancia. Cuando á la admision de los paganos en la Iglesia

cristiana llegó á ser una cuestion capital, consideróse el incidente

referido como un precedente grave. Felipe creia haber obrado en todo

por inspiracion divina[472]. Este bautismo suministrado por órden del

Espíritu Santo á un hombre apenas judío, notoriamente incircunciso, que

solo creia en el cristianismo hacia pocas horas, tuvo un alto valor

dogmático. Esto fué un argumento para los que creian que las puertas de

la nueva Iglesia debian estar abiertas para todos[473].

Felipe despues de esta aventura volvióse á Aschdod ó Azote. Era tal

el nuevo estado de entusiasmo en que vivian los misioneros que á cada

paso creian oir la voz del cielo, recibir direcciones del Espíritu

Santo[474]. Cada uno de ellos creia obrar por una voluntad superior

y al ir de una poblacion á otra, pensaban obedecer á una inspiracion

sobrenatural. Varias veces creian hacer viajes aéreos y Felipe era con

respecto á este particular uno de los más exaltados. Por indicacion

de un ángel creia haber venido de Samaria y haber pasado por el sitio

donde encontró al eunuco; despues del bautismo de éste, se imaginaba

que el Espíritu Santo, le habia trasladado en un momento á Azote[475].

Azote y el camino de Gaza fueron el término de la primera predicacion

evangélica hacia el Sur. Al otro lado estaban el desierto y la vida

nómada en la cual no adelantó mucho el cristianismo. Desde Azote, el

diácono Felipe se volvió hácia el Norte y evangelizó toda la costa

hasta Cesarea. Tal vez las iglesias de Joppe y de Lydda, que veremos

pronto florecientes[476] fueron tambien fundadas por él. Fijóse en

Cesarea y fundó una iglesia importante[477]. Nosotros le volveremos á

encontrar veinte años más tarde[478]. Cesarea era una ciudad nueva, la

más considerable de Judea[479], que se habia construido en el sitio que

antes ocupara una fortaleza sidoniana llamada «torre de Abdastarté,

ó de Straton,» por Herodes el Grande, el cual la dió, en honor de

Augusto, el nombre que aún llevan hoy sus ruinas. Cesarea era por todos

conceptos el mejor puerto de Palestina, y por sus rápidos adelantos

comprendíase que deseaba convertirse en capital, y no es extraño, por

lo tanto, que las personas notables de Judea pensaran en fijar allí

su residencia habitual[480]. Era sobre todo un pueblo pagano[481];

sin embargo, abundaban en él los judíos, entablándose con frecuencia

crueles rivalidades entre las dos clases de la poblacion[482].

Hablábase únicamente la lengua griega, y hasta los judíos recitaban

en griego varios trozos de la liturgia[483]. Los austeros rabinos de

Jerusalem pintaban á Cesarea como una morada profana, perjudicial,

donde el individuo se volvia casi pagano[484]. Por todas las razones

que se acaban de exponer, dicha poblacion representará un papel

importante en el transcurso de nuestra historia. Ella fué, bajo cierto

aspecto, el puerto del cristianismo, el punto desde el cual la Iglesia

de Jerusalem se comunicó con todo el Mediterráneo.

Otras muchas misiones, cuya historia nos es desconocida, se hicieron

paralelamente á la de Felipe[485]. La misma rapidez con que se llevó á

cabo esta primera predicacion, fué la causa de su éxito. En el año 38,

cinco años despues de la muerte de Jesús y uno poco más ó menos de la

de Estéban, toda la Palestina, al otro lado del Jordan, habia escuchado

la buena nueva de boca de los misioneros salidos de Jerusalem. La

Galilea por su parte guardaba la santa semilla y probablemente la

extendia á su alrededor, aunque nada se sepa de las misiones salidas

de aquel país. Tal vez la poblacion de Damasco, que en la época á que

nos referimos contenia varios cristianos[486], recibia la fé de los

predicadores galileos.

Los Apóstoles · 第 14 / 43 题