_De la nueva que tuvo Motezuma de los Españoles que habian aportado á
su tierra, y de la embajada que les envió._
Pues á los catorce años del Reinado de Motezuma, que fué en los mil
y quinientos y diez y siete de nuestro Salvador, aparecieron en la
mar de el Norte unos navíos con gente, de que los moradores de la
costa, que eran vasallos de Motezuma, recibieron grande admiracion,
y queriendo satisfacerse mas quien eran, fueron en unas canoas los
Indios á las naves, llevando mucho refresco de comida y ropa rica,
como que iban á vender. Los Españoles les acogieron en sus naves, y en
pago de las comidas y vestidos que les contentaron, les dieron unos
sartales de piedras falsas, coloradas, azules, verdes y amarillas,
las cuales creyeron los Indios ser piedras preciosas. Y habiéndose
informado los Españoles de quien era su Rey, y de su gran potencia, les
despidieron diciéndoles, que llevasen aquellas piedras á su Señor,
y dijesen, que de presente no podian ir á verle, pero que presto
volverian, y se verian con él. Con este recado fueron á Méjico los de
la costa, llevando pintado en unos paños todo cuanto habian visto, y
los navios y hombres, y su figura, y juntamente las piedras que les
habian dado. Quedó con este mensage el Rey Motezuma muy pensativo, y
mandó no dijesen nada á nadie. Otro dia juntó su Consejo, y mostrando
los paños y los sartales, consultó qué se haria. Y resolvióse en dar
órden á todas las costas de la mar, que estuviesen en vela, y que
cualquiera cosa que hubiese le avisasen. Al año siguiente, que fué á
la entrada del diez y ocho, vieron asomar por la mar la flota, en que
vino el Marqués del Valle Don Fernando Cortés, con sus compañeros,
de cuya nueva se turbó mucho Motezuma, y consultando con los suyos,
dijeron todos, que sin falta era venido su antiguo y gran Señor
Quetzaálcoatl, que él habia dicho volvería, y que así venia de la
parte de oriente, adonde se habia ido. Hubo entre aquellos Indios una
opinion, que un gran Príncipe les habia en tiempos pasados dejado,
y prometido que volveria, de cuyo fundamento se dirá en otra parte.
En fin, enviaron cinco Embajadores principales con presentes ricos
á darles la bien venida, diciéndoles, que ellos sabian que su gran
Señor Quetzaálcoatl venia allí, y que su siervo Motezuma le enviaba
á visitar, teniéndose por siervo suyo. Entendieron los Españoles este
mensage por medio de Marina, India, que traían consigo, que sabia
la lengua Mejicana. Y pareciéndole á Hernando Cortés que era buena
ocasion aquella para su entrada en Méjico, hizo que le aderezasen
muy bien su aposento, y puesto él con gran autoridad y ornato, mandó
entrar los Embajadores, á los cuales no les faltó sino adorarle por
su Dios. Diéronle su embajada diciendo, que su siervo Motezuma le
enviaba á visitar, y que como Teniente suyo le tenia la tierra en su
nombre, y que ya sabía que él era el Topilcin, que les habia prometido
muchos años habia volver á verlos, y que allí le traian de aquellas
ropas, que él solia vestirse cuando andaba entre ellos, que le pedian
las tomase, ofreciéndole muchos y muy buenos presentes. Respondió
Cortés aceptando las ofertas, y dando á entender, que él era el que
decian, de que quedaron muy contentos, viéndose tratar por él con gran
amor y benevolencia (que en esto, como en otras cosas, fué digno de
alabanza este valeroso Capitan), y si su traza fuera adelante, que
era por bien ganar aquella gente, parece que se habia ofrecido la
mejor coyuntura que se podia pensar, para sugetar al Evangelio con
paz y amor toda aquella tierra. Pero los pecados de aquellos crueles
homicidas y esclavos de Satanás pedian ser castigados del Cielo, y
los de muchos Españoles no eran pocos; y así los juicios altos de
Dios dispusieron la salud de las gentes, cortando primero las raíces
dañadas. Y como dice el Apóstol[57]: la maldad y ceguera de los unos
fué la salvacion de los otros. En efecto, el dia siguiente, despues
de la embajada dicha, vinieron á la Capitana los Capitanes y gente
principal de la flota, y entendiendo el negocio, y cuan poderoso
y rico era el Reino de Motezuma, parecióles que importaba cobrar
reputacion de bravos y valientes con aquella gente; y que así, aunque
eran pocos, serian temidos y recibidos en Méjico. Para esto hicieron
soltar toda la artillería de las naves, y como era cosa jamás vista
por los Indios, quedaron tan atemorizados, como si se cayera el Cielo
sobre ellos. Despues los soldados dieron en desafiarlos á que peleasen
con ellos, y no atreviéndose los Indios, los denostaron, y trataron
mal, mostrándoles sus espadas, lanzas, gorgujes, partesanas, y otras
armas, con que mucho les espantaron. Salieron tan escandalizados y
atemorizados los pobres Indios, que mudaron del todo opinion, diciendo,
que allí no venia su Rey y Señor Topilcin, sino Dioses enemigos suyos
para destruirlos. Cuando llegaron á Méjico, estaba Motezuma en la casa
de Audiencia, y antes que le diesen la embajada, mandó el desventurado
sacrificar en su presencia número de hombres, y con la sangre de los
sacrificados rociar á los Embajadores, pensando con esta ceremonia
(que usaban en solemnísimas embajadas) tenerla buena. Mas oída toda la
relacion é informacion de la forma de navíos, gente y armas, quedó del
todo confuso y perplejo, y habido su Consejo no halló otro mejor medio,
que procurar estorbar la llegada de aquellos extranjeros por artes
mágicas y conjuros. Solíanse valer de estos medios muchas veces, porque
era grande el trato que tenian con el Diablo, con cuya ayuda conseguian
muchas veces efectos extraños. Juntáronse, pues, los hechiceros, magos,
y encantadores, y persuadidos de Motezuma tomaron á su cargo el hacer
volver aquella gente á su tierra, y para esto fueron hasta ciertos
puestos, que para invocar los Demonios, y usar su arte les pareció cosa
digna de consideracion. Hicieron cuanto pudieron y supieron: viendo que
ninguna cosa les empecia á los Cristianos, volvieron á su Rey diciendo,
que aquellos eran mas que hombres, porque nada les dañaba de todos
sus conjuros y encantos. Aquí ya le pareció á Motezuma echar por otro
camino, y fingiendo contento de su venida, envió á mandar en todos
sus Reinos, que sirviesen á aquellos Dioses celestiales, que habian
venido á su tierra: todo el pueblo estaba en grandísima tristeza y
sobresalto. Venian nuevas á menudo, que los Españoles preguntaban mucho
por el Rey, y por su modo de proceder, y por su casa y hacienda. De
ésto él se congojaba en demasía; y aconsejándole los suyos, y otros
nigrománticos que se escondiese, y ofreciéndole que ellos le pondrian
donde criatura no pudiese hallarle, parecióle bajeza, y determinó
aguardar, aunque fuese muriendo. Y en fin, se pasó de sus casas Reales
á otras, por dejar su palacio para aposentar en él á aquellos Dioses,
como ellos decían.