_De la entrada de los Españoles en Méjico._
No pretendo tratar los hechos de los Españoles, que ganaron á la
Nueva-España, ni los sucesos extraños que tuvieron, ni el ánimo y
valor invencible de su Capitan Don Fernando Cortés, porque de esto
hay ya muchas historias y relaciones, y las que el mismo Fernando
Cortés, escribió al Emperador Carlos V, aunque con estilo llano y ageno
de arrogancia, dan suficiente noticia de lo que pasó, y fué mucho,
y muy digno de perpétua memoria. Solo para cumplir con mi intento,
resta decir lo que los Indios refieren de este caso, que no anda en
letras Españolas hasta el presente. Sabiendo, pues, Motezuma las
victorias del Capitan y que venia marchando en demanda suya, y que
se habia confederado con los de Tlascála, sus capitales enemigos, y
hecho un duro castigo en los de Cholóla, sus amigos, pensó engañarle
ó probarle con enviar con sus insignias y aparato un principal, que
se fingiese ser Motezuma. Cuya ficcion entendida por el Marqués, de
los de Tlascála, que venian en su compañía, envióle con una prudente
reprehension por haberle querido engañar, de que quedó confuso
Motezuma, y con el temor de esto, dando vueltas á su pensamiento,
volvió á intentar hacer volver á los Cristianos por medio de hechiceros
y encantadores. Para lo cual juntó muchos mas que la primera vez,
amenazándoles que les quitaria las vidas, si les volvian sin hacer el
efecto á que los enviaba: prometieron hacerlo. Fueron una cuadrilla
grandísima de estos Oficiales diabólicos al camino de Chálco, que
era por donde venian los Españoles. Subiendo por una cuesta arriba,
aparecióles Tezcatlipúca, uno de sus principales Dioses, que venia
de hácia el Real de los Españoles, en hábito de los Chálcas, y traía
ceñidos los pechos con ocho vueltas de una soga de esparto: venia
como fuera de sí, y como embriagado de coraje y rabia. En llegando
al escuadron de los Nigrománticos y hechiceros, paróse, y díjoles
con grandísimo enojo: ¿Para qué volveis vosotros acá? ¿qué pretende
Motezuma por vuestro medio? Tarde ha acordado, que ya está determinado
que le quiten su Reino, su honra y cuanto tiene, por las tiranías
grandes que ha cometido contra sus vasallos, pues no ha regido como
Señor, sino como Tirano traidor. Oyendo estas palabras, conocieron
los hechiceros que era su Idolo, y humilláronse ante él, y allí le
compusieron un altar de piedra, y le cubrieron de flores que por allí
había. El no haciendo caso de esto, les volvió á reñir, diciendo:
¿A qué vinisteis aquí, traidores? volveos, volveos luego, y mirad á
Méjico, porque sepais lo que ha de ser de ella. Dicen, que volvieron
á mirar á Méjico, y que la vieron arder y abrasarse toda en vivas
llamas. Con esto el Demonio desapareció, y ellos, no osando pasar
adelante, dieron noticia á Motezuma, el cual por un rato no pudo hablar
palabra, mirando pensativo al suelo: pasado aquel tiempo dijo: ¿Pues
qué hemos de hacer si los Dioses y nuestros amigos no nos favorecen,
antes prosperan á nuestros enemigos? Ya yo estoy determinado, y
determinémonos todos, que venga lo que viniere, que no hemos de huir,
ni nos hemos de esconder, ni mostrar cobardía. Compadézcome de los
viejos, niños y niñas, que no tienen pies, ni manos para defenderse;
y diciendo esto calló, porque se comenzaba á enternecer. En fin,
acercándose el Marqués á Méjico, acordó Motezuma hacer de la necesidad
virtud, y salióle á recibir como tres cuartos de legua de la ciudad,
yendo con mucha magestad, y llevado en hombros de cuatro Señores, y él
cubierto de un rico palio de oro y plumería. Al tiempo de encontrarse
bajó el Motezuma, y ambos se saludaron muy cortesmente, y Don Fernando
Cortés le dijo estuviese sin pena, que su venida no era para quitarle,
ni disminuirle su Reino. Aposentó Motezuma á Cortés y á sus compañeros
en su Palacio principal, que lo era mucho, y él se fué á otras casas
suyas; aquella noche los soldados jugaron el artillería por regocijo,
de que no poco se asombraron los Indios, no hechos á semejante música.
El dia siguiente juntó Cortés en una gran sala á Motezuma y á los
Señores de su Corte, y juntos les dijo, sentado él en su silla: Que él
era criado de un gran Príncipe, que le habia mandado ir por aquellas
tierras á hacer bien, y que habia en ellas hallado á los de Tlascála,
que eran sus amigos, muy quejosos de los agravios que les hacian
siempre los de Méjico, y que queria entender quien tenia la culpa, y
confederarlos para que no se hiciesen mal unos á otros de ahí adelante,
y que él y sus hermanos, que eran los Españoles, estarían allí sin
hacerles daño, antes les ayudarian lo que pudiesen. Este razonamiento
procuró le entendiesen todos, usando de sus intérpretes. Lo cual
percibido por el Rey y los demás Señores Mejicanos, fué grande el
contento que tuvieron, y las muestras de amistad que á Cortés y á los
demás dieron. Es opinion de muchos, que como aquel dia quedó el negocio
puesto, pudieran con facilidad hacer del Rey y Reino lo que quisieran,
y darles la Ley de Cristo con gran satisfaccion y paz. Mas los juicios
de Dios son altos, y los pecados de ambas partes muchos; y asi se
rodeó la cosa muy diferente, aunque al cabo salió Dios con su intento
de hacer misericordia á aquella nacion con la luz de su Evangelio,
habiendo primero hecho juicio y castigo de los que lo merecian en su
divino acatamiento. En efecto hubo ocasiones, con que de la una parte
á la otra nacieron sospechas, quejas y agravios, y viendo enagenados
los ánimos de los Indios, á Cortés le pareció asegurarse con echar mano
del Rey Motezuma, y prenderle, y echarle grillos: hecho que espanta al
mundo, igual al otro suyo, de quemar los navios, y encerrarse entre
sus enemigos á vencer ó morir. Lo peor de todo fué, que por ocasion
de la venida impertinente de un Pánfilo de Narvaez á la Vera-Cruz
para alterar la tierra, hubo Cortés de hacer ausencia de Méjico, y
dejar al pobre Motezuma en poder de sus compañeros, que ni tenian la
discrecion, ni moderacion que él. Y así vino la cosa á términos de
total rompimiento, sin haber medio ninguno de paz.